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Esta caption pertenece a una serie.
Capítulo 13 – Tiempos de calma
Cuando mi mamá se enteró de la foto bajo mi falda que un chico me había tomado en clase, su reacción fue inmediata: metió una demanda formal contra la escuela. No se quedó callada, no aceptó disculpas baratas. Fue a la dirección y exigió respuestas. El caso llegó a instancias superiores y no tardaron en tomar medidas. Enrique fue expulsado y el reglamento se endureció para proteger a las alumnas de casos similares. Lo que había pasado se volvió un secreto a voces, pero al menos sirvió para algo.
Yo, sin quererlo, me convertí en una especie de celebridad entre las chicas. Muchas me saludaban con una admiración silenciosa en los pasillos. Después me enteré de que algunas también habían sido víctimas de Enrique, de miradas o comentarios, pero ninguna se había atrevido a denunciar. Mi caso les dio algo de justicia, aunque fuera indirecta.
Cuando Enrique volvió por sus papeles para cambiarse de escuela, varios estudiantes lo vieron con el ojo aún morado, recuerdo visible de la pelea con Gabriel. Fue su despedida no oficial. Nadie lo extrañó. Me pregunté, ¿Cómo pude ser amigo de alguien como él en mi otra vida? En mi vida de chico. Tal vez, yo no era tan buen chico como pensaba.
Después de eso, mi vida entró en una calma inesperada.
Las semanas pasaban tranquilas. Las mañanas estaban llenas de clases, los profesores comenzaban a prepararnos para el segundo año de secundaria. Las tardes eran mías. Y como mis padres llegaban tarde por el ascenso de mamá, yo me quedaba sola en casa… y algunos días, al menos dos por semana, aprovechaba para verme con Gabriel.
Nos comíamos a besos en el sillón, en mi cuarto, donde fuera.
Nadie lo sabía. Nadie tenía por qué saberlo.
Era nuestro secreto. Nuestro pacto de a solas. En público seguíamos siendo solo amigos, dos mejores amigos, chico y chica, nada más. Pero cuando la puerta se cerraba y las cortinas se corrían, éramos otra cosa. Algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
El resto de mis tardes transcurría entre tareas, videojuegos y algo nuevo: tutoriales de maquillaje y peinados. Al principio fue pura curiosidad. Un día, sin querer, me topé con un video de una chica enseñando a hacer un delineado de ojos. Le di clic sin pensar. Y luego otro. Y otro.
Pronto se volvió costumbre. Tomaba el celular, me sentaba frente al espejo y practicaba lo aprendido: cómo delinear mis ojos para que se vieran más grandes, cómo darle volumen a mi cabello con trucos sencillos, cómo combinar los tonos del rubor para que no pareciera un payaso. Al principio me sentía ridícula. Pero con el tiempo, empecé a disfrutarlo.
Ya no luchaba contra mi feminidad. ¿Qué sentido tenía hacerlo si pasaba dos o tres tardes por semana besándome con un chico? Lo admitiera o no, me estaba dejando llevar. Mi cuerpo había dejado de sentirme ajeno. Mi ropa, mis gestos, mi forma de hablar… todo se había ido moldeando sin que me diera cuenta.
A veces, al verme en el espejo en ropa interior, pensaba: Si Gabriel me viera así… tal vez no se conformaría con solo besarme. Esa idea me hacía sonrojar, me aceleraba el pulso. Y sin embargo, me quedaba viéndome un rato más, observando las curvas que antes no estaban, la piel suave, la forma en que mi cuerpo había cambiado.
Cada vez era más común verme usando faldas o vestidos después de la escuela. Ya no era solo el uniforme obligatorio. Empezaba a elegir lo que me gustaba, no solo lo que debía ponerme. Un día me sorprendí comprando un vestido azul con mi mamá, emocionada por cómo me quedaba. Y cuando me di cuenta, ya era tarde para preguntarme cuándo había dejado de odiar los vestidos.
El tiempo se me fue sin que lo notara. Ya estaba terminando mi primer año de secundaria. En unos pocos meses cumpliría trece. La sensación era extraña: parecía haber vivido toda una vida en menos de un año. Como si los recuerdos de Romeo se fueran desdibujando, reemplazados por estos nuevos, más vívidos, más cercanos.
...
Durante las vacaciones, Mariana me invitó a pasar unos días con ella. Sus papás tenían una casa en la playa y estarían los tres solos. A Mariana le parecía un plan aburrido —"mis papás son súper tranquilos, no me dejan hacer nada"—, así que necesitaba compañía.
No lo pensé mucho. La extrañaba. Durante el ciclo escolar apenas habíamos podido hablar, solo mensajes esporádicos y alguna que otra videollamada. Me hacía ilusión volver a pasar tiempo con mi mejor amiga. Saldríamos el jueves por la mañana y regresaríamos el lunes por la tarde.
El martes de esa semana, Gabriel fue a mi casa como de costumbre. Jugamos videojuegos, comimos juntos, y por supuesto, nuestra dosis de besos no faltó. En un momento, él me alzó en brazos como si no pesara nada, y yo me dejé llevar, riendo.
—Me voy de vacaciones con Mariana —dije, sin muchas ganas de soltar la noticia—. Salimos el jueves, regresamos el lunes.
Gabriel sonrió con picardía, esa sonrisa que ya conocía tan bien.
—Qué bien, mándale saludos... pero sabes lo que eso significa, ¿no?
—¿Qué? —pregunté, sin entender.
—Significa que debo darte todos los besos que no podré darte en esos cuatro días —dijo, y sin dejar de sostenerme, me besó de nuevo.
Reí entre sus labios, aún en sus brazos, sintiendo que el mundo se reducía a ese momento.
...
Días después, estaba con mi mamá probándome trajes de baño para el viaje. Como era de esperarse, ella insistía en los bikinis.
—Pruébate este de dos piezas —dijo, entregándome uno con flores pequeñas y estampado alegre.
Lo miré con desconfianza. Me parecía demasiado revelador. Mostraba demasiada piel, demasiado de mí. Pero tampoco me sentía cómoda con los de una sola pieza, que me apretaban en lugares incómodos o me hacían ver más infantil de lo que era. La verdad era que, más que una niña, ya comenzaba a parecer una señorita… y eso me incomodaba más de lo que quería admitir.
—Tienes una figura hermosa, hija —dijo mi mamá, mientras me miraba salir del probador con el bikini puesto—. Deberías presumirla mientras puedas.
Me sonrojé. No supe qué responder. Me miré al espejo de cuerpo entero y vi a una chica de doce años, casi trece, con curvas suaves pero definidas, piel bronceada por el sol de la ciudad, cabello largo cayendo sobre los hombros. La imagen no me disgustó. Y eso, quizá, era lo más extraño.
Al final elegimos un traje de dos piezas para pasear por la playa y otro de una sola pieza para nadar. También compramos un par de pareos, algo con qué cubrirme al caminar. Mientras salíamos de la tienda con las bolsas en la mano, pensé si ir a la playa con la familia de Mariana era una buena idea después de todo. Si estaba lista para mostrarme así, en traje de baño, delante de su familia. Delante del mundo.
Luego recordé cuánto la había extrañado. Las risas, las confidencias, la forma en que me tomaba de la mano sin pensar. Recordé que ella había sido mi ancla en los primeros meses, cuando todo era confusión y dolor.
Y decidí dejar las dudas atrás.
Esa noche, antes de dormir, recibí un mensaje de Gabriel: "Que te vaya bonito. No te olvides de mí en la playa."
Sonreí y respondí: "Imposible."
Apagué la luz y me quedé mirando el techo, pensando en lo mucho que había cambiado mi vida en poco más de un año. En cómo ahora esperaba con ansias unas vacaciones en la playa con mi mejor amiga, en cómo pensaba en Gabriel con una mezcla de ternura y deseo, en cómo me veía al espejo y ya no quería apartar la mirada.
Tal vez esto sea ahora mi vida, pensé. *Tal vez ya no haya vuelta atrás.
Y por primera vez, la idea no me aterró.

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