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lunes, 20 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 60)

 


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Capítulo 60: La rueda de la fortuna

Los días del verano seguían pasando como agua en un arroyo, a un paso rápido, firme, constante y seguro. Me estaba divirtiendo mucho trabajando en la farmacia. Kevin estudiaba medicina y me daba pláticas rápida sobre qué medicamentos podía recomendar para molestias leves: alergias estacionales, picaduras de insectos, indigestión, dolores de cabeza tensionales y resfriados comunes. Me explicó los principios activos, las dosis recomendadas y las contraindicaciones. Era fascinante verlo hablar con tanta seguridad, como si ya fuera un médico de verdad.

Una tarde, mientras me daba su clase del día, se detuvo un momento y me miró con seriedad.

—Es probable que las chicas te tengan más confianza a ti para preguntarte estas cosas —dijo—, así que te explicaré qué medicamentos ayudan con las molestias... femeninas.

Y pasó media hora enseñándome qué medicamentos podía usar una chica para los calambres, el dolor premenstrual y las molestias del periodo. Toda esa información me hizo sonrojarme. No podía creer que estuviera hablando de esas cosas conmigo, como si fuera algo normal. Pero no pasó mucho tiempo antes de que una chica me pidiera consejo. Tenía dolores premenstruales y me preguntó si podía recomendarle algo. Le recomendé el medicamento que Kevin me había sugerido y ella pareció satisfecha. Me dio las gracias con una sonrisa y se fue.

—¿Ves? —dijo Kevin, con una sonrisa orgullosa—. Eres una buena farmacéutica.

—Todavía no soy farmacéutica —respondí, sonrojándome.

—Pero lo serás.

...

Antes de que me diera cuenta, ya era domingo. El gran día.

Kevin pasó por mí a las diez de la mañana. Venía en el carro de su mamá. Yo llevaba un short de mezclilla muy cortito y un segundo short de licra negra debajo para evitar accidentes. Un top corto también de color rojo. Mi conjunto me recordaba mucho al del Día de Sadie Hawkins, excepto que la licra me daba más seguridad, y mi pecho también estaba más seguro en mi top, que no era tan diminuto como el de aquel día. Y traía unos tenis y zapatos deportivos en lugar de medias y tacones. Era como una versión cómoda del atuendo de aquel día, aunque no por ello menos sexy.

Mamá insistió en acompañarme para despedirme y para saludar a Kevin. Primero lo miró de arriba abajo.

—Te ves muy guapo —dijo—. Ya veo por qué mi niña está loca por ti.

Obviamente me puse de mil tonos de rojo con ese comentario. Seguramente por eso lo hizo en primer lugar. Kevin se limitó a contestar un tímido "gracias".

—Debes cuidar mucho a mi niña —continuó mamá, con cara severa—. Es mi única hija. No te perdonaré si le pasa algo. Está de más decirte que debes respetarla. No puede quedar embarazada, pero sigue siendo una niña. No la presiones a hacer cosas indecentes.

La cara de Kevin se puso tan roja como la mía.

—Cuídate mucho, Pamela —me dijo mamá, dándome un abrazo breve—. Nos vemos en la noche.

Subí al asiento del copiloto y saludé a Kevin con un beso en los labios.

—¿Estás listo? —me preguntó él.

Solo asentí con la cabeza.

—Entonces vámonos —dijo, y puso en marcha el carro.

...

El parque de diversiones era enorme. Había montañas rusas, norias, carruseles, puestos de juegos y comida por todas partes. La música pop se mezclaba con los gritos de emoción de la gente y el olor a algodón de azúcar y palomitas flotaba en el aire.

Kevin me tomó de la mano y me guió hacia la entrada, donde nos esperaban sus amigos. Eran tres: Leo, Mau y Pablo. Todos ellos eran guapos. Ninguno era tan alto como Kevin ni lucía tan fuerte, pero todos eran varoniles, de sonrisa encantadora y con buen sentido del humor. A su lado estaban sus novias: Valeria, Sofía y Camila.

—¡Kevin! —gritó Leo, dándole una palmada en la espalda—. ¡Llegaste! Y con una chica, para variar.

—Esta es Pamela —dijo Kevin, presentándome con orgullo—. Mi...

Hizo una pausa. No sabía cómo terminar la frase. Pero las chicas no esperaron.

—¡Hola, Pamela! —dijo Valeria, la novia de Leo—. ¡Qué linda eres! Me encanta tu top.

—Gracias —respondí, sintiendo cómo me ruborizaba.

—¿Y cómo se conocieron? —preguntó Sofía, la novia de Mau.

—En la farmacia de mi mamá —respondió Kevin—. Ella trabaja allí.

—¡Qué dulce! —dijo Camila, la novia de Pablo—. Una historia de amor de farmacia.

Las chicas se rieron y yo con ellas. Pero por dentro, me sentía extraño. Todas me trataban como a una chica más. Y ninguna parecía notar nada raro en mí.

...

Caminamos juntos por el parque. Kevin me tomaba de la mano y de vez en cuando me rodeaba la cintura. Sus amigos y sus novias iban delante de nosotros, riendo y bromeando. Subimos a la montaña rusa primero. Yo grité como una niña en las caídas, y Kevin se rió de mí, pero no soltó mi mano en ningún momento. Luego fuimos a los coches de choque. Kevin y yo íbamos juntos y chocamos contra Leo y Valeria una y otra vez, riendo sin parar. Después, jugamos a los juegos de feria. Kevin me ganó un oso de peluche enorme en el juego de las latas.

—Es para ti —dijo, entregándomelo.

—Es precioso —respondí, abrazándolo.

—No tanto como tú.

Me besó en la mejilla y las chicas suspiraron.

...

Cuando llegó la hora de comer, nos sentamos en una mesa grande al aire libre. Pedimos hamburguesas, papas fritas y refrescos. Las chicas se sentaron juntas y los chicos también. Pero Kevin se sentó a mi lado, con una mano en mi pierna debajo de la mesa.

—¿Cómo conociste a Pamela, Kevin? —preguntó Leo, mordiendo su hamburguesa.

—En la farmacia —repitió Kevin—. Pero ya nos conocíamos de antes, en realidad. Mi mamá y su mamá son amigas.

—¿Y no te dio cosa que ella fuera tan joven? —preguntó Mau con una sonrisa pícara.

—Ella es mayor de lo que parece —respondió Kevin, apretando mi pierna.

Las chicas rieron.

—Pensé que te gustaban los chicos, Kevin —dijo Leo, con tono casual.

Me quedé helado. Pero Kevin no se inmutó.

—Yo también pensé que me gustaban los chicos —respondió, mirándome a los ojos—. Hasta que conocí a Pamela.

Las chicas suspiraron de nuevo. Yo me sonrojé hasta las orejas.

—Qué romántico —dijo Valeria—. Ojalá Leo fuera así.

—¡Oye! —protestó Leo—. Yo también soy romántico.

—Cuando te conviene —respondió Valeria, y todos nos reímos.

Después de comer, las chicas decidieron ir al baño juntas.

—¡Pamela, ven con nosotras! —dijo Camila, tomándome de la mano.

No tuve opción. Las seguí al baño de mujeres. Por dentro, estaba aterrorizado. Pero entré, fui a un cubículo, me aseguré de que nadie me viera, y salí para lavarme las manos como si nada.

En el espejo, Valeria se acercó a mí.

—Oye, Pamela —dijo, en voz baja—. ¿No te molesta que Kevin haya estado con chicos en el pasado?

Me quedé en blanco por un segundo. Luego recordé lo que Kevin me había dicho.

—No —respondí, con sinceridad—. Kevin es una persona maravillosa. Y su orientación no cambia en nada el buen hombre que es. Lo quiero por cómo me trata, no por con quién ha estado antes.

Valeria me miró con una sonrisa cálida.

—Eres una buena chica, Pamela —dijo—. Kevin tiene suerte de haber encontrado a alguien como tú.

—Gracias —respondí, sintiendo un nudo en la garganta.

Cuando salimos del baño, los chicos nos esperaban. Kevin me abrazó y me besó en la frente.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Todo bien —respondí.

...

La última atracción del día era la rueda de la fortuna. Subimos en parejas. Leo con Valeria, Mau con Sofía, Pablo con Camila, y Kevin conmigo.

La góndola era pequeña, apenas para dos personas. Kevin se sentó frente a mí y yo me senté frente a él. La ciudad empezaba a iluminarse a medida que subíamos. Las luces de los edificios, los faroles, los coches... todo parecía tan pequeño desde arriba.

—Es hermoso —dije, maravillado.

—Tú eres más hermosa —respondió Kevin.

—¿Por qué no les dijiste a tus amigos que soy un chico? —pregunté, un poco angustiado. — ¿Te avergüenzas de mi?

—Claro que no. Hay dos motivos,  en realidad. Me dijiste que no te gusta que la gente te trate como a un mariquita. Prefieres que te traten como a una chica. Por eso te presenté como Pamela. Y... en realidad a veces no estoy seguro de que seas un chico..,

Pude ver la duda genuina en sus ojos. Y entonces, sucedió.

La luz se fue. Todo el parque quedó a oscuras. Solo se veían las luces lejanas de la ciudad. Sentí un escalofrío de miedo. Kevin me tomó la mano.

—No pasa nada —dijo—. Seguro lo arreglan rápido.

Pasaron unos minutos. No pasaba nada.

—Kevin... —empecé a decir.

—Sabes —me interrumpió, en medio de la oscuridad—, todos piensan que eres una chica. Yo mismo tengo mis dudas. Tienes senos, caderas anchas... si no te hubiera conocido cuando eras un niño, estaría seguro de que eres una chica.

No supe qué responderle.

—No te he pedido que seas mi novia —continuó— porque necesito estar seguro de que eres un chico antes de pedírtelo. A mí me gustan los chicos. No las chicas.

—¿Cómo puedo probarte que soy un chico? —pregunté, con voz dubitativa.

—Déjame tocar tu entrepierna —dijo él, con seguridad.

Agradecí la oscuridad. Así no podría ver lo rojo que me había puesto.

—Está bien —dije—. La licra aplasta mi pene y por eso me veo plana, pero te dejaré sentirlo.

Me desabroché el short y lo bajé con todo y la licra. Volví a sentarme en el asiento. Sentí el frío del metal en mis nalgas. Tomé la mano de Kevin y la guié hacia mi entrepierna.

Estaba seguro de que en la oscuridad y tan alto en el juego, nadie podría vernos. La mano de Kevin sintió mi virilidad, y me di cuenta de que su pulgar era mucho más grande que mi bulto. Sentí vergüenza. "Siempre fue tan pequeño", me pregunté mentalmente.

Kevin comenzó a acariciarme con dos dedos.

—Así que sí eres un chico después de todo, Greg —dijo.

Sus dedos me estimularon unos pocos segundos y sentí una erección. Mi pene diminuto tomó algo más de cuerpo, pero no demasiado. Unos instantes más tarde, un líquido blanco cubría los dedos de Kevin.

—Un niño precoz, al parecer —dijo.

Recordé que cuando Danny intentó hacerme una felación, también me vine en segundos. Por algún motivo, también recordé a Louise, que dijo que mi cosa diminuta nunca podría darle placer a una mujer, pero que mis nalgas podrían llenar de placer a un hombre.

Kevin me sacó de mis pensamientos. Soltó mi entrepierna y comenzó a besarme. Luego se separó de mí y me ofreció sus dedos.

—Límpialos, nena —dijo.

Comencé a lamerlos. Tenían un sabor salado. Me sonrojé al pensar que eso había salido de mí. Pasamos un tiempo así,  juntos, con su mano en mi intimidad.  Abrazados.

La luz volvió. El juego se encendió de nuevo. Me coloqué la ropa lo más rápido que pude mientras Kevin me miraba divertido. Cuando terminé, Kevin me miró a los ojos y tomó mis manos entre las suyas...

—¿Quieres ser mi novio, Greg Parker?

domingo, 19 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (59)



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Capítulo 59: Piyamada

Los días se sucedieron rápidamente. El lunes solo trabajamos Kevin y yo en la farmacia. Rita se había ido de vacaciones a la playa con sus amigas, así que éramos los encargados del negocio. Era lindo estar juntos todo el día aunque estuviéramos trabajando. Las mañanas eran especialmente bonitas: llegar y encontrar a Kevin ya abriendo la tienda, sonreírnos, besarnos antes de que llegara el primer cliente. Platicábamos de todo y de nada, y cada vez que nuestros ojos se encontraban, yo sentía mariposas en el estómago.

Cada día me esmeraba mucho para verme linda para ir al trabajo. Elegía con cuidado mi vestido, me maquillaba con paciencia, me arreglaba el pelo aunque siempre me parecía demasiado corto. Quería que Kevin me viera bonita.

Antes de que me diera cuenta, una semana había pasado y solo faltaba una semana para ir con Kevin al parque de diversiones. No podía pensar en otra cosa. En las montañas rusas, en los juegos, en la emoción de estar a su lado. En cómo sería sentir su mano en la suya mientras subían a la noria. En el beso que seguro me daría al final del día, cuando el sol se pusiera y las luces del parque se encendieran.

Pero esa noche, mamá tenía otros planes.

—Pamela —dijo cuando llegué del trabajo—, Christine y Danielle te han invitado a una piyamada. Ve a bañarte y a arreglarte. A las ocho te llevo.

—¿Una piyamada? —pregunté desconcertado—. ¿Kathy también va a estar?

—Supongo que sí. Son tus amigas, ¿no?

No pude evitar sonreír. La idea de pasar la noche con las chicas, de hablar de cosas de chicas, de hacer cosas de chicas... me llenaba de felicidad.

Subí a mi habitación y encontré un vestido sobre la cama, elegido por mi madre. Era uno de mis favoritos: azul marino, con un estampado de estrellas plateadas. Me lo puse con gusto. Me maquillé con cuidado, me puse mis pendientes favoritos y un poco de perfume. Cuando terminé, me miré al espejo y me gustó lo que vi.

Bajé las escaleras lista para irme, y me encontré con una sorpresa.

Allí, en el recibidor, estaba Dave.

Pero no era Dave. Llevaba un vestido similar al mío, de un tono rosa pálido, con mangas abullonadas y un lazo en la cintura. Su pelo, normalmente despeinado, estaba recogido en dos pequeñas coletas con cintas de colores. Llevaba maquillaje: sombra de ojos, rímel, colorete y unos labios rosa brillante. Y en sus pies, unos tacones bajos que claramente le estaban causando problemas para mantenerse en pie.

Me quedé paralizado.

—¿Qué...? —dije con duda.

Mamá salió de la cocina con una sonrisa radiante.

—Tu hermano fue muy grosero contigo el día de tu cumpleaños —dijo, como si explicara lo más natural del mundo—. Por eso, ahora tu "hermana" debe compensarte por ello. Te llevarás a "Miriam" contigo esta noche. Ella debe portarse como una niña buena, si no quiere volver a usar vestidos.

Miriam. Mi hermano, Dave, ahora era Miriam.

La cara de Dave era de absoluto terror. Tenía los ojos abiertos como platos y las manos temblorosas. Parecía a punto de salir corriendo, pero mamá lo sujetó por el hombro con una firmeza que no admitía réplica.

—Ve con tu hermana, Miriam —dijo con dulzura que daba más miedo que un grito—. Y pórtate bien.

Salimos de casa en silencio. Dave —Miriam, más bien— caminaba con pasos torpes, los tacones haciendo clac-clac contra el pavimento. Cada pocos pasos se tambaleaba y yo tenía que sostenerlo para que no cayera. No dijo una palabra. Ni una queja, ni un insulto. Solo caminaba con la cabeza gacha, las coletas moviéndose de un lado a otro, las manos apretando la falda con fuerza.

...

Cuando llegamos a casa de Christine, las chicas ya estaban allí. Danny abrió la puerta con una sonrisa enorme.

—¡Pamela! —exclamó, abrazándome—. ¡Qué ganas tenía de verte!

Detrás de ella estaban Christine, con su look andrógino y una sonrisa pícara, y Kathy, con un pijama de seda rosa y el pelo suelto.

—Chicas, les presento a mi hermana —dije, señalando a Dave—. Se llama Miriam.

Las tres miraron a Dave, luego a mí, luego a Dave otra vez. Christine fue la primera en entender.

—¿Es... tu hermano? —preguntó, sin ocultar su risa.

—Sí —respondí con una sonrisa—. Mamá decidió que debía aprender a respetar a las mujeres. Así que esta noche es Miriam.

Kathy soltó una carcajada.

—¡No puede ser! ¡Qué bueno! Después de cómo se portó en tu cumpleaños, se lo merece.

Dave enrojeció hasta las orejas. Abrió la boca para decir algo, pero Christine lo interrumpió.

—Bienvenida, Miriam. Pasa, siéntate. Vamos a hacer cosas de chicas.

Dave se sentó en el sofá con rigidez, como si el cojín estuviera lleno de agujas. Kathy y Christine se sentaron a su lado, y Danielle se sentó frente a él. Yo ocupé el lugar que quedaba, observando la escena con una sonrisa que no podía ocultar.

—Miriam —dijo Christine, con una voz dulce y falsa—, ¿te gusta el maquillaje?

Dave negó con la cabeza, pero Christine ya había sacado su neceser.

—Pues vamos a empezar por ahí. Una niña tan bonita merece un maquillaje bien hecho.

Dave intentó protestar, pero no pudo. Christine se sentó a su lado y comenzó a aplicarle sombra de ojos, delineador y un poco más de rímel del que ya llevaba. Dave se quedó quieto, con los puños apretados, soportando en silencio.

—Ahora las uñas —dijo Kathy, sacando un esmalte rosa—. ¿Qué color te gusta, Miriam? ¿Rosa? ¿Rojo? ¿Morado?

—No me importa —murmuró Dave, con voz apenas audible.

Kathy eligió un rosa brillante y comenzó a pintarle las uñas. Dave miraba sus manos con horror, como si no fueran suyas.

Danielle, más comprensiva que las otras dos, se sentó a su lado y le tomó la mano.

—No es tan malo —le susurró—. Yo también soy un chico, ¿sabes? Y mira, estoy aquí, con ellas, y soy feliz. Intenta divertirte esta noche. De todos modos estarás aquí con nosotras hasta la mañana.

Dave la miró con una mezcla de confusión y curiosidad.

—¿Eres un chico? —preguntó.

—Sí —confirmó Danielle—. Y no pasa nada. Solo relájate.

Dave no se relajó, pero al menos dejó de temblar.

Después de las uñas, vino la parte de las revistas. Kathy y Christine trajeron un montón de revistas de moda y empezaron a hojearlas, comentando los vestidos, los peinados, los maquillajes de las modelos. Dave miraba las páginas con expresión de absoluto aburrimiento, pero no dijo nada.

—Miriam —dijo Kathy, señalando un vestido rojo—, ¿crees que este le quedaría bien a Pamela?

Dave lo miró, luego me miró y forzó una sonrisa.

—Sí —dijo, con la voz tensa—. Le quedaría bonito.

Christine soltó una risita.

—¡Qué buena hermana eres, Miriam! ¿Verdad, Pamela?

—La mejor —respondí, disfrutando cada segundo.

Luego vino la parte de las historias de amor. Kathy nos contó sobre un chico mayor con el que salía, al cual yo ya conocía. Era alto, casi tanto como Kevin, pero moreno y, aunque odiaba admitirlo, guapo, de espalda ancha y fuerte. Entendía perfectamente por qué Kathy nunca me consideró para ser su novio. Christine habló de una chica que había conocido en un concierto. Danielle confesó que no se atrevía a confesarle a un chico sobre su doble personalidad. Yo hablé de Kevin —no pude evitar sonreír cuando mencioné su nombre— y todas suspiraron.

—¿Y tú, Miriam? —preguntó Christine, mirando a Dave—. ¿Alguien te gusta?

Dave se puso rojo.

—No —respondió rápido.

—¿Segura? —insistió Christine—. Las chicas de tu edad suelen tener algún crush.

—No tengo ningún crush —dijo Dave, con un hilo de voz.

—Pues tendrás que conseguir uno —dijo Kathy con una sonrisa malvada—. Todas las chicas tienen un crush.

Dave se retorció en el sofá. Parecía a punto de llorar.

Fue entonces cuando Christine tuvo una idea brillante.

—¡Ya sé! —exclamó, levantándose de un salto—. ¡Vamos a hacer un desfile de modas!

Kathy aplaudió emocionada.

—¡Sí! ¡Podemos probarnos los vestidos y las faldas de tu hermana!

Danielle se unió al entusiasmo.

—¡Tenemos un montón de ropa para probarnos! ¡Podemos jugar a ser modelos!

Dave palideció.

—Yo... yo no quiero...

Pero yo ya estaba de pie, ofreciéndole la mano.

—Vamos, Miriam —dije con una sonrisa—. Será divertido.

—No quiero —insistió él, con la voz quebrada.

Me incliné hacia él y bajé la voz para que solo él pudiera oírme.

—Si no participas, se lo diré a mamá. Y ya sabes lo que eso significa.

Dave tragó saliva. Me miró con odio, pero también con miedo. Finalmente, asintió y tomó mi mano.

El desfile comenzó. Kathy salió primero con un vestido rojo brillante, ajustado al cuerpo, que le quedaba espectacular. Dio una vuelta y posó como una modelo de verdad. Christine le siguió con una falda corta y una blusa transparente que dejaba ver su sujetador. Danielle se puso un vestido de lunares que le llegaba a la rodilla y se movió con una gracia natural que sorprendió a todas.

Luego me tocó a mí. Elegí un vestido corto, de color dorado, con un escote que dejaba ver mis hombros. Cuando salí al "escenario" —la alfombra de la sala—, todas silbaron y aplaudieron.

—¡Pamela, eres una diosa! —gritó Kathy.

Me sentí hermosa, aunque era un sentimiento al que aún no me acostumbraba.

Finalmente, fue el turno de Dave.

—¡Miriam! —anunció Christine—. ¡Te toca a ti!

Dave salió arrastrando los pies. Llevaba puesto un vestido de verano, de esos de tirantes finos y falda con vuelo, que le quedaba un poco grande pero que, con los tacones que llevaba, casi le llegaba a la rodilla. Tenía una diadema de flores en la cabeza y sus labios rosa brillaban bajo la luz de la lámpara.

—¡Vamos, Miriam! —dijo Kathy—. ¡Muévete como una modelo!

Dave se quedó paralizado. No sabía qué hacer con las manos. Las movía de un lado a otro, inseguras. Sus pasos eran torpes, mecánicos, como los de un robot averiado.

Me acerqué a él y le susurré al oído.

—Solo relájate. Mueve las caderas. Sonríe.

Dave me miró con pánico, pero intentó hacer lo que decía. Dio unos pasos, moviendo las caderas de forma exagerada, casi cómica. Las chicas estallaron en risas.

—¡Eso es! —gritó Christine—. ¡Así se hace!

Dave se sonrojó aún más, pero siguió caminando. Cuando llegó al final de la alfombra, hizo una pose torpe, con una mano en la cadera y la otra en el aire. Parecía ridículo.

Pero también parecía divertido.

—¡Ahora música! —anunció Danny, que había traído el estéreo de su tía.

Una canción pop llenó la habitación. Todas empezamos a movernos al ritmo, contoneándonos, riendo, disfrutando. Kathy se movía con confianza, Christine con desparpajo, Danielle con una elegancia natural. Yo me dejé llevar por la música, sintiendo cómo el vestido se movía alrededor de mis piernas.

Dave se quedó quieto al principio. Pero Kathy lo agarró de la mano y lo arrastró al centro de la sala.

—¡Baila, Miriam! —le ordenó.

Dave no sabía cómo. Pero poco a poco, imitando los movimientos de las demás, empezó a moverse. Al principio era torpe, descoordinado. Pero la música era pegajosa, y pronto sus caderas comenzaron a balancearse con más soltura. Sus brazos se levantaron. Su cabeza se movió al ritmo.

Y por un momento, solo por un momento, Dave pareció olvidar que era un chico. Pareció olvidar que llevaba un vestido. Pareció olvidar que las demás lo estábamos viendo.

Bailó. Y sonrió.

Christine silbó.

—¡Miriam! ¡Eres toda una diva!

Dave se rió. Una risa genuina, espontánea, que no había escuchado en mucho tiempo.

Christine se acercó a bailar cerca de él, lo tomó por la cintura y juntó su cuerpo un poco al de él.

—Me gustan las chicas —dijo, con una sonrisa pícara—. ¿Sabes? O al menos eso creía... por culpa de tu hermano y tuya... debo admitir que también me gustan los chicos lindos que usan vestidos.

Y entonces le plantó un beso en los labios mientras su mano exploraba su trasero cubierto por las bragas debajo de la falda de Dave. Kathy silbó de emoción y Danny gritó como una niña. Luego todas reímos. Dave estaba rojo. Y yo estaba seguro de que había ensuciado sus bragas después de eso.

Bailamos hasta que nos quedamos sin aliento. Cuando la canción terminó, todas cayeron al suelo, jadeando, riendo sin parar. Kathy se tiró boca arriba en la alfombra, Christine se apoyó en el sofá, Danielle se sentó con las piernas cruzadas y yo me dejé caer al lado de Dave.

—¿Ves? —dije, entre jadeos—. No fue tan horrible, ¿no?

Dave me miró. Sus ojos ya no estaban húmedos, sino brillantes. Su sonrisa era pequeña, pero real. Le había encantado besar a Christine, se le veía en los ojos.

—No —admitió—. No fue tan horrible.

Después de un rato, Christine sacó una bolsa de palomitas y Danny puso una película romántica. Dave se quedó mirando la pantalla con más atención que antes. Ya no parecía tan incómodo. Sus manos ya no apretaban la falda con fuerza.

Yo estaba a su lado. Durante la película, apoyé la cabeza en su hombro y le susurré.

—¿Cómo te sientes, hermanita?

Dave me miró. Sus ojos estaban tranquilos.

—Cansado —dijo—. Pero... bien. Supongo.

Cuando la película terminó, Christine anunció que era hora de dormir. Danny y ella sacaron los sacos de dormir y los extendimos en el suelo de la sala. Kathy y Christine se pusieron en un lado, Danielle en otro, y Dave y yo en el centro.

Las luces se apagaron y la habitación quedó en penumbras. Podía oír la respiración de Dave a mi lado, ya no tan rápida. Más calmada.

—Pamela... —susurró Dave.

—¿Sí?

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por todo. Por reírme de ti. Por llamarte mariquita. Por lo de la fiesta. —Hizo una pausa—. No sabía lo que se sentía.

—¿Y ahora lo sabes?

—Sí. Y es horrible.

Sonreí en la oscuridad.

—No siempre es horrible —dije—. A veces también es agradable.

Dave no respondió. Pero sentí su mano buscar la mía. La apretó suavemente.

—Perdóname, Pamela —dijo—. De verdad.

Apreté su mano de vuelta.

—Te perdono, hermanito.

Y por primera vez en toda nuestra vida, sentí un vínculo con mi hermano.

sábado, 18 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (58)




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Capítulo 58: Flores y promesas

Llegué a la farmacia diez minutos antes de las nueve. Llevaba mi vestido color limón con falda con vuelo y tirantes delgados, el cabello acomodado lo más femenino posible a pesar de lo corto que lo tenía. No podía evitarlo. Genuinamente quería estar bonita para Kevin. No me preguntes cómo pasé de odiar usar ropa de chica y comportarme como Pamela, a querer verme "linda" para un chico. Yo mismo no lo entiendo, pero así es.

Kevin llegó casi al mismo tiempo que yo. Llevaba cargando un ramo de flores en la mano. Sonrió al verme y dijo:

—Eres puntual, Greg. Eso me gusta en un empleado.

Luego pensó un poco en lo que acababa de decir y se corrigió:

—O... ¿prefieres que te diga Pamela?

La duda me descolocó. ¿Qué prefería yo? El hecho de que él supiera que era Greg y aún así me deseara me parecía tan tierno que me derretía por dentro. Pero en este punto no podía negar que Pamela existía dentro de mí. A veces ella era la que tenía el control de toda mi personalidad.

—Está bien si me dices Greg si estamos a solas —contesté con sinceridad—. Si hay más gente, mejor dime Pamela. No me gusta llamar la atención.

Me pidió sostenerle las flores y comenzó a abrir el negocio.

A Rita y a mí nos tomaba unos diez minutos abrir la farmacia: quitar los candados, correr la cortina de metal, abrir la puerta de vidrio. Más que nada porque teníamos que estirarnos mucho para abrir la cortina y porque agacharse con tacones y vestido era incómodo y más tardado que hacerlo con unos vaqueros. A Kevin le tomó tres minutos a lo mucho. Era al menos treinta centímetros más alto que yo y unos veinte más que Rita. Al estar vestido con ropa cómoda, podía agacharse y saltar en segundos, y así logró abrir la farmacia en poco tiempo.

Cuando entramos a la farmacia, me pidió las flores solo para ofrecérmelas de nuevo.

—Son para ti —dijo—. Espero que te gusten.

Sentí mucha felicidad al recibirlas. No entendía por qué... nunca me gustaron ese tipo de cosas. Pero al parecer ahora sí me gustaban.

—Gracias —dije con sinceridad.

Él se acercó a mí y nos dimos un beso apasionado. Pude sentir sus manos en mi cintura, y nuestra diferencia de estatura y complexión me pareció más evidente que nunca. "Tengo el cuerpo de una chica", pensé.

—Te extrañé mucho —dijo él con una sonrisa que me derritió.

—Yo también... —dije con pena.

Y antes de darme cuenta, ya nos estábamos comiendo a besos.

Nos soltamos como pudimos y nos obligamos a poner en funcionamiento el negocio.

Rita llegó unos treinta minutos después. Traía un florero en la mano.

—Para que no se marchiten tus flores en el día —dijo al saludarme.

Me ayudó a poner las flores en agua y el día continuó con la tranquilidad de siempre. Los clientes iban y venían, la mayoría compradores habituales. Unas señoras mayores pidieron sus medicamentos para la presión. Un par de jóvenes entraron a comprar chicles y refrescos, y no pudieron evitar mirarme un par de segundos de más, pero ya estaba acostumbrado. Sonreí, les pregunté si necesitaban algo más, y se fueron con las manos vacías y las mejillas sonrojadas.

Rita se encargaba de la caja registradora mientras yo reponía los estantes. Kevin, que estaba de refuerzo, organizaba el almacén y ayudaba con los pedidos grandes. A veces coincidíamos cerca y platicábamos un poco. Pero en general, solo nos comunicábamos con miradas. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, sentía un cosquilleo en el estómago. Era ridículo. Era maravilloso.

Todos los días nos traían la comida y comíamos en la bodega, de uno en uno, para no dejar el negocio solo. Pero ahora que éramos tres, Rita se ofreció a quedarse cuidando el negocio mientras Kevin y yo comíamos juntos.

Nos sentamos en la pequeña bodega del fondo, sobre unas cajas de cartón que hicieron las veces de sillas. Kevin había traído su propia comida y yo la mía. Pero apenas probé bocado. Estaba demasiado nervioso, demasiado feliz.

—¿Cómo te fueron los exámenes extraordinarios? —pregunté.

—Bien —respondió con una sonrisa—. Aprobé todos. Ya estoy oficialmente de vacaciones.

—Qué bien.

—Y tengo noticias —dijo, con los ojos brillando de emoción—. Ya tengo algunos amigos en mente para presentarle a Daniel y a Christine. Chicos de la universidad, apuestos. Una amigo para Daniel y también una amiga para Christine.

—¿En serio? —me sorprendió que se hubiera tomado el tiempo de pensar en ellos.

—En serio. Y además... —hizo una pausa dramática—, iremos mis amigos de la universidad y yo al parque de diversiones. Todos llevarán a sus novias. Así que me gustaría que vinieras conmigo. Sería en dos semanas. Debes pedirle permiso a tu mamá... si quieres, yo le pido permiso por ti.

—Le pediré permiso —dije con emoción.

Me encantaba ir al parque de diversiones. Cuando mamá y papá vivían juntos, papá y yo íbamos al menos una vez al año. Aunque ya hacía más de cinco años de eso. Recordaba que amaba subirme a las montañas rusas y a los juegos rápidos. Sentir el viento en la cara, la adrenalina corriendo por mis venas, el vértigo de caer en picada... era de las pocas cosas que echaba de menos de mi infancia.

Ahora iría de nuevo. Pero no como Greg, el niño que corría de un juego a otro con los pantalones manchados de pasto. Iría como Pamela, con un atuendo femenino, con maquillaje y sujetador. Y la idea no me aterraba como antes. Al contrario, me parecía emocionante.

—Espero que te dé permiso —dijo Kevin, interrumpiendo mis pensamientos—. Iríamos juntos en el carro de mi mamá, y yo te regresaría a casa, sano y salvo, en la noche. Greg.

Dijo mi nombre con una dulzura que me hizo derretir. Luego se inclinó y me dio otro beso. Suave, cálido, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

La curiosidad me ganó. Tenía que saber.

—Kevin... —empecé, con voz temblorosa—. ¿Qué somos... tú y yo?

Él me miró a los ojos sin dudar un segundo.

—Somos dos enamorados —dijo, con una seguridad que me dejó sin aliento.

Luego agregó, con una sonrisa pícara:

—Espero que pronto seamos novios. Pero te lo tengo que pedir de una forma especial.

No supe qué responder. Solo pude sonreír. Sentí que el corazón se me salía del pecho.

Cuando salimos de la bodega y volví a mi puesto, no pude evitar reflexionar sobre todo lo que había cambiado. Hacía poco más de un año, yo era un chico que odiaba todo lo femenino. Ahora, estaba emocionado porque un chico me había regalado flores, me había besado y me había dicho que éramos dos enamorados. Y lo mejor, o lo peor, de todo: no me importaba. Me gustaba.

Me gustaba que Kevin me viera como su novia. Me gustaba que me llamara "Pamela" delante de los demás. Me gustaba sentir sus manos en mi cintura.  Me gustaba pensar en que, en dos semanas, iríamos juntos al parque de diversiones, que me subiría a las montañas rusas, y que él estaría a mi lado, riéndose conmigo.

Me gustaba mi nueva vida.

Y aunque a veces todavía me costaba aceptarlo, aunque a veces el eco de Greg susurraba en mi cabeza que todo esto estaba mal... no podía negar que era feliz.

Al final de la jornada, mientras recogía mis cosas y me preparaba para volver a casa, miré las flores en el florero. Eran amarillas, como mi vestido. Como el sol.

—¿Te gustaron? —preguntó Kevin desde la puerta.

—Me encantaron —respondí.

Y era verdad. No solo las flores. Todo.

viernes, 17 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 57)



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Capítulo 57: Confidencias

El fin de semana fui a hacer limpieza a casa de los Johnston y de la señora McCuddy, como todas las semanas, por supuesto ataviada con mi uniforme de maid. Luego, el domingo visitamos a los Johnston como todas las semanas. Pude ver a Kevin, pero solo fueron unos minutos, me saludó con un beso apasionado en los labios. Platicó un poco con todas y luego se disculpó y se fue a su habitación a seguir estudiando. Fue un momento breve, pero suficiente para que su beso me durara todo el día.

La semana siguiente se pareció mucho a la anterior. Cada día me sentía más cómodo usando vestidos en público, en la farmacia, acompañado por Rita. Ella me daba todo tipo de consejos femeninos: para los cólicos, para los chicos, sobre la ropa. Sentía que ella me veía por completo como una chica. Me acostumbraba tanto al trabajo que ya podía platicar mientras ordenaba los estantes, e incluso las claves de la registradora ya las conocía de memoria.

Un día, mientras limpiábamos el mostrador, Rita me dijo:

—Si te incomodan las miradas de los chicos, sonríeles y diles "hola, ¿te puedo ayudar en algo?".

Como no había muchas cosas que hacer, apliqué su estrategia. Y funcionaba. La mayoría no sabían qué contestar, balbuceaban algo y se volvían mucho más discretos para mirarme. Rita sonreía cuando me veía aplicar su consejo.

—Sé que no llevas mucho siendo mujer —me dijo—. Tengo mucho que enseñarte, Pam.

Me sonrojé. Pero no me molestó. Al contrario, me gustaba que ella me viera así.

El jueves, casi terminando mi segunda semana trabajando en la farmacia, Rita estaba más callada de lo habitual. Mientras ordenábamos los productos, noté que sus manos se movían más lentas, que su mirada se perdía en el vacío.

—¿Pasa algo? —pregunté.

Rita suspiró. Apoyó los codos en el mostrador y se quedó mirando la puerta un momento.

—Terminé con mi novio de la universidad —dijo, con voz cansada—. Lo hice por teléfono. Pero las últimas semanas que nos vimos, en el campus, discutimos mucho. Las cosas estaban mal desde hacía tiempo.

No supe qué decir. Rita siempre había sido tan alegre, tan segura de sí misma, que verla así me descolocaba.

—¿Qué pasó? —pregunté, con cuidado.

—Me di cuenta de que nunca le gusté de verdad. Solo le gustaba mi cuerpo. —Hizo una pausa, y su voz se quebró ligeramente—. Es lo malo de ser una chica linda, Pam. Muchos chicos te quieren, pero solo de forma superficial. No les interesa conectar contigo a un nivel más profundo. Solo quieren poseerte.

Sus palabras resonaron en mi interior. Pensé en cómo los chicos, e incluso el señor del bigote en el bar, a menudo solo veían mi cuerpo y querían tocarme, como si quisieran usarme. Luego pensé en Kevin. En cómo siempre había sido amable, en cómo reíamos y bromeábamos, en cómo podíamos pasar horas hablando de tonterías y pasarlo bien. Apenas comenzamos a besarnos en mi fiesta de cumpleaños, y sin embargo, él no parecía tener prisa por tocar mi cuerpo.

Me sorprendieron esos pensamientos. Hacía poco más de un año yo compraba revistas de chicas en poca ropa y soñaba con tocarlas. Y ahora me preocupaban los pensamientos de los varones respecto a mi cuerpo. Las cosas habían cambiado tanto que a veces me costaba reconocerme.

Rita me sacó de mis cavilaciones.

—Sabes —dijo, con una voz más suave—, siempre quise una hermana menor. Para hablar de estas cosas.

En mi casa yo era el hermano mayor y luego estaba Dave. Nunca fuimos cercanos. A pesar de vivir juntos y ser ambos varones, peleábamos todo el tiempo. Y cuando comencé a usar vestidos, nuestra relación solo se distanció más. Él siempre parecía dispuesto a burlarse de mí, y usar vestido y tacones no hace a un hombre particularmente amenazador.

Nunca conocí una relación fraternal tan cercana. Pero de alguna manera, Rita se sentía como una hermana mayor, y yo era su hermana pequeña. Y eso me gustaba. Aunque no me atrevía a decirlo en voz alta.

—Aquí estoy para lo que necesites —le dije.

Pude ver unas lágrimas en sus ojos, pero logró contenerlas. Respiró hondo, se secó los ojos con el dorso de la mano y forzó una sonrisa.

—Bueno —dijo, cambiando el tono por completo—. Te tengo una buena noticia.

Su rostro se iluminó. Ya no estaba la tristeza de antes, sino una chispa de emoción.

—Hoy presentó su último examen Kevin —anunció—. Y mañana estará en la farmacia con nosotras.

El corazón me dio un vuelco.

—¿En serio?

—En serio. —Rita se inclinó sobre el mostrador y me miró con complicidad—. Y no dejes que mis malas experiencias con los hombres te desanimen. Sé que Kevin y tú harán una maravillosa pareja.

Sentí que los nervios me comían. Tenía ganas de ver a Kevin, pero no habíamos hablado realmente desde la sesión de besos en mi cumpleaños. ¿Cómo sería? ¿Me pediría que fuera su novia? ¿Me invitaría a salir? ¿Qué haría yo? Como chico nunca tuve una relación, y ahora mi rol sería el de la chica de la relación. No sabía si podría hacerlo.

Rita debió ver mis emociones encontradas.

—Sé que todo esto es nuevo para ti, Pamela —dijo con una sonrisa cálida—. Solo sé tú misma.

—¿Yo misma? —repetí, dudando.

—Sí. Mi hermano sabe que debajo de ese maquillaje y ropa eres Greg, un chico, y no tiene problema con eso. Realmente quiere estar contigo. —Rita se acercó un poco más, bajando la voz—. Es un par de años mayor que tú, y le he conocido algunos novios... quizá hasta haya tenido intimidad con algunos. Pero no dejes que eso te intimide. Ninguno de sus exnovios es tan bonito ni tiene tan buen corazón como tú. Son afortunados de tenerse el uno al otro. Solo déjense llevar.

Hubo un silencio. No supe cómo llenarlo. Pero Rita no había terminado.

—Además —añadió, con una sonrisa pícara—, el hecho de que él ya tenga experiencia puede ser algo bueno. Ya sabe cómo cuidar a un chico en la intimidad. Ya sabes, los chicos no lubrican solos como las chicas. Pero seguro que cuando lleguen a eso, él sabrá guiarte...

No podía creer que Rita hablara sobre mí teniendo relaciones con Kevin. Podría jurar que me puse más rojo que nunca en la vida. El calor me subió desde el cuello hasta las orejas, y tuve que apartar la mirada.

—Rita... —alcancé a decir, con la voz temblorosa.

Ella seguía sonriendo, sin inmutarse.

—Solo pensar en ustedes dos juntos me hace olvidar mis problemas —dijo—. Hacen tan bonita pareja.

Finalmente logré sonreír. Quizá, si era la novia de Kevin, significaba que él en algún momento estaría dentro de mí. Esa idea no me desagradaba. Tenía miedo, sí, pero también curiosidad y excitación al pensar en ello.

—Gracias, Rita —dije en voz baja.

—Para eso están las hermanas mayores —respondió, guiñándome un ojo.

Y por un momento, todo el miedo que sentía se disipó un poco. Mañana vería a Kevin. Y pase lo que pase, al menos sabía que tenía a Rita de mi lado.

jueves, 16 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 56)


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Capítulo 56: Nueva rutina

Los días siguientes fueron más o menos iguales a mi primer día como empleada de la farmacia de los Johnston: despertar, elegir qué vestido ponerme, desayunar con mi mamá y con mi hermano, y luego partir a la farmacia. Mi turno empezaba a las nueve, pero mamá me mandaba temprano y llegaba al menos diez minutos antes. Rita llegaba con las llaves del local y yo la ayudaba a abrir.

Rita me trataba como a otra de sus amigas, lo que me parecía surreal porque apenas hacía un año yo era un chico que odiaba todo lo femenino, y ahora empezaba a encontrarle el gusto. Las mañanas se me pasaban volando entre su conversación.

—¿Te has fijado en ese chico que viene siempre a comprar chicles? —me dijo Rita un día, mientras ordenábamos los perfumes—. El del pelo rizado. Se llama Marcos. A veces me sonríe y se me olvida cómo se cobra.

Me reí

—¿Y por qué no le dices algo?

—¡Qué vergüenza! —exclamó, tapándose la cara con las manos—. Además, las chicas no tomamos la iniciativa. Eso es cosa de chicos.

—¿Y si él tampoco se atreve?

—Entonces nos quedamos los dos mirándonos como tontos hasta el fin del mundo —dijo Rita con una carcajada—. Pero es bonito ilusionarse, ¿no crees, Pam?

Asentí. Sabía de qué hablaba.

Otro día, mientras limpiábamos el mostrador, Rita bajó la voz y se acercó a mí como si fuera a contarme un secreto de estado.

—Te voy a confesar algo, pero no se lo digas a nadie.

—Lo juro —dije, curioso.

—El sábado pasado, como a las 7 de la noche, llegó un chico súper guapo. No era de aquí, seguro estaba de paso. Me pidió una crema para la piel y me hizo tantas preguntas que estuve media hora explicándole tonterías. Al final me pidió mi número.

—¿Y se lo diste?

Rita sonrió con suficiencia.

—Claro que no. Pero me dijo que volvería en una semana. Y voy a estar guapísima el día que venga.

Me reí con ella. Me gustaba que me contara esas cosas. Me hacía sentir como una amiga de verdad, no como un niño raro al que le gustaban los vestidos.

El miércoles, mientras reponía una estantería de vitaminas, escuché la campanilla de la puerta. Me giré para atender y me quedé paralizado un instante.

Era Gary Lowe.

Lo conocía de la clase de literatura, hacía unos meses. Era un chico tranquilo, de los que no llamaban la atención, aunque en ese momento, viéndolo bien, no estaba nada mal. Llevaba una camiseta gris y jeans, y su pelo castaño le caía desordenado sobre la frente.

—Hola —dijo con una sonrisa—. ¿Me das una caja de aspirinas, por favor?

—Claro —respondí, yendo al estante de medicamentos.

Cuando volví con las aspirinas, Gary me miró fijamente. Por un momento pensé que me había reconocido como Greg, pero luego su sonrisa cambió. Era una sonrisa de reconocimiento, sí, pero no del chico que compartía su clase de literatura. Reconoció a la chica que había conocido en aquel banco del parque.

—Tú eres... Pamela, ¿verdad? —preguntó—. La chica que estaba practicando besos...

Sentí que las mejillas se me encendían. Asentí, sin saber muy bien qué decir.

—Sí, soy yo.

Gary apoyó un codo en el mostrador y me miró con curiosidad.

—Oye, y... ¿te sirvió? Digo, la práctica. ¿Pudiste besar bien a tu novio?

Mi mente voló hacia Kevin. Hacia aquel primer beso en mi fiesta de cumpleaños, frente a todos, sin importarme nada. Hacia la forma en que me había abrazado, la forma en que sus labios habían presionado los míos como si me conociera de siempre.

—Sí —respondí, y esta vez la sonrisa me salió de verdad—. Me sirvió mucho.

Gary asintió, interesado.

—¿Y cómo es él? Tu novio, digo.

No pensé. Las palabras salieron solas, como si llevara años hablando de Kevin.

—Es unos años mayor que yo. Juega al fútbol, bueno, jugaba en la preparatoria. Tiene el cuerpo de un atleta, fuerte y musculoso. Es rubio, con los ojos azules casi violetas. Y su sonrisa... su sonrisa es lo mejor que tiene. Cuando me mira, siento que soy la única persona en el mundo.

Me di cuenta de que estaba parloteando como una enamorada. Y lo peor es que no me importó.

Gary me escuchaba con atención, y cuando terminé, silbó bajito.

—Vaya. Parece que te tocó un buen partido.

—Sí —dije, aún sonrojada—. Creo que sí.

Gary pagó sus aspirinas y guardó el cambio en el bolsillo. Antes de irse, se detuvo en la puerta y me lanzó una última mirada, con una sonrisa que no era del todo inocente.

—Oye, Pamela —dijo—. Si alguna vez necesitas volver a practicar besos... ya sabes dónde encontrarme.

Y se fue, dejándome con las mejillas ardiendo y un nudo raro en el estómago.

Dos días después, Gary volvió. Dijo que venía a comprar golosinas, pero yo no era tonto. En los pocos días que llevaba trabajando allí, ya había notado un patrón: los chicos volvían. A veces por cosas sin importancia, a veces por nada. Y yo había empezado a preguntarme por qué.

Al principio pensé que era por Rita, pero ahora consideraba que también volvían para verme a mí. Tienen que entender que Rita era hermosa. Tenía el pelo largo y brillante, una sonrisa que iluminaba la habitación, y un cuerpo que cualquier chico desearía. Hacía apenas un año, yo mismo había estado enamorado de ella. Me gustaba. Me gustaba mucho. Soñaba con besarla, con tomarla de la mano, con que fuera mi novia. ¿Por qué los chicos vendrían a ver a un chico con vestido y maquillaje cuando ella también estaba en el mismo lugar? Y sin embargo me sorprendió descubrir que, al parecer, yo tenía tantos admiradores como Rita.

A veces mis pensamientos volvían a mis antiguos sentimientos por ella. Cómo la veía entonces, con ilusión y deseo. Ahora, en cambio, la veía y sentía otra cosa. La quería, sí, pero como se quiere a una amiga. Una hermana mayor, tal vez. Ya no había esa chispa, esa incomodidad en el pecho cuando se acercaba demasiado. Solo cariño. Solo confianza.

Y me sorprendió darme cuenta de que pensaba en mí mismo en femenino la mayor parte del tiempo. "Estoy sonrojada", pensaba. "Me siento bonita". "Ojalá Kevin me viera ahora". Ya no tenía que hacer el esfuerzo de recordar que debía hablar como chica delante de los demás. Me salía natural.

La sensación del tampón en mi trasero también ayudaba. O estorbaba, según se mirara. Era un recordatorio constante de que mi cuerpo ya no era solo mío. Mamá me había enseñado a ponérmelo "por si acaso", y aunque al principio me pareció una locura, ahora ya ni lo notaba. Bueno, lo notaba, pero me había acostumbrado. Era parte de mi día a día, como ponerme la faja o maquillarme.

En esos momentos, de pie frente al espejo del baño de la farmacia, no podía evitar mirarme y preguntarme: ¿quién soy?

El reflejo que me devolvía el espejo era el de una chica con un vestido azul claro, maquillaje discreto y una diadema que sujetaba mi pelo corto. La chica del espejo tenía los labios ligeramente pintados de rosa, los ojos delineados con suavidad, y una expresión en el rostro que ya no era de miedo. Era de aceptación, quizás. De cansancio. O de rendición.

Definitivamente, no era el reflejo de un chico.

Y sin embargo, allí abajo, escondido bajo la faja y las bragas, seguía teniendo lo que siempre había tenido. Aunque cada vez me costaba más imaginármelo. Aunque cada vez pensaba menos en él.

También me di cuenta de que había hablado de Kevin como si fuera mi novio delante de Gary Lowe. Lo había llamado "mi novio". Y no me había corregido. No había dicho "bueno, aún no somos novios" ni "es solo un amigo". Había asumido que lo era, y se sintió bien.

No podía detenerme mucho en esos pensamientos, porque siempre llegaba otro cliente, o Rita volvía a hablarme de alguno de sus temas. Pero en los ratos libres, mientras limpiaba los estantes o reponía productos, mi mente se iba hacia Kevin.

En una semana viví tantas cosas. Todos me trataban como a una chica. Las señoras me llamaban "señorita" o "niña". Las chicas me pedían consejos sobre maquillaje o higiene femenina. Y los chicos me llamaban "amiga" o "linda" y siempre me miraban las piernas. Al principio me incomodaba, pero con el paso de los días empecé a sentirlo casi normal. Como si fuera una chica más.

En las noches, apenas tocaba la cama, me dormía. Los días eran largos, porque al volver a casa tenía que ayudar a mi mamá con la limpieza y la comida. Pero siempre, justo antes de quedarme dormido, le dedicaba unos pensamientos a Kevin.

Me sorprendía a mí mismo recordando cómo antes fantaseaba con Kathy, o con Rita, o con cualquier chica guapa que viera en la televisión. Esos pensamientos eran cosa del pasado. Ahora, todo mi tiempo libre, todos mis sueños, eran para él.

Rita me había dicho que podía ir a saludarlo. Kevin estaba estudiando en casa para sus exámenes extraordinarios, y su madre no habría tenido problema en que pasara un rato con él. Pero yo no quería interrumpirlo. No quería que pensara que era una chica empalagosa que no lo dejaba concentrarse. Podía esperar unos días. Solo unos días más.

Dos semanas, en realidad. Pero estaba contando cada día, cada hora y cada minuto.

miércoles, 15 de julio de 2026

Disciplina del lapiz labial (Parte 55)


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Capítulo 55: Quinceañera

La noche de mi cumpleaños tuve sueños húmedos. En ellos yo estaba vestido como Pamela, con el cabello largo, tomado de la mano de Kevin. Platicábamos sobre tonterías cuando de pronto comenzaba a besarme. Yo lo dejaba, ya no me escandalizaba besar a otro chico. Luego metía la mano bajo mi falda y comenzaba a frotar mi entrepierna, y yo lo dejaba de nuevo... era como si no tuviera que pedirme permiso, como si yo fuera suya. El sueño fue tan intenso que terminé despertando... excitado. Unos rayos de sol atravesaban el marco de mis ventanas, filtrándose por las cortinas. Mis pensamientos volvieron al presente. Me quité las bragas húmedas y decidí comenzar mi día.

Si llevan tiempo leyéndome, sabrán que mi cumpleaños está al inicio de las vacaciones de verano. Lo que significaba que durante dos meses no volvería a ver nada de Greg. Dos meses viviendo como Pamela a tiempo completo. Hace un año se sentía como la peor de las condenas, pero ahora no parecía tan malo. Solo me preocupaban las cosas que mamá podría estar planeando para mí.

Me apresuré a vestirme. Me puse la faja y el sujetador habituales y un vestido de verano amarillo para el calor. Me puse un maquillaje discreto y me arrepentí de haberme cortado demasiado el cabello. A pesar del cabello corto, no parecía un niño, sino una niña que había experimentado con su pelo. Me veía linda.

Bajé a desayunar. Mamá estaba de buen humor. Dave no sonrió con burla al verme, por primera vez desde que empecé a usar vestidos. Me saludó con voz suave:

—Buenos días, Pamela.

Le contesté con una sonrisa.

—Buenos días, hermanito.

Estaba dispuesto a ser la mejor "hija" para no meterme en problemas.

Desayunamos pan tostado con mermelada y un café. Hablamos sobre lo linda que fue mi fiesta de cumpleaños, de lo linda que me veía, y mi mamá aprovechó para hacer un millón de comentarios sobre lo bien que nos veíamos Kevin y yo juntos.

—Siempre supe que terminarías besándote con un chico guapo, Pamela. No te das crédito, pero estás hecha una muñequita.

Puedo jurar que me puse de mil colores de rojo. Pero por mucho que odiara ese tipo de comentarios, comenzaba a acostumbrarme a ellos. Y peor: pensaba que tenía razón. Me sentía bien en los brazos de Kevin. Mi cumpleaños había sido un éxito y me sentía muy feliz por primera vez desde que empecé a usar vestidos. No perdí mucho tiempo con esos pensamientos. Quería saber qué había planeado mi madre para mí ese verano, así que me aventuré con una pregunta:

—¿Estas vacaciones trabajaré con la señora McCuddy y con los Johnston como su sirvienta?

Mi mamá me miró de reojo y comió otro bocado antes de contestar.

—No, niña, solo les ayudarás los fines de semana en las mañanas, como ahora... pero sí te conseguí un empleo.

Temí lo peor. Mamá era una maestra en el arte de humillarme. Pensé que me haría volverme bailarina erótica o algo peor... pero mi imaginación estaba lejos de la realidad.

—Ayudarás a los Johnston, pero en la farmacia. Renunciaron dos de sus empleados y necesitan apoyo. Además, así podrás convivir más con Rita... —hizo una pausa dramática y luego agregó—: y con Kevin.

Mi mente voló. Parecía una fantasía no tener que trabajar como mucama todas las vacaciones. Pero era obvio que mamá había planeado esto para que yo pasara más tiempo con Kevin. Estaba decidida a acabar con Greg y que solo quedara Pamela. Y yo, honestamente, ya no tenía más fuerzas para luchar contra ella.

Esa misma tarde comencé mi trabajo con los Johnston. Iba con el mismo vestido amarillo que había decidido ponerme en la mañana. Rita me saludó con una sonrisa enorme.

—¡Hola, Pamela! ¡Al fin podremos convivir nosotras dos como es debido! Seremos las mejores amigas, ya lo verás.

Me llevó al mostrador y comenzó a explicarme lo básico. La farmacia no era muy grande, pero tenía de todo: medicamentos, cosméticos, productos de higiene y una pequeña sección de perfumes. Rita me mostró dónde estaban las cosas, cómo usar la caja registradora y cómo atender a los clientes.

—No es nada del otro mundo —dijo—. Lo más difícil es aprender los precios, pero eso viene con la práctica.

Pasé la mayor parte de la tarde organizando estantes. Rita me enseñó a colocar los productos por orden alfabético y a revisar las fechas de caducidad. Era un trabajo aburrido, repetitivo, pero no era pesado. Y lo mejor de todo: nadie se reía de mí. Los clientes que entraban me veían como a una chica linda, tan guapa como Rita, una empleada joven con un vestido amarillo y el pelo corto. Algunos me pedían indicaciones, la mayoría de los hombres posaban sus ojos en mi pecho o en mis piernas, algunos intentaban ser discretos y otros me miraban sin pudor, pero al final solo pagaban y se iban.

—¿Ves? No es tan malo —dijo Rita en un momento, mientras limpiábamos los estantes juntas.

—No —admití—. Es... aburrido, pero no malo.

Rita se rió.

—Bienvenida al mundo laboral, Pam.

Me gustó que me llamara así. Sonaba más íntimo, más amistoso.

En un momento, mientras ordenaba una fila de champús, Rita se acercó con una sonrisa pícara.

—Oye, ¿y qué pasó entre tú y Kevin anoche? ¿Ya son novios?

Sentí que las mejillas se me encendían.

—No lo sé —dije con sinceridad—. Nos besamos, pero no hablamos sobre ser novios ni nada.

—¡No lo puedo creer! —Rita soltó una carcajada—. Estabas muy ocupada besándote con él en el sofá delante de todos. Hablando de eso... ¿cómo fue? ¿Fue tu primer beso con él?

—Sí. Fue nuestro primer beso.

—¿Y cómo fue? —insistió, con los ojos brillando de curiosidad.

Me encogí de hombros, incómodo.

—Fue... bonito. Tierno.

—¡Ay, qué dulce! —exclamó Rita, llevándose las manos al pecho—. Mi hermanito y mi mejor amiga. Esto es como una novela. Excepto porque la novia también es un chico.

—No somos novios —dije rápido.

—Todavía —me corrigió ella, guiñándome un ojo.

Guardé silencio y seguí ordenando los champús. Pero por dentro, las palabras de Rita resonaban. Todavía. Como si fuera solo cuestión de tiempo. Como si fuera inevitable.

Más tarde, mientras barría el suelo del fondo de la tienda, Rita volvió a la carga.

—Kevin no habla de otra cosa, ¿sabes? Desde que te conoció, no para de decir lo bonito que eres, lo bien que te queda la ropa, lo mucho que le gusta estar contigo.

—¿De verdad dice eso? —pregunté sin poder ocultar una sonrisa.

—Te lo juro. Mamá se ríe de él porque dice que está peor que un adolescente enamorado. Aunque en realidad apenas y ha superado la adolescencia.

Me sonrojé aún más. Rita notó mi reacción y soltó otra risita.

—No te preocupes, Pam. Es bueno que le gustes. Te lo mereces. Eres buena persona, aunque a veces te cueste verte a ti misma como te ven los demás.

No supe qué responder. Seguí barriendo en silencio, pero sus palabras se quedaron conmigo el resto de la tarde.

Cuando finalmente terminó mi turno, Rita me dio un abrazo de despedida.

—¿Ves? No fue tan aburrido —dijo.

—Supongo que no —respondí.

—Mañana te enseño a usar la máquina de recibos. Kevin está presentando exámenes extraordinarios y no vendrá hasta dentro de dos semanas. Pero bueno, cuando eso pase me iré a la playa con unas amigas y lo tendrás todo para ti, aquí en la farmacia.

La idea me emocionó. Podría estar todas las tardes con Kevin. En dos semanas...

Salí de la farmacia con una sonrisa en la cara. El sol del atardecer me daba de lleno y sentía el calor en la piel. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de lo que vendría.

miércoles, 24 de junio de 2026

Los combates (14)



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Capítulo 14: Los combates

Aline despertó temprano, envuelta en el silencio tibio de la habitación. Se estiró lentamente y notó que la cama junto a la de ella ya estaba vacía. Desde el baño llegaba el sonido del agua corriendo. Mateo ya se estaba duchando.

Cuando salió, aún con el cabello húmedo y una toalla en la cintura, se inclinó para besarla suavemente en los labios. Ella respondió al beso con dulzura.

—Tengo que estar en los vestidores dos horas antes del evento —murmuró con una sonrisa—. Deséame suerte.

Aline asintió somnolienta, y lo vio desaparecer por la puerta, dejándola sola entre las sábanas revueltas y los ecos de la noche anterior.

Se levantó despacio y buscó en su maleta el vestido que había dudado tanto en llevar. Era sencillo, azul con pequeñas flores blancas, pero al ponérselo, cada fibra pareció susurrarle una verdad que ya no podía evitar: era ella, completamente. Y por primera vez, se sintió plena en su piel.


En el ambiente cargado de testosterona del gimnasio, se sintió más expuesta que nunca. Las miradas se posaban en ella con descaro, y por un momento pensó en cubrirse, esconderse. Pero no lo hizo. Mantuvo la cabeza en alto. Era su forma de decirle al mundo —y a sí misma— que estaba ahí con orgullo. Que no se iba a esconder más.

En las gradas, los papás de Mateo la recibieron con una calidez que le tocó el alma. Naomi le pasó una botella de agua y le sonrió como si fuera parte de la familia. Cuando Mateo subió al cuadrilátero, la buscó con la mirada. Al encontrarla, le regaló una sonrisa que hizo que Aline sintiera mariposas revolotear en su estómago.

La primera ronda fue sencilla. Mateo tuvo cuatro combates, pero en todos se mostró muy superior. Se movía con agilidad y decisión, como si cada técnica saliera directamente de su instinto. Apenas recibió un par de golpes, ninguno lo hizo retroceder. Desde las gradas, Aline lo miraba con una mezcla de orgullo y asombro. Al principio contenía la emoción, pero en el tercer combate no pudo más y se puso de pie para gritar: "¡Vamos, Mateo!". Su voz resonó por encima del bullicio, clara y decidida. Pero lo que había dicho en voz alta no era lo mismo que había sentido por dentro: mi hombre. Se sonrojó un poco al reconocerlo, pero no lo negó. Al contrario, lo aceptó con una certeza tranquila. Mateo era su hombre. Y ella, su mujer. No necesitaba más pruebas.

Después de los cuatro combates, el evento hizo una pausa. Solo los competidores eliminados podían salir del gimnasio a reencontrarse con sus familias, así que Mateo aún no saldría. Naomi le preguntó a Aline si la acompañaba al baño. Aline aceptó con gusto. Fueron juntas a vaciar sus vejigas y luego se retocaron el maquillaje frente al espejo, Aline se sorprendió al notar cuán naturales le resultaban ya esos pequeños rituales femeninos. Con apenas unos meses de práctica, dominaba gestos, tiempos y técnicas como si siempre hubieran sido parte de ella.

Al volver a las gradas junto a Víctor, iban charlando como si fueran viejas amigas. La conexión era ligera, espontánea, sin necesidad de fingir nada.

—Llegaron justo a tiempo, va a salir a pelear Mateo en seguida —dijo él, señalando el cuadrilátero.

La pelea fue reñida. Aline se dio cuenta de que contenía la respiración en cada intercambio de golpes. Seguía con los ojos cada movimiento de Mateo: cómo esquivaba, cómo resistía, cómo contraatacaba con precisión. Cuando ejecutó una patada aérea arriesgada, Aline apretó las manos sobre sus rodillas. Pero el golpe conectó, y fue suficiente para cerrar el combate a su favor. El gimnasio estalló en aplausos. Aline sonrió, con el corazón palpitando en el pecho. Su hombre avanzaba. Y ella no podía estar más orgullosa.

En cuartos de final, Mateo dominó desde el primer instante. Su oponente apenas logró rozarlo. Cada movimiento era firme, preciso, seguro. Aline aplaudía, vibraba con cada punto que sumaba, sus ojos no se despegaban de él. Lo admiraba como nunca había admirado a nadie. Y lo supo, sin dudas ni reservas: estaba perdidamente enamorada. Podía sentirlo en el pecho, en la piel, en los dedos que temblaban de emoción.

Cuando el referí marcó el final del combate y levantó el brazo de Mateo como ganador, Aline no pudo contenerse. Se puso de pie entre el público y gritó con el alma:

—¡Te amo!


Pero la semifinal no fue justa. El rival recurrió a una patada ilegal, directa a la pierna. Mateo cayó, y aunque logró reincorporarse, era obvio que ya no podría pelear. Al final, ganó por descalificación, pero algo en su forma de cojear decía lo que nadie quería admitir: la final no sería suya.

Aline se sintió repentinamente avergonzada. Recordó sus días como chico. Pensó en cómo, en otras circunstancias, quizás habría sido más parecido al rival que jugó sucio que al Mateo justo y noble que tenía enfrente, del que se había enamorado. Pero ahora, viendo el gesto de dolor y dignidad de su amado, supo que había cambiado. Que ella era diferente de cuando fue un hombre. Que había elegido un camino distinto.

El árbitro anunció que Mateo no podría competir en la final. El título quedaría en manos del otro finalista. Al escuchar la noticia, Aline no dudó: bajó de las gradas y corrió hasta donde estaba Mateo. Se arrodilló junto a él, lo abrazó con ternura y le susurró al oído:

—Eres mi campeón.

Mateo apoyó la frente contra la de ella y sonrió con los ojos humedecidos. En ese momento, el maestro se acercó, puso una mano sobre su hombro y dijo con solemnidad:

—Hoy has peleado como los mejores. Tienes mi respeto, Mateo… y tu cinta negra, te la ganaste, campeón.

Las lágrimas brotaron sin que Aline pudiera evitarlas. Lo abrazó con fuerza. No por la cinta, no por el torneo, sino por el hombre que tenía frente a ella. Su hombre.

El árbitro anunció que Mateo no podría competir en la final. El título quedaría en manos del otro finalista. Mateo aceptó la medalla del segundo lugar apoyándose en una muleta.

Aline sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. Era un momento tan grande y tan íntimo. 

El camino de regreso a casa fue tranquilo. Mateo apoyó la cabeza en su hombro durante el trayecto, y Aline le acarició el cabello con suavidad. Afuera, el mundo seguía su curso. Pero para ella, todo había cambiado.


martes, 23 de junio de 2026

Primeras impresiones (13)



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Capítulo 13: Primeras impresiones

Los siguientes quince días pasaron como agua.

Aline no sabía si era la emoción del viaje, las tardes de besos robados en las canchas, o el hecho de que, por primera vez en mucho tiempo, sentía que todo en su vida tenía un ritmo, una dirección. Tuvo su periodo por tercera vez desde que empezó esta aventura, y por primera vez no se sintió rara ni apenada. Se sentía más dueña de su cuerpo, más cómoda en su piel. Había aprendido que los vestidos holgados eran una bendición cuando una se sentía inflamada, y que andar ligera y sin vergüenzas era parte de la nueva seguridad que estaba construyendo.

Cada vez que se miraba al espejo, se reconocía. No llevaba un disfraz, le habían prestado un cuerpo, se sentía una mujer. Una mujer con historia, con rutinas, con amigas, con un novio. Una mujer que había vivido pequeñas cosas y otras muy grandes. Una mujer que, por fin, sentía que su reflejo tenía sentido.

En la escuela, todo parecía fluir. Se sentaba con sus amigas a la hora de la comida, hablaban de chicos, de ropa, de cosas sin importancia pero que las hacían reír. Ya no se sentía una intrusa ni una actriz imitando algo que no era. Era una de ellas. Así de simple.

Incluso en casa las cosas habían cambiado. Con su mamá ahora veían comedias románticas por las noches. Frida se acomodaba en el sillón con una manta y, a veces, soltaba comentarios como:

—Ese Ryan Reynolds está muy guapo, ¿no crees?

La primera vez que lo dijo, Aline estuvo a punto de bromear o cambiar de tema, pero en lugar de eso, sonrió.

—Sí… aunque Sandra Bullock es muy mayor para él.

Frida la miró un segundo y luego rió. Aline también. Esa noche se durmió pensando que estaba bien ser así, tener esos gustos, esas conversaciones. Todo era parte de su nueva normalidad.

Y, casi sin darse cuenta, llegó el día del viaje. Preparó su maleta con emoción: unos jeans, una blusa, ropa interior limpia, un cambio extra por si acaso. Frida la miraba desde el umbral de la puerta del cuarto con una media sonrisa, ese gesto que combinaba orgullo con nostalgia.

—Lleva también un vestido. Por si hace calor.

Aline lo dobló con cuidado y lo metió a la maleta. Frida dio un par de pasos más y le tendió algo envuelto en una bolsita pequeña.

—Y esto… por si las dudas.

Aline la miró y vio que eran condones. Su cara se encendió.

—Mamá, no voy a hacer eso. Nunca pensaría en hacer eso —dijo, indignada. — A veces parece que olvidas que en verdad no era soy chica.

—No eres una chica ¿eh? Pero usas vestidos y maquillaje. Por el amor de Dios, hija, ¡Tienes novio! —respondió Frida, con una sonrisa.

—Pero... esto es diferente —contestó Aline, sintiéndose atrapada.

Frida alzó una ceja y añadió:

—No te estoy dando permiso de nada. Solo quiero que te cuides, si pasa. Y que no tomes decisiones por presión, ni por miedo a perder a nadie. Haz lo que realmente quieras hacer. Tú decides tu ritmo.

Aline asintió. Sintió un nudo en la garganta porque, por primera vez, contempló tener relaciones con ese nuevo cuerpo y ese nuevo rol. Pero también sintió gratitud hacia su mamá por ser tan comprensiva, por acompañarla.

Esa noche, mientras cerraba la cremallera de la maleta y dejaba lista su mochila, no pensó en cómo había empezado todo esto, ni en lo improbable que parecía aquel primer día. Solo pensaba en lo bien que se sentía ahora, en lo completo que era ese momento. Estaba por vivir una nueva experiencia, con todo lo que eso implicaba. Pero esta vez, por fin, no tenía miedo.

...

Los papás de Mateo fueron muy amables con Aline desde el primer momento. Naomi, su madre, era cálida y expresiva. Apenas la vio, la abrazó con naturalidad y dijo, sin malicia, solo con honestidad:

—Creí que Mateo era gay. Nunca nos había presentado a una novia.

Aline se quedó unos segundos sin saber qué decir. Mateo soltó una risa nerviosa y murmuró:

—Mamá…

Pero Naomi solo sonrió y agregó:

—Me alegra conocerte, Aline. Eres muy bonita.

A pesar de lo acostumbrada que estaba a su nueva vida, aún la desconcertaba que alguien nuevo la llamara bonita. Sin duda, nadie la había llamado así en su vida anterior.

El papá, Víctor, era más reservado. Saludó con un apretón de manos firme y un gesto amable. No hablaba mucho, pero tenía una mirada tranquila que transmitía confianza. Durante el trayecto, manejaba atento a la carretera, mientras Naomi llevaba la conversación.

El viaje duró tres horas. En ese tiempo, Naomi no dejó que el silencio se instalara. Le preguntó a Aline de todo: dónde vivía, qué le gustaba hacer, si tenía hermanos, qué quería estudiar más adelante. Aline respondía como podía, con una mezcla de timidez y cortesía. A veces Mateo intervenía, como para suavizar la situación o ayudarla a relajarse.

—Mi mamá es así —le había dicho en voz baja antes de salir—. Si te hace muchas preguntas, no es porque dude de ti. Es porque ya te adoptó.

Aline se rió con un poco más de soltura. Y era cierto. Naomi hablaba como si ya la conociera de antes. Como si la presencia de Aline en ese asiento fuera algo natural, parte del paisaje familiar. Aline no estaba acostumbrada a eso, pero le gustaba.

—¿Y te gusta el karate? —preguntó Naomi en un momento.

—Practiqué un poco cuando era ni... cuando era niña —admitió Aline. Por un instante pensó en decir “cuando era niño”, pero logró frenarse—. Además, quiero verlo a él competir.

Naomi soltó una carcajada.

—Ay, en eso somos iguales. Yo no entiendo el deporte. Solo le grito “¡Dale, Mateo!”, aunque no sepa qué está pasando —dijo Naomi, feliz—. Debiste verte adorable con tu gi practicando cuando eras niña, Aline. ¿Por qué lo dejaste?

—Abandoné muchos pasatiempos cuando era muy joven. Supongo que crecer sin papá me hizo dudar de mis capacidades —contestó Aline con sinceridad.

Apenas reparó en que hablaba de sí misma como si siempre hubiera sido una niña. Incluso en ese momento, no le parecía imposible. Voltear al pasado y ver a la niña que pudo haber sido, de haber nacido en ese otro género.

A medida que el coche avanzaba y los árboles daban paso a construcciones más pequeñas, el aire parecía distinto. Aline miraba por la ventana, notando los detalles, mientras sus dedos seguían entrelazados con los de Mateo, sobre su muslo. Era un gesto íntimo, pero discreto. De vez en cuando, se miraban y se sonreían, como si no pudieran creer que todo esto estuviera pasando de verdad.

Cuando por fin llegaron al hotel donde se hospedarían, Naomi organizó todo como una general en campaña. Reservaron dos habitaciones: una para los papás, otra con dos camas para Mateo y Aline.

—Confío en ustedes —dijo Naomi antes de entregarles la llave—. No se desvelen mucho y no hagan nada indebido, mañana Mateo tiene competencia. No me hagan quedar como una mamá ingenua.

Aline se sonrojó. Mateo solo dijo “sí, mamá” como si ya conociera ese tono.

Una vez en la habitación, Aline se sentó en la cama y soltó un largo suspiro. Mateo la miró con ternura y se sentó a su lado.

—¿Estás bien?

—Sí… solo… es mucho.

—¿Mucho bueno o mucho raro?

Aline lo miró y sonrió.

—Mucho bueno. Solo que todavía me cuesta creer que todo esto esté pasando.

Mateo le acarició la mano con suavidad.

—Yo también lo pienso. Pero está pasando.

Y Aline, por primera vez en todo el día, se permitió simplemente cerrar los ojos y asentir.

Los papás de Mateo decidieron ir al bar del hotel cerca de las ocho de la noche. Antes de salir, Naomi lanzó una advertencia:

—Terminen de ver su película y a dormir. Mañana hay competencia, Mateo.

Aline y Mateo se acomodaron sobre la cama con la tablet entre los dos, cubiertos por una manta delgada. La película comenzó, pero ninguno estaba muy atento. Se miraban de reojo, se rozaban los dedos, hasta que los besos comenzaron a fluir con una naturalidad que ya les era familiar.

Las caricias fueron subiendo de intensidad, como una corriente suave pero insistente. Aline sintió las manos de Mateo explorar su cuerpo con cuidado, como si cada gesto llevara un significado profundo. "Está llegando a segunda base conmigo", pensó, entre risas internas y un leve temblor de nerviosismo y deseo. En algún momento, sin pensarlo demasiado, se quitó la blusa. Los besos se volvieron más intensos, más urgentes.

—Debemos parar —susurró Mateo, con la respiración agitada—. No tenemos protección.

Aline dudó un segundo, y luego recordó. Se incorporó, abrió su mochila y sacó la bolsita que su madre le había dado. Se la mostró a Mateo, sin palabras. Él la miró con ternura, le acarició la mejilla, y después dejaron que la pasión hiciera lo suyo.

No hubo apuro ni torpeza, solo una entrega serena, temblorosa y honesta. Cuando se dió cuenta, Aline estaba siendo colocada en cuatro, tomada por la cintura, por Mateo, sintió un poco de vergüenza pero se dejó hacer, después de todo soy una mujer, pensó. Las primeras embestidas fueron suaves, pero al poco tiempo sintió la virilidad de Mateo recorriendo su interior con fuerza. Empezó a gemir con dulzura, pasión y liberando el deseo contenido por semanas.

Cuando todo terminó, estaban abrazados bajo la manta, sus cuerpos cálidos y enlazados. El reloj marcaba las 9:30.

—Vamos —dijo Aline con una sonrisa perezosa—. Tomemos un baño para que puedas descansar bien. Mañana tienes que ganar.

La ducha de agua caliente fue casi un ritual. En el vapor, se miraron como si se descubrieran de nuevo. Aline contempló su reflejo en el vidrio empañado y luego miró el cuerpo que antes le resultaba extraño. Ya no. No sentía vergüenza, ni distancia. Sentía gratitud. Por todo lo que había vivido. Por haber llegado hasta ahí. Por haberse encontrado, al fin, consigo misma.

Y también estaba agradecida por tener a alguien como Mateo a su lado, se sonrojó mientras le veía la entrepierna y recordaba todo el placer que la había hecho sentir hace apenas unos minutos. Supo que no quería volver a ser Álvaro. Era Aline, no era un solo un cástigo al que se vio sometida. Era su verdadero yo.

Esa noche durmieron profundamente, plenos y en paz. Como si, después de tanto buscar, por fin hubieran llegado a casa.

lunes, 22 de junio de 2026

La invitación (12)




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Capítulo 12: La invitación

Las cuatro amigas estaban comiendo juntas, como siempre. Entre risas, charlas triviales y mordiscos a los sándwiches, Monse soltó la bomba con naturalidad:

—Vale ya nos contó que te encontró besándote con Mateo… era obvio que ustedes dos se gustaban. ¡Qué alegría que por fin se animaron!

Aline se atragantó un poco con su jugo y bajó la mirada. Sintió cómo las mejillas se le encendían.

—Solo fueron unos besos —respondió, sin poder ocultar la sonrisa que se le escapaba por la comisura de los labios.

—Ajá, unos besos —dijo Fernanda con tono burlón—. Igual nos alegramos por ti. Se ve que te trata bien.

Aline no dijo nada más. Masticó en silencio, sintiendo una mezcla extraña de pudor y alegría. No estaba acostumbrada a que hablaran de ella así, como de una chica con suerte en el amor. Y menos aún a no poder ocultarlo.

Esa misma tarde, en la clase de Ética, le tocó sentarse junto a Mateo.El profesor aún no había llegado cuando él se acomodó a su lado, con una sonrisa serena. Ella le devolvió la mirada y no se movió.

La clase pasó volando. Aline no podría decir de qué se habló. Sólo sabía que él le rozaba el brazo de vez en cuando, que su presencia la hacía sentirse segura, y que, al sonar la campana, se tomaron de la mano como si lo hubieran hecho toda la vida.

Salir así, de la mano de un chico, entre sus compañeros, le daba cierto vértigo. No por miedo, sino por pudor. Por la visibilidad. Por lo que podía pensarse, decirse, especularse. Pero era tarde para dudar. Había besado a Mateo en la boca, lo había hecho varias veces y no se arrepentía.

Se quedaron un rato en las canchas después de clase. Se sentaron en una banca bajo la sombra, lejos del bullicio, y volvieron a besarse. Esta vez sin música ni disfraces, sin fiesta ni pretextos. Sólo ellos dos, solos, entre los sonidos lejanos del recreo y el canto insistente de los pájaros.

Cuando se separaron, Mateo le acarició la mejilla y la miró con dulzura.

—En quince días hay un torneo de karate en otra ciudad. Mis papás van a llevarme… y preguntaron si quieres venir. No es gran cosa, pero me encantaría que estuvieras. ¿Crees que tu mamá te deje?

Aline se quedó en silencio, con los ojos muy abiertos.

—No sé… nunca he salido de la ciudad así, con alguien más.

—Piénsalo. No tienes que decidir ahora. Solo… sería lindo —dijo Mateo, apretando suavemente su mano.

Ella asintió, aún procesando la invitación.

... 

Esa tarde, después de hacer la tarea y ordenar un poco su cuarto, Aline bajó a la cocina. Frida estaba lavando los platos y tarareando una canción de los ochenta, ajena a la ansiedad de su hija que se debatía entre pedir permiso y salir corriendo.

—Mamá… —dijo Aline, acercándose con cautela—, ¿puedo preguntarte algo?

Frida se giró con una ceja levantada, secándose las manos con un trapo.

—Eso depende. Si vas a pedirme un tatuaje o una moto, la respuesta es no desde ahora.

Aline rió nerviosa.

—No, nada de eso. Es que… Mateo va a ir a un torneo de karate en otra ciudad, en quince días. Sus papás lo acompañan, y me invitaron. Solo sería un fin de semana.

Frida frunció ligeramente el ceño.

—¿Otra ciudad? ¿Con un chico?

Aline bajó un poco la mirada, pero sostuvo la petición.

—Sí, pero irían sus papás. Y yo estaría con ellos. Mateo lo dijo como algo tranquilo… no es un viaje romántico ni nada. Solo… me quiere cerca.

Frida suspiró. Se apoyó en el respaldo de una silla y la observó detenidamente.

—No sé, Aline. Me cuesta… me cuesta imaginarte en un viaje así. No por ti —aclaró—, sino porque eres joven. Y él también. A veces los impulsos ganan, y no siempre se piensa en las consecuencias.

—Mamá… —empezó Aline, pero su madre levantó una mano.

—Déjame terminar. Te he visto más centrada, tus calificaciones han mejorado, y… sí, también veo que estás feliz. Eso para mí cuenta. Tal vez merezcas un voto de confianza.

Aline contuvo el aliento, esperanzada.

—¿Entonces…?

—Voy a pensarlo bien. Pero si digo que sí, vamos a tener una charla muy seria sobre anticonceptivos. No porque crea que “eso” va a pasar… sino porque prefiero que estés informada y protegida antes que sorprendida.

—¡Mamá! —protestó Aline, con la cara encendida.

Frida se encogió de hombros, con una sonrisa que combinaba ternura y firmeza.

—Es parte del trato. Yo no soy ingenua, y no quiero que tú lo seas tampoco. Si quieres vivir ciertas cosas, está bien. Solo hazlo con cabeza, no solo con el corazón.

Aline asintió lentamente. Sabía que su madre tenía razón, aunque le incomodara.

—Gracias, mamá. De verdad. Prometo que todo estará bien.

Frida le acarició la mejilla.

—Confío en ti. Pero prepárate, porque esa charla sí va a pasar. Y no habrá forma de zafarte.

Aline sonrió, aliviada, y la abrazó fuerte. Ya daría ese paso cuando llegara el momento. Por ahora, lo importante era que el camino se abría, y que ella podía caminarlo.

domingo, 21 de junio de 2026

La noche rosa (11)

 



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Capítulo 11: La noche rosa

Aline no podía creer lo que veía en el espejo.

Llevaba puesto un traje de porrista rosa, tan corto que parecía hecho para una muñeca: minifalda y top diminuto que dejaban ver su ombligo y buena parte de su vientre. El cabello lo tenía recogido en dos coletas altas, y el maquillaje era demasiado provocativo incluso para una chica, y mucho más para alguien que aún no se acostumbraba a verse como una: labios rojo intenso, mejillas sonrojadas, sombra en los ojos y pestañas postizas que le daban un aire de muñeca. Al menos, la idea de usar tacones fue descartada y podía refugiarse en sus Converse, con calcetas blancas y calentadores de piernas a juego.

No podía entender cómo había terminado en esa situación.

Sus amigas, por supuesto, llevaban trajes idénticos. Parecían una pequeña escuadra de porristas salidas de una coreografía escolar improvisada.

—No temas —le dijo Monse al notar su expresión angustiada—. Solo vendrán como veinte personas. A la mayoría ya las conoces.

—Exacto. Además, tus jeans están aquí —añadió Fernanda—. Si te cansas, puedes subirte a cambiar antes de irte.

—Y seguro vuelves loco a Mateo con ese outfit —dijo Vale con una sonrisa.

Aline tragó saliva. Justo eso era lo que no quería escuchar.

La casa se fue llenando poco a poco. Conforme los novios de sus amigas fueron llegando, ellas se dispersaron. Solo las unía el disfraz idéntico, como si fueran parte de un mismo número musical.

Cuando Mateo llegó, Aline lo vio desde lejos. Llevaba disfraz de pirata: sin camiseta, solo un chaleco abierto, paliacate rojo y pantalones de tela gastada. El pecho al descubierto y los abdominales marcados hicieron que a Aline se le secara la boca. Se veía increíble. Aunque lo que ella no sabía era que, al verla, Mateo sintió que tenía enfrente a una princesa coqueta salida de un sueño adolescente.

—Wow —fue todo lo que alcanzó a decir al verla.

—Fue idea de las chicas —se apresuró a explicar Aline.

—Gracias, chicas —respondió él sin apartar los ojos, claramente maravillado.

Como sus amigas ya estaban acarameladas con sus respectivas parejas, Aline terminó quedándose con Mateo para no estar sola. Al principio charlaron tranquilos en el patio, pero cuando comenzó la música, él la tomó de la mano y la llevó a la pista.

Bailaron. Al principio con timidez, luego con más confianza. Sus cuerpos se acercaban. El contraste entre sus cuerpos dejaba claro que Aline ya no era un hombre, al menos no por ahora. Era una chica, una jovencita bailando con un muchacho apuesto. Él ponía sus manos en su cintura, a veces la sujetaba de las caderas, y más de una vez las manos de él rozaron sus piernas desnudas en el vaivén del ritmo. Aline sentía mariposas en el estómago cada vez que él la tocaba. Y más que mariposas… calor, deseo, vértigo.

Hasta que ya no pudo más.

—Salgamos a tomar aire —le dijo al oído.

Mateo asintió y le tomó la mano. La casa estaba a reventar: al menos cuarenta personas apretujadas en un espacio que apenas podía con la mitad. Salieron al porche delantero, donde la noche era fresca y el aire olía a gardenias.

Aline se sentó en la escalera, con las piernas juntas como toda una señorita, un par de meses de práctica dando resultado. Mateo se sentó a su lado, mirándola.

—¿Estás bien? —preguntó con suavidad.

Ella lo miró. Sus ojos se encontraron. Sus rostros estaban peligrosamente cerca. Y de pronto, ocurrió.

El beso.

Un beso dulce, tibio, inevitable. Como si hubieran estado esperando ese momento desde hacía mucho. Cuando se separaron, Aline apenas pudo hablar.

—Necesitaba hacer eso.

Mateo no dijo nada. Solo la besó de nuevo, con más intensidad, como si no quisiera perderla. Aline cerró los ojos y se dejó llevar.

Por fin.

…Aline cerró los ojos y se dejó llevar.

Por fin.

Iban en el sexto o séptimo beso —ella ya había perdido la cuenta— cuando la puerta del porche se abrió de golpe.

—¡Tórtolos! —exclamó Vale con una sonrisa traviesa—. Vengan, vamos a tomarnos una foto todos juntos.

Aline se separó con sobresalto, con el rostro encendido. Sentirse descubierta la hizo sonrojarse hasta las orejas. Mateo, en cambio, soltó una pequeña risa y le acarició la mano con ternura antes de levantarse.

En la sala estaban Monse, Fernanda y los acompañantes de las tres chicas. Cuando llegaron Vale, Aline y Mateo, eran ocho: cuatro porristas, cada una con su pareja. La escena parecía salida de una película adolescente, tan perfectamente armada que a Aline le pareció casi irreal estar ahí, siendo parte de ese cuadro.

Se tomaron una foto todos juntos, abrazados y sonrientes. Luego una solo con las cuatro porristas. En ambas, Aline intentó no parecer demasiado nerviosa, aunque por dentro el corazón le galopaba como si no supiera en qué historia se había metido.

Al terminar la foto, ya era casi medianoche. Vale anunció que se iba con su novio y se despidió entre besos y risas. Poco después, Monse revisó su celular y suspiró.

—Mi mamá viene por mí en poco tiempo —anunció—. Tengo que despedirme de este guapo antes de que llegue.

Se abrazó con su pareja y se alejaron unos pasos para hablar en privado.

Aline y Mateo, mientras tanto, seguían tomados de la mano. Aline sintió vibrar su teléfono y miró la pantalla. Era un mensaje de su mamá:

“Voy por ti, hija. Llego en 15 minutos.”

Sintió un escalofrío en la espalda. No por miedo, sino por el peso de la palabra: hija. Algo en ese mensaje la estremeció. Porque, en ese momento, así se sentía. Una hija. Una chica. Una porrista rosa que había besado a un chico bajo las gardenias y que ahora esperaba a su mamá como cualquier otra adolescente después de una fiesta.

Mateo notó su expresión y preguntó en voz baja:

—¿Todo bien?

Aline asintió y le mostró el mensaje.

—Mi mamá viene por mí. En quince minutos.

—Entonces aún tenemos catorce —dijo él, sonriendo con picardía.

Ella rió, nerviosa. Y sin pensarlo mucho, lo besó de nuevo.

Porque si todo eso era un sueño… quería permanecer en él un poco más.



Quince minutos después, Aline salió de la fiesta de la mano con Mateo. La noche seguía oliendo a gardenias. Al llegar a la banqueta, vio el auto de su mamá estacionado frente a la casa. Frida la observaba desde el asiento del conductor, y al verlos juntos, su expresión se endureció por un segundo… luego simplemente pareció confundida.

Aline tragó saliva y se acercó al auto, aún sin soltar la mano de Mateo.

—Mamá —dijo, parándose junto a la ventanilla—, él es Mateo. Es un amigo. Vive a unas cuadras, pero es tarde y no quiero que camine solo a casa. ¿Podemos llevarlo?

Frida los miró un momento, luego asintió con una pequeña sonrisa.

—Claro, suban.

Ambos se metieron al asiento trasero. Aline se acomodó junto a Mateo, y aunque ya estaban dentro del coche, no soltaron las manos. Solo cuando llegaron frente a la casa del chico, él soltó un suspiro, como si no quisiera bajarse.

—Gracias, señora —dijo—. Vivo aquí.

Aline y Mateo se miraron un momento más. Después, él se acercó y le dio un beso en la mejilla. Fue breve, pero tan lleno de cariño que a Frida no se le escapó nada.

Cuando Mateo se bajó y entró en su casa, el silencio en el auto se volvió denso por un instante.

—¿Me vas a contar quién es él? —preguntó Frida con una sonrisa ladeada, mientras arrancaba.

Aline apoyó la cabeza en la ventanilla, intentando evitar la mirada de su madre.

—Solo un amigo.

—Ajá —dijo Frida—. Los amigos no se toman de las manos, hija. Además, juraría que el chico tenía un poco de labial en los labios. ¿Tengo que hablarte de salud sexual femenina y de preservativos?

—¡Mamá, no! —exclamó Aline, ocultando el rostro entre las manos.

Frida rió bajito.

—No va a pasar nada de eso —dijo Aline rápidamente, con las mejillas ardiendo—. Solo fueron unos besos.

—Ajá —repitió Frida, pero esta vez su tono era más suave.

El resto del camino transcurrió en silencio. Pero no un silencio incómodo, sino uno lleno de nuevas complicidades. Una madre que veía a su hija crecer, y una hija que empezaba a encontrar su lugar en el mundo.


Ya en casa, Aline se despidió de su madre con un beso rápido en la mejilla y subió a su cuarto sin decir una palabra más. Cerró la puerta con cuidado, se quitó las coletas, los calentadores, el top de porrista y la minifalda. Se puso una camiseta amplia para dormir, se desmaquilló con toallitas húmedas y se miró en el espejo.

Ahí estaba. Ella. No disfrazada. No interpretando un papel. Ella.

Apagó la luz del tocador, se metió a la cama y se tapó hasta la barbilla. En la oscuridad, recordó el beso. O los besos. El calor de las manos de Mateo. La forma en que la había mirado. La seguridad con la que la había tomado de la mano frente a todos. Y la ternura con la que se despidió.

Suspiró largo, con una mezcla de alegría y nerviosismo.

No sabía qué iba a pasar mañana.

Pero por ahora… estaba bien.

Y con esa certeza pequeña y luminosa, se quedó dormida.