miércoles, 15 de julio de 2026

Disciplina del lapiz labial (Parte 55)



Capítulo 55: Quinceañera

La noche de mi cumpleaños tuve sueños húmedos. En ellos yo estaba vestido como Pamela, con el cabello largo, tomado de la mano de Kevin. Platicábamos sobre tonterías cuando de pronto comenzaba a besarme. Yo lo dejaba, ya no me escandalizaba besar a otro chico. Luego metía la mano bajo mi falda y comenzaba a frotar mi entrepierna, y yo lo dejaba de nuevo... era como si no tuviera que pedirme permiso, como si yo fuera suya. El sueño fue tan intenso que terminé despertando... excitado. Unos rayos de sol atravesaban el marco de mis ventanas, filtrándose por las cortinas. Mis pensamientos volvieron al presente. Me quité las bragas húmedas y decidí comenzar mi día.

Si llevan tiempo leyéndome, sabrán que mi cumpleaños está al inicio de las vacaciones de verano. Lo que significaba que durante dos meses no volvería a ver nada de Greg. Dos meses viviendo como Pamela a tiempo completo. Hace un año se sentía como la peor de las condenas, pero ahora no parecía tan malo. Solo me preocupaban las cosas que mamá podría estar planeando para mí.

Me apresuré a vestirme. Me puse la faja y el sujetador habituales y un vestido de verano amarillo para el calor. Me puse un maquillaje discreto y me arrepentí de haberme cortado demasiado el cabello. A pesar del cabello corto, no parecía un niño, sino una niña que había experimentado con su pelo. Me veía linda.

Bajé a desayunar. Mamá estaba de buen humor. Dave no sonrió con burla al verme, por primera vez desde que empecé a usar vestidos. Me saludó con voz suave:

—Buenos días, Pamela.

Le contesté con una sonrisa.

—Buenos días, hermanito.

Estaba dispuesto a ser la mejor "hija" para no meterme en problemas.

Desayunamos pan tostado con mermelada y un café. Hablamos sobre lo linda que fue mi fiesta de cumpleaños, de lo linda que me veía, y mi mamá aprovechó para hacer un millón de comentarios sobre lo bien que nos veíamos Kevin y yo juntos.

—Siempre supe que terminarías besándote con un chico guapo, Pamela. No te das crédito, pero estás hecha una muñequita.

Puedo jurar que me puse de mil colores de rojo. Pero por mucho que odiara ese tipo de comentarios, comenzaba a acostumbrarme a ellos. Y peor: pensaba que tenía razón. Me sentía bien en los brazos de Kevin. Mi cumpleaños había sido un éxito y me sentía muy feliz por primera vez desde que empecé a usar vestidos. No perdí mucho tiempo con esos pensamientos. Quería saber qué había planeado mi madre para mí ese verano, así que me aventuré con una pregunta:

—¿Estas vacaciones trabajaré con la señora McCuddy y con los Johnston como su sirvienta?

Mi mamá me miró de reojo y comió otro bocado antes de contestar.

—No, niña, solo les ayudarás los fines de semana en las mañanas, como ahora... pero sí te conseguí un empleo.

Temí lo peor. Mamá era una maestra en el arte de humillarme. Pensé que me haría volverme bailarina erótica o algo peor... pero mi imaginación estaba lejos de la realidad.

—Ayudarás a los Johnston, pero en la farmacia. Renunciaron dos de sus empleados y necesitan apoyo. Además, así podrás convivir más con Rita... —hizo una pausa dramática y luego agregó—: y con Kevin.

Mi mente voló. Parecía una fantasía no tener que trabajar como mucama todas las vacaciones. Pero era obvio que mamá había planeado esto para que yo pasara más tiempo con Kevin. Estaba decidida a acabar con Greg y que solo quedara Pamela. Y yo, honestamente, ya no tenía más fuerzas para luchar contra ella.

Esa misma tarde comencé mi trabajo con los Johnston. Iba con el mismo vestido amarillo que había decidido ponerme en la mañana. Rita me saludó con una sonrisa enorme.

—¡Hola, Pamela! ¡Al fin podremos convivir nosotras dos como es debido! Seremos las mejores amigas, ya lo verás.

Me llevó al mostrador y comenzó a explicarme lo básico. La farmacia no era muy grande, pero tenía de todo: medicamentos, cosméticos, productos de higiene y una pequeña sección de perfumes. Rita me mostró dónde estaban las cosas, cómo usar la caja registradora y cómo atender a los clientes.

—No es nada del otro mundo —dijo—. Lo más difícil es aprender los precios, pero eso viene con la práctica.

Pasé la mayor parte de la tarde organizando estantes. Rita me enseñó a colocar los productos por orden alfabético y a revisar las fechas de caducidad. Era un trabajo aburrido, repetitivo, pero no era pesado. Y lo mejor de todo: nadie se reía de mí. Los clientes que entraban me veían como a una chica linda, tan guapa como Rita, una empleada joven con un vestido amarillo y el pelo corto. Algunos me pedían indicaciones, la mayoría de los hombres posaban sus ojos en mi pecho o en mis piernas, algunos intentaban ser discretos y otros me miraban sin pudor, pero al final solo pagaban y se iban.

—¿Ves? No es tan malo —dijo Rita en un momento, mientras limpiábamos los estantes juntas.

—No —admití—. Es... aburrido, pero no malo.

Rita se rió.

—Bienvenida al mundo laboral, Pam.

Me gustó que me llamara así. Sonaba más íntimo, más amistoso.

En un momento, mientras ordenaba una fila de champús, Rita se acercó con una sonrisa pícara.

—Oye, ¿y qué pasó entre tú y Kevin anoche? ¿Ya son novios?

Sentí que las mejillas se me encendían.

—No lo sé —dije con sinceridad—. Nos besamos, pero no hablamos sobre ser novios ni nada.

—¡No lo puedo creer! —Rita soltó una carcajada—. Estabas muy ocupada besándote con él en el sofá delante de todos. Hablando de eso... ¿cómo fue? ¿Fue tu primer beso con él?

—Sí. Fue nuestro primer beso.

—¿Y cómo fue? —insistió, con los ojos brillando de curiosidad.

Me encogí de hombros, incómodo.

—Fue... bonito. Tierno.

—¡Ay, qué dulce! —exclamó Rita, llevándose las manos al pecho—. Mi hermanito y mi mejor amiga. Esto es como una novela. Excepto porque la novia también es un chico.

—No somos novios —dije rápido.

—Todavía —me corrigió ella, guiñándome un ojo.

Guardé silencio y seguí ordenando los champús. Pero por dentro, las palabras de Rita resonaban. Todavía. Como si fuera solo cuestión de tiempo. Como si fuera inevitable.

Más tarde, mientras barría el suelo del fondo de la tienda, Rita volvió a la carga.

—Kevin no habla de otra cosa, ¿sabes? Desde que te conoció, no para de decir lo bonito que eres, lo bien que te queda la ropa, lo mucho que le gusta estar contigo.

—¿De verdad dice eso? —pregunté sin poder ocultar una sonrisa.

—Te lo juro. Mamá se ríe de él porque dice que está peor que un adolescente enamorado. Aunque en realidad apenas y ha superado la adolescencia.

Me sonrojé aún más. Rita notó mi reacción y soltó otra risita.

—No te preocupes, Pam. Es bueno que le gustes. Te lo mereces. Eres buena persona, aunque a veces te cueste verte a ti misma como te ven los demás.

No supe qué responder. Seguí barriendo en silencio, pero sus palabras se quedaron conmigo el resto de la tarde.

Cuando finalmente terminó mi turno, Rita me dio un abrazo de despedida.

—¿Ves? No fue tan aburrido —dijo.

—Supongo que no —respondí.

—Mañana te enseño a usar la máquina de recibos. Kevin está presentando exámenes extraordinarios y no vendrá hasta dentro de dos semanas. Pero bueno, cuando eso pase me iré a la playa con unas amigas y lo tendrás todo para ti, aquí en la farmacia.

La idea me emocionó. Podría estar todas las tardes con Kevin. En dos semanas...

Salí de la farmacia con una sonrisa en la cara. El sol del atardecer me daba de lleno y sentía el calor en la piel. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de lo que vendría.

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