Abrí la puerta. El body que llevaba era tan escaso que era una ofensa llevarlo puesto. Pero había decidido pagar mi apuesta.
Iván me miró sorprendido.
"Veo que decidiste comportarte como hombre y pagar tu apuesta", dijo con una sonrisa de victoria. Con esa tanga entre mis nalgas, no me sentía para nada como un hombre. La humillación me hacía sonrojarme como loca. Tres meses atrás había sido un hombre y ahora estaba usando un body escaso, en mi cuerpo femenino, mientras mi mejor amigo me observaba.
Lo dejé entrar y en cuanto me di la vuelta, me dio una nalgada que me hizo soltar un gemido femenino. "No hagas eso", le dije indignada.
"Lo siento, bro, tus nalgas se ven hermosas en esa tanga que llevas", dijo con una sonrisa.
Intentamos jugar Street Fighter, pero él me miraba de una forma que no me dejaba concentrarme en el juego. Lo dejamos después de un rato...
Estábamos platicando cuando, de pronto, me cargó como si yo no pesara nada y me sentó en sus piernas. Vestida así, sentada en sus piernas, me sentí tan indefensa que supe que estaba a su merced. Me dio un beso en los labios que no pude rechazar.
Cuando me di cuenta, sus manos recorrían mi cuerpo. Mi entrepierna se sintió tan mojada que dejé de respirar bien.
"Si quieres que te haga mía, solo pídelo", dijo.
Dios, no quería solo tomarme. Quería humillarme y someterme completamente. Yo ardía de deseo y le dije:
"Hazme tuya".
Me puso en cuatro sobre el sofa, hizo a un lado mi tanga y comenzó a embestirme. Pude sentir que mi masculinidad desaparecía por completo mientras me tomaba. Sentí tanto placer que comencé a gemir más fuerte con cada embestida. Gemía como una mujer, no, estaba gimiendo como una puta.
Me entregué al placer y nada más importó.

No hay comentarios:
Publicar un comentario