Yo creía en los valores tradicionales: que una esposa debía obedecer a su esposo, cocinar y limpiar, usar faldas y medias, entregarse a él todas las noches y, sobre todo, complacerle sin objeciones. Mi mejor amigo, Gabriel, solía burlarse de mí. "Mario, esas mujeres ya no existen", me decía con una sonrisa de superioridad. Un día, tropecé con un anillo antiguo y liberé a un genio. En un arrebato de frustración, le pedí conocer a una mujer que cumpliera con todas mis expectativas. El genio, con una lógica retorcida, me concedió el deseo de la forma más literal posible: a la mañana siguiente, me desperté siendo Miriam.
Cuando acudí a Gabriel, temblando y confundido, su reacción no fue de ayuda, sino de cruel complicidad. "Tal vez," me dijo, observando mi nuevo cuerpo con una mezcla de lástima y morbo, "si demuestras ser la mujer perfecta que tanto anhelabas, las cosas puedan volver a la normalidad." Abracé esa idea a falta de una mejor.
Han pasado casi doce meses en este cuerpo. Me he sumergido tanto en el papel de la novia sumisa de Gabriel que a veces olvido quién fui. Visto solo faldas y vestidos, la lencería más seductora es mi segunda piel, y me entrego a mi Gabriel cada noche, cumpliendo cada fantasía sin rechistar. Esta nueva piel, contra todo pronóstico, ha empezado a gustarme...
Pero a veces Gabriel disfruta humillandome usando mi antigua vida como arma. El otro día en una cena con nuestros amigos dijo.
—Mi amor —dijo alzando la voz para que todos pudieran oír—, ya se me acabo la cerveza, seguro recuerdas lo importante que es para un hombre que su tarro no esté vacío. Aunque, a lo mejor, ya lo olvidaste. Traeme otra.
Me dió una fuerte nalgada que hizo a todos reír. Las risas de los comensales me golpearon como un látigo. Bajé la vista y fui por otro poco de cerveza para mí amado.
La semana pasada, en el mientras intentaba bajar una caja pesada con herramientas del garage corrió a ayudarme y dijo:
—No, cariño, eso es demasiado pesado para ti. Déjaselo a un hombre —susurró, acercándose a mi oído—. ¿Recuerdas cuando podías cargar esto sin ayuda? Parece que aquellas fuerzas te las quitaron junto con tu... bueno, ya sabes. Ahora tus manos están para cosas mucho más delicadas.
En esos momentos, un sentimiento amargo y familiar me recorre el pecho. El deseo de volver a ser quien era, de no tener que soportar esta humillación constante, es un puñal que se retuerce en mis entrañas. Pero es inútil. Cada palabra de Gabriel es un recordatorio: yo mismo cavé esta prisión con mis propias ideas, y ahora las cerraduras son demasiado fuertes.
Mas tarde ese dia me tomó en la cocina subiendo mi falda y rompiendo mis bragas. Me sentía humillada pero muy satisfecha y supe, que no hay vuelta atrás para mí.