Capítulo 5: Cuerpo ajeno, rutina nueva
El miércoles por la mañana desperté con el estómago revuelto. No era la comida de anoche. Era la clase que me esperaba: Educación Física. Había revisado mi horario la noche anterior con la esperanza absurda de que hubiera un error, un cambio de última hora, cualquier cosa que no implicara exponerme así. Pero no. El temido momento había llegado.
Mi madre, ya casi lista para irse al trabajo, me miró desde la puerta de mi habitación con esa mezcla de comprensión y firmeza que había adoptado desde el primer día.
—¿Ya tienes lista tu ropa deportiva?
Asentí, aunque sin entusiasmo. Habíamos comprado un short de algodón y una camiseta holgada. Nada ajustado, nada revelador. Aun así, me sentía vulnerable. No era la ropa en sí. Era lo que implicaba moverme, correr, saltar, sudar frente a otros. Era la conciencia constante de que mi cuerpo—este cuerpo nuevo—sería observado en movimiento.
Quise decirle: Mamá, no puedo. Mamá, esto es demasiado. Pero las palabras se atascaron en mi garganta, como tantas otras desde que desperté siendo Aline. Solo asentí otra vez y ella se fue, dejándome sola con mi reflejo en el espejo.
—
En el vestidor de chicas, me cambié lo más rápido que pude. Por suerte, muchas llegaban ya en ropa deportiva, así que el lugar estaba casi vacío. Me miré un momento antes de salir: short holgado, camiseta que me llegaba a media cadera. Nada extraordinario. Una chica más, tal vez un poco más delgada que el promedio. Pero aún así, no podía evitar sentirme disfrazada. Como si en cualquier momento alguien fuera a notar la mentira, a señalar con el dedo y gritar *ese no es su lugar*.
Salí a la cancha techada con el corazón latiendo demasiado rápido.
La profesora, una mujer joven y enérgica llamada Mariana, explicó que empezaríamos con estiramientos y luego dividiríamos el grupo para jugar voleibol.
—Chicas de un lado, chicos del otro —dijo con naturalidad, y la frase cayó en mi estómago como una piedra.
Me uní al grupo de chicas, tratando de pasar desapercibida. Pero pasar desapercibida era difícil cuando mi propio cuerpo me delataba a cada movimiento. Los estiramientos me obligaban a doblarme, a estirar los brazos, a abrir las piernas. Y cada vez que lo hacía, sentía el short subirse un poco, la camiseta despegarse de mi piel sudada, la conciencia de que había cuerpos masculinos al otro lado de la cancha, algunos mirando, otros no, pero yo no podía saber quiénes eran los que miraban.
Lo peor era que una parte de mí—la parte que aún recordaba ser Álvaro—sabía exactamente lo que pasaba por sus cabezas. Sabía cómo miran los hombres cuando creen que nadie los ve. Y ese conocimiento me hacía sentir más expuesta, más vulnerable, más mujer de lo que ninguna prenda podría lograr.
Pero entonces escuché una voz familiar:
—¡Hola Aline!
Era Monse. Tenía una coleta alta y una sonrisa fácil, como si la vida no fuera complicada para ella.
—Hola —respondí, y el alivio en mi voz fue casi ridículo.
—Te toca en mi equipo —dijo, señalando la cancha—. No te preocupes, no tomamos esto demasiado en serio.
Sonreí con nerviosismo.
—No soy muy buena jugando...
—Ninguna de nosotras lo es —rió—. Solo inténtalo, lo importante es pasarla bien.
—
El juego comenzó. Al principio me movía con torpeza, pero pronto me di cuenta de que nadie me juzgaba. Las chicas reían entre sí, bromeaban, celebraban incluso los errores con un buen humor que me resultaba ajeno pero profundamente agradable. Poco a poco, algo en mi pecho se fue aflojando.
En un momento, logré devolver un saque difícil—pura suerte, seguro—y Monse corrió a darme un choque de palmas.
—¡Bien ahí!
Sonreí. Realmente sonreí.
Y mientras corría de un lado a otro, sudando bajo el sol de la mañana, sentí algo que no esperaba: mi cuerpo se movía con fluidez. Mis piernas—más cortas que antes, pero ágiles—respondían a las órdenes. Mis brazos—más delgados, pero coordinados—golpeaban el balón cuando era necesario. Por un momento, solo un momento, dejé de pensar en que este cuerpo era un disfraz. Por un momento, fui solo una chica jugando voleibol con sus amigas.
La clase terminó con todas sudando y sonriendo.
—¿Quieres sentarte conmigo en el almuerzo? —preguntó Monse mientras recogíamos las pelotas.
Dudé un instante. La costumbre de decir que no, de aislarme, de protegerme. Pero algo en mí—tal vez el cansancio, tal vez la calidez de su sonrisa—me hizo asentir.
—Sí, me gustaría.
—Entonces te espero en la banca junto a los árboles. Llego siempre ahí con unas amigas.
—
Me cambié con más calma esta vez. El vestidor ya estaba lleno de chicas riendo, secándose el cabello, comparando notas. Me senté en una banca y me até las agujetas de los tenis, escuchando las conversaciones a mi alrededor sin participar. Hablaban de un chico que les gustaba, de una tarea imposible, de una serie que todas veían. Cosas simples. Cosas de chicas.
Y yo estaba ahí, en medio de todo, y nadie me miraba raro. Nadie sospechaba. Era, para todos los efectos, una chica más.
Eso debería haberme aliviado. Y en parte lo hacía. Pero también me hacía sentir más extraña, más dividida. Como si Álvaro se estuviera desdibujando lentamente, reemplazado por esta desconocida que ocupaba su lugar.
Salí del vestidor y caminé hacia la cafetería. Compré una manzana y un jugo en la máquina, y luego busqué con la mirada el punto de encuentro. Bajo la sombra de un árbol, vi a Monse y a otras dos chicas, riendo con esa familiaridad que da el tiempo compartido.
Monse me vio y me hizo una seña entusiasta.
—¡Aquí, Aline!
Me acerqué con pasos contenidos. Al llegar, Monse se hizo a un lado para que pudiera sentarme junto a ella.
—Chicas, ella es Aline, es nueva —dijo con naturalidad—. Aline, ellas son Vale y Fernanda.
—Hola —dije, y mi voz sonó tímida, casi infantil.
—Hola —respondieron al unísono, con sonrisas amables.
Durante los primeros minutos, solo escuché. Hablaban de cosas normales: la tarea de biología, un maestro que siempre se salta los viernes, una canción que no dejaban de escuchar ese mes. Todo parecía tan simple, tan cotidiano. Y al mismo tiempo, yo me sentía como una antropóloga observando una tribu desconocida, tratando de aprender sus códigos, sus gestos, su forma de estar en el mundo.
—¿Tú vienes de otra prepa? —preguntó Vale.
—Sí... algo así —dije, sin querer entrar en detalles.
—¡Pues bienvenida! Nos hacía falta otra chica con cara de buena persona —dijo Fernanda, divertida.
Todas rieron, y yo también, aunque no sabía exactamente por qué. Pero reír con ellas me hizo bien. Monse me ofreció una papita de su bolsa y la acepté. Poco a poco, empecé a sentirme, aunque fuera por un momento, parte de algo.
—¿Qué te pareció Educación Física? —preguntó Monse con un gesto burlón.
—No estuvo tan mal... —respondí—. Aunque pensé que sería peor.
—Eso es porque estuviste con nosotras. Si nos hubieran puesto con los chicos, otra historia —dijo con una mueca.
—No entiendo por qué siguen separando por género —comentó Fernanda—. ¿Qué tiene de malo jugar todos juntos?
—Pues que hay tipos que creen que si le hacen un punto a una mujer, son superiores —dijo Monse—. Y si pierden, es culpa de la pelota o del árbitro.
—O te miran las piernas en lugar de la cara —añadió Vale, rodando los ojos.
No dije nada, pero en silencio, estuve completamente de acuerdo. Pensé en Erick. Pensé en cómo me habían mirado en el pasillo. Pensé en todas las veces que yo, cuando era Álvaro, había mirado así a otras chicas. Sentí un calor extraño en las mejillas, una mezcla de vergüenza y algo más, algo que no quería nombrar.
Pero también pensé en algo más: en cómo, a pesar de todo, una parte de mí—la parte que estaba aprendiendo a ser Aline—*entendía* por qué mis amigas se quejaban. Lo entendía en mi propia piel, en mi propia experiencia de ser mirada, evaluada, reducida.
Y eso, de alguna manera, me hacía sentir más cerca de ellas.
—
El resto del almuerzo fluyó tranquilo. Hablamos de música, de profesores, de planes para el fin de semana. Cuando sonó la campana, todas se levantaron juntas. Monse caminó conmigo hasta mi siguiente clase.
—Me caes bien, Aline —dijo al despedirse—. Ojalá sigas viniendo.
—Gracias —respondí, y la sonrisa que me salió fue, por primera vez en mucho tiempo, completamente genuina.
Mientras caminaba hacia mi aula, pensé en lo extraño que era todo. Hace unas semanas, mi vida era golpes, rebeldía, soledad. Ahora estaba aquí, con un cuerpo que no reconocía, una identidad prestada, y sin embargo... por primera vez en años, había almorzado con alguien que me caía bien. Había reído de verdad. Me habían incluido.
Quizás adaptarse no era cuestión de entenderlo todo. Quizás era cuestión de encontrar pequeños espacios donde respirar.
Y aquel, con Monse y las chicas, había sido uno de ellos.
Llegué a mi aula y me senté en la última fila. Afuera, el sol seguía calentando la tarde. Dentro de mí, algo se había movido. Algo pequeño, pero real.
Todavía no sabía quién era. Todavía no sabía si era Álvaro o Aline, o una mezcla de ambos, o alguien completamente nuevo. Pero por primera vez, pensar en eso no me provocaba pánico.
Solo curiosidad.

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