Capítulo 1: La Decisión
A los diecisiete años, yo era una causa perdida. Cuatro materias reprobadas de seis, profesores hartos, compañeras que se apartaban en los pasillos como si fuera un perro sarnoso, y un círculo de idiotas que me seguían por miedo, no por respeto.
Hacía una semana le rompí la nariz a Raúl. Un puto santo, ese Raúl. Ni siquiera quiso pelear, no intentó defenderse. No me importó . Lo golpeé hasta que la sangre me salpicó los nudillos. Sentí algo, sí. Pero no era culpa. Era poder.
Ahora sus padres habían metido demanda, el director hablaba de expulsión y el juez de menores mencionaba la correccional como si fuera mi destino inevitable. Mi madre, Frida, me miró desde el otro lado de la mesa del coordinador con los ojos hinchados de tanto llorar. Siempre lloraba. Desde que cumplí catorce no hacía otra cosa que mirarme como si yo fuera un extraño. Tal vez lo era. Yo era su hijo, Álvaro, pero hacía años que no teníamos una conversación cordial.
—Hay una alternativa —dijo el coordinador, y puso una caja pequeña sobre la mesa.
Dentro había una pastilla rosa de tamaño mediano.
—Un programa experimental de rehabilitación —explicó—.El efecto de la píldora es temporal, dura seis meses. Si la tomas, te convertirás en mujer durante medio año. Asumirás una nueva identidad: Aline. Asistirás a clases con el reglamento para señoritas. Si cumples con estas condiciones los padres de Raúl no presentarán cargos. Tu historial queda limpio y no irás a la correccional.
Miré la pastilla con incredulidad.
—¿Una píldora que me convertirá en mujer? —mi voz sonó más afilada de lo que quería—. ¿Es una broma?
—No es una broma.— contestó rápidamente el coordinador.
El silencio se metió en mis pulmones como agua sucia. Pensé en Raúl. En la sangre. En la correccional. En mi madre llorando. Por primera vez en años, algo se movió en mi pecho que no era rabia. Vergüenza, tal vez. O miedo. Miedo a terminar encerrado, miedo a convertirme en lo que todos decían que era.
—Lo haré —dije, y las palabras salieron solas, como si otro las hubiera pronunciado.
Firmé. El coordinador me explicó lo de siempre: tomarla antes de dormir, volver al día siguiente por mis papeles nuevos, también tendría que comprar un uniforme femenino. Asentí sin escuchar. Sólo quería salir de ahí.
...
Esa noche, la cena se enfrió en la mesa. Mi madre me miraba de reojo, con esa mezcla de esperanza y miedo que ya conocía. Acercó un vaso de agua y la pastilla.
—Creo que es una gran oportunidad, hijo —susurró.
La miré. Ella aún me tenía fe, a pesar de todas las decepciones.
—Espero que no sea tan malo como lo imagino —dije, y fue lo más sincero que había dicho en meses.
Tragué la pastilla. Algo dulce, casi imperceptible, con un poco de agua se fue por mi garganta. Me fui a dormir pensando que todo era una broma, que al día siguiente seguiría siendo yo. Álvaro. El mismo de siempre.
...
El amanecer me golpeó como un tren.
Lo supe antes de abrir los ojos. Mi cuerpo se sentía distinto. La cama olía diferente. Tenía curvas en mi cuerpo donde no había nada, suavidad donde antes había ángulos. Quise soltar una maldición pero no se me ocurrió ninguna, solo pude articular tres palabras:
—No puede ser.
Mi voz era un hilo. Aguda. Femenina. Mía.
Me levanté de un salto y las piernas me fallaron. Mi centro de gravedad se había movido. Mis caderas eran más anchas, mis piernas más cortas.
Corrí a verme en el espejo, me regresó la mirada una desconocida. Cabello castaño cayendo sobre los hombros. Piel suave, sin un grano. Pestañas largas enmarcando unos ojos que eran los míos pero a la vez no. Labios llenos. Pómulos marcados. Bajé la mirada y ahí estaban: dos curvas bajo la camiseta que anoche me quedaba holgada y ¡santo cielo! ¡Tenía tetas! Recordé cuánto me gustaban y cómo había manoseado a mis ligues. Sentí vergüenza al saber que los senos que estaba viendo eran míos.
Mis manos subieron solas. Las puse sobre mis senos, temblando. Eran reales. Suaves, pesados, míos. Una oleada de calor me recorrió el cuerpo al contacto y aparté las manos como si hubiera tocado fuego, pero el calor no se fue. Se quedó ahí, instalado en algún lugar nuevo de mi cuerpo.
—Qué maldito infierno —murmuré, y otra vez escuché mi voz aguda.
Di una vuelta frente al espejo, incapaz de dejar de mirarme. Mi cintura se hundía antes de ensancharse en caderas que curvaban hacia atrás en un arco que mis ojos seguían sin permiso. Mis nalgas se movían con un vaivén que no controlaba, que mi cuerpo nuevo hacía naturalmente, como si caminar así fuera lo único que supiera hacer.
Me toqué la cara. Los pómulos. La mandíbula suave. El cuello, donde antes tenía una nuez y ahora sólo había piel lisa, vulnerable. Un escalofrío me recorrió la columna al pensar en lo expuesto que estaba. Todos los chicos van a mirarme y van a querer cogerme. Pensé.
Aparté el pensamiento.
Y entonces, entre el shock y el asco, algo se retorció en mi estómago. Un pensamiento sucio, caliente, que no pedí: estoy buena. La chica del espejo estaba buena. Tenía las piernas largas y bien formadas, la cintura estrecha, las caderas anchas, los pechos perfectos.
La chica del espejo era yo.
Aparté la vista, ardiente de vergüenza. Pero mis ojos volvían solos. No podía evitarlo. Cada vez que miraba, encontraba algo nuevo: la forma en que la luz se curvaba sobre mi piel, el peso de mis pechos moviéndose con mi respiración, la falta de volumen entre mis piernas que no reconocía, no había nada ahí. Sin duda era una mujer.
Bajé la mano lentamente, casi contra mi voluntad. Toqué por encima de mi calzón y sentí algo que no sabía nombrar. Un vacío. Un pequeño monte y nada más. Mi virilidad había desaparecido.
Retiré la mano como si quemara.
—Soy Aline —dije al espejo, probando el nombre.
La desconocida asintió. Tenía los ojos vidriosos, las mejillas coloradas. Parecía asustada, exactamente como yo me sentía.
Y supe, en ese momento, que los siguientes seis meses iban a ser el infierno más humillante y confuso de mi vida.
Aparté la mirada del espejo y me vestí rápido, con ropa deportiva que me quedaba holgada, mi nuevo cuerpo era muy pequeño en comparación con mi cuerpo de hombre.
Afuera, mi madre llamaba a la puerta con voz temblorosa.
—¿Álvaro?
—Ya no —susurré, y abrí la puerta para que me viera.
Para que viera a Aline.

No hay comentarios:
Publicar un comentario