Capítulo 3: Tardes de práctica
La noche siguiente, mientras cenábamos en silencio, mi madre rompió el hielo con esa voz suave pero firme que había adoptado desde que tomé la pastilla, desde que mi cuerpo masculino adoptó una forma femenina.
—Álvaro, tenemos que comprometernos a hacer esto bien. Si no cumples con los términos del acuerdo, en seis meses, cuando vuelvas a ser hombre, te llevarán a la correccional. Creo que el peor escenario sería que todo esto no sirva para nada.
Bajé la mirada al plato. La comida se había enfriado sin que lo notara. Sabía que tenía razón, pero escucharlo en voz alta me hizo sentir el peso de todo: el cambio, la espera, la posibilidad de terminar exactamente igual que empecé, pero con seis meses de humillación encima. Dos castigos por el mismo delito.
Quise pensar en una mala palabra para describir mis sentimientos, pero ninguna vino a mi mente. Desde que desperté en este cuerpo femenino, algo en mí se había... aquietado. Como si la furia necesitara testosterona para arder y yo ahora funcionara con otro combustible.
—Sí, mamá —dije, y mi voz sonó sumisa, casi dulce.
Ella sonrió. Hacía meses que no recibía una respuesta tan sincera de su hijo. Pero, al parecer, su hija era más dócil. Yo era más dócil en mi cuerpo femenino. El pensamiento me quemó por dentro, pero no dije nada.
...
Los días siguientes estuvieron llenos de prácticas. Después del trabajo, mi madre llegaba con energía renovada y una misión clara: enseñarme a desenvolverme como una chica adolescente.
—Lo primero es el maquillaje —anunció una tarde, desplegando una colección de cosméticos sobre la mesa del comedor—. La mayoría de las chicas de tu edad se maquillan, al menos un poco. No podemos dejar que nadie sospeche.
Me enseñó a usar base, corrector, rubor, rímel. Nada exagerado, solo lo suficiente para resaltar mis rasgos femeninos. Me miré al espejo después de unos minutos y lo que vi me dejó muda. La chica del reflejo era yo, pero no podía serlo. La chica del reflejo era bonita, estaba bien arreglada y lucía como una chica dulce. Muy diferente del chico que le rompió la nariz a un compañero en la escuela hacia unos días.
Pero lo peor llegó el sábado por la mañana
—Te preparé un vestido, hija. Póntelo —anunció mi madre con entusiasmo.
Miré la prenda colgada en el perchero. Amarillo pálido, con vuelo, tirantes delgados. Mi primera reacción fue visceral: ni de chiste. Abrí la boca para decirlo, para negarme, para plantar cara como siempre hacía. Pero las palabras no salieron. En su lugar, sentí el peso de mis pechos bajo la blusa, el roce de la tela en mis piernas, la humedad inesperada entre ellas que me recordaba que mi cuerpo ya no era el mismo.
Me puse el vestido sin decir una palabra.
Mi madre pasó toda la mañana enseñándome a moverme con él. Cómo acomodar la falda al sentarme para que no se subiera demasiado. Cómo revisar discretamente que todo estuviera en orden. Cómo caminar con pasos más cortos, más seguros, más femeninos. Cada instrucción era una pequeña muerte para el chico que fui.
—Las piernas juntas al sentarte —decía—. Así evitas mostrar de más.
—Cuando te inclines, hazlo con las rodillas, no con la cintura. Así no se te ve el escote.
—Al caminar, los brazos más pegados al cuerpo. Los hombres los mueven mucho; las mujeres, no.
Me corregía una y otra vez, con paciencia infinita, mientras yo me sentía cada vez más extraña en mi propia piel. O en la piel de esta desconocida que habitaba.
Y entonces, a las dos de la tarde, soltó la sorpresa:
—Creo que estás lista. Te invitaré a comer fuera.
La miré horrorizada.
—¿Vestido así? ¿Mamá?
—No, hija. No irás vestido así. Irás vestida así.
La corrección fue sutil pero contundente. Bajé la cabeza. Asentí.
...
Durante el camino en coche, fui en silencio. Miraba por la ventana, sintiendo el viento suave golpearme el rostro, pero algo dentro de mí no terminaba de asentarse. Mis piernas desnudas, pegadas al asiento, la piel erizándose con el aire del aire acondicionado. Mi cintura más marcada por el cinturón de seguridad que cruzaba justo entre mis pechos. La tela ligera del vestido que se movía con cada curva de la carretera, acariciándome los muslos de maneras que no conocía.
Era como si mi cuerpo ya no me perteneciera.
Mi madre notó el silencio y trató de romperlo.
—Estás muy linda, hija —dijo con una sonrisa sincera.
No respondí. La palabra hija me golpeó el pecho, justo donde mis senos nuevos se movían bajo la tela. La parte más difícil no era la ropa, ni el maquillaje, ni siquiera el miedo a ser descubierta. Lo más duro era sentirme diferente en mi propia piel. Había algo en mi reflejo, en mi voz, en la forma en que mi madre me miraba ahora, que empezaba a calar más hondo de lo que quería admitir.
—¿Te molesta que te diga así? —preguntó, con cautela.
—No —respondí, después de un momento—. Solo... todavía me cuesta acostumbrarme.
Asintió, sin presionar más. Las dos sabíamos que estábamos cruzando una línea invisible entre lo forzado y lo necesario, y lo único que podíamos hacer era seguir caminando. Un paso a la vez.
Fue entonces que llegamos a la plaza.
Sentí un escalofrío. No podía creer que en verdad estaría en público vestida así. Dentro de mi cabeza aún pensaba en mí misma como un hombre, pero estaba en el estacionamiento de una plaza con vestido, maquillaje, caderas y unos pequeños senos de adolescente. Tardé tanto en bajar del coche que mi madre pensó que había olvidado cómo hacerlo con vestido.
—Junta las rodillas, gira con tu cadera y baja con un paso cortito —dijo.
Salí del shock e hice caso. Al poner un pie fuera, el viento acarició mis piernas desnudas y otro escalofrío me recorrió. Intenté no pensar en ello.
Dentro de la plaza había mucha gente. Caminamos entre las tiendas y empecé a notar las miradas. Hombres. Hombres de todas las edades me miraban. Algunos disimuladamente, otros no tanto. Sus ojos recorriendo mi cuerpo, mis piernas, mis caderas, mis pechos bajo el vestido. Y yo, que había sido hombre hasta hace unos días, entendía exactamente lo que estaban pensando. Pensaban que yo era una chica deseable.
Eso fue lo peor.
Entendía la forma en que me evaluaban, la forma en que me deseaban, la forma en que me reducían a carne. Lo había hecho yo mismo, mil veces, con otras chicas. Y ahora era yo la que estaba al otro lado de esa mirada. La presa. El objeto.
Sentí calor entre las piernas. Un calor húmedo, inesperado, que no pedí. Mi cuerpo respondía a esas miradas de una manera que mi mente rechazaba. Y eso me humillaba más que cualquier otra cosa.
Por suerte, no tardamos en llegar al restaurante. Había mesas disponibles, así que pasamos de inmediato.
...
La comida fue tranquila. Mi madre eligió un lugar familiar, sin pretensiones, con música suave. Pedí lo mismo que ella y traté de no pensar en las miradas que sentía cuando me levanté al baño. Caminar con el vestido entre las mesas, sintiendo los ojos de los comensales, fue una tortura breve pero intensa.
Ya más relajadas, mi madre se atrevió a hablar.
—¿Sabes? Cuando yo tenía tu edad también me sentía fuera de lugar en mi propio cuerpo... no porque fuera otra persona, sino porque el cuerpo femenino cambia demasiado en la adolescencia. Me atrevo a pensar que el cuerpo femenino sufre más cambios que el masculino al desarrollarse. Además, no es fácil entender cómo debe ser una mujer en este mundo. Las reglas siempre parecen hechas para que falles, y basta conque seas un poco bonita para atraer muchas miradas ¿no?
Levanté la mirada. No esperaba que compartiera algo así.
—Supongo que sí... —dije—. Ahora entiendo un poco lo que deben sentir ustedes. Me veo al espejo y no sé si soy yo.
Asintió.
—Quizá no eres el de siempre, pero eso no significa que no seas tú. Lo importante es que descubras quién quieres ser. Aunque sea por seis meses... ¿qué puedes aprender de esto?
No respondí, pero me quedé pensando. En las miradas de los hombres. En el calor humedecido entre mis piernas. En la forma en que mi cuerpo nuevo respondía a cosas que mi mente rechazaba. En la pequeña, diminuta parte de mí que, en algún rincón oscuro, disfrutaba ser mirada.
Aparté el pensamiento. No estaba lista para mirar ahí.
...
Cuando llegamos a casa, me quité los zapatos apenas entré por la puerta. Mi madre fue a la cocina a preparar té, y nos sentamos en la sala, en silencio.
—¿Te sentiste bien hoy? —preguntó, pasándome una taza caliente.
Dudé un poco.
—No fue tan terrible como pensé... pero hay cosas que aún me dan miedo.
—Está bien tener miedo —dijo—. Pero prométeme algo: no te cierres a la experiencia. A veces el castigo trae una lección, y a veces... una oportunidad.
Miré el vapor que salía de mi taza. Por primera vez en días, sentí que tal vez, solo tal vez, podría encontrar algo más en esta etapa. Algo que no estaba buscando... pero que necesitaba.
—Lo prometo —dije, con voz baja pero firme.
Mi madre me acarició el cabello, como cuando era un niño pequeño. Aunque en ese entonces mi cabello era corto.
—Esa es mi hija —susurró.
Y por primera vez, la palabra no me golpeó como un puñetazo. Se quedó ahí, flotando entre nosotras, mientras el té se enfriaba en mis manos y mi cuerpo nuevo respiraba tranquilo bajo el vestido amarillo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario