martes, 16 de junio de 2026

Manchada (6)


Capítulo 6: Manchada

El calor ya apretaba desde temprano. Aline se secó la frente con el dorso de la mano mientras escuchaba la voz de la profesora Mariana, firme y clara desde el centro de la cancha techada.

—¡Vamos, chicos! Hagan dos filas, espalda recta, mirada al frente. Hoy trabajamos fuerza y resistencia.

Aline había quedado en la segunda posición de su grupo. Había querido quedarse al fondo para evitar las miradas de los chicos, como siempre, pero Mariana insistía en rotar los lugares.

Vestía el short oficial de la escuela y una camiseta blanca. A su lado, algunas chicas bromeaban mientras hacían estiramientos, pero Aline apenas podía concentrarse. Al estar tan al frente, sintió muchas miradas masculinas casi desde el inicio de la sesión. Además, una punzada rara le recorría el vientre. Pensó que quizá no había desayunado bien.

—Seguiremos con sentadillas —anunció Mariana—. Al ritmo de mi conteo. Uno… dos… tres…

Aline obedecía en silencio. Bajaba, subía, sentía cómo las piernas le temblaban ligeramente. En la tercera serie, la punzada se hizo más intensa. Como un retorcijón bajo, nuevo y molesto. No era solo cansancio.

Fue entonces cuando escuchó risas apagadas detrás. Un par de chicos susurraron algo, y una de las chicas soltó un “¡ay, no!” que se disolvió rápido. Aline frunció el ceño, desconcertada.

Desde su lugar, Mariana lo notó. Caminó con rapidez hacia el grupo, escaneando con la mirada. Sus ojos se detuvieron en Aline, y de inmediato su expresión cambió.

—Monserrat —llamó, sin levantar demasiado la voz—, ven un momento.

Monse, que estaba en la fila de atrás, corrió hacia ella.

—¿Sí, profe?

—Aline se ha manchado —dijo en un susurro apenas audible para Monse—. Llévala a la enfermería, por favor. Pero primero, cúbrela.

Monse entendió al instante. Tomó una sudadera que una compañera había dejado en la banca y se acercó a Aline con una mezcla de urgencia y cuidado.

—Tranquila, no te muevas muy rápido —susurró—. Te ayudo.

Aline no entendía del todo, pero dejó que le ataran la prenda a la cintura. Monse la tomó del brazo y comenzaron a salir de la cancha.

—¿Qué pasa? —preguntó, con la voz baja, tensa.

—Es tu regla —respondió Monse, sin rodeos—. Te vino.

Aline sintió un vacío en el estómago. La caminata hacia el edificio principal le pareció infinita. Aunque intentaba no mirar atrás, sentía todas las miradas pegadas a su espalda. ¿Cómo podía haber pasado? ¿Por qué hoy? ¿Por qué así?

En la enfermería, la enfermera —una mujer de rostro amable y ojos atentos— las recibió sin sorpresa. Mariana ya había llamado para avisar.

—Hola, pequeña. ¿Cómo te llamas? —dijo con calma.

—Aline.

Le entregó un short más holgado y oscuro, junto con una pequeña bolsa con una toalla sanitaria.

—¿Sabes cómo usar la toalla?

—No —respondió con sinceridad.

—¿Prefieres que te ayude yo o tu amiga?

—Prefiero que me ayude Monse… gracias.

La enfermera asintió y se apartó un momento para dejarles privacidad.

—Mira —dijo Monse, sentándose a su lado con la toalla en las manos—. Esto se pega en la ropa interior, así. Asegúrate de que quede centrado y cámbiala cada cuatro o cinco horas. Si el flujo es mucho, tal vez antes.

Aline miraba con atención, memorizando los pasos como si fueran instrucciones para una misión complicada.

Se encerró en el baño y se quedó parada un momento frente al espejo. Levantó la camiseta. Se giró. Vio la mancha en el short. Roja, evidente, humillante.

No lloró. No podía. Solo respiró hondo y siguió las instrucciones. Con dificultad, logró ponerse la toalla y después salió del baño. La enfermera ya estaba de regreso. Tenía una tabla con clip y unas hojas en una mano, y un bolígrafo en la otra.

—Tengo que hacerte unas preguntas, por protocolo —dijo, sin dar tiempo a comentarios—. ¿Se te adelantó el periodo o perdiste la cuenta?

—No... es mi primer periodo —contestó Aline con dificultad.

La enfermera asintió con una ligera sonrisa.

—¿Qué edad tienes?

—Diecisiete —respondió Aline, con las manos temblorosas.

—Es raro que la regla llegue a tu edad, pero no es anormal —dijo, mientras le indicaba que se sentara—. De cierto modo, tienes suerte.

Aline no respondió.

—Debes empezar a llevar la cuenta. Marca el día en que te bajó. A partir del día veinticinco, puedes usar pantiprotectores para evitar accidentes y cargar siempre una toalla, por si comienza el flujo.

Aline estaba atónita.

—Pueden retirarse, niñas —dijo la enfermera con una sonrisa.

Unos minutos después, las chicas estaban en la explanada, caminando muy lento. El momento era incómodo, pero Monse intentaba animar a su amiga.

—Yo también pienso que eres afortunada —dijo Monse, con una sonrisa suave—. A mí me bajó a los doce. También me manché. Fueron cinco años que te ahorraste estas molestias.

Aline no se sentía afortunada. Se sentía confundida, incómoda, un poco rota por dentro.

—No te preocupes por los que se rieron de ti —continuó Monse—. Estás viviendo algo completamente normal. Ellos son demasiado inmaduros para entenderlo.

Aline seguía luciendo desconcertada, como si no terminara de creer que todo aquello estaba ocurriendo.

—No creo que la profesora espere que volvamos. ¿Te acompaño a tu casa?

Aline asintió, sin ganas de hablar. Las chicas salieron juntas de la escuela, caminando en silencio. Aline no dijo nada en todo el trayecto. Solo agradecía que Monse caminara a su lado, sin exigir explicaciones.

Por dentro, algo había cambiado.

Y aunque no sabía bien qué era, sentía que, después de hoy, ya no podía volver a ser la misma.

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