Capítulo 12: La invitación
Las cuatro amigas estaban comiendo juntas, como siempre. Entre risas, charlas triviales y mordiscos a los sándwiches, Monse soltó la bomba con naturalidad:
—Vale ya nos contó que te encontró besándote con Mateo… era obvio que ustedes dos se gustaban. ¡Qué alegría que por fin se animaron!
Aline se atragantó un poco con su jugo y bajó la mirada. Sintió cómo las mejillas se le encendían.
—Solo fueron unos besos —respondió, sin poder ocultar la sonrisa que se le escapaba por la comisura de los labios.
—Ajá, unos besos —dijo Fernanda con tono burlón—. Igual nos alegramos por ti. Se ve que te trata bien.
Aline no dijo nada más. Masticó en silencio, sintiendo una mezcla extraña de pudor y alegría. No estaba acostumbrada a que hablaran de ella así, como de una chica con suerte en el amor. Y menos aún a no poder ocultarlo.
Esa misma tarde, en la clase de Ética, le tocó sentarse junto a Mateo.El profesor aún no había llegado cuando él se acomodó a su lado, con una sonrisa serena. Ella le devolvió la mirada y no se movió.
La clase pasó volando. Aline no podría decir de qué se habló. Sólo sabía que él le rozaba el brazo de vez en cuando, que su presencia la hacía sentirse segura, y que, al sonar la campana, se tomaron de la mano como si lo hubieran hecho toda la vida.
Salir así, de la mano de un chico, entre sus compañeros, le daba cierto vértigo. No por miedo, sino por pudor. Por la visibilidad. Por lo que podía pensarse, decirse, especularse. Pero era tarde para dudar. Había besado a Mateo en la boca, lo había hecho varias veces y no se arrepentía.
Se quedaron un rato en las canchas después de clase. Se sentaron en una banca bajo la sombra, lejos del bullicio, y volvieron a besarse. Esta vez sin música ni disfraces, sin fiesta ni pretextos. Sólo ellos dos, solos, entre los sonidos lejanos del recreo y el canto insistente de los pájaros.
Cuando se separaron, Mateo le acarició la mejilla y la miró con dulzura.
—En quince días hay un torneo de karate en otra ciudad. Mis papás van a llevarme… y preguntaron si quieres venir. No es gran cosa, pero me encantaría que estuvieras. ¿Crees que tu mamá te deje?
Aline se quedó en silencio, con los ojos muy abiertos.
—No sé… nunca he salido de la ciudad así, con alguien más.
—Piénsalo. No tienes que decidir ahora. Solo… sería lindo —dijo Mateo, apretando suavemente su mano.
Ella asintió, aún procesando la invitación.
...
Esa tarde, después de hacer la tarea y ordenar un poco su cuarto, Aline bajó a la cocina. Frida estaba lavando los platos y tarareando una canción de los ochenta, ajena a la ansiedad de su hija que se debatía entre pedir permiso y salir corriendo.
—Mamá… —dijo Aline, acercándose con cautela—, ¿puedo preguntarte algo?
Frida se giró con una ceja levantada, secándose las manos con un trapo.
—Eso depende. Si vas a pedirme un tatuaje o una moto, la respuesta es no desde ahora.
Aline rió nerviosa.
—No, nada de eso. Es que… Mateo va a ir a un torneo de karate en otra ciudad, en quince días. Sus papás lo acompañan, y me invitaron. Solo sería un fin de semana.
Frida frunció ligeramente el ceño.
—¿Otra ciudad? ¿Con un chico?
Aline bajó un poco la mirada, pero sostuvo la petición.
—Sí, pero irían sus papás. Y yo estaría con ellos. Mateo lo dijo como algo tranquilo… no es un viaje romántico ni nada. Solo… me quiere cerca.
Frida suspiró. Se apoyó en el respaldo de una silla y la observó detenidamente.
—No sé, Aline. Me cuesta… me cuesta imaginarte en un viaje así. No por ti —aclaró—, sino porque eres joven. Y él también. A veces los impulsos ganan, y no siempre se piensa en las consecuencias.
—Mamá… —empezó Aline, pero su madre levantó una mano.
—Déjame terminar. Te he visto más centrada, tus calificaciones han mejorado, y… sí, también veo que estás feliz. Eso para mí cuenta. Tal vez merezcas un voto de confianza.
Aline contuvo el aliento, esperanzada.
—¿Entonces…?
—Voy a pensarlo bien. Pero si digo que sí, vamos a tener una charla muy seria sobre anticonceptivos. No porque crea que “eso” va a pasar… sino porque prefiero que estés informada y protegida antes que sorprendida.
—¡Mamá! —protestó Aline, con la cara encendida.
Frida se encogió de hombros, con una sonrisa que combinaba ternura y firmeza.
—Es parte del trato. Yo no soy ingenua, y no quiero que tú lo seas tampoco. Si quieres vivir ciertas cosas, está bien. Solo hazlo con cabeza, no solo con el corazón.
Aline asintió lentamente. Sabía que su madre tenía razón, aunque le incomodara.
—Gracias, mamá. De verdad. Prometo que todo estará bien.
Frida le acarició la mejilla.
—Confío en ti. Pero prepárate, porque esa charla sí va a pasar. Y no habrá forma de zafarte.
Aline sonrió, aliviada, y la abrazó fuerte. Ya daría ese paso cuando llegara el momento. Por ahora, lo importante era que el camino se abría, y que ella podía caminarlo.

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