Capítulo 13: Primeras impresiones
Los siguientes quince días pasaron como agua.
Aline no sabía si era la emoción del viaje, las tardes de besos robados en las canchas, o el hecho de que, por primera vez en mucho tiempo, sentía que todo en su vida tenía un ritmo, una dirección. Tuvo su periodo por tercera vez desde que empezó esta aventura, y por primera vez no se sintió rara ni apenada. Se sentía más dueña de su cuerpo, más cómoda en su piel. Había aprendido que los vestidos holgados eran una bendición cuando una se sentía inflamada, y que andar ligera y sin vergüenzas era parte de la nueva seguridad que estaba construyendo.
Cada vez que se miraba al espejo, se reconocía. No llevaba un disfraz, le habían prestado un cuerpo, se sentía una mujer. Una mujer con historia, con rutinas, con amigas, con un novio. Una mujer que había vivido pequeñas cosas y otras muy grandes. Una mujer que, por fin, sentía que su reflejo tenía sentido.
En la escuela, todo parecía fluir. Se sentaba con sus amigas a la hora de la comida, hablaban de chicos, de ropa, de cosas sin importancia pero que las hacían reír. Ya no se sentía una intrusa ni una actriz imitando algo que no era. Era una de ellas. Así de simple.
Incluso en casa las cosas habían cambiado. Con su mamá ahora veían comedias románticas por las noches. Frida se acomodaba en el sillón con una manta y, a veces, soltaba comentarios como:
—Ese Ryan Reynolds está muy guapo, ¿no crees?
La primera vez que lo dijo, Aline estuvo a punto de bromear o cambiar de tema, pero en lugar de eso, sonrió.
—Sí… aunque Sandra Bullock es muy mayor para él.
Frida la miró un segundo y luego rió. Aline también. Esa noche se durmió pensando que estaba bien ser así, tener esos gustos, esas conversaciones. Todo era parte de su nueva normalidad.
Y, casi sin darse cuenta, llegó el día del viaje. Preparó su maleta con emoción: unos jeans, una blusa, ropa interior limpia, un cambio extra por si acaso. Frida la miraba desde el umbral de la puerta del cuarto con una media sonrisa, ese gesto que combinaba orgullo con nostalgia.
—Lleva también un vestido. Por si hace calor.
Aline lo dobló con cuidado y lo metió a la maleta. Frida dio un par de pasos más y le tendió algo envuelto en una bolsita pequeña.
—Y esto… por si las dudas.
Aline la miró y vio que eran condones. Su cara se encendió.
—Mamá, no voy a hacer eso. Nunca pensaría en hacer eso —dijo, indignada. — A veces parece que olvidas que en verdad no era soy chica.
—No eres una chica ¿eh? Pero usas vestidos y maquillaje. Por el amor de Dios, hija, ¡Tienes novio! —respondió Frida, con una sonrisa.
—Pero... esto es diferente —contestó Aline, sintiéndose atrapada.
Frida alzó una ceja y añadió:
—No te estoy dando permiso de nada. Solo quiero que te cuides, si pasa. Y que no tomes decisiones por presión, ni por miedo a perder a nadie. Haz lo que realmente quieras hacer. Tú decides tu ritmo.
Aline asintió. Sintió un nudo en la garganta porque, por primera vez, contempló tener relaciones con ese nuevo cuerpo y ese nuevo rol. Pero también sintió gratitud hacia su mamá por ser tan comprensiva, por acompañarla.
Esa noche, mientras cerraba la cremallera de la maleta y dejaba lista su mochila, no pensó en cómo había empezado todo esto, ni en lo improbable que parecía aquel primer día. Solo pensaba en lo bien que se sentía ahora, en lo completo que era ese momento. Estaba por vivir una nueva experiencia, con todo lo que eso implicaba. Pero esta vez, por fin, no tenía miedo.
...
Los papás de Mateo fueron muy amables con Aline desde el primer momento. Naomi, su madre, era cálida y expresiva. Apenas la vio, la abrazó con naturalidad y dijo, sin malicia, solo con honestidad:
—Creí que Mateo era gay. Nunca nos había presentado a una novia.
Aline se quedó unos segundos sin saber qué decir. Mateo soltó una risa nerviosa y murmuró:
—Mamá…
Pero Naomi solo sonrió y agregó:
—Me alegra conocerte, Aline. Eres muy bonita.
A pesar de lo acostumbrada que estaba a su nueva vida, aún la desconcertaba que alguien nuevo la llamara bonita. Sin duda, nadie la había llamado así en su vida anterior.
El papá, Víctor, era más reservado. Saludó con un apretón de manos firme y un gesto amable. No hablaba mucho, pero tenía una mirada tranquila que transmitía confianza. Durante el trayecto, manejaba atento a la carretera, mientras Naomi llevaba la conversación.
El viaje duró tres horas. En ese tiempo, Naomi no dejó que el silencio se instalara. Le preguntó a Aline de todo: dónde vivía, qué le gustaba hacer, si tenía hermanos, qué quería estudiar más adelante. Aline respondía como podía, con una mezcla de timidez y cortesía. A veces Mateo intervenía, como para suavizar la situación o ayudarla a relajarse.
—Mi mamá es así —le había dicho en voz baja antes de salir—. Si te hace muchas preguntas, no es porque dude de ti. Es porque ya te adoptó.
Aline se rió con un poco más de soltura. Y era cierto. Naomi hablaba como si ya la conociera de antes. Como si la presencia de Aline en ese asiento fuera algo natural, parte del paisaje familiar. Aline no estaba acostumbrada a eso, pero le gustaba.
—¿Y te gusta el karate? —preguntó Naomi en un momento.
—Practiqué un poco cuando era ni... cuando era niña —admitió Aline. Por un instante pensó en decir “cuando era niño”, pero logró frenarse—. Además, quiero verlo a él competir.
Naomi soltó una carcajada.
—Ay, en eso somos iguales. Yo no entiendo el deporte. Solo le grito “¡Dale, Mateo!”, aunque no sepa qué está pasando —dijo Naomi, feliz—. Debiste verte adorable con tu gi practicando cuando eras niña, Aline. ¿Por qué lo dejaste?
—Abandoné muchos pasatiempos cuando era muy joven. Supongo que crecer sin papá me hizo dudar de mis capacidades —contestó Aline con sinceridad.
Apenas reparó en que hablaba de sí misma como si siempre hubiera sido una niña. Incluso en ese momento, no le parecía imposible. Voltear al pasado y ver a la niña que pudo haber sido, de haber nacido en ese otro género.
A medida que el coche avanzaba y los árboles daban paso a construcciones más pequeñas, el aire parecía distinto. Aline miraba por la ventana, notando los detalles, mientras sus dedos seguían entrelazados con los de Mateo, sobre su muslo. Era un gesto íntimo, pero discreto. De vez en cuando, se miraban y se sonreían, como si no pudieran creer que todo esto estuviera pasando de verdad.
Cuando por fin llegaron al hotel donde se hospedarían, Naomi organizó todo como una general en campaña. Reservaron dos habitaciones: una para los papás, otra con dos camas para Mateo y Aline.
—Confío en ustedes —dijo Naomi antes de entregarles la llave—. No se desvelen mucho y no hagan nada indebido, mañana Mateo tiene competencia. No me hagan quedar como una mamá ingenua.
Aline se sonrojó. Mateo solo dijo “sí, mamá” como si ya conociera ese tono.
Una vez en la habitación, Aline se sentó en la cama y soltó un largo suspiro. Mateo la miró con ternura y se sentó a su lado.
—¿Estás bien?
—Sí… solo… es mucho.
—¿Mucho bueno o mucho raro?
Aline lo miró y sonrió.
—Mucho bueno. Solo que todavía me cuesta creer que todo esto esté pasando.
Mateo le acarició la mano con suavidad.
—Yo también lo pienso. Pero está pasando.
Y Aline, por primera vez en todo el día, se permitió simplemente cerrar los ojos y asentir.
Los papás de Mateo decidieron ir al bar del hotel cerca de las ocho de la noche. Antes de salir, Naomi lanzó una advertencia:
—Terminen de ver su película y a dormir. Mañana hay competencia, Mateo.
Aline y Mateo se acomodaron sobre la cama con la tablet entre los dos, cubiertos por una manta delgada. La película comenzó, pero ninguno estaba muy atento. Se miraban de reojo, se rozaban los dedos, hasta que los besos comenzaron a fluir con una naturalidad que ya les era familiar.
Las caricias fueron subiendo de intensidad, como una corriente suave pero insistente. Aline sintió las manos de Mateo explorar su cuerpo con cuidado, como si cada gesto llevara un significado profundo. "Está llegando a segunda base conmigo", pensó, entre risas internas y un leve temblor de nerviosismo y deseo. En algún momento, sin pensarlo demasiado, se quitó la blusa. Los besos se volvieron más intensos, más urgentes.
—Debemos parar —susurró Mateo, con la respiración agitada—. No tenemos protección.
Aline dudó un segundo, y luego recordó. Se incorporó, abrió su mochila y sacó la bolsita que su madre le había dado. Se la mostró a Mateo, sin palabras. Él la miró con ternura, le acarició la mejilla, y después dejaron que la pasión hiciera lo suyo.
No hubo apuro ni torpeza, solo una entrega serena, temblorosa y honesta. Cuando se dió cuenta, Aline estaba siendo colocada en cuatro, tomada por la cintura, por Mateo, sintió un poco de vergüenza pero se dejó hacer, después de todo soy una mujer, pensó. Las primeras embestidas fueron suaves, pero al poco tiempo sintió la virilidad de Mateo recorriendo su interior con fuerza. Empezó a gemir con dulzura, pasión y liberando el deseo contenido por semanas.
Cuando todo terminó, estaban abrazados bajo la manta, sus cuerpos cálidos y enlazados. El reloj marcaba las 9:30.
—Vamos —dijo Aline con una sonrisa perezosa—. Tomemos un baño para que puedas descansar bien. Mañana tienes que ganar.
La ducha de agua caliente fue casi un ritual. En el vapor, se miraron como si se descubrieran de nuevo. Aline contempló su reflejo en el vidrio empañado y luego miró el cuerpo que antes le resultaba extraño. Ya no. No sentía vergüenza, ni distancia. Sentía gratitud. Por todo lo que había vivido. Por haber llegado hasta ahí. Por haberse encontrado, al fin, consigo misma.
Y también estaba agradecida por tener a alguien como Mateo a su lado, se sonrojó mientras le veía la entrepierna y recordaba todo el placer que la había hecho sentir hace apenas unos minutos. Supo que no quería volver a ser Álvaro. Era Aline, no era un solo un cástigo al que se vio sometida. Era su verdadero yo.
Esa noche durmieron profundamente, plenos y en paz. Como si, después de tanto buscar, por fin hubieran llegado a casa.

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