domingo, 21 de junio de 2026

La noche rosa (11)

 




Capítulo 11: La noche rosa

Aline no podía creer lo que veía en el espejo.

Llevaba puesto un traje de porrista rosa, tan corto que parecía hecho para una muñeca: minifalda y top diminuto que dejaban ver su ombligo y buena parte de su vientre. El cabello lo tenía recogido en dos coletas altas, y el maquillaje era demasiado provocativo incluso para una chica, y mucho más para alguien que aún no se acostumbraba a verse como una: labios rojo intenso, mejillas sonrojadas, sombra en los ojos y pestañas postizas que le daban un aire de muñeca. Al menos, la idea de usar tacones fue descartada y podía refugiarse en sus Converse, con calcetas blancas y calentadores de piernas a juego.

No podía entender cómo había terminado en esa situación.

Sus amigas, por supuesto, llevaban trajes idénticos. Parecían una pequeña escuadra de porristas salidas de una coreografía escolar improvisada.

—No temas —le dijo Monse al notar su expresión angustiada—. Solo vendrán como veinte personas. A la mayoría ya las conoces.

—Exacto. Además, tus jeans están aquí —añadió Fernanda—. Si te cansas, puedes subirte a cambiar antes de irte.

—Y seguro vuelves loco a Mateo con ese outfit —dijo Vale con una sonrisa.

Aline tragó saliva. Justo eso era lo que no quería escuchar.

La casa se fue llenando poco a poco. Conforme los novios de sus amigas fueron llegando, ellas se dispersaron. Solo las unía el disfraz idéntico, como si fueran parte de un mismo número musical.

Cuando Mateo llegó, Aline lo vio desde lejos. Llevaba disfraz de pirata: sin camiseta, solo un chaleco abierto, paliacate rojo y pantalones de tela gastada. El pecho al descubierto y los abdominales marcados hicieron que a Aline se le secara la boca. Se veía increíble. Aunque lo que ella no sabía era que, al verla, Mateo sintió que tenía enfrente a una princesa coqueta salida de un sueño adolescente.

—Wow —fue todo lo que alcanzó a decir al verla.

—Fue idea de las chicas —se apresuró a explicar Aline.

—Gracias, chicas —respondió él sin apartar los ojos, claramente maravillado.

Como sus amigas ya estaban acarameladas con sus respectivas parejas, Aline terminó quedándose con Mateo para no estar sola. Al principio charlaron tranquilos en el patio, pero cuando comenzó la música, él la tomó de la mano y la llevó a la pista.

Bailaron. Al principio con timidez, luego con más confianza. Sus cuerpos se acercaban. El contraste entre sus cuerpos dejaba claro que Aline ya no era un hombre, al menos no por ahora. Era una chica, una jovencita bailando con un muchacho apuesto. Él ponía sus manos en su cintura, a veces la sujetaba de las caderas, y más de una vez las manos de él rozaron sus piernas desnudas en el vaivén del ritmo. Aline sentía mariposas en el estómago cada vez que él la tocaba. Y más que mariposas… calor, deseo, vértigo.

Hasta que ya no pudo más.

—Salgamos a tomar aire —le dijo al oído.

Mateo asintió y le tomó la mano. La casa estaba a reventar: al menos cuarenta personas apretujadas en un espacio que apenas podía con la mitad. Salieron al porche delantero, donde la noche era fresca y el aire olía a gardenias.

Aline se sentó en la escalera, con las piernas juntas como toda una señorita, un par de meses de práctica dando resultado. Mateo se sentó a su lado, mirándola.

—¿Estás bien? —preguntó con suavidad.

Ella lo miró. Sus ojos se encontraron. Sus rostros estaban peligrosamente cerca. Y de pronto, ocurrió.

El beso.

Un beso dulce, tibio, inevitable. Como si hubieran estado esperando ese momento desde hacía mucho. Cuando se separaron, Aline apenas pudo hablar.

—Necesitaba hacer eso.

Mateo no dijo nada. Solo la besó de nuevo, con más intensidad, como si no quisiera perderla. Aline cerró los ojos y se dejó llevar.

Por fin.

…Aline cerró los ojos y se dejó llevar.

Por fin.

Iban en el sexto o séptimo beso —ella ya había perdido la cuenta— cuando la puerta del porche se abrió de golpe.

—¡Tórtolos! —exclamó Vale con una sonrisa traviesa—. Vengan, vamos a tomarnos una foto todos juntos.

Aline se separó con sobresalto, con el rostro encendido. Sentirse descubierta la hizo sonrojarse hasta las orejas. Mateo, en cambio, soltó una pequeña risa y le acarició la mano con ternura antes de levantarse.

En la sala estaban Monse, Fernanda y los acompañantes de las tres chicas. Cuando llegaron Vale, Aline y Mateo, eran ocho: cuatro porristas, cada una con su pareja. La escena parecía salida de una película adolescente, tan perfectamente armada que a Aline le pareció casi irreal estar ahí, siendo parte de ese cuadro.

Se tomaron una foto todos juntos, abrazados y sonrientes. Luego una solo con las cuatro porristas. En ambas, Aline intentó no parecer demasiado nerviosa, aunque por dentro el corazón le galopaba como si no supiera en qué historia se había metido.

Al terminar la foto, ya era casi medianoche. Vale anunció que se iba con su novio y se despidió entre besos y risas. Poco después, Monse revisó su celular y suspiró.

—Mi mamá viene por mí en poco tiempo —anunció—. Tengo que despedirme de este guapo antes de que llegue.

Se abrazó con su pareja y se alejaron unos pasos para hablar en privado.

Aline y Mateo, mientras tanto, seguían tomados de la mano. Aline sintió vibrar su teléfono y miró la pantalla. Era un mensaje de su mamá:

“Voy por ti, hija. Llego en 15 minutos.”

Sintió un escalofrío en la espalda. No por miedo, sino por el peso de la palabra: hija. Algo en ese mensaje la estremeció. Porque, en ese momento, así se sentía. Una hija. Una chica. Una porrista rosa que había besado a un chico bajo las gardenias y que ahora esperaba a su mamá como cualquier otra adolescente después de una fiesta.

Mateo notó su expresión y preguntó en voz baja:

—¿Todo bien?

Aline asintió y le mostró el mensaje.

—Mi mamá viene por mí. En quince minutos.

—Entonces aún tenemos catorce —dijo él, sonriendo con picardía.

Ella rió, nerviosa. Y sin pensarlo mucho, lo besó de nuevo.

Porque si todo eso era un sueño… quería permanecer en él un poco más.



Quince minutos después, Aline salió de la fiesta de la mano con Mateo. La noche seguía oliendo a gardenias. Al llegar a la banqueta, vio el auto de su mamá estacionado frente a la casa. Frida la observaba desde el asiento del conductor, y al verlos juntos, su expresión se endureció por un segundo… luego simplemente pareció confundida.

Aline tragó saliva y se acercó al auto, aún sin soltar la mano de Mateo.

—Mamá —dijo, parándose junto a la ventanilla—, él es Mateo. Es un amigo. Vive a unas cuadras, pero es tarde y no quiero que camine solo a casa. ¿Podemos llevarlo?

Frida los miró un momento, luego asintió con una pequeña sonrisa.

—Claro, suban.

Ambos se metieron al asiento trasero. Aline se acomodó junto a Mateo, y aunque ya estaban dentro del coche, no soltaron las manos. Solo cuando llegaron frente a la casa del chico, él soltó un suspiro, como si no quisiera bajarse.

—Gracias, señora —dijo—. Vivo aquí.

Aline y Mateo se miraron un momento más. Después, él se acercó y le dio un beso en la mejilla. Fue breve, pero tan lleno de cariño que a Frida no se le escapó nada.

Cuando Mateo se bajó y entró en su casa, el silencio en el auto se volvió denso por un instante.

—¿Me vas a contar quién es él? —preguntó Frida con una sonrisa ladeada, mientras arrancaba.

Aline apoyó la cabeza en la ventanilla, intentando evitar la mirada de su madre.

—Solo un amigo.

—Ajá —dijo Frida—. Los amigos no se toman de las manos, hija. Además, juraría que el chico tenía un poco de labial en los labios. ¿Tengo que hablarte de salud sexual femenina y de preservativos?

—¡Mamá, no! —exclamó Aline, ocultando el rostro entre las manos.

Frida rió bajito.

—No va a pasar nada de eso —dijo Aline rápidamente, con las mejillas ardiendo—. Solo fueron unos besos.

—Ajá —repitió Frida, pero esta vez su tono era más suave.

El resto del camino transcurrió en silencio. Pero no un silencio incómodo, sino uno lleno de nuevas complicidades. Una madre que veía a su hija crecer, y una hija que empezaba a encontrar su lugar en el mundo.


Ya en casa, Aline se despidió de su madre con un beso rápido en la mejilla y subió a su cuarto sin decir una palabra más. Cerró la puerta con cuidado, se quitó las coletas, los calentadores, el top de porrista y la minifalda. Se puso una camiseta amplia para dormir, se desmaquilló con toallitas húmedas y se miró en el espejo.

Ahí estaba. Ella. No disfrazada. No interpretando un papel. Ella.

Apagó la luz del tocador, se metió a la cama y se tapó hasta la barbilla. En la oscuridad, recordó el beso. O los besos. El calor de las manos de Mateo. La forma en que la había mirado. La seguridad con la que la había tomado de la mano frente a todos. Y la ternura con la que se despidió.

Suspiró largo, con una mezcla de alegría y nerviosismo.

No sabía qué iba a pasar mañana.

Pero por ahora… estaba bien.

Y con esa certeza pequeña y luminosa, se quedó dormida.

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