jueves, 18 de junio de 2026

En Veinte Años (8)


Capítulo 8: En Veinte Años

Al día siguiente, Aline volvió a reunirse con Mateo en la banca junto a las canchas, llevando consigo al muñeco que ya se había vuelto parte de su rutina. Con paso tranquilo, él se acercó sonriendo y colocó a la “bebé” en su regazo.

—¿Lista para el receso más productivo de tu vida? —preguntó con humor.

Aline rió al sentarse a su lado.

—Primero cuéntame de tu fin de semana —dijo, sin muchas ganas de empezar la tarea.

—Aburrido, sobre todo —contestó él, sincero—. Estuve los dos días practicando para mi torneo de karate.

—¿Practicas karate?

—Soy cinturón marrón. Mi profe dice que si tengo buen rendimiento en los torneos, podría considerarme para el cinturón negro.

Aline —es decir, Álvaro, recordemos que hace poco tiempo ella era un hombre— había practicado algo de karate cuando era niño. Le costaba recordar por qué lo dejó. Probablemente lo abandonó en la adolescencia, como tantas otras cosas. Parecía que un día dejó todos sus hobbies y se dedicó únicamente a existir. Aquello lo llevó a la vagancia, a las malas compañías… y a su situación actual. Pensó en eso con un dejo de tristeza.

—Quedan diez minutos de receso, será mejor elegir un nombre para nuestra bendición —dijo Mateo—. Comparemos nuestras listas.

—De acuerdo —respondió Aline.

La lista de ella incluía los nombres Alejandra, Samanta y Paola. La de Mateo: Naomi, Leticia y también Samanta.

—Bueno… parece que coincidimos —dijo él.

—Se llamará Samanta —afirmó Aline.

—Me encanta —respondió Mateo—. Suena misterioso, exótico… poderoso.

Aline asintió, orgullosa.

—Y el diminutivo “Sam” —añadió— me gusta porque suena andrógino, libre de estereotipos. Sam podría elegir quién quiere ser.


Un día después, en la clase de Ética, el profesor Sergio los llamó al frente para exponer su actividad. Una vez más, fueron el mejor equipo de la clase.

—Aline, Mateo —anunció mientras colocaba la calificación—, excelente trabajo. ¡Un 10! Felicitaciones por tomarse tan en serio el proyecto.

Aline sintió un calor en el pecho al ver la nota. Hacía años que no veía un número así en sus boletas. Miró a Mateo, feliz, y luego al profesor, sintiéndose por primera vez orgullosa de sí misma.

Al finalizar las exposiciones, el profesor les dejó la siguiente tarea.

—Su próximo trabajo consiste en proyectarse a veinte años: profesiones, estilo de vida, y ver si un hijo —o hija— sería compatible con esa realidad. Reflexionen juntos. Háganlo realista.

Cuando sonó el timbre, Mateo cargó a Sam y su mochila, y se acercó a Aline.

—¿Te veo el lunes en el almuerzo para la nueva tarea? —preguntó.

—Sí, claro —respondió ella con una sonrisa.

Entonces, Mateo se despidió con un beso en la mejilla. El roce de sus labios dejó en Aline un estremecimiento sutil, difícil de nombrar, que la acompañó hasta la salida del aula.


Esa tarde, Aline se sentó en el pequeño escritorio de su habitación. La hoja en blanco frente a ella la intimidaba. ¿Veinte años? Pensar en su vida como Aline le resultaba abrumador. En cinco meses volvería a ser hombre. Proyectarse como mujer a largo plazo le parecía imposible.

Abandonó los papeles y bajó a la cocina, donde su madre preparaba la cena.

—Mamá —dijo—, la tarea… tengo que imaginarme dentro de veinte años, pero no logro verme como mujer en el futuro.

Frida dejó el cuchillo, se limpió las manos en el delantal y la miró con ternura.

—Las profesiones no tienen género, hija —le recordó—. Para el propósito de la tarea, escoge una vocación y visualízate ejerciéndola. Serás tú, con tus sueños, tu voz… y tu edad, nada más.

Aline reflexionó. En su mente, los últimos años eran una hoja en blanco. No sabía qué quería. Recordó que, antes de todo esto, había soñado con arquitectura. Con construcciones. Con espacios habitables. Esa memoria cobró vida al pensar en el diez que acababa de obtener.

—Hace años quería estudiar arquitectura —dijo con un hilo de voz.

—¿Arquitectura? —repitió Frida, al ver la chispa en sus ojos—. Siempre te atrajeron las formas y la creatividad técnica.

Aline asintió, esta vez con decisión.

—Sí… estudiaré arquitectura.


El lunes, una vez más, Aline y Mateo se encontraron junto a las canchas, con Sam en brazos. Entre bocados de sándwich, comenzaron con la nueva tarea.

—Yo seré arquitecta —declaró Aline con voz firme—. Trabajaré ocho horas al día diseñando casas y espacios públicos.

—Yo quiero ser doctor —dijo Mateo, sin dudar—. Me imagino en un hospital, salvando vidas y publicando investigaciones.

Aline sonrió ante su ambición.

—Con dos profesiones así, a nuestra hija nunca le faltará nada.

—Le faltará alguien que la cuide por las mañanas —comentó ella con una sonrisa ladeada.

—Hay guarderías —respondió él con una pequeña risa—. Pero ya que lo mencionas… quizá podríamos planear horarios complementarios.

Pasaron unos minutos imaginando su día ideal: la rutina matutina con Sam, las horas de trabajo, las tardes de tareas en casa, los fines de semana explorando la ciudad. Aline descubrió que, cerca de Mateo, le resultaba más fácil imaginarse como mujer. No era solo un rol escolar. Era una posibilidad. Una versión de sí misma que no le parecía ajena.

—¿Sabes? —dijo ella, observando el rostro atento de Mateo—. No planeo tener hijos… pero tener uno de trapo contigo es muy divertido.

Mateo sonrió, asintiendo.

—Entonces haremos que esto funcione, mamá y papá —respondió—. Por Sam.

Aline cerró los ojos un instante, sintiendo una inesperada paz. Tal vez este experimento escolar le había ayudado a entenderse mejor. Estaba segura que era una experiencia que la acompañaría el resto de su vida.

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