Capítulo 7: Mamá por Quince Días
El profesor Sergio entró al aula de Ética cargando una caja grande de plástico entre las manos. Caminó hasta el escritorio y la colocó con cuidado. Luego la ignoró durante cuarenta minutos mientras daba su clase. El tema del día: paternidad responsable.
Cuando faltaban veinte minutos para terminar, se acercó a la caja y la abrió frente al grupo.
—Muy bien, chicos —dijo, sacando un muñeco de trapo de tamaño real, con una sonrisa pintada y un gorrito tejido color amarillo—. Hoy inicia nuestra actividad especial del mes.
Las miradas se cruzaron entre risas nerviosas. Algunos ya intuían de qué se trataba.
—Formaré parejas. Serán chico y chica: papá y mamá respectivamente —añadió el profesor.
Aline frunció ligeramente el ceño. No es que la idea le molestara, pero algo en la palabra mamá aún le sonaba imposible.
En el salón se escucharon murmullos inquietos.
—Durante los próximos quince días —continuó Sergio— cada pareja será responsable de cuidar a un bebé. Este muñeco representa a su hijo o hija. El objetivo es reflexionar sobre la responsabilidad, la empatía, la toma de decisiones en pareja... y, sobre todo, sobre lo que significa cuidar a otro ser humano.
Los murmullos no cesaban.
—Regla principal —dijo con tono firme—: el bebé debe estar en brazos de uno de los dos papás durante todo el horario escolar. Nada de mochilas, bancas ni escritorios. Además, dejaré una tarea durante las cuatro clases que tendremos en ese lapso. Deben juntarse en los almuerzos con sus parejas para realizarlas. ¿De acuerdo? Comenzaré a formar las parejas.
El murmullo subió de tono mientras empezaba a leer los nombres. Aline apenas prestaba atención, hasta que escuchó el suyo:
—Aline y Mateo.
Alzó la vista con rapidez. Mateo estaba en la última fila. Alto, de cabello un poco desordenado, mirada tranquila. Era de esos chicos que no llamaban la atención, pero parecían siempre presentes. Apenas si recordaba haber cruzado palabra con él. Tal vez un saludo al azar.
Cuando todos tuvieron a sus muñecos, Sergio repartió hojas con la primera actividad:
Nombre y género del bebé. Ambos padres deben acordarlo y justificar su elección para la próxima clase.
El timbre sonó, marcando el final del día.
Mateo se acercó con pasos tranquilos. Llevaba el muñeco en brazos como si de verdad fuera frágil.
—Hola —dijo con una media sonrisa—. Nos tocó ser papás.
Aline intentó devolver la sonrisa, aunque se sentía torpe. Como si la estuvieran observando a través de una lupa invisible.
—Sí… supongo que sí.
—¿Mañana comemos juntos y hacemos la actividad? —propuso él—. Te prometo ser un buen papá. Hoy me llevo al bebé.
—Sí… te veo cerca de las canchas —respondió Aline, sonriendo, aunque no se atrevía aún a llamarse mamá.
Al día siguiente, Aline se acercó a las canchas con cierta curiosidad. Mateo ya la esperaba, sentado sobre el pasto, con el muñeco en el regazo.
—Hola. Tu hijo es muy tranquilo, pero igual me alegra darte la custodia hoy —bromeó al verla, extendiéndole el muñeco.
Aline alzó una ceja, entre divertida y desconcertada. Tomó al muñeco con cuidado y se sentó a su lado.
—Hola —murmuró, con una pequeña sonrisa—. Hoy me encargo yo, no te preocupes.
—¿Entonces ya decidiste el género de nuestro hijo? —bromeó Mateo, con fingida indignación.
—La verdad no lo he pensado. Me parece una tarea muy tonta.
Sentados uno junto al otro, Aline notó lo pequeño que era su cuerpo comparado con el de él. La espalda de Mateo parecía el doble de la suya, y su cintura era más ancha. Ella, en cambio, tenía esas caderas y esos senos que le estilaban el cuerpo con formas femeninas. Pensó en todo eso mientras comían en silencio por un minuto, hasta que Mateo sacó la hoja de la actividad de su bolsillo. A lo lejos, el profesor Sergio recorría los pasillos, buscando con la mirada a sus alumnos, verificando quiénes tomaban la actividad en serio.
—Bueno —dijo Mateo—, ¿empezamos con lo importante? Género y nombre de nuestra criatura de trapo.
—Sí —respondió Aline, encogiéndose de hombros—. Pero no sé... eso de decidir si es niña o niño. ¿No es raro?
—Un poco. Los padres nunca eligen el género de sus bebés —respondió él—. ¿Qué tal si dejamos que el destino hable?
Sacó una moneda del bolsillo trasero.
—¿Cara, niña? ¿Cruz, niño?
Aline dudó un instante. Luego asintió.
—Va.
Mateo lanzó la moneda al aire. Giró bajo el sol antes de caer en su mano.
—Cara —dijo—. Es niña.
Aline la miró. Por alguna razón, la palabra niña le provocó una punzada suave, extraña. Como si no fuera sobre el muñeco, sino sobre ella misma. Una reafirmación que no sabía si estaba lista para aceptar.
—¿Y el nombre? —preguntó Mateo.
—Tengo muchas ideas... pero no sé si alguna sea buena —dijo ella, acomodando mejor al bebé en su regazo.
—Yo pensé en “Luna” —dijo Mateo—. Me gusta cómo suena. Es suave... pero también poderosa.
Aline sonrió apenas.
—A mí me gusta “Abril”. Porque es cuando todo empieza a florecer. Y también porque no suena a princesa.
—Buen criterio —dijo Mateo, riendo—. Tal vez deberíamos ponerle “Aline”, como su mamá.
Escuchar que Mateo la llamaba así —mamá— le provocó un escalofrío.
Mateo notó que Aline se removía en su lugar con cierta incomodidad. No insistió con el tema.
—¿Y tú qué hacías en primaria cuando no tenías tarea? —preguntó el chico.
Aline sonrió, aliviada por el giro en la conversación.
—Jugaba con mi Play 2. Tenía el viejo Castlevania y el God of War… eran mis favoritos.
Mateo la miró con los ojos abiertos.
—¿En serio te gusta God of War? Nunca pensé que a una chica le gustara ese nivel de violencia.
Aline sintió cómo la frase la dejaba al descubierto. Un cosquilleo incómodo le subió por el pecho, como si tuviera que justificar algo. Pero solo lo miró con una ceja alzada y dijo:
—Eso es sexista.
Hubo un segundo de silencio antes de que ambos soltaran una carcajada. El hielo se rompió sin esfuerzo, y durante los minutos siguientes hablaron de sus juegos favoritos, de cómo los mandaban a dormir a mitad de una partida y de lo difícil que era pasar cierto jefe en Shadow of the Colossus.
El timbre del receso sonó, devolviéndolos a la realidad.
—Bueno, mamá gamer —dijo Mateo mientras se ponía de pie—, mañana decidimos el nombre. De cualquier forma, nadie elige el nombre de su hija en un almuerzo, ¿no?
—Me parece justo. Mañana traigo tres nombres. Y tú también.
Aline le dio el muñeco un instante a Mateo y se puso de pie. Él también se incorporó y le devolvió el bebé con una sonrisa.
—Te encargo a nuestra hija. Estemos separados o no, siempre velaré por su futuro —dijo en tono suave, sin rastro de burla.
Aline lo recibió, sintiendo su peso contra el pecho. Caminó hacia el salón con los brazos cruzados como una cuna improvisada, sin atreverse aún a mirar a nadie a los ojos.
Pero por dentro, una parte de ella sonreía.
No sabía si era por Mateo, por el juego, o por esa niña de trapo que aún no tenía nombre… Quizá la idea de ser mamá no era tan mala. Luego recordó lo que las mujeres deben hacer para ser madres, y la idea le provocó un pequeño dolor en el vientre.
Cinco meses y medio más, pensó, aunque otra parte de ella seguía pensando en la sonrisa de Mateo.
Al llegar a casa, Frida encontró a su hija en la sala, sentada frente al televisor, con el viejo PS2 encendido, tenía años que no jugaba con él. En la repisa había una mochila escolar y, junto a ella, un muñeco de trapo con gorrito amarillo.
—Hola, hija —saludó, acercándose y tomando al muñeco entre las manos—. ¿Ya soy abuela?
—Solo por quince días —respondió Aline sin dejar el control.
Frida observó con curiosidad al muñeco.
—¿Esto es niño o niña?
—Es niña —dijo Aline, sin mirar.
Frida sonrió.
—Hoy seremos tres mujeres en esta casa —comentó con tono alegre—. Cuentame, ¿el papá es guapo?
Aline se sonrojó de inmediato, dejando caer el control sobre sus piernas.
—¡Mamá! ¿Cómo preguntas eso?
—Ay, hija —dijo Frida con una sonrisa juguetona—, los hombres son unos acomplejados. Parece que si admiten que otro hombre es guapo, se les va a caer el pene... aunque por ahora tú no tienes ese problema. Es una pregunta simple ¿es guapo?
Aline se volvió a sonrojar al pensar en Mateo de esa forma. Eso fue respuesta suficiente para Frida quien devolvió a la muñeca a su lugar en la repisa y se estiró con un suspiro.
—Baja a cenar conmigo, muero de hambre. Y tú también, mamá adolescente, necesitas fuerzas para criar.
Aline la siguió con una sonrisa tímida, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, esa casa empezaba a sentirse como un hogar.

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