Capítulo 10: Falda, fiesta y fantasmas
La actividad con el bebé terminó siendo un éxito rotundo. Aline y Mateo sacaron un diez, y el profesor Sergio incluso los felicitó por su madurez y compromiso. Sin embargo, una vez finalizada, ya no había un motivo para que pasaran el descanso juntos. Poco a poco, ambos volvieron a sus rutinas normales, cada uno con sus respectivos amigos.
Monse no tardó en notar el cambio.
—¿Qué pasó con Mateo? —preguntó una tarde, mientras compartían papas a la salida—. ¿Ya no lse van a seguir viendo?
—Nada, me cae bien. Pero pasabamos tanto tiempo juntos solo por la actividad escolar —respondió Aline, algo evasiva.
—Igual tuviste mucha suerte. Mateo es guapo y parece amable. A mí me tocó Adrián, que no es ninguna de las dos cosas —refunfuñó Monse, haciendo una mueca.
Aline sonrió, pero no dijo nada. A pesar de los sueños húmedos, del recuerdo del beso con el que había soñado varias veces y de la calidez que aún sentía al pensar en él, había logrado retomar el control. O eso creía.
Pasaron tres semanas como un suspiro. Todo iba bien... hasta que, una tarde, mientras hablaban en el patio, Fernanda lanzó una bomba:
—Fiesta de Halloween en mi casa, en quince días. Están todas invitadas. Disfraz obligatorio.
—¿Llevaremos disfraces coordinados? —preguntó Vale, con una sonrisa cómplice.
—Obvio —respondió Fernanda sin dudar.
—Les tengo una propuesta —intervino Monse, mostrando la pantalla de su celular. En ella se veía un conjunto de porrista: minifalda diminuta, top ajustado y pompones brillantes.
—No lo sé... —dijo Aline, con una expresión de terror.
—Vamos, no seas aburrida —la animó Fer—. ¡Nunca te hemos visto en falda!
—Solo las uso los fines de semana, en casa... —se defendió Aline.
—Más razón para elegir ese disfraz —sentenció Monse—. Queremos verte en falda al menos una vez.
—Entonces está decidido —concluyó Vale—. Haz el pedido. Todas somos talla chica.
—Los disfraces llegarán a mi casa —anunció Fernanda—. Así que lleguen temprano para cambiarnos juntas.
Aline no supo cómo ocurrió. Un momento estaba sentada con sus amigas y, al siguiente, tenía una fiesta de Halloween en el calendario... y sería porrista.
Pero lo peor vino después.
—¿Puedo invitar a mi novio? —preguntó Monse.
—Claro, yo invitaré al mío —dijo Fernanda.
—Y Vale invitará a un “amigo” —añadió con una sonrisa traviesa—. Aline, tú puedes invitar a Mateo.
—¿Qué? —exclamó Aline, sin poder ocultar su sorpresa.
—Todas vamos a estar con nuestros novios. Te vas a aburrir mucho si vas sola —dijo Monse con tono inocente—. Si quieres lo invito yo...
—No. Yo lo haré —dijo Aline de inmediato.
La idea de usar ese disfraz ya era aterradora, pero pensar en ser vista por Mateo vestida así era mucho peor. Especialmente después de aquellos sueños.
Esa noche, Aline le escribió:
“Habrá fiesta en casa de Fer, de disfraces, de este viernes al otro. ¿Vienes?”
Mateo respondió rápido:
“Claro, tengo que pensar en un disfraz. ¿De qué irás tú?”
Aline tragó saliva. No podía decírselo.
“Es sorpresa”, contestó.
“Espero que sea algo sexy 😏”, bromeó él.
Aline desvió la conversación con rapidez:
“Entonces te paso la dirección. Debes llegar solo. Las chicas y yo quedamos de arreglarnos juntas más temprano.”
Y al enviar el mensaje, se quedó mirando la pantalla del celular durante varios minutos. La fiesta se acercaba… y lo que más miedo le daba ya no era el disfraz, sino lo que podría sentir esa noche.

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