lunes, 16 de marzo de 2026

Distancia y descubrimiento (6)


 

Capítulo 6 – Distancias y descubrimientos

Los meses siguientes transcurrieron con cierta monotonía. Terminamos el curso escolar y comenzó el siguiente: mi último año en la primaria. Once años, casi doce, y cada día me levantaba en un cuerpo que aún me costaba reconocer como mío.

Gabriel ya no me visitaba con tanta frecuencia. Al principio eran una vez por semana, luego cada quince días, después tenía suerte si me venía a ver una vez al mes.

—Debe estar jugando con los otros chicos —pensaba, intentando no darle importancia.

En esa etapa de mi vida anterior, mi vida como chico, ambos nos habíamos unido al equipo de fútbol de la escuela y habíamos participado en torneos regionales. Incluso llegamos a quedar en segundo lugar en el intercolegial. Lo recordaba con claridad: la emoción de los partidos, la camaradería en el vestuario, las bromas después de cada encuentro. Al parecer, Gabriel estaba reviviendo esa parte de su infancia casi igual que antes. Pero para mí, todo era diferente.

Yo pasaba las tardes en casa de Mariana o recibiéndola en la mía. Jugábamos baloncesto, veíamos películas, intercambiábamos secretos. Era una vida tranquila, pero distinta a la que había conocido como niño. A veces, cuando Mariana se dormía en las pijamadas y yo me quedaba despierta mirando el techo, pensaba en cómo sería estar en el equipo de fútbol ahora. En cuánto quería correr detrás de un balón en lugar de estar atrapada en la vida de una niña.

Cuando Gabriel me visitaba, me contaba todas sus aventuras. Llegaba con su uniforme deportivo aún puesto, el cabello sudado, los ojos brillantes de emoción. Con la experiencia acumulada de haber sido un chico de diecisiete años, decía haber adquirido una claridad táctica que le permitió destacar en los partidos. Incluso ganaron el torneo regional.

—Y entonces metí el gol de la victoria —contó, entusiasmado, gesticulando con las manos—. El portero se lanzó para un lado, yo leí su movimiento, y simplemente la puse en el otro. ¡Fue increíble, Julieta! Igual que en el partido que jugamos contra la escuela de San Miguel, ¿recuerdas?

Lo escuché en silencio, asintiendo de vez en cuando. Pero por dentro hervía. Cada palabra suya era un recordatorio de lo que había perdido. De lo que él todavía tenía y yo no.

No pude más.

—Para ti todo es fácil —espeté de pronto, cortando su relato—. Volviste a ser un niño y puedes corregir tus errores con la experiencia que tenemos… mientras yo estoy atrapada en faldas todo el puto día, en una escuela donde ya ni siquiera hablo con los chicos porque para ellos soy una niña más. Afuera también, casi solo me relaciono con niñas. ¡Todo es diferente para mí! ¿No te das cuenta?

Gabriel abrió la boca para intentar decir algo, pero lo interrumpí. Sentía las lágrimas quemarme los ojos, la garganta cerrada por la rabia y la frustración acumulada durante meses.

—Vete. Por favor. No quiero verte.

Él me miró un momento, con esa expresión herida que solo había visto en su cara un par de veces en toda nuestra amistad. Luego asintió, dio media vuelta y se fue sin decir palabra.

No volvimos a hablar durante los siguientes meses.

Al principio me sentí aliviada. Ya no tenía que fingir que me alegraba por sus éxitos, ya no tenía que escuchar sus historias de fútbol mientras yo me pudría en casa. Pero pronto el alivio se convirtió en un vacío incómodo. Sabía que había sido un error. Sin Gabriel, no tendría acceso al tótem cuando cumpliera diecisiete, y eso significaba la posibilidad real de vivir como mujer el resto de mi vida.

Pero mi orgullo podía más. No quería disculparme. No quería darle el gusto de verme rota.

La relación entre nosotros quedó suspendida, flotando en un silencio tenso que ninguno de los dos se atrevía a romper.

Un día, llegaron unos enfermeros a la escuela. Recuerdo haberlos visto entrar por la puerta principal mientras estábamos en clase de matemáticas. Hablaron brevemente con el director, y luego dieron instrucciones a los maestros.

Separaron a los alumnos por sexo.

—Todas las niñas, al auditorio con las enfermeras —anunció el profe Hugo—. Los niños se quedan aquí conmigo.

Sentí un nudo en el estómago mientras me levantaba de mi pupitre. Sabía lo que venía. En mi vida anterior, había tenido esa misma charla, pero del otro lado. Había sido de los que se quedaban en el salón, había sido parte de los chicos.

Ahora yo era una de las niñas.

Caminé hacia el auditorio con las demás, sintiendo el roce de la falda contra mis piernas, el peso de mi cabello en la nuca. Mariana caminaba a mi lado, nerviosa.

—¿De qué crees que hablarán? —susurró.

—No sé —mentí.

En el auditorio, nos sentaron en filas, todas las niñas de quinto y sexto grado. Una enfermera subió al estrado y comenzó a hablar. Primero fue una introducción general sobre la pubertad, sobre los cambios que experimentaríamos. Luego vino lo difícil.

—Vamos a hablarles sobre salud reproductiva, enfermedades de transmisión sexual y autoexploración —dijo la enfermera, y sentí que el mundo se ralentizaba.

Me sentí abrumada. Sabía que mi cuerpo estaba cambiando. En los últimos meses lo había notado: mis pechos comenzaban a crecer, pequeños brotes que dolían al rozarse con la ropa. Mis caderas se ensanchaban, apenas perceptiblemente, pero lo suficiente para notarlo en el espejo cuando me miraba de perfil. Cada cambio era un recordatorio de que este cuerpo seguía su curso, de que no era solo una cáscara vacía que pudiera ignorar.

Escuchar esa charla fue, simplemente, atroz.

La enfermera proyectaba imágenes en una pantalla, explicaba con términos clínicos lo que ocurría en nuestros cuerpos. Habló de la menstruación, de los cambios hormonales, de cómo nuestros ovarios comenzarían a liberar óvulos. Yo conocía toda esa información, la había aprendido en biología cuando tenía quince años. Pero escucharla ahora, sabiendo que se aplicaba a mí, a mi cuerpo, era completamente diferente.

Volví en mí justo cuando comenzaban a hablar de embarazo y de cómo ocurría. La enfermera explicaba con todo detalle el proceso de fecundación, y sentí que mis mejillas ardían. Me ruboricé hasta las orejas, mirando fijamente mis manos sobre el regazo, intentando no escuchar.

Nunca me acostaré con un chico, pensé, espantada. La sola idea me revolvía el estómago.

Y sin embargo…

A veces, en los últimos días, me sorprendía mirando a Gabriel en los pocos momentos que coincidíamos. En la escuela, cuando nuestros grupos se cruzaban en los pasillos. En el barrio, cuando lo veía jugar fútbol con los otros chicos. Justificaba esas miradas pensando que lo hacía solo por el tótem, por la esperanza de recuperar mi antiguo cuerpo. Me decía a mí misma que solo lo observaba para asegurarme de que seguía siendo el mismo, de que no olvidaba nuestro plan.

Pero en el fondo sabía que había algo más.

Sentía mariposas en el estómago cuando lo veía. Conocía esa sensación. La había experimentado antes, a esta misma edad, cuando tuve mi primer crush. Había sido con Diana, una de las niñas del salón, la de cabello rizado y sonrisa fácil. Recordaba esas mariposas, la forma en que buscaba su mirada, el cosquilleo cuando se sentaba cerca de mí.

Esto era igual. Pero no era con Diana. Era con Gabriel. Con mi mejor amigo.

Una idea me cruzó la mente como un relámpago, iluminando todo lo que había estado negando durante meses:

No importa lo que haga. El tótem terminará su trabajo. Y yo… terminaré enamorándome de Gabriel. Y él se enamorará de mí. Seremos novios, tal vez nos casemos, incluso puede que le dé hijos.

La idea me aterró, pero no tanto como debería. A una parte de mí, a una parte que crecía cada día, le parecía una idea agradable. Y eso era aún peor.

Salí del auditorio sintiéndome vacía. Las demás niñas cuchicheaban entre ellas, algunas sonrojadas, otras riendo nerviosas. Mariana me tomó del brazo.

—¿Estás bien? Te pusiste muy roja.

—Sí, solo… tengo calor —mentí.

Pero no era calor. Era el terror de descubrir que, tal vez, el deseo no necesitaba magia para cumplirse. Que tal vez, sin darme cuenta, ya estaba en camino de enamorarme de Gabriel. Y que esa posibilidad, esa puta posibilidad, era lo más humillante de todo.

Porque yo era Romeo. Y Romeo no se enamoraría de un chico. No se enamoraría de su mejor amigo.

domingo, 15 de marzo de 2026

Cumpleaños de princesa (5)

 



Capítulo 5 – Cumpleaños de princesa

Me quedé paralizada cuando vi a mi mamá entrar a la habitación con un vestido rosa en las manos. Rosa. Completamente rosa. Con mangas abullonadas, un lazo enorme en la cintura y una falda que parecía sacada de un cuento de hadas. Ella lo extendió frente a mí con una sonrisa ilusionada, como si me estuviera mostrando el tesoro más preciado del mundo.

—Es tu primer regalo de cumpleaños, princesa —dijo.

Debí haber puesto cara de terror, porque mi mamá frunció el ceño y preguntó con cierta duda:

—¿No te gustó?

—No es eso… es que olvidé que era mi cumpleaños —respondí, esforzándome por ocultar el rechazo que me provocaba la prenda más femenina que había visto en mi vida.

*¿Esto es lo que soy ahora? ¿Alguien que usa vestidos rosas con lazos?*

—Me encanta, mamá —mentí, para no herirla.

Minutos después, ya con el vestido puesto, mi madre anunció con entusiasmo:

—Ven, con un atuendo tan bonito tengo que maquillarte un poco y peinarte.

Pasé la siguiente media hora sentada, aburrida, mientras mi madre me producía con esmero. Sentía sus dedos enredándose en mi cabello, el tirón suave de las trenzas, el roce de las brochas en mis mejillas. Cada toque era un recordatorio de mi nueva realidad. Al terminar, me giró hacia el espejo y el resultado fue desgarrador.

En el reflejo había una niña coqueta y hermosa, con dos trenzas que la hacían ver aún más infantil. Mis mejillas tenían un rubor suave, mis labios brillaban ligeramente. Parecía salida de un cuento. No podía creer que esa imagen fuera realmente yo. No podía creer que esa niña del espejo, con su vestido de princesa y su mirada ingenua, fuera la misma persona que hace unos meses era un chico de diecisiete años jugando videojuegos con Gabriel.

Esperaba que nadie me viera así. Sobre todo, me aterraba la idea de que Gabriel me viera. Él sabía quién era en realidad, y que me viera de esta forma sería… humillante. Lo peor es que una parte de mí, una parte diminuta y rebelde, pensaba que el vestido no era tan feo. Que el color rosado no era tan malo. Y esa parte me daba más miedo que el propio vestido.

El cuerpo infantil de niñas y niños no es tan diferente, y a veces no me sentía tan lejana de quien había sido. Mi estatura era prácticamente la misma, y mis facciones, similares. Lo que realmente me recordaba mi nueva situación eran la falda escolar, el cabello largo y los peinados marcadamente femeninos. Bueno, también la ausencia de mi amiguito en mi entrepierna, pero intentaba no pensar mucho en eso... Pero ese día, con aquel vestido de princesa, no cabía duda: ya no era un niño. Ya no quedaba nada de Romeo.

Mientras veía a mis padres decorar la casa con globos rosas, manteles de princesas y centros de mesa con coronas, pensé: *Sin duda estoy vestida para la ocasión.* Recordé que, en mi otra realidad, mi fiesta de once años había sido de superhéroes. Había globos azules y rojos, un pastel con la cara de Batman, y en vez de un vestido, mi mamá me regaló un disfraz de Spiderman. Me lo puse en cuanto abrí el paquete y no me lo quité en toda la tarde.

Sentí una punzada de envidia por el niño que fui. Por el niño que podía correr sin preocuparse por mostrar las bragas, que podía sentarse con las piernas abiertas sin que nadie le dijera nada, que podía ser él mismo sin tener que fingir.

Cerca de las dos de la tarde llegaron Mariana y sus amigas, además de otras niñas del salón. Todas llevaban vestidos, aunque ninguno tan elaborado como el mío. Mariana me abrazó en cuanto me vio.

—¡Qué bonito vestido! —exclamó, y las demás asintieron.

Sonreí, agradecida de que el rubor en mis mejillas pudiera confundirse con el maquillaje.

Jugamos a las escondidas y a las atrapadas por toda la casa. Al principio me sentía torpe con el vestido, consciente de cada movimiento, de cómo la falda volaba cuando corría. Pero poco a poco, entre risas y gritos, fui olvidándome. Luego mi papá anunció que había un brincolín en el patio.

—¡Sí! —gritaron todas, saliendo corriendo.

—No se preocupen por mostrar los calzones, niñas —dijo mi mamá riendo—. No invitamos a ningún niño para que puedan saltar sin problemas.

Luego, le dirigió una sonrisa a mi papá:

—Ve adentro, amor. Las niñas van a jugar.

Mi papá asintió y desapareció dentro de la casa. Yo me quedé quieta un momento, procesando. No hay niños. Solo niñas. Así podemos saltar sin preocuparnos. Era lógico, pero también era un recordatorio de que yo ya no pertenecía al grupo de los niños. Que mi lugar ahora era este: con las niñas, en el brincolín, con el vestido vuelto loco por los saltos.

Pasamos la siguiente hora saltando, gritando y riendo sobre el brincolín. Noté que más de una vez las bragas de mis amigas quedaban al descubierto, y estaba segura de que las mías también. Pero no importaba. Nadie nos miraba. Nadie iba a burlarse.

Todas somos niñas, pensé. Y por un momento, solo por un momento, eso no me pareció tan malo.

Después comimos hamburguesas y pastel. Me senté en el suelo con las demás, compartiendo papas fritas y riendo de cosas sin importancia. Mariana se sentó a mi lado y me pasó un pedazo de pastel.

—Feliz cumpleaños, Julieta —dijo.

—Gracias —respondí, y sonreí de verdad.

Al final, mi cumpleaños como niña no había estado tan mal.

Ya al atardecer, cuando todas las invitadas se habían ido y solo quedábamos mis padres y yo, mi mamá me acarició el cabello con ternura. El gesto era el mismo de siempre, el mismo calor en la mano, la misma suavidad. Pero ahora lo hacía con una niña, no con un niño.

—El próximo año cumplirás doce, princesa. Seguramente este fue tu último cumpleaños tan infantil. Espero no haber exagerado con el vestido.

Recordé que, en la otra realidad, mi madre me había dicho algo muy similar… solo que esa vez se disculpaba por el disfraz de Spiderman, no por un vestido. Y me había llamado "hijo" en lugar de "princesa".

Comprendí entonces que lo importante seguía intacto. El amor de mis padres era el mismo, aunque me trataran distinto. Aunque usaran palabras diferentes. Aunque me vieran como una niña.

Y, aunque me costara admitirlo, la fiesta no había sido tan terrible. Recordé cómo corría tras mis amigas, cómo reíamos mientras saltábamos juntas, con los vestidos flotando en el aire… y no pude evitar sonreír.

Algo en mi interior estaba cambiando. Mi mente comenzaba a ajustarse, a soltar poco a poco los vestigios de los diecisiete años que alguna vez tuve. Por primera vez, me sentí más cerca de ser esa niña que todos veían. No era que hubiera dejado de extrañar a Romeo, no era que hubiera aceptado del todo mi nueva realidad. Pero por un momento, solo por un momento, dejé de luchar contra ella.

Me miré al espejo una última vez antes de quitarme el vestido. La niña de las trenzas y el rubor me devolvió la mirada. Ya no me resultaba tan extraña.

Yo me se sentía, al fin, como una niña.

sábado, 14 de marzo de 2026

Nuevos lazos (4)


Capítulo 4 – Nuevos lazos

Las semanas siguientes fueron, en general, parecidas entre sí. Gabriel comenzó a integrarse cada vez más con el viejo grupo de amigos que antes fue de ambos. Los veía en el recreo desde lejos, corriendo detrás del balón, riendo con esas bromas que antes compartíamos. A veces nuestros ojos se encontraban y él me dedicaba una sonrisa rápida, como pidiendo disculpas, antes de volver al juego. Yo sonreía de vuelta, fingiendo que no me importaba.

Pero sí me importaba. Me importaba mucho.

Yo, en cambio, apenas intercambié palabras con quienes, en mi otra vida, en mi vida de chico, habían sido mis mejores amigos. Ya no compartíamos los mismos juegos… ni el mismo género. Cuando me cruzaba con ellos en los pasillos, apenas me dirigían la mirada. Para ellos, yo era solo una niña más. Una desconocida. El mismo niño que había sido su amigo durante años había sido borrado de su memoria, reemplazado por esta versión femenina que no les interesaba.

En cambio, comencé a hacerme cercana a algunas niñas del salón. Entre ellas, Mariana, con quien rápidamente formé un vínculo especial. Me había invitado un par de veces a jugar a su casa, a solo unas calles de distancia. Mariana tenía un aro de baloncesto en la pared del patio, y pasábamos horas lanzando tiros, riendo y sudando bajo el sol.

Descubrí que el baloncesto podía ser tan emocionante como el fútbol. Me gustaba sentir el peso del balón en las manos, el golpe sordo contra el tablero, la satisfacción de encestar. Por momentos, cuando corría y saltaba, casi olvidaba que ahora era una niña. Pero siempre, al detenerme, sentía el roce de mi cabello contra mis hombros o la ausencia de volumen en mi entrepierna. Recordaba que antes podía quitarme la camisa cuando hacía calor; aunque yo aún no tenía senos, no estaba bien visto que una niña anduviera con el torso desnudo. Otra libertad que había perdido.

A veces, después del juego, Mariana sacaba sus muñecas o insistía en ver una película de princesas. Al principio me resistía. Me parecían ridículas, aburridas, tan alejadas de lo que realmente me gustaba. Pero con el tiempo terminé cediendo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era lo que hacían las niñas. Y yo, incluso si no quería, era una niña ahora.

Entre risas y voces fingidas, fuimos construyendo un mundo propio. Una tarde, mientras vestíamos muñecas y tomábamos limonada, pensé:

Tener una mejor amiga es muy diferente a tener un mejor amigo.

Y no sabía si eso era bueno o malo. Por un lado, había algo reconfortante en esa intimidad nueva, en las confidencias susurradas, en la forma en que Mariana me tomaba de la mano sin pensarlo dos veces. Por otro lado, ada gesto de complicidad femenina me recordaba lo lejos que estaba de quien solía ser.

—¿Qué pasa entre tú y Gabriel? —preguntó Mariana, con tono casual mientras ajustaba un vestido diminuto a su muñeca.

—¿Eh? Nada. Es mi amigo. ¿Por qué?

—Mi mamá habló con la tuya. Dijo que él te visita al menos una vez por semana. Y que le parece que eres muy pequeña para tener novio.

Escupí parte de mi bebida. Sentí el líquido frío resbalar por mi barbilla y el calor subirme a las mejillas. Me ardía la cara, y no solo por la vergüenza, sino por lo absurdo de la situación. Apenas hace unos meses yo era un chico de diecisiete años, y ahora estaba aquí, con una amiga de diez, negando tener novio como si fuera algo ofensivo.

—¿¡Qué!? ¡No es mi novio! Solo jugamos videojuegos.

Mariana sonrió con esa sonrisa cómplice que las niñas parecen aprender por ósmosis.

—Bueno… si te visita tanto, a lo mejor le gustas.

—No es eso —dije, y noté que mi voz temblaba ligeramente—. Es complicado. Además, creo que a él todavía no le gustan las niñas. Y a mí… no me gustan los niños.

Lo dije sin pensar demasiado, pero con una sinceridad que me sorprendió. Mariana asintió como si entendiera, aunque era imposible que entendiera. Nadie podía entenderlo. Ni siquiera yo entendía del todo lo que acababa de decir.

Mientras el lazo con Mariana se fortalecía, también comencé a notar cómo Gabriel se volvía inseparable de Marco. Los veía en el recreo, siempre juntos, compartiendo chistes, jugando fútbol, haciendo ese saludo especial con las manos que antes era nuestro. El que inventamos cuando teníamos once años y jurábamos que solo nosotros lo sabíamos hacer. Ahora lo hacía con Marco.

Una parte de mí se sintió traicionada. Otra, profundamente celosa. Pero reprimí ambas emociones. Gabriel era el único que conocía la verdad sobre mi identidad, y también el único que tendría acceso al tótem en el futuro. No podía permitirme alejarlo. Así que fingía que no me molestaba verlo tan cercano a Marco. Sonreía cuando me contaba de sus aventuras juntos, asentía cuando mencionaba lo buen amigo que era. Pero cada vez que Gabriel me visitaba los fines de semana, me costaba más mantener la sonrisa. Me costaba más no preguntarle si prefería pasar el rato con Marco en lugar de conmigo.

Así pasaron los primeros seis meses viviendo como una niña. Entre juegos de muñecas, películas de princesas y canastas en el patio, entre consolas compartidas y secretos callados, fui navegando mi nueva vida con una mezcla de aceptación y esperanza. A veces, cuando estaba sola en mi habitación, me miraba al espejo y trataba de encontrar al chico que fui, a Romeo. Pero cada día era más difícil. Cada día, la niña del reflejo me resultaba menos extraña.

Y eso, quizá, era lo más humillante de todo.

Que empezaba a acostumbrarme.

viernes, 13 de marzo de 2026

Cambios visibles (3)

 


Capítulo 3 – Cambios visibles

Cuando mi papá llegó esa primera noche, sentí que el mundo se me vino encima otra vez. Él siempre me había tratado con respeto, con esa complicidad entre varones que nunca necesitó palabras. Recuerdo cuando me enseñó a lanzar una pelota, cuando me llevó a mi primer partido de fútbol, cuando me dijo "hoy te convertiste en un hombrecito" después de ayudarle a cambiar una llanta. Con él, nunca hicieron falta los discursos; nos entendíamos en los silencios.

Pero ahora que ya no era un niño, sino una niña, mi papá me decía "princesita" y usaba una voz empalagosa para hablar conmigo. Llegó del trabajo, me vio sentada en la sala y su rostro se iluminó con una sonrisa que no le conocía.

—¿Cómo está mi princesita? —preguntó, revolviéndome el cabello con una suavidad que me hizo sentir diminuta.

Cada vez que lo hacía, sentía que algo dentro de mí se resquebrajaba. Como si mi antigua identidad se desdibujara un poco más. Como si el Romeo que fui se borrara lentamente, reemplazado por esta versión femenina que él acariciaba con tanta naturalidad.

—Bien, papá —respondí, y mi voz aguda sonó como una traición.

Me pregunté si así me vería siempre. Si para él, para mi propio padre, yo era solo una nena dulce y delicada a la que debía proteger. El mismo hombre que me enseñó a ser fuerte, ahora me hablaba con esa ternura que antes reservaba para mis primas.

Las clases no fueron un problema. Conservaba todas mis memorias de cuando tenía diecisiete años, y los ejercicios de primaria me parecían casi insultantemente fáciles. Podía resolver divisiones de tres cifras en segundos y entendía los textos antes de que el maestro terminara de leerlos. A veces levantaba la mano solo por aburrimiento, por sentir que aún podía hacer algo mejor que los demás.

Pero los recreos… esos eran otra historia.

El segundo día como niña, vi a los niños —mis antiguos amigos, los mismos con los que solía jugar— reunirse para el partido de fútbol. Me acerqué con timidez, esperando que me invitaran. Era automático, un impulso de siete años de hacer lo mismo cada recreo.

—¿Puedo jugar? —pregunté.

Uno de ellos, al que recordaba como mi compañero de equipo, me miró de arriba abajo.

—Este juego es rudo para niñas —dijo con desdén, y los demás asintieron.

Antes de que pudiera insistir, un maestro intervino desde atrás.

—Con esa falda no puedes jugar, Julieta. Podrías caerte y enseñar los calzones. Ve con tus compañeritas.

Las palabras me ardieron como fuego. Sentí el rostro arder, las piernas desnudas de repente demasiado expuestas. Bajé la mirada, ajusté la falda instintivamente y me alejé sin decir nada.

Unas niñas del salón me llamaron con un gesto para que me uniera a ellas. Me senté en el círculo que formaban sobre el pasto, escuchando sus charlas sobre mascotas, películas de princesas y coreografías de moda. Asentía sin mucho interés, fingiendo que me importaba.

Desde ahí, vi a Gabriel anotar un gol. Los niños lo levantaron en hombros, celebrando. Sentí una punzada en el pecho. Siempre había sido mejor jugador que él. Siempre. Pero ahora ni siquiera me permitían competir. Ahora mi lugar era este: observar desde lejos, con las piernas juntas y la falda bien pegada a los muslos.

¿Esto será siempre así?, pensé. ¿Mirar desde la banca mientras los demás juegan?

Dos días después, pasé el recreo con Gabriel. Al principio fue agradable. Nos reímos, recordamos bromas internas, incluso compartimos un paquete de papas como en los viejos tiempos. Por un momento, casi olvidé que llevaba falda, que era una niña. Casi olvidé que mi cuerpo era diferente.

Pero pronto empezaron las burlas. Algunos niños nos miraban desde lejos, se daban codazos, reían. Luego vinieron las cantaletas, ese tono burlón que todos conocemos:

—¡Julieta y Gabriel, se van a casar!

—¡Qué bonito es el amor!

Bajé la mirada. Sentí las mejillas arder. Nunca antes me habían molestado esas bromas. Cuando era Romeo y me las hacían con alguna niña, me reía, me encogía de hombros, a veces hasta las provocaba. Pero no era lo mismo. No era lo mismo que dijeran que eras el novio de una niña… a que ahora dijeran que eras la novia de un niño. El mundo se había invertido, y yo estaba en el lado equivocado.

Después de ese día, empecé a pasar los recreos con las chicas. Muchas resultaron simpáticas, incluso divertidas, aunque los juegos y las conversaciones aún me resultaban ajenos. Hablaban de cosas que nunca me interesaron, se reían de chistes que no entendía del todo. Poco a poco encontré algo entretenido en esa dinámica, pero aun así… hubiera dado lo que fuera por volver a ser un chico. Por volver a correr detrás de un balón sin que nadie me dijera que podía "enseñar los calzones".

Gabriel comenzó a visitarme algunas tardes. Desde los diez años solíamos visitarnos con frecuencia, pero pronto descubrí que como niña no me permitían ir sola a casa de un niño. Cuando lo mencioné, mi mamá puso el grito en el cielo.

—¿Ir a casa de Gabriel? ¿Solos tú y él en su habitación? ¡Ni lo sueñes, Julieta!

En cambio, cuando él venía a mi casa, era bien recibido. Aunque mi mamá insistía en dejar siempre la puerta abierta.

—Por si acaso —decía, y yo entendía perfectamente qué significaba ese "por si acaso". Antes, cuando yo era Romeo, las madres de mis amigas decían lo mismo. Ahora entendía por qué ellas se sonrojaban.

Mientras jugábamos videojuegos, comíamos botanas, nos burlábamos de los programas cursis de la tele —y sobre todo, mientras yo podía usar pantalones en lugar de esa maldita falda—, era fácil ignorar el resto. Por momentos, casi sentía que todo seguía igual. Que yo era Romeo y él era Gabriel, y el mundo estaba en orden.

Pero luego Gabriel se iba. La puerta se cerraba y el silencio llenaba la habitación. Me levantaba del suelo, me acercaba al televisor apagado y me veía en el reflejo.

Trenzas. Cuerpo menudo. Voz suave que aún resonaba en mi cabeza.

Y recordaba.

Nada era igual. Yo no volvería a ser un hombre hasta dentro de 7 años.

jueves, 12 de marzo de 2026

Julieta, la niña (2)


Capítulo 2: Julieta, la niña

En la calle, en público, la falda a cuadros, la camisa de algodón blanca, las calcetas hasta las rodillas y la diadema que estaba usando me hacían sentir muy apenada. Apenas ayer era un chico de diecisiete años normal y hoy era una niña de diez años arreglada como una muñequita. En lugar de los zapatos con agujetas que recordaba, ahora llevaba unos con broches enormes y una pequeña hebilla en forma de flor. Todo en mi apariencia era muy femenino.

Cada paso que daba fuera de casa me recordaba mi nueva condición. Sentía la brisa matutina acariciarme las piernas desnudas, un cosquilleo constante que no podía ignorar. Antes, con mis jeans o pantalones de uniforme, el viento solo me rozaba la ropa. Ahora lo sentía directo sobre la piel, como un recordatorio permanente de que llevaba una falda. De que era una niña. Me ruboricé al cruzar la esquina. No podía creer que realmente estaba en el exterior vestida así, que la gente me viera, que mis vecinos me saludaran como si nada. Para ellos siempre había sido Julieta. Para mí, esta era la primera vez que salía a la calle siendo una niña, y cada mirada me atravesaba como una aguja.

Cuando llegué a la escuela, me senté en mi vieja silla. La misma donde había pasado incontables horas en tercero de primaria. Todo me parecía un déjà vu constante. Sin embargo, al mirar mis piernas cubiertas solo por la falda, pensé que no era exactamente un déjà vu: sí, había pasado un año entero en ese pupitre, pero siempre con pantalones. Ahora, cada pequeño detalle se sentía… diferente. La madera del asiento contra la parte trasera de mis muslos. La forma en que tenía que juntar las piernas para no mostrar nada. Ese gesto tan natural en las niñas, y que yo tenía que aprender por instinto de supervivencia. Ajusté la falda inconscientemente, tirando del borde hacia abajo, y me odié un poco por hacerlo.

Gabriel llegó poco después y se sentó en la silla junto a la suya. Junto a la mía.

—Este es el lugar de mi mejor amigo, Romeo —dijo el niño de diez años, frunciendo el ceño. No me reconocía. Claro que no. Para él, yo era una extraña.

Abrí la boca para responder, para decirle "soy yo, imbécil", pero el maestro entró al salón saludando.

—¡Buenos días, niños!

—¡Buenos días, profesor! —contestamos todos con esa cantinela infantil que antes repetía sin pensar. Ahora me sentía ridículo.

—Ayer nos quedamos en divisiones con dos dígitos, pero antes de que se me olvide, voy a pasar lista —dijo el profe Hugo, el mismo de siempre, el que había sido nuestro maestro hacía siete años.

Fue nombrando a cada alumno como todos los días. Nombres que recordaba, caras que reconocía. Todos mis compañeros de tercero, los mismos con los que jugaba fútbol en el recreo. Me pregunté si ellos también me recordarían, si en esta línea de tiempo yo había sido su amiga, o si solo me veían como una niña más en el salón.

—Santiago Vázquez Julieta —dijo el profesor.

—Presente —respondí, casi por inercia.

El nombre completo me sonó a condena. Santiago Vázquez, mi apellido, el de mi familia. Pero antepuesto, como si fuera el segundo. Y Julieta, como si siempre hubiera sido así. Me presenté con una voz que no era mía, y sentí las piernas desnudas rozarse bajo el pupitre.

Gabriel giró lentamente la cabeza. Lo vi procesar. Conocía bien esos apellidos. Había estado en mi casa cientos de veces. Sabía cómo me llamaba. Era imposible no atar cabos.

...

Durante el recreo, nos alejamos de los demás y nos sentamos en la jardinera detrás del edificio, donde solíamos escondernos para hablar de cosas de "mayores" cuando éramos niños. El mismo lugar, siete años después, pero éramos nosotros otra vez. Bueno, yo era otra.

—¿En verdad eres tú? —preguntó Gabriel, aún incrédulo, mirándome como si fuera un fantasma.

—Claro que soy yo, tonto —dije, y noté con horror que mis labios hicieron un puchero involuntario. Un gesto que mis nuevos músculos faciales habían ejecutado solos. Me sonrojé de inmediato. ¿Desde cuándo hacía pucheros? ¿Era algo que mi cuerpo hacía ahora por defecto?

Gabriel no pareció notarlo, o no le dio importancia.

—¿Y por qué estás usando una falda? —insistió el niño, señalando mi uniforme.

—¡Porque soy una niña! ¿No lo ves? —respondí, y el ardor en mis mejillas aumentó—. Ese estúpido hechizo no solo nos regresó en el tiempo… también me convirtió en esto.

—Entonces… —dudó—. ¿Se supone que nos vamos a enamorar?

Ambos hicimos un sonoro "¡Iuuuugh!" al mismo tiempo, y luego nos miramos, asqueados y divertidos. Pero por dentro, yo solo estaba asqueado. Por dentro, yo era Romeo y la idea de enamorarme de mi mejor amigo me revolvía el estómago. Aunque una parte diminuta de mí, la que ahora estaba atrapada en este cuerpo de niña, sintió algo que no quise reconocer.

—Claro que no —dije firme—. Iremos a tu casa, buscaremos el estúpido tótem y desharemos esto.

Gabriel bajó la mirada. Jugueteó con una piedrita entre los dedos.

—No podemos. Mi tío no encontrará el tótem hasta dentro de más de cinco años… y recién me lo dará cuando cumpla diecisiete.

La revelación me cayó como un balde de agua fría. Sentí que el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Siete años. Tendría que vivir así… como una niña… durante siete años.

Miré mis piernas. La falda se había levantado un poco al sentarme y pude ver más piel de la que quería. La bajé rápidamente, sonrojada. Gabriel también me estaba viendo las piernas y eso me hizo sonrojar aún más. Lo peor es que tendría que vivir siete años usando esto. Siete años con bragas en lugar de calzoncillos. Siete años respondiendo al nombre de Julieta. Siete años sin poder mear de pie, sin poder quitarme la camisa en la calle cuando hace calor, sin poder ser yo.

Lo peor no era el tiempo. Lo peor era que nadie lo sabría. Que para todos, yo sería una niña. Entonces recordé que el deseo que pedimos decía que ambos nos enamoraríamos al pasar el tiempo y sentí un terror recorrer mi espalda. Dejé de pensar en eso de inmediato.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Gabriel.

Apreté los dientes. Sobre mis piernas desnudas, una hormiga caminaba lentamente. La sacudí con asco.

—Sobrevivir, supongo.

miércoles, 11 de marzo de 2026

El totem (1)


Capítulo 1 – El tótem

Conocí a Gabriel cuando teníamos diez años, después de que nos castigaran por pintar las paredes del salón con plumón indeleble. Ese día él sacó el plumón de su mochila y comenzó a rayar una pared; sin mediar palabra, me pasó el marcador y continué su dibujo. Fue una conexión instantánea, casi espiritual. Antes de terminar nuestra obra, la maestra llegó al salón y nos llevó a la dirección. Desde entonces fuimos inseparables. Tareas, videojuegos, escaparnos de las reuniones familiares. Nos entendíamos sin palabras, con esa conexión que crees que durará para siempre. Yo era Romeo, él era Gabriel, y así estaba bien.

Cuando Gabriel cumplió diecisiete, su tío Álvaro —arqueólogo, excéntrico, siempre con regalos raros— le mandó un paquete. Un tótem pequeño, tallado en madera oscura, con dos caras enfrentadas y alas diminutas en la espalda. Incluía una nota:

"Esto es más que un souvenir de la Sierra del Tigre. Es un artefacto mágico. Según la leyenda, si dos personas sinceras piden el mismo deseo al mismo tiempo, este se cumple... aunque no siempre de la manera esperada. Feliz cumpleaños, sobrino."

Gabriel me lo mostró riéndose, y yo me reí con él.

—¿Y qué vas a pedir? —pregunté—. ¿Una novia que te dure más de un mes?

Me miró de un modo que no supe interpretar entonces. Nostalgia, quizá.

—He estado pensando… Las novias que he tenido, no sé, todo se siente forzado. Me gustaría salir con alguien que haya sido mi amiga desde siempre, con quien realmente tenga cosas en común.

—No tienes ninguna amiga —señalé, burlón—. ¿De verdad crees que esa cosa funciona?

—Tal vez… Lo que quiero decir es que, si hubiera tenido una mejor amiga desde niño, alguien con quien compartiera todo… tal vez sí podría enamorarme. Alguien que me conociera de verdad, que fuera parte de mi historia.

Lo miré fijo.

—Suena a película cursi.

—Se necesitan dos para pedir el deseo. ¿Me ayudarías? Solo por diversión.

Me encogí de hombros.

—¿Qué rayos? Hagámoslo.

Sostuvimos el tótem juntos, cerramos los ojos y dijimos al unísono: *"Deseamos que Gabriel haya tenido una mejor amiga desde niño… y que se enamoren al crecer".*

Nada pasó. Ni luces, ni truenos, ni música épica. Solo el ventilador y el crujido de la silla.

—Bueno, fue divertido —dije—. ¿Vamos por una pizza?

...

Cuando desperté al día siguiente, supe que algo estaba mal.

Mi cuarto ya no era azul. Era verde limón. Verde puto limón, brillante, chillón. Mi cama era más pequeña. Mis manos también. Me senté de golpe, respirando rápido.

La PlayStation seguía ahí, pero los discos estaban ordenados en una caja decorada con pegatinas de gatitos. Gatitos. Yo nunca tuve pegatinas de gatitos.

Miré a mi alrededor. Todo me resultaba familiar pero ajeno, como si estuviera en la casa de un primo lejano. Hasta que caí en la cuenta: era mi habitación. La que tenía cuando tenía diez años, aunque estaba algo cambiada. ¿El deseo había funcionado? ¿El tiempo había vuelto atrás? ¿Gabriel conocería a una niña y serían amigos para luego ser pareja?

Me levanté de un salto. Mis piernas eran delgadas, ridículamente delgadas. El espejo junto a la puerta no estaba ahí antes —yo nunca tuve un espejo en mi cuarto a esa edad—, pero ahora sí. Y cuando me miré…

Por un segundo pensé que había vuelto en el tiempo, que había vuelto a ser un niño. Pero no. Tenía mi cara infantil, sí, los mismos ojos grandes y oscuros, el rostro todavía redondeado por la infancia. Pero mi cabello era largo. Largo y en dos trenzas estúpidas que me caían sobre los hombros. Miré hacia abajo. Pijama rosada, estampada con Kero-chans de Sakura Cardcaptor. Nada que ver con mi pijama naranja de Gokú, la que usaba a esa edad. No pude evitar deslizar mi mano hacia mi entrepierna. No había nada. Mi amiguito había desaparecido. Yo era una niña. No solo había perdido siete años, también había cambiado de género.

—¿Qué demonios…?

Y entonces lo entendí. El deseo. El tótem. La advertencia de *"no siempre de la manera esperada"*.

No había vuelto a ser un niño. Había retrocedido en el tiempo, sí, pero todo había cambiado. Había vuelto en el tiempo y me había convertido en una niña.

—¡Julieta! —gritó mi mamá desde la cocina—. ¡Se te hace tarde para la escuela! ¡Apúrate y cámbiate!

Julieta. Me llamó Julieta. Como si siempre me hubiera llamado así. Como si Romeo nunca hubiera existido.

Bajé al desayuno en piloto automático. Tomé mi uniforme escolar del clóset: era el uniforme femenino, tendría que usar una falda. Sentir mis piernas desnudas y usar bragas era bastante malo, pero no podía hacer nada al respecto. Bajé a desayunar y mi mamá me sirvió hot cakes con forma de corazón y un jugo rosa de fresa con pajilla en espiral. Todo rosa, todo empalagoso, todo diseñado para una niña…

—¿Dormiste bien, hija? —preguntó con esa dulzura que antes me parecía normal.

Asentí. ¿Qué más podía hacer?

—Sí, mamá. Solo estoy un poco adormilada.

Mi voz sonaba aguda, infantil. Femenina. Cada palabra que salía de mi boca me recordaba que esto no era un sueño. Mi mamá me hablaba como si siempre hubiera sido así, como si no hubiera nada extraño en que su hijo de diecisiete años hubiera desaparecido y en su lugar hubiera una niña de diez con trenzas y pijama de gatitos. Porque en esta realidad, en esta línea de tiempo nueva, yo siempre había sido Julieta. Siempre había sido su hija.

Y según el deseo, según aquella estupidez que ayudé a pedir, yo estaba destinada a ser la mejor amiga que Gabriel había tenido desde niño. La que compartía todo con él. La que lo conocía de verdad. La que se enamoraría de él al crecer.

Me quedé mirando los hot cakes en forma de corazón y sentí algo retorcerse en mi estómago. Algo que no era solo miedo o confusión.

Era humillación.

Porque yo era Romeo. Yo era el que se tiraba de cabeza desde los columpios para impresionar a los otros niños. El que jugaba al fútbol como ningún otro chico. El que podía mear de pie sin pensarlo dos veces. Y ahora estaba aquí, con trenzas y pijama de niña, desayunando corazones de masa frita mientras mi madre me llamaba "hija" con naturalidad absoluta. Todo lo que me hacía sentir yo, todo lo que era, había sido borrado de un plumazo. Y lo peor era que nadie lo notaba. Nadie lo notaría nunca.

Mordí un hot cake. Sabía dulce. Demasiado dulce.

Tragué el bocado con esfuerzo. Sabía que sería un día largo.

martes, 10 de marzo de 2026

Hace 5 años


Hace cinco años, un amigo descubrió que estaba a punto de heredar una enorme fortuna, pero solo si se casaba en treinta días. El contrato decía que se suponía que debía casarse con una mujer, pero no era específico. Mi amigo me pidió ayuda así que tomé una píldora rosa y me casé con él. 



Pensamos que lo anularíamos al poco tiempo pero la letra pequeña decía que teníamos que permanecer casados ​​al menos diez años y tener al menos dos hijos. Hemos decidido que sea para siempre; me encanta ser su bella y sumisa esposa, y él me ama. Y creo que ya estoy lista para ser madre por primera vez.




lunes, 9 de marzo de 2026

ÍNDICE DE CONTENIDO


📌 ÍNDICE DE CAPTIONS

🔹 CAPTIONS
¿No te interesan los relatos largos y solo quieres ver captions? Puedes encontrarlas todas [aquí]

🔹 CAPTIONS SERIALIZADAS
Si te gustan las captions pero prefieres que tengan continuidad, en esta sección encontrarás algunas que se desarrollan como una historia. Puedes empezar a leerlas [aquí]

🔹 CLÍNICA VENUS
¿Te atrae la temática de transformación total? En esta sección encontrarás captions ambientadas en la Clínica Venus, una empresa que se dedica profesionalmente a convertir hombres en mujeres. Puedes explorarlas [aquí].

🔹 TOP
Lo mejor de lo mejor. Aquí están recopiladas las captions que han logrado destacar en los tops semestrales o anuales del blog. Si quieres empezar por las favoritas del público, puedes hacerlo [aquí]

📌 ÍNDICE DE RELATOS


🔹 EL DETECTIVE CON FALDAS (EN PUBLICACIÓN)
Tony es un niño muy inteligente… aunque un poco bajito para su edad. Cuando su prima Shirley ve a una misteriosa niña encerrada en el anexo de una casa, decide investigar. Consigue que la inviten junto a un grupo de amigas, pero para no levantar sospechas, le pide a Tony que se una a ellas... como Antonia, otra "niña" del grupo.
Ese es solo el comienzo de las aventuras del Detective con faldas, que resolverá más de un misterio armado con ingenio, vestidos y lápiz labial.
Puedes comenzar a leer su historia [aquí]

🔹 DISCIPLINA DEL LÁPIZ LABIAL (EN PUBLICACIÓN)
Greg se está volviendo un chico difícil: miente, engaña y rompe las reglas. Su madre, decidida a corregir su conducta, toma medidas drásticas.
Pronto, Greg se verá transformado en Pamela, la hija ejemplar que mamá siempre quiso. El mal comportamiento quedará atrás, y en su lugar llegará una nueva vida: amistades inesperadas… y hasta algún beso con otro chico. Puedes leer su historia [aquí]

🔹 LA NOVIA DE MI MEJOR AMIGO (15 PARTES)
Esta historia sigue a Daniel, un chico común cuya vida cambia para siempre tras recibir la misteriosa luz de un meteorito. Al despertar, descubre que ahora es Daniela. Solo su mejor amigo —¿o se volverá algo más?— Guille conoce la verdad. Juntos, buscarán una solución al "problema", mientras los sentimientos entre ellos comienzan a cambiar. Puedes comenzar a leerla [aquí]



🔹 ENAMORADO DE MI MEJOR AMIGA L (7 PARTES)
Carlos está enamorado de Paola, pero hay un pequeño detalle: ella es lesbiana. Desesperado por tener una oportunidad, decide tomar una misteriosa pastilla rosa que lo transforma en Carolina. Lo que comienza como un intento por acercarse a ella, se convierte en un viaje inesperado de descubrimiento personal y nuevos sentimientos. Puedes leer la historia completa [aquí]

🔹 CONEJITA EN PATINES
Esteban es el asistente del entrenador de las Roller Rabbids, un equipo femenil de hockey sobre asfalto, cuando la jugadora estrella es lesionada en un juego. El coach y la doctora del equipo le proponen a Esteban usar el "Protocolo: Afrodita" para que pueda convertirse en mujer y ser parte del equipo. Por desgracia, o fortuna, esto implicará nuevas aventuras y emociones femeninas para Esteban o mejor dicho para Dulce. Puedes leer la historia completa [aquí]


🔹 LA AVENTURA DE KARINA
Daniel es el dueño de un exitoso negocio de ecoturismo pero cuando engaña a Elena, ella lo castiga convirtiéndolo en mujer. Ahora Daniel, convertido en Karina tendrá que mantener su negocio a flote mientras se acostumbra a su nuevo cuerpo. Al poco tiempo uno de sus empleados le comienza a parecer atractivo y se verá envuelta en un nuevo mundo de emociones femeninas. Puedes leer la historia completa [aquí]






Juego de Confianza


Tres meses. Ese era el tiempo que llevaba viviendo en este cuerpo, el que el «Gran Cambio» me había dado. De Brandon, el chico que era, a Brenda, la chica que ahora soy. Mi mejor amigo, Iván, fue mi único y constante apoyo. Para normalizarlo todo, volvimos a nuestras apuestas de siempre. La primera vez que perdí le modelé una lencería de colegiala, una experiencia que despertó en mí una confusa y ardiente chispa. Cuando volví a perder me hizo usar lencería negra para hacerle un sándwich y me dio una nalgada cuando terminé. 

Había pasado una semana desde entonces, la pantalla del televisor mostraba dos karts a punto de cruzar la meta en Mario Kart. Contuve la respiración, pero fue el personaje de Iván quien cruzó primero. Él soltó el mando con una sonrisa de pura satisfacción. "Te va a gustar el castigo" dijo, y supe que terminaría usando ropa erótica de nuevo.

"Vale, ¿cuál es el castigo?", pregunté, con miedo y con expectación. 

"Primero, ponte algo lindo, muñeca", ordenó, con voz suave pero firme. Asentí y subí a mi habitación. Me puse la minifalda a cuadros del conjunto de colegiala y un top color vino. No me gustaba admitirlo pero me gustaba que Iván me viera como una hembra. Mi outfit era provocativamente sensual.

Al bajar, su mirada se detuvo en mí, y una sonrisa lenta de aprobación cruzó su rostro. «Perfecta. Ahora, sigue tu castigo».

Señaló el sofá. «Ponte a cuatro patas, sobre tus manos y rodillas. Y después, cierra los ojos. No te vas a mover, pase lo que pase. Confía en mí».

Una oleada de vulnerabilidad absoluta me recorrió, pero obedecí. La posición era increíblemente expuesta, la falda corta, en esa posición,  dejaría ver mis diminutas bragas y buena parte de mis nalgas. Me sonrojé hasta las orejas y cerré los ojos. Sentí el peso de Iván  hundiendo el sofá al lado mío, su aliento caliente acariciando mi nuca.

«Que guapa estás…», susurró, su voz un roce sedoso en mi oído que me erizó la piel. «Me encanta verte así, completamente rendida».

Un grito ahogado escapó de mis labios cuando algo frío, un cubo de hielo, se deslizó lentamente por mi espina dorsal, sobre la fina tela del top. El contraste era electrizante. Sus dedos, cálidos y firmes, reemplazaron al hielo, siguiendo la misma ruta con una deliberación que me volvía loca.

Siguió recorriendo mi cuerpo con el hielo y con sus dedos. Tocó mis nuevas caderas. Mis nalgas. Y se detuvo justo antes de llegar a mi entrepierna. Yo estaba toda mojada. Luego se puso frente a mí. 

"Eres increíble, Brenda", murmuró, y esta vez su boca estaba tan cerca que su labio inferior rozó el mío con la presión de una mariposa, una promesa que me hizo arder por dentro.

Inconscientemente, incliné la cabeza hacia él, buscando ese beso que anhelaba con cada fibra de mi ser. Pero él me detuvo. Abrí los ojos, desorientada y jadeante. Él estaba allí, mirándome con una intensidad que prometía y negaba al mismo tiempo.

"No…," dijo, su voz áspera por una contención que me resultó agonizantemente excitante. "Todavía no. Eso será cuando yo gane de nuevo".

Se incorporó y se alejó, dejándome temblando en el sofá, con el sabor fantasma de sus labios en los míos y la humillante, deliciosa certeza de que nunca en mi vida había anhelado perder una apuesta tanto como la siguiente.


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Esta Caption pertenece a una serie:

Parte 1: Las Apuestas

Parte 3: Juego de Confianza (Actual)



sábado, 7 de marzo de 2026

Nunca más


La infidelidad no solo destruyó mi matrimonio, desencadenó una metamorfosis que cambió todo lo que creía saber sobre mí mismo. Mi esposa, consumida por el dolor y la ira que le causé, encontró la manera perfecta de asegurarse de que jamás volviera a herir a nadie. Con la ayuda de su hermano mayor, un hombre de convicciones inquebrantables y métodos poco convencionales, orquestaron mi transformación.

Ella cambió mi medicamento para las alergias por una píldora rosa. La tragué sin sospechar nada, y al día siguiente desperté convertida en mujer. Caderas anchas, senos firmes ocupando mi pecho, un cuerpo más pequeño, más suave. Me miré al espejo y no podía creerlo. Mi vida como hombre había terminado.

Lo que comenzó como una condena —una vida diseñada para que nunca más pudiera estar con otra mujer— se convirtió en algo que nunca pedí pero que hoy no cambiaría por nada. Bajo la tutela de mi ex-cuñado, un hombre paciente y severo, fui despojada de mi antigua piel y de mis viejas costumbres. Me enseñó a caminar en tacones, a sentir la tela de una falda contra mis piernas, a maquillarme frente al espejo mientras sus manos corregían cada error. Y en esa nueva mirada, en esta nueva piel, en esta nueva perspectiva, encontré algo inesperado: una paz que nunca conocí cuando era hombre.

La felicidad, esa compañera esquiva que siempre me miró de lejos, comenzó a florecer en los pequeños gestos. En la conexión genuina con otras mujeres, ahora como una igual. En las noches donde ya no soy el que conquista, sino la que es conquistada. Y sobre todo, en los brazos del hermano de mi ex esposa. Porque ahora soy su novia. Y te confieso algo: que me tome mi propio cuñado es una experiencia más intensa y profunda que cualquier encuentro que tuve cuando era hombre. Es como si mi cuerpo hubiera estado esperando esto toda la vida, y yo tan distraído, buscando en lugares equivocados.

Hoy camino con las caderas marcadas, con el labial perfecto, con las uñas pintadas, y sonrío. Porque al final, ella tenía razón. Esto era lo que necesitaba.




INDICE. DISCIPLINA DEL LÁPIZ LABIAL.




Crearé esta entrada para que puedan tener una lectura más fácil de la saga de la disciplina del lápiz labial. 


EL NACIMIENTO DE PAMELA

El nacimiento de Pamela incluye los capítulos que explican porque Greg comenzó a usar ropa de niña hasta ser bautizado Pamela y sus primeras aventuras en público.

Capítulo 1: Los primeros años

Capítulo 2: El nuevo sabor del jabón

Capítulo 3: Mentiras rosas

Capítulo 4: Charlas de chicas

Capítulo 5: Mi secreto es descubierto

Capítulo 6: Más cambios

Capítulo 7: Un día muy extraño.

Capítulo 8. Una tarde más extraña

Capítulo 9: Un nuevo régimen


PAMELA LA NIÑA

Los capítulos siguientes hablan de la introducción de Pamela a los rituales femeninos desde su primer limpieza femenina, hasta su primer cumpleaños como chica, su primera cita en vestido, sus primeros sueños húmedos femeninos y su primer trabajo en vestido y tacones.

Capítulo 10: Juegos Secretos

Capítulo 11: Fantasías de una madre y su hija

Capítulo 12: La cumpleañera

Capítulo 13. Fiesta para una debutante

Capítulo 14. Diversión en verano.

Capítulo 15. Atrapado en un bikini..

Capítulo 16: La prueba

Capítulo 17. El Día de Sadie Hawkins

Capítulo 18: La primera cita de Greg

Capítulo 19: Una noche de sorpresas

Capítulo 20: Una novia agradecida

Capítulo 21: Víctima de las circunstancias

Capítulo 22: Dama de Servicio

Capítulo 23: Desventuras en braguitas

Capítulo 24: Pamela, la maid

Capítulo 25: Un nuevo trabajo


DANI, LA AMIGA DE PAMELA

Estos capítulos compilan la historia de cómo Greg/ Pamela conoció a un chico con el mismo gusto por la ropa femenina que él/ ella. Primero comienzan a convivir en la escuela como chicos, pero pronto terminan usando ropa provocativa en público y besando a un chico que iba pasando en el lugar y momento indicado.

Capítulo 26: Un nuevo amigo

Capítulo 27: Intercambiando Secretos

Capítulo 28: Novios o novias

Capítulo 29: Las cosas se complican

Capítulo 30: Pamela Sale a la Luz

Capítulo 31: Que desastre

Capítulo 32: Las chicas se preparan.

Capítulo 33: Noche de chicas

Capítulo 34: Una chica y sus amigas

Capítulo 35: Confesiones

Capítulo 36: Un estado de confusión

Capítulo 37: Atrapado


PAMELA, LA HIJASTRA

Cuando Greg se va de vacaciones con su papá piensa que los días usando vestidos han terminado, al menos por un tiempo. Pero su madrastra, Louise, descubre su secreto rápidamente y lo hace usar vestidos en el cine, en la plaza e incluso en un bar dónde coquetea con un hombre mayor en una de las etapas de aventuras más atrevidas de Pamela.

Capítulo 38: Mamá y Louise

Capítulo 39: La buena hijastra

Capítulo 40: Madrastra e hija

Capítulo 41: Aventuras en el arcade

Capítulo 42: Película para chicos

Capítulo 43: Amigas

Capítulo 44: De vuelta a las andadas

Capítulo 45: El pretendiente

Capítulo 46: Papá conoce a su niña



PAMELA VICTORIOSA

Después de la visita a su padre Greg cree que puede dejar de usar vestidos, sin embargo, nada sale como él esperaba y termina atrapado en faldas de nuevo. Poco después conoce a Kevin y se da cuenta que siente cosas por él ¡cosas de niña! La confusión en él es tanta que decide rendirse a su lado femenino y adoptar la personalidad de Pamela permanentemente.


Capítulo 47: Recuperando el control

Capítulo 48: Dejando ir y dejando entrar

Capítulo 49: Aparece Kevin

Capítulo 50: De Vuelta las Bases

Capítulo 51: Pamela toma su lugar

Capítulo 52: Pamela hace su debut



EPILOGOS

La historia no es original mía, hice un trabajo de traducción y corrección de estilo porque me gusta mucho y quería compartirla con ustedes. Crearé algunos capítulos a forma de epilogo porque creo que la historia se abandonó en un momento muy inadecuado, aún se podía explorar la relación con Kevin a Pamela en una cita doble con Kathy y dos chicos. Y muchos cabos que quedaron sueltos. Espero poder escribir sobre ello pronto y darle un mejor cierre a la historia.

Capítulo 53: En un futuro (espero) no muy lejano

viernes, 6 de marzo de 2026

Pamela hace su debut (52) FINAL

 



Capítulo 52. Pamela hace su debut.

Después de salir de la farmacia, mamá condujo el coche hasta el estadio del instituto.

"¡Dios mío, me está poniendo en evidencia!", pensé.

—¿Por qué no te retocas el maquillaje, cariño? —dijo finalmente mi madre—. Quieres verte bien para tus amigos, ¿verdad?

Sentí como si estuviera en una pesadilla, pero hice lo que me decía. Tenía la boca seca como un trapo cuando salí del coche, pero mantuve el rumbo y me uní a mi madre, con los tacones resonando al caminar por la acera. Mientras nos deteníamos frente a la vitrina de trofeos de la entrada del instituto, me vi reflejado y me mareé. No me parecía en nada a Greg Parker. No era solo la peluca y el vestido de lunares. Era la forma en que me paraba y me movía.

Respiré hondo y sentí una oleada de renovado coraje al acercarnos al estadio. Estaba decidido a seguir actuando cómo chica hasta el final, aunque me aterraba que me reconocieran.

Al cruzar la puerta, no llamé demasiado la atención. El hombre que recogía las entradas me miró un instante. Sentí una oleada de vergüenza al darme cuenta de que me estaba mirando los pechos.

Caminamos mucho tiempo, mi madre guiándo con ese paso lento y despreocupado que me hacía la vida imposible; estaba tan preocupado que fijé la vista en sus pies, sin atreverme a levantar la vista.

Por fin salimos de la escalera, nos abrimos paso entre la multitud y nos sentamos en las gradas. Estaba tan nervioso que no sabía si era mi corazón o el bombo de la banda lo que latía tan fuerte. Me llevó un minuto armarme de valor para mirar a mi alrededor. Mamá me dio un codazo y me dijo que me sentara derecho.

—¿Qué pasa, cariño? Pensé que querías venir al partido. —Me miró con curiosidad—. ¿No te lo estás pasando bien?

—Oh, claro, mamá. Esto es genial.

Me obligué a sonreír. En el fondo deseaba poder escaparme y esconderme, pero no iba a dejar que mi madre supiera lo asustado que estaba.

Curiosamente... allí estábamos, en medio de la multitud, y nadie parecía saber quién era. Por otro lado no vi a nadie conocido. Entonces me di cuenta de que la pandilla con la que andaba probablemente andaba por los niveles inferiores. Casi todos los que estaban sentados a nuestro alrededor eran chicos mayores. Nadie parecía prestarme atención. Supongo que era porque mi madre estaba conmigo. Incluso pude disfrutar del partido.

Nuestro equipo iba perdiendo. Pero estaban dando un buen espectáculo. Había pensado en probar para el equipo, pero el entrenamiento de béisbol siempre interfería. Y ahora... no podía imaginarme en el campo, corriendo hacia el touchdown. Una mirada al dobladillo de mi vestido y a mis piernas cubiertas de nailon me lo impedía.

En el descanso, mamá me dio algo de dinero y me mandó a comprar botana. Hubiera preferido saltar desde lo alto de las gradas, pero simplemente sonreí y dije:

—Claro, mamá. No hay problema.

Logré bajar las escaleras sin matarme.

Casi me muero cuando vi a varios de mis compañeros de clase junto a la escalera. Me preparé para la lluvia de comentarios burlones. Apretando los brazos para ocultar mis pechos, esperé lo peor.

Al bajar las escaleras, sentí un nudo en el estómago. Allí, justo en medio del grupo, estaba Joe con una chaqueta de cuero. Me quedé paralizado. Mi último encuentro con él fue violento y aterrador. Apenas podía moverme. El problema era que no estaba en posición de luchar ni de huir. Miré mis tacones y suspiré.

"Ahí viene", pensé con inquietud.

Bajé las escaleras con cuidado y me armé de valor al ponerme frente a Joe y sus amigos. El chico alto me miró fijamente, y sus ojos se posaron casi de inmediato en mi pecho y mi trasero. A juzgar por su sonrisa, no tenía ni idea de quién era yo. Me mordí el labio, eché los hombros hacia atrás y seguí adelante.

—Ay, nena —dijo mi archienemigo sugestivamente—. Mami, ¿por qué no vienes a casa conmigo? Tienes unas tetas preciosas.

Los comentarios de Joe me hicieron sonrojar y tuve que obligarme a no mirarlo. Mi reacción no fue precisamente sutil y todos sus amigos soltaron cosas como "¡Qué tetas tan bonitas!" y "¡Mira ese trasero!". Intenté moderar el balanceo de mis caderas, pero entre la faja, los tacones y semanas de práctica, fracasé estrepitosamente.

—¡Estirada! —espetó Joe mientras caminaba hacia mí.

Sentí una sensación aterradoramente familiar y me di cuenta de que me había agarrado el dobladillo del vestido. Por un instante, mi faja y la parte superior de mis medias quedaron expuestas a la vista de todos. Una oleada de silbidos, gemidos y comentarios desagradables ahogó el sonido del juego.

Reprimiendo el pánico, me giré y le lancé al chico sonriente una mirada gélida. A pesar de mi cara sonrojada, debía haber hecho algo bien. Hizo una pausa y luego bajó la mirada. Por un instante pude ver al niño que una vez fue. Una oleada de coraje se encendió en mi interior y no pude evitar sonreír.

—¿Ya terminaste de mirar? —dije imitando a Louise—. Porque eso es todo lo que vas a hacer, pequeño señor, solo mirar. Ninguna chica guapa te tocaría jamás.

Me acerqué y lo agarré del brazo. Me sorprendió descubrir que la chaqueta de cuero de aspecto rudo que llevaba no era más que una imitación barata de plástico. Un arrebato de osadía me llenó de energía y presioné mis uñas afiladas a través de la fina tela hasta llegar a los músculos de su bíceps. Me sorprendió gratamente descubrir que era más grasa que músculo. Apreté con fuerza y obtuve la reacción que buscaba.

—¡Ay! ¡Maldita sea, chica, eso dolió! ¡Joder, quítame esas garras del brazo!

Convertí mi sonrisa en un puchero burlón, sacando el labio inferior para beneficio de sus amigos alborotadores.

—Lo siento. ¿La niña lastimó al tipo malo? Lo siento, cariño. Quizás deberías buscar a un mariquita para molestar.

No sé exactamente cómo sucedió, si fue mi actuación, mi agarre en su brazo, la peluca y el vestido que llevaba... o fue una combinación de todo. Podía sentir media docena de pares de ojos sobre mí mientras sonreía y les guiñaba el ojo a sus amigos. ¡No podía creer que funcionara! Fue como si de repente yo estuviera al mando.

Los amigos de Joe se dieron cuenta de lo sucedido y fueron tras él como una manada de hienas a por un león herido. Sin soltarse el brazo, Joe se olvidó de mí y se vio envuelto en un aluvión de burlas, insultos y desafíos.

Me di la vuelta para marcharme. En lugar de molestarme, sus amigos se hicieron a un lado. Simplemente reanudé mi tarea, integrándome entre la multitud con toda la gracia y dignidad de una señorita.

"¡Wow, eso fue increíble!", pensé al llegar a la planta baja del estadio. "¡No tenía ni idea de que pudiera hacer algo así!".

Mi suerte finalmente se acabó en el puesto de comida. Unos chicos que conocía de mi clase trabajaban allí para recaudar fondos. De repente, me encontré frente a alguien que vería a través de mi disfraz.

—Me pareces conocida —dijo una adolescente rubia con una mirada suspicaz.

Respiré hondo y asentí. No tenía sentido alargar esto más de lo necesario.

—Eh, sí, Christine. Soy Pamela.

Christine me miró a los ojos y luego dejó que sus ojos recorrieran mi cuerpo de lunares.

—¿Pamela? ¡Dios mío! —dijo Christine con un tono musical—. ¿Greg Parker? ¿Qué haces… con pintalabios… con ese pelo… y ese vestido? ¡Dios mío! ¡Estás guapísima!

Me aclaré la garganta y fingí que no pasaba nada.

—Eh, hola. ¿Me das dos palomitas, por favor? ¿Y dos Coca-Colas Light pequeñas?

—Claro, un segundo. —La chica me miró extrañada un momento y le dio mi pedido al chico que atendía la máquina.

Era Robert Young, un estudiante de segundo año al que conocía de la clase de arte. Sentí un nudo en el estómago al pensar en qué pasaría si me reconocía. Oí a Christine mencionar mi nombre, y lo miré fijamente, justo cuando él me miraba a los ojos, con una mirada curiosa. Sentí que se me subía la sangre a la cara, pero logré mantener la calma, devolviéndole la mirada vacía.

"Quizás si finjo que no lo conozco, no me reconozca", pensé.

Mi experimento no dio resultados. Robert frunció el ceño, terminó de preparar mis bebidas y pasó al siguiente pedido. Me miró de nuevo mientras pagaba, pero estaba demasiado ocupado mirándome los pechos como para molestarse en averiguar quién era.

Christine no me dejó escapar tan fácilmente.

—¡Estás guapísima, Greg! ¡Tu pelo se ve increíble! ¡Dios mío! Ojalá Danny estuviera aquí . ¡Se muere por verte así! Estabas muy guapa la última vez que se juntaron, ¡pero ahora estás preciosa! ¿Cómo es que estás tan arreglada esta noche? ¿Viniste con Kathy?

No pude evitar sonrojarme. Por muy pesada que fuera, Christine estaba feliz de verme y no podía enojarme con ella por eso.

—Yo, eh... No exactamente. Estoy aquí con mi mamá. Nunca ha ido a un partido, así que nos arreglamos y, bueno, aquí estamos.

—Bueno, eso no explica lo del pintalabios y el bolso —dijo mi nueva amiga con una sonrisa—. Espera a que se lo cuente a Danny. Ha estado muy enfadado contigo desde que te cortaste el pelo. ¿Se pelearon o algo?

Me encogí de hombros y sonreí.

—Algo así. Me gustaría verlo algún día. Espero que no siga enfadado conmigo.

Christine me miró fijamente un segundo y luego negó con la cabeza.

—¡No lo estará cuando vea lo guapa que estás! ¡Dios mío, esa peluca es escandalosa! ¡No puedo creer que seas tú! Sé que cuando Danny descubra que estabas aquí así... te va a buscar.

Estaba hecho un manojo de nervios cuando volví donde estaba sentada mi madre. Me había cruzado con al menos una docena de amigos al subir las escaleras, pero nadie parecía darse cuenta de quién era. Joe y su pandilla no estaban por ningún lado. No podría haber estado más contento.

—Veo que tuviste un pequeño problemilla —dijo mamá a mi regreso—. Ese chico fue un buen reto. Lo hiciste bien. ¿Pasó algo más que deba saber?

Me encogí de hombros y negué con la cabeza. Me presionó para que le diera más detalles, sonriendo radiante cuando le confesé que Christine me había confrontado en el puesto de comida.

—Parece que tienes problemas con chicos y con chicas —dijo riendo—. Danny obviamente está enamorado de ti y Kathy parece ser de las que prefieren las cosas a su manera.

—Oh, sí que lo es. Créeme. Y Danny es otra historia.

Mamá dio un sorbo a su bebida y me guiñó un ojo.

—No te olvides de Kevin. Creo se muere por ti. Y tú también por él. Harán bonita pareja.

Sonrojándome al pensarlo, cambié de tema rápidamente.

—No puedo creer lo fácil que fue lidiar con Joe. Y lo que es aún más raro, cuando pasé junto a los chicos, no puedo creer que nadie me reconociera. Pasé de largo, mamá. Sé que me vieron.

—Oh, sí que te vieron, cariño. Simplemente no vieron quién eras.

—¿Qué quieres decir? Saben quién soy, ¿verdad? ¿Cómo pudieron no verme?

Mi madre me miró con lástima.

—¿No lo entiendes, boba? Ay, 'Pamela', piénsalo. Usa esa cabeza bonita. ¿Quieres decir que después de todo lo que has pasado, de verdad no sabes por qué esos chicos no te reconocieron?

Sintiéndome más estúpido que de costumbre, me encogí de hombros.

—Bueno, no lo sé. Dime tú.

—¡Es porque no te miraban a la cara, tonta! ¡Te miraban al cuerpo! —Mamá bajó la mirada hacia mi corpiño y sonrió—. Son chicos, ¿recuerdas?

Tardé un par de segundos en entenderlo. Cuando lo hice, no me gustó lo que insinuaba.

—¿Quieres decir que me miraban... así? —Me dio asco—. ¡Mamá! ¡No! ¡Por favor, no digas esas cosas! ¡Puaj, qué asco!

Su risa fue tan fuerte que me dio aún más vergüenza.

—Bueno, es verdad. Piénsalo. ¿Qué miras cuando ves a una chica guapa?

Empecé a decir algo ingenioso, pero me mordí la lengua.

—¡Ajá! No te inventes nada. Te conozco. Eres igualito a tu padre, ¿sabes? Lo primero que ven ustedes dos cuando miran a una chica no es su cara. Suelen ser sus pechos, ¿verdad? O su trasero. ¿Por qué esos chicos deberían ser diferentes?

Mamá se acercó, susurrándome al oído.

—Piénsalo, cariño... esta noche, cuando estén en casa, tranquilos y masturbándose, estarán pensando en esa niñita tan mona del vestido rojo, con las piernas largas y los pechos grandes.

—¡Mamá! —Mi cara debió ponerse de 20 tonos de rojo. La imagen mental de un grupo de chicos masturbándose mientras fantaseaban conmigo me daba náuseas.

Sonrió.

—Es un hecho. Mientras se jalan sus pijas, estarán pensando en ti, en tus lindas tetas y en tu nalguitas gordas. Imagínatelo. Deberías estar orgullosa, cariño. Solo tienes catorce años y ya tienes tu club de fans.

Puse una cara fea.

—¡Qué asco, mamá...! ¡Por favor!

Por muy asqueroso que sonara todo eso, sabía que tenía razón. Vaya, no era nada nuevo; desde la primera vez que salí de casa pataleando y gritando con un vestido, los chicos me habían mirado. Es justo lo que habría hecho si hubiera visto a una chica guapa. Y a todos los efectos, ahora yo era una chica guapa. A pesar de mi ridículo corte de pelo.

—No me gusta que los chicos me miren así —murmuré enfadado—. ¡Lo odio! ¡Es enfermizo!

Mi madre asintió.

—Y por eso tienes que tener cuidado. ¿No viste a ese chico hace un rato, intentando mirarte por debajo del vestido mientras subías las escaleras? Tuvo una vista perfecta de tu faja y tus medias.

Estiré el cuello para ver de quién hablaba. Me dieron ganas de ir a pegarle.

Mi madre se rió.

—Oh, no te molestes en mirar, tonta. No te tocó, incluso fue algo discreto. Solo estaba siendo un niño.

—¡Pero mamá, estaba siendo grosero!

—Puede ser. Pero lo haces todo el tiempo. O sea, como 'Greg', ¿verdad?

—Ya no —juré.

Mamá me miró de esa manera otra vez y se rió.

—Ah, sí. Claro.

Al final nos quedamos en el estadio hasta el último cuarto. Durante el resto del partido, permanecí sentado en silencio, como una dama, aplaudiendo en los momentos oportunos y prestando mucha atención al juego. Crucé los brazos en un vano intento de ocultar mis pechos y me aseguré de mantener las rodillas juntas...

"Un hombre no sería tan precavido", pensé con tristeza.

Desde ese día, las cosas empezaron a cambiar entre mi madre y yo. Por mucho que odiara hacerlo, me entregué a ser la mejor "Pamela" posible. Se acabaron las quejas y lloriqueos, se acabó intentar demostrar que podía más que ella, se acabaron las evasivas y los planes a sus espaldas. Todo eso era cosa del pasado.

La vida ahora era mucho, mucho más complicada. También era más interesante y, en cierto modo, divertida. Entre las miradas de celos que "Pamela" recibía de otras chicas y mis experiencias con chicos como Danny y Kevin, y sí, incluso con los patéticos como Joe, nunca me aburría.

Como "Pamela", me esforcé por complacer a mi madre y por mantener la paz familiar. "Greg" era alguien a quien dejaba atrás cada día en el autobús escolar. Y la tensión entre mi madre y yo, bueno, a veces seguía ahí, pero poco a poco empezó a desaparecer. Casi hizo que mi decisión de dejar de luchar contra ella valiera la pena.


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Este es el final de la serie regular, escribiré algunos capítulos más en forma de epílogo pero serán autoconclusivos explorando diferentes fasetas de la vida de Greg/ Pamela. No es exactamente la misma manera en que se ha explorado la historia hasta ahora.

jueves, 5 de marzo de 2026

Pamela toma su lugar (51)


Capítulo 51. Pamela toma su lugar.

Estaba anocheciendo cuando por fin dejamos a la Sra. Henderson y a sus bebés. Tras haber sobrevivido a mi primera experiencia como niñera, me sentía feliz. Mientras mi madre me llevaba al supermercado, me arreglé, me retoqué el pintalabios y, me comporté como una nena. Al salir del coche, aceleré un poco el paso, dándole más movimiento a mi bolso y a mis caderas.

—Espera a que Rita me vea —dije con confianza—. ¡Apuesto a que ni siquiera sabrá quién soy con mi peluca nueva!

Para mi horror, mamá me llevó directamente a los productos de higiene femenina y me hizo elegir algunos "necesarios". Sentí que se me calentaba la cara mientras rebuscaba entre tampones, compresas y productos para duchas vaginales. Me temblaban las manos al elegir y sentía un escalofrío al pensar en cómo me hacían sentir estos pequeños instrumentos.

Logramos encontrar a mi antigua niñera. Me acerqué a ella y le sonreí. Me devolvió la sonrisa y dijo:

—¿Puedo ayudarla?

Miré los productos femeninos que llevaba en los brazos y suspiré.

—Ah, sí, gracias —respondí—. He tenido unos cólicos terribles y me preguntaba si me podrías recomendar algo.

La adolescente miró mis compras. Luego sonrió.

—Ya veo. Bueno, señorita, no soy médico, pero podría intentarlo...

La voz de Rita se fue apagando al mirar a mi madre de pie junto a mí. Luego me miró a mí y luego a mi madre. Sus ojos se abrieron de par en par, y luego se iluminó con una enorme sonrisa.

—¿Señora Parker? Si es usted... entonces... ¡Dios mío! ¡Greg!!

Pensé que la pobre chica iba a saltar por encima del mostrador; estaba tan emocionada de verme. Rodeó la puerta de seguridad y corrió a abrazarme. Me apretó tan fuerte que no podía respirar. Sin embargo, me alegró sentir sus pechos y sus caderas presionando contra mi cuerpo.

—¡Greg Parker, qué bromista! ¡Estás increíble!

Miré a mi madre, quien me dirigió esa mirada de "te lo dije". Asentí y di un suspiro de resignación.

La reacción de Rita me emocionó muchísimo. No solo se sorprendió de verme desfilando con el vestido de mi madre, sino que también le alegró que nos tomáramos el tiempo de ir a verla. Recuperé la compostura y la mimé como si fuera una niña de verdad.

—Lo siento, debes estar confundiéndome con otra persona. Me llamo 'Pamela'.

Mi respuesta pilló a Rita y a mi madre desprevenidas. Hubo un instante de silencio, y luego Rita empezó a reírse como la adolescente que era.

—No sé qué te pasa, señorita, pero esta noche estás muy engreída.

Mamá tenía razón. Esa noche sí que estaba engreída, dándole mucha importancia a hacerme pasar por su hija.

Rita no paraba de hablar de mi aspecto.

—¡Estás guapísima, 'Pammy'! No te reconocí para nada con esa melena y esos pechos!

Me sonrojé y miré al suelo. Recuerdo haber visto mis pechos agitarse de la emoción y sentir el corazón acelerado.

—Gracias, Rita. Es divertido vestirme así. Deberías haber visto la cara que pusiste cuando supiste quién era. Fue lo más gracioso que he visto en mi vida.

Fue entonces cuando Rita me dio una sorpresa.

—¿Quieres ver algo gracioso? Antes de irte, tienes que pasarte a saludar a mi hermano, Kevin. Está atendiendo una de las cajas de la entrada. Puedes sorprenderlo. Creo que le interesará verte. ¡Le encantará!

Eso me pilló completamente desprevenido, no sabía que Kevin estaba allí. Miré a mi madre, quien a su vez me dedicó una sonrisa. Después de la conversación que habíamos tenido sobre chicos, supongo que no me apetecía mucho ver a Kevin. Es decir, pensaba en él todo el tiempo, pero no estaba lista.

Sin embargo, el asunto se me escapaba de las manos. Dije algo un poco tonto sobre la falta de tiempo, pero mamá intervino y le aseguró a mi antigua niñera que sí teníamos tiempo de sobra y que veríamos a Kevin antes de salir de la tienda. De repente, estaba cruzando la tienda a toda prisa para enfrentarme a mi peor miedo.

—No seas miedosa, 'Pamela' —bromeó mi antigua niñera—. Le causaste una gran impresión a mi hermano cuando viniste el otro día. Habla de ti todo el tiempo.

A mi madre le pareció interesante ese pequeño detalle.

—¿En serio? Qué bonito, ¿verdad, 'Pamela'? Pensar que Kevin ha estado hablando de ti todo este tiempo. Apuesto a que le interesaría saber cuánto has pensado en él?

—¡Mamá! —exclamé—. ¡Por favor, no digas nada más!

Rita se rió.

—Siempre me pregunté qué tipo de persona le parecería atractiva a mi hermanito. Creo que ahora lo sé.

Mi actuación para el hermanito de Rita no iba a ser todo lo entusiasta que podría haber sido. Una cosa era hacer el ridículo para mi madre y sus amigas; pero presumir en presencia de un chico, ¡sobre todo de un chico que me gustaba!, eso me molestaba un poco. Mamá debió de percibir mi reticencia; me dijo que esperaba que mantuviera mi actitud pasara lo que pasara.

—Esta es tu oportunidad de convencerme de que eres sincera, señorita —dijo con una sonrisa.

—Lo soy, mamá —dije débilmente—. Intento ser buena. Te lo prometo.

—Entonces no me decepciones, cariño. Sé amable con Kevin.

Me daba vueltas la cabeza cuando vi a Kevin trabajando en la caja y casi me fallan las rodillas al ponerme en la fila. Me miró con curiosidad cuando le entregué la caja de tampones, pero no dijo nada. Iba a pasar sin que me reconociera, pero mamá me dio un codazo en las costillas.

—Kevin, ¿no... no me reconoces? —balbuceé—. ¿Tan diferente me veo?

El chico alto y rubio me miró fijamente un instante. Sus ojos recorrieron mi rostro, mi cuerpo y luego volvieron a subir. Noté que bajaba la mirada ligeramente. Pensé que me estaba mirando los pechos, pero recordé mi collar. Lo toqué nerviosamente y sonreí. Me devolvió la sonrisa y asintió.

—Buen truco —murmuró tímidamente—. Casi me atrapas con esa.

Aunque estaba emocionada de verlo, esperaba no tener que hablar con él. Sin embargo, era su hora de descanso, y después de echarnos un vistazo, nos siguió a mi madre y a mí a un pasillo vacío donde charlamos unos minutos.

Kevin no dijo mucho, pero no dejaba de mirarme y sonreír, asintiendo con la cabeza en respuesta a la lluvia de palabras de mi madre. Después de unos minutos, mi madre me dio otro codazo en las costillas y me obligué a charlar un poco mientras ella volvía a buscar algo. Me sentí como un tonto, pero al menos no se rió de mí.

—Supongo que piensas que parezco bastante tonto, ¿eh? —dije finalmente. Apreté el bolso contra el pecho, como si me protegiera de cualquier cosa que pudiera decir.

Recuerdo que los ojos de Kevin parpadeaban, como si intentara no mirarme demasiado fijamente. Me sentí un poco raro mientras recorrieron mi cuerpo, y finalmente se fijaron en mis ojos.

—Oh, eh, no. Para nada. —Su cara se puso roja al apartar la mirada. Fingió vergüenza de que lo pillara mirándome—. Yo... eh, es que todo esto es bastante interesante. Ya sabes, con el pelo largo y todo eso.

—¿Interesante? —me encontré haciendo pucheros.

Kevin frunció el ceño y negó con la cabeza.

—No me refería a eso. Es decir, ¡te ves increíble! Es que... bueno, nunca pensé que pudieras verte así. Te ves tan... tan sofisticada y todo eso. Sigo pensando, eh, que podrías ser modelo... si de verdad quisieras.

La sonrisa en su rostro era tímida, casi dulce.

Me sonrojé al darme cuenta de lo que estaba pasando. ¡Kevin estaba coqueteando conmigo! —Y para complicar aún más las cosas… no lo odiaba precisamente.

"Bueno, eso tiene sentido", pensé. "Probablemente él sea gay y yo una especie de niño raro que usa vestidos".

Hubo un silencio incómodo, y entonces dije algo tonto sobre jugar a disfrazarme con mamá. Kevin respondió con una sonrisa encantadora. No tenía ni idea de lo que me había dicho, pero por ese instante, con esa mirada… me hizo sentir que no era tan tonto como creía. De hecho me hizo sentir, por primera vez en mi vida, como si ser mujer no fuera mala idea. Podría estar en sus brazos, besarlo y ser su novia. Esas cosas que una chica puede hacer y un chico no.