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Capítulo 57: Confidencias
El fin de semana fui a hacer limpieza a casa de los Johnston y de la señora McCuddy, como todas las semanas, por supuesto ataviada con mi uniforme de maid. Luego, el domingo visitamos a los Johnston como todas las semanas. Pude ver a Kevin, pero solo fueron unos minutos, me saludó con un beso apasionado en los labios. Platicó un poco con todas y luego se disculpó y se fue a su habitación a seguir estudiando. Fue un momento breve, pero suficiente para que su beso me durara todo el día.
La semana siguiente se pareció mucho a la anterior. Cada día me sentía más cómodo usando vestidos en público, en la farmacia, acompañado por Rita. Ella me daba todo tipo de consejos femeninos: para los cólicos, para los chicos, sobre la ropa. Sentía que ella me veía por completo como una chica. Me acostumbraba tanto al trabajo que ya podía platicar mientras ordenaba los estantes, e incluso las claves de la registradora ya las conocía de memoria.
Un día, mientras limpiábamos el mostrador, Rita me dijo:
—Si te incomodan las miradas de los chicos, sonríeles y diles "hola, ¿te puedo ayudar en algo?".
Como no había muchas cosas que hacer, apliqué su estrategia. Y funcionaba. La mayoría no sabían qué contestar, balbuceaban algo y se volvían mucho más discretos para mirarme. Rita sonreía cuando me veía aplicar su consejo.
—Sé que no llevas mucho siendo mujer —me dijo—. Tengo mucho que enseñarte, Pam.
Me sonrojé. Pero no me molestó. Al contrario, me gustaba que ella me viera así.
El jueves, casi terminando mi segunda semana trabajando en la farmacia, Rita estaba más callada de lo habitual. Mientras ordenábamos los productos, noté que sus manos se movían más lentas, que su mirada se perdía en el vacío.
—¿Pasa algo? —pregunté.
Rita suspiró. Apoyó los codos en el mostrador y se quedó mirando la puerta un momento.
—Terminé con mi novio de la universidad —dijo, con voz cansada—. Lo hice por teléfono. Pero las últimas semanas que nos vimos, en el campus, discutimos mucho. Las cosas estaban mal desde hacía tiempo.
No supe qué decir. Rita siempre había sido tan alegre, tan segura de sí misma, que verla así me descolocaba.
—¿Qué pasó? —pregunté, con cuidado.
—Me di cuenta de que nunca le gusté de verdad. Solo le gustaba mi cuerpo. —Hizo una pausa, y su voz se quebró ligeramente—. Es lo malo de ser una chica linda, Pam. Muchos chicos te quieren, pero solo de forma superficial. No les interesa conectar contigo a un nivel más profundo. Solo quieren poseerte.
Sus palabras resonaron en mi interior. Pensé en cómo los chicos, e incluso el señor del bigote en el bar, a menudo solo veían mi cuerpo y querían tocarme, como si quisieran usarme. Luego pensé en Kevin. En cómo siempre había sido amable, en cómo reíamos y bromeábamos, en cómo podíamos pasar horas hablando de tonterías y pasarlo bien. Apenas comenzamos a besarnos en mi fiesta de cumpleaños, y sin embargo, él no parecía tener prisa por tocar mi cuerpo.
Me sorprendieron esos pensamientos. Hacía poco más de un año yo compraba revistas de chicas en poca ropa y soñaba con tocarlas. Y ahora me preocupaban los pensamientos de los varones respecto a mi cuerpo. Las cosas habían cambiado tanto que a veces me costaba reconocerme.
Rita me sacó de mis cavilaciones.
—Sabes —dijo, con una voz más suave—, siempre quise una hermana menor. Para hablar de estas cosas.
En mi casa yo era el hermano mayor y luego estaba Dave. Nunca fuimos cercanos. A pesar de vivir juntos y ser ambos varones, peleábamos todo el tiempo. Y cuando comencé a usar vestidos, nuestra relación solo se distanció más. Él siempre parecía dispuesto a burlarse de mí, y usar vestido y tacones no hace a un hombre particularmente amenazador.
Nunca conocí una relación fraternal tan cercana. Pero de alguna manera, Rita se sentía como una hermana mayor, y yo era su hermana pequeña. Y eso me gustaba. Aunque no me atrevía a decirlo en voz alta.
—Aquí estoy para lo que necesites —le dije.
Pude ver unas lágrimas en sus ojos, pero logró contenerlas. Respiró hondo, se secó los ojos con el dorso de la mano y forzó una sonrisa.
—Bueno —dijo, cambiando el tono por completo—. Te tengo una buena noticia.
Su rostro se iluminó. Ya no estaba la tristeza de antes, sino una chispa de emoción.
—Hoy presentó su último examen Kevin —anunció—. Y mañana estará en la farmacia con nosotras.
El corazón me dio un vuelco.
—¿En serio?
—En serio. —Rita se inclinó sobre el mostrador y me miró con complicidad—. Y no dejes que mis malas experiencias con los hombres te desanimen. Sé que Kevin y tú harán una maravillosa pareja.
Sentí que los nervios me comían. Tenía ganas de ver a Kevin, pero no habíamos hablado realmente desde la sesión de besos en mi cumpleaños. ¿Cómo sería? ¿Me pediría que fuera su novia? ¿Me invitaría a salir? ¿Qué haría yo? Como chico nunca tuve una relación, y ahora mi rol sería el de la chica de la relación. No sabía si podría hacerlo.
Rita debió ver mis emociones encontradas.
—Sé que todo esto es nuevo para ti, Pamela —dijo con una sonrisa cálida—. Solo sé tú misma.
—¿Yo misma? —repetí, dudando.
—Sí. Mi hermano sabe que debajo de ese maquillaje y ropa eres Greg, un chico, y no tiene problema con eso. Realmente quiere estar contigo. —Rita se acercó un poco más, bajando la voz—. Es un par de años mayor que tú, y le he conocido algunos novios... quizá hasta haya tenido intimidad con algunos. Pero no dejes que eso te intimide. Ninguno de sus exnovios es tan bonito ni tiene tan buen corazón como tú. Son afortunados de tenerse el uno al otro. Solo déjense llevar.
Hubo un silencio. No supe cómo llenarlo. Pero Rita no había terminado.
—Además —añadió, con una sonrisa pícara—, el hecho de que él ya tenga experiencia puede ser algo bueno. Ya sabe cómo cuidar a un chico en la intimidad. Ya sabes, los chicos no lubrican solos como las chicas. Pero seguro que cuando lleguen a eso, él sabrá guiarte...
No podía creer que Rita hablara sobre mí teniendo relaciones con Kevin. Podría jurar que me puse más rojo que nunca en la vida. El calor me subió desde el cuello hasta las orejas, y tuve que apartar la mirada.
—Rita... —alcancé a decir, con la voz temblorosa.
Ella seguía sonriendo, sin inmutarse.
—Solo pensar en ustedes dos juntos me hace olvidar mis problemas —dijo—. Hacen tan bonita pareja.
Finalmente logré sonreír. Quizá, si era la novia de Kevin, significaba que él en algún momento estaría dentro de mí. Esa idea no me desagradaba. Tenía miedo, sí, pero también curiosidad y excitación al pensar en ello.
—Gracias, Rita —dije en voz baja.
—Para eso están las hermanas mayores —respondió, guiñándome un ojo.
Y por un momento, todo el miedo que sentía se disipó un poco. Mañana vería a Kevin. Y pase lo que pase, al menos sabía que tenía a Rita de mi lado.








