Mañana mi otro blog cumple cuatro meses. Allá solo se publican captions, nada de relatos. Publico diario. Tandas de 15 captions y luego descansos de 5 días.
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Desperté una hora después... Estaba abrazada al pecho de Iván. Sentí el body que envolvía mi cuerpo, la tanga metida entre mis nalgas, y recordé todo lo que pasó... le pedí a Iván que me hiciera suya, él me puso en cuatro, hizo a un lado mi tanga y comenzó a embestirme. El recuerdo fue tan placentero que me sonrojé...
Iván estaba viendo su celular, pero cuando me moví, me miró de reojo. Me sentí tan diminuta en mi cuerpo a su lado. Cuando fui hombre, éramos casi de la misma estatura; ahora él era mucho más grande que yo. Mientras lo miraba, él sonrió y comenzó a hablar.
"Ya despertaste. Solo te estaba esperando... es de mala educación dejar a una chica sola después de tener sexo con ella... Debo volver a mi casa, mañana trabajo temprano."
"Eso fue lo que hicimos... ¿solo sexo?"
"No, hubo más que sexo. Pero es difícil aceptar que te estás enamorando de tu mejor amigo, incluso si él ahora es una mujer y está buenísima", dijo con pena.
"Al menos tú aún tienes pene y no te cogieron...", dije sin pensarlo mucho y luego me sonrojé.
"¿No estuvo tan mal, o sí?" me preguntó sin dejar de sonreír.
Me sonrojé aún más y le contesté: "No, no estuvo nada mal".
Ambos reímos.
"¿Ahora qué hacemos?" le pregunté.
"Seguimos como hasta ahora... Al principio te pedí que te pusieras la lencería para ver tu cuerpo. Pero te veías tan hermosa y tan excitada que no pude parar... no puedo parar. Sigamos jugando a nuestras apuestas, veamos a dónde nos lleva todo esto..."
"Está bien", dije pensativa.
Él se levantó y comenzó a ponerse su playera. Al parecer, nunca se quitó el pantalón. De pronto, me sentí más vulnerable con mi body.
"En cuanto me vaya, habrás pagado tu apuesta. Puedes quitarte eso", dijo mirando mi cuerpo. Sentí que me sonrojaba aún más. "Solo quiero que sepas que pase lo que pase, siempre seremos mejores amigos, bro".
"Sí. Siempre seremos bros", dije como respuesta automática.
Cuando se fue, me quedé pensando en todo lo que hablamos. Las dudas me asaltaron: ¿quién era yo ahora? Cuando me estuvo tomando, no me sentí en absoluto un hombre. ¿Dijo que se estaba enamorando de mí? ¿Yo también me estaba enamorando de él? Era una maraña de confusión, pero una certeza emergía con fuerza: quería descubrir todas las respuestas a su lado.
Siempre fui machista. Me burlaba de cómo se vestían las mujeres. De sus voces suaves, sus cuerpos pequeños, su forma de caminar.
—¿Cómo pueden sentirse cómodas con esas faldas tan cortas? —decía—. ¡Parecen muñequitas!
Mi prima escuchó todo por años. Hasta que un día, sin decir nada, me ofreció una bebida con una sonrisa.
—Solo pruébala —dijo.
Y lo hice.
Al día siguiente, desperté con el cabello largo, pestañas gruesas y un cuerpo delgado, suave, frágil. Era una chica. Una adolescente. Y sí… mi prima me hizo usar una falda corta. Muy corta.
Al principio quise gritar. Pero algo en el movimiento de mis caderas, en cómo me rozaban las medias los muslos, me hizo quedarme callada.
Pasaron los días. Ahora soy feliz. Me encanta cómo me quedan los vestidos, cómo me hacen sentir. Amo mis piernas, mis gestos, mi voz. Y cuando los chicos me miran… sonrío.
Hoy me pasó algo que me demuestra que ya no pienso como hombre. Los hombres y las mujeres piensan de manera diferente. Estábamos solos Félix, mi esposo, y yo en el patio trasero y mi esposo estaba besandome. De repente me hizo posar de rodillas, se puso nervioso y vi "esa mirada" en sus ojos. Se llevó la mano a la cremallera y me miró con esperanza.
Les cuento esto porque cuando era hombre y fantaseaba con ser mujer, una situación como esta se habría desarrollado haciéndole una mamada. Pero eso era la libido masculina hablando. Ahora que soy una mujer de verdad, reaccioné como cualquier mujer lo haría: le dije que los vecinos podrían vernos o que alguien podría llegar a casa inesperadamente.¡Dios mío, los hombres no piensan en esas cosas! Sabía que yo habría actuado igual cuando era hombre.
Posdata rápida: Sentí lástima por mi marido debido a su limitada sensibilidad masculina, así que después de que se puso el sol y estuvimos a solas en nuestra habitación, cumplí con mis deberes de esposa cerrando las puertas de nuestro dormitorio y satisfaciéndolo, tratando de no gemir fuerte mientras me llenaba con su jugo masculino.
Yo era un chico popular: Mario. Y por entrar en la prestigiosa fraternidad Alfa Omega, tomé una pastilla rosa que, sin explicación lógica, transformó mi cuerpo en el de una mujer. Ahora, bajo el nombre de Mairim, estoy atrapada en una reunión de la fraternidad, vestida únicamente con un ajustado body de conejita y unos tenis. He pasado la noche sirviendo bebidas y limpiando, soportando miradas que me desnudan y toqueteos que encienden en mí una vergonzosa chispa de calor. El cuerpo que, ahora, habito es ajeno y fascinante.
Sin embargo, esta extraña iniciación aún no termina. El ambiente en la sala cambió cuando cinco figuras majestuosas, cubiertas por túnicas y capuchas, entraron al salón. Eran los nuevos dirigentes de la fraternidad, a quienes solo se referían con letras griegas. Omega, el líder, ocupaba el centro. Alfa era su segundo. Beta, Delta y Zeta completaban el conjunto inquietante.
Omega tomó el podio. Su voz, grave y cargada de autoridad, dio la bienvenida a los hermanos y enumeró una lista de nombres: hombres poderosos, exitosos, todos antiguos miembros de Alfa Omega. Eran leyendas vivas, y su mención era una promesa tácita. Luego, su mirada —fría, calculadora— se posó en nosotras, las cinco conejitas temblorosas.
«Todos sabemos que la iniciación es dura», dijo, y sus palabras resonaron en el silencio absoluto que había impuesto. «Pero vale la pena para entrar en uno de los círculos más exclusivos… y benévolos… del mundo.»
Hizo una pausa dramática, dejando que el peso de lo "benévolo" se instalara, ambiguo y amenazante, en el aire.
«Nuestras reuniones son cada dos semanas. A partir de ahora, su asistencia es obligatoria. Siempre deberán venir con este atuendo», y con un gesto despectivo señaló nuestros bodies, «aunque a partir de la próxima, los tenis quedarán prohibidos. Tacones. Altos. Es parte de… su iniciación.»
Un murmullo de aprobación masculina recorrió la sala. Sentí un escalofrío. Nunca había usado tacones pero sabia que eran incomodos, imaginarlos como una norma me hizo consciente de la fragilidad de este cuerpo.
«Además», continuó Omega, y su tono se volvió más personal, más penetrante, «no solo servirán en las fiestas. Cada una de ustedes será asignada como asistente personal y secretaria de uno de nosotros.»
Entonces, esa mirada que hasta entonces había barrido el grupo, se detuvo. Se clavó en mí. Era una mirada cargada de segundas intenciones, de una posesión ya decidida. Me señaló con un dedo lento y deliberado.
«Tú, hermosa Mairim», dijo, y el sonido de mi nuevo nombre en su boca me quemó. «Tú serás mi asistente personal.»
La declaración cayó como una sentencia. El silencio era absoluto.
«Te espero al servicio en mi suite del ala norte, todas las mañanas a las siete, antes de tus clases. Y todas las tardes a las seis, después de que termines tus deberes académicos. La puntualidad, querida, es la primera virtud de una buena secretaria.»
Pude sentir cómo la sangre ascendía, violenta y avergonzada, a mis mejillas. Un calor intenso me inundó el rostro. De pronto, la tela mínima de la tanga del body, que en un momento de la noche casi había olvidado, se volvió a sentir como al principio: un hilo incómodo, intrusivo, recordándome de la manera más cruda posible la vulnerabilidad de mi nueva forma. Cada latido del corazón parecía resonar en ese punto de contacto.
No puedo creer en lo que me he metido, pensé, mientras el eco de sus órdenes repicaba en mi cabeza. Siete de la mañana. Seis de la tarde. Todos los días. Con él. Con Omega...
Aún me faltan ochenta y tantos días en este cuerpo y volver a la normalidad parece demasiado lejano...
Parte 1: Por entrar a la fraternidad
Parte 2: Iniciación (Anterior)
Parte 3: Los anuncios (Actual)
Fui el único hijo varón de mis papás. Ese fue mi lugar en el mundo, ahora es el eco de una vida pasada. La cosa más difícil de ser mujer no es el maquillaje, ni las uñas pintadas, ni la intimidad de las toallas femeninas—rituales que, para mi sorpresa, he llegado a disfrutar—sino ver a mi familia navegar los restos de quien fui.
Mi madre me confesó, con lágrimas de alegría, que siempre anheló una hija. En sus ojos, no soy un hijo perdido, sino un sueño cumplido. Pero en los ojos de mi padre… reside una pena silenciosa. No puede aceptar que su hijo, su orgullo, ahora es una mujer, es otra de sus hijas.
Y no sé qué pasará cuando se entere de la verdad que late bajo mis faldas: que llevo meses saliendo con un hombre.
Un hombre a quien le fascina verme con falda. "Tus piernas son hermosas", susurra, "sería un pecado no presumirlas". Su deseo es un fuego que me transforma. En la clandestinidad de lo público, sus juegos son un delicioso secreto: la petición de mostrarle mis bragas, su mano caliente deslizándose bajo la tela de mi falda en una travesura fugaz que me acelera el corazón.
Y cuando la puerta de su departamento se cierra, la fachada se desvanece. Le encanta cogerme subiéndome la falda y corriendo la delgada tira de la tanguita a un lado. La primera vez me sentí humillada; ahora, ese mismo acto me enciende. Encuentro una libertad vertiginosa en la rendición, una seguridad profunda en sentirme deseada y dominada por él.
Déjame ver su entendí, me convertiste en mujer y ahora estoy atrapado en esta barbacoa contigo, tus amigos y sus esposas. No puedo volver a casa con este aspecto, así que no tengo otra opción más que acompañarte toda la fiesta.
Oye, eso es chantaje... ¿Quieres que te dé mi camioneta todoterreno a cambio de que me regreses mi género original? ¡Ni hablar! Esa camioneta es mi vida. Lo siento, Israel, pero puedes besarme el culo. Nací para el todoterreno, y aunque me tenga que quedar como una chica, conservare mi todoterreno...
¿Qué? Claro que sí. ¿No me faltas a mi palabra? Bueno, ya lo oíste de mí, quiero quedarme con mi todoterreno...
Israel, ¿me preguntas quién soy? ¿Estás bien? ... ¡Soy tu esposa Yadira! ... Sabes, odio el todoterreno. Prefiero usar vestidos y los zapatos de tacón, una chica linda no puede manejar esos autos tan enormes... Claro, coge tu todoterreno y compite con los hombres, y yo iré a cotillear con las chicas... ¿Cuál será el premio si ganas? Bueno, puedes tomarme en tu camioneta, mi campeón, ¡cuando estemos solos!
El sol de la tarde se colaba por las ventanas. Dorian se acercó a mí, tocando mi cuerpo como si yo le perteneciera. Su sonrisa era amplia, satisfecha, pero sus ojos tenían la dureza de quien da por hecho una victoria.
—Mírate, mi niña —susurró, cogiéndome la barbilla con una mano que no pretendía ser cariñosa sino dominante—. No puedo evitar emocionarme. Pensar en el desastre que eras, siempre metido en problemas... y mira ahora. La pastilla rosa y el sexo todas las noches han terminado por doblegarte.
Intenté apartar la mirada, pero sus dedos apretaron ligeramente. Me soltó la cara y me hizo sentarme sobre él. Puso las manos en mis glúteos sin pudor.
—Hoy te haré mia otra vez—prosiguió mi captor— Tienes que ser complaciente, niña. Muy complaciente. No vayas a defraudarme.
La palabra "defraudar" resonó en mí, cargada de un significado que iba más allá de un simple desliz. Sabía lo que implicaba. Antes, "defraudar" significaba suspender un examen. Ahora significaba negar un deseo, cuestionar una orden, olvidar por un instante el papel que me habían asignado.
—Y no te preocupes —añadió, bajando aún más la voz hasta que fue casi un susurro conspirativo—, yo no voy a abandonarte en esto. Voy a casarme contigo y espero que pronto me des a mi primer hijo. Pensar que te encontré siendo un chico problemático intentando robar mi casa. Y hoy eres mía.
Sus manos apretaron mis glúteos sin piedad. Sonreí, un gesto vacío y aprendido, mientras asentía. Miré hacia la ventana sabiendo que yo ya no tenía escapatoria. La prisión era cómoda, ya estaba disfrutando ser tratada así. Y empezaba a desear que en la noche Dorian me pusiera en cuatro y media hiciera gemir. También deseaba pronto ser su esposa y darle un hijo.
El mundo se encogió en los confines de cuatro paredes que no reconocí. "Vale", pensé, "esta no es mi casa".
Mi mirada, buscando un ancla, se posó en un montón de ropa sobre una silla. Una blusa de seda, unos jeans ajustados. La extendí con desconfianza. "Esta ropa no es mía". La afirmación, simple y devastadora, fue el prólogo de una verdad más profunda.
Entonces, me miré.
Fue en el espejo del armario donde la pesadilla tomó forma. Una extraña me devolvía la mirada. El reflejo era... suave. Curvo. Ajeno. Una rebelión de curvas donde antes había ángulos rectos. Mis manos, moviéndose por voluntad propia pero guiadas por un pánico insondable, se alzaron para tocar lo que mis ojos se negaban a aceptar.
"Ni siquiera mi cuerpo es mío".
El descubrimiento fue una ceremonia lenta y tortuosa. Mis palmas se deslizaron por el costado de mis caderas, ahora generosas y extrañamente pesadas, un balanceo que no pertenecía a mi andar. Subieron, encontrando la cintura, un remanso de suavidad antes del siguiente trauma. Y entonces, topé con el peso firme y ajeno de mis pechos. Un suspiro atrapado se convirtió en un jadeo. Eran reales. Sólidos. Una presencia imposible en el torso que durante veinte años había sido plano.
Mi mente, nadando en un mar de negación, buscó desesperadamente un punto de referencia, el ancla física de mi antigua identidad. Bajé la vista, hacia el triángulo de la entrepierna. Nada. Una suave llanura donde antes colgaba el familiar peso de mi propio ser. "Extraño tener mi pene entre mis piernas", pensé, y la frase sonó tan obscena y trágica como el vacío que sentía.
Fue entonces cuando el pánico tomó el control de mis dedos. No fue deseo, sino una necesidad desesperada de verificación, de encontrar una grieta en esta realidad imposible. Comencé a explorar, con una torpeza infantil, esa nueva geografía íntima. La textura era suave, el tejido sensible y extraño bajo mi tacto. Y para mi horror, una respuesta comenzó a brotar desde las profundidades de este cuerpo traicionero. Un calor húmedo, un latido que no era mío, pero que resonaba en cada nervio. Era una excitación prestada que me avergonzaba y, de manera inevitable, me envolvía.
Subí la intensidad de mi exploración, mis dedos presionando con más fuerza, como si pudieran atravesar la carne y encontrar mi antiguo yo escondido debajo. Mi respiración se volvió entrecortada, un ritmo jadeante que llenó la habitación. Estaba hecha un desastre, súper caliente, prendida por el fuego de este nuevo cuerpo.
Fue en ese clímax de confusión y placer ajeno cuando los pasos resonaron en el pasillo. Pesados, seguros. Lo sabía. Era mi esposo. Mi corazón, se aceleró. La puerta se abrió unos segundos después, y él se detuvo en el marco, sus ojos recorriendo mi estado: el cabello revuelto, la piel enrojecida, la postura culpable.
Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. "Parece que tienes muchas ganas", dijo, su voz un ronroneo que me heló y, para mi terror, hizo que un nuevo escalofrío de aquel calor recorriera mi espina dorsal.
"Qué bien", continuó, mientras sus manos se movían hacia su cinturón, "porque yo también llegué con ganas".
El ruido de la cremallera fue el sonido de mi sentencia. Al verlo liberar su miembro, enorme y erecto, una parte de mí, la parte racional que aún gritaba en el interior de este cascarón, comprendió con fría claridad. El estúpido genio, en su literalidad perversa, sí había cumplido su palabra. Mi deseo de tener sexo tan a menudo como fuera posible se materializaba ante mí, no como hombre, sino como mujer. Y por la forma en que este cuerpo respondía, ardiendo con una necesidad ajena, parecía que el deseo estaba a punto de cumplirse, muy a mi pesar.
Capítulo 20 – Grititos y encajes
Mariana y Diana me acompañaron a mí y a mis papás a elegir mi vestido de quinceañera. Era sábado por la mañana y el centro comercial ya estaba lleno de familias buscando algo que estrenar. Desde el primer momento en que entramos a la tienda especializada, supe que ese día iba a ser especial.
Los ensayos con mis chambelanes me habían dejado claro algo: ya no tenía nada en común con los chicos. Las bromas, los empujones, las burlas entre ellos… todo eso me resultaba cada vez más ajeno. Pero fue ese día, entre estantes llenos de tul, encaje y brillos, cuando comprendí algo aún más importante: los códigos de las chicas ya me eran propios.
Cuando una de nosotras encontraba un vestido lindo, las tres soltábamos un gritito ahogado, seguido de frases como "¡Está divino!" o "Te vas a ver hermosa en ese". Yo no solo me unía con naturalidad al entusiasmo, sino que mis opiniones eran buscadas y valoradas. Mariana y Diana me pedían consejo sobre los vestidos que ellas usarían para sus propias fiestas, y yo sabía exactamente qué responder.
Sabía qué corte favorecía las piernas, cuál realzaba el escote, y cuál dejaba la espalda al descubierto de forma elegante. Sabía cómo debía caer una falda y en qué parte del cuerpo debía ajustarse la tela. Y, lo más sorprendente de todo, disfrutaba hacerlo.
Mientras mi mamá negociaba con la encargada de la tienda, Mariana me recordó:
—Faltan tres meses para mis quince, ¿eh? —dijo con una sonrisa traviesa—. Así que después de elegir tu vestido, también puedes ir pensando en el que vas a usar para mi fiesta.
—Y medio año después son los míos —añadió Diana, divertida—. Así que vas a necesitar al menos dos vestidos más.
Me reí, sin oponer resistencia. Aquel universo de brillos, texturas y colores ya no me resultaba extraño. Se había convertido, poco a poco, en parte de mi vida. Así fue como pasé toda la mañana y parte de la tarde probándome vestidos, girando frente al espejo, dejando que mis amigas eligieran qué probar a continuación, y notando cómo algo dentro de mí —algo suave, profundo y alegre— se sentía parte de este mundo.
...
Cuando ya llevábamos varias horas entre percheros y probadores, con bolsas de snacks y botellas de agua acumuladas a un lado del sofá, creí que había visto todos los vestidos posibles. Los había rosados, rojos, dorados, marfil, con bordados intrincados o faldas imposibles de cargar. Todos bonitos, sí, pero ninguno me hacía sentir eso que Mariana y Diana llamaban "el momento mágico".
Hasta que lo vi.
Estaba en un rincón algo apartado, como olvidado. Era un vestido de tono morado claro, de tirantes finos, con detalles en encaje y una falda amplia pero ligera, escotado en pecho y espalda. Nada exagerado. Me acerqué como si el vestido me llamara por mi nombre. Lo tomé con ambas manos y supe, sin necesidad de palabras, que ese era el indicado.
—¿Y ese? —preguntó Mariana, al ver cómo lo sacaba del perchero.
—No sé… —dije con voz baja, casi temerosa—. Creo que necesito probármelo ya.
En el probador, me di cuenta de que era un vestido con corsé y que necesitaba ayuda para ponérmelo. Solicité ayuda y Mariana entró conmigo.
—Lindas bragas —dijo ella con una sonrisa, mientras ajustaba las cintas.
Cuando por fin logramos cerrar el vestido, la tela se ajustaba de forma natural a mi cintura. El tono lavanda hacía que mi piel se viera más cálida, más luminosa. La falda caía con gracia, y al girar, el vuelo era perfecto. Me miré al espejo y me sentí hermosa, delicada y femenina.
Salí del vestidor en silencio. Mis amigas y mi madre me miraron con ojos brillantes.
—Es ese —dijo Mariana.
—Sin duda —añadió Diana.
Me miré una vez más al espejo, ahora acompañada por las miradas de quienes más quería. Y entonces me vino a la mente otro cumpleaños, otra vida. Cuando cumplí quince años en mi otra realidad, lo celebramos en casa con una comida sencilla. Hubo un pastel comprado en la panadería de la esquina, una reunión improvisada y solo los familiares más cercanos. No hubo vestido especial. Tampoco hubo vals.
Aquello había sido un buen día, sí. Uno cálido. Pero este… este era distinto. No solo por el vestido, por la fiesta o por el vals que ensayaría. Era distinto porque, de alguna manera, sentía que la vida me estaba ofreciendo una segunda oportunidad de vivir mi adolescencia desde otro lugar. Uno donde no tenía que esconder quién era, uno donde sí podía brillar.
Y ahí, frente al espejo, con ese vestido morado claro ceñido a mi cuerpo nuevo, lo entendí todo.
No era solo una fiesta.
Era un rito.
Una afirmación.
Una manera de decir: Estoy aquí. Soy yo. Soy una mujer.
—Me lo quedo —dije finalmente, con una sonrisa que no necesitó explicación.
Y todas supimos que esa tarde no solo habíamos elegido un vestido, sino también una versión más segura y luminosa de mí.
...
Después de elegir el vestido, salimos a comer al área de comida del centro comercial. Mariana pidió sushi, Diana eligió una hamburguesa con papas, y yo opté por una ensalada con pollo. Nos sentamos en una mesa de esquina, rodeadas de risas, bolsas de compras y música pop suave de fondo.
—Bueno, ya tienes el vestido, los chambelanes, la fecha… —dijo Diana mientras revolvía su malteada con la pajilla—. Solo falta una cosa.
—¿Qué cosa? —pregunté, mordiendo un trozo de pan de ajo.
—El segundo baile —dijo Mariana con una sonrisa cómplice—. Ya sabes, el reguetón, la coreografía más atrevida. Es tradición.
Arqueé una ceja.
—Mi coach de baile dijo que primero teníamos que quedar bien con los valses. Que luego veríamos si hacíamos una pieza más movida.
—¡¿"Si harían"?! —exclamó Mariana fingiendo escándalo—. ¡Julieta! ¿Vas a dejar pasar la oportunidad de dejar a todos con la boca abierta?
—¿Y qué se supone que tengo que usar? ¿Un conjunto de lentejuelas? —pregunté con media sonrisa, pero con genuina preocupación en la mirada.
—Algo así —dijo Diana—. Algo que brille, que marque la figura. Que diga: soy mujer y me muevo como quiero.
Bajé la mirada a mi comida. No estaba segura de querer dar un mensaje como ese. La verdad era que no había querido pensar en eso. Me costaba la idea de subirme a un escenario con la atención puesta en cada curva, cada movimiento de cadera, cada giro del cabello. Algo en mí se resistía. No era pudor, exactamente. Era más bien la sensación de estar cruzando otro límite, uno más íntimo. Era una cosa bailar con Gabriel en casa, o dejarme alzar en los ensayos como parte de una coreografía elegante… pero otra muy distinta era exponerme con un ritmo tan provocador, con un vestuario tan revelador.
—No lo sé —dije al fin, jugando con el tenedor entre los dedos—. Tal vez. Supongo que tengo que pensarlo.
Mis amigas asintieron sin presionarme.
—Es tu fiesta, Juli. Tú decides —dijo Diana con una sonrisa dulce.
—Sí, pero… si lo haces, prometo ayudarte con la coreografía —añadió Mariana—. Juro que no vamos a dejar que parezca vulgar. Será solo poderosa.
Sonreí, agradecida. No di una respuesta definitiva, pero supe que la pregunta volvería. Que tarde o temprano tendría que decidir.
...
El siguiente sábado por la tarde, el salón de ensayos estaba especialmente caluroso. Todos habían llegado con ropa cómoda: camisetas ligeras, pants cortos, botellas de agua a medio llenar y la coreografía del vals bastante avanzada.
—¡Cinco, seis, siete, ocho! —marcó el instructor mientras yo giraba entre los brazos de Gabriel y luego pasaba con Agustín. Todo fluía con más naturalidad que al inicio, aunque aún había pasos que debíamos afinar.
Al terminar una vuelta, Gustavo me sostuvo por la cintura con cuidado y me alzó para el paso final. Sentí que volaba. Luego bajé con elegancia y terminé la secuencia con una reverencia. Todos aplaudieron.
—¡Ahora sí pareces quinceañera de revista! —bromeó Agustín.
—¿Eso es bueno o malo? —reí, limpiándome el sudor de la frente.
—Es excelente —dijo Gabriel, ofreciéndome su botella de agua—. Te ves genial ahí arriba. Como si hubieras nacido para esto.
Bebí un trago. Luego me senté en uno de los bancos junto a la pared mientras los chicos jugaban entre ellos, empujándose con los hombros y riendo.
—Oigan —dijo Gustavo, de pronto, con voz más alta—. ¿Y el otro baile? ¿No hay reggaetón o algo sexy esta vez?
Levanté la mirada, sorprendida.
—¿Ustedes quieren bailar reggaetón?
—Obvio —respondió Agustín—. ¡Es lo mejor! Además, es el único momento en el que podemos mostrar nuestros pasos prohibidos.
—¿Pasos prohibidos? —pregunté, sin poder evitar una sonrisa.
—Sí, ya sabes… mover la pelvis, hacer cara de malo, esas cosas —añadió Gustavo entre risas.
—Y de paso —intervino Agustín —, verte a ti robándote el show. Imagino que ya estás pensando en usar un outfit de esos que dejan sin aliento.
Enrojecí.
—No estoy segura aún —confesé—. No sé si me siento cómoda con algo tan… provocador.
—Juli, solo haz lo que te haga sentir bien —dijo Gustavo con una sonrisa honesta—. Si decides no hacerlo, está bien. Pero si lo haces, vas a brillar. Y aquí nadie va a juzgarte. Solo a aplaudirte.
—Especialmente si haces twerking —agregó Gabriel, y el resto de los chicos rieron.
—Idiota —le dije, entre risas.
Los miré a todos. Mis chambelanes, mis amigos. No eran perfectos, pero tampoco eran crueles. Me sentía cuidada. Y por primera vez pensé que, tal vez, lo que más me asustaba no era bailar algo sexy, sino reconocer que podía —y quería— hacerlo.
Tal vez, después de todo, había algo de poder en usar mi cuerpo como parte del espectáculo. Mi derecho a ser vista.
...
Esa noche, después del ensayo, Gabriel estuvo un rato conmigo en mi casa como ya era costumbre. Jugábamos un juego de carreras pero ninguno parecía muy interesado.
Yo estaba en silencio. Pensativa. Gabriel, que ya sabía leer mis gestos, no dijo nada al principio. Solo siguió a mi lado, dándome espacio. Hasta que, al terminar la copa que estábamos jugando, dejó el control de lado.
—¿Pasa algo? —preguntó con suavidad—. Estás callada desde que salimos del ensayo.
Dudé unos segundos, pero luego suspiré.
—Estuve pensando en eso del baile… sexy.
Gabriel asintió sin decir nada.
—Siento que... todo mundo espera que lo haga. Que me ponga un conjunto revelador, que me mueva de cierta forma, que sea… no sé… deseable.
—¿Y eso te incomoda? —preguntó, sin juicio.
Jugué con los dedos de mi pulsera antes de responder.
—Un poco. No porque no pueda hacerlo, o porque me dé pena exactamente. Es más como… como si fuera cruzar otra línea. Como si bailar así fuera decirle al mundo: "sí, soy una chica, y tengo un cuerpo de chica, y lo sé… y está bien que me veas". Y no sé si estoy lista para eso.
Gabriel asintió despacio. Me miró con una ternura inmensa.
—Tú no le debes nada a nadie, Julieta. Ni a Mariana, ni a Diana, ni a los chicos, ni a tu mamá. Ni siquiera a mí. Esa fiesta es tuya. Tu cuerpo es tuyo. Si quieres hacer ese baile porque te emociona, hazlo. Pero si lo haces por presión, por expectativa o por miedo a decepcionar a alguien… no vale la pena.
Tragué saliva.
—A veces siento que me estoy dejando llevar, como si esta vida me hubiera absorbido sin darme cuenta. Como si fuera una corriente y yo solo flotara encima.
—¿Y eso está mal?
Lo miré con cierta sorpresa.
—No lo sé…
Gabriel bajó la mirada y luego volvió a subirla.
—Mira… cuando eras tú, antes de todo esto… a veces te sentías fuera de lugar, ¿te acuerdas? Me decías que no sabías cómo conseguir una novia o incluso hacer nuevos amigos. Pero ahora te veo y… pareces más tú. Aunque suene raro. Te veo más cómoda, más auténtica. Estás rodeada de personas que te quieren. Incluso cuando dudas pareces más segura que antes.
Sentí que algo en mi pecho se aflojaba.
—¿Tú crees que estoy cambiando?
—Creo que estás creciendo. Y creo que estás encontrando una parte de ti que antes estaba escondida. Eso no es malo.
—¿Y si esa parte… se queda? —pregunté en voz baja.
Gabriel tomó mi mano.
—Entonces se queda.
Apoyé la cabeza en su hombro. Nos quedamos así un rato, en silencio. Luego nos dimos un beso largo y profundo.
—Gracias —susurré.
—No tienes nada que agradecer. Eres una mujer increíble. No cualquiera podría pasar por todo lo que has vivido sin volverse loca.
El cielo ya era oscuro cuando nos despedimos. Entré a casa con una sensación nueva, no exactamente de seguridad, pero sí de acompañamiento. Como si, incluso entre dudas, hubiera alguien que entendía mi camino.
Y eso, pensé, era casi tan importante como tener todas las respuestas.
Capítulo 18 – Montañas rusas
El tiempo pasó con su rutina habitual. A veces, al despertar, pensaba que mi vida de hombre había sido solo un sueño, algo que jamás ocurrió. Luego me avergonzaba de esos pensamientos... porque recordaba que cuando empezó esta aventura, todas las mañanas, antes de abrir los ojos, deseaba con todas mis fuerzas que mi vida como mujer hubiera sido solo una pesadilla. No era sino hasta verme al espejo o sentir mi entrepierna que notaba que seguía en el cuerpo de una niña.
Pero ahora… no podía ser que me estuviera gustando tanto ser mujer.
Esa idea me asaltaba en los momentos más inesperados. Mientras me peinaba frente al espejo. Mientras reía con Mariana. Mientras sentía el peso de la mano de Gabriel en mi cintura.
Unos meses después del cumpleaños de Gabriel, él me invitó a un parque de diversiones. Íbamos al menos tres veces al año en mi otra realidad, donde ambos éramos chicos, pero en este nuevo mundo no habíamos ido nunca. La noche antes de la salida, pensé que podría ser una buena oportunidad para reconectar con mi masculinidad perdida, y preparé ropa muy holgada: un pantalón y una playera oversize. Al probármela, noté que ni así lucía masculina; más bien parecía una chica usando ropa de su hermano mayor. Mis caderas, mis pechos, mi forma de sostener el cuerpo… todo delataba lo que ahora era.
Al final, me decidí por un short pegado para evitar el calor. Las faldas y vestidos estaban fuera de discusión, pues en los juegos podría terminar exponiendo mis bragas. Me puse un top fresco y en mi bolso preparé una sudadera por si acaso. Como estaba en mis días, también llevé tampones. Me di cuenta de que con ese estilo estaría cómoda en el parque, y que, acompañada de Gabriel, nadie se metería conmigo. Porque eso era algo que había aprendido: el mundo era más seguro cuando él estaba cerca.
...
Al día siguiente, me levanté temprano, me bañé, me arreglé, me maquillé discretamente, me coloqué el tampón y estaba lista cuando Gabriel pasó por mí. Mis papás nos llevaron al parque, y los de Gabriel irían por nosotros al final del día. Como chicos, ambos habíamos ido solos al parque desde los trece, pero al parecer mis papás no me daban tanta libertad ahora que era una chica. Eso me fastidiaba, pero también lo entendía. El mundo era diferente para nosotras, las niñas.
Cuando llegamos, el aire olía a algodón de azúcar, frituras y adrenalina. Las risas se mezclaban con los gritos lejanos de las montañas rusas. Gabriel compró las entradas y me puso la pulsera del acceso con cuidado, como si fuese una joya delicada. Ese gesto, tan pequeño, me hizo sentir querida.
—¿Cuál primero? —preguntó él, mirando el mapa del parque.
—Quiero ir a la montaña rusa gigante —respondí, desafiante.
Gabriel me miró con una ceja alzada.
—¿Segura? No vayas a gritar más que yo…
—¿Estás diciendo que ahora que soy chica voy a gritar más? Te recuerdo que siempre has sido más miedoso para estas cosas que yo —le devolví, con media sonrisa.
—Claro que no, hasta te recuerdo vomitando alguna vez al bajar de esa cosa —dijo él, dándome un golpecito suave en la nariz.
Solté una carcajada. Me sentí ligera. Por un momento, fui simplemente yo, sin etiquetas, sin confusiones.
La fila para la montaña rusa fue larga, pero no nos importó. Hablamos de películas, de Mariana, de nuestras clases favoritas. También hubo silencios cómodos, de esos que una pareja suele llenar con besos y caricias ligeras, y eso hicimos cada vez que nos quedábamos sin temas de conversación. Besos apasionados entre la multitud, manos entrelazadas, miradas que decían más que las palabras.
Cuando por fin nos subimos al juego, sentí una mezcla de emoción y miedo. Mientras el carrito subía lentamente, Gabriel me tomó la mano.
—Si gritas mucho, prometo no burlarme —dijo él.
—No grito —respondí, apretando su mano con fuerza.
La caída fue brutal. El mundo se volteó, el aire desapareció, los gritos se me escaparon sin permiso. Como chico jamás había gritado tanto en una montaña rusa; mi nuevo cuerpo no dejaba de sorprenderme. Todo se sentía más intenso, más visceral.
Cuando bajamos, tenía el cabello revuelto y las piernas temblorosas.
—¿No gritas, eh? —bromeó Gabriel.
Le di un manotazo en el brazo, entre risas.
—Quiero besarte, pero me preocupa que vayas a vomitar —siguió.
Como respuesta, le di un beso apasionado. No me importaba nada más.
Después vinieron otros juegos: uno giratorio que me dejó mareada, uno de realidad virtual que nos hizo gritar como niños, y uno de agua que nos empapó por completo. Con mi top mojado y una sonrisa en el rostro, noté algo raro en la mirada de Gabriel. Luego recordé lo que les pasa a las chicas con las playeras mojadas y me cubrí el pecho con las manos instintivamente.
Gabriel se disculpó por mirarme.
Me enojé con él por un momento, pero no estuve enojada mucho tiempo. Porque mis nuevos pechos eran la parte de mi cuerpo que más me costaba aceptar. Esas voluptuosidades atraían más atención de la que deseaba, y sabía que si yo hubiera tenido la oportunidad de ver a una chica como yo con playera mojada en mi vida anterior, no la habría desperdiciado. Romeo habría mirado,pensé. Y probablemente habría hecho algún comentario estúpido con sus amigos.
—Si aún fueras un chico, tampoco hubieras evitado mirar —bromeó Gabriel cuando se me pasó el coraje. Pareció leerme la mente.
Tuvimos que ir a los lockers, donde me puse la sudadera para evitar miradas incómodas de desconocidos. Aprovechamos para ir a comer papas con queso y refresco.
—Te ves feliz —dijo Gabriel, observándome.
—Lo estoy —respondí, sin pensar.
Me detuve un segundo.
—Es raro, ¿no? —dije con calma.
—¿Qué?
—Todo esto. Tú y yo, así. Si alguien nos hubiera dicho hace unos años que terminaríamos en una cita, no lo habríamos creído.
—Tampoco hubiéramos creído que volveríamos a vivir nuestra vida desde los once años —respondió.
Me encogí de hombros.
—No importa cómo empezó. Me gusta cómo se siente ahora.
Lo miré y vi la sinceridad en sus ojos. Me incliné hacia él y le di un beso rápido, con sabor a refresco y sol.
Más tarde, ya de camino a la rueda de la fortuna, me sentí ligeramente húmeda. No por el agua del juego, sino porque el tampón necesitaba ser cambiado. Le susurré a Gabriel que me esperara cerca y fui al baño sola.
Allí, en la intimidad del cubículo, me sentí demasiado mujer. Una chica en un parque de diversiones, preocupada por detalles que antes no existían en mi vida, cómo cambiarme el tampón o no hacer esperar demasiado a mi novio. Me cambié rápido, con práctica, y salí ajustándome el short.
Gabriel me recibió con una sonrisa.
—¿Todo bien?
—Sí, estoy en mis días —dije con naturalidad y lo tomé del brazo—. Vámonos a la rueda.
La cabina oscilaba levemente mientras subíamos. Desde arriba, se veía toda la ciudad, el parque, el cielo encendido por la luz dorada de la tarde. Apoyé la cabeza en el hombro de Gabriel y él me acarició los dedos con los suyos.
—Te quiero —dijo él, casi en un susurro.
No contesté al instante. Solo lo miré con los ojos brillantes. Y entonces, con voz muy baja, le dije:
—Yo también te quiero. Mucho.
De repente nos fundimos en un beso apasionado. Pude sentir las manos de Gabriel recorriendo partes que nunca me había tocado. Todo el contacto fue por encima de la ropa, pero no pude evitar sentir una humedad en mi entrepierna que nada tenía que ver con el tampón. Está llegando a segunda base conmigo, pensé, y la idea me excitó más de lo que quería admitir.
La cabina giró lentamente y comenzó a descender. Pero para mí, todo parecía estar en su lugar. Como si mi mundo, por fin, estuviera encontrando el equilibrio.
...
Un par de meses después, la cita al parque de diversiones se había vuelto un recuerdo brillante en mi memoria. La secundaria seguía su curso, la relación con Gabriel fluía con naturalidad y mi vida parecía haber alcanzado cierta estabilidad.
Fue entonces cuando empezó a hablarse de algo que, hasta entonces, había evitado por completo: mi fiesta de quince años.
Al principio, la idea me parecía absurda. ¿Una fiesta de quince para mí? No me sentía una princesa, ni me veía dando vueltas con un vestido enorme, ni imaginaba el vals rodeada de chicos en traje.
Pero con el tiempo, algo cambió. Tal vez fue la insistencia de mi madre, o las conversaciones con Mariana y Diana, quienes también tendrían sus fiestas y me insistían que yo también debía tener una. O tal vez fue que empezaba, poco a poco, a abrazar mi vida como Julieta sin tanta resistencia.
Faltaban casi seis meses, así que tenía tiempo. Lo primero en decidir fueron los chambelanes. Y no tuve dudas con el primero: Gabriel, por supuesto. Mi pareja, mi confidente, mi mejor amigo en ambas realidades. Luego pensé en Agustín, mi compañero del taller de electricidad, que siempre había sido respetuoso y divertido. Diana sugirió que su novio fuera el tercer chambelán, y al enterarse, Mariana exigió que el suyo también lo fuera. Acepté entre risas, y así quedó conformado el grupo: cuatro chicos, todos distintos entre sí, pero bien dispuestos a participar.
Los ensayos comenzaron los sábados por la tarde. Al principio eran torpes y llenos de risas, pero pronto se volvieron momentos de camaradería. Al menos entre los chicos. Ellos se empujaban, se albureaban y se tomaban del pelo como buenos amigos. Yo los observaba con una mezcla de diversión y cierta melancolía. En otro tiempo, habría sido uno más en ese grupo. En otra vida, tal vez me habría sumado al juego brusco, empujado a Agustín, hecho una broma subida de tono.
Pero ahora era distinta. Y ellos me lo recordaban en todo momento con su trato.
Conmigo eran siempre cuidadosos, amables. Me tomaban con suavidad de la cintura durante las vueltas, me ofrecían la mano para bajarme del escenario improvisado, incluso uno de ellos —Gustavo, el novio de Mariana— me decía "con permiso, damita" antes de ensayar cualquier paso de contacto. Agradecía ese trato, me hacía sentir especial. Pero también, en silencio, extrañaba la complicidad masculina que alguna vez había tenido.
Y no solo era el trato. También estaban los cuerpos.
Durante los ensayos, noté con claridad que los cuatro chicos eran mucho más altos que yo. Me llevaban al menos veinte centímetros, y al bailar, me levantaban como si no pesara nada. En mi otra realidad, yo habría medido lo mismo que Gustavo, que era el más alto del grupo. Pero ahora, en este mundo, apenas rozaba el metro cincuenta y cinco. A veces me sentía como una muñeca en brazos de gigantes. Frágil. Liviana. Femenina.
Esa palabra me daba vértigo.
Porque por más que intentara resistirme, mi cuerpo seguía alejándome de lo que fui. No solo en estatura. En curvas, en gestos, en los espacios que ocupaba en el mundo. Los ensayos, más que prepararme para un vals, me enfrentaban a una verdad que no podía evitar mirar de frente: era la quinceañera.
Y esa fiesta, esa coreografía, ese vestido que algún día usaría… todo eso era parte de mi historia ahora.
Esa noche, después de un ensayo especialmente divertido, me quedé un rato frente al espejo. Me miré de frente, con el cabello recogido por el sudor, las mejillas sonrojadas por el esfuerzo.
—Soy Julieta —dije en voz alta.
Y por primera vez, no fue una declaración de guerra contra mi pasado. Fue simplemente una presentación. Una aceptación..
Capítulo 18 – Princesita sexy
Me miré al espejo. Llevaba puesto un vestido de cóctel azul que mi mamá me había regalado. Desde que cumplí once, se había vuelto una especie de tradición que, cada cumpleaños, recibiera un vestido nuevo. Este era corto, con el largo justo para cubrir mi ropa interior… y mi dignidad. También llevaba unos tacones pequeños que me dificultaban caminar, especialmente con ese vestido tan ajustado. Definitivamente no es algo que usaría para salir al exterior, pensé, aunque admití que me veía linda. Porque sí, era linda. Eso ya no me costaba reconocerlo.
Estaba terminando de maquillarme cuando comenzaron a llegar los invitados.
La primera, por supuesto, fue Mariana. En cuanto me vio, soltó una exclamación:
—Te ves como una princesita sexy.
Sentí cómo mi último vestigio de masculinidad se deshacía con ese halago. Princesita sexy. Esas dos palabras juntas definían perfectamente lo que ahora era: una mezcla de inocencia y algo más, algo que comenzaba a despertar en mí. No supe si reír, esconderme o sonrojarme, así que me limité a decir:
—Gracias.
Poco después llegó Diana, mi mejor amiga de la secundaria. En menos de diez minutos las tres estábamos platicando como si siempre hubiéramos sido parte del mismo grupo, riendo, recordando cosas, admirando la decoración sencilla que mi mamá había puesto en el patio.
Los invitados fueron llegando poco a poco. Una docena de compañeros de secundaria, entre chicas y chicos. Un par de amigas de la primaria que aún frecuentaba, y también algunos amigos de mis padres. Todo parecía transcurrir con ligereza y alegría.
Hasta que llegó Gabriel.
Vestía pantalón de mezclilla oscura y una camisa clara, con las mangas arremangadas. Al verme, se quedó unos segundos con la boca entreabierta, como si el aire se le hubiera escapado del pecho.
—Te ves increíble —dijo por fin.
Sentí mis mejillas arder. Lo tomé de la mano y lo presenté con mis mejores amigas. Mariana y Diana soltaron comentarios casi al unísono:
—Hacen una pareja hermosa.
—Y él es muy guapo… te conseguiste un buen novio.
Sonreí, aunque por dentro el nerviosismo aumentaba. Aún faltaba la parte más difícil.
Minutos después, nos acercamos a mis padres.
—Mamá, papá… él es Gabriel —dije con voz serena—. Es... es.... es mi novio.
Hubo un silencio breve. Pensé en lo irónico que era estar presentando a mi mejor amigo como mi novio. En otra vida él fue mi compañero de fútbol y videojuegos, en aquella vida dónde yo era un varón. Pero esa vida ya no existía más. Llevaba cerca de dos años viviendo como una mujer y cada día me parecía más lejana mi vida de chico.
Mi papá le estrechó la mano con firmeza y le pidió que pasara a la mesa. Mi mamá, con una expresión medida, fingió que no lo conocía de antes. Fue su forma sutil de decir que nos perdonaba, que aceptaba la relación y que quería que todo marchara en armonía.
La fiesta continuó con risas, buena comida y algo de música. Bailamos. Jugamos. Nos tomamos muchas fotos. En algún momento de la noche, Gabriel y yo nos besamos frente a todos. No fue un beso largo ni provocador, pero sí suficiente para confirmar lo que éramos.... que éramos novios.
Yo, por primera vez en mucho tiempo, dejé de sentir dudas. No pensé en si era correcto o no. Dejé de pensar en mi vida anterior como chico. No pensé en la fecha de vencimiento del hechizo.
Solo me permití sentirme feliz. Como una chica enamorada, disfrutando de su cumpleaños. Como una mujer viviendo su propia historia.
...
Los meses siguientes fueron, en apariencia, muy parecidos a los anteriores. Seguí con mi rutina: la escuela por las mañanas, las tareas por las tardes, alguna tarde de juegos o charlas con Mariana, y los besos con Gabriel un par de veces por semana, aunque ahora lo hacíamos en mi habitación con la puerta abierta, bajo la supervisión tácita de mi madre.
Había otras diferencias notables. La más evidente y que lo cambiaba todo era que ahora era oficialmente la novia de un chico. De mi mejor amigo. De Gabriel.
Eso significaba que podíamos caminar tomados de la mano por los pasillos, sentarnos juntos en los recreos, e incluso compartir un beso fugaz frente a nuestros amigos sin temor a ser sorprendidos. Esa nueva normalidad me traía una extraña sensación de equilibrio. Había aceptado mi lugar en el mundo, al menos por ahora.
Otra gran diferencia era más silenciosa, más íntima, pero imposible de ignorar: mis hormonas empezaban a manifestarse con fuerza, como olas suaves que de pronto golpeaban con intensidad inesperada. Comencé a despertar un apetito nuevo, femenino. Algunas noches, los sueños me sorprendían: Gabriel y yo nos besábamos con más pasión, nos acariciábamos como no nos habíamos atrevido aún en la vida real, y esas imágenes me hacían despertar con el corazón agitado, el cuerpo cálido y la entrepierna mojada.
Al principio, me sentía confundida. ¿Esto es normal?, me preguntaba. Pero con el tiempo, comencé a entender que explorar mi cuerpo era también parte de habitarlo.
A solas, me fui descubriendo sin apuro ni culpa. Con mis dedos comencé a penetrar mi vulva. Las primeras veces lo hice lentamente y con pudor, casi con vergüenza. Después comencé a hacerlo con mucha más intensidad y usando más dedos. Como chico empecé a masturbarme a los once, como chica lo hice a los catorce y pensé, casi con pudor: mi nueva sexualidad es incluso más placentera.
Y para mi sorpresa, la sensación era distinta. No solo más intensa. También más… completa. Como si mi cuerpo entero participara del placer, no solo una parte. Todas esas sesiones dándome placer con mi nuevo cuerpo me hicieron sentir más conectada con lo que ahora era.
A veces, en medio de esas exploraciones, recordaba al chico que fui. Me preguntaba qué pensaría de verme así, retorciéndome de placer en mi cama, con mi cuerpo de niña, disfrutando de una forma que él nunca experimentó.
Ya no importa, pensaba después, mientras recuperaba el aliento. Ya no soy un chico, no lo seré hasta dentro de unos años.
...
Unos meses después, fue el turno de Gabriel de cumplir catorce. Lo celebró con una comida sencilla en un restaurante con sus papás. Yo fui la única invitada fuera de la familia.
Elegí un vestido violeta, sencillo, hasta la rodilla. Me tomó casi una hora decidirme por ese atuendo: algo bonito, pero no demasiado elegante, algo que dijera me importa, sin parecer estoy nerviosa por conocer a tus padres. Aunque, en realidad si sentía nervios por presentarme ante los padres de mi novio.
Conocía a los papás de Gabriel. En otra vida. En otra realidad. Pero ellos no me conocían a mí. Al menos no conocían a Julieta.
Se mostraron amables y cálidos, me escucharon con atención, preguntaron por mis materias favoritas, por mis pasatiempos, por cómo conocí a Gabriel. Respondí con una sonrisa genuina. Por primera vez no sentí que estaba actuando. Era simplemente yo.
Después de la comida, Gabriel me acompañó hasta mi casa. Caminamos en silencio, como tantas veces antes, hasta que llegamos frente a la puerta.
—Faltan solo tres años para que vuelvas a ser tú mismo —dijo Gabriel de pronto.
Me quedé quieta. Miré mis zapatos. Luego alcé la vista.
—No estoy segura de querer volver a ser... un chico.
Las palabra salieron solas. Como si las hubiera estado masticando desde hacía semanas y por fin encontrara el valor de decirlas en voz alta.
Gabriel frunció el ceño, no con rechazo, sino con confusión.
—¿Lo dices en serio?
—No lo sé —respondí—. A veces me despierto y pienso que todo esto es un error… que algún día despertaré y todo volverá a ser como antes. Pero otras veces… como hoy… siento que no quiero perder esto que ahora tengo. No quiero perderte a ti. Ni a Mariana. Ni a esta vida.
—Pero eras feliz antes, ¿no?
—Sí… pero era diferente. Nunca me sentí así. Nunca me sentí tan… viva.
Gabriel no respondió de inmediato. Solo me acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Entonces… pase lo que pase, quiero que sepas algo. Fue mi deseo el que te hizo esto. Cuando volvamos a tener el tótem, pediremos un deseo tuyo. Podrás desear lo que tú quieras: volver a ser un chico… u otra cosa. Lo que sea.
Sentí que el pecho se me llenaba de algo tibio y frágil. Lo abracé con fuerza.
—Gracias.
No necesitábamos decir más.
Esa noche, acostada en mi cama, pensé en sus palabras. Tres años. Solo tres años para decidir quién quería ser. Tres años para elegir entre el fantasma de Romeo y la realidad de Julieta.
Y por primera vez, la respuesta no me pareció tan obvia.
Gabriel y yo caminábamos juntos en silencio.
El día había sido larguísimo. Desde que nos vimos por la mañana sabíamos que teníamos que hablar de lo ocurrido el día anterior, pero ninguno se había atrevido a comenzar la conversación. Ahora caminábamos por la calle, al salir de clases, acompañándonos sin prisas. Los pasos sincronizados. El aire cargado de palabras no dichas.
Pasamos al menos cinco minutos sin romper el silencio. Finalmente, Gabriel habló:
—¿Qué te dijo tu mamá… ayer?
Suspiré.
—Me dijo que debes venir a mi fiesta de cumpleaños… en quince días. Y que debo presentarte como mi novio o me prohibirá verte.
No lo dije con enojo. Lo dije como quien entrega un papel con una sentencia ya firmada.
Gabriel asintió con lentitud, como si masticara cada palabra que acababa de oír. Pero no dijo nada.
Unos segundos después, con la mirada en el suelo, preguntó:
—¿Entonces somos novios?
Me detuve. Lo pensé unos segundos y, sin mirarlo directamente, respondí:
—Llevamos un año quedando a solas para besarnos… Tal vez sí somos novios.
Me sonrojé al decirlo. Pero no desvié la mirada por completo.
Gabriel soltó una risa suave, sin burla, más bien como si acabara de descubrir algo tierno y extraño al mismo tiempo.
—Es chistoso… —dijo—. Nunca me besé con nadie durante más de cuatro meses. Eres la primera chi… la primera persona con la que me beso durante tanto tiempo.
Se detuvo a la mitad de la palabra "chica". Como si la lengua se le atascara en la garganta. No quería ofenderme. Sabía que, detrás de esta sonrisa dulce y este cuerpo pequeño con piernas largas y lindos senos —sí, yo misma podía reconocerlo ahora—, seguía estando su mejor amigo.
Lo entendí. Y di un paso más allá.
—Soy una chica, Gabriel.
Lo dije en voz baja, pero firme. Como si acabara de cruzar una frontera interna. Como si hubiera firmado un tratado de paz conmigo misma.
—Uso faldas y vestidos. En vacaciones usé bikini. Me he besado con un chico todas las semanas desde hace un año. Incluso… tengo mi periodo ahora mismo. Soy una chica.
Se me quebró la voz en la última frase. Había algunas lágrimas en mis ojos, pero no las escondí.
Y en ese momento, mi voz interna de chico, la voz de Romeo se hizo muy pequeña. Todavía estaba ahí, susurrando pero sonaba lejana. Como un eco en una habitación vacía.
Porque la verdad era que yo ya no era Romeo. No del todo. No como antes.
Era Julieta. Y Julieta necesitaba decir esas palabras.
Gabriel me miró con una mezcla de sorpresa, ternura y respeto. No dijo nada de inmediato. Solo me tendió la mano, como si me pidiera permiso para tomarla.
Entrelacé mis dedos con los de él. Sentí el calor de su piel, la familiaridad de ese gesto. Habíamos hecho esto millones de veces, pero ahora era diferente. Ahora significaba algo más.
—Voy a ir —dijo Gabriel, al fin—. A tu fiesta. Y voy a presentarme como tu novio. Porque eso soy, ¿no?
Asentí, sin poder evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en mi rostro.
Caminamos así, tomados de la mano, sin necesidad de decir más. Sabíamos que seguíamos siendo los mismos. Los chicos que habían sido mejores amigos durante siete años. Solo que uno de nosotros ahora era una chica y nuestra relación había evolucionado más allá de la amistad.
No era tan raro lo que teníamos.
O al menos queríamos convencernos de eso.
Pero mientras caminaba a su lado, sintiendo su mano en la mía, el roce de mi falda contra mis piernas, la incomodidad de la toalla entre mis muslos, pensé en Romeo. Pensé en el chico que fui y en cómo cada día me parecía más difícil volver a ser él..
Esa noche, antes de dormir, me miré al espejo. Tenía el cabello un poco desordenado, las mejillas aún sonrojadas por la caminata, los labios ligeramente hinchados de tanto mordisquearlos nerviosamente.
—Soy Julieta —susurré.— Soy una chica.
Y por primera vez, no intenté convencerme de lo contrario.
El regreso a la escuela fue más sencillo de lo esperado. Todas las materias me parecían fáciles, incluso el taller de electricidad que tantas dificultades me había causado al principio se había convertido en una clase disfrutable. Algunos de mis compañeros me felicitaban cada vez que completaba correctamente una práctica. "Eres muy buena con los circuitos", me decía uno. "Tienes manos mágicas", me dijo otro, y yo sonreía con timidez. Era bonito sentirse reconocida por algo que al principio me había hecho sentir tan mal conmigo misma.
A veces, en esos momentos, recordaba al chico que fui. Él también era bueno con los circuitos, pero lo suyo era el fútbol, las bromas pesadas, la camaradería masculina. Me preguntaba qué pensaría Romeo si me viera ahora, sonriendo tímidamente mientras un compañero me halaga por mis "manos mágicas". Probablemente se sentiría confundido.
Pero ese Romeo ya no existía. Cada día me costaba más trabajo recordar su voz, su forma de caminar, su manera de ver el mundo. Era como si dos personas habitaran dentro de mí: una que se desdibujaba lentamente y otra que tomaba forma con cada nuevo día.
Pero la estabilidad de mi rutina no duraría intacta mucho tiempo.
Mi primer periodo me vino en la madrugada de un domingo. Al despertar noté mi ropa interior húmeda y, al revisar las sábanas, vi la mancha oscura. Me quedé congelada unos segundos antes de correr al baño. Mi madre me encontró allí, en pijama y con los ojos muy abiertos, paralizada frente al espejo. Entendió lo que estaba pasando de inmediato y con la voz más dulce que pudo dijo:
—Tranquila. Es normal. Significa que tu cuerpo está madurando, que estás pasando de ser una niña a ser una mujer.
No supe si reír o llorar. Ya consideraba bastante traumático ser una niña, y ahora me convertía en mujer. Como si necesitara otro recordatorio de que este cuerpo seguía su curso, ajeno a mi voluntad. Mi madre me ayudó a limpiar todo y esa misma mañana me regaló una cajita con toallas femeninas. Usé una por segunda vez en mi vida, pero esta vez sí por necesidad.
Ser mujer es un fastidio, pensé mientras caminaba por la casa con esa sensación extraña entre las piernas. Como un pañal permanente. Como un recordatorio constante de que mi cuerpo ya no era el que debía ser.
El periodo me duró cinco días. Me costó mucho hacer vida normal: la incomodidad, los cólicos, la inseguridad de mancharse, prestar atención a clase en medio de todo… Pero lo conseguí. Al siguiente fin de semana, mi mamá me compró un paquete de toallas y me enseñó a llevar un conteo aproximado para prever el próximo ciclo.
—Genial —pensé con resignación—. Apenas terminó uno y ya estoy esperando el siguiente.
En medio de todo eso, las sesiones de besos con Gabriel continuaban con la misma frecuencia. Llegábamos juntos a mi casa después de la escuela y él se iba media hora antes de que nadie pudiera encontrarnos. Era nuestro ritual, nuestro secreto, nuestro pequeño mundo de dos.
A veces, en medio de un beso, mi mente se desconectaba y recordaba. Recordaba cuando Gabriel y yo éramos solo dos chicos jugando fútbol, compartiendo un helado, riéndonos de estupideces. Y luego abría los ojos y veía su rostro cerca del mío, sus manos en mi cintura, y sentía que era otra persona. Que yo era otra persona. Y esa disociación, ese estar dividida entre dos identidades, me hacía sentir mareada. Perdida.
Pero luego él sonreía, y todo desaparecía.
...
Pero un martes la rutina se rompió.
Mi mamá regresó más temprano por culpa de un resfriado. Abrió la puerta y se encontró con la escena: Gabriel y yo besándonos en la sala. Yo estaba sentada sobre sus piernas, mis brazos alrededor de su cuello. Llevaba puesta la falda del uniforme, que se me había subido un poco por la posición, dejando al descubierto gran parte de mis muslos. La mano de Gabriel descansaba sobre mi pierna desnuda, justo encima de la rodilla, en un gesto que era a la vez tierno y terriblemente comprometedor.
—¡¿Qué está pasando aquí?! —exclamó, con una mezcla de sorpresa e indignación.
Me separé de inmediato, bajándome la falda instintivamente con un movimiento rápido y avergonzado. Me sonrojé hasta las orejas, no solo por el beso, sino porque mi madre había visto la escena completa: yo sobre él, mi falda subida, su mano en mi pierna. La pose era... mucho más que comprometedora.
Gabriel se levantó del sillón y, con voz nerviosa pero firme, dijo:
—Señora, lo siento mucho, yo solo...
—No me interesa lo que tengas que decir —lo interrumpió mi madre, con los brazos cruzados y el rostro severo—. Estás en mi casa sin mi permiso. Eso no se hace. Quiero que te vayas, ahora mismo.
Gabriel bajó la cabeza y asintió. Me lanzó una mirada rápida, una mezcla de disculpa y preocupación, y salió sin decir más.
Mi madre se quedó de pie, mirándome. El enojo apenas comenzaba.
—¿Desde cuándo estás de novia con ese chico? ¿Por qué no me dijiste nada?
—No es mi novio —balbuceé, sintiendo las mejillas arder.
—¿Entonces te besas con chicos así, sin más? —su voz subió de tono—. ¡Te vi la falda, Julieta! ¡La tenías subida hasta casi la cintura! ¡Y ese chico tenía la mano en tu pierna! ¿Te parece eso normal?
—No me beso con chicos en plural… solo con él —me defendí, roja como un tomate, sin saber cómo explicar lo inexplicable.
—¿Cuánto tiempo llevan con… esto?
Bajé la cabeza. No podía mentirle.
—Casi un año —dije finalmente.
—Julieta… si llevas un año besándote con el mismo chico, es tu novio —sentenció.
Después del primer estallido, ambas nos calmamos. Nos sentamos en el sillón de la sala —el mismo donde nos habían descubierto— y hablamos con más tranquilidad. Mi mamá me explicó que no estaba enojada porque tuviera novio, sino porque lo había escondido. Porque habíamos estado solos en casa sin que ella lo supiera. Porque me había puesto en una situación vulnerable sin que nadie pudiera protegerme.
—No puedes seguir haciendo esto a escondidas —dijo—. Puedes invitarlo, claro que sí, pero solo cuando tu papá o yo estemos en casa. Y si están en tu cuarto, la puerta debe quedar abierta. ¿De acuerdo?
Asentí en silencio. No había argumentos para rebatir eso.
—Y en quince días es tu fiesta de cumpleaños. Quiero que lo invites y se lo presentes a tu papá y a mí como es debido. Nos dirás: mamá, papá, él es fulanito y es mi novio. Si no lo haces, te prohíbo seguir viéndolo.
Asentí de nuevo, aunque esta vez con el corazón encogido.
Fingir que Gabriel no era mi novio había sido mi escudo durante todo ese tiempo. No tenía que ponerle nombre a lo que sentía. No tenía que aceptar en voz alta que una parte de mí deseaba quedarse así para siempre. Mientras no lo nombráramos, podíamos seguir viviendo en esa ambigüedad, en ese "casi" que nos protegía de la verdad.
Pero ahora ya no había excusas.
Estaba a punto de presentar a un chico como mi pareja.
Y no sabía si estaba lista para eso.
Esa noche, acostada en mi cama, mirando el techo, pensé en lo que significaba. Presentarlo como mi novio significaba aceptar que yo era su novia. Que éramos una pareja. Que lo nuestro era real.
Significaba aceptar que yo era, definitivamente, una chica.
Romeo jamás haría esto, pensé. Romeo jamás se sentaría a hablar con su madre sobre su novio. Romeo jamás usaría falda. Romeo jamás se sentaría sobre las piernas de otro chico para besarlo.
Romeo estaría horrorizado. Pero Romeo ya no está aquí.
Y aunque esa idea ya no me aterraba como antes, seguía sintiéndose extraña. Como un zapato que no termina de ajustar del todo, pero que ya no piensas en cambiarte porque duele menos usarlo que andar descalza.
Antes de dormir, miré la foto que nos habíamos tomado en la playa con Mariana. Dos chicas sonrientes, felices, en bikini. La chica de la foto era yo.
Y por primera vez, sentí que, quizá, no sería tan malo seguir siendo la chica de esa foto, vivir mi vida así. Ser la novia de Gabriel y, con los años, quizá mucho más.
Los días siguientes en la playa me trajeron varios momentos que no olvidaría jamás.
A la mañana siguiente, Mariana me despertó con una sonrisa:
—Vamos a desayunar en una hora… tenemos el tiempo justo para arreglarnos —dijo divertida mientras tomaba una toalla de su maleta y se dirigía al baño.
Me quedé en la cama un momento, pensativa. Tenía muchas dudas sobre el período y sentía que, tal vez, me sería más fácil hablar con Mariana que con mi propia mamá. Pero eso no lo hacía menos intimidante. Mi cuerpo estaba cambiando, y con esos cambios venían preguntas que nunca imaginé tener que hacerme, cosas que como chico nunca me importaron. Pero ahora era una chica.
Cuando Mariana salió del baño con un vestido azul que le quedaba precioso, sentí que también debía vestirme con algo fresco y bonito. Elegí un vestido verde, ligero, que me había comprado mi mamá antes del viaje. Con el calor de la playa, usar vestido era, además de cómodo, una delicia. El roce de la tela contra mi piel, la libertad de movimiento, la brisa colándose por el dobladillo. Cosas que antes me habrían parecido extrañas, ahora simplemente eran.
Mientras nos peinábamos frente al espejo, me armé de valor.
—Todo este asunto de la regla me da mucho miedo —confesé al fin—. Tal vez, si te cuento unas dudas que tengo, me ayude a superarlo.
Mariana me miró con ternura, esa mirada que solo tienen las amigas verdaderas.
—Pregúntame lo que quieras, para eso están las amigas.
Le pregunté cuánto duraba un período, si había forma de saber cuándo te iba a bajar y cómo se usaba una toalla femenina. Cosas que, en mi vida anterior como chico, nunca me había planteado. Ahora eran preguntas urgentes, reales.
Mariana me respondió con naturalidad, como si habláramos del clima. Y cuando llegamos al tema de la toalla, dijo:
—Te enseñaré a usar una.
Tomó una de su maleta y me llevó al baño. Entré y Mariana me fue dando indicaciones desde fuera de la puerta.
—Despega el papel, colócala sobre el centro de la braga y usa las alitas para fijarla por debajo.
Lo hice con cuidado, mis dedos temblorosos. Cuando terminé, subí mi ropa interior y noté la sensación extraña entre las piernas, como un pequeño pañal. Algo acolchado, mullido, extraño.
—Creo que ya quedó —dije, insegura.
—Perfecto. Déjatela puesta, ya tenemos que irnos.
Durante el desayuno, logré ignorar la sensación de la toalla. La comida estuvo deliciosa, las risas constantes y el trato cariñoso de los padres de Mariana me hizo sentir muy querida. Para cuando terminamos, la toalla ya no me parecía tan incómoda. No es tan malo como pensé, me dije a mí misma. Y ese pensamiento, por alguna razón, me tranquilizó.
Al regresar a casa, vimos una comedia romántica todos juntos. Más tarde, el papá de Mariana anunció:
—En una hora vamos a la playa, así que vayan a descansar un rato.
Ambas tomamos una siesta. Al despertar, Mariana sacó un pequeño tubito envuelto en papel.
—¿Qué es eso? —pregunté con curiosidad.
—Un tampón. Las toallas no sirven para hacer ejercicio ni para meterse al agua —explicó—. Funcionan igual, pero en lugar de pegarse a tu ropa interior, van dentro de tu cuerpo.
Me ruboricé solo de pensarlo. ¿Dentro de mi cuerpo? La idea me parecía invasiva, casi violenta.
—No es tan malo como suena —agregó Mariana con una sonrisa—. Gracias a esto, hoy podré meterme al mar.
Esa tarde, bajo el sol dorado, jugamos en las olas y nos recostamos sobre la arena cálida. La brisa marina, los gritos de las gaviotas y las risas entre amigas formaron un cuadro perfecto. Por momentos, olvidé todas mis dudas. Solo existía el presente, el agua, la amistad.
Esa noche, los papás de Mariana prepararon la cena en la casa. Todo fue paz y felicidad. Los días siguientes pasaron volando. Visitamos un acuario, probamos mariscos en restaurantes locales y fuimos a la playa cada tarde. Cada momento era un recuerdo nuevo, una capa más de esta vida que estaba construyendo sin darme cuenta.
El domingo por la tarde, un vendedor de fotos instantáneas nos ofreció una foto. Mariana posó con coquetería, echando el cabello hacia atrás, y yo, sin pensarlo mucho, la imité. Sonreí a la cámara con naturalidad, como si siempre hubiera sabido hacerlo. Cuando nos entregaron la imagen, me quedé mirando en silencio.
Dos chicas sonrientes, en bikini, con el bronceado del sol de la costa y la alegría en los ojos.
Sentí un sacudón interno. No puedo creer que la chica de la foto sea yo, pensé. El chico de diecisiete años que fui alguna vez no estaría en esa escena. No con esa felicidad, no con ese atuendo, no con esa sonrisa. Romeo no existía en esa foto. Solo existía Julieta.
Guardé la foto en mi bolsillo, como un tesoro secreto.
El lunes por la mañana emprendimos el regreso. Mariana y yo dormimos casi todo el trayecto, agotadas y felices. Antes de despedirme, me dio un abrazo fuerte:
—Te voy a extrañar, Juli. Tenemos que repetir esto.
—Sí —dije, sonriendo—. Fue la mejor semana.
Y lo decía en serio.
Esa noche, mientras me desmaquillaba en casa frente al espejo, recordé la foto, las risas, la conversación en el baño. Recordé la toalla, el tampón, las confidencias. Recordé cómo me sentí en la playa, libre, feliz, completa.
Por primera vez me permití pensar: Si vuelvo a ser Romeo… jamás habría vivido esto. Nunca habría sido tan cercana a Mariana. Nunca habría sido besada por Gabriel. Nunca habría sido yo.
Me sentí confundida. Soy un hombre, me recordé a mí misma, apretando los ojos. No me puedo quedar así.
Pero la duda ya estaba sembrada. Y crecería, poco a poco, como la marea.
Como la marea que habíamos visto subir en la playa, implacable, inevitable.
Como la marea que moja la orilla una y otra vez, hasta que la orilla ya no recuerda cómo era estar seca.