Capítulo 9 – Lo que el cuerpo calla
Los días siguientes fueron incómodos para mí. Quería olvidar el beso, dejarlo atrás como una equivocación superada, pero no podía. Lo había besado. A Gabriel. A mi mejor amigo, a mi compañero de fútbol, de videojuegos. Con el que había crecido como un hermano cuándo ambos fuimos varones. Pero gracias a un estúpido deseo concedido por un tótem habíamos vuelto en el tiempo, él seguía siendo un varón y yo era una niña que lo había besado.
Hubo muchos testigos del beso. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la sensación de sus labios contra los míos, el calor de su mano en mi espalda, la forma en que me miró después. Y lo peor es que no podía decidir si quería olvidarlo o repetirlo.
Dos días después, mientras comíamos en silencio, mi madre rompió la calma con voz suave pero firme:
—Vi el beso que te diste con Gabriel, y vamos a tener una plática sobre salud sexual.
—Mamá, ¡no! —protesté, sintiendo las mejillas arder como si tuviera fiebre.
Pero mi protesta no sirvió de nada. Durante una media hora eternamente incómoda, mi mamá habló de cuerpos que se buscan, de relaciones sexuales responsables, de salud reproductiva y prevención de enfermedades. No escatimó en detalles sobre como un chico puede estar dentro de una chica y todas las implicaciones del acto sexual. Yo apenas podía sostener la mirada. Clavaba los ojos en mi plato, en mis manos, en cualquier sitio que no fuera su rostro. No podía creer que mi mamá pensara que yo podía tener relaciones con un chico. Peor aún, que pudiera tener relaciones con mi mejor amigo.
Cada palabra que salía de su boca era un recordatorio de mi nueva realidad. De que mi cuerpo, este cuerpo que aún me costaba reconocer como mío, era capaz de esas cosas. De que, biológicamente, era una niña en edad de experimentar cambios. De que, para mi madre, yo era solo eso: una hija a la que debía educar sobre su futura vida sexual.
Y cuando creí que ya había pasado lo peor, soltó la bomba:
—En cuanto te llegue tu periodo, serás fértil. Solo quiero que estés preparada.
Me quedé helada.
Hasta ese momento, a pesar de los meses que llevaba como niña, nunca había pensado realmente en eso. Sabía, en teoría, que las niñas menstruaban. Lo había aprendido en biología, lo había escuchado en conversaciones ajenas. Pero nunca lo había asociado conmigo misma. Nunca había imaginado que yo, Romeo o mejor dicho Julieta, tendría un periodo. Que sangraría cada mes. Que mi cuerpo seguiría ese ciclo biológico femenino sin importar lo que mi mente pensara.
Un nudo se formó en mi estómago, apretado y frío. La conversación terminó, pero la incomodidad quedó flotando, persistente, como un eco que no quería apagarse.
...
Dos días después, visité a Mariana en su casa. Jugamos baloncesto como siempre, corrimos por el patio y nos empapamos de sudor bajo el sol. Por un rato, pude olvidarme de todo. El balón en mis manos, el golpe contra el tablero, la satisfacción de encestar. Era lo más cerca que estaba de sentirme libre.
Pero cuando tomamos una pausa para beber agua, Mariana me miró con ojos muy abiertos.
—¿Y ya eres la novia de Gabriel?
Casi escupí el agua.
—¡Claro que no! ¿Por qué haría algo así?
—Ya sabes, por el beso… —replicó, encogiéndose de hombros.
Me quedé callada un momento. Pensé en cómo explicarle algo que ni yo misma entendía. Finalmente respondí con calma, conteniendo la incomodidad:
—A veces un beso solo es un beso.
Era una frase sencilla, casi cliché. Pero detrás de esas palabras estaba el esfuerzo de aferrarme a mi lógica pasada, a esa claridad que aún conservaba del chico de diecisiete años que había sido. Aún quería creer que podía separar mi razón de mi cuerpo, que podía mantener la distancia entre quien fui y quien estaba empezando a ser.
...
Pero mi nueva realidad me traicionaba más a menudo de lo que quería admitir. Esa semana soñé tres veces con el mismo momento: el beso.
Era como revivirlo, pero más intenso, más profundo. En el sueño, llevaba mis tacones y mi vestido encorsetado que ceñía mi cintura y realzaba mi silueta. Me sentía atrapada en un cuerpo ajeno que, sin embargo, ya era el mío. Gabriel se acercaba con su sonrisa tímida, me ofrecía la mano, y bailábamos. Giraban lentamente bajo una luz cálida, y yo sabía lo que venía. Intentaba resistirme, pero mi cuerpo no me respondía.
El beso llegaba.
No como en la vida real, donde duró apenas unos segundos. En el sueño, el beso era eterno. Gabriel me abrazaba con ternura, pero también con deseo. Y yo no quería soltarme. Mi mente gritaba que eso estaba mal, que no podía dejarme llevar. Recordaba quién había sido, recordaba mi vida anterior. Pero mi cuerpo tenía otra idea. Se entregaba al beso con una pasión que me desarmaba.
Despertaba jadeando, agitada. Y la humedad entre mis piernas me confirmaba que había disfrutado el sueño.
La primera vez, me levanté de golpe, mirando las sábanas como si fueran la prueba de un crimen. La segunda, me quedé inmóvil, procesando lo que había pasado. La tercera, lloré.
Una parte de mí se sintió avergonzada. Otra, aterrada. Pero lo más inquietante fue el susurro que vino después, silencioso pero claro:
Quiero que se repita.
Lo negué. Me dije a mí misma que era solo el cuerpo, solo hormonas, solo la maldita biología femenina haciendo de las suyas. Pero la verdad era más simple y más aterradora: mi cuerpo comenzaba a tomar el control, no solo de mis reacciones, sino también de mis deseos. Algo dentro de mí se estaba acomodando, como si mi mente y mi piel empezaran a ir en la misma dirección.
Y lo peor, o tal vez lo mejor, era que ya no estaba segura de si quería detenerlo.
Porque aunque en el fondo aún dijera "sigo siendo un hombre", cada vez me costaba más creerlo. Cada vez que me miraba al espejo y veía a esa niña de cabello largo y facciones suaves, la duda crecía. Cada vez que sentía mariposas al pensar en Gabriel, la línea se difuminaba un poco más.
Ya no sabía quién era. Ya no sabía si quería volver a ser Romeo, o si estaba lista para aceptar que Julieta era más que una personalidad impuesta, Julieta comenzaba a ser mi verdadero yo.
Y eso, quizá, era lo más aterrador de todo.
















