Capítulo 4: Primer día
Me detuve frente a la entrada de mi nueva escuela y respiré hondo. El edificio era el mismo que había visto cientos de veces cuando era Álvaro, pero hoy parecía distinto. Más grande. Más amenazante. Me acomodé el cabello detrás de la oreja—un gesto que ya empezaba a salirme natural, sin pensar—y revisé mi atuendo por última vez: jeans rectos, camiseta suelta, sudadera que me caía justo debajo de la cadera. Nada llamativo. Nada que gritara mírenme.
Y sin embargo, bastaron unos pasos dentro del edificio para sentir las miradas.
Eran distintas a las que había sentido en la plaza con mi madre. Estas eran de chicos de mi edad, jóvenes con mochilas colgando de un hombro, masticando chicle, riéndose por cualquier cosa. Me miraban de reojo, como quien intenta no ser obvio pero falla estrepitosamente. Algunos bajaban la vista apenas los descubría. Otros no. Otros sostenían la mirada, recorriéndome de arriba abajo con una lentitud que me hacia sentir desnuda.
Me abracé a mí misma mientras caminaba por los pasillos. Mis brazos cruzados sobre el pecho, justo donde los senos nuevos se marcaban bajo la tela. Una vulnerabilidad nueva, punzante, difícil de explicar. Antes, cuando era Álvaro, también había mirado así a algunas chicas. Para ser honesto, yo las miraba peor de lo que ahora me miraban a mí, pero eso tampoco me consolaba. Era un juego. Una costumbre. Verlo desde el otro lado era otra cosa. Duele. Incomoda. Descoloca.
Quise maldecir, pensar alguna mala palabra para desahogarme, pero las palabras se no llegaban a mi cabeza. Desde que desperté en este cuerpo, la furia llegaba más lenta, más difusa, como si necesitara un camino que ya no existía.
Miré mi horario. Primera clase: Literatura 02.
...
El aula era pequeña, apenas una docena de alumnos. Traté de sentarme al fondo, pero la profesora, una mujer de rostro amable y tono enérgico, pidió que todos ocupáramos las primeras tres filas. Elegí una esquina, al lado de una chica con cabello negro y rizado, actitud relajada, que masticaba chicle con la tranquilidad de quien no le teme a nada.
La clase comenzó sin ceremonia. Mientras la profesora explicaba los criterios del semestre, la chica deslizó su libreta hacia mí. En una esquina, había escrito con letra clara:
—Hola, ¿eres nueva?
La miré, sorprendida. Tomé mi bolígrafo y escribí debajo:
—Sí, es mi primer día.
La chica sonrió y volvió a escribir:
—Soy Monse. ¿Quieres ser mi amiga?
Algo se aflojó dentro de mí. Esa simple pregunta, directa y dulce, me pareció imposible de imaginar en una conversación entre dos chicos. Si yo todavía fuera Álvaro y estuviera sentado junto a otro tipo, eso jamás habría pasado. Lo habrían considerado ridículo, raro, "poco masculino". Los hombres no se dicen esas cosas. Los hombres compiten, se miden, se golpean en el hombro y se insultan con cariño. Pero no preguntan ¿quieres ser mi amigo?
Y sin embargo, ahí estaba esta chica, abriéndome una puerta sin juicio ni reservas. Sonreí.
—Sí —escribí.
Monse garabateó rápido:
—Hablemos después de clase, hay que poner atención.
Asentí y guardé el bolígrafo. Por un momento, solo un momento, olvidé que estaba escondida. Olvidé que mi cuerpo era una mentira. Fui solo una chica nueva en la escuela, y alguien quería ser mi amiga.
...
Al sonar la campana, Monse giró hacia mí con naturalidad.
—¿Cómo te llamas, chica desconocida?
—Aline —respondí, y mi voz sonó firme. Menos mal.
Charlamos mientras salíamos. Nada importante: el clima, lo aburrido del curso, el café espantoso de la cafetería. Su presencia me calmaba, como una manta en invierno.
—¿Cuál es tu siguiente clase? —preguntó.
—Historia 3.
Monse arqueó una ceja.
—Entonces estás recursando Literatura, ¿eh? Es raro… no tienes cara de chica mala.
Lo dijo con una sonrisa pícara, sin malicia. Reí, y por un momento olvidé dónde estaba, quién era, lo que se suponía que debía sentir.
—Nos vemos después —dijo, y desapareció entre la multitud.
...
Historia fue monótona. Apenas pude concentrarme. Todo el tiempo pensaba en mi voz, en cómo sonaría si me hacían leer en voz alta, en si alguien notaría algo extraño. Pero nadie lo hizo. Para todos, era simplemente otra alumna más. Otra chica en la tercera fila, tomando apuntes, mirando por la ventana.
Pero también pensaba en las miradas de los chicos en el pasillo. En cómo me habían recorrido. En cómo mi cuerpo—este cuerpo nuevo que aún no controlaba—había reaccionado. Un calor húmedo, inesperado, que apareció sin permiso mientras recordaba sus ojos sobre mí. Me avergonzaba admitirlo, pero ahí estaba. Mi carne respondía a ser mirada como carne. Y esa respuesta me humillaba más que cualquier cosa.
...
La última clase del día era Ética. La una de la tarde, el sol filtrándose por los ventanales, los pasillos calientes y ruidosos. Caminaba con la cabeza un poco baja, el cabello cayendo a los lados de mi rostro, cuando vi a un grupo de chicos apoyados contra la pared.
Riendo. Bromeando.
Mi corazón se detuvo un segundo.
Yo los conocía, al centro de todos estaba Erick.
Mi mejor amigo. Mi hermano de batallas. Habíamos jugado fútbol juntos, compartido secretos, visto películas de terror hasta el amanecer. Me había roto la nariz una vez, en una pelea de broma, y yo le había devuelto el golpe con creces. Él sabía quién era yo. Sabía lo que pensaba, lo que sentía, lo que temía.
Por un instante, quise correr hacia él. Decirle la verdad. Gritarle "soy yo, Álvaro, ¿no me reconoces?"
Pero entonces me vio.
Dijo algo al grupo y todos se giraron hacia mí.
Las miradas no eran de reconocimiento. Eran otras. Evaluadoras. Cargadas. Lascivas. Recorrieron mi cuerpo—mis piernas en los jeans, mis caderas, mis pechos bajo la sudadera—con una lentitud que me heló la sangre.
Y luego vino lo peor.
Erick levantó las manos y, con una sonrisa burlona, dibujó en el aire una figura. Una cintura estrecha. Caderas amplias. El gesto fue grosero, caricaturesco. La mímica de un cuerpo de mujer reducido a sus curvas, a su carne, a su disponibilidad.
Todos rieron.
Algo se rompió dentro de mí.
No me veían. No me veían a mí. Solo veían un cuerpo. Un "filete", pensé, y la palabra me supo a hiel. Me di media vuelta y caminé más rápido, sintiendo sus risas a mis espaldas, sintiendo sus ojos aún pegados a mí, sintiendo—otra vez, siempre—esa humedad traicionera entre las piernas que no entendía, que no controlaba, que mi cuerpo nuevo producía como respuesta a ser reducida a objeto.
Si no me hubiera metido en problemas, pensé, quizá estaría ahí con ellos. Haciendo lo mismo. Siendo uno de ellos. A veces, ser hombre era sinónimo de ser un cretino. Hoy lo entendía como nunca. Lo entendía en mi carne, en mi piel, en la forma en la que un cuerpo pequeño y femenino podía ser tan vulnerable ante un grupo de chicos.
Pero también entendía algo más: que una parte de mí, la parte que aún era Álvaro, comprendía por qué lo hacían. Y esa comprensión me hacía sentir cómplice. Sucia. Dividida.
...
Llegué al aula de Ética temblando. Y ahí, junto a la ventana, vi a Monse haciéndome señas. Me acerqué y me senté a su lado. No preguntó por qué parecía triste. Solo me sonrió y me pasó un caramelo.
—Los lunes son horribles —dijo.
Sonreí débilmente. Apreté el caramelo en mi mano, sintiendo el plástico contra mi piel suave, mis uñas crecidas, mis dedos delgados. Y agradecí el silencio. El gesto simple. La compañía.
Tal vez no todo estaba perdido.
Pero mientras Monse hablaba de cualquier cosa, yo no podía dejar de pensar en Erick. En sus manos dibujando mi silueta en el aire. En nuestros amigos riendo. En cómo yo, hace unas semanas, habría sido uno de ellos. En cómo, a pesar del asco y la humillación, mi cuerpo seguía reaccionando, seguía humedeciéndose, seguía queriendo algo que mi mente rechazaba.
Eso fue lo peor de todo.
Que en algún rincón oscuro de mí, la chica que estaba aprendiendo a ser disfrutaba, apenas un poquito, de ser vista.



























