Capítulo 6: Una de nosotras
El resto de mi período pasó con una normalidad aterradora. Para el tercer día, los calambres cedieron y pude volver a usar pantalones, sintiendo una falsa sensación de control. Creí, ingenuamente, que lo peor había pasado.
Estaba profundamente equivocado.
Desde aquel día en que Joshua se ofreció a acompañarme a casa, se había convertido en una presencia constante en mi vida. Era mi único amigo varón y nunca ocultó su interés en mí. Me decía cosas como "Ese vestido te queda increíble, Meli" decía, o "Tienes una sonrisa muy bonita."
Yo solía poner los ojos en blanco o murmurar un "gracias" incómodo, pero seguía hablando con él por una simple y egoísta razón: era la única persona con quien podía hablar de fútbol. Ningún otro chico me hablaba y a las chicas no les interesaba. E incluso las platicas de fútbol con mi papá habían desaparecido. Además, el coqueteo descarado de Joshua siempre se mantenía en el límite del respeto, así que podía tolerarlo.
Seguía juntándome con las chicas en los recesos, pero una semana noté la ausencia de Andrea la mitad de los días.
—¿Dónde está Andrea? —pregunté después de un par de días sin verla, intentando sonar casual.
—Oh, seguro anda por ahí —respondió Marce con un encogimiento de hombros, y las demás asintieron, como si supieran algo que yo no.
Pasaron unos quince días desde mi primer período, y llegó el que, sin duda, mi vida se volvió a poner patas arriba.
Salí de casa con un vestido. No sabría explicar el porqué; fue un impulso. Una parte de mí simplemente no quiso usar pantalones ese día. La tela ligera rozaba mis piernas de una manera que ya no me resultaba del todo ajena.
Al salir de la escuela, Marce nos animó a todas.
—¡Vamos a ver el partido de la liga escolar! Mi novio juega.
Las demás aceptamos al unísono. Aunque ya no podía jugar me seguía gustando mucho el fútbol. No iba a los partidos porque no quería estar solo, en un ambiente tan masculino, con mi cuerpo de mujer. Andrea, como era costumbre últimamente, ya había desaparecido.
Sentado en las gradas, con el sol calentándome la espalda, una punzada de nostalgia me atravesó al ver correr a los chicos en la cancha. Si aún fuera Melvin, yo estaría ahí abajo, sudando y gritando, no aquí arriba, con un vestido ondeando con la brisa.
Fue entonces cuando Joshua me vio. Desde el campo, su rostro se iluminó y gritó:
—¡Meli, acá estoy! —saludando con la mano.
Yo le correspondí con la mía, y entonces sentí algo que me paralizó: mi corazón dio un vuelco. No fue desagradable. Eso era lo aterrador. El resto del partido no pude apartar los ojos de él, de la forma en que sus músculos se tensaban al correr, del sudor que le brillaba en el cuello. De su cabello despeinado por la brisa. Por alguna razón mis ojos iban a su entrepierna, a su bulto. Y entonces, sentí una humedad en mi nuevo sexo. Conocía la sensación. Como hombre, la había experimentado incontables veces. Estaba caliente.
Pero esta vez era diferente. Esta vez me estaba poniendo caliente un chico. Me gustaba Joshua.
La revelación me sacudió como un balde de agua helada. Empecé a sentir náuseas y confusión.
—Tengo que bajar al baño —balbuceé para justificar mi ausencia ante las chicas, me levante de un salto y casi tropecé con mi propio vestido.
Bajaba de las gradas como un autómata, buscando un lugar para ocultar mi confusión, cuando los vi. Allí, escondidos en la penumbra detrás de las gradas, estaban Andrea y Carlos. Besándose con una pasión que me dejó en shock. Ya era un día malo antes de ver a mi novia besándose con otro chico. No, peor aún, besándose con alguien que sí era un chico.
Pasaron sólo dos segundos pero pensé en cómo a los 8 Andrea y yo comenzamos a hablar mientras jugábamos todos los del salón juntos, acompañados por la maestra en el patio de la escuela, desde ese día nos hicimos buenos amigos. Recordé como a los 12, me parecía la chica más hermosa del mundo, me sentí enamorado de ella desde ese momento. Tardé casi cinco años en confesarle mis sentimientos, pero había valido la pena. Ella me había dicho que si. Y nos volvimos novios. No duró ni 20 días nuestro noviazgo porque el Gran Cambio me convirtió en mujer. Y ahora estábamos aquí, yo convertido en mujer, usando un vestido... y ella besándose con otro chico a escondidas. Pude sentir las lágrimas correr por mi cara. Nunca me había sentido tan humillado en toda mi vida
Un grito ahogado se escapó de mis labios. Mis libros y mi mochila cayeron al suelo con un ruido sordo que cortó su momento íntimo. Dos pares de ojos se clavaron en mí. Andrea se separó de un salto, su rostro teñido de un rojo escarlata de culpabilidad y sorpresa. Carlos, más sereno, se agachó para ayudarme a recoger mis cosas mientras yo permanecía petrificado, con lágrimas en los ojos.
—Voy a acompañarla un rato —le dijo Andrea a Carlos con voz temblorosa, y me tomó del brazo.
Caminamos en un silencio denso y pesado hasta encontrar un rincón apartado. Cuando estuvimos solas, soltó la explicación que ya sabía.
—No quería que te enteraras así —comenzó, mirando al suelo—. Llevo un par de semanas saliendo con Carlos. Hoy iba camino a las gradas a estar con ustedes y… me lo encontré.
Un nuevo silencio, aún más elocuente, se instaló entre nosotros.
—Hoy fue nuestro primer beso, lo juro —añadió, y pude ver sus ojos vidriosos—. Melvin… han pasado tres meses desde que te convertiste en mujer. Te he visto usar vestidos aquí en la escuela... Pensé que ya no sentías nada por mi. Que ya eras una chica en todos los sentidos... todos dicen que hay algo entre tú y Joshua. Yo… solo te veo como una amiga. Debemos terminar…
Ella tenía lagrimas en los ojos al hablar. Ambas lloramos, un llanto cargado de la pena por lo que fue y el duelo por lo que nunca volvería a ser. Después de un largo rato, pude hablar.
—Usé esos vestidos porque los pantalones eran insoportables con los calambres del período... y tenía exámenes esos días —confesé, sintiendo cómo mi rostro ardía.
Fue una confesión infantil, pero era la única verdad que podía ofrecer en ese momento.
Y entonces, no pude contenerme más. La compuerta se abrió y le conté todo. Que había huido de las gradas porque al ver a Joshua, me había excitado. Que sentirlo, en este cuerpo, me había revolcado por completo. Y que luego, para rematarlo, los había visto a ellos.
Andrea me escuchó, y en sus ojos no había juicio, solo una triste comprensión.
—Lamento que te hayas enterado así —repitió—. Y respecto a lo de Joshua… son dos cosas. La primera es que definitivamente te gusta. Pero la segunda es que estás tan… sensible, porque estás ovulando.
—¿Qué? —pregunté, con genuina curiosidad a través del dolor.
Me explicó que durante la ovulación, el cuerpo de la mujer está en su punto más fértil y, a menudo, el deseo sexual se intensifica. La información cayó sobre mí como un ladrillo. No solo mis emociones no eran mías, sino que ahora mi propio cuerpo conspiraba contra mi identidad, usando la biología para traicionarme.
—¿Podemos seguir siendo amigos? —preguntó, su voz un hilo de esperanza.
Lo pensé. El dolor por la traición era agudo, pero la idea de perderla por completo era insoportable. Era mi último ancla a mi vida anterior.
—Sí —dije finalmente.
Nos abrazamos, un abrazo que sellaba el final de un capítulo y el inicio de uno nuevo, más complicado. Cuando nos separamos, ella me miró con una sonrisa tenue y curiosidad.
—Oye. Si hace dos semanas usaste vestidos por los calambres… ¿por qué traes uno hoy?
—No lo sé —respondí, y era la verdad más pura que tenía—. Simplemente… tuve muchas ganas de usarlo.
—Tal vez también fue por la ovulación —sugirió con un atisbo de su antigua picardía—. O tal vez… solo tal vez… ya eres una de nosotras.
Sus palabras resonaron en mi interior mucho después de que se fuera. Me quedé allí, quieto, sintiendo la suave tela del vestido contra mi piel. No me sentía cómodo siendo mujer. No quería serlo. Pero con cada lágrima, cada calambre, cada oleada de deseo no buscado y cada prenda que me ponía, el mundo y mi propio cuerpo se empeñaban en transformarme en una.














