Capítulo 14: Los combates
Aline despertó temprano, envuelta en el silencio tibio de la habitación. Se estiró lentamente y notó que la cama junto a la de ella ya estaba vacía. Desde el baño llegaba el sonido del agua corriendo. Mateo ya se estaba duchando.
Cuando salió, aún con el cabello húmedo y una toalla en la cintura, se inclinó para besarla suavemente en los labios. Ella respondió al beso con dulzura.
—Tengo que estar en los vestidores dos horas antes del evento —murmuró con una sonrisa—. Deséame suerte.
Aline asintió somnolienta, y lo vio desaparecer por la puerta, dejándola sola entre las sábanas revueltas y los ecos de la noche anterior.
Se levantó despacio y buscó en su maleta el vestido que había dudado tanto en llevar. Era sencillo, azul con pequeñas flores blancas, pero al ponérselo, cada fibra pareció susurrarle una verdad que ya no podía evitar: era ella, completamente. Y por primera vez, se sintió plena en su piel.
En el ambiente cargado de testosterona del gimnasio, se sintió más expuesta que nunca. Las miradas se posaban en ella con descaro, y por un momento pensó en cubrirse, esconderse. Pero no lo hizo. Mantuvo la cabeza en alto. Era su forma de decirle al mundo —y a sí misma— que estaba ahí con orgullo. Que no se iba a esconder más.
En las gradas, los papás de Mateo la recibieron con una calidez que le tocó el alma. Naomi le pasó una botella de agua y le sonrió como si fuera parte de la familia. Cuando Mateo subió al cuadrilátero, la buscó con la mirada. Al encontrarla, le regaló una sonrisa que hizo que Aline sintiera mariposas revolotear en su estómago.
La primera ronda fue sencilla. Mateo tuvo cuatro combates, pero en todos se mostró muy superior. Se movía con agilidad y decisión, como si cada técnica saliera directamente de su instinto. Apenas recibió un par de golpes, ninguno lo hizo retroceder. Desde las gradas, Aline lo miraba con una mezcla de orgullo y asombro. Al principio contenía la emoción, pero en el tercer combate no pudo más y se puso de pie para gritar: "¡Vamos, Mateo!". Su voz resonó por encima del bullicio, clara y decidida. Pero lo que había dicho en voz alta no era lo mismo que había sentido por dentro: mi hombre. Se sonrojó un poco al reconocerlo, pero no lo negó. Al contrario, lo aceptó con una certeza tranquila. Mateo era su hombre. Y ella, su mujer. No necesitaba más pruebas.
Después de los cuatro combates, el evento hizo una pausa. Solo los competidores eliminados podían salir del gimnasio a reencontrarse con sus familias, así que Mateo aún no saldría. Naomi le preguntó a Aline si la acompañaba al baño. Aline aceptó con gusto. Fueron juntas a vaciar sus vejigas y luego se retocaron el maquillaje frente al espejo, Aline se sorprendió al notar cuán naturales le resultaban ya esos pequeños rituales femeninos. Con apenas unos meses de práctica, dominaba gestos, tiempos y técnicas como si siempre hubieran sido parte de ella.
Al volver a las gradas junto a Víctor, iban charlando como si fueran viejas amigas. La conexión era ligera, espontánea, sin necesidad de fingir nada.
—Llegaron justo a tiempo, va a salir a pelear Mateo en seguida —dijo él, señalando el cuadrilátero.
La pelea fue reñida. Aline se dio cuenta de que contenía la respiración en cada intercambio de golpes. Seguía con los ojos cada movimiento de Mateo: cómo esquivaba, cómo resistía, cómo contraatacaba con precisión. Cuando ejecutó una patada aérea arriesgada, Aline apretó las manos sobre sus rodillas. Pero el golpe conectó, y fue suficiente para cerrar el combate a su favor. El gimnasio estalló en aplausos. Aline sonrió, con el corazón palpitando en el pecho. Su hombre avanzaba. Y ella no podía estar más orgullosa.
En cuartos de final, Mateo dominó desde el primer instante. Su oponente apenas logró rozarlo. Cada movimiento era firme, preciso, seguro. Aline aplaudía, vibraba con cada punto que sumaba, sus ojos no se despegaban de él. Lo admiraba como nunca había admirado a nadie. Y lo supo, sin dudas ni reservas: estaba perdidamente enamorada. Podía sentirlo en el pecho, en la piel, en los dedos que temblaban de emoción.
Cuando el referí marcó el final del combate y levantó el brazo de Mateo como ganador, Aline no pudo contenerse. Se puso de pie entre el público y gritó con el alma:
—¡Te amo!
Pero la semifinal no fue justa. El rival recurrió a una patada ilegal, directa a la pierna. Mateo cayó, y aunque logró reincorporarse, era obvio que ya no podría pelear. Al final, ganó por descalificación, pero algo en su forma de cojear decía lo que nadie quería admitir: la final no sería suya.
Aline se sintió repentinamente avergonzada. Recordó sus días como chico. Pensó en cómo, en otras circunstancias, quizás habría sido más parecido al rival que jugó sucio que al Mateo justo y noble que tenía enfrente, del que se había enamorado. Pero ahora, viendo el gesto de dolor y dignidad de su amado, supo que había cambiado. Que ella era diferente de cuando fue un hombre. Que había elegido un camino distinto.
El árbitro anunció que Mateo no podría competir en la final. El título quedaría en manos del otro finalista. Al escuchar la noticia, Aline no dudó: bajó de las gradas y corrió hasta donde estaba Mateo. Se arrodilló junto a él, lo abrazó con ternura y le susurró al oído:
—Eres mi campeón.
Mateo apoyó la frente contra la de ella y sonrió con los ojos humedecidos. En ese momento, el maestro se acercó, puso una mano sobre su hombro y dijo con solemnidad:
—Hoy has peleado como los mejores. Tienes mi respeto, Mateo… y tu cinta negra, te la ganaste, campeón.
Las lágrimas brotaron sin que Aline pudiera evitarlas. Lo abrazó con fuerza. No por la cinta, no por el torneo, sino por el hombre que tenía frente a ella. Su hombre.
El árbitro anunció que Mateo no podría competir en la final. El título quedaría en manos del otro finalista. Mateo aceptó la medalla del segundo lugar apoyándose en una muleta.
Aline sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. Era un momento tan grande y tan íntimo.
El camino de regreso a casa fue tranquilo. Mateo apoyó la cabeza en su hombro durante el trayecto, y Aline le acarició el cabello con suavidad. Afuera, el mundo seguía su curso. Pero para ella, todo había cambiado.









