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Capítulo 59: Piyamada
Los días se sucedieron rápidamente. El lunes solo trabajamos Kevin y yo en la farmacia. Rita se había ido de vacaciones a la playa con sus amigas, así que éramos los encargados del negocio. Era lindo estar juntos todo el día aunque estuviéramos trabajando. Las mañanas eran especialmente bonitas: llegar y encontrar a Kevin ya abriendo la tienda, sonreírnos, besarnos antes de que llegara el primer cliente. Platicábamos de todo y de nada, y cada vez que nuestros ojos se encontraban, yo sentía mariposas en el estómago.
Cada día me esmeraba mucho para verme linda para ir al trabajo. Elegía con cuidado mi vestido, me maquillaba con paciencia, me arreglaba el pelo aunque siempre me parecía demasiado corto. Quería que Kevin me viera bonita.
Antes de que me diera cuenta, una semana había pasado y solo faltaba una semana para ir con Kevin al parque de diversiones. No podía pensar en otra cosa. En las montañas rusas, en los juegos, en la emoción de estar a su lado. En cómo sería sentir su mano en la suya mientras subían a la noria. En el beso que seguro me daría al final del día, cuando el sol se pusiera y las luces del parque se encendieran.
Pero esa noche, mamá tenía otros planes.
—Pamela —dijo cuando llegué del trabajo—, Christine y Danielle te han invitado a una piyamada. Ve a bañarte y a arreglarte. A las ocho te llevo.
—¿Una piyamada? —pregunté desconcertado—. ¿Kathy también va a estar?
—Supongo que sí. Son tus amigas, ¿no?
No pude evitar sonreír. La idea de pasar la noche con las chicas, de hablar de cosas de chicas, de hacer cosas de chicas... me llenaba de felicidad.
Subí a mi habitación y encontré un vestido sobre la cama, elegido por mi madre. Era uno de mis favoritos: azul marino, con un estampado de estrellas plateadas. Me lo puse con gusto. Me maquillé con cuidado, me puse mis pendientes favoritos y un poco de perfume. Cuando terminé, me miré al espejo y me gustó lo que vi.
Bajé las escaleras lista para irme, y me encontré con una sorpresa.
Allí, en el recibidor, estaba Dave.
Pero no era Dave. Llevaba un vestido similar al mío, de un tono rosa pálido, con mangas abullonadas y un lazo en la cintura. Su pelo, normalmente despeinado, estaba recogido en dos pequeñas coletas con cintas de colores. Llevaba maquillaje: sombra de ojos, rímel, colorete y unos labios rosa brillante. Y en sus pies, unos tacones bajos que claramente le estaban causando problemas para mantenerse en pie.
Me quedé paralizado.
—¿Qué...? —dije con duda.
Mamá salió de la cocina con una sonrisa radiante.
—Tu hermano fue muy grosero contigo el día de tu cumpleaños —dijo, como si explicara lo más natural del mundo—. Por eso, ahora tu "hermana" debe compensarte por ello. Te llevarás a "Miriam" contigo esta noche. Ella debe portarse como una niña buena, si no quiere volver a usar vestidos.
Miriam. Mi hermano, Dave, ahora era Miriam.
La cara de Dave era de absoluto terror. Tenía los ojos abiertos como platos y las manos temblorosas. Parecía a punto de salir corriendo, pero mamá lo sujetó por el hombro con una firmeza que no admitía réplica.
—Ve con tu hermana, Miriam —dijo con dulzura que daba más miedo que un grito—. Y pórtate bien.
Salimos de casa en silencio. Dave —Miriam, más bien— caminaba con pasos torpes, los tacones haciendo clac-clac contra el pavimento. Cada pocos pasos se tambaleaba y yo tenía que sostenerlo para que no cayera. No dijo una palabra. Ni una queja, ni un insulto. Solo caminaba con la cabeza gacha, las coletas moviéndose de un lado a otro, las manos apretando la falda con fuerza.
...
Cuando llegamos a casa de Christine, las chicas ya estaban allí. Danny abrió la puerta con una sonrisa enorme.
—¡Pamela! —exclamó, abrazándome—. ¡Qué ganas tenía de verte!
Detrás de ella estaban Christine, con su look andrógino y una sonrisa pícara, y Kathy, con un pijama de seda rosa y el pelo suelto.
—Chicas, les presento a mi hermana —dije, señalando a Dave—. Se llama Miriam.
Las tres miraron a Dave, luego a mí, luego a Dave otra vez. Christine fue la primera en entender.
—¿Es... tu hermano? —preguntó, sin ocultar su risa.
—Sí —respondí con una sonrisa—. Mamá decidió que debía aprender a respetar a las mujeres. Así que esta noche es Miriam.
Kathy soltó una carcajada.
—¡No puede ser! ¡Qué bueno! Después de cómo se portó en tu cumpleaños, se lo merece.
Dave enrojeció hasta las orejas. Abrió la boca para decir algo, pero Christine lo interrumpió.
—Bienvenida, Miriam. Pasa, siéntate. Vamos a hacer cosas de chicas.
Dave se sentó en el sofá con rigidez, como si el cojín estuviera lleno de agujas. Kathy y Christine se sentaron a su lado, y Danielle se sentó frente a él. Yo ocupé el lugar que quedaba, observando la escena con una sonrisa que no podía ocultar.
—Miriam —dijo Christine, con una voz dulce y falsa—, ¿te gusta el maquillaje?
Dave negó con la cabeza, pero Christine ya había sacado su neceser.
—Pues vamos a empezar por ahí. Una niña tan bonita merece un maquillaje bien hecho.
Dave intentó protestar, pero no pudo. Christine se sentó a su lado y comenzó a aplicarle sombra de ojos, delineador y un poco más de rímel del que ya llevaba. Dave se quedó quieto, con los puños apretados, soportando en silencio.
—Ahora las uñas —dijo Kathy, sacando un esmalte rosa—. ¿Qué color te gusta, Miriam? ¿Rosa? ¿Rojo? ¿Morado?
—No me importa —murmuró Dave, con voz apenas audible.
Kathy eligió un rosa brillante y comenzó a pintarle las uñas. Dave miraba sus manos con horror, como si no fueran suyas.
Danielle, más comprensiva que las otras dos, se sentó a su lado y le tomó la mano.
—No es tan malo —le susurró—. Yo también soy un chico, ¿sabes? Y mira, estoy aquí, con ellas, y soy feliz. Intenta divertirte esta noche. De todos modos estarás aquí con nosotras hasta la mañana.
Dave la miró con una mezcla de confusión y curiosidad.
—¿Eres un chico? —preguntó.
—Sí —confirmó Danielle—. Y no pasa nada. Solo relájate.
Dave no se relajó, pero al menos dejó de temblar.
Después de las uñas, vino la parte de las revistas. Kathy y Christine trajeron un montón de revistas de moda y empezaron a hojearlas, comentando los vestidos, los peinados, los maquillajes de las modelos. Dave miraba las páginas con expresión de absoluto aburrimiento, pero no dijo nada.
—Miriam —dijo Kathy, señalando un vestido rojo—, ¿crees que este le quedaría bien a Pamela?
Dave lo miró, luego me miró y forzó una sonrisa.
—Sí —dijo, con la voz tensa—. Le quedaría bonito.
Christine soltó una risita.
—¡Qué buena hermana eres, Miriam! ¿Verdad, Pamela?
—La mejor —respondí, disfrutando cada segundo.
Luego vino la parte de las historias de amor. Kathy nos contó sobre un chico mayor con el que salía, al cual yo ya conocía. Era alto, casi tanto como Kevin, pero moreno y, aunque odiaba admitirlo, guapo, de espalda ancha y fuerte. Entendía perfectamente por qué Kathy nunca me consideró para ser su novio. Christine habló de una chica que había conocido en un concierto. Danielle confesó que no se atrevía a confesarle a un chico sobre su doble personalidad. Yo hablé de Kevin —no pude evitar sonreír cuando mencioné su nombre— y todas suspiraron.
—¿Y tú, Miriam? —preguntó Christine, mirando a Dave—. ¿Alguien te gusta?
Dave se puso rojo.
—No —respondió rápido.
—¿Segura? —insistió Christine—. Las chicas de tu edad suelen tener algún crush.
—No tengo ningún crush —dijo Dave, con un hilo de voz.
—Pues tendrás que conseguir uno —dijo Kathy con una sonrisa malvada—. Todas las chicas tienen un crush.
Dave se retorció en el sofá. Parecía a punto de llorar.
Fue entonces cuando Christine tuvo una idea brillante.
—¡Ya sé! —exclamó, levantándose de un salto—. ¡Vamos a hacer un desfile de modas!
Kathy aplaudió emocionada.
—¡Sí! ¡Podemos probarnos los vestidos y las faldas de tu hermana!
Danielle se unió al entusiasmo.
—¡Tenemos un montón de ropa para probarnos! ¡Podemos jugar a ser modelos!
Dave palideció.
—Yo... yo no quiero...
Pero yo ya estaba de pie, ofreciéndole la mano.
—Vamos, Miriam —dije con una sonrisa—. Será divertido.
—No quiero —insistió él, con la voz quebrada.
Me incliné hacia él y bajé la voz para que solo él pudiera oírme.
—Si no participas, se lo diré a mamá. Y ya sabes lo que eso significa.
Dave tragó saliva. Me miró con odio, pero también con miedo. Finalmente, asintió y tomó mi mano.
El desfile comenzó. Kathy salió primero con un vestido rojo brillante, ajustado al cuerpo, que le quedaba espectacular. Dio una vuelta y posó como una modelo de verdad. Christine le siguió con una falda corta y una blusa transparente que dejaba ver su sujetador. Danielle se puso un vestido de lunares que le llegaba a la rodilla y se movió con una gracia natural que sorprendió a todas.
Luego me tocó a mí. Elegí un vestido corto, de color dorado, con un escote que dejaba ver mis hombros. Cuando salí al "escenario" —la alfombra de la sala—, todas silbaron y aplaudieron.
—¡Pamela, eres una diosa! —gritó Kathy.
Me sentí hermosa, aunque era un sentimiento al que aún no me acostumbraba.
Finalmente, fue el turno de Dave.
—¡Miriam! —anunció Christine—. ¡Te toca a ti!
Dave salió arrastrando los pies. Llevaba puesto un vestido de verano, de esos de tirantes finos y falda con vuelo, que le quedaba un poco grande pero que, con los tacones que llevaba, casi le llegaba a la rodilla. Tenía una diadema de flores en la cabeza y sus labios rosa brillaban bajo la luz de la lámpara.
—¡Vamos, Miriam! —dijo Kathy—. ¡Muévete como una modelo!
Dave se quedó paralizado. No sabía qué hacer con las manos. Las movía de un lado a otro, inseguras. Sus pasos eran torpes, mecánicos, como los de un robot averiado.
Me acerqué a él y le susurré al oído.
—Solo relájate. Mueve las caderas. Sonríe.
Dave me miró con pánico, pero intentó hacer lo que decía. Dio unos pasos, moviendo las caderas de forma exagerada, casi cómica. Las chicas estallaron en risas.
—¡Eso es! —gritó Christine—. ¡Así se hace!
Dave se sonrojó aún más, pero siguió caminando. Cuando llegó al final de la alfombra, hizo una pose torpe, con una mano en la cadera y la otra en el aire. Parecía ridículo.
Pero también parecía divertido.
—¡Ahora música! —anunció Danny, que había traído el estéreo de su tía.
Una canción pop llenó la habitación. Todas empezamos a movernos al ritmo, contoneándonos, riendo, disfrutando. Kathy se movía con confianza, Christine con desparpajo, Danielle con una elegancia natural. Yo me dejé llevar por la música, sintiendo cómo el vestido se movía alrededor de mis piernas.
Dave se quedó quieto al principio. Pero Kathy lo agarró de la mano y lo arrastró al centro de la sala.
—¡Baila, Miriam! —le ordenó.
Dave no sabía cómo. Pero poco a poco, imitando los movimientos de las demás, empezó a moverse. Al principio era torpe, descoordinado. Pero la música era pegajosa, y pronto sus caderas comenzaron a balancearse con más soltura. Sus brazos se levantaron. Su cabeza se movió al ritmo.
Y por un momento, solo por un momento, Dave pareció olvidar que era un chico. Pareció olvidar que llevaba un vestido. Pareció olvidar que las demás lo estábamos viendo.
Bailó. Y sonrió.
Christine silbó.
—¡Miriam! ¡Eres toda una diva!
Dave se rió. Una risa genuina, espontánea, que no había escuchado en mucho tiempo.
Christine se acercó a bailar cerca de él, lo tomó por la cintura y juntó su cuerpo un poco al de él.
—Me gustan las chicas —dijo, con una sonrisa pícara—. ¿Sabes? O al menos eso creía... por culpa de tu hermano y tuya... debo admitir que también me gustan los chicos lindos que usan vestidos.
Y entonces le plantó un beso en los labios mientras su mano exploraba su trasero cubierto por las bragas debajo de la falda de Dave. Kathy silbó de emoción y Danny gritó como una niña. Luego todas reímos. Dave estaba rojo. Y yo estaba seguro de que había ensuciado sus bragas después de eso.
Bailamos hasta que nos quedamos sin aliento. Cuando la canción terminó, todas cayeron al suelo, jadeando, riendo sin parar. Kathy se tiró boca arriba en la alfombra, Christine se apoyó en el sofá, Danielle se sentó con las piernas cruzadas y yo me dejé caer al lado de Dave.
—¿Ves? —dije, entre jadeos—. No fue tan horrible, ¿no?
Dave me miró. Sus ojos ya no estaban húmedos, sino brillantes. Su sonrisa era pequeña, pero real. Le había encantado besar a Christine, se le veía en los ojos.
—No —admitió—. No fue tan horrible.
Después de un rato, Christine sacó una bolsa de palomitas y Danny puso una película romántica. Dave se quedó mirando la pantalla con más atención que antes. Ya no parecía tan incómodo. Sus manos ya no apretaban la falda con fuerza.
Yo estaba a su lado. Durante la película, apoyé la cabeza en su hombro y le susurré.
—¿Cómo te sientes, hermanita?
Dave me miró. Sus ojos estaban tranquilos.
—Cansado —dijo—. Pero... bien. Supongo.
Cuando la película terminó, Christine anunció que era hora de dormir. Danny y ella sacaron los sacos de dormir y los extendimos en el suelo de la sala. Kathy y Christine se pusieron en un lado, Danielle en otro, y Dave y yo en el centro.
Las luces se apagaron y la habitación quedó en penumbras. Podía oír la respiración de Dave a mi lado, ya no tan rápida. Más calmada.
—Pamela... —susurró Dave.
—¿Sí?
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Por todo. Por reírme de ti. Por llamarte mariquita. Por lo de la fiesta. —Hizo una pausa—. No sabía lo que se sentía.
—¿Y ahora lo sabes?
—Sí. Y es horrible.
Sonreí en la oscuridad.
—No siempre es horrible —dije—. A veces también es agradable.
Dave no respondió. Pero sentí su mano buscar la mía. La apretó suavemente.
—Perdóname, Pamela —dijo—. De verdad.
Apreté su mano de vuelta.
—Te perdono, hermanito.
Y por primera vez en toda nuestra vida, sentí un vínculo con mi hermano.






