Esta caption pertenece a una serie.
Capítulo 14 – Marea alta
El viaje fue un estudio de contrastes. Por un lado, uno de los momentos más felices que había vivido desde que comenzó mi nueva vida como mujer. Por otro, una oportunidad inesperada para enfrentar muchas de mis propias contradicciones.
El camino hacia la casa de playa de los padres de Mariana fue alegre y cálido. La madre de Mariana, Ana, resultó ser una mujer simpática y divertida, de esas que hablan sin filtros, lo que convirtió el trayecto en una especie de show de comedia. Entre risas, canciones y chismes, el tiempo pasó volando.
En algún punto del camino, Ana miró por el retrovisor y preguntó con una sonrisa traviesa:
—¿Y tú por qué te llamas Julieta?
—Mi papá es fan de Shakespeare —respondí con una sonrisa tímida—. Me puso el nombre de uno de sus personajes más icónicos.
—¡Ay, qué bonito! —dijo Ana—. Mariana se llama así porque desde chiquita se parecía mucho a mí… y porque la fabricamos en la playa.
—¡Mamá, ya! ¡Deja de contar esa historia! —gritó Mariana, roja como un tomate.
Todos reímos. Me gustó ese momento. Me sentí acogida, como si fuera parte de algo más grande que yo misma. Pero esa calidez pronto dio paso a una observación incómoda.
La última vez que había pasado varios días con Mariana, ambas medíamos casi lo mismo. Pero mientras nos preparábamos para ir a la playa, no pude evitar notar que mi amiga ahora rozaba el metro cincuenta y cinco, mientras que yo apenas alcanzaba el metro cuarenta y ocho. Sentí una punzada de frustración. Genial, voy a ser chaparrita, pensé.
En mi cuerpo anterior como chico, como Romeo, medía 1.78. Era alto, de zancadas firmes y piernas largas. Ahora, ese futuro parecía simplemente imposible. Mi cuerpo de niña tenía otros planes para mí.
Pero también noté otra diferencia. Mariana seguía siendo bastante plana. Sus senos apenas habían crecido, tal vez una copa A. En cambio, yo ya estaba al borde de reventar la copa B. Además, mis caderas y mi trasero eran notablemente más pronunciados que los de mi amiga.
Por un instante sentí una chispa de orgullo. Estoy más formada que ella, me dije. Pero enseguida vino la vergüenza. ¿De verdad estaba compitiendo mentalmente con mi mejor amiga por el tamaño del busto? ¿Desde cuándo me importaban esas cosas?
Después de alistarnos, me sentí desnuda con el bikini de dos piezas, pero al ver que Mariana usaba algo similar me tranquilicé un poco.
—Wow, ¿de dónde salieron estas? —dijo Mariana con una sonrisa traviesa, tocando juguetonamente uno de mis senos.
Me sonrojé hasta las orejas, aunque supe que el gesto no tenía mala intención. Al parecer, ese tipo de contacto era común entre chicas. Otra cosa que estaba aprendiendo.
Me puse un pareo para sentirme más cubierta, y salimos juntas a tomar el sol en la playa. Jugamos un rato en el agua, mientras los padres de Mariana nos cuidaban desde la orilla. Por momentos, logré olvidarme de todo. Solo existían las olas, la risa de mi amiga, el sol en la piel.
Más tarde fuimos a un restaurante. En la playa nadie parecía mirarnos demasiado, pero en el restaurante volví a sentirme observada. Hombres mayores, chicos jóvenes, incluso algunas mujeres. Sus miradas se posaban en mí de una manera que me hacía encoger. Deseé que mi traje de baño me cubriera un poco más. En contraste, la comida fue deliciosa y la convivencia con la familia de Mariana, reconfortante. Intenté centrarme en eso.
Al regresar a casa, todos se fueron directo a sus habitaciones.
—Dúchate tú primero —me dijo Mariana, tumbándose en la cama.
Sentí que el agua me lavaba las emociones malas del día. La sal, la arena, las miradas incómodas, todo desapareció por el desagüe. Solo quedó lo bueno: la risa, el mar, la amistad.
Después, Mariana entró a bañarse. Quince minutos después llamó desde la ducha:
—¡Juli, pásame una toalla! Están en mi maleta, hasta arriba… de las nocturnas.
Busqué en su maleta y tomé la toallita como si fuera radioactiva.
—Ya la tengo —anuncié, con voz nerviosa.
—No cerré la puerta, pápásamela.
Entré y le acerqué la toalla, que Mariana tomó sacando una mano desde la ducha. Alcancé a ver su silueta detrás del vidrio esmerilado y aparté la mirada rápidamente.
Cuando salió, Mariana solo tenía unas bragas puestas, iba completamente descubierta del pecho. Antes de mi cambio de vida, antes de ser una chica, mi antiguo yo, Romeo, se habría sentido excitado al ver a una chica así, en su misma habitación, semidesnuda. Pero ahora, siendo yo también una chica, siendo Julieta… la escena me parecía natural.
Mariana comenzó a aplicarse cremas y lociones sin pudor, como si yo no estuviera allí. Hablaba mientras se masajeaba los brazos, las piernas, el vientre.
—Aún no te baja, ¿verdad? Me refiero a que nunca te ha bajado —dijo de repente, mirándome por el espejo—. Lo supe por cómo sostenías la toalla. No estás acostumbrada a ellas.
Me sonrojé.
—No… nunca.
—Tienes suerte. Antes de que te baje vienen los cólicos… son horribles. Lo peor es que tienes que seguir con tu vida mientras los tienes. Después viene la sangre. Y cuando se te pasa, y comienzas a ovular, te entran unas ganas enormes de…
Dejó la frase sin terminar. Se ruborizó.
—Bueno… de estar con un chico —añadió al final.
No pude contestar nada. Solo me ruboricé aún más, si eso era posible. Mariana retomó la conversación con naturalidad.
—A veces creo que dejé que mi ex llegara hasta segunda base solo porque estaba ovulando —confesó después, mientras tomaba la secadora—. Te voy a secar el pelo para que duermas bien.
Sentada en el borde de la cama, me dejé cuidar. El aire caliente de la secadora, los dedos de Mariana peinando mi cabello, el murmullo del motor. Era extrañamente relajante.
—¿Sigues con David? —pregunté.
—Nah, eso duró solo un par de meses. Ahora salgo con un chico de la secundaria. Se llama Kevin, es un año mayor. Va en segundo.
—¿Kevin?
—Sí. Pero ahora cuéntame… ¿ya pasó algo entre tú y Gabriel? Porque es obvio que se gustan.
Me puse roja como un semáforo. Mariana soltó una risa.
—¡Sabía que sí! Anda, ¡cuéntamelo todo!
Dudé un segundo. Pero Mariana era más que mi amiga, era como mi hermana. La única persona, aparte de Gabriel, con la que realmente podía ser yo misma. Así que respiré hondo y decidí contarle todo.
Le hablé de la foto bajo la falda, de cómo descubrimos que había sido Enrique, de cómo Gabriel lo desafió a pelear para defender mi honor… y cómo lo venció. Luego, le conté cómo lo curé en mi casa, lo cerca que estuvimos, y cómo nos besamos por segunda vez. Y la tercera. Y la cuarta.
—¿Entonces ya son novios? —preguntó Mariana, emocionada.
—No oficialmente. Pero… nos besamos en mi casa. Dos o tres veces por semana.
—¿Y son solo besos o ya pasaste de primera base?
—¿Eh?
—¿No sabes lo de las bases?
Negué con la cabeza. Estaba segura de que cuando fui chico lo sabía. Era conocimiento común entre los chicos, parte de esa educación informal que recibías en los vestuarios. Pero en ese momento no lo lograba recordar. Como si ese recuerdo se hubiera desdibujado.
—Primera base: besos y caricias tiernas. Segunda: caricias apasionadas, pero por encima de la ropa. Tercera: caricias debajo de la ropa. Y cuarta… bueno, ya sabes, es cuando tienes al chico dentro de ti.
Me sonrojé. Sin querer, me imaginé a Gabriel y a mí en cada una de esas situaciones. Sus manos en mi piel, su boca en la mía, su cuerpo sobre el mío. Era un pensamiento agradable. Pero también intimidante. Y profundamente confuso.
—No hemos pasado de la primera. Y… no pienso hacerlo pronto —dije finalmente.
Mariana solo rió. Y encendió la secadora de pelo. El ruido hizo imposible seguir hablando.
Más tarde, las dos acostadas en la cama, seguimos hablando un par de horas más. Teníamos demasiado por contarnos después de tanto tiempo separadas. Hablamos de Kevin, de la escuela, de sus padres, de mis clases. Era como si el tiempo no hubiera pasado.
Ya con la habitación en silencio, me quedé mirando el techo.
De repente lo entendí.
Si algún día volvía a ser Romeo… nunca más volvería a tener a Mariana así. No seríamos amigas. No habría confidencias en la oscuridad, no habría risas compartidas, no habría esa intimidad femenina que habíamos construido sin darnos cuenta. De hecho, en mi vida anterior, como chico, jamás sostuve una conversación con Mariana. Ni siquiera la recordaba. Después de la primaria, nuestras vidas se separaron por completo.
Pensé en Gabriel también. Aunque no quisiera admitirlo, ahora lo conocía de otra forma. Nuestros cuerpos empezaban a conectarse, pero también nuestras almas. Todo era más profundo. Más emocional. Y, tal vez, más verdadero que cualquier relación que hubiera tenido como chico.
Por primera vez, consideré seriamente quedarme así. Seguir siendo una chica, vivir como Julieta. Aceptar esta vida como mía.
La idea me descolocó. Me sentí confundida, incluso avergonzada. Soy un hombre, pensé con fuerza, como si repetirlo pudiera hacerlo realidad. No me puedo quedar así.
Pero la duda ya estaba ahí. Plantada, viva. Una semilla creciendo en mi interior.
Y en el fondo… una parte de mí quería dejarla crecer.















