Esta caption pertenece a una serie.
Capítulo 16 – Secretos expuestos
El regreso a la escuela fue más sencillo de lo esperado. Todas las materias me parecían fáciles, incluso el taller de electricidad que tantas dificultades me había causado al principio se había convertido en una clase disfrutable. Algunos de mis compañeros me felicitaban cada vez que completaba correctamente una práctica. "Eres muy buena con los circuitos", me decía uno. "Tienes manos mágicas", me dijo otro, y yo sonreía con timidez. Era bonito sentirse reconocida por algo que al principio me había hecho sentir tan mal conmigo misma.
A veces, en esos momentos, recordaba al chico que fui. Él también era bueno con los circuitos, pero lo suyo era el fútbol, las bromas pesadas, la camaradería masculina. Me preguntaba qué pensaría Romeo si me viera ahora, sonriendo tímidamente mientras un compañero me halaga por mis "manos mágicas". Probablemente se sentiría confundido.
Pero ese Romeo ya no existía. Cada día me costaba más trabajo recordar su voz, su forma de caminar, su manera de ver el mundo. Era como si dos personas habitaran dentro de mí: una que se desdibujaba lentamente y otra que tomaba forma con cada nuevo día.
Pero la estabilidad de mi rutina no duraría intacta mucho tiempo.
Mi primer periodo me vino en la madrugada de un domingo. Al despertar noté mi ropa interior húmeda y, al revisar las sábanas, vi la mancha oscura. Me quedé congelada unos segundos antes de correr al baño. Mi madre me encontró allí, en pijama y con los ojos muy abiertos, paralizada frente al espejo. Entendió lo que estaba pasando de inmediato y con la voz más dulce que pudo dijo:
—Tranquila. Es normal. Significa que tu cuerpo está madurando, que estás pasando de ser una niña a ser una mujer.
No supe si reír o llorar. Ya consideraba bastante traumático ser una niña, y ahora me convertía en mujer. Como si necesitara otro recordatorio de que este cuerpo seguía su curso, ajeno a mi voluntad. Mi madre me ayudó a limpiar todo y esa misma mañana me regaló una cajita con toallas femeninas. Usé una por segunda vez en mi vida, pero esta vez sí por necesidad.
Ser mujer es un fastidio, pensé mientras caminaba por la casa con esa sensación extraña entre las piernas. Como un pañal permanente. Como un recordatorio constante de que mi cuerpo ya no era el que debía ser.
El periodo me duró cinco días. Me costó mucho hacer vida normal: la incomodidad, los cólicos, la inseguridad de mancharse, prestar atención a clase en medio de todo… Pero lo conseguí. Al siguiente fin de semana, mi mamá me compró un paquete de toallas y me enseñó a llevar un conteo aproximado para prever el próximo ciclo.
—Genial —pensé con resignación—. Apenas terminó uno y ya estoy esperando el siguiente.
En medio de todo eso, las sesiones de besos con Gabriel continuaban con la misma frecuencia. Llegábamos juntos a mi casa después de la escuela y él se iba media hora antes de que nadie pudiera encontrarnos. Era nuestro ritual, nuestro secreto, nuestro pequeño mundo de dos.
A veces, en medio de un beso, mi mente se desconectaba y recordaba. Recordaba cuando Gabriel y yo éramos solo dos chicos jugando fútbol, compartiendo un helado, riéndonos de estupideces. Y luego abría los ojos y veía su rostro cerca del mío, sus manos en mi cintura, y sentía que era otra persona. Que yo era otra persona. Y esa disociación, ese estar dividida entre dos identidades, me hacía sentir mareada. Perdida.
Pero luego él sonreía, y todo desaparecía.
...
Pero un martes la rutina se rompió.
Mi mamá regresó más temprano por culpa de un resfriado. Abrió la puerta y se encontró con la escena: Gabriel y yo besándonos en la sala. Yo estaba sentada sobre sus piernas, mis brazos alrededor de su cuello. Llevaba puesta la falda del uniforme, que se me había subido un poco por la posición, dejando al descubierto gran parte de mis muslos. La mano de Gabriel descansaba sobre mi pierna desnuda, justo encima de la rodilla, en un gesto que era a la vez tierno y terriblemente comprometedor.
—¡¿Qué está pasando aquí?! —exclamó, con una mezcla de sorpresa e indignación.
Me separé de inmediato, bajándome la falda instintivamente con un movimiento rápido y avergonzado. Me sonrojé hasta las orejas, no solo por el beso, sino porque mi madre había visto la escena completa: yo sobre él, mi falda subida, su mano en mi pierna. La pose era... mucho más que comprometedora.
Gabriel se levantó del sillón y, con voz nerviosa pero firme, dijo:
—Señora, lo siento mucho, yo solo...
—No me interesa lo que tengas que decir —lo interrumpió mi madre, con los brazos cruzados y el rostro severo—. Estás en mi casa sin mi permiso. Eso no se hace. Quiero que te vayas, ahora mismo.
Gabriel bajó la cabeza y asintió. Me lanzó una mirada rápida, una mezcla de disculpa y preocupación, y salió sin decir más.
Mi madre se quedó de pie, mirándome. El enojo apenas comenzaba.
—¿Desde cuándo estás de novia con ese chico? ¿Por qué no me dijiste nada?
—No es mi novio —balbuceé, sintiendo las mejillas arder.
—¿Entonces te besas con chicos así, sin más? —su voz subió de tono—. ¡Te vi la falda, Julieta! ¡La tenías subida hasta casi la cintura! ¡Y ese chico tenía la mano en tu pierna! ¿Te parece eso normal?
—No me beso con chicos en plural… solo con él —me defendí, roja como un tomate, sin saber cómo explicar lo inexplicable.
—¿Cuánto tiempo llevan con… esto?
Bajé la cabeza. No podía mentirle.
—Casi un año —dije finalmente.
—Julieta… si llevas un año besándote con el mismo chico, es tu novio —sentenció.
Después del primer estallido, ambas nos calmamos. Nos sentamos en el sillón de la sala —el mismo donde nos habían descubierto— y hablamos con más tranquilidad. Mi mamá me explicó que no estaba enojada porque tuviera novio, sino porque lo había escondido. Porque habíamos estado solos en casa sin que ella lo supiera. Porque me había puesto en una situación vulnerable sin que nadie pudiera protegerme.
—No puedes seguir haciendo esto a escondidas —dijo—. Puedes invitarlo, claro que sí, pero solo cuando tu papá o yo estemos en casa. Y si están en tu cuarto, la puerta debe quedar abierta. ¿De acuerdo?
Asentí en silencio. No había argumentos para rebatir eso.
—Y en quince días es tu fiesta de cumpleaños. Quiero que lo invites y se lo presentes a tu papá y a mí como es debido. Nos dirás: mamá, papá, él es fulanito y es mi novio. Si no lo haces, te prohíbo seguir viéndolo.
Asentí de nuevo, aunque esta vez con el corazón encogido.
Fingir que Gabriel no era mi novio había sido mi escudo durante todo ese tiempo. No tenía que ponerle nombre a lo que sentía. No tenía que aceptar en voz alta que una parte de mí deseaba quedarse así para siempre. Mientras no lo nombráramos, podíamos seguir viviendo en esa ambigüedad, en ese "casi" que nos protegía de la verdad.
Pero ahora ya no había excusas.
Estaba a punto de presentar a un chico como mi pareja.
Y no sabía si estaba lista para eso.
Esa noche, acostada en mi cama, mirando el techo, pensé en lo que significaba. Presentarlo como mi novio significaba aceptar que yo era su novia. Que éramos una pareja. Que lo nuestro era real.
Significaba aceptar que yo era, definitivamente, una chica.
Romeo jamás haría esto, pensé. Romeo jamás se sentaría a hablar con su madre sobre su novio. Romeo jamás usaría falda. Romeo jamás se sentaría sobre las piernas de otro chico para besarlo.
Romeo estaría horrorizado. Pero Romeo ya no está aquí.
Y aunque esa idea ya no me aterraba como antes, seguía sintiéndose extraña. Como un zapato que no termina de ajustar del todo, pero que ya no piensas en cambiarte porque duele menos usarlo que andar descalza.
Antes de dormir, miré la foto que nos habíamos tomado en la playa con Mariana. Dos chicas sonrientes, felices, en bikini. La chica de la foto era yo.
Y por primera vez, sentí que, quizá, no sería tan malo seguir siendo la chica de esa foto, vivir mi vida así. Ser la novia de Gabriel y, con los años, quizá mucho más.















