Capítulo 4 – El trato
Era cerca de la una cuando Juan, uno de los hombres que trabajaban en la hacienda, se acercó con un gesto de preocupación. Yo estaba trapeando las habitaciones con mi vestido sencillo y el delantal atado a la cintura, como toda una ama de casa. Mi esposa me había dicho que me veía bien. Natural. Casi como si hubiera nacido para eso. No supe si tomarlo como un cumplido o una ofensa.
—Señoritas —dijo Juan desde la puerta—. Hay unos jóvenes en los límites de la propiedad, cerca de la presa. Piden hablar con el responsable. Quieren "llegar a un arreglo antes de demandar", eso dijeron.
Tere y Ariana dejaron lo que hacían. Hubo un silencio incómodo. ¿Demandar?
—Ve tú —me dijo Tere—. Eres copropietaria y sabes de leyes.
—Sí —agregó Ariana—. Tú eres la más indicada.
Miré a mi esposa y, sin decir nada, le pedí con los ojos que me acompañara. Subimos a cambiarnos. El camino hasta la presa era de unos diez minutos a caballo, y con vestido era imposible montar.
Cuando tomé los pantalones, sentí una emoción extraña. Una sonrisa se me escapó. Después de semanas de faldas y vestidos, de tener que cruzar las piernas, de vigilar que el viento no me levantara la tela, de sentirme expuesta a cada momento... poder ponerme pantalones era casi como recuperar un pedazo de mí mismo. Me iluminaron los ojos, lo sé. Me sentí más libre, más yo.
Pero al mirarme al espejo, el espejismo se rompió. Aunque llevara pantalones, mi cuerpo no dejaba lugar a dudas: caderas anchas, muslos firmes, vientre plano… y la ausencia total de bulto entre las piernas. Era una mujer. Y muy guapa.
Montar fue un pequeño drama. Cuando era Iván, subía al caballo de un solo impulso. Ahora intenté lo mismo y me golpeé en el abdomen. Me encogí de dolor. Juan se acercó enseguida.
—¿Te cargo?
—No, gracias —respondí, sintiendo cómo el calor me subía a las mejillas. Intenté mantener mi dignidad masculina, tomé aire y hablé—. Solo dame un impulso.
Juan hizo un escalón con las manos y me ayudó a subir. Ya arriba, noté que controlar al caballo requería más fuerza de la que tenía ahora. Mis brazos, antes firmes, ahora temblaban con cada tirón de las riendas. Me frustré. Después de unos segundos, tuve que aceptarlo.
—Juan, ¿puedes llevarla tú? —dije, señalando a mi esposa.
Él asintió. Subió a su caballo y luego le ofreció la mano a ella. Sus dedos eran firmes pero amables. Yo apreté los dientes. Antes era yo quien ayudaba a montar. Ahora necesitaba que un hombre hiciera el trabajo por mí.
Cabalgamos hacia el lindero. El sol de la tarde brillaba sobre la presa cuando vimos a dos hombres esperándonos. Llevaban sombreros vaqueros, camisas claras y botas empolvadas.
Juan señaló con la cabeza hacia mí.
—Ella es la jefa.
Uno de los hombres sonrió, ladeando un poco el sombrero.
—Encantado, señorita… ¿o señora?
No llevaba mi anillo de bodas. Nunca me lo volví a poner desde que mis dedos cambiaron de tamaño. Me dio rabia no tener una respuesta clara. ¿Debía presentarme como señora o como señorita?
Mi esposa llenó el silencio.
—La señorita Aylin Rodríguez —dijo—. Prima de las propietarias y su representante legal.
Mientras Juan bajaba del caballo y ayudaba a mi esposa a descender, intenté hacerlo sola. Pero apoyé mal el pie y resbalé. Quedé colgando del estribo con una expresión de susto. Uno de los hombres desconocidos calmó al caballo. El otro se adelantó y me cargó en sus brazos para evitar mi caída.
Parpadeé, sorprendida por el contacto. Sus manos en mi cintura, mi cuerpo contra el suyo. Me sentí pequeña. Frágil. Hubiera preferido la caída antes que estar así en los brazos de un hombre. Pero había algo en la situación que se sentía bien. Eso era lo que más odiaba.
—Bájame… por favor —dije al fin, con voz pequeña. Me odié por sonar así.
El hombre me soltó con cuidado. Sonrió. Su sonrisa era encantadora.
—De nada.
Hubo un momento tenso. Los dos hombres nos miraban a mi esposa y a mí con atención, pero era claro que no nos veían como pareja. Nosotras, a sus ojos, solo éramos dos mujeres jóvenes y "bonitas". Tal vez incluso vulnerables. Algunos hombres no necesitan más que eso para sentirse con derecho a mirar sin pudor, aunque intentaban disimular. Fallaban miserablemente.
Sentí sus ojos recorriéndome. El mismo tipo de mirada que yo había lanzado tantas veces a otras mujeres. Ahora la recibía yo, y me daba asco. Asco de ellos. Y asco de mí mismo por haber sido igual.
El menor de los dos hombres comenzó las presentaciones.
—Permítanme presentarles al ingeniero Raúl Álvarez, dueño de la hacienda vecina, señoritas.
Raúl, el hombre que me había salvado de la caída, de unos cuarenta años, sonrió mientras paseaba la mirada por mi cuerpo como si fuera parte del paisaje. Se me erizó la piel. Quise gritarle que dejara de mirarme así. Pero me contuve. Pude sentir cómo mis mejillas se sonrojaban. ¿Qué es lo que me pasaba cerca de este tipo?
—El agua de su presa está evitando que llegue a mis tierras —dijo Raúl con voz grave—. Mi abogado, aquí presente, sugiere presentar una demanda. Pero yo prefiero soluciones más amistosas. Un arreglo satisfactorio… para todos.
Mientras hablaba, no dejaba de mirarme con esa mezcla de arrogancia y deseo apenas disfrazado. Sentí un nudo en el estómago. Pero me erguí. A pesar del accidente, del calor, de las miradas, levanté la barbilla y mi voz sonó clara.
—Estoy dispuesta a escuchar su propuesta, ingeniero.
Y así, entre el polvo del camino y las miradas de extraños, comenzaba una negociación que no sería solo sobre agua y tierra, sino sobre cómo yo, Aylin, iba a plantarme en el mundo como la mujer que ahora era. Aunque me doliera aceptarlo.



















