A pesar de lo humillada que me sentía, tenía que pagar mi apuesta como el hombre que, en el fondo, aún creía ser. O que al menos había sido hasta hace cuatro meses, cuando el Gran Cambio alteró mi cuerpo para siempre.
Pasé dos días enteros aprendiendo a aplicarme base, a delinear mis labios y a ponerme sombra en los ojos. El resultado final en el espejo era, al menos, aceptable. Luego vino la ropa: el conjunto blanco impecable, la falda que me llegaba a la rodilla y la blusa de seda. Debajo de eso llevaba un conjunto de bragas y bra blancos y un liguero sosteniendo mis medias. Por último, los tacones. Al terminar, me vi reflejada como una muñeca perfecta y frágil.
Iván llegó puntual en su auto. Su mensaje fue directo: «Déjame pasar». Abrí la puerta.
Me saludó con un beso en la mejilla y, acto seguido, con una palmada en el trasero que resonó en la habitación. Odiaba ese trato porque subrayaba una feminidad que aún me resultaba difícil de aceptar.
"Esta es la última parte de tu castigo", anunció, mostrándome un aparato negro y pequeño, no más grande que un ratón de computadora.
"¿Qué es eso?", pregunté, aunque en el fondo ya lo sabía.
"Un vibrador. Debes usarlo durante toda nuestra cita. Yo lo controlo desde el celular".
Apretó la pantalla de su teléfono y el artefacto cobró vida en su mano con un zumbido ominoso. Un miedo frío y excitante me recorrió la espina dorsal. Era demasiado tarde para negarme.
Me dirigí al baño para ponérmelo, pero él detuvo mi avance con un gesto.
"Acá, frente a mí. Para asegurarme de que no haces trampa".
La humillación ardió en mis mejillas, pero obedecí. Con manos temblorosas, me subí la falda, me bajé la tanga y, bajo su mirada intensa, introduje el vibrador dentro de mí. Me sentí expuesta, violada en mi intimidad más profunda.
Volví a vestirme, y justo cuando terminaba de ajustarme la blusa, una ola de puro placer eléctrico me sacudió. Iván había activado el aparato. La sensación fue tan intensa que doblé las rodillas y caí hacia adelante, pero sus brazos me atraparon antes de que llegara al suelo.
"Esta va a ser una noche muy divertida", susurró contra mis labios, y luego me besó. Entre el sabor familiar de su boca y la vibración constante que recorría mi cuerpo, sentí cómo me derretía por completo. La última chispa de mi antigua resistencia se apagó.
Iba a ser una noche muy, muy larga.




























