domingo, 21 de junio de 2026

La noche rosa (11)

 




Capítulo 11: La noche rosa

Aline no podía creer lo que veía en el espejo.

Llevaba puesto un traje de porrista rosa, tan corto que parecía hecho para una muñeca: minifalda y top diminuto que dejaban ver su ombligo y buena parte de su vientre. El cabello lo tenía recogido en dos coletas altas, y el maquillaje era demasiado provocativo incluso para una chica, y mucho más para alguien que aún no se acostumbraba a verse como una: labios rojo intenso, mejillas sonrojadas, sombra en los ojos y pestañas postizas que le daban un aire de muñeca. Al menos, la idea de usar tacones fue descartada y podía refugiarse en sus Converse, con calcetas blancas y calentadores de piernas a juego.

No podía entender cómo había terminado en esa situación.

Sus amigas, por supuesto, llevaban trajes idénticos. Parecían una pequeña escuadra de porristas salidas de una coreografía escolar improvisada.

—No temas —le dijo Monse al notar su expresión angustiada—. Solo vendrán como veinte personas. A la mayoría ya las conoces.

—Exacto. Además, tus jeans están aquí —añadió Fernanda—. Si te cansas, puedes subirte a cambiar antes de irte.

—Y seguro vuelves loco a Mateo con ese outfit —dijo Vale con una sonrisa.

Aline tragó saliva. Justo eso era lo que no quería escuchar.

La casa se fue llenando poco a poco. Conforme los novios de sus amigas fueron llegando, ellas se dispersaron. Solo las unía el disfraz idéntico, como si fueran parte de un mismo número musical.

Cuando Mateo llegó, Aline lo vio desde lejos. Llevaba disfraz de pirata: sin camiseta, solo un chaleco abierto, paliacate rojo y pantalones de tela gastada. El pecho al descubierto y los abdominales marcados hicieron que a Aline se le secara la boca. Se veía increíble. Aunque lo que ella no sabía era que, al verla, Mateo sintió que tenía enfrente a una princesa coqueta salida de un sueño adolescente.

—Wow —fue todo lo que alcanzó a decir al verla.

—Fue idea de las chicas —se apresuró a explicar Aline.

—Gracias, chicas —respondió él sin apartar los ojos, claramente maravillado.

Como sus amigas ya estaban acarameladas con sus respectivas parejas, Aline terminó quedándose con Mateo para no estar sola. Al principio charlaron tranquilos en el patio, pero cuando comenzó la música, él la tomó de la mano y la llevó a la pista.

Bailaron. Al principio con timidez, luego con más confianza. Sus cuerpos se acercaban. El contraste entre sus cuerpos dejaba claro que Aline ya no era un hombre, al menos no por ahora. Era una chica, una jovencita bailando con un muchacho apuesto. Él ponía sus manos en su cintura, a veces la sujetaba de las caderas, y más de una vez las manos de él rozaron sus piernas desnudas en el vaivén del ritmo. Aline sentía mariposas en el estómago cada vez que él la tocaba. Y más que mariposas… calor, deseo, vértigo.

Hasta que ya no pudo más.

—Salgamos a tomar aire —le dijo al oído.

Mateo asintió y le tomó la mano. La casa estaba a reventar: al menos cuarenta personas apretujadas en un espacio que apenas podía con la mitad. Salieron al porche delantero, donde la noche era fresca y el aire olía a gardenias.

Aline se sentó en la escalera, con las piernas juntas como toda una señorita, un par de meses de práctica dando resultado. Mateo se sentó a su lado, mirándola.

—¿Estás bien? —preguntó con suavidad.

Ella lo miró. Sus ojos se encontraron. Sus rostros estaban peligrosamente cerca. Y de pronto, ocurrió.

El beso.

Un beso dulce, tibio, inevitable. Como si hubieran estado esperando ese momento desde hacía mucho. Cuando se separaron, Aline apenas pudo hablar.

—Necesitaba hacer eso.

Mateo no dijo nada. Solo la besó de nuevo, con más intensidad, como si no quisiera perderla. Aline cerró los ojos y se dejó llevar.

Por fin.

…Aline cerró los ojos y se dejó llevar.

Por fin.

Iban en el sexto o séptimo beso —ella ya había perdido la cuenta— cuando la puerta del porche se abrió de golpe.

—¡Tórtolos! —exclamó Vale con una sonrisa traviesa—. Vengan, vamos a tomarnos una foto todos juntos.

Aline se separó con sobresalto, con el rostro encendido. Sentirse descubierta la hizo sonrojarse hasta las orejas. Mateo, en cambio, soltó una pequeña risa y le acarició la mano con ternura antes de levantarse.

En la sala estaban Monse, Fernanda y los acompañantes de las tres chicas. Cuando llegaron Vale, Aline y Mateo, eran ocho: cuatro porristas, cada una con su pareja. La escena parecía salida de una película adolescente, tan perfectamente armada que a Aline le pareció casi irreal estar ahí, siendo parte de ese cuadro.

Se tomaron una foto todos juntos, abrazados y sonrientes. Luego una solo con las cuatro porristas. En ambas, Aline intentó no parecer demasiado nerviosa, aunque por dentro el corazón le galopaba como si no supiera en qué historia se había metido.

Al terminar la foto, ya era casi medianoche. Vale anunció que se iba con su novio y se despidió entre besos y risas. Poco después, Monse revisó su celular y suspiró.

—Mi mamá viene por mí en poco tiempo —anunció—. Tengo que despedirme de este guapo antes de que llegue.

Se abrazó con su pareja y se alejaron unos pasos para hablar en privado.

Aline y Mateo, mientras tanto, seguían tomados de la mano. Aline sintió vibrar su teléfono y miró la pantalla. Era un mensaje de su mamá:

“Voy por ti, hija. Llego en 15 minutos.”

Sintió un escalofrío en la espalda. No por miedo, sino por el peso de la palabra: hija. Algo en ese mensaje la estremeció. Porque, en ese momento, así se sentía. Una hija. Una chica. Una porrista rosa que había besado a un chico bajo las gardenias y que ahora esperaba a su mamá como cualquier otra adolescente después de una fiesta.

Mateo notó su expresión y preguntó en voz baja:

—¿Todo bien?

Aline asintió y le mostró el mensaje.

—Mi mamá viene por mí. En quince minutos.

—Entonces aún tenemos catorce —dijo él, sonriendo con picardía.

Ella rió, nerviosa. Y sin pensarlo mucho, lo besó de nuevo.

Porque si todo eso era un sueño… quería permanecer en él un poco más.



Quince minutos después, Aline salió de la fiesta de la mano con Mateo. La noche seguía oliendo a gardenias. Al llegar a la banqueta, vio el auto de su mamá estacionado frente a la casa. Frida la observaba desde el asiento del conductor, y al verlos juntos, su expresión se endureció por un segundo… luego simplemente pareció confundida.

Aline tragó saliva y se acercó al auto, aún sin soltar la mano de Mateo.

—Mamá —dijo, parándose junto a la ventanilla—, él es Mateo. Es un amigo. Vive a unas cuadras, pero es tarde y no quiero que camine solo a casa. ¿Podemos llevarlo?

Frida los miró un momento, luego asintió con una pequeña sonrisa.

—Claro, suban.

Ambos se metieron al asiento trasero. Aline se acomodó junto a Mateo, y aunque ya estaban dentro del coche, no soltaron las manos. Solo cuando llegaron frente a la casa del chico, él soltó un suspiro, como si no quisiera bajarse.

—Gracias, señora —dijo—. Vivo aquí.

Aline y Mateo se miraron un momento más. Después, él se acercó y le dio un beso en la mejilla. Fue breve, pero tan lleno de cariño que a Frida no se le escapó nada.

Cuando Mateo se bajó y entró en su casa, el silencio en el auto se volvió denso por un instante.

—¿Me vas a contar quién es él? —preguntó Frida con una sonrisa ladeada, mientras arrancaba.

Aline apoyó la cabeza en la ventanilla, intentando evitar la mirada de su madre.

—Solo un amigo.

—Ajá —dijo Frida—. Los amigos no se toman de las manos, hija. Además, juraría que el chico tenía un poco de labial en los labios. ¿Tengo que hablarte de salud sexual femenina y de preservativos?

—¡Mamá, no! —exclamó Aline, ocultando el rostro entre las manos.

Frida rió bajito.

—No va a pasar nada de eso —dijo Aline rápidamente, con las mejillas ardiendo—. Solo fueron unos besos.

—Ajá —repitió Frida, pero esta vez su tono era más suave.

El resto del camino transcurrió en silencio. Pero no un silencio incómodo, sino uno lleno de nuevas complicidades. Una madre que veía a su hija crecer, y una hija que empezaba a encontrar su lugar en el mundo.


Ya en casa, Aline se despidió de su madre con un beso rápido en la mejilla y subió a su cuarto sin decir una palabra más. Cerró la puerta con cuidado, se quitó las coletas, los calentadores, el top de porrista y la minifalda. Se puso una camiseta amplia para dormir, se desmaquilló con toallitas húmedas y se miró en el espejo.

Ahí estaba. Ella. No disfrazada. No interpretando un papel. Ella.

Apagó la luz del tocador, se metió a la cama y se tapó hasta la barbilla. En la oscuridad, recordó el beso. O los besos. El calor de las manos de Mateo. La forma en que la había mirado. La seguridad con la que la había tomado de la mano frente a todos. Y la ternura con la que se despidió.

Suspiró largo, con una mezcla de alegría y nerviosismo.

No sabía qué iba a pasar mañana.

Pero por ahora… estaba bien.

Y con esa certeza pequeña y luminosa, se quedó dormida.

viernes, 19 de junio de 2026

Falda, fiesta y fantasmas (10)

 


Capítulo 10: Falda, fiesta y fantasmas

La actividad con el bebé terminó siendo un éxito rotundo. Aline y Mateo sacaron un diez, y el profesor Sergio incluso los felicitó por su madurez y compromiso. Sin embargo, una vez finalizada, ya no había un motivo para que pasaran el descanso juntos. Poco a poco, ambos volvieron a sus rutinas normales, cada uno con sus respectivos amigos.

Monse no tardó en notar el cambio.

—¿Qué pasó con Mateo? —preguntó una tarde, mientras compartían papas a la salida—. ¿Ya no lse van a seguir viendo?

—Nada, me cae bien. Pero pasabamos tanto tiempo juntos solo por la actividad escolar —respondió Aline, algo evasiva.

—Igual tuviste mucha suerte. Mateo es guapo y parece amable. A mí me tocó Adrián, que no es ninguna de las dos cosas —refunfuñó Monse, haciendo una mueca.

Aline sonrió, pero no dijo nada. A pesar de los sueños húmedos, del recuerdo del beso con el que había soñado varias veces y de la calidez que aún sentía al pensar en él, había logrado retomar el control. O eso creía.



Pasaron tres semanas como un suspiro. Todo iba bien... hasta que, una tarde, mientras hablaban en el patio, Fernanda lanzó una bomba:

—Fiesta de Halloween en mi casa, en quince días. Están todas invitadas. Disfraz obligatorio.

—¿Llevaremos disfraces coordinados? —preguntó Vale, con una sonrisa cómplice.

—Obvio —respondió Fernanda sin dudar.

—Les tengo una propuesta —intervino Monse, mostrando la pantalla de su celular. En ella se veía un conjunto de porrista: minifalda diminuta, top ajustado y pompones brillantes.

—No lo sé... —dijo Aline, con una expresión de terror.

—Vamos, no seas aburrida —la animó Fer—. ¡Nunca te hemos visto en falda!

—Solo las uso los fines de semana, en casa... —se defendió Aline.

—Más razón para elegir ese disfraz —sentenció Monse—. Queremos verte en falda al menos una vez.

—Entonces está decidido —concluyó Vale—. Haz el pedido. Todas somos talla chica.

—Los disfraces llegarán a mi casa —anunció Fernanda—. Así que lleguen temprano para cambiarnos juntas.

Aline no supo cómo ocurrió. Un momento estaba sentada con sus amigas y, al siguiente, tenía una fiesta de Halloween en el calendario... y sería porrista.

Pero lo peor vino después.

—¿Puedo invitar a mi novio? —preguntó Monse.

—Claro, yo invitaré al mío —dijo Fernanda.

—Y Vale invitará a un “amigo” —añadió con una sonrisa traviesa—. Aline, tú puedes invitar a Mateo.

—¿Qué? —exclamó Aline, sin poder ocultar su sorpresa.

—Todas vamos a estar con nuestros novios. Te vas a aburrir mucho si vas sola —dijo Monse con tono inocente—. Si quieres lo invito yo...

—No. Yo lo haré —dijo Aline de inmediato.

La idea de usar ese disfraz ya era aterradora, pero pensar en ser vista por Mateo vestida así era mucho peor. Especialmente después de aquellos sueños.

Esa noche, Aline le escribió:

“Habrá fiesta en casa de Fer, de disfraces, de este viernes al otro. ¿Vienes?”

Mateo respondió rápido:

“Claro, tengo que pensar en un disfraz. ¿De qué irás tú?”

Aline tragó saliva. No podía decírselo.

“Es sorpresa”, contestó.

“Espero que sea algo sexy 😏”, bromeó él.

Aline desvió la conversación con rapidez:

“Entonces te paso la dirección. Debes llegar solo. Las chicas y yo quedamos de arreglarnos juntas más temprano.”

Y al enviar el mensaje, se quedó mirando la pantalla del celular durante varios minutos. La fiesta se acercaba… y lo que más miedo le daba ya no era el disfraz, sino lo que podría sentir esa noche.

La defensa (9)

 



Capítulo 9: La defensa

Aline caminaba por los pasillos junto a Monse, cargando con cuidado a Sam. Faltaban dos días para terminar la actividad de los muñecos, y todo había transcurrido con calma. Aline se había dedicado a convivir con sus amigas y con Mateo de forma amistosa, sin meterse en problemas, intentando mantener un perfil bajo.

Estaba absorta en sus pensamientos cuando, de pronto, sintió cómo le arrebataban a Sam de los brazos.

—¡Oye! —exclamó, sorprendida.

—¡Devuélvesela! —dijo Monse de inmediato, indignada.

Pero Erick, uno de los chicos más pesados de la escuela y ex mejor amigo de Álvaro, ignoró su reclamo. Sonrió con burla mientras alzaba el muñeco.

—Te la regreso si aceptas salir conmigo —le dijo a Aline.

—Ni loca —respondió ella, fulminándolo con la mirada.

Erick fingió ofenderse y levantó aún más al muñeco.

—Entonces tu bebé se va a quedar sin cabeza —amenazó con crueldad, comenzando a girarlo por una pierna.

Pero no logró nada.

Antes de que pudiera hacer cualquier cosa, una figura surgió de la nada. Mateo apareció a su lado en un solo movimiento, y de un tirón le arrebató el muñeco de las manos.

—No te metas en esto —le gruñó Erick, enojado.

—No puedo  evitarlo—contestó Mateo, con una sonrisa tranquila—. Es mi hija.

Erick, furioso, intentó golpearlo. Pero ni siquiera lo logró. Con la mano libre, Mateo aplicó una llave rápida sobre su brazo, inmovilizándolo sin esfuerzo.

Fue en ese instante que el profesor Sergio apareció por el pasillo.

—¡Ustedes dos, a la dirección! —ordenó con voz firme.

—¡Profe! —exclamó Aline, preocupada—. Mateo solo estaba defendiendo a...

—Lo vi todo —respondió el profesor interrumpiéndola, serio, pero sin enojo—. Para él solo será una llamada de atención.

Luego miró directamente a Erick.

—Tú sí estás en problemas.

El profesor se llevó a los dos chicos por el pasillo, mientras Mateo le devolvía el muñeco a Aline con una mirada tranquila. Ella lo abrazó con fuerza, viéndolos alejarse.

—Le gustas —le dijo Monse, sonriendo con picardía.

—¿Qué? No... solo somos amigos —contestó Aline, bajando la mirada.

—Si solo fuera tu amigo no se metería en una pelea en la escuela por una muñeca —replicó Monse, cruzada de brazos.

—Defendió a Sam, no a mí —insistió Aline, aún en negación.

—Claro, Mateo se arriesgó a una sanción por una muñeca de trapo —dijo Monse con sarcasmo.

Aline guardó silencio. Y entonces lo comprendió. Mateo la había defendido a ella.

Sintió el rubor subirle al rostro, mientras en su pecho brotaba una calidez inesperada. De pronto, deseó con todo su corazón que el profesor cumpliera su palabra, y que Mateo no tuviera problemas.

... 

Esa noche, Aline no podía estar tranquila. El recuerdo de la pelea en el pasillo seguía rondando su mente. Después de dar vueltas en la cama por casi una hora, tomó el celular y, con algo de duda, buscó el número de Mateo.

—¿Bueno? ¿Mateo? —dijo en voz baja.

—Hola, sí, soy yo —respondió al instante, con su tono siempre amable—. ¿Cómo estás, Aline?

—Bien… pero me preocupa cómo te fue en la tarde.

Hubo un silencio breve al otro lado, luego él contestó con naturalidad:

—El profe contó lo que vio. Me dijo que no debí aplicar la llave, incluso si fue en legítima defensa. Que el muñeco no era tan importante como para hacer algo así… Pero también reconoció que Erick te lo había arrebatado y que intentó golpearme. Por esta vez, solo fue una llamada de atención. Nada grave.

—Primero dice que cuidemos al bebé como si fuera nuestra hija y luego que no era importante —comentó Aline, entre frustración y sarcasmo.

Ambos rieron. Esa risa les abrió una puerta. Y sin darse cuenta, siguieron hablando. Primero de la escuela, luego de Sam, después de películas, música, cosas que les gustaban o no. La charla fluía como un río manso, sin prisas. Cuando miraron el reloj, ya eran más de la una de la mañana.

—Creo que deberíamos dormir… —murmuró Aline, entre un bostezo y una sonrisa.

—Sí, fue bonito hablar contigo —dijo Mateo con suavidad.

—A mí también me gustó —respondió ella, antes de colgar.

Aquella noche, Aline soñó con lo que había ocurrido en el pasillo. Veía con claridad cómo Erick le quitaba la muñeca y luego Mateo aparecía para recuperarla. Pero en el sueño, el profesor no llegaba.

Ella se acercaba a Mateo, con el corazón latiéndole con fuerza.

—Gracias por darle una lección —le decía, mirándolo a los ojos.

—No es nada —respondía él, con esa calma suya tan especial.

—Insisto en agradecerte —decía ella, y entonces se paraba de puntitas para besarlo en los labios.

El beso era lento, dulce. Se prolongaba, se profundizaba. Y justo cuando parecía perderse en él, Aline despertó.

Estaba exaltada. El corazón le latía como tambor. Se quedó quieta unos segundos, intentando procesar lo que había soñado.

Había tenido sueños húmedos antes. Pero en ellos, era un hombre. Las fantasías giraban en torno a una mujer. Esta vez había sido distinto. Esta vez era ella, Aline, besando a un chico. A Mateo. Y lo peor —o lo mejor, no sabía— era que lo había disfrutado.

La humedad entre sus piernas lo confirmaba.

Se llevó las manos al rostro, sintiendo el rubor subirle por todo el cuerpo.

Algo estaba cambiando. O quizás ya había cambiado y apenas comenzaba a notarlo.


jueves, 18 de junio de 2026

En Veinte Años (8)


Capítulo 8: En Veinte Años

Al día siguiente, Aline volvió a reunirse con Mateo en la banca junto a las canchas, llevando consigo al muñeco que ya se había vuelto parte de su rutina. Con paso tranquilo, él se acercó sonriendo y colocó a la “bebé” en su regazo.

—¿Lista para el receso más productivo de tu vida? —preguntó con humor.

Aline rió al sentarse a su lado.

—Primero cuéntame de tu fin de semana —dijo, sin muchas ganas de empezar la tarea.

—Aburrido, sobre todo —contestó él, sincero—. Estuve los dos días practicando para mi torneo de karate.

—¿Practicas karate?

—Soy cinturón marrón. Mi profe dice que si tengo buen rendimiento en los torneos, podría considerarme para el cinturón negro.

Aline —es decir, Álvaro, recordemos que hace poco tiempo ella era un hombre— había practicado algo de karate cuando era niño. Le costaba recordar por qué lo dejó. Probablemente lo abandonó en la adolescencia, como tantas otras cosas. Parecía que un día dejó todos sus hobbies y se dedicó únicamente a existir. Aquello lo llevó a la vagancia, a las malas compañías… y a su situación actual. Pensó en eso con un dejo de tristeza.

—Quedan diez minutos de receso, será mejor elegir un nombre para nuestra bendición —dijo Mateo—. Comparemos nuestras listas.

—De acuerdo —respondió Aline.

La lista de ella incluía los nombres Alejandra, Samanta y Paola. La de Mateo: Naomi, Leticia y también Samanta.

—Bueno… parece que coincidimos —dijo él.

—Se llamará Samanta —afirmó Aline.

—Me encanta —respondió Mateo—. Suena misterioso, exótico… poderoso.

Aline asintió, orgullosa.

—Y el diminutivo “Sam” —añadió— me gusta porque suena andrógino, libre de estereotipos. Sam podría elegir quién quiere ser.


Un día después, en la clase de Ética, el profesor Sergio los llamó al frente para exponer su actividad. Una vez más, fueron el mejor equipo de la clase.

—Aline, Mateo —anunció mientras colocaba la calificación—, excelente trabajo. ¡Un 10! Felicitaciones por tomarse tan en serio el proyecto.

Aline sintió un calor en el pecho al ver la nota. Hacía años que no veía un número así en sus boletas. Miró a Mateo, feliz, y luego al profesor, sintiéndose por primera vez orgullosa de sí misma.

Al finalizar las exposiciones, el profesor les dejó la siguiente tarea.

—Su próximo trabajo consiste en proyectarse a veinte años: profesiones, estilo de vida, y ver si un hijo —o hija— sería compatible con esa realidad. Reflexionen juntos. Háganlo realista.

Cuando sonó el timbre, Mateo cargó a Sam y su mochila, y se acercó a Aline.

—¿Te veo el lunes en el almuerzo para la nueva tarea? —preguntó.

—Sí, claro —respondió ella con una sonrisa.

Entonces, Mateo se despidió con un beso en la mejilla. El roce de sus labios dejó en Aline un estremecimiento sutil, difícil de nombrar, que la acompañó hasta la salida del aula.


Esa tarde, Aline se sentó en el pequeño escritorio de su habitación. La hoja en blanco frente a ella la intimidaba. ¿Veinte años? Pensar en su vida como Aline le resultaba abrumador. En cinco meses volvería a ser hombre. Proyectarse como mujer a largo plazo le parecía imposible.

Abandonó los papeles y bajó a la cocina, donde su madre preparaba la cena.

—Mamá —dijo—, la tarea… tengo que imaginarme dentro de veinte años, pero no logro verme como mujer en el futuro.

Frida dejó el cuchillo, se limpió las manos en el delantal y la miró con ternura.

—Las profesiones no tienen género, hija —le recordó—. Para el propósito de la tarea, escoge una vocación y visualízate ejerciéndola. Serás tú, con tus sueños, tu voz… y tu edad, nada más.

Aline reflexionó. En su mente, los últimos años eran una hoja en blanco. No sabía qué quería. Recordó que, antes de todo esto, había soñado con arquitectura. Con construcciones. Con espacios habitables. Esa memoria cobró vida al pensar en el diez que acababa de obtener.

—Hace años quería estudiar arquitectura —dijo con un hilo de voz.

—¿Arquitectura? —repitió Frida, al ver la chispa en sus ojos—. Siempre te atrajeron las formas y la creatividad técnica.

Aline asintió, esta vez con decisión.

—Sí… estudiaré arquitectura.


El lunes, una vez más, Aline y Mateo se encontraron junto a las canchas, con Sam en brazos. Entre bocados de sándwich, comenzaron con la nueva tarea.

—Yo seré arquitecta —declaró Aline con voz firme—. Trabajaré ocho horas al día diseñando casas y espacios públicos.

—Yo quiero ser doctor —dijo Mateo, sin dudar—. Me imagino en un hospital, salvando vidas y publicando investigaciones.

Aline sonrió ante su ambición.

—Con dos profesiones así, a nuestra hija nunca le faltará nada.

—Le faltará alguien que la cuide por las mañanas —comentó ella con una sonrisa ladeada.

—Hay guarderías —respondió él con una pequeña risa—. Pero ya que lo mencionas… quizá podríamos planear horarios complementarios.

Pasaron unos minutos imaginando su día ideal: la rutina matutina con Sam, las horas de trabajo, las tardes de tareas en casa, los fines de semana explorando la ciudad. Aline descubrió que, cerca de Mateo, le resultaba más fácil imaginarse como mujer. No era solo un rol escolar. Era una posibilidad. Una versión de sí misma que no le parecía ajena.

—¿Sabes? —dijo ella, observando el rostro atento de Mateo—. No planeo tener hijos… pero tener uno de trapo contigo es muy divertido.

Mateo sonrió, asintiendo.

—Entonces haremos que esto funcione, mamá y papá —respondió—. Por Sam.

Aline cerró los ojos un instante, sintiendo una inesperada paz. Tal vez este experimento escolar le había ayudado a entenderse mejor. Estaba segura que era una experiencia que la acompañaría el resto de su vida.

miércoles, 17 de junio de 2026

Mamá por Quince Días (7)


Capítulo 7: Mamá por Quince Días

El profesor Sergio entró al aula de Ética cargando una caja grande de plástico entre las manos. Caminó hasta el escritorio y la colocó con cuidado. Luego la ignoró durante cuarenta minutos mientras daba su clase. El tema del día: paternidad responsable.

Cuando faltaban veinte minutos para terminar, se acercó a la caja y la abrió frente al grupo.

—Muy bien, chicos —dijo, sacando un muñeco de trapo de tamaño real, con una sonrisa pintada y un gorrito tejido color amarillo—. Hoy inicia nuestra actividad especial del mes.

Las miradas se cruzaron entre risas nerviosas. Algunos ya intuían de qué se trataba.

—Formaré parejas. Serán chico y chica: papá y mamá respectivamente —añadió el profesor.

Aline frunció ligeramente el ceño. No es que la idea le molestara, pero algo en la palabra mamá aún le sonaba imposible.

En el salón se escucharon murmullos inquietos.

—Durante los próximos quince días —continuó Sergio— cada pareja será responsable de cuidar a un bebé. Este muñeco representa a su hijo o hija. El objetivo es reflexionar sobre la responsabilidad, la empatía, la toma de decisiones en pareja... y, sobre todo, sobre lo que significa cuidar a otro ser humano.

Los murmullos no cesaban.

—Regla principal —dijo con tono firme—: el bebé debe estar en brazos de uno de los dos papás durante todo el horario escolar. Nada de mochilas, bancas ni escritorios. Además, dejaré una tarea durante las cuatro clases que tendremos en ese lapso. Deben juntarse en los almuerzos con sus parejas para realizarlas. ¿De acuerdo? Comenzaré a formar las parejas.

El murmullo subió de tono mientras empezaba a leer los nombres. Aline apenas prestaba atención, hasta que escuchó el suyo:

—Aline y Mateo.

Alzó la vista con rapidez. Mateo estaba en la última fila. Alto, de cabello un poco desordenado, mirada tranquila. Era de esos chicos que no llamaban la atención, pero parecían siempre presentes. Apenas si recordaba haber cruzado palabra con él. Tal vez un saludo al azar.

Cuando todos tuvieron a sus muñecos, Sergio repartió hojas con la primera actividad:

Nombre y género del bebé. Ambos padres deben acordarlo y justificar su elección para la próxima clase.

El timbre sonó, marcando el final del día.

Mateo se acercó con pasos tranquilos. Llevaba el muñeco en brazos como si de verdad fuera frágil.

—Hola —dijo con una media sonrisa—. Nos tocó ser papás.

Aline intentó devolver la sonrisa, aunque se sentía torpe. Como si la estuvieran observando a través de una lupa invisible.

—Sí… supongo que sí.

—¿Mañana comemos juntos y hacemos la actividad? —propuso él—. Te prometo ser un buen papá. Hoy me llevo al bebé.

—Sí… te veo cerca de las canchas —respondió Aline, sonriendo, aunque no se atrevía aún a llamarse mamá.


Al día siguiente, Aline se acercó a las canchas con cierta curiosidad. Mateo ya la esperaba, sentado sobre el pasto, con el muñeco en el regazo.

—Hola. Tu hijo es muy tranquilo, pero igual me alegra darte la custodia hoy —bromeó al verla, extendiéndole el muñeco.

Aline alzó una ceja, entre divertida y desconcertada. Tomó al muñeco con cuidado y se sentó a su lado.

—Hola —murmuró, con una pequeña sonrisa—. Hoy me encargo yo, no te preocupes.

—¿Entonces ya decidiste el género de nuestro hijo? —bromeó Mateo, con fingida indignación.

—La verdad no lo he pensado. Me parece una tarea muy tonta.

Sentados uno junto al otro, Aline notó lo pequeño que era su cuerpo comparado con el de él. La espalda de Mateo parecía el doble de la suya, y su cintura era más ancha. Ella, en cambio, tenía esas caderas y esos senos que le estilaban el cuerpo con formas femeninas. Pensó en todo eso mientras comían en silencio por un minuto, hasta que Mateo sacó la hoja de la actividad de su bolsillo. A lo lejos, el profesor Sergio recorría los pasillos, buscando con la mirada a sus alumnos, verificando quiénes tomaban la actividad en serio.

—Bueno —dijo Mateo—, ¿empezamos con lo importante? Género y nombre de nuestra criatura de trapo.

—Sí —respondió Aline, encogiéndose de hombros—. Pero no sé... eso de decidir si es niña o niño. ¿No es raro?

—Un poco. Los padres nunca eligen el género de sus bebés —respondió él—. ¿Qué tal si dejamos que el destino hable?

Sacó una moneda del bolsillo trasero.

—¿Cara, niña? ¿Cruz, niño?

Aline dudó un instante. Luego asintió.

—Va.

Mateo lanzó la moneda al aire. Giró bajo el sol antes de caer en su mano.

—Cara —dijo—. Es niña.

Aline la miró. Por alguna razón, la palabra niña le provocó una punzada suave, extraña. Como si no fuera sobre el muñeco, sino sobre ella misma. Una reafirmación que no sabía si estaba lista para aceptar.

—¿Y el nombre? —preguntó Mateo.

—Tengo muchas ideas... pero no sé si alguna sea buena —dijo ella, acomodando mejor al bebé en su regazo.

—Yo pensé en “Luna” —dijo Mateo—. Me gusta cómo suena. Es suave... pero también poderosa.

Aline sonrió apenas.

—A mí me gusta “Abril”. Porque es cuando todo empieza a florecer. Y también porque no suena a princesa.

—Buen criterio —dijo Mateo, riendo—. Tal vez deberíamos ponerle “Aline”, como su mamá.

Escuchar que Mateo la llamaba así —mamá— le provocó un escalofrío.

Mateo notó que Aline se removía en su lugar con cierta incomodidad. No insistió con el tema.

—¿Y tú qué hacías en primaria cuando no tenías tarea? —preguntó el chico.

Aline sonrió, aliviada por el giro en la conversación.

—Jugaba con mi Play 2. Tenía el viejo Castlevania y el God of War… eran mis favoritos.

Mateo la miró con los ojos abiertos.

—¿En serio te gusta God of War? Nunca pensé que a una chica le gustara ese nivel de violencia.

Aline sintió cómo la frase la dejaba al descubierto. Un cosquilleo incómodo le subió por el pecho, como si tuviera que justificar algo. Pero solo lo miró con una ceja alzada y dijo:

—Eso es sexista.

Hubo un segundo de silencio antes de que ambos soltaran una carcajada. El hielo se rompió sin esfuerzo, y durante los minutos siguientes hablaron de sus juegos favoritos, de cómo los mandaban a dormir a mitad de una partida y de lo difícil que era pasar cierto jefe en Shadow of the Colossus.

El timbre del receso sonó, devolviéndolos a la realidad.

—Bueno, mamá gamer —dijo Mateo mientras se ponía de pie—, mañana decidimos el nombre. De cualquier forma, nadie elige el nombre de su hija en un almuerzo, ¿no?

—Me parece justo. Mañana traigo tres nombres. Y tú también.

Aline le dio el muñeco un instante a Mateo y se puso de pie. Él también se incorporó y le devolvió el bebé con una sonrisa.

—Te encargo a nuestra hija. Estemos separados o no, siempre velaré por su futuro —dijo en tono suave, sin rastro de burla.

Aline lo recibió, sintiendo su peso contra el pecho. Caminó hacia el salón con los brazos cruzados como una cuna improvisada, sin atreverse aún a mirar a nadie a los ojos.

Pero por dentro, una parte de ella sonreía.

No sabía si era por Mateo, por el juego, o por esa niña de trapo que aún no tenía nombre… Quizá la idea de ser mamá no era tan mala. Luego recordó lo que las mujeres deben hacer para ser madres, y la idea le provocó un pequeño dolor en el vientre.

Cinco meses y medio más, pensó, aunque otra parte de ella seguía pensando en la sonrisa de Mateo.


Al llegar a casa, Frida encontró a su hija en la sala, sentada frente al televisor, con el viejo PS2 encendido, tenía años que no jugaba con él. En la repisa había una mochila escolar y, junto a ella, un muñeco de trapo con gorrito amarillo.

—Hola, hija —saludó, acercándose y tomando al muñeco entre las manos—. ¿Ya soy abuela?

—Solo por quince días —respondió Aline sin dejar el control.

Frida observó con curiosidad al muñeco.

—¿Esto es niño o niña?

—Es niña —dijo Aline, sin mirar.

Frida sonrió.

—Hoy seremos tres mujeres en esta casa —comentó con tono alegre—.  Cuentame, ¿el papá es guapo?

Aline se sonrojó de inmediato, dejando caer el control sobre sus piernas.

—¡Mamá! ¿Cómo preguntas eso?

—Ay, hija —dijo Frida con una sonrisa juguetona—, los hombres son unos acomplejados. Parece que si admiten que otro hombre es guapo, se les va a caer el pene... aunque por ahora tú no tienes ese problema. Es una pregunta simple ¿es guapo?

Aline se volvió a sonrojar al pensar en Mateo de esa forma. Eso fue respuesta suficiente para Frida quien devolvió a la muñeca a su lugar en la repisa y se estiró con un suspiro.

—Baja a cenar conmigo, muero de hambre. Y tú también, mamá adolescente, necesitas fuerzas para criar.

Aline la siguió con una sonrisa tímida, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, esa casa empezaba a sentirse como un hogar.

martes, 16 de junio de 2026

Manchada (6)


Capítulo 6: Manchada

El calor ya apretaba desde temprano. Aline se secó la frente con el dorso de la mano mientras escuchaba la voz de la profesora Mariana, firme y clara desde el centro de la cancha techada.

—¡Vamos, chicos! Hagan dos filas, espalda recta, mirada al frente. Hoy trabajamos fuerza y resistencia.

Aline había quedado en la segunda posición de su grupo. Había querido quedarse al fondo para evitar las miradas de los chicos, como siempre, pero Mariana insistía en rotar los lugares.

Vestía el short oficial de la escuela y una camiseta blanca. A su lado, algunas chicas bromeaban mientras hacían estiramientos, pero Aline apenas podía concentrarse. Al estar tan al frente, sintió muchas miradas masculinas casi desde el inicio de la sesión. Además, una punzada rara le recorría el vientre. Pensó que quizá no había desayunado bien.

—Seguiremos con sentadillas —anunció Mariana—. Al ritmo de mi conteo. Uno… dos… tres…

Aline obedecía en silencio. Bajaba, subía, sentía cómo las piernas le temblaban ligeramente. En la tercera serie, la punzada se hizo más intensa. Como un retorcijón bajo, nuevo y molesto. No era solo cansancio.

Fue entonces cuando escuchó risas apagadas detrás. Un par de chicos susurraron algo, y una de las chicas soltó un “¡ay, no!” que se disolvió rápido. Aline frunció el ceño, desconcertada.

Desde su lugar, Mariana lo notó. Caminó con rapidez hacia el grupo, escaneando con la mirada. Sus ojos se detuvieron en Aline, y de inmediato su expresión cambió.

—Monserrat —llamó, sin levantar demasiado la voz—, ven un momento.

Monse, que estaba en la fila de atrás, corrió hacia ella.

—¿Sí, profe?

—Aline se ha manchado —dijo en un susurro apenas audible para Monse—. Llévala a la enfermería, por favor. Pero primero, cúbrela.

Monse entendió al instante. Tomó una sudadera que una compañera había dejado en la banca y se acercó a Aline con una mezcla de urgencia y cuidado.

—Tranquila, no te muevas muy rápido —susurró—. Te ayudo.

Aline no entendía del todo, pero dejó que le ataran la prenda a la cintura. Monse la tomó del brazo y comenzaron a salir de la cancha.

—¿Qué pasa? —preguntó, con la voz baja, tensa.

—Es tu regla —respondió Monse, sin rodeos—. Te vino.

Aline sintió un vacío en el estómago. La caminata hacia el edificio principal le pareció infinita. Aunque intentaba no mirar atrás, sentía todas las miradas pegadas a su espalda. ¿Cómo podía haber pasado? ¿Por qué hoy? ¿Por qué así?

En la enfermería, la enfermera —una mujer de rostro amable y ojos atentos— las recibió sin sorpresa. Mariana ya había llamado para avisar.

—Hola, pequeña. ¿Cómo te llamas? —dijo con calma.

—Aline.

Le entregó un short más holgado y oscuro, junto con una pequeña bolsa con una toalla sanitaria.

—¿Sabes cómo usar la toalla?

—No —respondió con sinceridad.

—¿Prefieres que te ayude yo o tu amiga?

—Prefiero que me ayude Monse… gracias.

La enfermera asintió y se apartó un momento para dejarles privacidad.

—Mira —dijo Monse, sentándose a su lado con la toalla en las manos—. Esto se pega en la ropa interior, así. Asegúrate de que quede centrado y cámbiala cada cuatro o cinco horas. Si el flujo es mucho, tal vez antes.

Aline miraba con atención, memorizando los pasos como si fueran instrucciones para una misión complicada.

Se encerró en el baño y se quedó parada un momento frente al espejo. Levantó la camiseta. Se giró. Vio la mancha en el short. Roja, evidente, humillante.

No lloró. No podía. Solo respiró hondo y siguió las instrucciones. Con dificultad, logró ponerse la toalla y después salió del baño. La enfermera ya estaba de regreso. Tenía una tabla con clip y unas hojas en una mano, y un bolígrafo en la otra.

—Tengo que hacerte unas preguntas, por protocolo —dijo, sin dar tiempo a comentarios—. ¿Se te adelantó el periodo o perdiste la cuenta?

—No... es mi primer periodo —contestó Aline con dificultad.

La enfermera asintió con una ligera sonrisa.

—¿Qué edad tienes?

—Diecisiete —respondió Aline, con las manos temblorosas.

—Es raro que la regla llegue a tu edad, pero no es anormal —dijo, mientras le indicaba que se sentara—. De cierto modo, tienes suerte.

Aline no respondió.

—Debes empezar a llevar la cuenta. Marca el día en que te bajó. A partir del día veinticinco, puedes usar pantiprotectores para evitar accidentes y cargar siempre una toalla, por si comienza el flujo.

Aline estaba atónita.

—Pueden retirarse, niñas —dijo la enfermera con una sonrisa.

Unos minutos después, las chicas estaban en la explanada, caminando muy lento. El momento era incómodo, pero Monse intentaba animar a su amiga.

—Yo también pienso que eres afortunada —dijo Monse, con una sonrisa suave—. A mí me bajó a los doce. También me manché. Fueron cinco años que te ahorraste estas molestias.

Aline no se sentía afortunada. Se sentía confundida, incómoda, un poco rota por dentro.

—No te preocupes por los que se rieron de ti —continuó Monse—. Estás viviendo algo completamente normal. Ellos son demasiado inmaduros para entenderlo.

Aline seguía luciendo desconcertada, como si no terminara de creer que todo aquello estaba ocurriendo.

—No creo que la profesora espere que volvamos. ¿Te acompaño a tu casa?

Aline asintió, sin ganas de hablar. Las chicas salieron juntas de la escuela, caminando en silencio. Aline no dijo nada en todo el trayecto. Solo agradecía que Monse caminara a su lado, sin exigir explicaciones.

Por dentro, algo había cambiado.

Y aunque no sabía bien qué era, sentía que, después de hoy, ya no podía volver a ser la misma.

lunes, 15 de junio de 2026

Cuerpo ajeno, rutina nueva (5)





Capítulo 5: Cuerpo ajeno, rutina nueva

El miércoles por la mañana desperté con el estómago revuelto. No era la comida de anoche. Era la clase que me esperaba: Educación Física. Había revisado mi horario la noche anterior con la esperanza absurda de que hubiera un error, un cambio de última hora, cualquier cosa que no implicara exponerme así. Pero no. El temido momento había llegado.

Mi madre, ya casi lista para irse al trabajo, me miró desde la puerta de mi habitación con esa mezcla de comprensión y firmeza que había adoptado desde el primer día.

—¿Ya tienes lista tu ropa deportiva?

Asentí, aunque sin entusiasmo. Habíamos comprado un short de algodón y una camiseta holgada. Nada ajustado, nada revelador. Aun así, me sentía vulnerable. No era la ropa en sí. Era lo que implicaba moverme, correr, saltar, sudar frente a otros. Era la conciencia constante de que mi cuerpo—este cuerpo nuevo—sería observado en movimiento.

Quise decirle: Mamá, no puedo. Mamá, esto es demasiado. Pero las palabras se atascaron en mi garganta, como tantas otras desde que desperté siendo Aline. Solo asentí otra vez y ella se fue, dejándome sola con mi reflejo en el espejo.



En el vestidor de chicas, me cambié lo más rápido que pude. Por suerte, muchas llegaban ya en ropa deportiva, así que el lugar estaba casi vacío. Me miré un momento antes de salir: short holgado, camiseta que me llegaba a media cadera. Nada extraordinario. Una chica más, tal vez un poco más delgada que el promedio. Pero aún así, no podía evitar sentirme disfrazada. Como si en cualquier momento alguien fuera a notar la mentira, a señalar con el dedo y gritar *ese no es su lugar*.


Salí a la cancha techada con el corazón latiendo demasiado rápido.


La profesora, una mujer joven y enérgica llamada Mariana, explicó que empezaríamos con estiramientos y luego dividiríamos el grupo para jugar voleibol.


—Chicas de un lado, chicos del otro —dijo con naturalidad, y la frase cayó en mi estómago como una piedra.


Me uní al grupo de chicas, tratando de pasar desapercibida. Pero pasar desapercibida era difícil cuando mi propio cuerpo me delataba a cada movimiento. Los estiramientos me obligaban a doblarme, a estirar los brazos, a abrir las piernas. Y cada vez que lo hacía, sentía el short subirse un poco, la camiseta despegarse de mi piel sudada, la conciencia de que había cuerpos masculinos al otro lado de la cancha, algunos mirando, otros no, pero yo no podía saber quiénes eran los que miraban.


Lo peor era que una parte de mí—la parte que aún recordaba ser Álvaro—sabía exactamente lo que pasaba por sus cabezas. Sabía cómo miran los hombres cuando creen que nadie los ve. Y ese conocimiento me hacía sentir más expuesta, más vulnerable, más mujer de lo que ninguna prenda podría lograr.


Pero entonces escuché una voz familiar:


—¡Hola Aline!


Era Monse. Tenía una coleta alta y una sonrisa fácil, como si la vida no fuera complicada para ella.


—Hola —respondí, y el alivio en mi voz fue casi ridículo.


—Te toca en mi equipo —dijo, señalando la cancha—. No te preocupes, no tomamos esto demasiado en serio.


Sonreí con nerviosismo.


—No soy muy buena jugando...


—Ninguna de nosotras lo es —rió—. Solo inténtalo, lo importante es pasarla bien.



El juego comenzó. Al principio me movía con torpeza, pero pronto me di cuenta de que nadie me juzgaba. Las chicas reían entre sí, bromeaban, celebraban incluso los errores con un buen humor que me resultaba ajeno pero profundamente agradable. Poco a poco, algo en mi pecho se fue aflojando.


En un momento, logré devolver un saque difícil—pura suerte, seguro—y Monse corrió a darme un choque de palmas.


—¡Bien ahí!


Sonreí. Realmente sonreí.


Y mientras corría de un lado a otro, sudando bajo el sol de la mañana, sentí algo que no esperaba: mi cuerpo se movía con fluidez. Mis piernas—más cortas que antes, pero ágiles—respondían a las órdenes. Mis brazos—más delgados, pero coordinados—golpeaban el balón cuando era necesario. Por un momento, solo un momento, dejé de pensar en que este cuerpo era un disfraz. Por un momento, fui solo una chica jugando voleibol con sus amigas.


La clase terminó con todas sudando y sonriendo.


—¿Quieres sentarte conmigo en el almuerzo? —preguntó Monse mientras recogíamos las pelotas.


Dudé un instante. La costumbre de decir que no, de aislarme, de protegerme. Pero algo en mí—tal vez el cansancio, tal vez la calidez de su sonrisa—me hizo asentir.


—Sí, me gustaría.


—Entonces te espero en la banca junto a los árboles. Llego siempre ahí con unas amigas.



Me cambié con más calma esta vez. El vestidor ya estaba lleno de chicas riendo, secándose el cabello, comparando notas. Me senté en una banca y me até las agujetas de los tenis, escuchando las conversaciones a mi alrededor sin participar. Hablaban de un chico que les gustaba, de una tarea imposible, de una serie que todas veían. Cosas simples. Cosas de chicas.


Y yo estaba ahí, en medio de todo, y nadie me miraba raro. Nadie sospechaba. Era, para todos los efectos, una chica más.


Eso debería haberme aliviado. Y en parte lo hacía. Pero también me hacía sentir más extraña, más dividida. Como si Álvaro se estuviera desdibujando lentamente, reemplazado por esta desconocida que ocupaba su lugar.


Salí del vestidor y caminé hacia la cafetería. Compré una manzana y un jugo en la máquina, y luego busqué con la mirada el punto de encuentro. Bajo la sombra de un árbol, vi a Monse y a otras dos chicas, riendo con esa familiaridad que da el tiempo compartido.


Monse me vio y me hizo una seña entusiasta.


—¡Aquí, Aline!


Me acerqué con pasos contenidos. Al llegar, Monse se hizo a un lado para que pudiera sentarme junto a ella.


—Chicas, ella es Aline, es nueva —dijo con naturalidad—. Aline, ellas son Vale y Fernanda.


—Hola —dije, y mi voz sonó tímida, casi infantil.


—Hola —respondieron al unísono, con sonrisas amables.


Durante los primeros minutos, solo escuché. Hablaban de cosas normales: la tarea de biología, un maestro que siempre se salta los viernes, una canción que no dejaban de escuchar ese mes. Todo parecía tan simple, tan cotidiano. Y al mismo tiempo, yo me sentía como una antropóloga observando una tribu desconocida, tratando de aprender sus códigos, sus gestos, su forma de estar en el mundo.


—¿Tú vienes de otra prepa? —preguntó Vale.


—Sí... algo así —dije, sin querer entrar en detalles.


—¡Pues bienvenida! Nos hacía falta otra chica con cara de buena persona —dijo Fernanda, divertida.


Todas rieron, y yo también, aunque no sabía exactamente por qué. Pero reír con ellas me hizo bien. Monse me ofreció una papita de su bolsa y la acepté. Poco a poco, empecé a sentirme, aunque fuera por un momento, parte de algo.


—¿Qué te pareció Educación Física? —preguntó Monse con un gesto burlón.


—No estuvo tan mal... —respondí—. Aunque pensé que sería peor.


—Eso es porque estuviste con nosotras. Si nos hubieran puesto con los chicos, otra historia —dijo con una mueca.


—No entiendo por qué siguen separando por género —comentó Fernanda—. ¿Qué tiene de malo jugar todos juntos?


—Pues que hay tipos que creen que si le hacen un punto a una mujer, son superiores —dijo Monse—. Y si pierden, es culpa de la pelota o del árbitro.


—O te miran las piernas en lugar de la cara —añadió Vale, rodando los ojos.


No dije nada, pero en silencio, estuve completamente de acuerdo. Pensé en Erick. Pensé en cómo me habían mirado en el pasillo. Pensé en todas las veces que yo, cuando era Álvaro, había mirado así a otras chicas. Sentí un calor extraño en las mejillas, una mezcla de vergüenza y algo más, algo que no quería nombrar.


Pero también pensé en algo más: en cómo, a pesar de todo, una parte de mí—la parte que estaba aprendiendo a ser Aline—*entendía* por qué mis amigas se quejaban. Lo entendía en mi propia piel, en mi propia experiencia de ser mirada, evaluada, reducida.


Y eso, de alguna manera, me hacía sentir más cerca de ellas.



El resto del almuerzo fluyó tranquilo. Hablamos de música, de profesores, de planes para el fin de semana. Cuando sonó la campana, todas se levantaron juntas. Monse caminó conmigo hasta mi siguiente clase.


—Me caes bien, Aline —dijo al despedirse—. Ojalá sigas viniendo.


—Gracias —respondí, y la sonrisa que me salió fue, por primera vez en mucho tiempo, completamente genuina.


Mientras caminaba hacia mi aula, pensé en lo extraño que era todo. Hace unas semanas, mi vida era golpes, rebeldía, soledad. Ahora estaba aquí, con un cuerpo que no reconocía, una identidad prestada, y sin embargo... por primera vez en años, había almorzado con alguien que me caía bien. Había reído de verdad. Me habían incluido.


Quizás adaptarse no era cuestión de entenderlo todo. Quizás era cuestión de encontrar pequeños espacios donde respirar.


Y aquel, con Monse y las chicas, había sido uno de ellos.


Llegué a mi aula y me senté en la última fila. Afuera, el sol seguía calentando la tarde. Dentro de mí, algo se había movido. Algo pequeño, pero real.


Todavía no sabía quién era. Todavía no sabía si era Álvaro o Aline, o una mezcla de ambos, o alguien completamente nuevo. Pero por primera vez, pensar en eso no me provocaba pánico.


Solo curiosidad.


domingo, 14 de junio de 2026

Primer día (4)





Capítulo 4: Primer día

Me detuve frente a la entrada de mi nueva escuela y respiré hondo. El edificio era el mismo que había visto cientos de veces cuando era Álvaro, pero hoy parecía distinto. Más grande. Más amenazante. Me acomodé el cabello detrás de la oreja—un gesto que ya empezaba a salirme natural, sin pensar—y revisé mi atuendo por última vez: jeans rectos, camiseta suelta, sudadera que me caía justo debajo de la cadera. Nada llamativo. Nada que gritara mírenme.

Y sin embargo, bastaron unos pasos dentro del edificio para sentir las miradas.

Eran distintas a las que había sentido en la plaza con mi madre. Estas eran de chicos de mi edad, jóvenes con mochilas colgando de un hombro, masticando chicle, riéndose por cualquier cosa. Me miraban de reojo, como quien intenta no ser obvio pero falla estrepitosamente. Algunos bajaban la vista apenas los descubría. Otros no. Otros sostenían la mirada, recorriéndome de arriba abajo con una lentitud que me hacia sentir desnuda.

Me abracé a mí misma mientras caminaba por los pasillos. Mis brazos cruzados sobre el pecho, justo donde los senos nuevos se marcaban bajo la tela. Una vulnerabilidad nueva, punzante, difícil de explicar. Antes, cuando era Álvaro, también había mirado así a algunas chicas. Para ser honesto, yo las miraba peor de lo que ahora me miraban a mí, pero eso tampoco me consolaba. Era un juego. Una costumbre. Verlo desde el otro lado era otra cosa. Duele. Incomoda. Descoloca.

Quise maldecir, pensar alguna mala palabra para desahogarme, pero las palabras se no llegaban a mi cabeza. Desde que desperté en este cuerpo, la furia llegaba más lenta, más difusa, como si necesitara un camino que ya no existía.

Miré mi horario. Primera clase: Literatura 02.

...

El aula era pequeña, apenas una docena de alumnos. Traté de sentarme al fondo, pero la profesora, una mujer de rostro amable y tono enérgico, pidió que todos ocupáramos las primeras tres filas. Elegí una esquina, al lado de una chica con cabello negro y rizado, actitud relajada, que masticaba chicle con la tranquilidad de quien no le teme a nada.

La clase comenzó sin ceremonia. Mientras la profesora explicaba los criterios del semestre, la chica deslizó su libreta hacia mí. En una esquina, había escrito con letra clara:

—Hola, ¿eres nueva?

La miré, sorprendida. Tomé mi bolígrafo y escribí debajo:

—Sí, es mi primer día.

La chica sonrió y volvió a escribir:

—Soy Monse. ¿Quieres ser mi amiga?

Algo se aflojó dentro de mí. Esa simple pregunta, directa y dulce, me pareció imposible de imaginar en una conversación entre dos chicos. Si yo todavía fuera Álvaro y estuviera sentado junto a otro tipo, eso jamás habría pasado. Lo habrían considerado ridículo, raro, "poco masculino". Los hombres no se dicen esas cosas. Los hombres compiten, se miden, se golpean en el hombro y se insultan con cariño. Pero no preguntan ¿quieres ser mi amigo?

Y sin embargo, ahí estaba esta chica, abriéndome una puerta sin juicio ni reservas. Sonreí.

—Sí —escribí.

Monse garabateó rápido:

—Hablemos después de clase, hay que poner atención.

Asentí y guardé el bolígrafo. Por un momento, solo un momento, olvidé que estaba escondida. Olvidé que mi cuerpo era una mentira. Fui solo una chica nueva en la escuela, y alguien quería ser mi amiga.

...

Al sonar la campana, Monse giró hacia mí con naturalidad.

—¿Cómo te llamas, chica desconocida?

—Aline —respondí, y mi voz sonó firme. Menos mal.

Charlamos mientras salíamos. Nada importante: el clima, lo aburrido del curso, el café espantoso de la cafetería. Su presencia me calmaba, como una manta en invierno.

—¿Cuál es tu siguiente clase? —preguntó.

—Historia 3.

Monse arqueó una ceja.

—Entonces estás recursando Literatura, ¿eh? Es raro… no tienes cara de chica mala.

Lo dijo con una sonrisa pícara, sin malicia. Reí, y por un momento olvidé dónde estaba, quién era, lo que se suponía que debía sentir.

—Nos vemos después —dijo, y desapareció entre la multitud.

...

Historia fue monótona. Apenas pude concentrarme. Todo el tiempo pensaba en mi voz, en cómo sonaría si me hacían leer en voz alta, en si alguien notaría algo extraño. Pero nadie lo hizo. Para todos, era simplemente otra alumna más. Otra chica en la tercera fila, tomando apuntes, mirando por la ventana.

Pero también pensaba en las miradas de los chicos en el pasillo. En cómo me habían recorrido. En cómo mi cuerpo—este cuerpo nuevo que aún no controlaba—había reaccionado. Un calor húmedo, inesperado, que apareció sin permiso mientras recordaba sus ojos sobre mí. Me avergonzaba admitirlo, pero ahí estaba. Mi carne respondía a ser mirada como carne. Y esa respuesta me humillaba más que cualquier cosa.

...

La última clase del día era Ética. La una de la tarde, el sol filtrándose por los ventanales, los pasillos calientes y ruidosos. Caminaba con la cabeza un poco baja, el cabello cayendo a los lados de mi rostro, cuando vi a un grupo de chicos apoyados contra la pared.

Riendo. Bromeando.

Mi corazón se detuvo un segundo.

Yo los conocía, al centro de todos estaba Erick.

Mi mejor amigo. Mi hermano de batallas. Habíamos jugado fútbol juntos, compartido secretos, visto películas de terror hasta el amanecer. Me había roto la nariz una vez, en una pelea de broma, y yo le había devuelto el golpe con creces. Él sabía quién era yo. Sabía lo que pensaba, lo que sentía, lo que temía.

Por un instante, quise correr hacia él. Decirle la verdad. Gritarle "soy yo, Álvaro, ¿no me reconoces?"

Pero entonces me vio.

Dijo algo al grupo y todos se giraron hacia mí.

Las miradas no eran de reconocimiento. Eran otras. Evaluadoras. Cargadas. Lascivas. Recorrieron mi cuerpo—mis piernas en los jeans, mis caderas, mis pechos bajo la sudadera—con una lentitud que me heló la sangre.

Y luego vino lo peor.

Erick levantó las manos y, con una sonrisa burlona, dibujó en el aire una figura. Una cintura estrecha. Caderas amplias. El gesto fue grosero, caricaturesco. La mímica de un cuerpo de mujer reducido a sus curvas, a su carne, a su disponibilidad.

Todos rieron.

Algo se rompió dentro de mí.

No me veían. No me veían a mí. Solo veían un cuerpo. Un "filete", pensé, y la palabra me supo a hiel. Me di media vuelta y caminé más rápido, sintiendo sus risas a mis espaldas, sintiendo sus ojos aún pegados a mí, sintiendo—otra vez, siempre—esa humedad traicionera entre las piernas que no entendía, que no controlaba, que mi cuerpo nuevo producía como respuesta a ser reducida a objeto.

Si no me hubiera metido en problemas, pensé, quizá estaría ahí con ellos. Haciendo lo mismo. Siendo uno de ellos. A veces, ser hombre era sinónimo de ser un cretino. Hoy lo entendía como nunca. Lo entendía en mi carne, en mi piel, en la forma en la que un cuerpo pequeño y femenino podía ser tan vulnerable ante un grupo de chicos.

Pero también entendía algo más: que una parte de mí, la parte que aún era Álvaro, comprendía por qué lo hacían. Y esa comprensión me hacía sentir cómplice. Sucia. Dividida.

...

Llegué al aula de Ética temblando. Y ahí, junto a la ventana, vi a Monse haciéndome señas. Me acerqué y me senté a su lado. No preguntó por qué parecía triste. Solo me sonrió y me pasó un caramelo.

—Los lunes son horribles —dijo.

Sonreí débilmente. Apreté el caramelo en mi mano, sintiendo el plástico contra mi piel suave, mis uñas crecidas, mis dedos delgados. Y agradecí el silencio. El gesto simple. La compañía.

Tal vez no todo estaba perdido.

Pero mientras Monse hablaba de cualquier cosa, yo no podía dejar de pensar en Erick. En sus manos dibujando mi silueta en el aire. En nuestros amigos riendo. En cómo yo, hace unas semanas, habría sido uno de ellos. En cómo, a pesar del asco y la humillación, mi cuerpo seguía reaccionando, seguía humedeciéndose, seguía queriendo algo que mi mente rechazaba.

Eso fue lo peor de todo.

Que en algún rincón oscuro de mí, la chica que estaba aprendiendo a ser disfrutaba, apenas un poquito, de ser vista.

sábado, 13 de junio de 2026

Tardes de práctica (3)



 

Capítulo 3: Tardes de práctica

La noche siguiente, mientras cenábamos en silencio, mi madre rompió el hielo con esa voz suave pero firme que había adoptado desde que tomé la pastilla, desde que mi cuerpo masculino adoptó una forma femenina.

—Álvaro, tenemos que comprometernos a hacer esto bien. Si no cumples con los términos del acuerdo, en seis meses, cuando vuelvas a ser hombre, te llevarán a la correccional. Creo que el peor escenario sería que todo esto no sirva para nada.

Bajé la mirada al plato. La comida se había enfriado sin que lo notara. Sabía que tenía razón, pero escucharlo en voz alta me hizo sentir el peso de todo: el cambio, la espera, la posibilidad de terminar exactamente igual que empecé, pero con seis meses de humillación encima. Dos castigos por el mismo delito.

Quise pensar en una mala palabra para describir mis sentimientos, pero ninguna vino a mi mente. Desde que desperté en este cuerpo femenino, algo en mí se había... aquietado. Como si la furia necesitara testosterona para arder y yo ahora funcionara con otro combustible.

—Sí, mamá —dije, y mi voz sonó sumisa, casi dulce.

Ella sonrió. Hacía meses que no recibía una respuesta tan sincera de su hijo. Pero, al parecer, su hija era más dócil. Yo era más dócil en mi cuerpo femenino. El pensamiento me quemó por dentro, pero no dije nada.

...

Los días siguientes estuvieron llenos de prácticas. Después del trabajo, mi madre llegaba con energía renovada y una misión clara: enseñarme a desenvolverme como una chica adolescente.


—Lo primero es el maquillaje —anunció una tarde, desplegando una colección de cosméticos sobre la mesa del comedor—. La mayoría de las chicas de tu edad se maquillan, al menos un poco. No podemos dejar que nadie sospeche.


Me enseñó a usar base, corrector, rubor, rímel. Nada exagerado, solo lo suficiente para resaltar mis rasgos femeninos. Me miré al espejo después de unos minutos y lo que vi me dejó muda. La chica del reflejo era yo, pero no podía serlo. La chica del reflejo era bonita, estaba bien arreglada y lucía como una chica dulce. Muy diferente del chico que le rompió la nariz a un compañero en la escuela hacia unos días.

Pero lo peor llegó el sábado por la mañana

—Te preparé un vestido, hija. Póntelo —anunció mi madre con entusiasmo.

Miré la prenda colgada en el perchero. Amarillo pálido, con vuelo, tirantes delgados. Mi primera reacción fue visceral: ni de chiste. Abrí la boca para decirlo, para negarme, para plantar cara como siempre hacía. Pero las palabras no salieron. En su lugar, sentí el peso de mis pechos bajo la blusa, el roce de la tela en mis piernas, la humedad inesperada entre ellas que me recordaba que mi cuerpo ya no era el mismo.

Me puse el vestido sin decir una palabra.

Mi madre pasó toda la mañana enseñándome a moverme con él. Cómo acomodar la falda al sentarme para que no se subiera demasiado. Cómo revisar discretamente que todo estuviera en orden. Cómo caminar con pasos más cortos, más seguros, más femeninos. Cada instrucción era una pequeña muerte para el chico que fui.

—Las piernas juntas al sentarte —decía—. Así evitas mostrar de más.

—Cuando te inclines, hazlo con las rodillas, no con la cintura. Así no se te ve el escote.

—Al caminar, los brazos más pegados al cuerpo. Los hombres los mueven mucho; las mujeres, no.

Me corregía una y otra vez, con paciencia infinita, mientras yo me sentía cada vez más extraña en mi propia piel. O en la piel de esta desconocida que habitaba.

Y entonces, a las dos de la tarde, soltó la sorpresa:

—Creo que estás lista. Te invitaré a comer fuera.

La miré horrorizada.

—¿Vestido así? ¿Mamá?

—No, hija. No irás vestido así. Irás vestida así.

La corrección fue sutil pero contundente. Bajé la cabeza. Asentí.

...

Durante el camino en coche, fui en silencio. Miraba por la ventana, sintiendo el viento suave golpearme el rostro, pero algo dentro de mí no terminaba de asentarse. Mis piernas desnudas, pegadas al asiento, la piel erizándose con el aire del aire acondicionado. Mi cintura más marcada por el cinturón de seguridad que cruzaba justo entre mis pechos. La tela ligera del vestido que se movía con cada curva de la carretera, acariciándome los muslos de maneras que no conocía.

Era como si mi cuerpo ya no me perteneciera.

Mi madre notó el silencio y trató de romperlo.

—Estás muy linda, hija —dijo con una sonrisa sincera.

No respondí. La palabra hija me golpeó el pecho, justo donde mis senos nuevos se movían bajo la tela. La parte más difícil no era la ropa, ni el maquillaje, ni siquiera el miedo a ser descubierta. Lo más duro era sentirme diferente en mi propia piel. Había algo en mi reflejo, en mi voz, en la forma en que mi madre me miraba ahora, que empezaba a calar más hondo de lo que quería admitir.

—¿Te molesta que te diga así? —preguntó, con cautela.

—No —respondí, después de un momento—. Solo... todavía me cuesta acostumbrarme.

Asintió, sin presionar más. Las dos sabíamos que estábamos cruzando una línea invisible entre lo forzado y lo necesario, y lo único que podíamos hacer era seguir caminando. Un paso a la vez.

Fue entonces que llegamos a la plaza.

Sentí un escalofrío. No podía creer que en verdad estaría en público vestida así. Dentro de mi cabeza aún pensaba en mí misma como un hombre, pero estaba en el estacionamiento de una plaza con vestido, maquillaje, caderas y unos pequeños senos de adolescente. Tardé tanto en bajar del coche que mi madre pensó que había olvidado cómo hacerlo con vestido.

—Junta las rodillas, gira con tu cadera y baja con un paso cortito —dijo.

Salí del shock e hice caso. Al poner un pie fuera, el viento acarició mis piernas desnudas y otro escalofrío me recorrió. Intenté no pensar en ello.

Dentro de la plaza había mucha gente. Caminamos entre las tiendas y empecé a notar las miradas. Hombres. Hombres de todas las edades me miraban. Algunos disimuladamente, otros no tanto. Sus ojos recorriendo mi cuerpo, mis piernas, mis caderas, mis pechos bajo el vestido. Y yo, que había sido hombre hasta hace unos días, entendía exactamente lo que estaban pensando. Pensaban que yo era una chica deseable.

Eso fue lo peor.

Entendía la forma en que me evaluaban, la forma en que me deseaban, la forma en que me reducían a carne. Lo había hecho yo mismo, mil veces, con otras chicas. Y ahora era yo la que estaba al otro lado de esa mirada. La presa. El objeto.

Sentí calor entre las piernas. Un calor húmedo, inesperado, que no pedí. Mi cuerpo respondía a esas miradas de una manera que mi mente rechazaba. Y eso me humillaba más que cualquier otra cosa.

Por suerte, no tardamos en llegar al restaurante. Había mesas disponibles, así que pasamos de inmediato.

...

La comida fue tranquila. Mi madre eligió un lugar familiar, sin pretensiones, con música suave. Pedí lo mismo que ella y traté de no pensar en las miradas que sentía cuando me levanté al baño. Caminar con el vestido entre las mesas, sintiendo los ojos de los comensales, fue una tortura breve pero intensa.

Ya más relajadas, mi madre se atrevió a hablar.

—¿Sabes? Cuando yo tenía tu edad también me sentía fuera de lugar en mi propio cuerpo... no porque fuera otra persona, sino porque el cuerpo femenino cambia demasiado en la adolescencia. Me atrevo a pensar que el cuerpo femenino sufre más cambios que el masculino al desarrollarse. Además, no es fácil entender cómo debe ser una mujer en este mundo. Las reglas siempre parecen hechas para que falles, y basta conque seas un poco bonita para atraer muchas miradas ¿no?

Levanté la mirada. No esperaba que compartiera algo así.

—Supongo que sí... —dije—. Ahora entiendo un poco lo que deben sentir ustedes. Me veo al espejo y no sé si soy yo.

Asintió.

—Quizá no eres el de siempre, pero eso no significa que no seas tú. Lo importante es que descubras quién quieres ser. Aunque sea por seis meses... ¿qué puedes aprender de esto?

No respondí, pero me quedé pensando. En las miradas de los hombres. En el calor humedecido entre mis piernas. En la forma en que mi cuerpo nuevo respondía a cosas que mi mente rechazaba. En la pequeña, diminuta parte de mí que, en algún rincón oscuro, disfrutaba ser mirada.

Aparté el pensamiento. No estaba lista para mirar ahí.

...

Cuando llegamos a casa, me quité los zapatos apenas entré por la puerta. Mi madre fue a la cocina a preparar té, y nos sentamos en la sala, en silencio.

—¿Te sentiste bien hoy? —preguntó, pasándome una taza caliente.

Dudé un poco.

—No fue tan terrible como pensé... pero hay cosas que aún me dan miedo.

—Está bien tener miedo —dijo—. Pero prométeme algo: no te cierres a la experiencia. A veces el castigo trae una lección, y a veces... una oportunidad.

Miré el vapor que salía de mi taza. Por primera vez en días, sentí que tal vez, solo tal vez, podría encontrar algo más en esta etapa. Algo que no estaba buscando... pero que necesitaba.

—Lo prometo —dije, con voz baja pero firme.

Mi madre me acarició el cabello, como cuando era un niño pequeño. Aunque en ese entonces mi cabello era corto.

—Esa es mi hija —susurró.

Y por primera vez, la palabra no me golpeó como un puñetazo. Se quedó ahí, flotando entre nosotras, mientras el té se enfriaba en mis manos y mi cuerpo nuevo respiraba tranquilo bajo el vestido amarillo.

viernes, 12 de junio de 2026

El Espejo y la Ropa (2)


Capítulo 2: El Espejo y la Ropa

Desde el primer segundo frente al espejo, supe que ya no era Álvaro. Pero saberlo y sentirlo eran dos cosas distintas. Mi reflejo seguía golpeándome cada vez que lo veía, como un puñetazo en el estómago que no terminaba de doler del todo.

Lo siguiente que noté, mientras intentaba vestirme, fue que mi ropa ya no me quedaba. Los pantalones se me caían de las caderas—mis nuevas caderas, tan anchas—y las camisetas colgaban de mis hombros como toldos. Me revolví en el cajón hasta encontrar un short deportivo con resorte y una playera gris que, aunque enorme, cubría lo esencial. Bajé las escaleras sintiendo cómo mis pechos se movían con cada paso, un balanceo suave que no podía controlar, que me recordaba constantemente que ya no era dueño de mi propio cuerpo.

Mi madre me esperaba en la cocina. Me miró y en sus ojos vi sorpresa, ternura y urgencia, todo mezclado. Pero lo que más me incomodó fue la naturalidad con que me observaba, como si siempre hubiera esperado verme así.

—Tenemos que conseguirte ropa de tu talla —dijo con voz serena—. Y algunos brasieres. No podemos ir así a la escuela.

Asentí sin hablar. La palabra brasier me rebotó en el cerebro como una canica. Yo iba a usar un brasier. Quise decirlo en voz alta, reírme de lo absurdo, pero de mi garganta solo salió un murmullo.

...

El centro comercial era un campo minado.

Mi madre caminaba rápido, con determinación, mientras yo la seguía como un cachorro perdido. Entramos a una tienda y de repente estaba rodeada de ropa que nunca había mirado: jeans con elastano, camisetas ajustadas, estantes enteros de ropa interior diminuta. Frida tomaba prendas, las miraba, las colgaba en mi brazo sin preguntar. Yo dejaba que pasara, con la mirada fija en el suelo.

—Estos te quedarán bien —dijo, y me puso un par de jeans en las manos.

En el probador, el infierno se hizo peor.

Me quité el short y la playera, mis prendas masculinas, y me quedé en ropa interior. La misma ropa interior de antes,  mis boxers de hombre, ahora ridículamente grandes, colgando de unas caderas anchas y femeninas. Me miré al espejo y sentí que una extraña en ropa interior me miraba en el espejo, me costaba aceptar que esa chica tan guapa era yo.

Los jeans nuevos me quedaban pegados. Al principio me incómodo mi reflejo. Mis nalgas se curvaban bajo la tela, redondas, firmes, femeninas. Mi cintura se hundía antes de ensancharse en las caderas. La blusa que me puse después se pegaba a mis pechos y los marcaba de una manera que...

Aparté la vista. Me ardían las mejillas.

—¿Cómo vas? —la voz de mi madre al otro lado de la cortina.

—Bien —mentí.

Salí y ella me miró de arriba abajo con ojo crítico. Asintió.

—Sí, esos te quedan bien. Te ves linda. Busquemos más cosas...

...

Esa misma tarde fuimos a la preparatoria. El trámite fue largo pero eficiente. Entré con una carpeta bajo el brazo y salí con una credencial: Aline Davis. Mi foto me miraba desde el plástico, seria, con el cabello cayendo sobre los hombros. La guardé en la bolsa del pantalón sin mirarla mucho.

Oficialmente yo era otra persona. Oficialmente era una mujer.

...

Pero el verdadero calvario llegó dos días después.

—Hoy vamos por lo demás —anunció Frida en el desayuno—. Faldas, vestidos, blusas formales. Tienes que estar preparada.

Quise protestar. Abrí la boca y las palabras se atoraron. Quería decir soy hombre, todavía soy hombre, incluso en este cuerpo. Pero lo que salió fue un suspiro, un intento débil:

—Ma, ¿en serio?

Ella me miró y supe que no había discusión.

El centro comercial era el mismo pero distinto. Esta vez mi madre no fue directo a lo práctico. Me llevó a secciones que había evitado antes, donde las faldas colgaban en hileras de colores y los vestidos parecían armaduras de otra guerra. Tomaba prendas y me las extendía.

—Pruébate esta....Esta también... Y esta.

Entraba y salía del probador como autómata. Falda vaquera. Falda negra. Vestido casual. Blusa con flores. Cada vez que me miraba al espejo, el golpe era menos fuerte. No es que me gustara, es que empezaba a... aceptarlo. La figura frente a mí era coherente. La ropa le quedaba bien. Era una chica con ropa de chica y no había nada disonante, nada fuera de lugar, nada que gritara esto es un error. 

Excepto mis ojos. Mis ojos todavía eran los de Álvaro, mirando desde esa cara femenina como un prisionero tras un vidrio.

—Necesitas esto también —dijo mi madre, y me puso en las manos un montón de tela diminuta.

Bragas. Me había dado bragas. Distintos colores, distintos estilos. Las miré y sentí un calor extraño subirme por el cuello. Eran tan... íntimas. Tan pequeñas. La idea de usarlas, de tenerlas pegadas a mi piel nueva, me hizo respirar hondo.

—Y brasieres —añadió, señalando a una vendedora que ya se acercaba con una cinta métrica—. El otro día solo nos llevamos uno deportivo.  Necesitas unos cuántos normales, de tu talla. Te van a medir.

—¿Medir? —mi voz sonó aguda, casi asustada.

La vendedora, una mujer de unos cuarenta años con sonrisa profesional, me indicó que pasara al probador. Mi madre me siguió. La mujer me pidió que levantara los brazos y, antes de que pudiera procesarlo, la cinta estaba rodeando mi pecho, apretando justo debajo de mis senos, marcando números que yo no entendía.

—75B —dijo la mujer, y anotó en una libreta—. Prueba con este.

Me entregó un sostén color beige, sencillo, sin adornos. Lo sostuve entre las manos, sintiendo la textura, los tirantes delgados, los copos que esperaban llenarse con lo que ahora era mío.

—¿Sabes ponértelo? —preguntó la encargada.

Negué con la cabeza, sin poder hablar.

Frida suspiró, pero no con fastidio. Con algo más suave. Se acercó, tomó el sostén de mis manos, y dijo:

—Te enseño. Tienes que aprender.

Las instrucciones fueron simples. Inclinar el cuerpo hacia adelante, colocar los pechos en las copas, ajustar los tirantes, cerrar en la espalda. Lo hice frente al espejo, con ella mirando, y cada paso fue una pequeña muerte y un pequeño nacimiento. Cuando terminé, me miré y vi a una chica con sostén, una chica que tenía pechos sujetados, levantados.

—Así debe quedar —dijo mi madre, y con dedos hábiles ajustó un tirante que yo había dejado flojo.

Su tacto en mi hombro, en mi piel nueva, me hizo estremecer.

...

Seguimos comprando. Jeans, blusas, faldas, vestidos, ropa interior, pijamas, tenis nuevos. Al final del día, los cajones de mi habitación—que antes guardaban videojuegos y sudaderas rotas—estaban llenos de colores suaves, telas delicadas, prendas que doblé con manos torpes.

Esa noche, mientras cenábamos, Frida habló con tono decidido:

—En unos días  volverás a la escuela. Tengo poco tiempo para enseñarte a manejarte con tu nueva ropa, con tu nueva... realidad. A partir de mañana, cuando regrese del trabajo, empezaremos a practicar. Cómo caminar, cómo sentarte, cómo... bueno, cómo ser una señorita. Mientras tanto, no te metas en problemas.

La miré sin responder. Sentí un nudo en el estómago. Recordé la correccional y, por un segundo, me pregunté si tal vez no habría sido una mejor opción. Pero el pensamiento se desvaneció cuando bajé la mirada y vi mis manos sobre la mesa. Manos pequeñas, suaves, femeninas, pero libres.

Quise maldecir. Quise pensar cualquier cosa que sonara a mí, a Álvaro, a la furia que siempre me había llevado a romper narices. Pero las palabras no llegaron. En su lugar, solo sentí el peso de mis pechos bajo mi blusa, el roce de la tela nueva contra mis piernas, la humedad extraña entre ellas que aparecía sin aviso, sin permiso.

—Está bien, ma —dije, y mi voz sonó tranquila, casi sumisa.

Ella sonrió, débilmente, por primera vez en años habíamos hecho algo juntos. Y se sentía bien, por más que no quisiera admitirlo.