Capítulo 13: La campeona va arriba
El bar no era lujoso, pero tenía encanto. Luces bajas, madera vieja y rock suave de fondo. Adriana llegó con un vestido negro ceñido al cuerpo, discreto solo desde ciertos ángulos. Tacones altos, labios rojos y una seguridad que ni ella sabía que tenía.
Antonio ya la esperaba. Jeans ajustados, camisa azul arremangada, cerveza en mano. Sonrió al verla entrar, y al acercarse, la saludó con un beso lento en la mejilla.
—Toma —le dijo, pasándole una botella fría—. Para brindar por la campeona. Ganó la mejor.
—Gracias —respondió ella, con una sonrisa torcida—. El segundo lugar tampoco estuvo mal.
Se sentaron juntos en la barra. En menos de cinco minutos, ya los habían reconocido. Un par de personas se acercaron, tímidas, para pedir fotos. La imagen del beso durante la premiación había sido portada en medios deportivos de todo el mundo. Eran la pareja del momento, aunque ni ellos mismos sabían qué eran exactamente.
Después de la tercera foto y de firmar una servilleta, Antonio giró hacia ella con un gesto más serio.
—Oye… vienen algunas galas para celebrar tu victoria. No quiero que las cosas estén raras entre nosotros.
Adriana lo miró, midiendo sus palabras.
—No tienen que estar raras —dijo, bebiendo un sorbo.
—¿Cuánto te queda antes de volver a ser un hombre?
La pregunta era inevitable. Ella ya la había anticipado.
—Quince días —dijo, sin titubear. Luego bajó un poco la voz—. A menos que…
Antonio arqueó una ceja.
—¿A menos que qué?
Adriana giró un poco en su asiento, mirándolo de frente.
—El doctor dice que si tomo una segunda pastilla, los efectos serán permanentes.
Hubo un silencio entre ellos, denso, pero no incómodo. Antonio no la interrumpió.
—Extraño algunas cosas de ser hombre —continuó—. Como orinar de pie. Tener fuerza en los brazos. Que nadie cuestione mis decisiones en las reuniones. Pero… —hizo una pausa, buscando las palabras— me gusta un poco esto. Esta nueva vida. Y… creo que me enamoré. Y no funcionaría si vuelvo a ser hombre.
Antonio pareció quedar sin aire por un instante. Atónito. Pero sus ojos no se apartaron de los de ella. Entendía lo que Adriana le estaba diciendo. No solo hablaba de la pastilla. Le estaba entregando un pedazo de su alma.
Entonces, la besó.
No como el beso de la gala. No como los besos que se dan por impulso. Esta vez fue suave, lento, consciente. Y duró mucho más.
Más tarde, ya en el departamento de Antonio, la tensión se volvió deseo. Las luces apagadas, las ropas cayendo lentamente, los besos volviéndose caricias. Adriana se dejó llevar, con un cosquilleo nuevo que no era nervio, sino certeza.
Antes de que la noche llegara a su clímax, sonrió contra su cuello y le susurró:
—No olvides que la campeona va arriba.
Antonio soltó una carcajada entre jadeos. No discutió.
A la mañana siguiente, Adriana despertó entre sábanas desordenadas, con la luz del sol filtrándose por la ventana y el brazo de Antonio sobre su cintura.
Por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo. Ni ansiedad. Ni dudas.
Solo una verdad cálida y sencilla.
Todo estaba bien.
Por fin.














