lunes, 20 de abril de 2026

Grititos y encajes (20)


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Capítulo 20 – Grititos y encajes

Mariana y Diana me acompañaron a mí y a mis papás a elegir mi vestido de quinceañera. Era sábado por la mañana y el centro comercial ya estaba lleno de familias buscando algo que estrenar. Desde el primer momento en que entramos a la tienda especializada, supe que ese día iba a ser especial.

Los ensayos con mis chambelanes me habían dejado claro algo: ya no tenía nada en común con los chicos. Las bromas, los empujones, las burlas entre ellos… todo eso me resultaba cada vez más ajeno. Pero fue ese día, entre estantes llenos de tul, encaje y brillos, cuando comprendí algo aún más importante: los códigos de las chicas ya me eran propios.

Cuando una de nosotras encontraba un vestido lindo, las tres soltábamos un gritito ahogado, seguido de frases como "¡Está divino!" o "Te vas a ver hermosa en ese". Yo no solo me unía con naturalidad al entusiasmo, sino que mis opiniones eran buscadas y valoradas. Mariana y Diana me pedían consejo sobre los vestidos que ellas usarían para sus propias fiestas, y yo sabía exactamente qué responder.

Sabía qué corte favorecía las piernas, cuál realzaba el escote, y cuál dejaba la espalda al descubierto de forma elegante. Sabía cómo debía caer una falda y en qué parte del cuerpo debía ajustarse la tela. Y, lo más sorprendente de todo, disfrutaba hacerlo.

Mientras mi mamá negociaba con la encargada de la tienda, Mariana me recordó:

—Faltan tres meses para mis quince, ¿eh? —dijo con una sonrisa traviesa—. Así que después de elegir tu vestido, también puedes ir pensando en el que vas a usar para mi fiesta.

—Y medio año después son los míos —añadió Diana, divertida—. Así que vas a necesitar al menos dos vestidos más.

Me reí, sin oponer resistencia. Aquel universo de brillos, texturas y colores ya no me resultaba extraño. Se había convertido, poco a poco, en parte de mi vida. Así fue como pasé toda la mañana y parte de la tarde probándome vestidos, girando frente al espejo, dejando que mis amigas eligieran qué probar a continuación, y notando cómo algo dentro de mí —algo suave, profundo y alegre— se sentía parte de este mundo.

...

Cuando ya llevábamos varias horas entre percheros y probadores, con bolsas de snacks y botellas de agua acumuladas a un lado del sofá, creí que había visto todos los vestidos posibles. Los había rosados, rojos, dorados, marfil, con bordados intrincados o faldas imposibles de cargar. Todos bonitos, sí, pero ninguno me hacía sentir eso que Mariana y Diana llamaban "el momento mágico".

Hasta que lo vi.

Estaba en un rincón algo apartado, como olvidado. Era un vestido de tono morado claro, de tirantes finos, con detalles en encaje y una falda amplia pero ligera, escotado en pecho y espalda. Nada exagerado. Me acerqué como si el vestido me llamara por mi nombre. Lo tomé con ambas manos y supe, sin necesidad de palabras, que ese era el indicado.

—¿Y ese? —preguntó Mariana, al ver cómo lo sacaba del perchero.

—No sé… —dije con voz baja, casi temerosa—. Creo que necesito probármelo ya.

En el probador, me di cuenta de que era un vestido con corsé y que necesitaba ayuda para ponérmelo. Solicité ayuda y Mariana entró conmigo.

—Lindas bragas —dijo ella con una sonrisa, mientras ajustaba las cintas.

Cuando por fin logramos cerrar el vestido, la tela se ajustaba de forma natural a mi cintura. El tono lavanda hacía que mi piel se viera más cálida, más luminosa. La falda caía con gracia, y al girar, el vuelo era perfecto. Me miré al espejo y me sentí hermosa, delicada y femenina.

Salí del vestidor en silencio. Mis amigas y mi madre me miraron con ojos brillantes.

—Es ese —dijo Mariana.

—Sin duda —añadió Diana.

Me miré una vez más al espejo, ahora acompañada por las miradas de quienes más quería. Y entonces me vino a la mente otro cumpleaños, otra vida. Cuando cumplí quince años en mi otra realidad, lo celebramos en casa con una comida sencilla. Hubo un pastel comprado en la panadería de la esquina, una reunión improvisada y solo los familiares más cercanos. No hubo vestido especial. Tampoco hubo vals.

Aquello había sido un buen día, sí. Uno cálido. Pero este… este era distinto. No solo por el vestido, por la fiesta o por el vals que ensayaría. Era distinto porque, de alguna manera, sentía que la vida me estaba ofreciendo una segunda oportunidad de vivir mi adolescencia desde otro lugar. Uno donde no tenía que esconder quién era, uno donde sí podía brillar.

Y ahí, frente al espejo, con ese vestido morado claro ceñido a mi cuerpo nuevo, lo entendí todo.

No era solo una fiesta.

Era un rito.

Una afirmación.

Una manera de decir: Estoy aquí. Soy yo. Soy una mujer.

—Me lo quedo —dije finalmente, con una sonrisa que no necesitó explicación.

Y todas supimos que esa tarde no solo habíamos elegido un vestido, sino también una versión más segura y luminosa de mí.

...

Después de elegir el vestido, salimos a comer al área de comida del centro comercial. Mariana pidió sushi, Diana eligió una hamburguesa con papas, y yo opté por una ensalada con pollo. Nos sentamos en una mesa de esquina, rodeadas de risas, bolsas de compras y música pop suave de fondo.

—Bueno, ya tienes el vestido, los chambelanes, la fecha… —dijo Diana mientras revolvía su malteada con la pajilla—. Solo falta una cosa.

—¿Qué cosa? —pregunté, mordiendo un trozo de pan de ajo.

—El segundo baile —dijo Mariana con una sonrisa cómplice—. Ya sabes, el reguetón, la coreografía más atrevida. Es tradición.

Arqueé una ceja.

—Mi coach de baile dijo que primero teníamos que quedar bien con los valses. Que luego veríamos si hacíamos una pieza más movida.

—¡¿"Si harían"?! —exclamó Mariana fingiendo escándalo—. ¡Julieta! ¿Vas a dejar pasar la oportunidad de dejar a todos con la boca abierta?

—¿Y qué se supone que tengo que usar? ¿Un conjunto de lentejuelas? —pregunté con media sonrisa, pero con genuina preocupación en la mirada.

—Algo así —dijo Diana—. Algo que brille, que marque la figura. Que diga: soy mujer y me muevo como quiero.

Bajé la mirada a mi comida. No estaba segura de querer dar un mensaje como ese. La verdad era que no había querido pensar en eso. Me costaba la idea de subirme a un escenario con la atención puesta en cada curva, cada movimiento de cadera, cada giro del cabello. Algo en mí se resistía. No era pudor, exactamente. Era más bien la sensación de estar cruzando otro límite, uno más íntimo. Era una cosa bailar con Gabriel en casa, o dejarme alzar en los ensayos como parte de una coreografía elegante… pero otra muy distinta era exponerme con un ritmo tan provocador, con un vestuario tan revelador.

—No lo sé —dije al fin, jugando con el tenedor entre los dedos—. Tal vez. Supongo que tengo que pensarlo.

Mis amigas asintieron sin presionarme.

—Es tu fiesta, Juli. Tú decides —dijo Diana con una sonrisa dulce.

—Sí, pero… si lo haces, prometo ayudarte con la coreografía —añadió Mariana—. Juro que no vamos a dejar que parezca vulgar. Será solo poderosa.

Sonreí, agradecida. No di una respuesta definitiva, pero supe que la pregunta volvería. Que tarde o temprano tendría que decidir.

...

El siguiente sábado por la tarde, el salón de ensayos estaba especialmente caluroso. Todos habían llegado con ropa cómoda: camisetas ligeras, pants cortos, botellas de agua a medio llenar y la coreografía del vals bastante avanzada.

—¡Cinco, seis, siete, ocho! —marcó el instructor mientras yo giraba entre los brazos de Gabriel y luego pasaba con Agustín. Todo fluía con más naturalidad que al inicio, aunque aún había pasos que debíamos afinar.

Al terminar una vuelta, Gustavo me sostuvo por la cintura con cuidado y me alzó para el paso final. Sentí que volaba. Luego bajé con elegancia y terminé la secuencia con una reverencia. Todos aplaudieron.

—¡Ahora sí pareces quinceañera de revista! —bromeó Agustín.

—¿Eso es bueno o malo? —reí, limpiándome el sudor de la frente.

—Es excelente —dijo Gabriel, ofreciéndome su botella de agua—. Te ves genial ahí arriba. Como si hubieras nacido para esto.

Bebí un trago. Luego me senté en uno de los bancos junto a la pared mientras los chicos jugaban entre ellos, empujándose con los hombros y riendo.

—Oigan —dijo Gustavo, de pronto, con voz más alta—. ¿Y el otro baile? ¿No hay reggaetón o algo sexy esta vez?

Levanté la mirada, sorprendida.

—¿Ustedes quieren bailar reggaetón?

—Obvio —respondió Agustín—. ¡Es lo mejor! Además, es el único momento en el que podemos mostrar nuestros pasos prohibidos.

—¿Pasos prohibidos? —pregunté, sin poder evitar una sonrisa.

—Sí, ya sabes… mover la pelvis, hacer cara de malo, esas cosas —añadió Gustavo entre risas.

—Y de paso —intervino Agustín —, verte a ti robándote el show. Imagino que ya estás pensando en usar un outfit de esos que dejan sin aliento.

Enrojecí.

—No estoy segura aún —confesé—. No sé si me siento cómoda con algo tan… provocador.

—Juli, solo haz lo que te haga sentir bien —dijo Gustavo con una sonrisa honesta—. Si decides no hacerlo, está bien. Pero si lo haces, vas a brillar. Y aquí nadie va a juzgarte. Solo a aplaudirte.

—Especialmente si haces twerking —agregó Gabriel, y el resto de los chicos rieron.

—Idiota —le dije, entre risas.

Los miré a todos. Mis chambelanes, mis amigos. No eran perfectos, pero tampoco eran crueles. Me sentía cuidada. Y por primera vez pensé que, tal vez, lo que más me asustaba no era bailar algo sexy, sino reconocer que podía —y quería— hacerlo.

Tal vez, después de todo, había algo de poder en usar mi cuerpo como parte del espectáculo. Mi derecho a ser vista.

...

Esa noche, después del ensayo, Gabriel estuvo un rato conmigo en mi casa como ya era costumbre. Jugábamos un juego de carreras pero ninguno parecía muy interesado.

Yo estaba en silencio. Pensativa. Gabriel, que ya sabía leer mis gestos, no dijo nada al principio. Solo siguió a mi lado, dándome espacio. Hasta que, al terminar la copa que estábamos jugando, dejó el control de lado.

—¿Pasa algo? —preguntó con suavidad—. Estás callada desde que salimos del ensayo.

Dudé unos segundos, pero luego suspiré.

—Estuve pensando en eso del baile… sexy.

Gabriel asintió sin decir nada.

—Siento que... todo mundo espera que lo haga. Que me ponga un conjunto revelador, que me mueva de cierta forma, que sea… no sé… deseable.

—¿Y eso te incomoda? —preguntó, sin juicio.

Jugué con los dedos de mi pulsera antes de responder.

—Un poco. No porque no pueda hacerlo, o porque me dé pena exactamente. Es más como… como si fuera cruzar otra línea. Como si bailar así fuera decirle al mundo: "sí, soy una chica, y tengo un cuerpo de chica, y lo sé… y está bien que me veas". Y no sé si estoy lista para eso.

Gabriel asintió despacio. Me miró con una ternura inmensa.

—Tú no le debes nada a nadie, Julieta. Ni a Mariana, ni a Diana, ni a los chicos, ni a tu mamá. Ni siquiera a mí. Esa fiesta es tuya. Tu cuerpo es tuyo. Si quieres hacer ese baile porque te emociona, hazlo. Pero si lo haces por presión, por expectativa o por miedo a decepcionar a alguien… no vale la pena.

Tragué saliva.

—A veces siento que me estoy dejando llevar, como si esta vida me hubiera absorbido sin darme cuenta. Como si fuera una corriente y yo solo flotara encima.

—¿Y eso está mal?

Lo miré con cierta sorpresa.

—No lo sé…

Gabriel bajó la mirada y luego volvió a subirla.

—Mira… cuando eras tú, antes de todo esto… a veces te sentías fuera de lugar, ¿te acuerdas? Me decías que no sabías cómo conseguir una novia o incluso hacer nuevos amigos. Pero ahora te veo y… pareces más tú. Aunque suene raro. Te veo más cómoda, más auténtica. Estás rodeada de personas que te quieren. Incluso cuando dudas pareces más segura que antes.

Sentí que algo en mi pecho se aflojaba.

—¿Tú crees que estoy cambiando?

—Creo que estás creciendo. Y creo que estás encontrando una parte de ti que antes estaba escondida. Eso no es malo.

—¿Y si esa parte… se queda? —pregunté en voz baja.

Gabriel tomó mi mano.

—Entonces se queda.

Apoyé la cabeza en su hombro. Nos quedamos así un rato, en silencio. Luego nos dimos un beso largo y profundo.

—Gracias —susurré.

—No tienes nada que agradecer. Eres una mujer increíble. No cualquiera podría pasar por todo lo que has vivido sin volverse loca.

El cielo ya era oscuro cuando nos despedimos. Entré a casa con una sensación nueva, no exactamente de seguridad, pero sí de acompañamiento. Como si, incluso entre dudas, hubiera alguien que entendía mi camino.

Y eso, pensé, era casi tan importante como tener todas las respuestas.

domingo, 19 de abril de 2026

Montañas Rusas (19)



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Capítulo 18 – Montañas rusas

El tiempo pasó con su rutina habitual. A veces, al despertar, pensaba que mi vida de hombre había sido solo un sueño, algo que jamás ocurrió. Luego me avergonzaba de esos pensamientos... porque recordaba que cuando empezó esta aventura, todas las mañanas, antes de abrir los ojos, deseaba con todas mis fuerzas que mi vida como mujer hubiera sido solo una pesadilla. No era sino hasta verme al espejo o sentir mi entrepierna que notaba que seguía en el cuerpo de una niña.

Pero ahora… no podía ser que me estuviera gustando tanto ser mujer.

Esa idea me asaltaba en los momentos más inesperados. Mientras me peinaba frente al espejo. Mientras reía con Mariana. Mientras sentía el peso de la mano de Gabriel en mi cintura. 

Unos meses después del cumpleaños de Gabriel, él me invitó a un parque de diversiones. Íbamos al menos tres veces al año en mi otra realidad, donde ambos éramos chicos, pero en este nuevo mundo no habíamos ido nunca. La noche antes de la salida, pensé que podría ser una buena oportunidad para reconectar con mi masculinidad perdida, y preparé ropa muy holgada: un pantalón y una playera oversize. Al probármela, noté que ni así lucía masculina; más bien parecía una chica usando ropa de su hermano mayor. Mis caderas, mis pechos, mi forma de sostener el cuerpo… todo delataba lo que ahora era.

Al final, me decidí por un short pegado para evitar el calor. Las faldas y vestidos estaban fuera de discusión, pues en los juegos podría terminar exponiendo mis bragas. Me puse un top fresco y en mi bolso preparé una sudadera por si acaso. Como estaba en mis días, también llevé tampones. Me di cuenta de que con ese estilo estaría cómoda en el parque, y que, acompañada de Gabriel, nadie se metería conmigo. Porque eso era algo que había aprendido: el mundo era más seguro cuando él estaba cerca.

...

Al día siguiente, me levanté temprano, me bañé, me arreglé, me maquillé discretamente, me coloqué el tampón y estaba lista cuando Gabriel pasó por mí. Mis papás nos llevaron al parque, y los de Gabriel irían por nosotros al final del día. Como chicos, ambos habíamos ido solos al parque desde los trece, pero al parecer mis papás no me daban tanta libertad ahora que era una chica. Eso me fastidiaba, pero también lo entendía. El mundo era diferente para nosotras, las niñas.

Cuando llegamos, el aire olía a algodón de azúcar, frituras y adrenalina. Las risas se mezclaban con los gritos lejanos de las montañas rusas. Gabriel compró las entradas y me puso la pulsera del acceso con cuidado, como si fuese una joya delicada. Ese gesto, tan pequeño, me hizo sentir querida.

—¿Cuál primero? —preguntó él, mirando el mapa del parque.

—Quiero ir a la montaña rusa gigante —respondí, desafiante.

Gabriel me miró con una ceja alzada.

—¿Segura? No vayas a gritar más que yo…

—¿Estás diciendo que ahora que soy chica voy a gritar más? Te recuerdo que siempre has sido más miedoso para estas cosas que yo —le devolví, con media sonrisa.

—Claro que no, hasta te recuerdo vomitando alguna vez al bajar de esa cosa —dijo él, dándome un golpecito suave en la nariz.

Solté una carcajada. Me sentí ligera. Por un momento, fui simplemente yo, sin etiquetas, sin confusiones.

La fila para la montaña rusa fue larga, pero no nos importó. Hablamos de películas, de Mariana, de nuestras clases favoritas. También hubo silencios cómodos, de esos que una pareja suele llenar con besos y caricias ligeras, y eso hicimos cada vez que nos quedábamos sin temas de conversación. Besos apasionados entre la multitud, manos entrelazadas, miradas que decían más que las palabras.

Cuando por fin nos subimos al juego, sentí una mezcla de emoción y miedo. Mientras el carrito subía lentamente, Gabriel me tomó la mano.

—Si gritas mucho, prometo no burlarme —dijo él.

—No grito —respondí, apretando su mano con fuerza.

La caída fue brutal. El mundo se volteó, el aire desapareció, los gritos se me escaparon sin permiso. Como chico jamás había gritado tanto en una montaña rusa; mi nuevo cuerpo no dejaba de sorprenderme. Todo se sentía más intenso, más visceral.

Cuando bajamos, tenía el cabello revuelto y las piernas temblorosas.

—¿No gritas, eh? —bromeó Gabriel.

Le di un manotazo en el brazo, entre risas.

—Quiero besarte, pero me preocupa que vayas a vomitar —siguió.

Como respuesta, le di un beso apasionado. No me importaba nada más.

Después vinieron otros juegos: uno giratorio que me dejó mareada, uno de realidad virtual que nos hizo gritar como niños, y uno de agua que nos empapó por completo. Con mi top mojado y una sonrisa en el rostro, noté algo raro en la mirada de Gabriel. Luego recordé lo que les pasa a las chicas con las playeras mojadas y me cubrí el pecho con las manos instintivamente.

Gabriel se disculpó por mirarme.

Me enojé con él por un momento, pero no estuve enojada mucho tiempo. Porque mis nuevos pechos eran la parte de mi cuerpo que más me costaba aceptar. Esas voluptuosidades atraían más atención de la que deseaba, y sabía que si yo hubiera tenido la oportunidad de ver a una chica como yo con playera mojada en mi vida anterior, no la habría desperdiciado. Romeo habría mirado,pensé. Y probablemente habría hecho algún comentario estúpido con sus amigos.

—Si aún fueras un chico, tampoco hubieras evitado mirar —bromeó Gabriel cuando se me pasó el coraje. Pareció leerme la mente.

Tuvimos que ir a los lockers, donde me puse la sudadera para evitar miradas incómodas de desconocidos. Aprovechamos para ir a comer papas con queso y refresco.

—Te ves feliz —dijo Gabriel, observándome.

—Lo estoy —respondí, sin pensar.

Me detuve un segundo.

—Es raro, ¿no? —dije con calma.

—¿Qué?

—Todo esto. Tú y yo, así. Si alguien nos hubiera dicho hace unos años que terminaríamos en una cita, no lo habríamos creído.

—Tampoco hubiéramos creído que volveríamos a vivir nuestra vida desde los once años —respondió.

Me encogí de hombros.

—No importa cómo empezó. Me gusta cómo se siente ahora.

Lo miré y vi la sinceridad en sus ojos. Me incliné hacia él y le di un beso rápido, con sabor a refresco y sol.

Más tarde, ya de camino a la rueda de la fortuna, me sentí ligeramente húmeda. No por el agua del juego, sino porque el tampón necesitaba ser cambiado. Le susurré a Gabriel que me esperara cerca y fui al baño sola.

Allí, en la intimidad del cubículo, me sentí demasiado mujer. Una chica en un parque de diversiones, preocupada por detalles que antes no existían en mi vida, cómo cambiarme el tampón o no hacer esperar demasiado a mi novio. Me cambié rápido, con práctica, y salí ajustándome el short.

Gabriel me recibió con una sonrisa.

—¿Todo bien?

—Sí, estoy en mis días —dije con naturalidad y lo tomé del brazo—. Vámonos a la rueda.

La cabina oscilaba levemente mientras subíamos. Desde arriba, se veía toda la ciudad, el parque, el cielo encendido por la luz dorada de la tarde. Apoyé la cabeza en el hombro de Gabriel y él me acarició los dedos con los suyos.

—Te quiero —dijo él, casi en un susurro.

No contesté al instante. Solo lo miré con los ojos brillantes. Y entonces, con voz muy baja, le dije:

—Yo también te quiero. Mucho.

De repente nos fundimos en un beso apasionado. Pude sentir las manos de Gabriel recorriendo partes que nunca me había tocado. Todo el contacto fue por encima de la ropa, pero no pude evitar sentir una humedad en mi entrepierna que nada tenía que ver con el tampón. Está llegando a segunda base conmigo, pensé, y la idea me excitó más de lo que quería admitir.

La cabina giró lentamente y comenzó a descender. Pero para mí, todo parecía estar en su lugar. Como si mi mundo, por fin, estuviera encontrando el equilibrio.

...

Un par de meses después, la cita al parque de diversiones se había vuelto un recuerdo brillante en mi memoria. La secundaria seguía su curso, la relación con Gabriel fluía con naturalidad y mi vida parecía haber alcanzado cierta estabilidad.

Fue entonces cuando empezó a hablarse de algo que, hasta entonces, había evitado por completo: mi fiesta de quince años.

Al principio, la idea me parecía absurda. ¿Una fiesta de quince para mí? No me sentía una princesa, ni me veía dando vueltas con un vestido enorme, ni imaginaba el vals rodeada de chicos en traje. 

Pero con el tiempo, algo cambió. Tal vez fue la insistencia de mi madre, o las conversaciones con Mariana y Diana, quienes también tendrían sus fiestas y me insistían que yo también debía tener una. O tal vez fue que empezaba, poco a poco, a abrazar mi vida como Julieta sin tanta resistencia.

Faltaban casi seis meses, así que tenía tiempo. Lo primero en decidir fueron los chambelanes. Y no tuve dudas con el primero: Gabriel, por supuesto. Mi pareja, mi confidente, mi mejor amigo en ambas realidades. Luego pensé en Agustín, mi compañero del taller de electricidad, que siempre había sido respetuoso y divertido. Diana sugirió que su novio fuera el tercer chambelán, y al enterarse, Mariana exigió que el suyo también lo fuera. Acepté entre risas, y así quedó conformado el grupo: cuatro chicos, todos distintos entre sí, pero bien dispuestos a participar.

Los ensayos comenzaron los sábados por la tarde. Al principio eran torpes y llenos de risas, pero pronto se volvieron momentos de camaradería. Al menos entre los chicos. Ellos se empujaban, se albureaban y se tomaban del pelo como buenos amigos. Yo los observaba con una mezcla de diversión y cierta melancolía. En otro tiempo, habría sido uno más en ese grupo. En otra vida, tal vez me habría sumado al juego brusco, empujado a Agustín, hecho una broma subida de tono.

Pero ahora era distinta. Y ellos me lo recordaban en todo momento con su trato.

Conmigo eran siempre cuidadosos, amables. Me tomaban con suavidad de la cintura durante las vueltas, me ofrecían la mano para bajarme del escenario improvisado, incluso uno de ellos —Gustavo, el novio de Mariana— me decía "con permiso, damita" antes de ensayar cualquier paso de contacto. Agradecía ese trato, me hacía sentir especial. Pero también, en silencio, extrañaba la complicidad masculina que alguna vez había tenido.

Y no solo era el trato. También estaban los cuerpos.

Durante los ensayos, noté con claridad que los cuatro chicos eran mucho más altos que yo. Me llevaban al menos veinte centímetros, y al bailar, me levantaban como si no pesara nada. En mi otra realidad, yo habría medido lo mismo que Gustavo, que era el más alto del grupo. Pero ahora, en este mundo, apenas rozaba el metro cincuenta y cinco. A veces me sentía como una muñeca en brazos de gigantes. Frágil. Liviana. Femenina.

Esa palabra me daba vértigo.

Porque por más que intentara resistirme, mi cuerpo seguía alejándome de lo que fui. No solo en estatura. En curvas, en gestos, en los espacios que ocupaba en el mundo. Los ensayos, más que prepararme para un vals, me enfrentaban a una verdad que no podía evitar mirar de frente: era la quinceañera.

Y esa fiesta, esa coreografía, ese vestido que algún día usaría… todo eso era parte de mi historia ahora.

Esa noche, después de un ensayo especialmente divertido, me quedé un rato frente al espejo. Me miré de frente, con el cabello recogido por el sudor, las mejillas sonrojadas por el esfuerzo.

—Soy Julieta —dije en voz alta.

Y por primera vez, no fue una declaración de guerra contra mi pasado. Fue simplemente una presentación. Una aceptación..


sábado, 18 de abril de 2026

Princesita sexy (18)


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Capítulo 18 – Princesita sexy

Me miré al espejo. Llevaba puesto un vestido de cóctel azul que mi mamá me había regalado. Desde que cumplí once, se había vuelto una especie de tradición que, cada cumpleaños, recibiera un vestido nuevo. Este era corto, con el largo justo para cubrir mi ropa interior… y mi dignidad. También llevaba unos tacones pequeños que me dificultaban caminar, especialmente con ese vestido tan ajustado. Definitivamente no es algo que usaría para salir al exterior, pensé, aunque admití que me veía linda. Porque sí, era linda. Eso ya no me costaba reconocerlo.

Estaba terminando de maquillarme cuando comenzaron a llegar los invitados.

La primera, por supuesto, fue Mariana. En cuanto me vio, soltó una exclamación:

—Te ves como una princesita sexy.

Sentí cómo mi último vestigio de masculinidad se deshacía con ese halago. Princesita sexy. Esas dos palabras juntas definían perfectamente lo que ahora era: una mezcla de inocencia y algo más, algo que comenzaba a despertar en mí. No supe si reír, esconderme o sonrojarme, así que me limité a decir:

—Gracias.

Poco después llegó Diana, mi mejor amiga de la secundaria. En menos de diez minutos las tres estábamos platicando como si siempre hubiéramos sido parte del mismo grupo, riendo, recordando cosas, admirando la decoración sencilla que mi mamá había puesto en el patio.

Los invitados fueron llegando poco a poco. Una docena de compañeros de secundaria, entre chicas y chicos. Un par de amigas de la primaria que aún frecuentaba, y también algunos amigos de mis padres. Todo parecía transcurrir con ligereza y alegría.

Hasta que llegó Gabriel.

Vestía pantalón de mezclilla oscura y una camisa clara, con las mangas arremangadas. Al verme, se quedó unos segundos con la boca entreabierta, como si el aire se le hubiera escapado del pecho.

—Te ves increíble —dijo por fin.

Sentí mis mejillas arder. Lo tomé de la mano y lo presenté con mis mejores amigas. Mariana y Diana soltaron comentarios casi al unísono:

—Hacen una pareja hermosa.

—Y él es muy guapo… te conseguiste un buen novio.

Sonreí, aunque por dentro el nerviosismo aumentaba. Aún faltaba la parte más difícil.

Minutos después, nos acercamos a mis padres.

—Mamá, papá… él es Gabriel —dije con voz serena—. Es... es.... es mi novio.

Hubo un silencio breve. Pensé en lo irónico que era estar presentando a mi mejor amigo como mi novio. En otra vida él fue mi compañero de fútbol y videojuegos, en aquella vida dónde yo era un varón. Pero esa vida ya no existía más. Llevaba cerca de dos años viviendo como una mujer y cada día me parecía más lejana mi vida de chico.

Mi papá le estrechó la mano con firmeza y le pidió que pasara a la mesa. Mi mamá, con una expresión medida, fingió que no lo conocía de antes. Fue su forma sutil de decir que nos perdonaba, que aceptaba la relación y que quería que todo marchara en armonía.

La fiesta continuó con risas, buena comida y algo de música. Bailamos. Jugamos. Nos tomamos muchas fotos. En algún momento de la noche, Gabriel y yo nos besamos frente a todos. No fue un beso largo ni provocador, pero sí suficiente para confirmar lo que éramos.... que éramos novios.

Yo, por primera vez en mucho tiempo, dejé de sentir dudas. No pensé en si era correcto o no. Dejé de pensar en mi vida anterior como chico. No pensé en la fecha de vencimiento del hechizo.

Solo me permití sentirme feliz. Como una chica enamorada, disfrutando de su cumpleaños. Como una mujer viviendo su propia historia.

...

Los meses siguientes fueron, en apariencia, muy parecidos a los anteriores. Seguí con mi rutina: la escuela por las mañanas, las tareas por las tardes, alguna tarde de juegos o charlas con Mariana, y los besos con Gabriel un par de veces por semana, aunque ahora lo hacíamos en mi habitación con la puerta abierta, bajo la supervisión tácita de mi madre.

Había otras diferencias notables. La más evidente y que lo cambiaba todo era que ahora era oficialmente la novia de un chico. De mi mejor amigo. De Gabriel.

Eso significaba que podíamos caminar tomados de la mano por los pasillos, sentarnos juntos en los recreos, e incluso compartir un beso fugaz frente a nuestros amigos sin temor a ser sorprendidos. Esa nueva normalidad me traía una extraña sensación de equilibrio. Había aceptado mi lugar en el mundo, al menos por ahora.

Otra gran diferencia era más silenciosa, más íntima, pero imposible de ignorar: mis hormonas empezaban a manifestarse con fuerza, como olas suaves que de pronto golpeaban con intensidad inesperada. Comencé a despertar un apetito nuevo, femenino. Algunas noches, los sueños me sorprendían: Gabriel y yo nos besábamos con más pasión, nos acariciábamos como no nos habíamos atrevido aún en la vida real, y esas imágenes me hacían despertar con el corazón agitado, el cuerpo cálido y la entrepierna mojada.

Al principio, me sentía confundida. ¿Esto es normal?, me preguntaba. Pero con el tiempo, comencé a entender que explorar mi cuerpo era también parte de habitarlo.

A solas, me fui descubriendo sin apuro ni culpa. Con mis dedos comencé a penetrar mi vulva. Las primeras veces lo hice lentamente y con pudor, casi con vergüenza. Después comencé a hacerlo con mucha más intensidad y usando más dedos. Como chico empecé a masturbarme a los once, como chica lo hice a los catorce y pensé, casi con pudor: mi nueva sexualidad es incluso más placentera.

Y para mi sorpresa, la sensación era distinta. No solo más intensa. También más… completa. Como si mi cuerpo entero participara del placer, no solo una parte. Todas esas sesiones dándome placer con mi nuevo cuerpo me hicieron sentir más conectada con lo que ahora era.

A veces, en medio de esas exploraciones, recordaba al chico que fui. Me preguntaba qué pensaría de verme así, retorciéndome de placer en mi cama, con mi cuerpo de niña, disfrutando de una forma que él nunca experimentó. 

Ya no importa, pensaba después, mientras recuperaba el aliento. Ya no soy un chico, no lo seré hasta dentro de unos años.

...

Unos meses después, fue el turno de Gabriel de cumplir catorce. Lo celebró con una comida sencilla en un restaurante con sus papás. Yo fui la única invitada fuera de la familia.

Elegí un vestido violeta, sencillo, hasta la rodilla. Me tomó casi una hora decidirme por ese atuendo: algo bonito, pero no demasiado elegante, algo que dijera me importa, sin parecer estoy nerviosa por conocer a tus padres. Aunque, en realidad si sentía nervios por presentarme ante los padres de mi novio.

Conocía a los papás de Gabriel. En otra vida. En otra realidad. Pero ellos no me conocían a mí. Al menos no conocían a Julieta.

Se mostraron amables y cálidos, me escucharon con atención, preguntaron por mis materias favoritas, por mis pasatiempos, por cómo conocí a Gabriel. Respondí con una sonrisa genuina. Por primera vez no sentí que estaba actuando. Era simplemente yo.

Después de la comida, Gabriel me acompañó hasta mi casa. Caminamos en silencio, como tantas veces antes, hasta que llegamos frente a la puerta.

—Faltan solo tres años para que vuelvas a ser tú mismo —dijo Gabriel de pronto.

Me quedé quieta. Miré mis zapatos. Luego alcé la vista.

—No estoy segura de querer volver a ser... un chico.

Las palabra salieron solas. Como si las hubiera estado masticando desde hacía semanas y por fin encontrara el valor de decirlas en voz alta.

Gabriel frunció el ceño, no con rechazo, sino con confusión.

—¿Lo dices en serio?

—No lo sé —respondí—. A veces me despierto y pienso que todo esto es un error… que algún día despertaré y todo volverá a ser como antes. Pero otras veces… como hoy… siento que no quiero perder esto que ahora tengo. No quiero perderte a ti. Ni a Mariana. Ni a esta vida.

—Pero eras feliz antes, ¿no?

—Sí… pero era diferente. Nunca me sentí así. Nunca me sentí tan… viva.

Gabriel no respondió de inmediato. Solo me acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Entonces… pase lo que pase, quiero que sepas algo. Fue mi deseo el que te hizo esto. Cuando volvamos a tener el tótem, pediremos un deseo tuyo. Podrás desear lo que tú quieras: volver a ser un chico… u otra cosa. Lo que sea.

Sentí que el pecho se me llenaba de algo tibio y frágil. Lo abracé con fuerza.

—Gracias.

No necesitábamos decir más.

Esa noche, acostada en mi cama, pensé en sus palabras. Tres años. Solo tres años para decidir quién quería ser. Tres años para elegir entre el fantasma de Romeo y la realidad de Julieta.

Y por primera vez, la respuesta no me pareció tan obvia.

viernes, 17 de abril de 2026

Definiciones (17)

 


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Capítulo 17 – Definiciones

Gabriel y yo caminábamos juntos en silencio.

El día había sido larguísimo. Desde que nos vimos por la mañana sabíamos que teníamos que hablar de lo ocurrido el día anterior, pero ninguno se había atrevido a comenzar la conversación. Ahora caminábamos por la calle, al salir de clases, acompañándonos sin prisas. Los pasos sincronizados. El aire cargado de palabras no dichas.

Pasamos al menos cinco minutos sin romper el silencio. Finalmente, Gabriel habló:

—¿Qué te dijo tu mamá… ayer?

Suspiré. 

—Me dijo que debes venir a mi fiesta de cumpleaños… en quince días. Y que debo presentarte como mi novio o me prohibirá verte.

No lo dije con enojo. Lo dije como quien entrega un papel con una sentencia ya firmada.

Gabriel asintió con lentitud, como si masticara cada palabra que acababa de oír. Pero no dijo nada.

Unos segundos después, con la mirada en el suelo, preguntó:

—¿Entonces somos novios?

Me detuve. Lo pensé unos segundos y, sin mirarlo directamente, respondí:

—Llevamos un año quedando a solas para besarnos… Tal vez sí somos novios.

Me sonrojé al decirlo. Pero no desvié la mirada por completo. 

Gabriel soltó una risa suave, sin burla, más bien como si acabara de descubrir algo tierno y extraño al mismo tiempo.

—Es chistoso… —dijo—. Nunca me besé con nadie durante más de cuatro meses. Eres la primera chi… la primera persona con la que me beso durante tanto tiempo.

Se detuvo a la mitad de la palabra "chica". Como si la lengua se le atascara en la garganta. No quería ofenderme. Sabía que, detrás de esta sonrisa dulce y este cuerpo pequeño con piernas largas y lindos senos —sí, yo misma podía reconocerlo ahora—, seguía estando su mejor amigo.

Lo entendí. Y di un paso más allá.

—Soy una chica, Gabriel.

Lo dije en voz baja, pero firme. Como si acabara de cruzar una frontera interna. Como si hubiera firmado un tratado de paz conmigo misma.

—Uso faldas y vestidos. En vacaciones usé bikini. Me he besado con un chico todas las semanas desde hace un año. Incluso… tengo mi periodo ahora mismo. Soy una chica.

Se me quebró la voz en la última frase. Había algunas lágrimas en mis ojos, pero no las escondí.

Y en ese momento, mi voz interna de chico, la voz de Romeo se hizo muy pequeña. Todavía estaba ahí, susurrando pero sonaba lejana. Como un eco en una habitación vacía.

Porque la verdad era que yo ya no era Romeo. No del todo. No como antes.

Era Julieta. Y Julieta necesitaba decir esas palabras.

Gabriel me miró con una mezcla de sorpresa, ternura y respeto. No dijo nada de inmediato. Solo me tendió la mano, como si me pidiera permiso para tomarla.

Entrelacé mis dedos con los de él. Sentí el calor de su piel, la familiaridad de ese gesto. Habíamos hecho esto millones de veces, pero ahora era diferente. Ahora significaba algo más.

—Voy a ir —dijo Gabriel, al fin—. A tu fiesta. Y voy a presentarme como tu novio. Porque eso soy, ¿no?

Asentí, sin poder evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en mi rostro.

Caminamos así, tomados de la mano, sin necesidad de decir más. Sabíamos que seguíamos siendo los mismos. Los chicos que habían sido mejores amigos durante siete años. Solo que uno de nosotros ahora era una chica y nuestra relación había evolucionado más allá de la amistad.

No era tan raro lo que teníamos.

O al menos queríamos convencernos de eso.

Pero mientras caminaba a su lado, sintiendo su mano en la mía, el roce de mi falda contra mis piernas, la incomodidad de la toalla entre mis muslos, pensé en Romeo. Pensé en el chico que fui y en cómo cada día me parecía más difícil volver a ser él..

Esa noche, antes de dormir, me miré al espejo. Tenía el cabello un poco desordenado, las mejillas aún sonrojadas por la caminata, los labios ligeramente hinchados de tanto mordisquearlos nerviosamente.

—Soy Julieta —susurré.— Soy una chica.

Y por primera vez, no intenté convencerme de lo contrario.

jueves, 16 de abril de 2026

Secretos Expuestos (16)


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Capítulo 16 – Secretos expuestos

El regreso a la escuela fue más sencillo de lo esperado. Todas las materias me parecían fáciles, incluso el taller de electricidad que tantas dificultades me había causado al principio se había convertido en una clase disfrutable. Algunos de mis compañeros me felicitaban cada vez que completaba correctamente una práctica. "Eres muy buena con los circuitos", me decía uno. "Tienes manos mágicas", me dijo otro, y yo sonreía con timidez. Era bonito sentirse reconocida por algo que al principio me había hecho sentir tan mal conmigo misma.

A veces, en esos momentos, recordaba al chico que fui. Él también era bueno con los circuitos, pero lo suyo era el fútbol, las bromas pesadas, la camaradería masculina. Me preguntaba qué pensaría Romeo si me viera ahora, sonriendo tímidamente mientras un compañero me halaga por mis "manos mágicas". Probablemente se sentiría confundido.

Pero ese Romeo ya no existía. Cada día me costaba más trabajo recordar su voz, su forma de caminar, su manera de ver el mundo. Era como si dos personas habitaran dentro de mí: una que se desdibujaba lentamente y otra que tomaba forma con cada nuevo día.

Pero la estabilidad de mi rutina no duraría intacta mucho tiempo.

Mi primer periodo me vino en la madrugada de un domingo. Al despertar noté mi ropa interior húmeda y, al revisar las sábanas, vi la mancha oscura. Me quedé congelada unos segundos antes de correr al baño. Mi madre me encontró allí, en pijama y con los ojos muy abiertos, paralizada frente al espejo. Entendió lo que estaba pasando de inmediato y con la voz más dulce que pudo dijo:

—Tranquila. Es normal. Significa que tu cuerpo está madurando, que estás pasando de ser una niña a ser una mujer.

No supe si reír o llorar. Ya consideraba bastante traumático ser una niña, y ahora me convertía en mujer. Como si necesitara otro recordatorio de que este cuerpo seguía su curso, ajeno a mi voluntad. Mi madre me ayudó a limpiar todo y esa misma mañana me regaló una cajita con toallas femeninas. Usé una por segunda vez en mi vida, pero esta vez sí por necesidad.

Ser mujer es un fastidio, pensé mientras caminaba por la casa con esa sensación extraña entre las piernas. Como un pañal permanente. Como un recordatorio constante de que mi cuerpo ya no era el que debía ser.

El periodo me duró cinco días. Me costó mucho hacer vida normal: la incomodidad, los cólicos, la inseguridad de mancharse, prestar atención a clase en medio de todo… Pero lo conseguí. Al siguiente fin de semana, mi mamá me compró un paquete de toallas y me enseñó a llevar un conteo aproximado para prever el próximo ciclo.

—Genial —pensé con resignación—. Apenas terminó uno y ya estoy esperando el siguiente.

En medio de todo eso, las sesiones de besos con Gabriel continuaban con la misma frecuencia. Llegábamos juntos a mi casa después de la escuela y él se iba media hora antes de que nadie pudiera encontrarnos. Era nuestro ritual, nuestro secreto, nuestro pequeño mundo de dos.

A veces, en medio de un beso, mi mente se desconectaba y recordaba. Recordaba cuando Gabriel y yo éramos solo dos chicos jugando fútbol, compartiendo un helado, riéndonos de estupideces. Y luego abría los ojos y veía su rostro cerca del mío, sus manos en mi cintura, y sentía que era otra persona. Que yo era otra persona. Y esa disociación, ese estar dividida entre dos identidades, me hacía sentir mareada. Perdida.

Pero luego él sonreía, y todo desaparecía.

...

Pero un martes la rutina se rompió.

Mi mamá regresó más temprano por culpa de un resfriado. Abrió la puerta y se encontró con la escena: Gabriel y yo besándonos en la sala. Yo estaba sentada sobre sus piernas, mis brazos alrededor de su cuello. Llevaba puesta la falda del uniforme, que se me había subido un poco por la posición, dejando al descubierto gran parte de mis muslos. La mano de Gabriel descansaba sobre mi pierna desnuda, justo encima de la rodilla, en un gesto que era a la vez tierno y terriblemente comprometedor.

—¡¿Qué está pasando aquí?! —exclamó, con una mezcla de sorpresa e indignación.

Me separé de inmediato, bajándome la falda instintivamente con un movimiento rápido y avergonzado. Me sonrojé hasta las orejas, no solo por el beso, sino porque mi madre había visto la escena completa: yo sobre él, mi falda subida, su mano en mi pierna. La pose era... mucho más que comprometedora.

Gabriel se levantó del sillón y, con voz nerviosa pero firme, dijo:

—Señora, lo siento mucho, yo solo...

—No me interesa lo que tengas que decir —lo interrumpió mi madre, con los brazos cruzados y el rostro severo—. Estás en mi casa sin mi permiso. Eso no se hace. Quiero que te vayas, ahora mismo.

Gabriel bajó la cabeza y asintió. Me lanzó una mirada rápida, una mezcla de disculpa y preocupación, y salió sin decir más.

Mi madre se quedó de pie, mirándome. El enojo apenas comenzaba.

—¿Desde cuándo estás de novia con ese chico? ¿Por qué no me dijiste nada?

—No es mi novio —balbuceé, sintiendo las mejillas arder.

—¿Entonces te besas con chicos así, sin más? —su voz subió de tono—. ¡Te vi la falda, Julieta! ¡La tenías subida hasta casi la cintura! ¡Y ese chico tenía la mano en tu pierna! ¿Te parece eso normal?

—No me beso con chicos en plural… solo con él —me defendí, roja como un tomate, sin saber cómo explicar lo inexplicable.

—¿Cuánto tiempo llevan con… esto?

Bajé la cabeza. No podía mentirle.

—Casi un año —dije finalmente.

—Julieta… si llevas un año besándote con el mismo chico, es tu novio —sentenció.

Después del primer estallido, ambas nos calmamos. Nos sentamos en el sillón de la sala —el mismo donde nos habían descubierto— y hablamos con más tranquilidad. Mi mamá me explicó que no estaba enojada porque tuviera novio, sino porque lo había escondido. Porque habíamos estado solos en casa sin que ella lo supiera. Porque me había puesto en una situación vulnerable sin que nadie pudiera protegerme.

—No puedes seguir haciendo esto a escondidas —dijo—. Puedes invitarlo, claro que sí, pero solo cuando tu papá o yo estemos en casa. Y si están en tu cuarto, la puerta debe quedar abierta. ¿De acuerdo?

Asentí en silencio. No había argumentos para rebatir eso.

—Y en quince días es tu fiesta de cumpleaños. Quiero que lo invites y se lo presentes a tu papá y a mí como es debido. Nos dirás: mamá, papá, él es fulanito y es mi novio. Si no lo haces, te prohíbo seguir viéndolo.

Asentí de nuevo, aunque esta vez con el corazón encogido.

Fingir que Gabriel no era mi novio había sido mi escudo durante todo ese tiempo. No tenía que ponerle nombre a lo que sentía. No tenía que aceptar en voz alta que una parte de mí deseaba quedarse así para siempre. Mientras no lo nombráramos, podíamos seguir viviendo en esa ambigüedad, en ese "casi" que nos protegía de la verdad.

Pero ahora ya no había excusas.

Estaba a punto de presentar a un chico como mi pareja.

Y no sabía si estaba lista para eso.

Esa noche, acostada en mi cama, mirando el techo, pensé en lo que significaba. Presentarlo como mi novio significaba aceptar que yo era su novia. Que éramos una pareja. Que lo nuestro era real.

Significaba aceptar que yo era, definitivamente, una chica.

Romeo jamás haría esto, pensé. Romeo jamás se sentaría a hablar con su madre sobre su novio. Romeo jamás usaría falda. Romeo jamás se sentaría sobre las piernas de otro chico para besarlo.

Romeo estaría horrorizado. Pero Romeo ya no está aquí.

Y aunque esa idea ya no me aterraba como antes, seguía sintiéndose extraña. Como un zapato que no termina de ajustar del todo, pero que ya no piensas en cambiarte porque duele menos usarlo que andar descalza.

Antes de dormir, miré la foto que nos habíamos tomado en la playa con Mariana. Dos chicas sonrientes, felices, en bikini. La chica de la foto era yo.

Y por primera vez, sentí que, quizá, no sería tan malo seguir siendo la chica de esa foto, vivir mi vida así. Ser la novia de Gabriel y, con los años, quizá mucho más.



miércoles, 15 de abril de 2026

Como la marea (15)



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Capítulo 15 – Como la marea

Los días siguientes en la playa me trajeron varios momentos que no olvidaría jamás.

A la mañana siguiente, Mariana me despertó con una sonrisa:

—Vamos a desayunar en una hora… tenemos el tiempo justo para arreglarnos —dijo divertida mientras tomaba una toalla de su maleta y se dirigía al baño.

Me quedé en la cama un momento, pensativa. Tenía muchas dudas sobre el período y sentía que, tal vez, me sería más fácil hablar con Mariana que con mi propia mamá. Pero eso no lo hacía menos intimidante. Mi cuerpo estaba cambiando, y con esos cambios venían preguntas que nunca imaginé tener que hacerme, cosas que como chico nunca me importaron. Pero ahora era una chica.

Cuando Mariana salió del baño con un vestido azul que le quedaba precioso, sentí que también debía vestirme con algo fresco y bonito. Elegí un vestido verde, ligero, que me había comprado mi mamá antes del viaje. Con el calor de la playa, usar vestido era, además de cómodo, una delicia. El roce de la tela contra mi piel, la libertad de movimiento, la brisa colándose por el dobladillo. Cosas que antes me habrían parecido extrañas, ahora simplemente eran.

Mientras nos peinábamos frente al espejo, me armé de valor.

—Todo este asunto de la regla me da mucho miedo —confesé al fin—. Tal vez, si te cuento unas dudas que tengo, me ayude a superarlo.

Mariana me miró con ternura, esa mirada que solo tienen las amigas verdaderas.

—Pregúntame lo que quieras, para eso están las amigas.

Le pregunté cuánto duraba un período, si había forma de saber cuándo te iba a bajar y cómo se usaba una toalla femenina. Cosas que, en mi vida anterior como chico, nunca me había planteado. Ahora eran preguntas urgentes, reales.

Mariana me respondió con naturalidad, como si habláramos del clima. Y cuando llegamos al tema de la toalla, dijo:

—Te enseñaré a usar una.

Tomó una de su maleta y me llevó al baño. Entré y Mariana me fue dando indicaciones desde fuera de la puerta.

—Despega el papel, colócala sobre el centro de la braga y usa las alitas para fijarla por debajo.

Lo hice con cuidado, mis dedos temblorosos. Cuando terminé, subí mi ropa interior y noté la sensación extraña entre las piernas, como un pequeño pañal. Algo acolchado, mullido, extraño.

—Creo que ya quedó —dije, insegura.

—Perfecto. Déjatela puesta, ya tenemos que irnos.

Durante el desayuno, logré ignorar la sensación de la toalla. La comida estuvo deliciosa, las risas constantes y el trato cariñoso de los padres de Mariana me hizo sentir muy querida. Para cuando terminamos, la toalla ya no me parecía tan incómoda. No es tan malo como pensé, me dije a mí misma. Y ese pensamiento, por alguna razón, me tranquilizó.

Al regresar a casa, vimos una comedia romántica todos juntos. Más tarde, el papá de Mariana anunció:

—En una hora vamos a la playa, así que vayan a descansar un rato.

Ambas tomamos una siesta. Al despertar, Mariana sacó un pequeño tubito envuelto en papel.

—¿Qué es eso? —pregunté con curiosidad.

—Un tampón. Las toallas no sirven para hacer ejercicio ni para meterse al agua —explicó—. Funcionan igual, pero en lugar de pegarse a tu ropa interior, van dentro de tu cuerpo.

Me ruboricé solo de pensarlo. ¿Dentro de mi cuerpo? La idea me parecía invasiva, casi violenta.

—No es tan malo como suena —agregó Mariana con una sonrisa—. Gracias a esto, hoy podré meterme al mar.

Esa tarde, bajo el sol dorado, jugamos en las olas y nos recostamos sobre la arena cálida. La brisa marina, los gritos de las gaviotas y las risas entre amigas formaron un cuadro perfecto. Por momentos, olvidé todas mis dudas. Solo existía el presente, el agua, la amistad.

Esa noche, los papás de Mariana prepararon la cena en la casa. Todo fue paz y felicidad. Los días siguientes pasaron volando. Visitamos un acuario, probamos mariscos en restaurantes locales y fuimos a la playa cada tarde. Cada momento era un recuerdo nuevo, una capa más de esta vida que estaba construyendo sin darme cuenta.

El domingo por la tarde, un vendedor de fotos instantáneas nos ofreció una foto. Mariana posó con coquetería, echando el cabello hacia atrás, y yo, sin pensarlo mucho, la imité. Sonreí a la cámara con naturalidad, como si siempre hubiera sabido hacerlo. Cuando nos entregaron la imagen, me quedé mirando en silencio.

Dos chicas sonrientes, en bikini, con el bronceado del sol de la costa y la alegría en los ojos.

Sentí un sacudón interno. No puedo creer que la chica de la foto sea yo, pensé. El chico de diecisiete años que fui alguna vez no estaría en esa escena. No con esa felicidad, no con ese atuendo, no con esa sonrisa. Romeo no existía en esa foto. Solo existía Julieta.

Guardé la foto en mi bolsillo, como un tesoro secreto.

El lunes por la mañana emprendimos el regreso. Mariana y yo dormimos casi todo el trayecto, agotadas y felices. Antes de despedirme, me dio un abrazo fuerte:

—Te voy a extrañar, Juli. Tenemos que repetir esto.

—Sí —dije, sonriendo—. Fue la mejor semana.

Y lo decía en serio.

Esa noche, mientras me desmaquillaba en casa frente al espejo, recordé la foto, las risas, la conversación en el baño. Recordé la toalla, el tampón, las confidencias. Recordé cómo me sentí en la playa, libre, feliz, completa.

Por primera vez me permití pensar: Si vuelvo a ser Romeo… jamás habría vivido esto. Nunca habría sido tan cercana a Mariana. Nunca habría sido besada por Gabriel. Nunca habría sido yo.

Me sentí confundida. Soy un hombre, me recordé a mí misma, apretando los ojos. No me puedo quedar así.

Pero la duda ya estaba sembrada. Y crecería, poco a poco, como la marea.

Como la marea que habíamos visto subir en la playa, implacable, inevitable.

Como la marea que moja la orilla una y otra vez, hasta que la orilla ya no recuerda cómo era estar seca.

martes, 14 de abril de 2026

Marea Alta (14)





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Capítulo 14 – Marea alta

El viaje fue un estudio de contrastes. Por un lado, uno de los momentos más felices que había vivido desde que comenzó mi nueva vida como mujer. Por otro, una oportunidad inesperada para enfrentar muchas de mis propias contradicciones.

El camino hacia la casa de playa de los padres de Mariana fue alegre y cálido. La madre de Mariana, Ana, resultó ser una mujer simpática y divertida, de esas que hablan sin filtros, lo que convirtió el trayecto en una especie de show de comedia. Entre risas, canciones y chismes, el tiempo pasó volando.

En algún punto del camino, Ana miró por el retrovisor y preguntó con una sonrisa traviesa:

—¿Y tú por qué te llamas Julieta?

—Mi papá es fan de Shakespeare —respondí con una sonrisa tímida—. Me puso el nombre de uno de sus personajes más icónicos.

—¡Ay, qué bonito! —dijo Ana—. Mariana se llama así porque desde chiquita se parecía mucho a mí… y porque la fabricamos en la playa.

—¡Mamá, ya! ¡Deja de contar esa historia! —gritó Mariana, roja como un tomate.

Todos reímos. Me gustó ese momento. Me sentí acogida, como si fuera parte de algo más grande que yo misma. Pero esa calidez pronto dio paso a una observación incómoda.

La última vez que había pasado varios días con Mariana, ambas medíamos casi lo mismo. Pero mientras nos preparábamos para ir a la playa, no pude evitar notar que mi amiga ahora rozaba el metro cincuenta y cinco, mientras que yo apenas alcanzaba el metro cuarenta y ocho. Sentí una punzada de frustración. Genial, voy a ser chaparrita, pensé.

En mi cuerpo anterior como chico, como Romeo, medía 1.78. Era alto, de zancadas firmes y piernas largas. Ahora, ese futuro parecía simplemente imposible. Mi cuerpo de niña tenía otros planes para mí.

Pero también noté otra diferencia. Mariana seguía siendo bastante plana. Sus senos apenas habían crecido, tal vez una copa A. En cambio, yo ya estaba al borde de reventar la copa B. Además, mis caderas y mi trasero eran notablemente más pronunciados que los de mi amiga.

Por un instante sentí una chispa de orgullo. Estoy más formada que ella, me dije. Pero enseguida vino la vergüenza. ¿De verdad estaba compitiendo mentalmente con mi mejor amiga por el tamaño del busto? ¿Desde cuándo me importaban esas cosas?

Después de alistarnos, me sentí desnuda con el bikini de dos piezas, pero al ver que Mariana usaba algo similar me tranquilicé un poco.

—Wow, ¿de dónde salieron estas? —dijo Mariana con una sonrisa traviesa, tocando juguetonamente uno de mis senos.

Me sonrojé hasta las orejas, aunque supe que el gesto no tenía mala intención. Al parecer, ese tipo de contacto era común entre chicas. Otra cosa que estaba aprendiendo.

Me puse un pareo para sentirme más cubierta, y salimos juntas a tomar el sol en la playa. Jugamos un rato en el agua, mientras los padres de Mariana nos cuidaban desde la orilla. Por momentos, logré olvidarme de todo. Solo existían las olas, la risa de mi amiga, el sol en la piel.

Más tarde fuimos a un restaurante. En la playa nadie parecía mirarnos demasiado, pero en el restaurante volví a sentirme observada. Hombres mayores, chicos jóvenes, incluso algunas mujeres. Sus miradas se posaban en mí de una manera que me hacía encoger. Deseé que mi traje de baño me cubriera un poco más. En contraste, la comida fue deliciosa y la convivencia con la familia de Mariana, reconfortante. Intenté centrarme en eso.

Al regresar a casa, todos se fueron directo a sus habitaciones.

—Dúchate tú primero —me dijo Mariana, tumbándose en la cama.

Sentí que el agua me lavaba las emociones malas del día. La sal, la arena, las miradas incómodas, todo desapareció por el desagüe. Solo quedó lo bueno: la risa, el mar, la amistad.

Después, Mariana entró a bañarse. Quince minutos después llamó desde la ducha:

—¡Juli, pásame una toalla! Están en mi maleta, hasta arriba… de las nocturnas.

Busqué en su maleta y tomé la toallita como si fuera radioactiva.

—Ya la tengo —anuncié, con voz nerviosa.

—No cerré la puerta, pápásamela.

Entré y le acerqué la toalla, que Mariana tomó sacando una mano desde la ducha. Alcancé a ver su silueta detrás del vidrio esmerilado y aparté la mirada rápidamente.

Cuando salió, Mariana solo tenía unas bragas puestas, iba completamente descubierta del pecho. Antes de mi cambio de vida, antes de ser una chica, mi antiguo yo, Romeo, se habría sentido excitado al ver a una chica así, en su misma habitación, semidesnuda. Pero ahora, siendo yo también una chica, siendo Julieta… la escena me parecía natural.

Mariana comenzó a aplicarse cremas y lociones sin pudor, como si yo no estuviera allí. Hablaba mientras se masajeaba los brazos, las piernas, el vientre.

—Aún no te baja, ¿verdad? Me refiero a que nunca te ha bajado —dijo de repente, mirándome por el espejo—. Lo supe por cómo sostenías la toalla. No estás acostumbrada a ellas.

Me sonrojé.

—No… nunca.

—Tienes suerte. Antes de que te baje vienen los cólicos… son horribles. Lo peor es que tienes que seguir con tu vida mientras los tienes. Después viene la sangre. Y cuando se te pasa, y comienzas a ovular, te entran unas ganas enormes de…

Dejó la frase sin terminar. Se ruborizó.

—Bueno… de estar con un chico —añadió al final.

No pude contestar nada. Solo me ruboricé aún más, si eso era posible. Mariana retomó la conversación con naturalidad.

—A veces creo que dejé que mi ex llegara hasta segunda base solo porque estaba ovulando —confesó después, mientras tomaba la secadora—. Te voy a secar el pelo para que duermas bien.

Sentada en el borde de la cama, me dejé cuidar. El aire caliente de la secadora, los dedos de Mariana peinando mi cabello, el murmullo del motor. Era extrañamente relajante.

—¿Sigues con David? —pregunté.

—Nah, eso duró solo un par de meses. Ahora salgo con un chico de la secundaria. Se llama Kevin, es un año mayor. Va en segundo.

—¿Kevin?

—Sí. Pero ahora cuéntame… ¿ya pasó algo entre tú y Gabriel? Porque es obvio que se gustan.

Me puse roja como un semáforo. Mariana soltó una risa.

—¡Sabía que sí! Anda, ¡cuéntamelo todo!

Dudé un segundo. Pero Mariana era más que mi amiga, era como mi hermana. La única persona, aparte de Gabriel, con la que realmente podía ser yo misma. Así que respiré hondo y decidí contarle todo.

Le hablé de la foto bajo la falda, de cómo descubrimos que había sido Enrique, de cómo Gabriel lo desafió a pelear para defender mi honor… y cómo lo venció. Luego, le conté cómo lo curé en mi casa, lo cerca que estuvimos, y cómo nos besamos por segunda vez. Y la tercera. Y la cuarta.

—¿Entonces ya son novios? —preguntó Mariana, emocionada.

—No oficialmente. Pero… nos besamos en mi casa. Dos o tres veces por semana.

—¿Y son solo besos o ya pasaste de primera base?

—¿Eh?

—¿No sabes lo de las bases?

Negué con la cabeza. Estaba segura de que cuando fui chico lo sabía. Era conocimiento común entre los chicos, parte de esa educación informal que recibías en los vestuarios. Pero en ese momento no lo lograba recordar. Como si ese recuerdo se hubiera desdibujado.

—Primera base: besos y caricias tiernas. Segunda: caricias apasionadas, pero por encima de la ropa. Tercera: caricias debajo de la ropa. Y cuarta… bueno, ya sabes, es cuando tienes al chico dentro de ti.

Me sonrojé. Sin querer, me imaginé a Gabriel y a mí en cada una de esas situaciones. Sus manos en mi piel, su boca en la mía, su cuerpo sobre el mío. Era un pensamiento agradable. Pero también intimidante. Y profundamente confuso.

—No hemos pasado de la primera. Y… no pienso hacerlo pronto —dije finalmente.

Mariana solo rió. Y encendió la secadora de pelo. El ruido hizo imposible seguir hablando.

Más tarde, las dos acostadas en la cama, seguimos hablando un par de horas más. Teníamos demasiado por contarnos después de tanto tiempo separadas. Hablamos de Kevin, de la escuela, de sus padres, de mis clases. Era como si el tiempo no hubiera pasado.

Ya con la habitación en silencio, me quedé mirando el techo.

De repente lo entendí.

Si algún día volvía a ser Romeo… nunca más volvería a tener a Mariana así. No seríamos amigas. No habría confidencias en la oscuridad, no habría risas compartidas, no habría esa intimidad femenina que habíamos construido sin darnos cuenta. De hecho, en mi vida anterior, como chico, jamás sostuve una conversación con Mariana. Ni siquiera la recordaba. Después de la primaria, nuestras vidas se separaron por completo.

Pensé en Gabriel también. Aunque no quisiera admitirlo, ahora lo conocía de otra forma. Nuestros cuerpos empezaban a conectarse, pero también nuestras almas. Todo era más profundo. Más emocional. Y, tal vez, más verdadero que cualquier relación que hubiera tenido como chico.

Por primera vez, consideré seriamente quedarme así. Seguir siendo una chica, vivir como Julieta. Aceptar esta vida como mía.

La idea me descolocó. Me sentí confundida, incluso avergonzada. Soy un hombre, pensé con fuerza, como si repetirlo pudiera hacerlo realidad. No me puedo quedar así.

Pero la duda ya estaba ahí. Plantada, viva. Una semilla creciendo en mi interior.

Y en el fondo… una parte de mí quería dejarla crecer.

lunes, 13 de abril de 2026

Tiempos de calma (13)


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Capítulo 13 – Tiempos de calma

Cuando mi mamá se enteró de la foto bajo mi falda que un chico me había tomado en clase, su reacción fue inmediata: metió una demanda formal contra la escuela. No se quedó callada, no aceptó disculpas baratas. Fue a la dirección y exigió respuestas. El caso llegó a instancias superiores y no tardaron en tomar medidas. Enrique fue expulsado y el reglamento se endureció para proteger a las alumnas de casos similares. Lo que había pasado se volvió un secreto a voces, pero al menos sirvió para algo.

Yo, sin quererlo, me convertí en una especie de celebridad entre las chicas. Muchas me saludaban con una admiración silenciosa en los pasillos. Después me enteré de que algunas también habían sido víctimas de Enrique, de miradas o comentarios, pero ninguna se había atrevido a denunciar. Mi caso les dio algo de justicia, aunque fuera indirecta.

Cuando Enrique volvió por sus papeles para cambiarse de escuela, varios estudiantes lo vieron con el ojo aún morado, recuerdo visible de la pelea con Gabriel. Fue su despedida no oficial. Nadie lo extrañó. Me pregunté, ¿Cómo pude ser amigo de alguien como él en mi otra vida? En mi vida de chico. Tal vez, yo no era tan buen chico como pensaba. 

Después de eso, mi vida entró en una calma inesperada.

Las semanas pasaban tranquilas. Las mañanas estaban llenas de clases, los profesores comenzaban a prepararnos para el segundo año de secundaria. Las tardes eran mías. Y como mis padres llegaban tarde por el ascenso de mamá, yo me quedaba sola en casa… y algunos días, al menos dos por semana, aprovechaba para verme con Gabriel.

Nos comíamos a besos en el sillón, en mi cuarto, donde fuera.

Nadie lo sabía. Nadie tenía por qué saberlo.

Era nuestro secreto. Nuestro pacto de a solas. En público seguíamos siendo solo amigos, dos mejores amigos, chico y chica, nada más. Pero cuando la puerta se cerraba y las cortinas se corrían, éramos otra cosa. Algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

El resto de mis tardes transcurría entre tareas, videojuegos y algo nuevo: tutoriales de maquillaje y peinados. Al principio fue pura curiosidad. Un día, sin querer, me topé con un video de una chica enseñando a hacer un delineado de ojos. Le di clic sin pensar. Y luego otro. Y otro.

Pronto se volvió costumbre. Tomaba el celular, me sentaba frente al espejo y practicaba lo aprendido: cómo delinear mis ojos para que se vieran más grandes, cómo darle volumen a mi cabello con trucos sencillos, cómo combinar los tonos del rubor para que no pareciera un payaso. Al principio me sentía ridícula. Pero con el tiempo, empecé a disfrutarlo.

Ya no luchaba contra mi feminidad. ¿Qué sentido tenía hacerlo si pasaba dos o tres tardes por semana besándome con un chico? Lo admitiera o no, me estaba dejando llevar. Mi cuerpo había dejado de sentirme ajeno. Mi ropa, mis gestos, mi forma de hablar… todo se había ido moldeando sin que me diera cuenta.

A veces, al verme en el espejo en ropa interior, pensaba: Si Gabriel me viera así… tal vez no se conformaría con solo besarme. Esa idea me hacía sonrojar, me aceleraba el pulso. Y sin embargo, me quedaba viéndome un rato más, observando las curvas que antes no estaban, la piel suave, la forma en que mi cuerpo había cambiado.

Cada vez era más común verme usando faldas o vestidos después de la escuela. Ya no era solo el uniforme obligatorio. Empezaba a elegir lo que me gustaba, no solo lo que debía ponerme. Un día me sorprendí comprando un vestido azul con mi mamá, emocionada por cómo me quedaba. Y cuando me di cuenta, ya era tarde para preguntarme cuándo había dejado de odiar los vestidos.

El tiempo se me fue sin que lo notara. Ya estaba terminando mi primer año de secundaria. En unos pocos meses cumpliría trece. La sensación era extraña: parecía haber vivido toda una vida en menos de un año. Como si los recuerdos de Romeo se fueran desdibujando, reemplazados por estos nuevos, más vívidos, más cercanos.

...

Durante las vacaciones, Mariana me invitó a pasar unos días con ella. Sus papás tenían una casa en la playa y estarían los tres solos. A Mariana le parecía un plan aburrido —"mis papás son súper tranquilos, no me dejan hacer nada"—, así que necesitaba compañía.

No lo pensé mucho. La extrañaba. Durante el ciclo escolar apenas habíamos podido hablar, solo mensajes esporádicos y alguna que otra videollamada. Me hacía ilusión volver a pasar tiempo con mi mejor amiga. Saldríamos el jueves por la mañana y regresaríamos el lunes por la tarde.

El martes de esa semana, Gabriel fue a mi casa como de costumbre. Jugamos videojuegos, comimos juntos, y por supuesto, nuestra dosis de besos no faltó. En un momento, él me alzó en brazos como si no pesara nada, y yo me dejé llevar, riendo.

—Me voy de vacaciones con Mariana —dije, sin muchas ganas de soltar la noticia—. Salimos el jueves, regresamos el lunes.

Gabriel sonrió con picardía, esa sonrisa que ya conocía tan bien.

—Qué bien, mándale saludos... pero sabes lo que eso significa, ¿no?

—¿Qué? —pregunté, sin entender.

—Significa que debo darte todos los besos que no podré darte en esos cuatro días —dijo, y sin dejar de sostenerme, me besó de nuevo.

Reí entre sus labios, aún en sus brazos, sintiendo que el mundo se reducía a ese momento.

...

Días después, estaba con mi mamá probándome trajes de baño para el viaje. Como era de esperarse, ella insistía en los bikinis.

—Pruébate este de dos piezas —dijo, entregándome uno con flores pequeñas y estampado alegre.

Lo miré con desconfianza. Me parecía demasiado revelador. Mostraba demasiada piel, demasiado de mí. Pero tampoco me sentía cómoda con los de una sola pieza, que me apretaban en lugares incómodos o me hacían ver más infantil de lo que era. La verdad era que, más que una niña, ya comenzaba a parecer una señorita… y eso me incomodaba más de lo que quería admitir.

—Tienes una figura hermosa, hija —dijo mi mamá, mientras me miraba salir del probador con el bikini puesto—. Deberías presumirla mientras puedas.

Me sonrojé. No supe qué responder. Me miré al espejo de cuerpo entero y vi a una chica de doce años, casi trece, con curvas suaves pero definidas, piel bronceada por el sol de la ciudad, cabello largo cayendo sobre los hombros. La imagen no me disgustó. Y eso, quizá, era lo más extraño.

Al final elegimos un traje de dos piezas para pasear por la playa y otro de una sola pieza para nadar. También compramos un par de pareos, algo con qué cubrirme al caminar. Mientras salíamos de la tienda con las bolsas en la mano, pensé si ir a la playa con la familia de Mariana era una buena idea después de todo. Si estaba lista para mostrarme así, en traje de baño, delante de su familia. Delante del mundo.

Luego recordé cuánto la había extrañado. Las risas, las confidencias, la forma en que me tomaba de la mano sin pensar. Recordé que ella había sido mi ancla en los primeros meses, cuando todo era confusión y dolor.

Y decidí dejar las dudas atrás.

Esa noche, antes de dormir, recibí un mensaje de Gabriel: "Que te vaya bonito. No te olvides de mí en la playa."

Sonreí y respondí: "Imposible."

Apagué la luz y me quedé mirando el techo, pensando en lo mucho que había cambiado mi vida en poco más de un año. En cómo ahora esperaba con ansias unas vacaciones en la playa con mi mejor amiga, en cómo pensaba en Gabriel con una mezcla de ternura y deseo, en cómo me veía al espejo y ya no quería apartar la mirada.

Tal vez esto sea ahora mi vida, pensé. *Tal vez ya no haya vuelta atrás.

Y por primera vez, la idea no me aterró.

domingo, 12 de abril de 2026

Bajo ataque (12)


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Capítulo 12 – Bajo ataque

Estábamos haciendo una práctica clave en el taller de electricidad: una instalación en serie. Agustín y yo trabajábamos concentrados, moviéndonos por el espacio para alcanzar materiales y conectar cables. Como siempre, yo llevaba el uniforme con falda. Aunque me había ido acostumbrando con los meses, ese día en particular me resultaba incómoda. Tenía que moverme con cuidado, calcular cada inclinación, asegurarme de no mostrar de más. No quería que ningún ojo curioso pudiera ver mis bragas. Era agotador tener que pensar en eso constantemente.

Una trabajadora tocó a la puerta y llamó al profesor desde la dirección. Antes de salir, él dejó un mensaje claro:

—Los dejo trabajando, chicos. No quiero ningún problema.

El volumen del salón subió apenas, lo suficiente para generar una atmósfera menos tensa, pero Agustín y yo no le dimos importancia. Estábamos tan metidos en nuestra práctica que el resto del mundo parecía desdibujado. Solo existían los cables, las conexiones, la satisfacción de ver cómo todo encajaba.

A unos pasos de nosotros, Enrique comenzó afilar su lápiz cerca del bote de basura. Yo no pude notarlo, pero llevaba escondido su celular en modo cámara. Estaban prohibidos en la escuela, pero casi todos los estudiantes llevaban uno consigo. Esperó pacientemente a que yo me inclinara lo justo y, con la destreza del que ya ha hecho algo así antes, bajó la mano para capturar una foto.

Nadie lo notó. Ni siquiera yo. Tardé unos días en saber lo que había pasado.

La clase terminó sin incidentes. Salí del taller sintiéndome bien por el trabajo realizado, sin sospechar nada.

Los problemas comenzaron una semana después.

Empecé a notar risas contenidas, miradas prolongadas, cuchicheos cuando pasaba por los pasillos. Al principio creí que me lo imaginaba, que era paranoia mía. Hasta que Diana se me acercó con el celular en la mano, la expresión seria.

—¿Eres tú? —me preguntó, mostrándome la pantalla.

Sentí un fuego helado recorriéndome la espalda. Allí estaba: mi falda, mis piernas, mi ropa interior. Todo expuesto en la pantalla. Me puse roja hasta las orejas. El estómago se me hizo un nudo tan apretado que pensé que vomitaría.

Corrimos a buscar a Agustín, quizá él había notado algo esa tarde. Lo encontramos junto a Gabriel, que estaba apoyado en una pared con los brazos cruzados.

—Debes haber visto algo. ¿Quién tomó la foto? —preguntó Gabriel, con un tono serio que no le había escuchado antes.

—No sé nada —dijo Agustín, claramente apenado—. Mira la foto, me alcanzo a ver en una esquina de la imagen, yo estaba viendo a otro lado. Pero fue justo cuando el profe salió del salón. Miren, la instalación está a medias.

Diana y yo llegamos justo cuando decía eso.

—Fue Enrique —dije, sin titubear.

Lo sabía. Lo sabía por mi vida anterior, cuando fui Romeo y vi cómo Enrique hacía ese tipo de cosas. Cómo se reía de las fotos que tomaba a escondidas con sus amigos. Cómo presumía de sus "trofeos". No tenía pruebas, pero tampoco dudas.

Hablamos con otros compañeros. Varios recordaban que Enrique se había colocado detrás de mí con el pretexto de sacar punta a su lápiz. Algo que era raro, porque la práctica no ocupaba lápices.

—Tienes que denunciarlo —insistió Diana, agarrándome del brazo.

—No tenemos pruebas —dije, bajando la mirada.

Sentí una mezcla de rabia e impotencia tan intensa que me quemaba por dentro. Si aún tuviera mi cuerpo masculino, más alto, más fuerte, podría enfrentarlo. Podría plantarme frente a él y exigirle que borrara esa foto. Podría partirle la cara si hiciera falta. Pero ahora… no. Ahora solo podía tragar saliva, aguantar la vergüenza y esperar que el rumor muriera solo.

El receso terminó y, con él, cualquier intento de justicia.

...

Al salir de clases, comenzaron a correr otros rumores: los chicos se estaban reuniendo en un terreno baldío, a dos cuadras de la escuela. Lo supe de inmediato: habría una pelea. Normalmente no me interesaban esas cosas, en mi vida anterior las evitaba. Pero algo me hacía sentir intranquila.

Entonces Agustín apareció corriendo hacia Diana y a mí, agitado.

—¡Es Gabriel! —jadeó—. Se va a pelear con Enrique.

Ambas salimos corriendo sin pensarlo.

Cuando llegamos, los chicos ya formaban un círculo alrededor de los dos contrincantes. La tensión era eléctrica, se podía cortar con un cuchillo. Enrique lanzó el primer golpe, un derechazo que Gabriel bloqueó con el antebrazo. Empezaron a intercambiar puñetazos, la mayoría fallaban o eran desviados, pero con cada segundo los rostros se iban enrojeciendo, los pechos jadeaban más fuerte y los cuerpos mostraban los primeros golpes.

Enrique, desesperado, se lanzó con todo su peso, pero Gabriel esquivó y lo sujetó por el cinturón, haciéndolo girar hasta estrellarlo contra el suelo. El golpe fue seco. Enrique se levantó furioso, errático, y recibió un golpe certero en el ojo izquierdo. Cayó de nuevo, esta vez sin levantarse.

Uno de sus amigos se interpuso.

—Ya no puede más —dijo, con las manos en alto.

La pelea terminó.

...

Un poco más tarde, estábamos en mi casa. Mis padres aún no regresaban. Desde hacía poco más de un mes, mi mamá había aceptado un ascenso que implicaba trabajar tres horas más todos los días. Como yo ya era un poco mayor —una niña de doce años, en teoría responsable—, me dio la confianza de quedarme sola un par de horas. Era la primera vez que tenía la casa para nosotros.

Llevé a Gabriel a mi cuarto.

—Quítate la camisa —dije, con tono práctico—. Tengo que limpiarte las heridas.

Gabriel obedeció. Se levantó la camiseta por encima de la cabeza y la dejó caer al suelo. Al ver su torso desnudo, me quedé inmóvil un segundo. Lo había visto sin camisa cientos de veces cuando ambos éramos varones, en albercas, en partidos de fútbol bajo el sol. Pero ahora era diferente. Ahora yo era una niña y eso cambiaba todo. Lo veía más fuerte, más definido, más… atractivo.

Respiré hondo, tomé el alcohol y empecé a limpiar las heridas. Tenía un corte en el pómulo, moretones en las costillas, los nudillos raspados. Aplicaba el algodón con suavidad, soplando un poco para que no le ardiera tanto.

Mientras lo hacía, Gabriel me observaba en silencio. Yo me inclinaba sobre él, mi falda rozándole la pierna, mis manos pequeñas tocándole con delicadeza. Sentí su mirada en mí, pesada, cálida. Cuando terminé de curarlo, dejé el algodón a un lado.

Entonces él me tomó por la cintura y me sentó sobre sus piernas.

Fue un movimiento rápido, simple, pero cargado de intención. Sentí mi respiración cortarse. Estábamos cara a cara, sus manos en mi cintura, las mías apoyadas en sus hombros.

Nos besamos.

No como antes, no como aquel beso tímido en la graduación. Esta vez fue con hambre, con ganas. Sus labios presionaban los míos con una urgencia que me desarmaba. Sentía sus manos recorriendo mi espalda, sujetándome con firmeza pero sin brusquedad. Mis propias manos comenzaron a explorar su espalda, sintiendo el calor de su piel bajo mis dedos.

Mi mente gritaba que todo era demasiado, que esto no podía estar pasando, que nos estábamos equivocando. Pero mi cuerpo no se resistía. Se dejaba llevar, se fundía con el suyo como si hubiera estado esperando este momento desde siempre.

Una, dos, tres, quizá cuatro rondas de besos. Perdí la cuenta. Solo recuerdo el momento en que nos separamos, jadeando, sentados lado a lado en mi cama, con las manos rozándose en silencio.

—Duramos cuatro meses sin besarnos —dijo Gabriel, con una sonrisa ladeada que conocía bien.

—Ya sé —respondí, aún agitada, sintiendo el corazón latirme en las sienes.

—No creo que podamos resistirnos al hechizo…

—No estoy segura de querer resistirme —confesé en voz baja, y la honestidad de esas palabras me asustó más que cualquier otra cosa.

Hubo una pausa. Algo se acomodó en el aire entre nosotros. Un pacto tácito, una tregua con nosotras mismos.

—Te propongo algo —dije al fin—. No estoy lista para ser novia de nadie… Todo esto sigue costándome. Así que, en público, seremos solo amigos. Pero a solas… podemos darnos permiso de sentir. Solo eso. Nada de sexo. Ni ahora ni nunca. Eso no está sobre la mesa.

No podía creer lo que acababa de decir. Las palabras salieron de mi boca como si otra persona las hubiera pronunciado. Pero sentía que necesitaba esa tregua, ese límite, para no volverme loca. Para no perderme por completo en este torbellino de sensaciones que no había pedido pero que ya no podía negar.

—Cuando pasen los cinco años —añadí, mirándolo a los ojos—, todo volverá a la normalidad. Volveré a ser un hombre. Y seremos solo amigos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo Gabriel.

Y entonces nos perdimos en otro beso.

En el fondo sabíamos que estábamos jugando con fuego. Sabíamos que estos límites que acabábamos de poner eran frágiles, probablemente imposibles de mantener. Sabíamos que nos estábamos mintiendo al creer que podríamos controlar esto.

Pero el deseo en nosotros era tan intenso, tan abrumador, que no teníamos otra opción más que fingir que teníamos todo bajo control.

Esa noche, cuando Gabriel se fue y yo me quedé sola en mi cuarto, me miré al espejo. Tenía los labios hinchados, las mejillas coloradas, el cabello revuelto.

La niña del reflejo me sonrió.

Y por primera vez, no aparté la mirada.

sábado, 11 de abril de 2026

Corrientes Cruzadas (11)



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Capítulo 11 – Corrientes cruzadas

Durante las semanas siguientes, por fin hice una nueva amiga en mi nueva escuela: Diana. Se me acercó una mañana, sin motivo aparente, mientras esperábamos en la fila para la primera clase del día.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó, con una sonrisa desparpajada—. Me gustaste para que seas mi mejor amiga.

Yo, que ya estaba cansada de sentirme sola en un mar de caras desconocidas, solté una risa genuina. Fue así como empecé a platicar con alguien de nuevo. Diana era ocurrente, directa y siempre tenía una historia graciosa que contar. Además, vivíamos en la misma dirección, así que podíamos caminar juntas después de clases. Ese simple hecho me trajo una sensación de seguridad que necesitaba con urgencia, especialmente tras el episodio con el acosador.

Sin pensarlo demasiado, nació una amistad. Hablábamos de los profesores, nos reíamos de las tareas absurdas, compartíamos chismes de pasillo, y poco a poco volví a sentirme parte de algo. Con Diana no tenía que explicar mi pasado, no tenía que fingir ser quien no era. Simplemente era Julieta, una niña de doce años haciendo amigos en la secundaria. Y por momentos, eso era suficiente.

La segunda semana comenzó también la elección de talleres. Había cuatro opciones: Construcción, Electricidad, Secretariado e Industria del Vestido.

Diana eligió Secretariado sin dudarlo.

—Ahí hay puro niñas —dijo—. Así es más tranquilo.

Yo, en cambio, me incliné por Electricidad. Era el mismo taller que había elegido cuando, en mi otra vida, fui Romeo. Recordaba haberlo disfrutado: aprender a hacer instalaciones básicas, reparar aparatos, entender cómo funcionaba la corriente. Pensé que me sería fácil gracias a las memorias de mi vida anterior. Que podría destacar, sentirme competente en algo.

Fue un grave error.

Desde el momento en que crucé la puerta, supe que no encajaba. El taller olía a metal y sudor, las paredes estaban llenas de diagramas y herramientas colgadas. Y yo era la única chica.

Me senté en la primera fila, cerca del escritorio del profesor, imaginando que allí estaría más tranquila. Las miradas comenzaron casi de inmediato. Algunas eran curiosas, otras descaradas. Incluso escuché un par de silbidos antes de que llegara el maestro. Sentí la piel erizarse. Era como ser una oveja rodeada de lobos.

Recordé que, como Romeo, ese ambiente masculino me parecía divertido: las bromas pesadas, el ruido de herramientas, el olor a sudor. Era parte de la camaradería, de sentirse parte del grupo. Pero ahora todo eso era distinto. El mismo espacio, que antes me resultaba familiar, se volvió opresivo. La energía de los chicos me atravesaba con incomodidad. Como si cada mirada quisiera desnudarme. Como si mi presencia allí fuera una invasión, un error.

En medio de ese entorno, noté algo más: mis propios ademanes. Eran distintos a los de mis compañeros. Mis movimientos eran más suaves, contenidos, casi felinos. Cuando me giraba, lo hacía con una fluidez que no recordaba tener. Cuando cruzaba las piernas, lo hacia de forma natural, sin pensarlo. No supe en qué momento comencé a adoptar esos manierismos, pero ahora me salían solos. Tal vez era el año entero que llevaba viviendo esta vida, que poco a poco me moldeaba sin que me diera cuenta.

¿En qué momento dejé de moverme como chico?, pensé, y la pregunta me inquietó más de lo que esperaba.

El profesor llegó unos minutos tarde, pero apenas entró reprendió al grupo.

—Escuché los silbidos desde el pasillo —dijo con voz firme, recorriendo el aula con la mirada—. No voy a tolerar ninguna falta de respeto hacia su compañera. Este taller es para chicos y chicas por igual. El que no pueda comportarse, que se vaya.

Eso bastó para que todos se callaran. Luego comenzó la clase, explicando conceptos básicos de electricidad que yo ya conocía, pero que escuchaba con atención para no perder el hilo. Al final, nos dio una indicación importante: trabajaríamos en parejas, y tenían hasta la próxima sesión para decidir con quién trabajar.

Apenas terminó la clase, varios chicos se acercaron.

—Oye, ¿quieres ser mi compañera?

—Yo tengo más experiencia, conmigo seguro pasas.

—No le hagas caso a él, mejor conmigo.

Para mi sorpresa, parecía que medio salón quería trabajar conmigo. Seguro quieren ligarme, pensé con fastidio. A todos les dije que no, que aún no lo había decidido. Pero sabía que necesitaría un compañero. No podía hacer el trabajo sola.

Entonces recordé a Agustín, un chico que se había sentado también en la primera fila. Lo conocía de mi vida pasada: uno de los cerebritos del grado, con promedio casi perfecto, y lo que todos llamaban un "buen chico". Era tranquilo, estudioso, y lo recordaba como alguien respetuoso. No era el tipo de chico que silbaba a una compañera.

Lo busqué en uno de los recesos, acompañada de Diana. Lo encontramos conversando con un amigo cerca de las canchas. Respiré hondo y me acerqué.

—Oye, Agustín —dije, y él levantó la vista sorprendido—. La mayoría de mis compañeros de taller me dan mala espina. Me preguntaba si tú querrías ser mi compañero.

Agustín se quedó sin palabras. Literalmente abrió la boca y no salió nada. Un chico como él, tranquilo y estudioso, no estaba acostumbrado a que una chica como yo —porque sí, era consciente de que era muy atractiva— se le acercara con una propuesta así. Se sonrojó visiblemente.

—S-sí, claro —atinó a decir al fin, con una sonrisa tímida—. Me parece bien.

Diana me miró con una ceja levantada y una sonrisa cómplice. No dijo nada, pero su expresión lo decía todo.

Así se resolvió. Tendría al menos un espacio seguro dentro del taller. Alguien con quien trabajar sin sentirme acosada.

La última elección fue la del taller de arte. Solo había dos opciones: Danza y Música. Elegí Música sin pensarlo. No me apetecía bailar con ningún chico después de las últimas semanas. No quería sentir manos en mi cintura, no quería tener contacto con ningún chico de ser posible. En Música al menos podría sentarme en un rincón con mi instrumento y desaparecer.

...

Y poco a poco, mi vida comenzó a tomar forma. Caminaba todos los días con Diana rumbo a casa, y a veces se nos unían Gabriel y Ramón, un nuevo amigo de Gabriel que también vivía en la misma dirección. Ramón era gracioso, hablador, y siempre tenía algún comentario absurdo que hacer. Al principio me caía bien, aunque a veces lo notaba mirándome de más, principalmente mis piernas.

Concluido el primer mes de clases, ya me sentía un poco más en mi elemento. No del todo cómoda, no del todo aceptada, pero al menos menos perdida. Tenía a Diana, tenía a Gabriel de vez en cuando, tenía un compañero de taller que no me acosaba. Era suficiente.

Una tarde, mientras caminábamos los cuatro, Ramón soltó un comentario al aire:

—Oye, Julieta, ¿y tú por qué no tienes novio? Con lo bonita que eres, deberían estar peleándose por ti.

Sentí el estómago encogerse. Gabriel, a mi lado, se tensó visiblemente.

—No me interesa tener novio —respondí, con tono neutro.

—¿Por? —insistió Ramón—. ¿O es que te gustan las niñas?

Diana soltó una risa nerviosa. Gabriel apretó el paso.

—No es asunto tuyo —dije, y dejé el tema ahí.

Pero la pregunta quedó flotando. Y yo no supe bien cómo responderla, ni siquiera en mi cabeza.

¿Me gustan los chicos? ¿Me gustan las chicas? ¿Qué me gusta ahora?

Antes, como Romeo, la respuesta era simple: me gustaban las chicas. Había tenido crushes, había besado a alguna, sabía lo que quería. Pero ahora… ahora todo era confuso. Porque cuando veía a Gabriel, sentía mariposas. Pero no quería sentirlas.

Mi cuerpo está cambiando todo, pensé. Mis sentimientos también. Ya no sé quién soy.

Esa noche, frente al espejo, me observé largamente. Mis pechos, mis caderas, mi cabello largo. La niña que me devolvía la mirada ya no me resultaba extraña. Al contrario, empezaba a parecerme… familiar.

—Sigo siendo Romeo —susurré, pero mi reflejo no respondió.

Y por primera vez, no supe si le estaba mintiendo a mi reflejo o a mí misma.


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