Capítulo 24 – Bailando
Mis chambelanes y yo volvimos a los vestidores entre risas y comentarios exaltados. Aún quedaba un número más: el último baile. El más atrevido. El que cerraría con broche de oro una noche inolvidable.
Lo sabía: no había vuelta atrás.
—¿Lista para encender la pista? —preguntó Diana mientras me daba una palmada en el trasero.
—Ay, no me ayudes —respondí con una risa nerviosa.
Mi elección de vestuario no dejaba lugar a dudas: un body morado con detalles de encaje. Por delante, un escote moderado y corte alto en las piernas; por detrás, mi espalda completamente al descubierto y gran parte de mis glúteos a la vista. Demasiado femenino. Demasiado sensual. Y, sin embargo, perfecto.
Por un segundo, al quitarme el vestido y ver mi reflejo en el espejo, sentí un nudo en el estómago. No por inseguridad, sino por la contundente certeza de lo que era ahora. Las curvas que se dibujaban bajo el body, la forma en que la tela se ajustaba a mi cintura, mis caderas… nada de eso pertenecía al chico que alguna vez fui. Y ya no me dolía. Ya no me avergonzaba.
Mis amigas no me dieron tiempo de pensarlo demasiado: me rodearon, me acomodaron, me llenaron de halagos, me ajustaron el body con destreza.
—Te ves divina —dijo Mariana—. Ese cuerpo fue hecho para lucirlo así.
Tragué saliva y asentí. No dudé más.
Una voz llamó desde fuera del vestidor: era momento.
En la pista, los focos cambiaron a un tono púrpura eléctrico. El presentador anunció el número final, y los primeros acordes de "Bailando" comenzaron a sonar. Respiré hondo. Un segundo después, ya no era una adolescente insegura, sino la estrella de la noche.
El ritmo del reggaetón-pop invadió mis músculos. Recordé lo que el maestro de baile me había repetido mil veces: tú eres el centro, los chicos te rodean. Y así fue. Los pasos masculinos eran marcados, rítmicos, enérgicos; los míos, en cambio, eran ondulantes, suaves, seductores. Cada vez que movía las caderas, cada vez que giraba sobre mis tacones, cada vez que mis glúteos marcaban el beat, sentía la ovación del público creciendo.
Era una coreografía provocativa, sí, pero también elegante. No vulgar, sino poderosa.
Sonreí. Definitivamente no queda nada del hombre que fui, pensé, justo mientras hacía un giro en cámara lenta, mi melena cayendo por mi espalda desnuda. Al terminar la canción, los aplausos fueron ensordecedores.
Me sentí una diosa en el centro de la pista.
Y por primera vez, no quise ser nadie más.
...
Regresé al vestidor entre risas, jadeando aún por el esfuerzo del último baile. Me sentía poderosa, brillante, irrepetible. El body me marcaba cada curva y me hacía sentir entre coqueta y atrevida. Aun así, cuando crucé la puerta, lo primero que pensé fue en quitarme aquella prenda tan diminuta.
—¡Ahí estás! —dijo Diana, entrando tras ella junto a Mariana.
Las dos e abalanzaron sobre mí entre risas, comenzando a soltarme los broches del body con cuidado. Levanté los brazos mientras me desnudaban con la familiaridad de quienes ya habían compartido camerinos, vestidores y secretos. Al salir del body, me quedé solo con la faja color piel que me cubría el coxis y llegaba a la cintura, dejando al aire mis pechos.
—Estabas espectacular —dijo Diana.
—Ese último giro fue de película —agregó Mariana.
—Seguro que Gabriel quiere hacerte cosas después de verte así—soltó Diana con picardía.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de nuevo. Gabriel apareció, aún un poco agitado, con los ojos encendidos. Mis amigas me cubrieron instintivamente, pues yo estaba casi desnuda. Apenas alcancé a cubrirme con los brazos.
—Yo solo quería decirle algo a Julieta —dijo Gabriel.
Las dos amigas voltearon a verme, mientras cubría mis pechos con las manos. Sabían que estaba en una posición muy vulnerable. Pero era mi decisión si quería estar así o no. Asentí con vergüenza y ambas se alejaron para darnos espacio.
Gabriel no dijo nada. Se acercó y me abrazó por la cintura, suave, seguro, como si el mundo se hubiera detenido un instante. Lo miré sorprendida, sin apartar los brazos de mi pecho, pero no me aparté. Le sonreí con el rostro aún encendido.
—Lo hiciste increíble —murmuró.
Entonces me besó. Profundo, entregado. Un beso lleno de deseo y de admiración. Sentí que flotaba. Cuando me estrechó más contra sí, pude notar el bulto entre sus pantalones. No me asusté. No me aparté. Solo pensé: Está así por mí. Realmente le gustó. Y esa idea, en lugar de avergonzarme, me llenó de una calidez que recorrió todo mi cuerpo.
Cuando se fue, mis amigas volvieron al ataque para ayudarme a ponerme el vestido largo. El cierre se atascó a medio camino.
—¡Sempre pasa esto! —bufó Diana, tirando hacia arriba.
—Sujétalo tú, yo intento desde abajo —dijo Mariana, entre risas.
Finalmente lo lograron y volví al salón, radiante, lista para el brindis. Sin embargo, seguía pensando en la entrepierna de Gabriel. En cómo había reaccionado su cuerpo al verme. En cómo mi cuerpo había reaccionado al sentir eso.
Subí a la mesa de honor y miré a mis papás con una sonrisa que ya no podía borrar.
Mi padre se levantó primero. Alzó su copa y pidió silencio.
—Siempre pensé que iba a tener un niño —dijo, provocando una pequeña risa entre los invitados—. Pero la vida me sorprendió con una hija. Y hoy, más que nunca, sé que fue el mejor regalo que pude recibir. Julieta, estoy orgulloso de ti. No te cambiaría por nada.
Sentí que el corazón se me llenaba. Apenas tuve tiempo de secarme los ojos antes de que mi madre hablara.
—Desde que supe que venías en camino, supe que serías especial —dijo ella, con voz suave—. No solo por cómo naciste, sino por cómo has crecido, por tu carácter, tu ternura, tu alegría. Esta noche has florecido frente a todos. Te amo con todo mi corazón.
Los aplausos no tardaron. Yo estaba llorando.
El resto de la noche fue un sueño. Todos bailaron hasta pasada la una de la mañana. Las luces, los abrazos, la música… todo parecía perfecto.
De regreso a casa, exhausta, con los pies adoloridos por los tacones, me dejé caer en mi cama. Pero incluso en ese estado, me obligué a ir al baño y desmaquillarme con cuidado, como me había enseñado mi madre. No tuve fuerzas para buscar una pijama, así que me quité el vestido y me deslicé bajo las sábanas completamente desnuda.
Apagué la luz.
En la oscuridad, llevé mi mano a mi pecho. Sentí mis dedos recorrer mis pechos, mi vientre, mis caderas. Este cuerpo que antes me era tan ajeno ahora era el mío. Y me gustaba. Me gustaba cómo se veía con el body. Me gustaba cómo se movía en la pista. Me gustaba cómo Gabriel me deseaba.
Dormí con una sonrisa suave, sintiendo que por fin estaba en paz.






















