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Capítulo 60: La rueda de la fortuna
Los días del verano seguían pasando como agua en un arroyo, a un paso rápido, firme, constante y seguro. Me estaba divirtiendo mucho trabajando en la farmacia. Kevin estudiaba medicina y me daba pláticas rápida sobre qué medicamentos podía recomendar para molestias leves: alergias estacionales, picaduras de insectos, indigestión, dolores de cabeza tensionales y resfriados comunes. Me explicó los principios activos, las dosis recomendadas y las contraindicaciones. Era fascinante verlo hablar con tanta seguridad, como si ya fuera un médico de verdad.
Una tarde, mientras me daba su clase del día, se detuvo un momento y me miró con seriedad.
—Es probable que las chicas te tengan más confianza a ti para preguntarte estas cosas —dijo—, así que te explicaré qué medicamentos ayudan con las molestias... femeninas.
Y pasó media hora enseñándome qué medicamentos podía usar una chica para los calambres, el dolor premenstrual y las molestias del periodo. Toda esa información me hizo sonrojarme. No podía creer que estuviera hablando de esas cosas conmigo, como si fuera algo normal. Pero no pasó mucho tiempo antes de que una chica me pidiera consejo. Tenía dolores premenstruales y me preguntó si podía recomendarle algo. Le recomendé el medicamento que Kevin me había sugerido y ella pareció satisfecha. Me dio las gracias con una sonrisa y se fue.
—¿Ves? —dijo Kevin, con una sonrisa orgullosa—. Eres una buena farmacéutica.
—Todavía no soy farmacéutica —respondí, sonrojándome.
—Pero lo serás.
...
Antes de que me diera cuenta, ya era domingo. El gran día.
Kevin pasó por mí a las diez de la mañana. Venía en el carro de su mamá. Yo llevaba un short de mezclilla muy cortito y un segundo short de licra negra debajo para evitar accidentes. Un top corto también de color rojo. Mi conjunto me recordaba mucho al del Día de Sadie Hawkins, excepto que la licra me daba más seguridad, y mi pecho también estaba más seguro en mi top, que no era tan diminuto como el de aquel día. Y traía unos tenis y zapatos deportivos en lugar de medias y tacones. Era como una versión cómoda del atuendo de aquel día, aunque no por ello menos sexy.
Mamá insistió en acompañarme para despedirme y para saludar a Kevin. Primero lo miró de arriba abajo.
—Te ves muy guapo —dijo—. Ya veo por qué mi niña está loca por ti.
Obviamente me puse de mil tonos de rojo con ese comentario. Seguramente por eso lo hizo en primer lugar. Kevin se limitó a contestar un tímido "gracias".
—Debes cuidar mucho a mi niña —continuó mamá, con cara severa—. Es mi única hija. No te perdonaré si le pasa algo. Está de más decirte que debes respetarla. No puede quedar embarazada, pero sigue siendo una niña. No la presiones a hacer cosas indecentes.
La cara de Kevin se puso tan roja como la mía.
—Cuídate mucho, Pamela —me dijo mamá, dándome un abrazo breve—. Nos vemos en la noche.
Subí al asiento del copiloto y saludé a Kevin con un beso en los labios.
—¿Estás listo? —me preguntó él.
Solo asentí con la cabeza.
—Entonces vámonos —dijo, y puso en marcha el carro.
...
El parque de diversiones era enorme. Había montañas rusas, norias, carruseles, puestos de juegos y comida por todas partes. La música pop se mezclaba con los gritos de emoción de la gente y el olor a algodón de azúcar y palomitas flotaba en el aire.
Kevin me tomó de la mano y me guió hacia la entrada, donde nos esperaban sus amigos. Eran tres: Leo, Mau y Pablo. Todos ellos eran guapos. Ninguno era tan alto como Kevin ni lucía tan fuerte, pero todos eran varoniles, de sonrisa encantadora y con buen sentido del humor. A su lado estaban sus novias: Valeria, Sofía y Camila.
—¡Kevin! —gritó Leo, dándole una palmada en la espalda—. ¡Llegaste! Y con una chica, para variar.
—Esta es Pamela —dijo Kevin, presentándome con orgullo—. Mi...
Hizo una pausa. No sabía cómo terminar la frase. Pero las chicas no esperaron.
—¡Hola, Pamela! —dijo Valeria, la novia de Leo—. ¡Qué linda eres! Me encanta tu top.
—Gracias —respondí, sintiendo cómo me ruborizaba.
—¿Y cómo se conocieron? —preguntó Sofía, la novia de Mau.
—En la farmacia de mi mamá —respondió Kevin—. Ella trabaja allí.
—¡Qué dulce! —dijo Camila, la novia de Pablo—. Una historia de amor de farmacia.
Las chicas se rieron y yo con ellas. Pero por dentro, me sentía extraño. Todas me trataban como a una chica más. Y ninguna parecía notar nada raro en mí.
...
Caminamos juntos por el parque. Kevin me tomaba de la mano y de vez en cuando me rodeaba la cintura. Sus amigos y sus novias iban delante de nosotros, riendo y bromeando. Subimos a la montaña rusa primero. Yo grité como una niña en las caídas, y Kevin se rió de mí, pero no soltó mi mano en ningún momento. Luego fuimos a los coches de choque. Kevin y yo íbamos juntos y chocamos contra Leo y Valeria una y otra vez, riendo sin parar. Después, jugamos a los juegos de feria. Kevin me ganó un oso de peluche enorme en el juego de las latas.
—Es para ti —dijo, entregándomelo.
—Es precioso —respondí, abrazándolo.
—No tanto como tú.
Me besó en la mejilla y las chicas suspiraron.
...
Cuando llegó la hora de comer, nos sentamos en una mesa grande al aire libre. Pedimos hamburguesas, papas fritas y refrescos. Las chicas se sentaron juntas y los chicos también. Pero Kevin se sentó a mi lado, con una mano en mi pierna debajo de la mesa.
—¿Cómo conociste a Pamela, Kevin? —preguntó Leo, mordiendo su hamburguesa.
—En la farmacia —repitió Kevin—. Pero ya nos conocíamos de antes, en realidad. Mi mamá y su mamá son amigas.
—¿Y no te dio cosa que ella fuera tan joven? —preguntó Mau con una sonrisa pícara.
—Ella es mayor de lo que parece —respondió Kevin, apretando mi pierna.
Las chicas rieron.
—Pensé que te gustaban los chicos, Kevin —dijo Leo, con tono casual.
Me quedé helado. Pero Kevin no se inmutó.
—Yo también pensé que me gustaban los chicos —respondió, mirándome a los ojos—. Hasta que conocí a Pamela.
Las chicas suspiraron de nuevo. Yo me sonrojé hasta las orejas.
—Qué romántico —dijo Valeria—. Ojalá Leo fuera así.
—¡Oye! —protestó Leo—. Yo también soy romántico.
—Cuando te conviene —respondió Valeria, y todos nos reímos.
Después de comer, las chicas decidieron ir al baño juntas.
—¡Pamela, ven con nosotras! —dijo Camila, tomándome de la mano.
No tuve opción. Las seguí al baño de mujeres. Por dentro, estaba aterrorizado. Pero entré, fui a un cubículo, me aseguré de que nadie me viera, y salí para lavarme las manos como si nada.
En el espejo, Valeria se acercó a mí.
—Oye, Pamela —dijo, en voz baja—. ¿No te molesta que Kevin haya estado con chicos en el pasado?
Me quedé en blanco por un segundo. Luego recordé lo que Kevin me había dicho.
—No —respondí, con sinceridad—. Kevin es una persona maravillosa. Y su orientación no cambia en nada el buen hombre que es. Lo quiero por cómo me trata, no por con quién ha estado antes.
Valeria me miró con una sonrisa cálida.
—Eres una buena chica, Pamela —dijo—. Kevin tiene suerte de haber encontrado a alguien como tú.
—Gracias —respondí, sintiendo un nudo en la garganta.
Cuando salimos del baño, los chicos nos esperaban. Kevin me abrazó y me besó en la frente.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo bien —respondí.
...
La última atracción del día era la rueda de la fortuna. Subimos en parejas. Leo con Valeria, Mau con Sofía, Pablo con Camila, y Kevin conmigo.
La góndola era pequeña, apenas para dos personas. Kevin se sentó frente a mí y yo me senté frente a él. La ciudad empezaba a iluminarse a medida que subíamos. Las luces de los edificios, los faroles, los coches... todo parecía tan pequeño desde arriba.
—Es hermoso —dije, maravillado.
—Tú eres más hermosa —respondió Kevin.
—¿Por qué no les dijiste a tus amigos que soy un chico? —pregunté, un poco angustiado. — ¿Te avergüenzas de mi?
—Claro que no. Hay dos motivos, en realidad. Me dijiste que no te gusta que la gente te trate como a un mariquita. Prefieres que te traten como a una chica. Por eso te presenté como Pamela. Y... en realidad a veces no estoy seguro de que seas un chico..,
Pude ver la duda genuina en sus ojos. Y entonces, sucedió.
La luz se fue. Todo el parque quedó a oscuras. Solo se veían las luces lejanas de la ciudad. Sentí un escalofrío de miedo. Kevin me tomó la mano.
—No pasa nada —dijo—. Seguro lo arreglan rápido.
Pasaron unos minutos. No pasaba nada.
—Kevin... —empecé a decir.
—Sabes —me interrumpió, en medio de la oscuridad—, todos piensan que eres una chica. Yo mismo tengo mis dudas. Tienes senos, caderas anchas... si no te hubiera conocido cuando eras un niño, estaría seguro de que eres una chica.
No supe qué responderle.
—No te he pedido que seas mi novia —continuó— porque necesito estar seguro de que eres un chico antes de pedírtelo. A mí me gustan los chicos. No las chicas.
—¿Cómo puedo probarte que soy un chico? —pregunté, con voz dubitativa.
—Déjame tocar tu entrepierna —dijo él, con seguridad.
Agradecí la oscuridad. Así no podría ver lo rojo que me había puesto.
—Está bien —dije—. La licra aplasta mi pene y por eso me veo plana, pero te dejaré sentirlo.
Me desabroché el short y lo bajé con todo y la licra. Volví a sentarme en el asiento. Sentí el frío del metal en mis nalgas. Tomé la mano de Kevin y la guié hacia mi entrepierna.
Estaba seguro de que en la oscuridad y tan alto en el juego, nadie podría vernos. La mano de Kevin sintió mi virilidad, y me di cuenta de que su pulgar era mucho más grande que mi bulto. Sentí vergüenza. "Siempre fue tan pequeño", me pregunté mentalmente.
Kevin comenzó a acariciarme con dos dedos.
—Así que sí eres un chico después de todo, Greg —dijo.
Sus dedos me estimularon unos pocos segundos y sentí una erección. Mi pene diminuto tomó algo más de cuerpo, pero no demasiado. Unos instantes más tarde, un líquido blanco cubría los dedos de Kevin.
—Un niño precoz, al parecer —dijo.
Recordé que cuando Danny intentó hacerme una felación, también me vine en segundos. Por algún motivo, también recordé a Louise, que dijo que mi cosa diminuta nunca podría darle placer a una mujer, pero que mis nalgas podrían llenar de placer a un hombre.
Kevin me sacó de mis pensamientos. Soltó mi entrepierna y comenzó a besarme. Luego se separó de mí y me ofreció sus dedos.
—Límpialos, nena —dijo.
Comencé a lamerlos. Tenían un sabor salado. Me sonrojé al pensar que eso había salido de mí. Pasamos un tiempo así, juntos, con su mano en mi intimidad. Abrazados.
La luz volvió. El juego se encendió de nuevo. Me coloqué la ropa lo más rápido que pude mientras Kevin me miraba divertido. Cuando terminé, Kevin me miró a los ojos y tomó mis manos entre las suyas...
—¿Quieres ser mi novio, Greg Parker?





