domingo, 19 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (59)



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Capítulo 59: Piyamada

Los días se sucedieron rápidamente. El lunes solo trabajamos Kevin y yo en la farmacia. Rita se había ido de vacaciones a la playa con sus amigas, así que éramos los encargados del negocio. Era lindo estar juntos todo el día aunque estuviéramos trabajando. Las mañanas eran especialmente bonitas: llegar y encontrar a Kevin ya abriendo la tienda, sonreírnos, besarnos antes de que llegara el primer cliente. Platicábamos de todo y de nada, y cada vez que nuestros ojos se encontraban, yo sentía mariposas en el estómago.

Cada día me esmeraba mucho para verme linda para ir al trabajo. Elegía con cuidado mi vestido, me maquillaba con paciencia, me arreglaba el pelo aunque siempre me parecía demasiado corto. Quería que Kevin me viera bonita.

Antes de que me diera cuenta, una semana había pasado y solo faltaba una semana para ir con Kevin al parque de diversiones. No podía pensar en otra cosa. En las montañas rusas, en los juegos, en la emoción de estar a su lado. En cómo sería sentir su mano en la suya mientras subían a la noria. En el beso que seguro me daría al final del día, cuando el sol se pusiera y las luces del parque se encendieran.

Pero esa noche, mamá tenía otros planes.

—Pamela —dijo cuando llegué del trabajo—, Christine y Danielle te han invitado a una piyamada. Ve a bañarte y a arreglarte. A las ocho te llevo.

—¿Una piyamada? —pregunté desconcertado—. ¿Kathy también va a estar?

—Supongo que sí. Son tus amigas, ¿no?

No pude evitar sonreír. La idea de pasar la noche con las chicas, de hablar de cosas de chicas, de hacer cosas de chicas... me llenaba de felicidad.

Subí a mi habitación y encontré un vestido sobre la cama, elegido por mi madre. Era uno de mis favoritos: azul marino, con un estampado de estrellas plateadas. Me lo puse con gusto. Me maquillé con cuidado, me puse mis pendientes favoritos y un poco de perfume. Cuando terminé, me miré al espejo y me gustó lo que vi.

Bajé las escaleras lista para irme, y me encontré con una sorpresa.

Allí, en el recibidor, estaba Dave.

Pero no era Dave. Llevaba un vestido similar al mío, de un tono rosa pálido, con mangas abullonadas y un lazo en la cintura. Su pelo, normalmente despeinado, estaba recogido en dos pequeñas coletas con cintas de colores. Llevaba maquillaje: sombra de ojos, rímel, colorete y unos labios rosa brillante. Y en sus pies, unos tacones bajos que claramente le estaban causando problemas para mantenerse en pie.

Me quedé paralizado.

—¿Qué...? —dije con duda.

Mamá salió de la cocina con una sonrisa radiante.

—Tu hermano fue muy grosero contigo el día de tu cumpleaños —dijo, como si explicara lo más natural del mundo—. Por eso, ahora tu "hermana" debe compensarte por ello. Te llevarás a "Miriam" contigo esta noche. Ella debe portarse como una niña buena, si no quiere volver a usar vestidos.

Miriam. Mi hermano, Dave, ahora era Miriam.

La cara de Dave era de absoluto terror. Tenía los ojos abiertos como platos y las manos temblorosas. Parecía a punto de salir corriendo, pero mamá lo sujetó por el hombro con una firmeza que no admitía réplica.

—Ve con tu hermana, Miriam —dijo con dulzura que daba más miedo que un grito—. Y pórtate bien.

Salimos de casa en silencio. Dave —Miriam, más bien— caminaba con pasos torpes, los tacones haciendo clac-clac contra el pavimento. Cada pocos pasos se tambaleaba y yo tenía que sostenerlo para que no cayera. No dijo una palabra. Ni una queja, ni un insulto. Solo caminaba con la cabeza gacha, las coletas moviéndose de un lado a otro, las manos apretando la falda con fuerza.

...

Cuando llegamos a casa de Christine, las chicas ya estaban allí. Danny abrió la puerta con una sonrisa enorme.

—¡Pamela! —exclamó, abrazándome—. ¡Qué ganas tenía de verte!

Detrás de ella estaban Christine, con su look andrógino y una sonrisa pícara, y Kathy, con un pijama de seda rosa y el pelo suelto.

—Chicas, les presento a mi hermana —dije, señalando a Dave—. Se llama Miriam.

Las tres miraron a Dave, luego a mí, luego a Dave otra vez. Christine fue la primera en entender.

—¿Es... tu hermano? —preguntó, sin ocultar su risa.

—Sí —respondí con una sonrisa—. Mamá decidió que debía aprender a respetar a las mujeres. Así que esta noche es Miriam.

Kathy soltó una carcajada.

—¡No puede ser! ¡Qué bueno! Después de cómo se portó en tu cumpleaños, se lo merece.

Dave enrojeció hasta las orejas. Abrió la boca para decir algo, pero Christine lo interrumpió.

—Bienvenida, Miriam. Pasa, siéntate. Vamos a hacer cosas de chicas.

Dave se sentó en el sofá con rigidez, como si el cojín estuviera lleno de agujas. Kathy y Christine se sentaron a su lado, y Danielle se sentó frente a él. Yo ocupé el lugar que quedaba, observando la escena con una sonrisa que no podía ocultar.

—Miriam —dijo Christine, con una voz dulce y falsa—, ¿te gusta el maquillaje?

Dave negó con la cabeza, pero Christine ya había sacado su neceser.

—Pues vamos a empezar por ahí. Una niña tan bonita merece un maquillaje bien hecho.

Dave intentó protestar, pero no pudo. Christine se sentó a su lado y comenzó a aplicarle sombra de ojos, delineador y un poco más de rímel del que ya llevaba. Dave se quedó quieto, con los puños apretados, soportando en silencio.

—Ahora las uñas —dijo Kathy, sacando un esmalte rosa—. ¿Qué color te gusta, Miriam? ¿Rosa? ¿Rojo? ¿Morado?

—No me importa —murmuró Dave, con voz apenas audible.

Kathy eligió un rosa brillante y comenzó a pintarle las uñas. Dave miraba sus manos con horror, como si no fueran suyas.

Danielle, más comprensiva que las otras dos, se sentó a su lado y le tomó la mano.

—No es tan malo —le susurró—. Yo también soy un chico, ¿sabes? Y mira, estoy aquí, con ellas, y soy feliz. Intenta divertirte esta noche. De todos modos estarás aquí con nosotras hasta la mañana.

Dave la miró con una mezcla de confusión y curiosidad.

—¿Eres un chico? —preguntó.

—Sí —confirmó Danielle—. Y no pasa nada. Solo relájate.

Dave no se relajó, pero al menos dejó de temblar.

Después de las uñas, vino la parte de las revistas. Kathy y Christine trajeron un montón de revistas de moda y empezaron a hojearlas, comentando los vestidos, los peinados, los maquillajes de las modelos. Dave miraba las páginas con expresión de absoluto aburrimiento, pero no dijo nada.

—Miriam —dijo Kathy, señalando un vestido rojo—, ¿crees que este le quedaría bien a Pamela?

Dave lo miró, luego me miró y forzó una sonrisa.

—Sí —dijo, con la voz tensa—. Le quedaría bonito.

Christine soltó una risita.

—¡Qué buena hermana eres, Miriam! ¿Verdad, Pamela?

—La mejor —respondí, disfrutando cada segundo.

Luego vino la parte de las historias de amor. Kathy nos contó sobre un chico mayor con el que salía, al cual yo ya conocía. Era alto, casi tanto como Kevin, pero moreno y, aunque odiaba admitirlo, guapo, de espalda ancha y fuerte. Entendía perfectamente por qué Kathy nunca me consideró para ser su novio. Christine habló de una chica que había conocido en un concierto. Danielle confesó que no se atrevía a confesarle a un chico sobre su doble personalidad. Yo hablé de Kevin —no pude evitar sonreír cuando mencioné su nombre— y todas suspiraron.

—¿Y tú, Miriam? —preguntó Christine, mirando a Dave—. ¿Alguien te gusta?

Dave se puso rojo.

—No —respondió rápido.

—¿Segura? —insistió Christine—. Las chicas de tu edad suelen tener algún crush.

—No tengo ningún crush —dijo Dave, con un hilo de voz.

—Pues tendrás que conseguir uno —dijo Kathy con una sonrisa malvada—. Todas las chicas tienen un crush.

Dave se retorció en el sofá. Parecía a punto de llorar.

Fue entonces cuando Christine tuvo una idea brillante.

—¡Ya sé! —exclamó, levantándose de un salto—. ¡Vamos a hacer un desfile de modas!

Kathy aplaudió emocionada.

—¡Sí! ¡Podemos probarnos los vestidos y las faldas de tu hermana!

Danielle se unió al entusiasmo.

—¡Tenemos un montón de ropa para probarnos! ¡Podemos jugar a ser modelos!

Dave palideció.

—Yo... yo no quiero...

Pero yo ya estaba de pie, ofreciéndole la mano.

—Vamos, Miriam —dije con una sonrisa—. Será divertido.

—No quiero —insistió él, con la voz quebrada.

Me incliné hacia él y bajé la voz para que solo él pudiera oírme.

—Si no participas, se lo diré a mamá. Y ya sabes lo que eso significa.

Dave tragó saliva. Me miró con odio, pero también con miedo. Finalmente, asintió y tomó mi mano.

El desfile comenzó. Kathy salió primero con un vestido rojo brillante, ajustado al cuerpo, que le quedaba espectacular. Dio una vuelta y posó como una modelo de verdad. Christine le siguió con una falda corta y una blusa transparente que dejaba ver su sujetador. Danielle se puso un vestido de lunares que le llegaba a la rodilla y se movió con una gracia natural que sorprendió a todas.

Luego me tocó a mí. Elegí un vestido corto, de color dorado, con un escote que dejaba ver mis hombros. Cuando salí al "escenario" —la alfombra de la sala—, todas silbaron y aplaudieron.

—¡Pamela, eres una diosa! —gritó Kathy.

Me sentí hermosa, aunque era un sentimiento al que aún no me acostumbraba.

Finalmente, fue el turno de Dave.

—¡Miriam! —anunció Christine—. ¡Te toca a ti!

Dave salió arrastrando los pies. Llevaba puesto un vestido de verano, de esos de tirantes finos y falda con vuelo, que le quedaba un poco grande pero que, con los tacones que llevaba, casi le llegaba a la rodilla. Tenía una diadema de flores en la cabeza y sus labios rosa brillaban bajo la luz de la lámpara.

—¡Vamos, Miriam! —dijo Kathy—. ¡Muévete como una modelo!

Dave se quedó paralizado. No sabía qué hacer con las manos. Las movía de un lado a otro, inseguras. Sus pasos eran torpes, mecánicos, como los de un robot averiado.

Me acerqué a él y le susurré al oído.

—Solo relájate. Mueve las caderas. Sonríe.

Dave me miró con pánico, pero intentó hacer lo que decía. Dio unos pasos, moviendo las caderas de forma exagerada, casi cómica. Las chicas estallaron en risas.

—¡Eso es! —gritó Christine—. ¡Así se hace!

Dave se sonrojó aún más, pero siguió caminando. Cuando llegó al final de la alfombra, hizo una pose torpe, con una mano en la cadera y la otra en el aire. Parecía ridículo.

Pero también parecía divertido.

—¡Ahora música! —anunció Danny, que había traído el estéreo de su tía.

Una canción pop llenó la habitación. Todas empezamos a movernos al ritmo, contoneándonos, riendo, disfrutando. Kathy se movía con confianza, Christine con desparpajo, Danielle con una elegancia natural. Yo me dejé llevar por la música, sintiendo cómo el vestido se movía alrededor de mis piernas.

Dave se quedó quieto al principio. Pero Kathy lo agarró de la mano y lo arrastró al centro de la sala.

—¡Baila, Miriam! —le ordenó.

Dave no sabía cómo. Pero poco a poco, imitando los movimientos de las demás, empezó a moverse. Al principio era torpe, descoordinado. Pero la música era pegajosa, y pronto sus caderas comenzaron a balancearse con más soltura. Sus brazos se levantaron. Su cabeza se movió al ritmo.

Y por un momento, solo por un momento, Dave pareció olvidar que era un chico. Pareció olvidar que llevaba un vestido. Pareció olvidar que las demás lo estábamos viendo.

Bailó. Y sonrió.

Christine silbó.

—¡Miriam! ¡Eres toda una diva!

Dave se rió. Una risa genuina, espontánea, que no había escuchado en mucho tiempo.

Christine se acercó a bailar cerca de él, lo tomó por la cintura y juntó su cuerpo un poco al de él.

—Me gustan las chicas —dijo, con una sonrisa pícara—. ¿Sabes? O al menos eso creía... por culpa de tu hermano y tuya... debo admitir que también me gustan los chicos lindos que usan vestidos.

Y entonces le plantó un beso en los labios mientras su mano exploraba su trasero cubierto por las bragas debajo de la falda de Dave. Kathy silbó de emoción y Danny gritó como una niña. Luego todas reímos. Dave estaba rojo. Y yo estaba seguro de que había ensuciado sus bragas después de eso.

Bailamos hasta que nos quedamos sin aliento. Cuando la canción terminó, todas cayeron al suelo, jadeando, riendo sin parar. Kathy se tiró boca arriba en la alfombra, Christine se apoyó en el sofá, Danielle se sentó con las piernas cruzadas y yo me dejé caer al lado de Dave.

—¿Ves? —dije, entre jadeos—. No fue tan horrible, ¿no?

Dave me miró. Sus ojos ya no estaban húmedos, sino brillantes. Su sonrisa era pequeña, pero real. Le había encantado besar a Christine, se le veía en los ojos.

—No —admitió—. No fue tan horrible.

Después de un rato, Christine sacó una bolsa de palomitas y Danny puso una película romántica. Dave se quedó mirando la pantalla con más atención que antes. Ya no parecía tan incómodo. Sus manos ya no apretaban la falda con fuerza.

Yo estaba a su lado. Durante la película, apoyé la cabeza en su hombro y le susurré.

—¿Cómo te sientes, hermanita?

Dave me miró. Sus ojos estaban tranquilos.

—Cansado —dijo—. Pero... bien. Supongo.

Cuando la película terminó, Christine anunció que era hora de dormir. Danny y ella sacaron los sacos de dormir y los extendimos en el suelo de la sala. Kathy y Christine se pusieron en un lado, Danielle en otro, y Dave y yo en el centro.

Las luces se apagaron y la habitación quedó en penumbras. Podía oír la respiración de Dave a mi lado, ya no tan rápida. Más calmada.

—Pamela... —susurró Dave.

—¿Sí?

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por todo. Por reírme de ti. Por llamarte mariquita. Por lo de la fiesta. —Hizo una pausa—. No sabía lo que se sentía.

—¿Y ahora lo sabes?

—Sí. Y es horrible.

Sonreí en la oscuridad.

—No siempre es horrible —dije—. A veces también es agradable.

Dave no respondió. Pero sentí su mano buscar la mía. La apretó suavemente.

—Perdóname, Pamela —dijo—. De verdad.

Apreté su mano de vuelta.

—Te perdono, hermanito.

Y por primera vez en toda nuestra vida, sentí un vínculo con mi hermano.

sábado, 18 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (58)




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Capítulo 58: Flores y promesas

Llegué a la farmacia diez minutos antes de las nueve. Llevaba mi vestido color limón con falda con vuelo y tirantes delgados, el cabello acomodado lo más femenino posible a pesar de lo corto que lo tenía. No podía evitarlo. Genuinamente quería estar bonita para Kevin. No me preguntes cómo pasé de odiar usar ropa de chica y comportarme como Pamela, a querer verme "linda" para un chico. Yo mismo no lo entiendo, pero así es.

Kevin llegó casi al mismo tiempo que yo. Llevaba cargando un ramo de flores en la mano. Sonrió al verme y dijo:

—Eres puntual, Greg. Eso me gusta en un empleado.

Luego pensó un poco en lo que acababa de decir y se corrigió:

—O... ¿prefieres que te diga Pamela?

La duda me descolocó. ¿Qué prefería yo? El hecho de que él supiera que era Greg y aún así me deseara me parecía tan tierno que me derretía por dentro. Pero en este punto no podía negar que Pamela existía dentro de mí. A veces ella era la que tenía el control de toda mi personalidad.

—Está bien si me dices Greg si estamos a solas —contesté con sinceridad—. Si hay más gente, mejor dime Pamela. No me gusta llamar la atención.

Me pidió sostenerle las flores y comenzó a abrir el negocio.

A Rita y a mí nos tomaba unos diez minutos abrir la farmacia: quitar los candados, correr la cortina de metal, abrir la puerta de vidrio. Más que nada porque teníamos que estirarnos mucho para abrir la cortina y porque agacharse con tacones y vestido era incómodo y más tardado que hacerlo con unos vaqueros. A Kevin le tomó tres minutos a lo mucho. Era al menos treinta centímetros más alto que yo y unos veinte más que Rita. Al estar vestido con ropa cómoda, podía agacharse y saltar en segundos, y así logró abrir la farmacia en poco tiempo.

Cuando entramos a la farmacia, me pidió las flores solo para ofrecérmelas de nuevo.

—Son para ti —dijo—. Espero que te gusten.

Sentí mucha felicidad al recibirlas. No entendía por qué... nunca me gustaron ese tipo de cosas. Pero al parecer ahora sí me gustaban.

—Gracias —dije con sinceridad.

Él se acercó a mí y nos dimos un beso apasionado. Pude sentir sus manos en mi cintura, y nuestra diferencia de estatura y complexión me pareció más evidente que nunca. "Tengo el cuerpo de una chica", pensé.

—Te extrañé mucho —dijo él con una sonrisa que me derritió.

—Yo también... —dije con pena.

Y antes de darme cuenta, ya nos estábamos comiendo a besos.

Nos soltamos como pudimos y nos obligamos a poner en funcionamiento el negocio.

Rita llegó unos treinta minutos después. Traía un florero en la mano.

—Para que no se marchiten tus flores en el día —dijo al saludarme.

Me ayudó a poner las flores en agua y el día continuó con la tranquilidad de siempre. Los clientes iban y venían, la mayoría compradores habituales. Unas señoras mayores pidieron sus medicamentos para la presión. Un par de jóvenes entraron a comprar chicles y refrescos, y no pudieron evitar mirarme un par de segundos de más, pero ya estaba acostumbrado. Sonreí, les pregunté si necesitaban algo más, y se fueron con las manos vacías y las mejillas sonrojadas.

Rita se encargaba de la caja registradora mientras yo reponía los estantes. Kevin, que estaba de refuerzo, organizaba el almacén y ayudaba con los pedidos grandes. A veces coincidíamos cerca y platicábamos un poco. Pero en general, solo nos comunicábamos con miradas. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, sentía un cosquilleo en el estómago. Era ridículo. Era maravilloso.

Todos los días nos traían la comida y comíamos en la bodega, de uno en uno, para no dejar el negocio solo. Pero ahora que éramos tres, Rita se ofreció a quedarse cuidando el negocio mientras Kevin y yo comíamos juntos.

Nos sentamos en la pequeña bodega del fondo, sobre unas cajas de cartón que hicieron las veces de sillas. Kevin había traído su propia comida y yo la mía. Pero apenas probé bocado. Estaba demasiado nervioso, demasiado feliz.

—¿Cómo te fueron los exámenes extraordinarios? —pregunté.

—Bien —respondió con una sonrisa—. Aprobé todos. Ya estoy oficialmente de vacaciones.

—Qué bien.

—Y tengo noticias —dijo, con los ojos brillando de emoción—. Ya tengo algunos amigos en mente para presentarle a Daniel y a Christine. Chicos de la universidad, apuestos. Una amigo para Daniel y también una amiga para Christine.

—¿En serio? —me sorprendió que se hubiera tomado el tiempo de pensar en ellos.

—En serio. Y además... —hizo una pausa dramática—, iremos mis amigos de la universidad y yo al parque de diversiones. Todos llevarán a sus novias. Así que me gustaría que vinieras conmigo. Sería en dos semanas. Debes pedirle permiso a tu mamá... si quieres, yo le pido permiso por ti.

—Le pediré permiso —dije con emoción.

Me encantaba ir al parque de diversiones. Cuando mamá y papá vivían juntos, papá y yo íbamos al menos una vez al año. Aunque ya hacía más de cinco años de eso. Recordaba que amaba subirme a las montañas rusas y a los juegos rápidos. Sentir el viento en la cara, la adrenalina corriendo por mis venas, el vértigo de caer en picada... era de las pocas cosas que echaba de menos de mi infancia.

Ahora iría de nuevo. Pero no como Greg, el niño que corría de un juego a otro con los pantalones manchados de pasto. Iría como Pamela, con un atuendo femenino, con maquillaje y sujetador. Y la idea no me aterraba como antes. Al contrario, me parecía emocionante.

—Espero que te dé permiso —dijo Kevin, interrumpiendo mis pensamientos—. Iríamos juntos en el carro de mi mamá, y yo te regresaría a casa, sano y salvo, en la noche. Greg.

Dijo mi nombre con una dulzura que me hizo derretir. Luego se inclinó y me dio otro beso. Suave, cálido, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

La curiosidad me ganó. Tenía que saber.

—Kevin... —empecé, con voz temblorosa—. ¿Qué somos... tú y yo?

Él me miró a los ojos sin dudar un segundo.

—Somos dos enamorados —dijo, con una seguridad que me dejó sin aliento.

Luego agregó, con una sonrisa pícara:

—Espero que pronto seamos novios. Pero te lo tengo que pedir de una forma especial.

No supe qué responder. Solo pude sonreír. Sentí que el corazón se me salía del pecho.

Cuando salimos de la bodega y volví a mi puesto, no pude evitar reflexionar sobre todo lo que había cambiado. Hacía poco más de un año, yo era un chico que odiaba todo lo femenino. Ahora, estaba emocionado porque un chico me había regalado flores, me había besado y me había dicho que éramos dos enamorados. Y lo mejor, o lo peor, de todo: no me importaba. Me gustaba.

Me gustaba que Kevin me viera como su novia. Me gustaba que me llamara "Pamela" delante de los demás. Me gustaba sentir sus manos en mi cintura.  Me gustaba pensar en que, en dos semanas, iríamos juntos al parque de diversiones, que me subiría a las montañas rusas, y que él estaría a mi lado, riéndose conmigo.

Me gustaba mi nueva vida.

Y aunque a veces todavía me costaba aceptarlo, aunque a veces el eco de Greg susurraba en mi cabeza que todo esto estaba mal... no podía negar que era feliz.

Al final de la jornada, mientras recogía mis cosas y me preparaba para volver a casa, miré las flores en el florero. Eran amarillas, como mi vestido. Como el sol.

—¿Te gustaron? —preguntó Kevin desde la puerta.

—Me encantaron —respondí.

Y era verdad. No solo las flores. Todo.

viernes, 17 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 57)



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Capítulo 57: Confidencias

El fin de semana fui a hacer limpieza a casa de los Johnston y de la señora McCuddy, como todas las semanas, por supuesto ataviada con mi uniforme de maid. Luego, el domingo visitamos a los Johnston como todas las semanas. Pude ver a Kevin, pero solo fueron unos minutos, me saludó con un beso apasionado en los labios. Platicó un poco con todas y luego se disculpó y se fue a su habitación a seguir estudiando. Fue un momento breve, pero suficiente para que su beso me durara todo el día.

La semana siguiente se pareció mucho a la anterior. Cada día me sentía más cómodo usando vestidos en público, en la farmacia, acompañado por Rita. Ella me daba todo tipo de consejos femeninos: para los cólicos, para los chicos, sobre la ropa. Sentía que ella me veía por completo como una chica. Me acostumbraba tanto al trabajo que ya podía platicar mientras ordenaba los estantes, e incluso las claves de la registradora ya las conocía de memoria.

Un día, mientras limpiábamos el mostrador, Rita me dijo:

—Si te incomodan las miradas de los chicos, sonríeles y diles "hola, ¿te puedo ayudar en algo?".

Como no había muchas cosas que hacer, apliqué su estrategia. Y funcionaba. La mayoría no sabían qué contestar, balbuceaban algo y se volvían mucho más discretos para mirarme. Rita sonreía cuando me veía aplicar su consejo.

—Sé que no llevas mucho siendo mujer —me dijo—. Tengo mucho que enseñarte, Pam.

Me sonrojé. Pero no me molestó. Al contrario, me gustaba que ella me viera así.

El jueves, casi terminando mi segunda semana trabajando en la farmacia, Rita estaba más callada de lo habitual. Mientras ordenábamos los productos, noté que sus manos se movían más lentas, que su mirada se perdía en el vacío.

—¿Pasa algo? —pregunté.

Rita suspiró. Apoyó los codos en el mostrador y se quedó mirando la puerta un momento.

—Terminé con mi novio de la universidad —dijo, con voz cansada—. Lo hice por teléfono. Pero las últimas semanas que nos vimos, en el campus, discutimos mucho. Las cosas estaban mal desde hacía tiempo.

No supe qué decir. Rita siempre había sido tan alegre, tan segura de sí misma, que verla así me descolocaba.

—¿Qué pasó? —pregunté, con cuidado.

—Me di cuenta de que nunca le gusté de verdad. Solo le gustaba mi cuerpo. —Hizo una pausa, y su voz se quebró ligeramente—. Es lo malo de ser una chica linda, Pam. Muchos chicos te quieren, pero solo de forma superficial. No les interesa conectar contigo a un nivel más profundo. Solo quieren poseerte.

Sus palabras resonaron en mi interior. Pensé en cómo los chicos, e incluso el señor del bigote en el bar, a menudo solo veían mi cuerpo y querían tocarme, como si quisieran usarme. Luego pensé en Kevin. En cómo siempre había sido amable, en cómo reíamos y bromeábamos, en cómo podíamos pasar horas hablando de tonterías y pasarlo bien. Apenas comenzamos a besarnos en mi fiesta de cumpleaños, y sin embargo, él no parecía tener prisa por tocar mi cuerpo.

Me sorprendieron esos pensamientos. Hacía poco más de un año yo compraba revistas de chicas en poca ropa y soñaba con tocarlas. Y ahora me preocupaban los pensamientos de los varones respecto a mi cuerpo. Las cosas habían cambiado tanto que a veces me costaba reconocerme.

Rita me sacó de mis cavilaciones.

—Sabes —dijo, con una voz más suave—, siempre quise una hermana menor. Para hablar de estas cosas.

En mi casa yo era el hermano mayor y luego estaba Dave. Nunca fuimos cercanos. A pesar de vivir juntos y ser ambos varones, peleábamos todo el tiempo. Y cuando comencé a usar vestidos, nuestra relación solo se distanció más. Él siempre parecía dispuesto a burlarse de mí, y usar vestido y tacones no hace a un hombre particularmente amenazador.

Nunca conocí una relación fraternal tan cercana. Pero de alguna manera, Rita se sentía como una hermana mayor, y yo era su hermana pequeña. Y eso me gustaba. Aunque no me atrevía a decirlo en voz alta.

—Aquí estoy para lo que necesites —le dije.

Pude ver unas lágrimas en sus ojos, pero logró contenerlas. Respiró hondo, se secó los ojos con el dorso de la mano y forzó una sonrisa.

—Bueno —dijo, cambiando el tono por completo—. Te tengo una buena noticia.

Su rostro se iluminó. Ya no estaba la tristeza de antes, sino una chispa de emoción.

—Hoy presentó su último examen Kevin —anunció—. Y mañana estará en la farmacia con nosotras.

El corazón me dio un vuelco.

—¿En serio?

—En serio. —Rita se inclinó sobre el mostrador y me miró con complicidad—. Y no dejes que mis malas experiencias con los hombres te desanimen. Sé que Kevin y tú harán una maravillosa pareja.

Sentí que los nervios me comían. Tenía ganas de ver a Kevin, pero no habíamos hablado realmente desde la sesión de besos en mi cumpleaños. ¿Cómo sería? ¿Me pediría que fuera su novia? ¿Me invitaría a salir? ¿Qué haría yo? Como chico nunca tuve una relación, y ahora mi rol sería el de la chica de la relación. No sabía si podría hacerlo.

Rita debió ver mis emociones encontradas.

—Sé que todo esto es nuevo para ti, Pamela —dijo con una sonrisa cálida—. Solo sé tú misma.

—¿Yo misma? —repetí, dudando.

—Sí. Mi hermano sabe que debajo de ese maquillaje y ropa eres Greg, un chico, y no tiene problema con eso. Realmente quiere estar contigo. —Rita se acercó un poco más, bajando la voz—. Es un par de años mayor que tú, y le he conocido algunos novios... quizá hasta haya tenido intimidad con algunos. Pero no dejes que eso te intimide. Ninguno de sus exnovios es tan bonito ni tiene tan buen corazón como tú. Son afortunados de tenerse el uno al otro. Solo déjense llevar.

Hubo un silencio. No supe cómo llenarlo. Pero Rita no había terminado.

—Además —añadió, con una sonrisa pícara—, el hecho de que él ya tenga experiencia puede ser algo bueno. Ya sabe cómo cuidar a un chico en la intimidad. Ya sabes, los chicos no lubrican solos como las chicas. Pero seguro que cuando lleguen a eso, él sabrá guiarte...

No podía creer que Rita hablara sobre mí teniendo relaciones con Kevin. Podría jurar que me puse más rojo que nunca en la vida. El calor me subió desde el cuello hasta las orejas, y tuve que apartar la mirada.

—Rita... —alcancé a decir, con la voz temblorosa.

Ella seguía sonriendo, sin inmutarse.

—Solo pensar en ustedes dos juntos me hace olvidar mis problemas —dijo—. Hacen tan bonita pareja.

Finalmente logré sonreír. Quizá, si era la novia de Kevin, significaba que él en algún momento estaría dentro de mí. Esa idea no me desagradaba. Tenía miedo, sí, pero también curiosidad y excitación al pensar en ello.

—Gracias, Rita —dije en voz baja.

—Para eso están las hermanas mayores —respondió, guiñándome un ojo.

Y por un momento, todo el miedo que sentía se disipó un poco. Mañana vería a Kevin. Y pase lo que pase, al menos sabía que tenía a Rita de mi lado.

jueves, 16 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 56)


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Capítulo 56: Nueva rutina

Los días siguientes fueron más o menos iguales a mi primer día como empleada de la farmacia de los Johnston: despertar, elegir qué vestido ponerme, desayunar con mi mamá y con mi hermano, y luego partir a la farmacia. Mi turno empezaba a las nueve, pero mamá me mandaba temprano y llegaba al menos diez minutos antes. Rita llegaba con las llaves del local y yo la ayudaba a abrir.

Rita me trataba como a otra de sus amigas, lo que me parecía surreal porque apenas hacía un año yo era un chico que odiaba todo lo femenino, y ahora empezaba a encontrarle el gusto. Las mañanas se me pasaban volando entre su conversación.

—¿Te has fijado en ese chico que viene siempre a comprar chicles? —me dijo Rita un día, mientras ordenábamos los perfumes—. El del pelo rizado. Se llama Marcos. A veces me sonríe y se me olvida cómo se cobra.

Me reí

—¿Y por qué no le dices algo?

—¡Qué vergüenza! —exclamó, tapándose la cara con las manos—. Además, las chicas no tomamos la iniciativa. Eso es cosa de chicos.

—¿Y si él tampoco se atreve?

—Entonces nos quedamos los dos mirándonos como tontos hasta el fin del mundo —dijo Rita con una carcajada—. Pero es bonito ilusionarse, ¿no crees, Pam?

Asentí. Sabía de qué hablaba.

Otro día, mientras limpiábamos el mostrador, Rita bajó la voz y se acercó a mí como si fuera a contarme un secreto de estado.

—Te voy a confesar algo, pero no se lo digas a nadie.

—Lo juro —dije, curioso.

—El sábado pasado, como a las 7 de la noche, llegó un chico súper guapo. No era de aquí, seguro estaba de paso. Me pidió una crema para la piel y me hizo tantas preguntas que estuve media hora explicándole tonterías. Al final me pidió mi número.

—¿Y se lo diste?

Rita sonrió con suficiencia.

—Claro que no. Pero me dijo que volvería en una semana. Y voy a estar guapísima el día que venga.

Me reí con ella. Me gustaba que me contara esas cosas. Me hacía sentir como una amiga de verdad, no como un niño raro al que le gustaban los vestidos.

El miércoles, mientras reponía una estantería de vitaminas, escuché la campanilla de la puerta. Me giré para atender y me quedé paralizado un instante.

Era Gary Lowe.

Lo conocía de la clase de literatura, hacía unos meses. Era un chico tranquilo, de los que no llamaban la atención, aunque en ese momento, viéndolo bien, no estaba nada mal. Llevaba una camiseta gris y jeans, y su pelo castaño le caía desordenado sobre la frente.

—Hola —dijo con una sonrisa—. ¿Me das una caja de aspirinas, por favor?

—Claro —respondí, yendo al estante de medicamentos.

Cuando volví con las aspirinas, Gary me miró fijamente. Por un momento pensé que me había reconocido como Greg, pero luego su sonrisa cambió. Era una sonrisa de reconocimiento, sí, pero no del chico que compartía su clase de literatura. Reconoció a la chica que había conocido en aquel banco del parque.

—Tú eres... Pamela, ¿verdad? —preguntó—. La chica que estaba practicando besos...

Sentí que las mejillas se me encendían. Asentí, sin saber muy bien qué decir.

—Sí, soy yo.

Gary apoyó un codo en el mostrador y me miró con curiosidad.

—Oye, y... ¿te sirvió? Digo, la práctica. ¿Pudiste besar bien a tu novio?

Mi mente voló hacia Kevin. Hacia aquel primer beso en mi fiesta de cumpleaños, frente a todos, sin importarme nada. Hacia la forma en que me había abrazado, la forma en que sus labios habían presionado los míos como si me conociera de siempre.

—Sí —respondí, y esta vez la sonrisa me salió de verdad—. Me sirvió mucho.

Gary asintió, interesado.

—¿Y cómo es él? Tu novio, digo.

No pensé. Las palabras salieron solas, como si llevara años hablando de Kevin.

—Es unos años mayor que yo. Juega al fútbol, bueno, jugaba en la preparatoria. Tiene el cuerpo de un atleta, fuerte y musculoso. Es rubio, con los ojos azules casi violetas. Y su sonrisa... su sonrisa es lo mejor que tiene. Cuando me mira, siento que soy la única persona en el mundo.

Me di cuenta de que estaba parloteando como una enamorada. Y lo peor es que no me importó.

Gary me escuchaba con atención, y cuando terminé, silbó bajito.

—Vaya. Parece que te tocó un buen partido.

—Sí —dije, aún sonrojada—. Creo que sí.

Gary pagó sus aspirinas y guardó el cambio en el bolsillo. Antes de irse, se detuvo en la puerta y me lanzó una última mirada, con una sonrisa que no era del todo inocente.

—Oye, Pamela —dijo—. Si alguna vez necesitas volver a practicar besos... ya sabes dónde encontrarme.

Y se fue, dejándome con las mejillas ardiendo y un nudo raro en el estómago.

Dos días después, Gary volvió. Dijo que venía a comprar golosinas, pero yo no era tonto. En los pocos días que llevaba trabajando allí, ya había notado un patrón: los chicos volvían. A veces por cosas sin importancia, a veces por nada. Y yo había empezado a preguntarme por qué.

Al principio pensé que era por Rita, pero ahora consideraba que también volvían para verme a mí. Tienen que entender que Rita era hermosa. Tenía el pelo largo y brillante, una sonrisa que iluminaba la habitación, y un cuerpo que cualquier chico desearía. Hacía apenas un año, yo mismo había estado enamorado de ella. Me gustaba. Me gustaba mucho. Soñaba con besarla, con tomarla de la mano, con que fuera mi novia. ¿Por qué los chicos vendrían a ver a un chico con vestido y maquillaje cuando ella también estaba en el mismo lugar? Y sin embargo me sorprendió descubrir que, al parecer, yo tenía tantos admiradores como Rita.

A veces mis pensamientos volvían a mis antiguos sentimientos por ella. Cómo la veía entonces, con ilusión y deseo. Ahora, en cambio, la veía y sentía otra cosa. La quería, sí, pero como se quiere a una amiga. Una hermana mayor, tal vez. Ya no había esa chispa, esa incomodidad en el pecho cuando se acercaba demasiado. Solo cariño. Solo confianza.

Y me sorprendió darme cuenta de que pensaba en mí mismo en femenino la mayor parte del tiempo. "Estoy sonrojada", pensaba. "Me siento bonita". "Ojalá Kevin me viera ahora". Ya no tenía que hacer el esfuerzo de recordar que debía hablar como chica delante de los demás. Me salía natural.

La sensación del tampón en mi trasero también ayudaba. O estorbaba, según se mirara. Era un recordatorio constante de que mi cuerpo ya no era solo mío. Mamá me había enseñado a ponérmelo "por si acaso", y aunque al principio me pareció una locura, ahora ya ni lo notaba. Bueno, lo notaba, pero me había acostumbrado. Era parte de mi día a día, como ponerme la faja o maquillarme.

En esos momentos, de pie frente al espejo del baño de la farmacia, no podía evitar mirarme y preguntarme: ¿quién soy?

El reflejo que me devolvía el espejo era el de una chica con un vestido azul claro, maquillaje discreto y una diadema que sujetaba mi pelo corto. La chica del espejo tenía los labios ligeramente pintados de rosa, los ojos delineados con suavidad, y una expresión en el rostro que ya no era de miedo. Era de aceptación, quizás. De cansancio. O de rendición.

Definitivamente, no era el reflejo de un chico.

Y sin embargo, allí abajo, escondido bajo la faja y las bragas, seguía teniendo lo que siempre había tenido. Aunque cada vez me costaba más imaginármelo. Aunque cada vez pensaba menos en él.

También me di cuenta de que había hablado de Kevin como si fuera mi novio delante de Gary Lowe. Lo había llamado "mi novio". Y no me había corregido. No había dicho "bueno, aún no somos novios" ni "es solo un amigo". Había asumido que lo era, y se sintió bien.

No podía detenerme mucho en esos pensamientos, porque siempre llegaba otro cliente, o Rita volvía a hablarme de alguno de sus temas. Pero en los ratos libres, mientras limpiaba los estantes o reponía productos, mi mente se iba hacia Kevin.

En una semana viví tantas cosas. Todos me trataban como a una chica. Las señoras me llamaban "señorita" o "niña". Las chicas me pedían consejos sobre maquillaje o higiene femenina. Y los chicos me llamaban "amiga" o "linda" y siempre me miraban las piernas. Al principio me incomodaba, pero con el paso de los días empecé a sentirlo casi normal. Como si fuera una chica más.

En las noches, apenas tocaba la cama, me dormía. Los días eran largos, porque al volver a casa tenía que ayudar a mi mamá con la limpieza y la comida. Pero siempre, justo antes de quedarme dormido, le dedicaba unos pensamientos a Kevin.

Me sorprendía a mí mismo recordando cómo antes fantaseaba con Kathy, o con Rita, o con cualquier chica guapa que viera en la televisión. Esos pensamientos eran cosa del pasado. Ahora, todo mi tiempo libre, todos mis sueños, eran para él.

Rita me había dicho que podía ir a saludarlo. Kevin estaba estudiando en casa para sus exámenes extraordinarios, y su madre no habría tenido problema en que pasara un rato con él. Pero yo no quería interrumpirlo. No quería que pensara que era una chica empalagosa que no lo dejaba concentrarse. Podía esperar unos días. Solo unos días más.

Dos semanas, en realidad. Pero estaba contando cada día, cada hora y cada minuto.

miércoles, 15 de julio de 2026

Disciplina del lapiz labial (Parte 55)


Este relato es parte de una serie, para ver todos los capítulo haz clic en:

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Capítulo 55: Quinceañera

La noche de mi cumpleaños tuve sueños húmedos. En ellos yo estaba vestido como Pamela, con el cabello largo, tomado de la mano de Kevin. Platicábamos sobre tonterías cuando de pronto comenzaba a besarme. Yo lo dejaba, ya no me escandalizaba besar a otro chico. Luego metía la mano bajo mi falda y comenzaba a frotar mi entrepierna, y yo lo dejaba de nuevo... era como si no tuviera que pedirme permiso, como si yo fuera suya. El sueño fue tan intenso que terminé despertando... excitado. Unos rayos de sol atravesaban el marco de mis ventanas, filtrándose por las cortinas. Mis pensamientos volvieron al presente. Me quité las bragas húmedas y decidí comenzar mi día.

Si llevan tiempo leyéndome, sabrán que mi cumpleaños está al inicio de las vacaciones de verano. Lo que significaba que durante dos meses no volvería a ver nada de Greg. Dos meses viviendo como Pamela a tiempo completo. Hace un año se sentía como la peor de las condenas, pero ahora no parecía tan malo. Solo me preocupaban las cosas que mamá podría estar planeando para mí.

Me apresuré a vestirme. Me puse la faja y el sujetador habituales y un vestido de verano amarillo para el calor. Me puse un maquillaje discreto y me arrepentí de haberme cortado demasiado el cabello. A pesar del cabello corto, no parecía un niño, sino una niña que había experimentado con su pelo. Me veía linda.

Bajé a desayunar. Mamá estaba de buen humor. Dave no sonrió con burla al verme, por primera vez desde que empecé a usar vestidos. Me saludó con voz suave:

—Buenos días, Pamela.

Le contesté con una sonrisa.

—Buenos días, hermanito.

Estaba dispuesto a ser la mejor "hija" para no meterme en problemas.

Desayunamos pan tostado con mermelada y un café. Hablamos sobre lo linda que fue mi fiesta de cumpleaños, de lo linda que me veía, y mi mamá aprovechó para hacer un millón de comentarios sobre lo bien que nos veíamos Kevin y yo juntos.

—Siempre supe que terminarías besándote con un chico guapo, Pamela. No te das crédito, pero estás hecha una muñequita.

Puedo jurar que me puse de mil colores de rojo. Pero por mucho que odiara ese tipo de comentarios, comenzaba a acostumbrarme a ellos. Y peor: pensaba que tenía razón. Me sentía bien en los brazos de Kevin. Mi cumpleaños había sido un éxito y me sentía muy feliz por primera vez desde que empecé a usar vestidos. No perdí mucho tiempo con esos pensamientos. Quería saber qué había planeado mi madre para mí ese verano, así que me aventuré con una pregunta:

—¿Estas vacaciones trabajaré con la señora McCuddy y con los Johnston como su sirvienta?

Mi mamá me miró de reojo y comió otro bocado antes de contestar.

—No, niña, solo les ayudarás los fines de semana en las mañanas, como ahora... pero sí te conseguí un empleo.

Temí lo peor. Mamá era una maestra en el arte de humillarme. Pensé que me haría volverme bailarina erótica o algo peor... pero mi imaginación estaba lejos de la realidad.

—Ayudarás a los Johnston, pero en la farmacia. Renunciaron dos de sus empleados y necesitan apoyo. Además, así podrás convivir más con Rita... —hizo una pausa dramática y luego agregó—: y con Kevin.

Mi mente voló. Parecía una fantasía no tener que trabajar como mucama todas las vacaciones. Pero era obvio que mamá había planeado esto para que yo pasara más tiempo con Kevin. Estaba decidida a acabar con Greg y que solo quedara Pamela. Y yo, honestamente, ya no tenía más fuerzas para luchar contra ella.

Esa misma tarde comencé mi trabajo con los Johnston. Iba con el mismo vestido amarillo que había decidido ponerme en la mañana. Rita me saludó con una sonrisa enorme.

—¡Hola, Pamela! ¡Al fin podremos convivir nosotras dos como es debido! Seremos las mejores amigas, ya lo verás.

Me llevó al mostrador y comenzó a explicarme lo básico. La farmacia no era muy grande, pero tenía de todo: medicamentos, cosméticos, productos de higiene y una pequeña sección de perfumes. Rita me mostró dónde estaban las cosas, cómo usar la caja registradora y cómo atender a los clientes.

—No es nada del otro mundo —dijo—. Lo más difícil es aprender los precios, pero eso viene con la práctica.

Pasé la mayor parte de la tarde organizando estantes. Rita me enseñó a colocar los productos por orden alfabético y a revisar las fechas de caducidad. Era un trabajo aburrido, repetitivo, pero no era pesado. Y lo mejor de todo: nadie se reía de mí. Los clientes que entraban me veían como a una chica linda, tan guapa como Rita, una empleada joven con un vestido amarillo y el pelo corto. Algunos me pedían indicaciones, la mayoría de los hombres posaban sus ojos en mi pecho o en mis piernas, algunos intentaban ser discretos y otros me miraban sin pudor, pero al final solo pagaban y se iban.

—¿Ves? No es tan malo —dijo Rita en un momento, mientras limpiábamos los estantes juntas.

—No —admití—. Es... aburrido, pero no malo.

Rita se rió.

—Bienvenida al mundo laboral, Pam.

Me gustó que me llamara así. Sonaba más íntimo, más amistoso.

En un momento, mientras ordenaba una fila de champús, Rita se acercó con una sonrisa pícara.

—Oye, ¿y qué pasó entre tú y Kevin anoche? ¿Ya son novios?

Sentí que las mejillas se me encendían.

—No lo sé —dije con sinceridad—. Nos besamos, pero no hablamos sobre ser novios ni nada.

—¡No lo puedo creer! —Rita soltó una carcajada—. Estabas muy ocupada besándote con él en el sofá delante de todos. Hablando de eso... ¿cómo fue? ¿Fue tu primer beso con él?

—Sí. Fue nuestro primer beso.

—¿Y cómo fue? —insistió, con los ojos brillando de curiosidad.

Me encogí de hombros, incómodo.

—Fue... bonito. Tierno.

—¡Ay, qué dulce! —exclamó Rita, llevándose las manos al pecho—. Mi hermanito y mi mejor amiga. Esto es como una novela. Excepto porque la novia también es un chico.

—No somos novios —dije rápido.

—Todavía —me corrigió ella, guiñándome un ojo.

Guardé silencio y seguí ordenando los champús. Pero por dentro, las palabras de Rita resonaban. Todavía. Como si fuera solo cuestión de tiempo. Como si fuera inevitable.

Más tarde, mientras barría el suelo del fondo de la tienda, Rita volvió a la carga.

—Kevin no habla de otra cosa, ¿sabes? Desde que te conoció, no para de decir lo bonito que eres, lo bien que te queda la ropa, lo mucho que le gusta estar contigo.

—¿De verdad dice eso? —pregunté sin poder ocultar una sonrisa.

—Te lo juro. Mamá se ríe de él porque dice que está peor que un adolescente enamorado. Aunque en realidad apenas y ha superado la adolescencia.

Me sonrojé aún más. Rita notó mi reacción y soltó otra risita.

—No te preocupes, Pam. Es bueno que le gustes. Te lo mereces. Eres buena persona, aunque a veces te cueste verte a ti misma como te ven los demás.

No supe qué responder. Seguí barriendo en silencio, pero sus palabras se quedaron conmigo el resto de la tarde.

Cuando finalmente terminó mi turno, Rita me dio un abrazo de despedida.

—¿Ves? No fue tan aburrido —dijo.

—Supongo que no —respondí.

—Mañana te enseño a usar la máquina de recibos. Kevin está presentando exámenes extraordinarios y no vendrá hasta dentro de dos semanas. Pero bueno, cuando eso pase me iré a la playa con unas amigas y lo tendrás todo para ti, aquí en la farmacia.

La idea me emocionó. Podría estar todas las tardes con Kevin. En dos semanas...

Salí de la farmacia con una sonrisa en la cara. El sol del atardecer me daba de lleno y sentía el calor en la piel. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de lo que vendría.

lunes, 13 de julio de 2026

Aceptando mi feminidad

 




Tenía 16 años cuando el gran cambio me convirtió en mujer. A pesar de todo lo que cambió en mi vida, mi mamá habló con el director de mi prepa para que me dejara usar el uniforme masculino. Y, a pesar de todo, sentía que seguía siendo yo, aunque ahora tenía senos y ya no tenía a mi amiguito «allá abajo».

Solía ir a comer a casa de mi tía porque mi madre trabajaba hasta noche desde que la ascendieron en su oficina; así que, terminando la escuela, caminaba unas cuadras e iba a casa de mi tía...

Ella tenía una hija, Janette, mi prima, que entonces estaba en la universidad. Supongo que la echaba de menos, ya que era hija única. Un día, cuando volvía del colegio a su casa, llovía a cántaros y, por supuesto, acabé empapada. Al llegar, mi tía me dijo que me quitara toda la ropa y que fuera al baño a secarme, mientras ella colgaba la mía en un tendedero que estaba sobre la chimenea.

Hice lo que me dijo y volví al salón con una toalla alrededor del pecho. Me dijo que me pusiera la ropa que estaba sobre el respaldo de una silla. Me giré para mirarla y vi que era un vestido amarillo y unas bragas blancas colgaban sobre la silla; ropa de Janette, sin duda. Protesté, pero ella me dijo: «Que no podía estar desnuda por la casa, que esa ropa estaba seca y me iba a quedar bien. Que me la pusiera lo más rápido posible para no resfriarme». Mi tía era una mujer estricta, y cuando te decía que hicieras algo, lo hacías.

Reconocí que la ropa de Janette me quedaba bien. Intenté no pensar más en ello y me senté a comer con esa ropa. Terminé de comer y me quedé sentada hasta que se secó la ropa; luego me puse la mía de vuelta. No le di más importancia y no me sentí avergonzada.

Pasó una semana, y un día, cuando llegué a su casa antes de comer, me dijo que me quitara la ropa y me pusiera la que me había dejado en la cama de la habitación de invitados. Le pregunté por qué, ya que mi ropa no estaba mojada, pero ella insistió y no me atreví a hacer nada más. En el fondo, extrañaba usar esa ropa tan sensual que las mujeres usan.

Esta vez había un vestido de estilo femenino, rosa, con falda con vuelo y dobladillo arriba de las rodillas, unos tacones con poca altura a juego y unas bragas de nailon color lavanda. Tuve problemas para vestirme, pero mi tía me ayudó a ponerme el conjunto.

Me preguntó si quería quedarme vestida así durante la tarde, y le dije que sí. No supe por qué lo acepté; en mi casa nunca acepté usar una falda ni un vestido.

Me hizo hacer los deberes con la ropa de chica puesta. Empecé a disfrutar usando esas prendas y me encantaba la sensación de la falda rozando mis medias. Las bragas de nailon eran muy cómodas. Cuando llegó la hora de ir a casa, me ayudó a cambiarme y me preguntó si quería bajar a la mañana siguiente. Era sábado, así que dije que sí. No sabía que me haría ponerme la ropa de Janette otra vez; pensé que solo necesitaba ayuda en casa, ya que era viuda.

Al día siguiente, cuando llegué, me preguntó si quería ponerme ropa de trabajo, a lo que respondí que sí. Ahora me dio un vestido negro con falda de globo y, por primera vez, unas medias con liguero. Completó el conjunto con un delantal blanco. Me veía como una maid. No podía creer lo bonita que me veía. Mi tía me propuso maquillarme y acepté.

Para entonces, ella ya sabía que me gustaba usar esa ropa bonita, y toda la mañana la ayudé a limpiar la casa y a prepararle el té. Volví a ayudarle todos los sábados durante aproximadamente un año, siempre usando mi ropa de doncella. Fue una de las mejores etapas de mi vida, y la primera vez que acepté mi feminidad interior.






sábado, 11 de julio de 2026

Lo más díficil





Lo más difícil de haberme transformado en mujer es mirar a mis padres a los ojos. Ellos criaron a un hombre, el único hijo varón de la familia, y de pronto se encontraron con otra mujer en la casa. No ha sido fácil para nadie.

Ahora me maquillo, me pinto las uñas, uso toallas femeninas y, aunque me cueste admitirlo, me encanta que me traten como mujer.

Mi mamá lo llevó mejor que nadie. Dice que después de dos hijas, le es más fácil tener que educar a una tercera mujer. Mi papá… bueno, él aún pone cara de no entender nada cada vez que entro a la cocina con una falda. Y ni quiero pensar lo que pasaría si se enterara de que llevo meses saliendo con un hombre.

Porque sí, tengo novio. Y a él le fascina que use faldas en nuestras citas. Dice que mis piernas son muy lindas para esconderlas, que sería un pecado taparlas. La primera vez que me levantó la falda en plena cita y apartó la tanguita con dos dedos, sentí una humillación que me quemaba las mejillas. Pero ahora… ahora lo espero. Lo necesito.

Me encanta sentirme dominada. Me encanta cómo me agarra, cómo me susurra al oído que soy suya mientras me empuja contra la pared. Y cuando por fin me levanta la falda y me toma así, sin quitarme nada, solo corriendo la tela… ahí entiendo por qué cambié. Para sentir esto. Para ser exactamente esto.

martes, 7 de julio de 2026

TOP 11: SEGUNDO TRIMESTRE DEL 2026


 


Hola!

Les traigo el TOP 11 de las captions más vistas de estos últimos meses.  

Sé que las publicaciones se me han ido espaciando (otra vez cada dos días… perdón), pero los relatos —cuando salen— siguen siendo diarios para que no se pierdan el ritmo.

Bueno, sin más vueltas, acá va el top 11 + algunos bonus.  

¡Disfruten!


Lugar 1. Muy a mi pesar
 con 536 vistas

La caption más vista de los meses abril-junio. Creo que las fotos que incluí son parte del éxito de esta caption que es de mis favoritas.



Lugar 2. Entrega Total con 512 visitas

Una caption, parte de una serie, que se está volviendo muy popular...


Lugar 3. Opciones con 504 vistas

Otra serie que ha tenido buenos números este año...


Lugar 4. Momento de Relajación con 481 views

Esta serie de captions logró colar varias de sus partes en este top, no es la la última vez que vemos a Brenda por aquí.


Lugar 5. Los hombres y las mujeres pensamos diferente con 474 visitas


Lugar 6. Momento de indecisión con 472 visitas

Brenda aparece por tercera vez en el top 12, sin duda su historia es una de las favoritas de este año.


Lugar 7. Otra de sus hijas con 471 vistas


Después en la captura viene La Desición, que no es una caption sino la primera parte de un relato, la publiqué apenas el 11 de junio y fue de las entradas más vistas en el trimestre, es una historia que al parecer gustó mucho y puedes leer completa aquí: ÍNDICE. CASTIGO POR REBELDE


Lugar 8. Mi esposo. Mi maid con 458 vistas


Lugar 9.  Ya no soy un chico problemático con 453 vistas


Lugar 10. La bruja con 452 vistas


Después de esa caption viene otra parte de la historia de Aline en la historia que titulé "Castigo por Rebelde" a la cuál ya le dediqué algunas palabras más arriba. Y debajo de esta entrada viene una entrada que sólo hice para publicitar mi otro blog el cuál les recomiendo visitar: aquí. Ahora mismo debe estarse publicando el TOP de los primeros seis meses de vida de ese otro blog.



Lugar 11. Las apuestas.

Es una caption republicada, pues formó parte del top del primer trimestre. El inicio de la historia de Brenda en este segundo periodo consiguió 432 visitas adicionales y ya tiene más de 1000 visitas en total, una de las captions más vistas de este año. La verdad es que hay algunas captions más de su historia programadas aunque puede que el final de su vida como mujer se revele hasta el próximo año porque decidí mejor volver su historia un relato.

domingo, 5 de julio de 2026

Muy a mi pesar


El mundo se encogió en los confines de cuatro paredes que no reconocí. "Vale", pensé, "esta no es mi casa".

Mi mirada, buscando un ancla, se posó en un montón de ropa sobre una silla. Una blusa de seda, unos jeans ajustados. La extendí con desconfianza. "Esta ropa no es mía". La afirmación, simple y devastadora, fue el prólogo de una verdad más profunda.

Entonces, me miré.

Fue en el espejo del armario donde la pesadilla tomó forma. Una extraña me devolvía la mirada. El reflejo era... suave. Curvo. Ajeno. Una rebelión de curvas donde antes había ángulos rectos. Mis manos, moviéndose por voluntad propia pero guiadas por un pánico insondable, se alzaron para tocar lo que mis ojos se negaban a aceptar.

"Ni siquiera mi cuerpo es mío".

El descubrimiento fue una ceremonia lenta y tortuosa. Mis palmas se deslizaron por el costado de mis caderas, ahora generosas y extrañamente pesadas, un balanceo que no pertenecía a mi andar. Subieron, encontrando la cintura, un remanso de suavidad antes del siguiente trauma. Y entonces, topé con el peso firme y ajeno de mis pechos. Un suspiro atrapado se convirtió en un jadeo. Eran reales. Sólidos. Una presencia imposible en el torso que durante veinte años había sido plano. 

Mi mente, nadando en un mar de negación, buscó desesperadamente un punto de referencia, el ancla física de mi antigua identidad. Bajé la vista, hacia el triángulo de la entrepierna. Nada. Una suave llanura donde antes colgaba el familiar peso de mi propio ser. "Extraño tener mi pene entre mis piernas", pensé, y la frase sonó tan obscena y trágica como el vacío que sentía.

Fue entonces cuando el pánico tomó el control de mis dedos. No fue deseo, sino una necesidad desesperada de verificación, de encontrar una grieta en esta realidad imposible. Comencé a explorar, con una torpeza infantil, esa nueva geografía íntima. La textura era suave, el tejido sensible y extraño bajo mi tacto. Y para mi horror, una respuesta comenzó a brotar desde las profundidades de este cuerpo traicionero. Un calor húmedo, un latido que no era mío, pero que resonaba en cada nervio. Era una excitación prestada que me avergonzaba y, de manera inevitable, me envolvía.

Subí la intensidad de mi exploración, mis dedos presionando con más fuerza, como si pudieran atravesar la carne y encontrar mi antiguo yo escondido debajo. Mi respiración se volvió entrecortada, un ritmo jadeante que llenó la habitación. Estaba hecha un desastre, súper caliente, prendida por el fuego de este nuevo cuerpo. 

Fue en ese clímax de confusión y placer ajeno cuando los pasos resonaron en el pasillo. Pesados, seguros. Lo sabía. Era mi esposo. Mi corazón, se aceleró. La puerta se abrió unos segundos después, y él se detuvo en el marco, sus ojos recorriendo mi estado: el cabello revuelto, la piel enrojecida, la postura culpable.

Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. "Parece que tienes muchas ganas", dijo, su voz un ronroneo que me heló y, para mi terror, hizo que un nuevo escalofrío de aquel calor recorriera mi espina dorsal.

"Qué bien", continuó, mientras sus manos se movían hacia su cinturón, "porque yo también llegué con ganas".

El ruido de la cremallera fue el sonido de mi sentencia. Al verlo liberar su miembro, enorme y erecto, una parte de mí, la parte racional que aún gritaba en el interior de este cascarón, comprendió con fría claridad. El estúpido genio, en su literalidad perversa, sí había cumplido su palabra. Mi deseo de tener sexo tan a menudo como fuera posible se materializaba ante mí, no como hombre, sino como mujer. Y por la forma en que este cuerpo respondía, ardiendo con una necesidad ajena, parecía que el deseo estaba a punto de cumplirse, muy a mi pesar.




sábado, 4 de julio de 2026

Entrega total


Abrí la puerta. El body que llevaba era tan escaso que era una ofensa llevarlo puesto. Pero había decidido pagar mi apuesta.

Iván me miró sorprendido.

"Veo que decidiste comportarte como hombre y pagar tu apuesta", dijo con una sonrisa de victoria. Con esa tanga entre mis nalgas, no me sentía para nada como un hombre. La humillación me hacía sonrojarme como loca. Tres meses atrás había sido un hombre y ahora estaba usando un body escaso, en mi cuerpo femenino, mientras mi mejor amigo me observaba.

Lo dejé entrar y en cuanto me di la vuelta, me dio una nalgada que me hizo soltar un gemido femenino. "No hagas eso", le dije indignada.

"Lo siento, bro, tus nalgas se ven hermosas en esa tanga que llevas", dijo con una sonrisa.

Intentamos jugar Street Fighter, pero él me miraba de una forma que no me dejaba concentrarme en el juego. Lo dejamos después de un rato...

Estábamos platicando cuando, de pronto, me cargó como si yo no pesara nada y me sentó en sus piernas. Vestida así, sentada en sus piernas, me sentí tan indefensa que supe que estaba a su merced. Me dio un beso en los labios que no pude rechazar.

Cuando me di cuenta, sus manos recorrían mi cuerpo. Mi entrepierna se sintió tan mojada que dejé de respirar bien.

"Si quieres que te haga mía, solo pídelo", dijo.

Dios, no quería solo tomarme. Quería humillarme y someterme completamente. Yo ardía de deseo y le dije:

"Hazme tuya".

Me puso en cuatro sobre el sofa, hizo a un lado mi tanga y comenzó a embestirme. Pude sentir que mi masculinidad desaparecía por completo mientras me tomaba. Sentí tanto placer que comencé a gemir más fuerte con cada embestida. Gemía como una mujer, no, estaba gimiendo como una puta.

Me entregué al placer y nada más importó.


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Esta Caption pertenece a una serie:

Parte 1: Las Apuestas




Parte 6: Momento de Indesición (Sale Mañana)


jueves, 2 de julio de 2026

Opciones



Cuando era hombre, jamás logré una cita con una mujer. Decidí tomar la píldora rosa para convertirme en mujer y poder dar mi primer beso antes de cumplir 20 años. No importaba si tenía que besar a un hombre. Estaba tan solo y desesperado que era mejor eso que nada…

Aún con mi cuerpo femenino, no tuve éxito de inmediato. Entonces, mi hermana me dijo: “Si quieres que te volteen a ver, debes ser más atrevida”. Por su consejo, comencé a usar vestidos en público. Al principio me sentía incómoda con tanta piel expuesta, con la brisa recorriendo mis piernas o con la sensación de sensibilidad que provocan las medias… pero poco a poco fui ganando confianza.

Un poco después, recibí la invitación a salir de uno de mis compañeros de clase, Eduardo. Por supuesto que acepté, y tuve mi primera cita en la vida. Y mi primer beso… se sintió tan dulce y hermoso como lo imaginé.

Pensaba en ser novia de Eduardo, cuando Antonio, uno de los amigos de mi hermana, me hizo llegar un mensaje en un papelito: ¡era una invitación a salir! Luego, en mis clases de inglés, llegó una tercera invitación a salir; esta vez de Alejandro, un chico de mi clase que se la pasaba viendo mis piernas. Como chico, nadie se había fijado nunca en mí, y ahora, como chica, por fin tenía opciones…





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Esta caption pertenece a una serie, indicaré a cuál de las dos protagonistas pertenece cada parte, por si te interesa saber el punto de vista de alguna:

Parte 2: (Romina): Un nuevo problema 

Parte 3 (Samantha): Lo mejor para mí

Parte 4 (Romina): Nunca me sentí del todo feliz 

Parte 5: Opciones (Actual)



lunes, 29 de junio de 2026

A la cuenta de tres


A la cuenta de 3, despertarás y me verás: el hombre más guapo del mundo.

Cuando me veas, sentirás un deseo irresistible de abrirte de piernas para que tome tu virginidad y te llene con mi semilla.

Cuando sientas mi semilla en ti, todos los pensamientos sobre la vida de tu hombre y su universidad se desvanecerán de tu mente para siempre. Este hechizo transformó tu cuerpo de hombre a mujer y ahora se apodera de tu mente. Solo desearás casarte conmigo, usar faldas, vestidos y medias para mí por el resto de tu vida, querrás cumplir con tus deberes de esposa cada noche, tomando mi semilla en lo más profundo de ti cada noche. Dar a luz a tres hijos. Tu único deseo es ser la esposa perfecta para mí.

Bien, querida 1... 2... 3... ¡bájate las medias y prepárate para recibir mi polla!

viernes, 26 de junio de 2026

INDÍCE: Castigo por Rebelde

 



Álvaro es un chico problemático de 17 años. Después de romperle la nariz a uno de sus compañeros, está a un paso de un correccional, o incluso de la prisión; sin embargo, le ofrecen otra alternativa: consumir una pastilla rosa que lo transformará en mujer durante seis meses, con la esperanza de que esa experiencia module su carácter y lo convierta en una mejor persona.

Álvaro, ahora transformado en Aline, pronto descubrirá que su nuevo cuerpo femenino no es tan propenso a la violencia ni a la ira. Con el paso del tiempo, hará amigas, se adentrará en el mundo femenino... y tal vez también conozca el amor en su faceta femenina, en esta historia de 15 partes.



Capítulo 1: La Decisión

Capítulo 2: El Espejo y La Ropa

Capítulo 3: Tardes de Práctica

Capítulo 4: Primer Día

Capítulo 5: Cuerpo Ajeno Rutina Nueva

Capítulo 6: Manchada

Capítulo 7: Mamá Por Quince Días

Capítulo 8: En Veinte Años

Capítulo 9: La Defensa

Capítulo 10: Falda, Fiesta y Fantasmas

Capítulo 11: La Noche Rosa

Capítulo 12: La Invitación

Capítulo 13: Primeras Impresiones

Capítulo 14: Los Combates

Capítulo Final: Desiciones

ÍNDICE: EL TÓTEM


Gabriel recibe un tótem en su cumpleaños 17. Según la leyenda, si dos personas piden un deseo juntas, se cumple… pero con consecuencias inesperadas. Él convence a su mejor amigo, Romeo, de pedir tener una amiga de infancia que con el tiempo se enamore de él. A la mañana siguiente, el tiempo ha retrocedido y Romeo ahora es Julieta: una niña. Deberán revivir seis años mientras el deseo sigue su curso: están destinados a enamorarse.


PRIMER ETAPA: LOS AÑOS DE INFANCIA

Desde el día en que Romeo despierta convertido en una niña, hasta que se gradua de la primaria, incluyendo su primer beso con Gabriel.


Parte 1: El Tótem

Parte 2: Julieta, la niña

Parte 3: Cambios Visibles

Parte 4: Nuevos Lazos

Parte 5: Cumpleaños de Princesa

Parte 6: Distancia y Descubrimiento

Parte 7: Al compás de un Cambio

Parte 8: El Vals de la Memoria

Parte 9: Lo que el Cuerpo Calla

SEGUNDA ETAPA : LA ADOLESCENCIA

Comienzan los años de secundaria para Julieta, su cuerpo comienza a desarrollarse y también la manera en que ella y Gabriel se relacionan.

Parte 10: Reencuentros

Parte 11: Corrientes Cruzadas

Parte 12: Bajo Ataque

Parte 13: Tiempos de Calma

Parte 14: Marea Alta

Parte 15: Como la Marea


TERCERA ETAPA: MÁS QUE AMIGOS

Cuando Julieta y Gabriel son descubiertos, por la mamá de ella, besándose en la sala. Julieta tiene que aceptar que lo que tiene con Gabriel es más que amistad. El contacto físico de ambos irá aumentando, igual que sus emociones hasta el punto que Julieta comenzará a dudar si desea volver a ser un hombre.


Parte 16: Secretos Expuestos

Parte 17: Definiciones

Parte 18: Princesita Sexy

Parte 19: Montañas Rusas

Parte 20: Grititos y Encajes

Parte 21: Casi una Princesa

Parte 22: La limusina, la foto y la recepción

Parte 23: Una Vida Entera

Parte 24:  Bailando

Parte 25: Sueños y Realidades

Parte 26: Las Dos Certezas

Parte Final: El Momento Más Esperado












jueves, 25 de junio de 2026

Decisiones (15)



Esta caption pertenece a una serie, puedes leer la serie completa en el ÍNDICE



Capítulo 15: Decisiones

Habían pasado dos semanas desde la competencia. Dos semanas en las que Aline se había sentido plena. Ella. Mujer.

Una tarde, entre risas y susurros, le contó a Monse sobre su primera vez con Mateo. Ambas gritaron y se abrazaron como adolescentes enamoradas de una novela cursi. Monse le hizo mil preguntas, y Aline contestó cada una entre rubores y carcajadas.

También había seguido viendo a Mateo. Paseos, mensajes, besos robados en los pasillos. Habían vuelto a tener intimidad un par de veces más, y cada vez le parecía más natural, más parte de su cuerpo, de su vida. De sí misma.

Pensaba en todo eso mientras esperaba frente a la oficina del coordinador. Él le había enviado un mensaje: “Necesito hablar contigo antes de que termine el ciclo”.

Le quedaba un mes como mujer. Sabía que tarde o temprano llegaría este momento.

Cuando entró, se sorprendió al ver que no estaba solo. Junto a él, sentado con las piernas cruzadas y una libreta sobre el regazo, estaba Sergio, el profesor de Ética.

—Hola, Aline —dijo el coordinador—. Te presento a Sergio. Él fue el encargado de vigilar tu transformación.

—¿Entonces… usted siempre lo supo? —preguntó ella, desconcertada.

Sergio asintió con calma.

—Sí. Pero no tenía forma de prever todo lo que ocurriría. Te asigné con Mateo porque me pareció un buen chico, alguien que podría enseñarte otra forma de ser varón… diferente a la que conocías. Nunca imaginé que terminarían siendo pareja, pero, sinceramente, me alegra.

Aline se quedó en shock. De algún modo, toda su historia tenía testigos.

Sergio se inclinó hacia su mochila, sacó una pequeña cajita metálica y la abrió. Dentro, una nueva píldora rosa.

—Puedes seguir viviendo como mujer el resto de tu vida si lo deseas —dijo—. Si tomas una segunda dosis mientras sigues bajo los efectos de la primera, la transformación será permanente.

Aline sintió un vuelco en el estómago. Sabía que quería seguir siendo ella, pero nunca pensó que fuera posible.

Sergio volvió a guardar la cajita.

—Debes hablar con tu madre. Y decidir si se lo contarás a Mateo. Después de eso, quiero verte en mi consultorio —le extendió una tarjeta con dirección y fecha—. Haré una evaluación de tus motivos, y si considero que es lo correcto… te daré la pastilla.

Aline tomó la tarjeta con manos temblorosas.

Estaba llena de emociones, de preguntas, de certezas borrosas.

—Gracias —logró decir al fin.

—Te espero en dos semanas —respondió Sergio, con una sonrisa serena.

Aline salió de la oficina con el corazón latiendo con fuerza.

Sabía lo que tenía que hacer. Primero hablaría con su madre. Después, con Mateo



Esa misma noche, mientras cenaban juntas, Aline decidió hablar con su madre. No quería posponerlo.

—Mamá, quiero seguir con este cuerpo… con esta vida, en la escuela me dijeron que es posible seguir así —dijo mientras revolvía su sopa.

Su madre dejó la cuchara a un lado, la miró con dulzura y asintió lentamente.

—Me llamaron también a mí y me contaron de la segunda pastilla. Y en realidad, hija, cada vez me sentía más lejana de Álvaro. Por más que intentaba acercarme a él, sentirlo cerca… no lo lograba, cada vez me escuchaba menos y se alejaba de mí —dijo con voz suave—. En cambio, en ti veo a una hija, pero también a una amiga. Compartimos cosas que nunca imaginé, y aún tengo mucho que enseñarte sobre ser mujer. Si decides seguir tu vida como Aline, te apoyaré.

Aline sintió que se le aflojaban los hombros, como si llevara semanas cargando una tensión invisible.

—Mamá… hay algo más que quiero contarte —dijo tras unos segundos de silencio.

Y le contó sobre Mateo. Sobre su relación. Sobre que habían tenido intimidad.

Su madre respiró hondo, la escuchó sin interrumpirla.

—No me pone feliz lo que estás haciendo, claro —respondió con honestidad—. Pero me alegra que me lo hayas contado. Las mujeres debemos cuidarnos más que los hombres. Además de enfermedades, también debemos cuidarnos de los embarazos.

Lo dijo sin juicio, con ternura. Como una madre que sabe que su hija ya creció, pero que igual necesita orientación.

Después siguieron platicando durante horas, como lo que ahora eran: madre e hija.


Al día siguiente, Aline se encontró con Mateo en una banca del parque, justo donde solían estudiar juntos meses atrás.

—¿Todo bien? —preguntó él, tomándole la mano.

Ella asintió, pero su mirada estaba cargada de una mezcla de miedo y determinación.

—Mateo, necesito contarte algo importante.

Él frunció el ceño, serio.

—Dime.

Aline respiró hondo.

—Yo hace unos meses no era Aline... —comenzó ella pero se quedó sin voz

Mateo guardó silencio. Luego bajó la mirada y apretó los labios.

—¿Tú… eras alguien más?

—Sí —respondió ella con seguridad—. Y necesitaba que lo supieras porque puedo seguir contigo o puedo volver a ser el que era antes.

Mateo la miró. Y en su rostro había confusión pero no rechazo.

—¿El que eras antes?—respondió él —. ¿eres trans? Te he visto desnuda y nunca lo hubiera pensado.

—Supongo que sí, de cierta manera soy trans pero mi transformación fue a nivel celular, soy una mujer completa. Y puedo seguir así si termino el tratamiento... tengo una pregunta ¿Si nos hubiéramos conocido cuando era hombre querrías saberlo?

—Aline… estoy contigo por cómo eres, no por cómo naciste. Tú me enseñaste muchas cosas que no sabía de mí.  No necesito saber quién eras antes. Me hiciste sentir que podía ser un mejor hombre. Yo quiero seguir contigo también.

Aline no pudo evitar sonreír. El alivio, la gratitud y el amor la desbordaban.

—Gracias por quedarte —susurró ella.

—Gracias por elegirme —respondió él.

Y entonces se abrazaron. No como dos adolescentes confundidos. Sino como dos almas que habían encontrado, al fin, el lugar donde querían estar.


Epílogo

Cuatro años habían pasado desde que Aline tomó la segunda pastilla. Cuatro años desde que dejó atrás cualquier duda, cualquier sombra de lo que no era, para abrazar sin miedo todo lo que sí era.

Estaba en la universidad. El verano ya comenzaba a hacerse sentir y llevaba un vestido ligero, azul, que se movía como agua cuando caminaba. El sol le acariciaba la piel, su cabello brillaba bajo la luz y una brisa suave le hacía sonreír sin razón.

Antes de entrar a su última clase del día, su celular vibró. Una notificación iluminó la pantalla:

Mateo: "Recuerda que paso por ti. Iremos a mi casa. Mis papás no están."

Aline sonrió y sintió ese cosquilleo familiar en el pecho, esa mezcla de ternura y deseo que Mateo seguía despertando en ella, incluso después de tanto tiempo. No respondió el mensaje. No hacía falta. Él ya sabía que sí. 

Mientras estaba sentada en su butaca notaba como la tanga se le metía entre los glúteos. Era incomodo de usar pero valía por cómo se ponía Mateo, sin duda la tomaría con fuerza y la pondría en cuatro para embestirla con pasión. Se sonrojo al encontrarse disfrutando esos pensamientos.  Su vida como hombre parecía un borrrón difuso. Nunca fui Álvaro, siempre fui Aline solo no lo sabía. pensó con determinación. Y luego se obligó a poner atención a su clase. 

Saliendo del aula miró alrededor. Sus compañeros se agolpaban en los pasillos, riendo, corriendo, haciendo planes. Ella se detuvo un segundo antes de dejar la escuela  Cerró los ojos. Sintió el vestido sobre sus piernas, el sol en la cara, la certeza en el pecho.

Era mujer. Era joven. Era amada.

Y era feliz.