Capítulo 8 – El vals de la memoria
Desde que compramos los tacones que acompañaban mi vestido, mi mamá me hizo practicar todos los días.
—No quiero que te caigas el día de la fiesta —decía, tajante, cada vez que yo intentaba quejarme.
Así que pasé dos semanas enteras caminando por la casa en esas máquinas de tortura, tambaleándome por los pasillos como un cervatillo recién nacido. Cada paso era un recordatorio de lo frágil que era ahora mi existencia. Antes, con unos tenis o unos zapatos normales, podía correr, saltar, brincar sin pensarlo dos veces. Ahora tenía que aprender a equilibrarme sobre unos tacones ridículos solo porque mi vestido lo exigía. Porque soy una niña, recordaba, y las niñas usan tacones en las fiestas. Recordaba como en mi otra vida, ese día usé zapatos cómodos y un traje sastre, cuando viví mi graduación como un chico, como Romeo. Pero ahora era una niña y no podía solucionarlo, así que seguí practicando con mis tacones.
El día de la fiesta tenía cita con una peinadora y una maquillista. Aunque la ceremonia era a las seis de la tarde, me levanté muy temprano, y al mediodía ya estaba sentada en el salón de belleza. Estuve dentro durante una hora y media que me pareció eterna entre rodillos, cremas, maquillaje, cepillos y peines. Me movían la cabeza de un lado a otro, me tiraban del cabello, me aplicaban cosas en la cara que no podía identificar. Me sentía como una muñeca en manos de un artista, solo que el resultado final no sería una obra de arte para mí, sino para los demás.
Al salir, mi reflejo me sorprendió. El maquillaje no era discreto: ojos perfectamente delineados, labios color cereza, mejillas encendidas, cejas nítidas. Parecía una versión en miniatura de una mujer adulta. Una muñeca de porcelana lista para ser exhibida. Y esa sensación se intensificó cuando me puse el vestido: el escote me realzaba el pecho —esos pequeños brotes que seguían creciendo sin pedir permiso—, la cintura se dibujaba delicada, y la falda caía suave hasta los tobillos. Me sentía como otra. Como una extraña que me observaba desde el espejo.
¿Quién es esta niña tan linda?, pensé. ¿Dónde quedó Romeo? ¿Dónde quedó el chico que fui?
Durante el trayecto al salón de eventos, iba inquieta. La pintura en mi rostro me pesaba como una máscara, y bajo el vestido, mis piernas se rozaban incómodamente con cada movimiento. Todo se sentía exagerado, impostado. No era yo. No podía ser yo.
La fiesta comenzó con la presentación de los graduados. Entrábamos en parejas, las chicas tomadas del brazo de los chicos. A mí me tocó entrar con Gabriel. Los aplausos del público me erizaron la piel. La luz, las miradas, la música: todo me hacía sentir más fuera de lugar que nunca. Caminar con tacones delante de todos, con el brazo enganchado al de Gabriel, sintiendo cómo las miradas nos seguían, fue una de las experiencias más abrumadoras de mi vida.
Durante la cena, los lugares estaban asignados. Terminamos sentados uno junto al otro. Y aunque intenté concentrarme en la comida —una pechuga de pollo con puré que apenas probé—, noté que Gabriel me miraba con frecuencia, como si creyera que yo no me daba cuenta.
Debe ser por el corsé, pensé, incómoda. Me levanta el pecho. Recordé que, a su edad, yo tampoco habría disimulado la vista si hubiera tenido una chica tan linda al lado. Me ruboricé cuando me di cuenta de que había pensado en mí misma como "una chica linda". Era cierto: vestida así, con el maquillaje y el peinado, era atractiva. Y eso me avergonzaba más que cualquier otra cosa. Me avergonzaba mi nuevo cuerpo, pero más aún, la forma en que mi mejor amigo me observaba.
Cuando llegó el momento del vals de presentación, salimos a la pista. La coreografía salió perfecta: cada giro, cada paso, cada contacto ensayado durante semanas fluyó sin esfuerzo. Pero cada vez que Gabriel me tomaba de la cintura o me rozaba la cadera, sentía que me encendía por dentro. Era como si su tacto quemara a través de la tela del vestido. Como si cada vez que me sujetaba para un giro, el mundo se detuviera un segundo.
Después del número formal, los chicos nos acomodamos libremente, y terminé sentada junto a Mariana. Fue un alivio estar con ella, lejos de Gabriel y lo que me hacía sentir.
—Se ve muy guapo Gabriel, ¿no crees? —dijo Mariana, con una sonrisa cómplice.
—Sí… mucho —respondí sin pensar. Luego me tapé la boca, sonrojada. Mariana se rio, y yo intenté reír con ella, pero por dentro me preguntaba por qué había dicho eso. Y por qué era verdad.
Bailamos juntas un rato, riendo y relajadas. Fue agradable olvidarme de todo, simplemente moverme al ritmo de la música con mi mejor amiga. Era bueno bailar con una chica, incluso si yo también era una chica y ambas usabamos vestidos. En algún momento, Gabriel y Marco se acercaron para pedirnos una pieza. Mariana aceptó enseguida y se fue con Marco, dejándonos solos.
La canción era lenta, suave. Gabriel extendió la mano y yo la tomé sin dudar. Nuestros cuerpos se movían despacio, como si el tiempo se hubiera vuelto más denso. Apoyé la cabeza en su hombro —algo que antes, como Romeo, jamás habría hecho— y sentí su brazo rodeando mi cintura.
A pesar de ser un momento tan bonito, había algo extraño en mi expresión. Una tristeza que no podía ocultar.
—¿Estás triste? —preguntó Gabriel con voz baja.
—Un poco. No vamos a volver a ver a muchos de ellos, y eso me pone así —respondí.
Y era cierto. Cinco años después, apenas recordaría los nombres de algunos. Pero en ese momento, todo parecía eterno. La música, la luz, el calor de su mano en mi espalda.
—Seguro tú y Mariana se siguen hablando —dijo él—. A mí también me gustaría seguir viéndote… si tú quieres.
Levanté la cabeza para mirarlo. Sus ojos estaban cerca, muy cerca. Podía ver el reflejo de las luces en ellos, la forma en que me miraba, como si yo fuera algo precioso. Algo que valía la pena conservar.
No respondí con palabras. En lugar de eso, me incliné y le di un beso. Dulce, breve, pero real. Duró apenas unos segundos, lo suficiente para dejar una huella.
Cuando nos separamos, ambos estábamos ruborizados. Nos sentíamos confundidos, vulnerables. Incluso para Gabriel, besar a una niña hermosa con vestido de princesa fue impactante… porque esa niña era su mejor amigo. No podía borrar ese pensamiento de su mente.
Para mí, el beso fue un estremecimiento. No entendía por qué lo había hecho. Solo sabía que, en ese momento, con él tan cerca, con su brazo rodeándome y su mirada fija en mí, no podía evitar querer saber cómo se sentían sus labios. Y ahora lo sabía.
Regresamos a nuestros lugares sin decir nada. No mencionamos el beso. El silencio entre nosotros era tenso, pero necesario. Al poco rato ambos volvimos a juntarnos con nuestros mejores amigos.
—Te vi besando a Gabriel —me dijo Mariana más tarde, con tono travieso.
—No sé qué me pasó… —confesé, avergonzada—. Estábamos platicando y sentí deseos de besarlo. Y lo hice.
Mariana me miró con dulzura, como quien ha pasado por eso antes.
—No importa. Fue un lindo primer beso. En la pista de baile, en tu fiesta de graduación. No podrías haber elegido un momento mejor.
Sonreí… pero algo dentro de mí se quebró.
¿Primer beso? pensé. Pero… ese no fue mi primer beso… ¿o sí?
Traté de recordar el verdadero. Ese que, como varón, había dado a los catorce. ¿Con quién fue? Una chica… ¿de mi salón? ¿De la secundaria? ¿Cómo se llamaba? ¿Dónde fue? ¿Cómo se sintió?
Nada. No recordaba nada.
Era como si ese recuerdo se hubiera desvanecido, borrado por completo de mi mente. Como si nunca hubiera existido.
En mi memoria, el único beso que quedaba era el que acababa de dar. Ese era mi primer beso. El verdadero.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Sentí el aire frío del aire acondicionado golpeando mi piel sudada, pero no era eso. Era algo más profundo. Algo aterrador.
¿El hechizo estaba reescribiendo mi historia?
¿Me borraría todo lo necesario para que pudiera enamorarme de Gabriel, para que aceptara esta vida como mía?
Sentí miedo. Un miedo profundo y antiguo, como el que me envolvió aquella primera mañana frente al espejo, cuando desperté siendo otra. Pero este miedo era diferente. Este miedo venía acompañado de una certeza helada: algo había cambiado. Algo definitivo. Algo que ya no podría deshacerse.
Miré a Gabriel al otro lado del salón. Él también me miraba. Y en sus ojos vi la misma confusión, la misma pregunta sin respuesta.
Pero también vi algo más. Algo que no quise reconocer.
Y supe, en ese momento, que el camino de regreso a Romeo se estaba cerrando. Ya no era el niño que fui. Era la niña que besó a su mejor amigo en la pista de baile.
Y esa niña, contra todo pronóstico, no parecía dispuesta a desaparecer.















