domingo, 22 de marzo de 2026

Nunca me sentí del todo feliz

 


Aunque nací siendo un varón, siempre odié tener que actuar de manera fuerte y masculina; nunca me sentí del todo feliz con mi rol de género. Siempre anhelé ser mujer y tomar una pastilla rosa era mi mayor ilusión.

Cuando por fin tomé la pildora rosa, sentí un alivio profundo. Mi nuevo cuerpo se sentía mucho más natural y me gustó desde el principio: me encantó tener caderas anchas y senos. Nunca extrañé mi pene; al contrario, me sentí completa por primera vez. Aprendí a usar maquillaje y vestidos casi de inmediato, como si siempre hubiera estado destinada a ello.

Además, mi mejor amigo vivió la misma transición que yo; aunque el lo hizo porque a los 20 nunca había logrado tener una cita con una chicay ahora... ambas somos mejores amigas. Eso ayudo mucho porque pudimos aprender los secretos del mundo femenino juntas.

Ahora miro hacia el futuro con certeza. Quiero, algún día, ser una esposa dulce y sumisa para un hombre grande, fuerte y varonil. Estoy convencida de que es lo mejor para mí.


---------

Esta caption pertenece a una serie, indicaré a cuál de las dos protagonistas pertenece cada parte, por si te interesa saber el punto de vista de alguna:

Parte 2: (Romina): Un nuevo problema 

Parte 3 (Samantha): Lo mejor para mí

Parte 4 (Romina): Nunca me sentí del todo feliz (Actual)

sábado, 21 de marzo de 2026

Iniciación


El resplandor de los focos me cegaba. Minutos antes, era Mario, un chico que quería entrar a una fraternidad. Ahora, tras tragar aquella píldora rosa, estaba de pie frente a un podio, usando un body de conejita ajustado que revelaba cada curva de un cuerpo que aún no reconocía como mío. A mi lado, otras cuatro chicas compartían mi suerte y mi desconcierto.

No había tenido tiempo de asimilarlo. El shock de lo que estaba pasando, la ligereza de mi nuevo cuerpo, la sensación de peso en el pecho… todo era caótico. De pronto me hice consciente de las miradas. Miradas que me recorrían desde los pies hasta las orejas postizas, cargadas de una intensidad que nunca antes sentí. Los silbidos bajos y aprobatorios hicieron el resto: una conciencia punzante, mezcla de pánico y vanidad, de que este nuevo cuerpo era hermoso. Yo era hermosa. 

Un hermano con túnica, en el podio, nos pidió a los prospectos, presentarnos con nuestros nombres masculinos. Fui la primera y la palabra se atascó en mi garganta.

—Mario —dije, con una pena que me quemó las mejillas.

El hermano en el podio sonrió con diversión maliciosa.

—Mario no sirve. Necesitamos un nombre temporal para nuestra nueva hermana.

La sala estalló. Gritos surgieron de todas partes:

—¡Maria!

—¡Maya!

—¡Marifer!

—¡Amaia!

Poco a poco, como una marea, los gritos dispersos comenzaron a fusionarse, a golpear al unísono contra mis oídos hasta convertirse en un solo nombre, un cántico que vibraba en el aire:

—¡Mai-rim! ¡Mai-rim! ¡Mai-rim!

La sonrisa del hermano se amplió.

—Escuchas a tus hermanos. Durante los próximos noventa días, dejarás de ser Mario. Responderás al nombre de Mairim—declaró, y en su tono había un gozo perverso que me heló la sangre, a pesar del calor que sentía en la piel.

Las otras cuatro pasaron por el mismo humillante rito, bautizadas con nuevos nombres que borraban quiénes eran. Luego, vino nuestra primera misión: servir durante la fiesta.

El resto de la noche fue un torbellino de sensaciones contradictorias. Deslizándome entre la multitud con una bandeja, rellenando copas, recogiendo vasos caídos. El body negro se me pegaba a la piel y se metía entre mis nalgas. Y los hermanos comenzaron a tocarme con sus manos. No eran accidentes. Cuando me acercaba a un grupo, unos dedos rozaban mi cadera con una familiaridad electrizante. Al esquivar a alguien, una palma cálida se posaba, firme y posesiva, en la curva de mi trasero, apretando ligeramente antes de soltar.

Un silbido agudo y cercano me hacía girar, encontrándome con miradas que no se disculpaban, sino que me devoraban. Al principio, el instinto fue de protesta, pero la vergüenza y una extraña sumisión recién nacida me sellaron los labios. Y, en el fondo más secreto de este nuevo ser, una parte que no entendía se estremeció. Una chispa de placer prohibido, ajeno a mi mente de hombre, recorrió mi espina dorsal cada vez que un contacto indebido me recordaba lo deseable que era ahora. Lo vulnerable. Lo poseíble.

No podía creer en lo que me había metido. Y lo peor: aún me esperaban noventa días así. Noventa días siendo Mairim. Noventa días siendo mujer y en el fondo no me daba miedo la humillación o el desafío, me daba miedo que me terminará gustando.



Esta caption es parte de una serie:

Parte 1: Por entrar a la fraternidad

Parte 2: Iniciación (Actual)

viernes, 20 de marzo de 2026

Reencuentros (10)




Capítulo 10 – El umbral

Las vacaciones de verano pasaron rápido y, sin notarlo, comencé a ceder más espacio a mi feminidad. Un día caluroso de septiembre, por ejemplo, me encontré usando un vestido por voluntad propia. Era amarillo, con flores pequeñas. No era la primera vez que lo usaba, pero sí la primera que lo hacía sin que mi mamá lo sugiriera. Me lo puse porque me apetecía. Me pareció fresco, bonito… cómodo. Me sentí bien llevándolo puesto. Y eso me desconcertó más de lo que quise admitir.

¿Desde cuándo me pongo vestidos porque quiero?, pensé mientras me miraba al espejo. La imagen que devolvía no era la de un chico disfrazado. Era una niña. Me dolía admitirlo pero cada vez me sentía menos como el chico que fuí y más como la chica que era ahora. Una niña con un vestido amarillo de flores, que sonreía sin darse cuenta. 

Mariana, mientras tanto, había comenzado una relación con un chico que conoció en su curso de verano. Me contaba cada detalle: los mensajes, los besos, las caminatas en silencio. Yo escuchaba con atención, asintiendo en los momentos adecuados, preguntando lo que se esperaba que preguntara. Intentaba alegrarme por mi amiga, pero no podía evitar imaginarme a mí misma viviendo cosas similares… con Gabriel.

Mariana pareció leerme la mente.

—¿No vas a hablar con Gabriel? —preguntó con naturalidad, mientras compartíamos unas papas en su sala.

—No —respondí, desviando la mirada hacia la televisión apagada—. Es mi mejor amigo… Las cosas están raras. Lo mejor será darnos tiempo.

Y sin darme cuenta, los días pasaron. De pronto, estaba comprando uniformes nuevos con mis padres, preparándome para la secundaria. La ropa era diferente: ya no era la falda de cuadros de la primaria, sino una más larga, de color azul marino, con una camisa blanca y un suéter con el escudo de la escuela. Pero seguía siendo falda. Seguía siendo uniforme de niña.

Mariana no iría a la misma escuela: sus papás habían optado por una institución privada. Yo lo sabía desde antes, pero no por eso dolía menos. Iba a extrañar a mi mejor amiga. Iba a extrañar sus risas, sus confidencias, la forma en que me tomaba de la mano sin pensarlo. Ella había sido mi ancla en este nuevo mundo, y ahora tendría que navegar sola.

Gabriel, en cambio, sí estaría en mi misma secundaria. No compartiríamos grupo —lo recordaba de mi vida anterior—, pero al menos estábamos en el mismo plantel. Lo sabía por mis recuerdos de mi otra vida, de cuando fui Romeo. Recordé a los amigos que había tenido en esa época: Miguel y Enrique. Pensé que tal vez podríamos reencontrarnos, pero pronto lo descarté. Miguel, aunque tímido, terminó por convertirse en un acosador incansable que no respetaba a las chicas. Y Enrique… Enrique era un patán. Recordaba haberlo visto levantarle la falda a una compañera en primer año. Definitivamente no los quiero cerca de mí, pensé con asco.

Sentí una punzada de tristeza al aceptar que mi antigua vida quedaba cada vez más atrás. Esos amigos, esas experiencias, ese chico que fui… todo se desdibujaba lentamente. Pero luego pensé en Mariana. En esta nueva realidad éramos inseparables, y eso no lo cambiaría por nada. Tal vez esta etapa también me traería nuevas sorpresas. Tal vez conocería a otras personas. Tal vez tendría nuevas amigas...

No terminé el pensamiento. No quería ilusionarme con nada.

...

Los días pasaron rápido y estaba por terminar mi tercer día en la secundaria cuando un pensamiento me atravesó como un cuchillo: Los chicos de secundaria no se parecen a los de primaria.

Durante esos tres largos días, noté que muchos me miraban. No era una mirada casual, de esas que se cruzan sin querer. Era una mirada que recorría: mis piernas, mi pecho, mi trasero. Me hacía sentir incómoda, expuesta. Mi cuerpo había cambiado en el último mes. Lo notaba yo, lo notaban todos. En el espejo veía curvas que antes no estaban, una silueta que se alejaba cada vez más de la silueta infantil a la que me había acostumbrado.

Mi madre lo había dicho en broma una mañana, al verme frente al espejo ajustándome el uniforme: "Tus limones ya son naranjas." Yo había reído para no hacerla sentir incómoda, pero ahora no me hacía ninguna gracia. Era cierto. Mis pechos habían crecido más que los de otras chicas de mi edad. Mis caderas se habían ensanchado. Mi cuerpo se desarrollaba con una rapidez que no había pedido ni esperado.

En comparación con otras niñas de doce años, yo era… diferente. Más formada. Más notoria. Y eso me convertía en blanco de miradas.

Una maldición, pensé mientras caminaba por los pasillos, sintiendo los ojos de los chicos siguiéndome. No estoy lista para esto. Pensé. Y no sabía si lo estaría algún día.

Las clases también se complicaban. Matemáticas, en especial. Las funciones siempre se me habían escapado, y aunque conservaba algunos recuerdos de mi vida anterior, no bastaban. Era como aprender desde cero, pero con la frustración de saber que ya había dominado esas materias antes. Mi cerebro de niña de doce años no procesaba la información igual que mi cerebro de diecisiete.

Me concentraba mucho en mis clases para no pensar en mi situación. Para no pensar en que era un chico de diecisiete que un día despertó convertida en una niña de diez. Que había vivido dos años en ese cuerpo femenino hasta adaptarse. Pero ahora su cuerpo desarrolló curvas y comenzó a atraer demasiada atención masculina. Era todo un lío, ¿no crees?

...

El viernes, al salir sola después de una semana agotadora, noté a un grupo de chicos mirándome desde la esquina. No disimularon. Uno de ellos se separó del grupo y comenzó a caminar hacia mí.

—¿Te acompaño, mamacita? —gritó, con una sonrisa que no era amistosa.

Sentí que el estómago se me encogía hasta desaparecer. Había oído historias de mis amigas, de Mariana, de otras chicas. Había escuchado sobre acosadores en la calle, sobre piropos que no eran piropos, sobre el miedo de caminar sola. Pero vivirlo era otra cosa.

Apreté el paso, mirando al frente, rezando para que se aburriera y se fuera.

No lo hizo.

—Oye, mi amor, no me ignores —dijo ahora a escasos centímetros de mí. Podía sentir su presencia detrás, su aliento cerca de mi nuca—. ¿Te acompaño?

El pánico me paralizó. Iba a gritar, a correr, a lo que fuera… cuando una voz conocida me rescató.

—Hola, Juli.

Era Gabriel. Apareció de la nada, como si hubiera estado esperando el momento justo. Me saludó con un beso rápido en la mejilla —algo que nunca había hecho antes— y se colocó entre el acosador y yo con absoluta naturalidad.

—Me da gusto verte —dijo, ignorando por completo al otro chico—. No sabía que ibas en esta escuela. ¿Cómo has estado?

El acosador retrocedió, confundido. Nos miró un momento, como evaluando la situación, y luego se marchó sin decir más, derrotado por la indiferencia.

Yo apenas podía respirar. El alivio me golpeó con tanta fuerza que las piernas me temblaron.

—Gracias por eso —dije tras un largo silencio, cuando por fin pude articular palabra. Tenía los ojos llenos de lágrimas contenidas, a punto de desbordarse.

Gabriel me miró con preocupación genuina. Verlo así, con esa expresión que antes reservaba para cuando alguien se lastimaba en el campo de fútbol, me golpeó más de lo que esperaba.

—¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó.

Asentí, sin fiarme de mi voz.

Caminamos varios minutos en silencio. El sol comenzaba a caer, tiñendo las calles de naranja. A mi lado, Gabriel caminaba en silencio, respetando mi espacio, pero lo suficientemente cerca para que yo supiera que no estaba sola.

Hasta que él se animó a hablar.

—Te vi los días anteriores —confesó, sin mirarme—. En los pasillos, en la entrada. Pero no sabía si seguías molesta por lo de antes. Además… dudé que fueras tú. Cambiaste mucho en un mes. Es decir, tu cuerpo…

Entendí a qué se refería. Mis caderas, mi pecho, todo eso que me había convertido en blanco de un acosador hacía apenas unos minutos. Todo eso que yo misma apenas comenzaba a aceptar.

—Quiero decir… no nos habíamos visto desde el baile —corrigió, torpe—. Y no sabía si querías hablar conmigo.

Ambos recordamos ese momento. El vals, el vestido azul, el beso. El silencio se volvió espeso, cargado de todo lo que no decíamos.

Pero Gabriel volvió a intentarlo.

—Solo quiero que sepas que no olvido quién eres —dijo con una seriedad que no le había escuchado antes—. Este hechizo… hace que esté un poco enamorado de ti. Y eso es raro. Muy raro. Pero no puedo hacerte eso. No con todo lo que estás viviendo. No permitiré que pases tu vida como una chica...

—Gracias—murmuré. La garganta me ardía. No quería hablar más. No quería llorar delante de él.

Pero él insistió.

—En medio año cumpliré doce. Después solo faltarán cinco años para que podamos pedir que vuelvas a tu cuerpo. Fingiremos que esto nunca pasó. Seremos solo amigos. Y ya.

Le costó decirlo. Lo vi en su expresión, en la forma en que apretó los labios al terminar la frase. Pero lo dijo.

Sentí una extraña mezcla de alivio y tristeza. Mi amigo también estaba luchando. También se sentía atrapado en esta situación absurda. No era el único que batallaba contra sentimientos que no había pedido tener.

—El hechizo también me hace estar bastante enamorada de ti —confesé al fin, sin mirarlo. Recordé brevemente los sueños, los besos que no podía evitar, la humedad entre mis piernas al despertar. Bajé la voz—. Pero sería raro… muy raro… que fuéramos algo más. Lo mejor será luchar contra estos sentimientos hasta que yo vuelva a ser un chico.

Pensé en lo que significaba. Cinco años y medio reprimiendo emociones, deseos, sentimientos. Cinco años y medio deseando besarlo, y quizás algo más, sin poder acercarme. Pero si eso significaba volver a ser un chico, volver a ser Romeo, si eso significaba recuperar mi vida… valía la pena.

¿O no?

La duda apareció sin avisar, pequeña pero insistente. La aparté.

Cuando llegamos cerca de mi casa, nos detuvimos en la esquina. Nos despedimos como antes: con un apretón de manos rápido, torpe, familiar. El mismo gesto de siempre, el que habíamos usado desde niños.

Ambos fingimos que nuestro plan funcionaría.

Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí menos sola.

jueves, 19 de marzo de 2026

Lo que el cuerpo calla (9)


Capítulo 9 – Lo que el cuerpo calla

Los días siguientes fueron incómodos para mí. Quería olvidar el beso, dejarlo atrás como una equivocación superada, pero no podía. Lo había besado. A Gabriel. A mi mejor amigo, a mi compañero de fútbol, de videojuegos. Con el que había crecido como un hermano cuándo ambos fuimos varones. Pero gracias a un estúpido deseo concedido por un tótem habíamos vuelto en el tiempo, él seguía siendo un varón y yo era una niña que lo había besado.

Hubo muchos testigos del beso. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la sensación de sus labios contra los míos, el calor de su mano en mi espalda, la forma en que me miró después. Y lo peor es que no podía decidir si quería olvidarlo o repetirlo.

Dos días después, mientras comíamos en silencio, mi madre rompió la calma con voz suave pero firme:

—Vi el beso que te diste con Gabriel, y vamos a tener una plática sobre salud sexual.

—Mamá, ¡no! —protesté, sintiendo las mejillas arder como si tuviera fiebre.

Pero mi protesta no sirvió de nada. Durante una media hora eternamente incómoda, mi mamá habló de cuerpos que se buscan, de relaciones sexuales responsables, de salud reproductiva y prevención de enfermedades. No escatimó en detalles sobre como un chico puede estar dentro de una chica y todas las implicaciones del acto sexual. Yo apenas podía sostener la mirada. Clavaba los ojos en mi plato, en mis manos, en cualquier sitio que no fuera su rostro. No podía creer que mi mamá pensara que yo podía tener relaciones con un chico. Peor aún, que pudiera tener relaciones con mi mejor amigo.

Cada palabra que salía de su boca era un recordatorio de mi nueva realidad. De que mi cuerpo, este cuerpo que aún me costaba reconocer como mío, era capaz de esas cosas. De que, biológicamente, era una niña en edad de experimentar cambios. De que, para mi madre, yo era solo eso: una hija a la que debía educar sobre su futura vida sexual.

Y cuando creí que ya había pasado lo peor, soltó la bomba:

—En cuanto te llegue tu periodo, serás fértil. Solo quiero que estés preparada.

Me quedé helada.

Hasta ese momento, a pesar de los meses que llevaba como niña, nunca había pensado realmente en eso. Sabía, en teoría, que las niñas menstruaban. Lo había aprendido en biología, lo había escuchado en conversaciones ajenas. Pero nunca lo había asociado conmigo misma. Nunca había imaginado que yo, Romeo o mejor dicho Julieta, tendría un periodo. Que sangraría cada mes. Que mi cuerpo seguiría ese ciclo biológico femenino sin importar lo que mi mente pensara.

Un nudo se formó en mi estómago, apretado y frío. La conversación terminó, pero la incomodidad quedó flotando, persistente, como un eco que no quería apagarse.

...

Dos días después, visité a Mariana en su casa. Jugamos baloncesto como siempre, corrimos por el patio y nos empapamos de sudor bajo el sol. Por un rato, pude olvidarme de todo. El balón en mis manos, el golpe contra el tablero, la satisfacción de encestar. Era lo más cerca que estaba de sentirme libre.

Pero cuando tomamos una pausa para beber agua, Mariana me miró con ojos muy abiertos.

—¿Y ya eres la novia de Gabriel?

Casi escupí el agua.

—¡Claro que no! ¿Por qué haría algo así?

—Ya sabes, por el beso… —replicó, encogiéndose de hombros.

Me quedé callada un momento. Pensé en cómo explicarle algo que ni yo misma entendía. Finalmente respondí con calma, conteniendo la incomodidad:

—A veces un beso solo es un beso.

Era una frase sencilla, casi cliché. Pero detrás de esas palabras estaba el esfuerzo de aferrarme a mi lógica pasada, a esa claridad que aún conservaba del chico de diecisiete años que había sido. Aún quería creer que podía separar mi razón de mi cuerpo, que podía mantener la distancia entre quien fui y quien estaba empezando a ser.

...

Pero mi nueva realidad me traicionaba más a menudo de lo que quería admitir. Esa semana soñé tres veces con el mismo momento: el beso.

Era como revivirlo, pero más intenso, más profundo. En el sueño, llevaba mis tacones y mi vestido encorsetado que ceñía mi cintura y realzaba mi silueta. Me sentía atrapada en un cuerpo ajeno que, sin embargo, ya era el mío. Gabriel se acercaba con su sonrisa tímida, me ofrecía la mano, y bailábamos. Giraban lentamente bajo una luz cálida, y yo sabía lo que venía. Intentaba resistirme, pero mi cuerpo no me respondía.

El beso llegaba.

No como en la vida real, donde duró apenas unos segundos. En el sueño, el beso era eterno. Gabriel me abrazaba con ternura, pero también con deseo. Y yo no quería soltarme. Mi mente gritaba que eso estaba mal, que no podía dejarme llevar. Recordaba quién había sido, recordaba mi vida anterior. Pero mi cuerpo tenía otra idea. Se entregaba al beso con una pasión que me desarmaba.

Despertaba jadeando, agitada. Y la humedad entre mis piernas me confirmaba que había disfrutado el sueño.

La primera vez, me levanté de golpe, mirando las sábanas como si fueran la prueba de un crimen. La segunda, me quedé inmóvil, procesando lo que había pasado. La tercera, lloré.

Una parte de mí se sintió avergonzada. Otra, aterrada. Pero lo más inquietante fue el susurro que vino después, silencioso pero claro:

Quiero que se repita.

Lo negué. Me dije a mí misma que era solo el cuerpo, solo hormonas, solo la maldita biología femenina haciendo de las suyas. Pero la verdad era más simple y más aterradora: mi cuerpo comenzaba a tomar el control, no solo de mis reacciones, sino también de mis deseos. Algo dentro de mí se estaba acomodando, como si mi mente y mi piel empezaran a ir en la misma dirección.

Y lo peor, o tal vez lo mejor, era que ya no estaba segura de si quería detenerlo.

Porque aunque en el fondo aún dijera "sigo siendo un hombre", cada vez me costaba más creerlo. Cada vez que me miraba al espejo y veía a esa niña de cabello largo y facciones suaves, la duda crecía. Cada vez que sentía mariposas al pensar en Gabriel, la línea se difuminaba un poco más.

Ya no sabía quién era. Ya no sabía si quería volver a ser Romeo, o si estaba lista para aceptar que Julieta era más que una personalidad impuesta, Julieta comenzaba a ser mi verdadero yo.

Y eso, quizá, era lo más aterrador de todo.

miércoles, 18 de marzo de 2026

El vals de la memoria (8)

 


Capítulo 8 – El vals de la memoria

Desde que compramos los tacones que acompañaban mi vestido, mi mamá me hizo practicar todos los días.

—No quiero que te caigas el día de la fiesta —decía, tajante, cada vez que yo intentaba quejarme.

Así que pasé dos semanas enteras caminando por la casa en esas máquinas de tortura, tambaleándome por los pasillos como un cervatillo recién nacido. Cada paso era un recordatorio de lo frágil que era ahora mi existencia. Antes, con unos tenis o unos zapatos normales, podía correr, saltar, brincar sin pensarlo dos veces. Ahora tenía que aprender a equilibrarme sobre unos tacones ridículos solo porque mi vestido lo exigía. Porque soy una niña, recordaba, y las niñas usan tacones en las fiestas. Recordaba como en mi otra vida, ese día usé zapatos cómodos y un traje sastre, cuando viví mi graduación como un chico, como Romeo. Pero ahora era una niña y no podía solucionarlo, así que seguí practicando con mis tacones.

El día de la fiesta tenía cita con una peinadora y una maquillista. Aunque la ceremonia era a las seis de la tarde, me levanté muy temprano, y al mediodía ya estaba sentada en el salón de belleza. Estuve dentro durante una hora y media que me pareció eterna entre rodillos, cremas, maquillaje, cepillos y peines. Me movían la cabeza de un lado a otro, me tiraban del cabello, me aplicaban cosas en la cara que no podía identificar. Me sentía como una muñeca en manos de un artista, solo que el resultado final no sería una obra de arte para mí, sino para los demás.

Al salir, mi reflejo me sorprendió. El maquillaje no era discreto: ojos perfectamente delineados, labios color cereza, mejillas encendidas, cejas nítidas. Parecía una versión en miniatura de una mujer adulta. Una muñeca de porcelana lista para ser exhibida. Y esa sensación se intensificó cuando me puse el vestido: el escote me realzaba el pecho —esos pequeños brotes que seguían creciendo sin pedir permiso—, la cintura se dibujaba delicada, y la falda caía suave hasta los tobillos. Me sentía como otra. Como una extraña que me observaba desde el espejo.

¿Quién es esta niña tan linda?, pensé. ¿Dónde quedó Romeo? ¿Dónde quedó el chico que fui?

Durante el trayecto al salón de eventos, iba inquieta. La pintura en mi rostro me pesaba como una máscara, y bajo el vestido, mis piernas se rozaban incómodamente con cada movimiento. Todo se sentía exagerado, impostado. No era yo. No podía ser yo.

La fiesta comenzó con la presentación de los graduados. Entrábamos en parejas, las chicas tomadas del brazo de los chicos. A mí me tocó entrar con Gabriel. Los aplausos del público me erizaron la piel. La luz, las miradas, la música: todo me hacía sentir más fuera de lugar que nunca. Caminar con tacones delante de todos, con el brazo enganchado al de Gabriel, sintiendo cómo las miradas nos seguían, fue una de las experiencias más abrumadoras de mi vida.

Durante la cena, los lugares estaban asignados. Terminamos sentados uno junto al otro. Y aunque intenté concentrarme en la comida —una pechuga de pollo con puré que apenas probé—, noté que Gabriel me miraba con frecuencia, como si creyera que yo no me daba cuenta.

Debe ser por el corsé, pensé, incómoda. Me levanta el pecho. Recordé que, a su edad, yo tampoco habría disimulado la vista si hubiera tenido una chica tan linda al lado. Me ruboricé cuando me di cuenta de que había pensado en mí misma como "una chica linda". Era cierto: vestida así, con el maquillaje y el peinado, era atractiva. Y eso me avergonzaba más que cualquier otra cosa. Me avergonzaba mi nuevo cuerpo, pero más aún, la forma en que mi mejor amigo me observaba.

Cuando llegó el momento del vals de presentación, salimos a la pista. La coreografía salió perfecta: cada giro, cada paso, cada contacto ensayado durante semanas fluyó sin esfuerzo. Pero cada vez que Gabriel me tomaba de la cintura o me rozaba la cadera, sentía que me encendía por dentro. Era como si su tacto quemara a través de la tela del vestido. Como si cada vez que me sujetaba para un giro, el mundo se detuviera un segundo.

Después del número formal, los chicos nos acomodamos libremente, y terminé sentada junto a Mariana. Fue un alivio estar con ella, lejos de Gabriel y lo que me hacía sentir.

—Se ve muy guapo Gabriel, ¿no crees? —dijo Mariana, con una sonrisa cómplice.

—Sí… mucho —respondí sin pensar. Luego me tapé la boca, sonrojada. Mariana se rio, y yo intenté reír con ella, pero por dentro me preguntaba por qué había dicho eso. Y por qué era verdad.

Bailamos juntas un rato, riendo y relajadas. Fue agradable olvidarme de todo, simplemente moverme al ritmo de la música con mi mejor amiga. Era bueno bailar con una chica, incluso si yo también era una chica y ambas usabamos vestidos. En algún momento, Gabriel y Marco se acercaron para pedirnos una pieza. Mariana aceptó enseguida y se fue con Marco, dejándonos solos.

La canción era lenta, suave. Gabriel extendió la mano y yo la tomé sin dudar. Nuestros cuerpos se movían despacio, como si el tiempo se hubiera vuelto más denso. Apoyé la cabeza en su hombro —algo que antes, como Romeo, jamás habría hecho— y sentí su brazo rodeando mi cintura.

A pesar de ser un momento tan bonito, había algo extraño en mi expresión. Una tristeza que no podía ocultar.

—¿Estás triste? —preguntó Gabriel con voz baja.

—Un poco. No vamos a volver a ver a muchos de ellos, y eso me pone así —respondí.

Y era cierto. Cinco años después, apenas recordaría los nombres de algunos. Pero en ese momento, todo parecía eterno. La música, la luz, el calor de su mano en mi espalda.

—Seguro tú y Mariana se siguen hablando —dijo él—. A mí también me gustaría seguir viéndote… si tú quieres.

Levanté la cabeza para mirarlo. Sus ojos estaban cerca, muy cerca. Podía ver el reflejo de las luces en ellos, la forma en que me miraba, como si yo fuera algo precioso. Algo que valía la pena conservar.

No respondí con palabras. En lugar de eso, me incliné y le di un beso. Dulce, breve, pero real. Duró apenas unos segundos, lo suficiente para dejar una huella.

Cuando nos separamos, ambos estábamos ruborizados. Nos sentíamos confundidos, vulnerables. Incluso para Gabriel, besar a una niña hermosa con vestido de princesa fue impactante… porque esa niña era su mejor amigo. No podía borrar ese pensamiento de su mente.

Para mí, el beso fue un estremecimiento. No entendía por qué lo había hecho. Solo sabía que, en ese momento, con él tan cerca, con su brazo rodeándome y su mirada fija en mí, no podía evitar querer saber cómo se sentían sus labios. Y ahora lo sabía.

Regresamos a nuestros lugares sin decir nada. No mencionamos el beso. El silencio entre nosotros era tenso, pero necesario. Al poco rato ambos volvimos a juntarnos con nuestros mejores amigos.

—Te vi besando a Gabriel —me dijo Mariana más tarde, con tono travieso.

—No sé qué me pasó… —confesé, avergonzada—. Estábamos platicando y sentí deseos de besarlo. Y lo hice.

Mariana me miró con dulzura, como quien ha pasado por eso antes.

—No importa. Fue un lindo primer beso. En la pista de baile, en tu fiesta de graduación. No podrías haber elegido un momento mejor.

Sonreí… pero algo dentro de mí se quebró.

¿Primer beso? pensé. Pero… ese no fue mi primer beso… ¿o sí?

Traté de recordar el verdadero. Ese que, como varón, había dado a los catorce. ¿Con quién fue? Una chica… ¿de mi salón? ¿De la secundaria? ¿Cómo se llamaba? ¿Dónde fue? ¿Cómo se sintió?

Nada. No recordaba nada.

Era como si ese recuerdo se hubiera desvanecido, borrado por completo de mi mente. Como si nunca hubiera existido.

En mi memoria, el único beso que quedaba era el que acababa de dar. Ese era mi primer beso. El verdadero.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Sentí el aire frío del aire acondicionado golpeando mi piel sudada, pero no era eso. Era algo más profundo. Algo aterrador.

¿El hechizo estaba reescribiendo mi historia?

¿Me borraría todo lo necesario para que pudiera enamorarme de Gabriel, para que aceptara esta vida como mía?

Sentí miedo. Un miedo profundo y antiguo, como el que me envolvió aquella primera mañana frente al espejo, cuando desperté siendo otra. Pero este miedo era diferente. Este miedo venía acompañado de una certeza helada: algo había cambiado. Algo definitivo. Algo que ya no podría deshacerse.

Miré a Gabriel al otro lado del salón. Él también me miraba. Y en sus ojos vi la misma confusión, la misma pregunta sin respuesta.

Pero también vi algo más. Algo que no quise reconocer.

Y supe, en ese momento, que el camino de regreso a Romeo se estaba cerrando. Ya no era el niño que fui. Era la niña que besó a su mejor amigo en la pista de baile.

Y esa niña, contra todo pronóstico, no parecía dispuesta a desaparecer.

martes, 17 de marzo de 2026

Al compás de un cambio (7)


Capítulo 7 – Al compás de un cambio

Faltaban solo tres meses para que nos graduáramos de la primaria, y ya me sentía acostumbrada a mi nueva vida como niña. Aunque seguía extrañando tener mi pene —lo extrañaba cada vez que iba al baño, cada vez que me cambiaba de ropa, cada vez que recordaba cómo era mear de pie— y también anhelaba volver a hablar con Gabriel, disfrutaba pasar el tiempo con Mariana y su grupo de amigas. Me sentía cómoda… o al menos, funcionalmente adaptada.

Un día, la maestra nos anunció que durante las siguientes semanas tomaríamos dos horas de clases para ensayar el baile de graduación. Para eso, conoceríamos a la coreógrafa Tabata. La mujer, joven y enérgica, llegó ese mismo día, y lo primero que hizo fue formar parejas. Había exactamente quince niños y quince niñas.

—Los voy a emparejar por estatura —dijo, examinándonos con atención.

Yo era una de las más altas entre las niñas. Gabriel, uno de los chicos más altos. Cuando Tabata nos emparejó, sentí un nudo en el estómago. Tuve ganas de protestar, de decir que prefería bailar con otro, pero algo me detuvo. No quería llamar la atención. No quería explicar por qué me incomodaba tanto bailar con mi mejor amigo.

Gabriel se puso a mi lado y me saludó con suavidad:

—Hola… Espero que no sigas enojada conmigo.

Cuando era niño, yo solía ser más alto que Gabriel. Lo recordaba claramente: en las fotos de aquellos años, siempre estaba un par de centímetros por encima de él. Ahora, él me sacaba casi cinco centímetros. Mi cuerpo de chica es más pequeño, pensé, con un dejo de tristeza. Otra cosa que había perdido.

—Nunca estuve enojada contigo —murmuré, apenas audible—. No fue tu culpa lo que pasó. Debimos ser más específicos al hacer el deseo.

Él asintió, y por un momento hubo un silencio incómodo entre nosotros. Luego comenzó la práctica.

Tabata nos pidió que nos tomáramos de las manos.

Me sonrojé al sentir los dedos de Gabriel entrelazados con los míos. Estaba segura de que, como varón, nunca le había tomado la mano. Nos habíamos dado palmadas en la espalda, choques de puños, abrazos rápidos después de ganar un partido. Pero esto era diferente. Esto era íntimo de una manera que no sabía cómo procesar. Me pareció que él también se sonrojaba, aunque quizá era solo mi imaginación.

Poco a poco, las prácticas se volvieron rutina. Y con la rutina, volvió la cercanía. Volvieron las charlas, las bromas, las miradas cómplices. Entre paso y paso, recordábamos viejas anécdotas, nos reíamos de los errores del otro, recuperábamos esa conexión que habíamos perdido durante los meses de silencio.

Pero el baile exigía más que solo tomarse de las manos. Exigía contacto: manos enlazadas, vueltas, pasos coordinados, y también que él me tomara por la cintura o incluso por las caderas. Cada vez que sus manos se posaban en mi cuerpo, sentía un escalofrío recorriéndome la espalda. Bailar así con Gabriel ya era bastante incómodo… pero hacerlo sabiendo que él era el único que conocía mi verdadero pasado, que sabía que yo había sido Romeo, lo hacía aún más vergonzoso.

Lo peor, sin embargo, era lo que comenzaba a descubrir dentro de mí.

A veces me sorprendía mirándolo fijamente mientras ensayábamos. Notaba sus gestos, la forma en que movía las manos, el calor de sus dedos cuando me sujetaba, la manera en que sonreía cuando cometía un error y se disculpaba con esa media sonrisa que siempre había tenido. Y lo más inquietante era que… me gustaba. Cada día, un poco más.

Me decía a mí misma que era solo por la cercanía, por el contacto físico, por la nostalgia de nuestra amistad. Pero en el fondo sabía que era mentira.

...

Una tarde, mientras ensayábamos una vuelta, Gabriel tropezó y, por accidente, su mano rozó mi pecho. Fue un segundo, apenas un roce, pero lo sentí como una descarga eléctrica.

—¡Lo siento! —exclamó él, poniéndose rojo como un tomate—. No sabía que… tenías…

—No lo digas —lo interrumpí, también sonrojada hasta las orejas.

Ambos nos quedamos en silencio, mirando hacia otro lado, hasta que Tabata nos llamó la atención para seguir con la práctica. No volvimos a mencionar el incidente, pero después de ese día, hubo algo distinto entre nosotros. Más silencios, más miradas que se sostenían un segundo de más. Lo noté primero en detalles sutiles: la forma en que Gabriel me trataba ya no era exactamente igual. Hasta entonces, había seguido hablándome como siempre, con la misma soltura de cuando ambos eran niños, como si yo fuera su amigo de toda la vida disfrazado de niña. Pero ahora parecía más cuidadoso, más respetuoso… como si, de pronto, también él comenzara a verme como una niña. Como una chica.

Ese pequeño cambio me descolocó más que cualquier otro. Porque significaba que, para él, yo ya no era solo Romeo con otro cuerpo. Significaba que estaba empezando a verme como Julieta.

Y lo peor era que no me molestaba tanto como debería.

...

Faltaban veinte días para la fiesta de graduación. Fui con todas las niñas del salón a una plaza comercial para elegir el vestido que todas usaríamos. Después de una votación unánime, elegimos un modelo largo de color azul claro, hecho de una tela ligera que caía con gracia hasta los tobillos. Tenía un escote en la espalda que dejaba ver los omóplatos, era delgado en la cintura y con tirantes finos. El vestido se ajustaba al cuerpo con firmeza, sin ser provocador, pero acentuando las formas sutiles de una niña en crecimiento.

En el probador, necesité la ayuda de Mariana para ajustar el corsé en la espalda. Sentí sus dedos tirando de las cintas, apretando la tela contra mi cuerpo, marcando mi cintura de una forma que nunca había experimentado. Me miré en el espejo y casi no me reconocí.

El vestido resaltaba mi figura incipiente: mis brazos delgados, mi cuello largo, mis facciones suaves. Mis pechos, aún pequeños, se marcaban ligeramente bajo la tela. Mis caderas, apenas más anchas que antes, daban al vestido una caída que nunca habría imaginado. Por fuera, no había rastro del niño que fui. Por fuera, era completamente una niña.

—Te ves muy guapa —dijo Mariana, sonriendo desde atrás—. Le vas a encantar a Gabriel.

Sentí la boca seca, incapaz de responder. Porque sabía que Mariana tenía razón. Sabía que, vestida así, Gabriel me vería de una manera completamente diferente. Y eso me inquietaba más que cualquier otra cosa.

Sigo siendo un hombre debajo de todo esto, pensé, aferrándome a esa idea como a un clavo ardiendo.

Pero mientras me miraba en el espejo, con el vestido azul ceñido a mi cuerpo, con las mejillas sonrojadas por la vergüenza y algo más, por primera vez no estaba tan segura de, en el fondo, seguir siendo un hombre.

lunes, 16 de marzo de 2026

Distancia y descubrimiento (6)


 

Capítulo 6 – Distancias y descubrimientos

Los meses siguientes transcurrieron con cierta monotonía. Terminamos el curso escolar y comenzó el siguiente: mi último año en la primaria. Once años, casi doce, y cada día me levantaba en un cuerpo que aún me costaba reconocer como mío.

Gabriel ya no me visitaba con tanta frecuencia. Al principio eran una vez por semana, luego cada quince días, después tenía suerte si me venía a ver una vez al mes.

—Debe estar jugando con los otros chicos —pensaba, intentando no darle importancia.

En esa etapa de mi vida anterior, mi vida como chico, ambos nos habíamos unido al equipo de fútbol de la escuela y habíamos participado en torneos regionales. Incluso llegamos a quedar en segundo lugar en el intercolegial. Lo recordaba con claridad: la emoción de los partidos, la camaradería en el vestuario, las bromas después de cada encuentro. Al parecer, Gabriel estaba reviviendo esa parte de su infancia casi igual que antes. Pero para mí, todo era diferente.

Yo pasaba las tardes en casa de Mariana o recibiéndola en la mía. Jugábamos baloncesto, veíamos películas, intercambiábamos secretos. Era una vida tranquila, pero distinta a la que había conocido como niño. A veces, cuando Mariana se dormía en las pijamadas y yo me quedaba despierta mirando el techo, pensaba en cómo sería estar en el equipo de fútbol ahora. En cuánto quería correr detrás de un balón en lugar de estar atrapada en la vida de una niña.

Cuando Gabriel me visitaba, me contaba todas sus aventuras. Llegaba con su uniforme deportivo aún puesto, el cabello sudado, los ojos brillantes de emoción. Con la experiencia acumulada de haber sido un chico de diecisiete años, decía haber adquirido una claridad táctica que le permitió destacar en los partidos. Incluso ganaron el torneo regional.

—Y entonces metí el gol de la victoria —contó, entusiasmado, gesticulando con las manos—. El portero se lanzó para un lado, yo leí su movimiento, y simplemente la puse en el otro. ¡Fue increíble, Julieta! Igual que en el partido que jugamos contra la escuela de San Miguel, ¿recuerdas?

Lo escuché en silencio, asintiendo de vez en cuando. Pero por dentro hervía. Cada palabra suya era un recordatorio de lo que había perdido. De lo que él todavía tenía y yo no.

No pude más.

—Para ti todo es fácil —espeté de pronto, cortando su relato—. Volviste a ser un niño y puedes corregir tus errores con la experiencia que tenemos… mientras yo estoy atrapada en faldas todo el puto día, en una escuela donde ya ni siquiera hablo con los chicos porque para ellos soy una niña más. Afuera también, casi solo me relaciono con niñas. ¡Todo es diferente para mí! ¿No te das cuenta?

Gabriel abrió la boca para intentar decir algo, pero lo interrumpí. Sentía las lágrimas quemarme los ojos, la garganta cerrada por la rabia y la frustración acumulada durante meses.

—Vete. Por favor. No quiero verte.

Él me miró un momento, con esa expresión herida que solo había visto en su cara un par de veces en toda nuestra amistad. Luego asintió, dio media vuelta y se fue sin decir palabra.

No volvimos a hablar durante los siguientes meses.

Al principio me sentí aliviada. Ya no tenía que fingir que me alegraba por sus éxitos, ya no tenía que escuchar sus historias de fútbol mientras yo me pudría en casa. Pero pronto el alivio se convirtió en un vacío incómodo. Sabía que había sido un error. Sin Gabriel, no tendría acceso al tótem cuando cumpliera diecisiete, y eso significaba la posibilidad real de vivir como mujer el resto de mi vida.

Pero mi orgullo podía más. No quería disculparme. No quería darle el gusto de verme rota.

La relación entre nosotros quedó suspendida, flotando en un silencio tenso que ninguno de los dos se atrevía a romper.

Un día, llegaron unos enfermeros a la escuela. Recuerdo haberlos visto entrar por la puerta principal mientras estábamos en clase de matemáticas. Hablaron brevemente con el director, y luego dieron instrucciones a los maestros.

Separaron a los alumnos por sexo.

—Todas las niñas, al auditorio con las enfermeras —anunció el profe Hugo—. Los niños se quedan aquí conmigo.

Sentí un nudo en el estómago mientras me levantaba de mi pupitre. Sabía lo que venía. En mi vida anterior, había tenido esa misma charla, pero del otro lado. Había sido de los que se quedaban en el salón, había sido parte de los chicos.

Ahora yo era una de las niñas.

Caminé hacia el auditorio con las demás, sintiendo el roce de la falda contra mis piernas, el peso de mi cabello en la nuca. Mariana caminaba a mi lado, nerviosa.

—¿De qué crees que hablarán? —susurró.

—No sé —mentí.

En el auditorio, nos sentaron en filas, todas las niñas de quinto y sexto grado. Una enfermera subió al estrado y comenzó a hablar. Primero fue una introducción general sobre la pubertad, sobre los cambios que experimentaríamos. Luego vino lo difícil.

—Vamos a hablarles sobre salud reproductiva, enfermedades de transmisión sexual y autoexploración —dijo la enfermera, y sentí que el mundo se ralentizaba.

Me sentí abrumada. Sabía que mi cuerpo estaba cambiando. En los últimos meses lo había notado: mis pechos comenzaban a crecer, pequeños brotes que dolían al rozarse con la ropa. Mis caderas se ensanchaban, apenas perceptiblemente, pero lo suficiente para notarlo en el espejo cuando me miraba de perfil. Cada cambio era un recordatorio de que este cuerpo seguía su curso, de que no era solo una cáscara vacía que pudiera ignorar.

Escuchar esa charla fue, simplemente, atroz.

La enfermera proyectaba imágenes en una pantalla, explicaba con términos clínicos lo que ocurría en nuestros cuerpos. Habló de la menstruación, de los cambios hormonales, de cómo nuestros ovarios comenzarían a liberar óvulos. Yo conocía toda esa información, la había aprendido en biología cuando tenía quince años. Pero escucharla ahora, sabiendo que se aplicaba a mí, a mi cuerpo, era completamente diferente.

Volví en mí justo cuando comenzaban a hablar de embarazo y de cómo ocurría. La enfermera explicaba con todo detalle el proceso de fecundación, y sentí que mis mejillas ardían. Me ruboricé hasta las orejas, mirando fijamente mis manos sobre el regazo, intentando no escuchar.

Nunca me acostaré con un chico, pensé, espantada. La sola idea me revolvía el estómago.

Y sin embargo…

A veces, en los últimos días, me sorprendía mirando a Gabriel en los pocos momentos que coincidíamos. En la escuela, cuando nuestros grupos se cruzaban en los pasillos. En el barrio, cuando lo veía jugar fútbol con los otros chicos. Justificaba esas miradas pensando que lo hacía solo por el tótem, por la esperanza de recuperar mi antiguo cuerpo. Me decía a mí misma que solo lo observaba para asegurarme de que seguía siendo el mismo, de que no olvidaba nuestro plan.

Pero en el fondo sabía que había algo más.

Sentía mariposas en el estómago cuando lo veía. Conocía esa sensación. La había experimentado antes, a esta misma edad, cuando tuve mi primer crush. Había sido con Diana, una de las niñas del salón, la de cabello rizado y sonrisa fácil. Recordaba esas mariposas, la forma en que buscaba su mirada, el cosquilleo cuando se sentaba cerca de mí.

Esto era igual. Pero no era con Diana. Era con Gabriel. Con mi mejor amigo.

Una idea me cruzó la mente como un relámpago, iluminando todo lo que había estado negando durante meses:

No importa lo que haga. El tótem terminará su trabajo. Y yo… terminaré enamorándome de Gabriel. Y él se enamorará de mí. Seremos novios, tal vez nos casemos, incluso puede que le dé hijos.

La idea me aterró, pero no tanto como debería. A una parte de mí, a una parte que crecía cada día, le parecía una idea agradable. Y eso era aún peor.

Salí del auditorio sintiéndome vacía. Las demás niñas cuchicheaban entre ellas, algunas sonrojadas, otras riendo nerviosas. Mariana me tomó del brazo.

—¿Estás bien? Te pusiste muy roja.

—Sí, solo… tengo calor —mentí.

Pero no era calor. Era el terror de descubrir que, tal vez, el deseo no necesitaba magia para cumplirse. Que tal vez, sin darme cuenta, ya estaba en camino de enamorarme de Gabriel. Y que esa posibilidad, esa puta posibilidad, era lo más humillante de todo.

Porque yo era Romeo. Y Romeo no se enamoraría de un chico. No se enamoraría de su mejor amigo.

domingo, 15 de marzo de 2026

Cumpleaños de princesa (5)

 



Capítulo 5 – Cumpleaños de princesa

Me quedé paralizada cuando vi a mi mamá entrar a la habitación con un vestido rosa en las manos. Rosa. Completamente rosa. Con mangas abullonadas, un lazo enorme en la cintura y una falda que parecía sacada de un cuento de hadas. Ella lo extendió frente a mí con una sonrisa ilusionada, como si me estuviera mostrando el tesoro más preciado del mundo.

—Es tu primer regalo de cumpleaños, princesa —dijo.

Debí haber puesto cara de terror, porque mi mamá frunció el ceño y preguntó con cierta duda:

—¿No te gustó?

—No es eso… es que olvidé que era mi cumpleaños —respondí, esforzándome por ocultar el rechazo que me provocaba la prenda más femenina que había visto en mi vida.

*¿Esto es lo que soy ahora? ¿Alguien que usa vestidos rosas con lazos?*

—Me encanta, mamá —mentí, para no herirla.

Minutos después, ya con el vestido puesto, mi madre anunció con entusiasmo:

—Ven, con un atuendo tan bonito tengo que maquillarte un poco y peinarte.

Pasé la siguiente media hora sentada, aburrida, mientras mi madre me producía con esmero. Sentía sus dedos enredándose en mi cabello, el tirón suave de las trenzas, el roce de las brochas en mis mejillas. Cada toque era un recordatorio de mi nueva realidad. Al terminar, me giró hacia el espejo y el resultado fue desgarrador.

En el reflejo había una niña coqueta y hermosa, con dos trenzas que la hacían ver aún más infantil. Mis mejillas tenían un rubor suave, mis labios brillaban ligeramente. Parecía salida de un cuento. No podía creer que esa imagen fuera realmente yo. No podía creer que esa niña del espejo, con su vestido de princesa y su mirada ingenua, fuera la misma persona que hace unos meses era un chico de diecisiete años jugando videojuegos con Gabriel.

Esperaba que nadie me viera así. Sobre todo, me aterraba la idea de que Gabriel me viera. Él sabía quién era en realidad, y que me viera de esta forma sería… humillante. Lo peor es que una parte de mí, una parte diminuta y rebelde, pensaba que el vestido no era tan feo. Que el color rosado no era tan malo. Y esa parte me daba más miedo que el propio vestido.

El cuerpo infantil de niñas y niños no es tan diferente, y a veces no me sentía tan lejana de quien había sido. Mi estatura era prácticamente la misma, y mis facciones, similares. Lo que realmente me recordaba mi nueva situación eran la falda escolar, el cabello largo y los peinados marcadamente femeninos. Bueno, también la ausencia de mi amiguito en mi entrepierna, pero intentaba no pensar mucho en eso... Pero ese día, con aquel vestido de princesa, no cabía duda: ya no era un niño. Ya no quedaba nada de Romeo.

Mientras veía a mis padres decorar la casa con globos rosas, manteles de princesas y centros de mesa con coronas, pensé: *Sin duda estoy vestida para la ocasión.* Recordé que, en mi otra realidad, mi fiesta de once años había sido de superhéroes. Había globos azules y rojos, un pastel con la cara de Batman, y en vez de un vestido, mi mamá me regaló un disfraz de Spiderman. Me lo puse en cuanto abrí el paquete y no me lo quité en toda la tarde.

Sentí una punzada de envidia por el niño que fui. Por el niño que podía correr sin preocuparse por mostrar las bragas, que podía sentarse con las piernas abiertas sin que nadie le dijera nada, que podía ser él mismo sin tener que fingir.

Cerca de las dos de la tarde llegaron Mariana y sus amigas, además de otras niñas del salón. Todas llevaban vestidos, aunque ninguno tan elaborado como el mío. Mariana me abrazó en cuanto me vio.

—¡Qué bonito vestido! —exclamó, y las demás asintieron.

Sonreí, agradecida de que el rubor en mis mejillas pudiera confundirse con el maquillaje.

Jugamos a las escondidas y a las atrapadas por toda la casa. Al principio me sentía torpe con el vestido, consciente de cada movimiento, de cómo la falda volaba cuando corría. Pero poco a poco, entre risas y gritos, fui olvidándome. Luego mi papá anunció que había un brincolín en el patio.

—¡Sí! —gritaron todas, saliendo corriendo.

—No se preocupen por mostrar los calzones, niñas —dijo mi mamá riendo—. No invitamos a ningún niño para que puedan saltar sin problemas.

Luego, le dirigió una sonrisa a mi papá:

—Ve adentro, amor. Las niñas van a jugar.

Mi papá asintió y desapareció dentro de la casa. Yo me quedé quieta un momento, procesando. No hay niños. Solo niñas. Así podemos saltar sin preocuparnos. Era lógico, pero también era un recordatorio de que yo ya no pertenecía al grupo de los niños. Que mi lugar ahora era este: con las niñas, en el brincolín, con el vestido vuelto loco por los saltos.

Pasamos la siguiente hora saltando, gritando y riendo sobre el brincolín. Noté que más de una vez las bragas de mis amigas quedaban al descubierto, y estaba segura de que las mías también. Pero no importaba. Nadie nos miraba. Nadie iba a burlarse.

Todas somos niñas, pensé. Y por un momento, solo por un momento, eso no me pareció tan malo.

Después comimos hamburguesas y pastel. Me senté en el suelo con las demás, compartiendo papas fritas y riendo de cosas sin importancia. Mariana se sentó a mi lado y me pasó un pedazo de pastel.

—Feliz cumpleaños, Julieta —dijo.

—Gracias —respondí, y sonreí de verdad.

Al final, mi cumpleaños como niña no había estado tan mal.

Ya al atardecer, cuando todas las invitadas se habían ido y solo quedábamos mis padres y yo, mi mamá me acarició el cabello con ternura. El gesto era el mismo de siempre, el mismo calor en la mano, la misma suavidad. Pero ahora lo hacía con una niña, no con un niño.

—El próximo año cumplirás doce, princesa. Seguramente este fue tu último cumpleaños tan infantil. Espero no haber exagerado con el vestido.

Recordé que, en la otra realidad, mi madre me había dicho algo muy similar… solo que esa vez se disculpaba por el disfraz de Spiderman, no por un vestido. Y me había llamado "hijo" en lugar de "princesa".

Comprendí entonces que lo importante seguía intacto. El amor de mis padres era el mismo, aunque me trataran distinto. Aunque usaran palabras diferentes. Aunque me vieran como una niña.

Y, aunque me costara admitirlo, la fiesta no había sido tan terrible. Recordé cómo corría tras mis amigas, cómo reíamos mientras saltábamos juntas, con los vestidos flotando en el aire… y no pude evitar sonreír.

Algo en mi interior estaba cambiando. Mi mente comenzaba a ajustarse, a soltar poco a poco los vestigios de los diecisiete años que alguna vez tuve. Por primera vez, me sentí más cerca de ser esa niña que todos veían. No era que hubiera dejado de extrañar a Romeo, no era que hubiera aceptado del todo mi nueva realidad. Pero por un momento, solo por un momento, dejé de luchar contra ella.

Me miré al espejo una última vez antes de quitarme el vestido. La niña de las trenzas y el rubor me devolvió la mirada. Ya no me resultaba tan extraña.

Yo me se sentía, al fin, como una niña.

sábado, 14 de marzo de 2026

Nuevos lazos (4)


Capítulo 4 – Nuevos lazos

Las semanas siguientes fueron, en general, parecidas entre sí. Gabriel comenzó a integrarse cada vez más con el viejo grupo de amigos que antes fue de ambos. Los veía en el recreo desde lejos, corriendo detrás del balón, riendo con esas bromas que antes compartíamos. A veces nuestros ojos se encontraban y él me dedicaba una sonrisa rápida, como pidiendo disculpas, antes de volver al juego. Yo sonreía de vuelta, fingiendo que no me importaba.

Pero sí me importaba. Me importaba mucho.

Yo, en cambio, apenas intercambié palabras con quienes, en mi otra vida, en mi vida de chico, habían sido mis mejores amigos. Ya no compartíamos los mismos juegos… ni el mismo género. Cuando me cruzaba con ellos en los pasillos, apenas me dirigían la mirada. Para ellos, yo era solo una niña más. Una desconocida. El mismo niño que había sido su amigo durante años había sido borrado de su memoria, reemplazado por esta versión femenina que no les interesaba.

En cambio, comencé a hacerme cercana a algunas niñas del salón. Entre ellas, Mariana, con quien rápidamente formé un vínculo especial. Me había invitado un par de veces a jugar a su casa, a solo unas calles de distancia. Mariana tenía un aro de baloncesto en la pared del patio, y pasábamos horas lanzando tiros, riendo y sudando bajo el sol.

Descubrí que el baloncesto podía ser tan emocionante como el fútbol. Me gustaba sentir el peso del balón en las manos, el golpe sordo contra el tablero, la satisfacción de encestar. Por momentos, cuando corría y saltaba, casi olvidaba que ahora era una niña. Pero siempre, al detenerme, sentía el roce de mi cabello contra mis hombros o la ausencia de volumen en mi entrepierna. Recordaba que antes podía quitarme la camisa cuando hacía calor; aunque yo aún no tenía senos, no estaba bien visto que una niña anduviera con el torso desnudo. Otra libertad que había perdido.

A veces, después del juego, Mariana sacaba sus muñecas o insistía en ver una película de princesas. Al principio me resistía. Me parecían ridículas, aburridas, tan alejadas de lo que realmente me gustaba. Pero con el tiempo terminé cediendo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era lo que hacían las niñas. Y yo, incluso si no quería, era una niña ahora.

Entre risas y voces fingidas, fuimos construyendo un mundo propio. Una tarde, mientras vestíamos muñecas y tomábamos limonada, pensé:

Tener una mejor amiga es muy diferente a tener un mejor amigo.

Y no sabía si eso era bueno o malo. Por un lado, había algo reconfortante en esa intimidad nueva, en las confidencias susurradas, en la forma en que Mariana me tomaba de la mano sin pensarlo dos veces. Por otro lado, ada gesto de complicidad femenina me recordaba lo lejos que estaba de quien solía ser.

—¿Qué pasa entre tú y Gabriel? —preguntó Mariana, con tono casual mientras ajustaba un vestido diminuto a su muñeca.

—¿Eh? Nada. Es mi amigo. ¿Por qué?

—Mi mamá habló con la tuya. Dijo que él te visita al menos una vez por semana. Y que le parece que eres muy pequeña para tener novio.

Escupí parte de mi bebida. Sentí el líquido frío resbalar por mi barbilla y el calor subirme a las mejillas. Me ardía la cara, y no solo por la vergüenza, sino por lo absurdo de la situación. Apenas hace unos meses yo era un chico de diecisiete años, y ahora estaba aquí, con una amiga de diez, negando tener novio como si fuera algo ofensivo.

—¿¡Qué!? ¡No es mi novio! Solo jugamos videojuegos.

Mariana sonrió con esa sonrisa cómplice que las niñas parecen aprender por ósmosis.

—Bueno… si te visita tanto, a lo mejor le gustas.

—No es eso —dije, y noté que mi voz temblaba ligeramente—. Es complicado. Además, creo que a él todavía no le gustan las niñas. Y a mí… no me gustan los niños.

Lo dije sin pensar demasiado, pero con una sinceridad que me sorprendió. Mariana asintió como si entendiera, aunque era imposible que entendiera. Nadie podía entenderlo. Ni siquiera yo entendía del todo lo que acababa de decir.

Mientras el lazo con Mariana se fortalecía, también comencé a notar cómo Gabriel se volvía inseparable de Marco. Los veía en el recreo, siempre juntos, compartiendo chistes, jugando fútbol, haciendo ese saludo especial con las manos que antes era nuestro. El que inventamos cuando teníamos once años y jurábamos que solo nosotros lo sabíamos hacer. Ahora lo hacía con Marco.

Una parte de mí se sintió traicionada. Otra, profundamente celosa. Pero reprimí ambas emociones. Gabriel era el único que conocía la verdad sobre mi identidad, y también el único que tendría acceso al tótem en el futuro. No podía permitirme alejarlo. Así que fingía que no me molestaba verlo tan cercano a Marco. Sonreía cuando me contaba de sus aventuras juntos, asentía cuando mencionaba lo buen amigo que era. Pero cada vez que Gabriel me visitaba los fines de semana, me costaba más mantener la sonrisa. Me costaba más no preguntarle si prefería pasar el rato con Marco en lugar de conmigo.

Así pasaron los primeros seis meses viviendo como una niña. Entre juegos de muñecas, películas de princesas y canastas en el patio, entre consolas compartidas y secretos callados, fui navegando mi nueva vida con una mezcla de aceptación y esperanza. A veces, cuando estaba sola en mi habitación, me miraba al espejo y trataba de encontrar al chico que fui, a Romeo. Pero cada día era más difícil. Cada día, la niña del reflejo me resultaba menos extraña.

Y eso, quizá, era lo más humillante de todo.

Que empezaba a acostumbrarme.

viernes, 13 de marzo de 2026

Cambios visibles (3)

 


Capítulo 3 – Cambios visibles

Cuando mi papá llegó esa primera noche, sentí que el mundo se me vino encima otra vez. Él siempre me había tratado con respeto, con esa complicidad entre varones que nunca necesitó palabras. Recuerdo cuando me enseñó a lanzar una pelota, cuando me llevó a mi primer partido de fútbol, cuando me dijo "hoy te convertiste en un hombrecito" después de ayudarle a cambiar una llanta. Con él, nunca hicieron falta los discursos; nos entendíamos en los silencios.

Pero ahora que ya no era un niño, sino una niña, mi papá me decía "princesita" y usaba una voz empalagosa para hablar conmigo. Llegó del trabajo, me vio sentada en la sala y su rostro se iluminó con una sonrisa que no le conocía.

—¿Cómo está mi princesita? —preguntó, revolviéndome el cabello con una suavidad que me hizo sentir diminuta.

Cada vez que lo hacía, sentía que algo dentro de mí se resquebrajaba. Como si mi antigua identidad se desdibujara un poco más. Como si el Romeo que fui se borrara lentamente, reemplazado por esta versión femenina que él acariciaba con tanta naturalidad.

—Bien, papá —respondí, y mi voz aguda sonó como una traición.

Me pregunté si así me vería siempre. Si para él, para mi propio padre, yo era solo una nena dulce y delicada a la que debía proteger. El mismo hombre que me enseñó a ser fuerte, ahora me hablaba con esa ternura que antes reservaba para mis primas.

Las clases no fueron un problema. Conservaba todas mis memorias de cuando tenía diecisiete años, y los ejercicios de primaria me parecían casi insultantemente fáciles. Podía resolver divisiones de tres cifras en segundos y entendía los textos antes de que el maestro terminara de leerlos. A veces levantaba la mano solo por aburrimiento, por sentir que aún podía hacer algo mejor que los demás.

Pero los recreos… esos eran otra historia.

El segundo día como niña, vi a los niños —mis antiguos amigos, los mismos con los que solía jugar— reunirse para el partido de fútbol. Me acerqué con timidez, esperando que me invitaran. Era automático, un impulso de siete años de hacer lo mismo cada recreo.

—¿Puedo jugar? —pregunté.

Uno de ellos, al que recordaba como mi compañero de equipo, me miró de arriba abajo.

—Este juego es rudo para niñas —dijo con desdén, y los demás asintieron.

Antes de que pudiera insistir, un maestro intervino desde atrás.

—Con esa falda no puedes jugar, Julieta. Podrías caerte y enseñar los calzones. Ve con tus compañeritas.

Las palabras me ardieron como fuego. Sentí el rostro arder, las piernas desnudas de repente demasiado expuestas. Bajé la mirada, ajusté la falda instintivamente y me alejé sin decir nada.

Unas niñas del salón me llamaron con un gesto para que me uniera a ellas. Me senté en el círculo que formaban sobre el pasto, escuchando sus charlas sobre mascotas, películas de princesas y coreografías de moda. Asentía sin mucho interés, fingiendo que me importaba.

Desde ahí, vi a Gabriel anotar un gol. Los niños lo levantaron en hombros, celebrando. Sentí una punzada en el pecho. Siempre había sido mejor jugador que él. Siempre. Pero ahora ni siquiera me permitían competir. Ahora mi lugar era este: observar desde lejos, con las piernas juntas y la falda bien pegada a los muslos.

¿Esto será siempre así?, pensé. ¿Mirar desde la banca mientras los demás juegan?

Dos días después, pasé el recreo con Gabriel. Al principio fue agradable. Nos reímos, recordamos bromas internas, incluso compartimos un paquete de papas como en los viejos tiempos. Por un momento, casi olvidé que llevaba falda, que era una niña. Casi olvidé que mi cuerpo era diferente.

Pero pronto empezaron las burlas. Algunos niños nos miraban desde lejos, se daban codazos, reían. Luego vinieron las cantaletas, ese tono burlón que todos conocemos:

—¡Julieta y Gabriel, se van a casar!

—¡Qué bonito es el amor!

Bajé la mirada. Sentí las mejillas arder. Nunca antes me habían molestado esas bromas. Cuando era Romeo y me las hacían con alguna niña, me reía, me encogía de hombros, a veces hasta las provocaba. Pero no era lo mismo. No era lo mismo que dijeran que eras el novio de una niña… a que ahora dijeran que eras la novia de un niño. El mundo se había invertido, y yo estaba en el lado equivocado.

Después de ese día, empecé a pasar los recreos con las chicas. Muchas resultaron simpáticas, incluso divertidas, aunque los juegos y las conversaciones aún me resultaban ajenos. Hablaban de cosas que nunca me interesaron, se reían de chistes que no entendía del todo. Poco a poco encontré algo entretenido en esa dinámica, pero aun así… hubiera dado lo que fuera por volver a ser un chico. Por volver a correr detrás de un balón sin que nadie me dijera que podía "enseñar los calzones".

Gabriel comenzó a visitarme algunas tardes. Desde los diez años solíamos visitarnos con frecuencia, pero pronto descubrí que como niña no me permitían ir sola a casa de un niño. Cuando lo mencioné, mi mamá puso el grito en el cielo.

—¿Ir a casa de Gabriel? ¿Solos tú y él en su habitación? ¡Ni lo sueñes, Julieta!

En cambio, cuando él venía a mi casa, era bien recibido. Aunque mi mamá insistía en dejar siempre la puerta abierta.

—Por si acaso —decía, y yo entendía perfectamente qué significaba ese "por si acaso". Antes, cuando yo era Romeo, las madres de mis amigas decían lo mismo. Ahora entendía por qué ellas se sonrojaban.

Mientras jugábamos videojuegos, comíamos botanas, nos burlábamos de los programas cursis de la tele —y sobre todo, mientras yo podía usar pantalones en lugar de esa maldita falda—, era fácil ignorar el resto. Por momentos, casi sentía que todo seguía igual. Que yo era Romeo y él era Gabriel, y el mundo estaba en orden.

Pero luego Gabriel se iba. La puerta se cerraba y el silencio llenaba la habitación. Me levantaba del suelo, me acercaba al televisor apagado y me veía en el reflejo.

Trenzas. Cuerpo menudo. Voz suave que aún resonaba en mi cabeza.

Y recordaba.

Nada era igual. Yo no volvería a ser un hombre hasta dentro de 7 años.

jueves, 12 de marzo de 2026

Julieta, la niña (2)


Capítulo 2: Julieta, la niña

En la calle, en público, la falda a cuadros, la camisa de algodón blanca, las calcetas hasta las rodillas y la diadema que estaba usando me hacían sentir muy apenada. Apenas ayer era un chico de diecisiete años normal y hoy era una niña de diez años arreglada como una muñequita. En lugar de los zapatos con agujetas que recordaba, ahora llevaba unos con broches enormes y una pequeña hebilla en forma de flor. Todo en mi apariencia era muy femenino.

Cada paso que daba fuera de casa me recordaba mi nueva condición. Sentía la brisa matutina acariciarme las piernas desnudas, un cosquilleo constante que no podía ignorar. Antes, con mis jeans o pantalones de uniforme, el viento solo me rozaba la ropa. Ahora lo sentía directo sobre la piel, como un recordatorio permanente de que llevaba una falda. De que era una niña. Me ruboricé al cruzar la esquina. No podía creer que realmente estaba en el exterior vestida así, que la gente me viera, que mis vecinos me saludaran como si nada. Para ellos siempre había sido Julieta. Para mí, esta era la primera vez que salía a la calle siendo una niña, y cada mirada me atravesaba como una aguja.

Cuando llegué a la escuela, me senté en mi vieja silla. La misma donde había pasado incontables horas en tercero de primaria. Todo me parecía un déjà vu constante. Sin embargo, al mirar mis piernas cubiertas solo por la falda, pensé que no era exactamente un déjà vu: sí, había pasado un año entero en ese pupitre, pero siempre con pantalones. Ahora, cada pequeño detalle se sentía… diferente. La madera del asiento contra la parte trasera de mis muslos. La forma en que tenía que juntar las piernas para no mostrar nada. Ese gesto tan natural en las niñas, y que yo tenía que aprender por instinto de supervivencia. Ajusté la falda inconscientemente, tirando del borde hacia abajo, y me odié un poco por hacerlo.

Gabriel llegó poco después y se sentó en la silla junto a la suya. Junto a la mía.

—Este es el lugar de mi mejor amigo, Romeo —dijo el niño de diez años, frunciendo el ceño. No me reconocía. Claro que no. Para él, yo era una extraña.

Abrí la boca para responder, para decirle "soy yo, imbécil", pero el maestro entró al salón saludando.

—¡Buenos días, niños!

—¡Buenos días, profesor! —contestamos todos con esa cantinela infantil que antes repetía sin pensar. Ahora me sentía ridículo.

—Ayer nos quedamos en divisiones con dos dígitos, pero antes de que se me olvide, voy a pasar lista —dijo el profe Hugo, el mismo de siempre, el que había sido nuestro maestro hacía siete años.

Fue nombrando a cada alumno como todos los días. Nombres que recordaba, caras que reconocía. Todos mis compañeros de tercero, los mismos con los que jugaba fútbol en el recreo. Me pregunté si ellos también me recordarían, si en esta línea de tiempo yo había sido su amiga, o si solo me veían como una niña más en el salón.

—Santiago Vázquez Julieta —dijo el profesor.

—Presente —respondí, casi por inercia.

El nombre completo me sonó a condena. Santiago Vázquez, mi apellido, el de mi familia. Pero antepuesto, como si fuera el segundo. Y Julieta, como si siempre hubiera sido así. Me presenté con una voz que no era mía, y sentí las piernas desnudas rozarse bajo el pupitre.

Gabriel giró lentamente la cabeza. Lo vi procesar. Conocía bien esos apellidos. Había estado en mi casa cientos de veces. Sabía cómo me llamaba. Era imposible no atar cabos.

...

Durante el recreo, nos alejamos de los demás y nos sentamos en la jardinera detrás del edificio, donde solíamos escondernos para hablar de cosas de "mayores" cuando éramos niños. El mismo lugar, siete años después, pero éramos nosotros otra vez. Bueno, yo era otra.

—¿En verdad eres tú? —preguntó Gabriel, aún incrédulo, mirándome como si fuera un fantasma.

—Claro que soy yo, tonto —dije, y noté con horror que mis labios hicieron un puchero involuntario. Un gesto que mis nuevos músculos faciales habían ejecutado solos. Me sonrojé de inmediato. ¿Desde cuándo hacía pucheros? ¿Era algo que mi cuerpo hacía ahora por defecto?

Gabriel no pareció notarlo, o no le dio importancia.

—¿Y por qué estás usando una falda? —insistió el niño, señalando mi uniforme.

—¡Porque soy una niña! ¿No lo ves? —respondí, y el ardor en mis mejillas aumentó—. Ese estúpido hechizo no solo nos regresó en el tiempo… también me convirtió en esto.

—Entonces… —dudó—. ¿Se supone que nos vamos a enamorar?

Ambos hicimos un sonoro "¡Iuuuugh!" al mismo tiempo, y luego nos miramos, asqueados y divertidos. Pero por dentro, yo solo estaba asqueado. Por dentro, yo era Romeo y la idea de enamorarme de mi mejor amigo me revolvía el estómago. Aunque una parte diminuta de mí, la que ahora estaba atrapada en este cuerpo de niña, sintió algo que no quise reconocer.

—Claro que no —dije firme—. Iremos a tu casa, buscaremos el estúpido tótem y desharemos esto.

Gabriel bajó la mirada. Jugueteó con una piedrita entre los dedos.

—No podemos. Mi tío no encontrará el tótem hasta dentro de más de cinco años… y recién me lo dará cuando cumpla diecisiete.

La revelación me cayó como un balde de agua fría. Sentí que el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Siete años. Tendría que vivir así… como una niña… durante siete años.

Miré mis piernas. La falda se había levantado un poco al sentarme y pude ver más piel de la que quería. La bajé rápidamente, sonrojada. Gabriel también me estaba viendo las piernas y eso me hizo sonrojar aún más. Lo peor es que tendría que vivir siete años usando esto. Siete años con bragas en lugar de calzoncillos. Siete años respondiendo al nombre de Julieta. Siete años sin poder mear de pie, sin poder quitarme la camisa en la calle cuando hace calor, sin poder ser yo.

Lo peor no era el tiempo. Lo peor era que nadie lo sabría. Que para todos, yo sería una niña. Entonces recordé que el deseo que pedimos decía que ambos nos enamoraríamos al pasar el tiempo y sentí un terror recorrer mi espalda. Dejé de pensar en eso de inmediato.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Gabriel.

Apreté los dientes. Sobre mis piernas desnudas, una hormiga caminaba lentamente. La sacudí con asco.

—Sobrevivir, supongo.

miércoles, 11 de marzo de 2026

El totem (1)


Capítulo 1 – El tótem

Conocí a Gabriel cuando teníamos diez años, después de que nos castigaran por pintar las paredes del salón con plumón indeleble. Ese día él sacó el plumón de su mochila y comenzó a rayar una pared; sin mediar palabra, me pasó el marcador y continué su dibujo. Fue una conexión instantánea, casi espiritual. Antes de terminar nuestra obra, la maestra llegó al salón y nos llevó a la dirección. Desde entonces fuimos inseparables. Tareas, videojuegos, escaparnos de las reuniones familiares. Nos entendíamos sin palabras, con esa conexión que crees que durará para siempre. Yo era Romeo, él era Gabriel, y así estaba bien.

Cuando Gabriel cumplió diecisiete, su tío Álvaro —arqueólogo, excéntrico, siempre con regalos raros— le mandó un paquete. Un tótem pequeño, tallado en madera oscura, con dos caras enfrentadas y alas diminutas en la espalda. Incluía una nota:

"Esto es más que un souvenir de la Sierra del Tigre. Es un artefacto mágico. Según la leyenda, si dos personas sinceras piden el mismo deseo al mismo tiempo, este se cumple... aunque no siempre de la manera esperada. Feliz cumpleaños, sobrino."

Gabriel me lo mostró riéndose, y yo me reí con él.

—¿Y qué vas a pedir? —pregunté—. ¿Una novia que te dure más de un mes?

Me miró de un modo que no supe interpretar entonces. Nostalgia, quizá.

—He estado pensando… Las novias que he tenido, no sé, todo se siente forzado. Me gustaría salir con alguien que haya sido mi amiga desde siempre, con quien realmente tenga cosas en común.

—No tienes ninguna amiga —señalé, burlón—. ¿De verdad crees que esa cosa funciona?

—Tal vez… Lo que quiero decir es que, si hubiera tenido una mejor amiga desde niño, alguien con quien compartiera todo… tal vez sí podría enamorarme. Alguien que me conociera de verdad, que fuera parte de mi historia.

Lo miré fijo.

—Suena a película cursi.

—Se necesitan dos para pedir el deseo. ¿Me ayudarías? Solo por diversión.

Me encogí de hombros.

—¿Qué rayos? Hagámoslo.

Sostuvimos el tótem juntos, cerramos los ojos y dijimos al unísono: *"Deseamos que Gabriel haya tenido una mejor amiga desde niño… y que se enamoren al crecer".*

Nada pasó. Ni luces, ni truenos, ni música épica. Solo el ventilador y el crujido de la silla.

—Bueno, fue divertido —dije—. ¿Vamos por una pizza?

...

Cuando desperté al día siguiente, supe que algo estaba mal.

Mi cuarto ya no era azul. Era verde limón. Verde puto limón, brillante, chillón. Mi cama era más pequeña. Mis manos también. Me senté de golpe, respirando rápido.

La PlayStation seguía ahí, pero los discos estaban ordenados en una caja decorada con pegatinas de gatitos. Gatitos. Yo nunca tuve pegatinas de gatitos.

Miré a mi alrededor. Todo me resultaba familiar pero ajeno, como si estuviera en la casa de un primo lejano. Hasta que caí en la cuenta: era mi habitación. La que tenía cuando tenía diez años, aunque estaba algo cambiada. ¿El deseo había funcionado? ¿El tiempo había vuelto atrás? ¿Gabriel conocería a una niña y serían amigos para luego ser pareja?

Me levanté de un salto. Mis piernas eran delgadas, ridículamente delgadas. El espejo junto a la puerta no estaba ahí antes —yo nunca tuve un espejo en mi cuarto a esa edad—, pero ahora sí. Y cuando me miré…

Por un segundo pensé que había vuelto en el tiempo, que había vuelto a ser un niño. Pero no. Tenía mi cara infantil, sí, los mismos ojos grandes y oscuros, el rostro todavía redondeado por la infancia. Pero mi cabello era largo. Largo y en dos trenzas estúpidas que me caían sobre los hombros. Miré hacia abajo. Pijama rosada, estampada con Kero-chans de Sakura Cardcaptor. Nada que ver con mi pijama naranja de Gokú, la que usaba a esa edad. No pude evitar deslizar mi mano hacia mi entrepierna. No había nada. Mi amiguito había desaparecido. Yo era una niña. No solo había perdido siete años, también había cambiado de género.

—¿Qué demonios…?

Y entonces lo entendí. El deseo. El tótem. La advertencia de *"no siempre de la manera esperada"*.

No había vuelto a ser un niño. Había retrocedido en el tiempo, sí, pero todo había cambiado. Había vuelto en el tiempo y me había convertido en una niña.

—¡Julieta! —gritó mi mamá desde la cocina—. ¡Se te hace tarde para la escuela! ¡Apúrate y cámbiate!

Julieta. Me llamó Julieta. Como si siempre me hubiera llamado así. Como si Romeo nunca hubiera existido.

Bajé al desayuno en piloto automático. Tomé mi uniforme escolar del clóset: era el uniforme femenino, tendría que usar una falda. Sentir mis piernas desnudas y usar bragas era bastante malo, pero no podía hacer nada al respecto. Bajé a desayunar y mi mamá me sirvió hot cakes con forma de corazón y un jugo rosa de fresa con pajilla en espiral. Todo rosa, todo empalagoso, todo diseñado para una niña…

—¿Dormiste bien, hija? —preguntó con esa dulzura que antes me parecía normal.

Asentí. ¿Qué más podía hacer?

—Sí, mamá. Solo estoy un poco adormilada.

Mi voz sonaba aguda, infantil. Femenina. Cada palabra que salía de mi boca me recordaba que esto no era un sueño. Mi mamá me hablaba como si siempre hubiera sido así, como si no hubiera nada extraño en que su hijo de diecisiete años hubiera desaparecido y en su lugar hubiera una niña de diez con trenzas y pijama de gatitos. Porque en esta realidad, en esta línea de tiempo nueva, yo siempre había sido Julieta. Siempre había sido su hija.

Y según el deseo, según aquella estupidez que ayudé a pedir, yo estaba destinada a ser la mejor amiga que Gabriel había tenido desde niño. La que compartía todo con él. La que lo conocía de verdad. La que se enamoraría de él al crecer.

Me quedé mirando los hot cakes en forma de corazón y sentí algo retorcerse en mi estómago. Algo que no era solo miedo o confusión.

Era humillación.

Porque yo era Romeo. Yo era el que se tiraba de cabeza desde los columpios para impresionar a los otros niños. El que jugaba al fútbol como ningún otro chico. El que podía mear de pie sin pensarlo dos veces. Y ahora estaba aquí, con trenzas y pijama de niña, desayunando corazones de masa frita mientras mi madre me llamaba "hija" con naturalidad absoluta. Todo lo que me hacía sentir yo, todo lo que era, había sido borrado de un plumazo. Y lo peor era que nadie lo notaba. Nadie lo notaría nunca.

Mordí un hot cake. Sabía dulce. Demasiado dulce.

Tragué el bocado con esfuerzo. Sabía que sería un día largo.

martes, 10 de marzo de 2026

Hace 5 años


Hace cinco años, un amigo descubrió que estaba a punto de heredar una enorme fortuna, pero solo si se casaba en treinta días. El contrato decía que se suponía que debía casarse con una mujer, pero no era específico. Mi amigo me pidió ayuda así que tomé una píldora rosa y me casé con él. 



Pensamos que lo anularíamos al poco tiempo pero la letra pequeña decía que teníamos que permanecer casados ​​al menos diez años y tener al menos dos hijos. Hemos decidido que sea para siempre; me encanta ser su bella y sumisa esposa, y él me ama. Y creo que ya estoy lista para ser madre por primera vez.