Capítulo 9: La defensa
Aline caminaba por los pasillos junto a Monse, cargando con cuidado a Sam. Faltaban dos días para terminar la actividad de los muñecos, y todo había transcurrido con calma. Aline se había dedicado a convivir con sus amigas y con Mateo de forma amistosa, sin meterse en problemas, intentando mantener un perfil bajo.
Estaba absorta en sus pensamientos cuando, de pronto, sintió cómo le arrebataban a Sam de los brazos.
—¡Oye! —exclamó, sorprendida.
—¡Devuélvesela! —dijo Monse de inmediato, indignada.
Pero Erick, uno de los chicos más pesados de la escuela y ex mejor amigo de Álvaro, ignoró su reclamo. Sonrió con burla mientras alzaba el muñeco.
—Te la regreso si aceptas salir conmigo —le dijo a Aline.
—Ni loca —respondió ella, fulminándolo con la mirada.
Erick fingió ofenderse y levantó aún más al muñeco.
—Entonces tu bebé se va a quedar sin cabeza —amenazó con crueldad, comenzando a girarlo por una pierna.
Pero no logró nada.
Antes de que pudiera hacer cualquier cosa, una figura surgió de la nada. Mateo apareció a su lado en un solo movimiento, y de un tirón le arrebató el muñeco de las manos.
—No te metas en esto —le gruñó Erick, enojado.
—No puedo evitarlo—contestó Mateo, con una sonrisa tranquila—. Es mi hija.
Erick, furioso, intentó golpearlo. Pero ni siquiera lo logró. Con la mano libre, Mateo aplicó una llave rápida sobre su brazo, inmovilizándolo sin esfuerzo.
Fue en ese instante que el profesor Sergio apareció por el pasillo.
—¡Ustedes dos, a la dirección! —ordenó con voz firme.
—¡Profe! —exclamó Aline, preocupada—. Mateo solo estaba defendiendo a...
—Lo vi todo —respondió el profesor interrumpiéndola, serio, pero sin enojo—. Para él solo será una llamada de atención.
Luego miró directamente a Erick.
—Tú sí estás en problemas.
El profesor se llevó a los dos chicos por el pasillo, mientras Mateo le devolvía el muñeco a Aline con una mirada tranquila. Ella lo abrazó con fuerza, viéndolos alejarse.
—Le gustas —le dijo Monse, sonriendo con picardía.
—¿Qué? No... solo somos amigos —contestó Aline, bajando la mirada.
—Si solo fuera tu amigo no se metería en una pelea en la escuela por una muñeca —replicó Monse, cruzada de brazos.
—Defendió a Sam, no a mí —insistió Aline, aún en negación.
—Claro, Mateo se arriesgó a una sanción por una muñeca de trapo —dijo Monse con sarcasmo.
Aline guardó silencio. Y entonces lo comprendió. Mateo la había defendido a ella.
Sintió el rubor subirle al rostro, mientras en su pecho brotaba una calidez inesperada. De pronto, deseó con todo su corazón que el profesor cumpliera su palabra, y que Mateo no tuviera problemas.
...
Esa noche, Aline no podía estar tranquila. El recuerdo de la pelea en el pasillo seguía rondando su mente. Después de dar vueltas en la cama por casi una hora, tomó el celular y, con algo de duda, buscó el número de Mateo.
—¿Bueno? ¿Mateo? —dijo en voz baja.
—Hola, sí, soy yo —respondió al instante, con su tono siempre amable—. ¿Cómo estás, Aline?
—Bien… pero me preocupa cómo te fue en la tarde.
Hubo un silencio breve al otro lado, luego él contestó con naturalidad:
—El profe contó lo que vio. Me dijo que no debí aplicar la llave, incluso si fue en legítima defensa. Que el muñeco no era tan importante como para hacer algo así… Pero también reconoció que Erick te lo había arrebatado y que intentó golpearme. Por esta vez, solo fue una llamada de atención. Nada grave.
—Primero dice que cuidemos al bebé como si fuera nuestra hija y luego que no era importante —comentó Aline, entre frustración y sarcasmo.
Ambos rieron. Esa risa les abrió una puerta. Y sin darse cuenta, siguieron hablando. Primero de la escuela, luego de Sam, después de películas, música, cosas que les gustaban o no. La charla fluía como un río manso, sin prisas. Cuando miraron el reloj, ya eran más de la una de la mañana.
—Creo que deberíamos dormir… —murmuró Aline, entre un bostezo y una sonrisa.
—Sí, fue bonito hablar contigo —dijo Mateo con suavidad.
—A mí también me gustó —respondió ella, antes de colgar.
Aquella noche, Aline soñó con lo que había ocurrido en el pasillo. Veía con claridad cómo Erick le quitaba la muñeca y luego Mateo aparecía para recuperarla. Pero en el sueño, el profesor no llegaba.
Ella se acercaba a Mateo, con el corazón latiéndole con fuerza.
—Gracias por darle una lección —le decía, mirándolo a los ojos.
—No es nada —respondía él, con esa calma suya tan especial.
—Insisto en agradecerte —decía ella, y entonces se paraba de puntitas para besarlo en los labios.
El beso era lento, dulce. Se prolongaba, se profundizaba. Y justo cuando parecía perderse en él, Aline despertó.
Estaba exaltada. El corazón le latía como tambor. Se quedó quieta unos segundos, intentando procesar lo que había soñado.
Había tenido sueños húmedos antes. Pero en ellos, era un hombre. Las fantasías giraban en torno a una mujer. Esta vez había sido distinto. Esta vez era ella, Aline, besando a un chico. A Mateo. Y lo peor —o lo mejor, no sabía— era que lo había disfrutado.
La humedad entre sus piernas lo confirmaba.
Se llevó las manos al rostro, sintiendo el rubor subirle por todo el cuerpo.
Algo estaba cambiando. O quizás ya había cambiado y apenas comenzaba a notarlo.










