Capítulo 3: En la Mira
La sala de prensa estaba repleta. Cámaras, micrófonos, flashes. Nadie quería perderse el evento más insólito en la historia reciente de la Fórmula 1. En el estrado, tres sillas aguardaban frente al mar de periodistas: una para el doctor, una para Marshal y otra, en el centro, para Adriana.
Subió al podio con el uniforme de piloto ceñido a su nueva figura, el cabello recogido en una coleta rápida y el rostro sereno, aunque por dentro la tensión le retorcía el estómago. A su lado, el doctor carraspeó antes de comenzar.
—Gracias por venir. Sé que muchos tienen preguntas. Voy a ser claro: por un error en la farmacia, al piloto Adrián Soler se le suministró un medicamento experimental que no correspondía a su tratamiento prescrito. El medicamento en cuestión es un modulador genético diseñado para alterar temporalmente la expresión hormonal y física del paciente. Su uso está limitado a ensayos clínicos autorizados.
Los murmullos no se hicieron esperar.
—Los efectos son reversibles. Según los datos disponibles, la duración promedio es de cuatro meses. Adrián, ahora Adriana, ha tomado la decisión consciente de vivir este proceso con total integridad y responsabilidad.
El doctor se detuvo un segundo, mirando al público con gravedad.
—No descartamos que esto haya sido más que un accidente. Hay irregularidades graves. El boticario responsable está detenido, y se ha iniciado una investigación formal.
Marshal tomó la palabra de inmediato, con su tono directo y áspero de siempre.
—Como jefe del equipo, quiero dejar claro que seguimos contando con Adriana Soler como nuestra piloto principal. Su talento no desapareció. Solo necesita adaptarse. Lo hará. Y cuando lo haga, volverá a estar al frente.
Adriana sintió el peso de todos los ojos clavarse en ella cuando le dieron el micrófono. Tomó aire y habló con la voz firme que estaba aprendiendo a reconocer como propia.
—No pedí esto. Pero tampoco voy a esconderme. Sigo siendo yo. Soy la misma persona que ganó tres carreras esta temporada. Solo que, por ahora, lo haré en otro cuerpo. Lo importante está en la pista.
Las primeras preguntas llegaron en avalancha.
—¿Cómo afecta esta transformación a su contrato?
—¿Cree que el cambio físico le impedirá ganar de nuevo?
—¿Va a cambiar su nombre oficialmente?
Adriana respondió con sobriedad, eligiendo cada palabra con cautela. Hasta que llegó la pregunta que congeló la sala.
—Disculpe… —dijo un periodista con sonrisa torcida— ¿nos puede decir cuál es su talla de brasier ahora?
El murmullo se convirtió en un rugido. Adriana parpadeó, atónita, y alcanzó a ver cómo Marshal se levantaba de golpe.
—¡Se acabó! —bramó, golpeando la mesa con la palma abierta—. ¡Esta es una rueda de prensa deportiva, no un circo! ¡Fuera!
El doctor se puso de pie también, visiblemente indignado. Los miembros de seguridad empezaron a escoltar a los tres fuera del salón, mientras las cámaras seguían disparando flashes.
Adriana salió con el corazón latiéndole en los oídos. Sentía rabia, vergüenza, y algo que no supo identificar de inmediato. No por el idiota de la prensa. Sino por saberse expuesta. Por entender, al fin, lo que significaba competir como mujer en un mundo de hombres.
Y no había vuelta atrás.

























