Capítulo 23: Una vida entera
Cuando salimos de los vestidores, mis chambelanes y yo recibimos una cálida ronda de aplausos. Las luces se habían suavizado, y en la pista de baile una tenue niebla artificial daba un aire de cuento de hadas. El presentador tomó el micrófono con voz ceremoniosa y anunció que, antes del vals, había una sorpresa preparada por mis padres.
Las pantallas del salón se iluminaron, y comenzó la proyección de un video.
Me quedé inmóvil mientras aparecían imágenes de una bebé envuelta en sábanas rosas. La música suave y nostálgica acompañaba la sucesión de fotos y grabaciones: mis primeros pasos con pañalitos abultados y un vestido amarillo, mi cabecita apenas cubierta de cabello peinada en dos pequeñas colitas, una niña con trencitas, con moños, sonriendo con los dientes chuecos. Jugando a las escondidas, recibiendo regalos, apagando velas año tras año.
Mi corazón latía con fuerza. Esa no es mi historia* pensé. Y sin embargo… lo era.
Había comenzado esta vida como Julieta cuando tenía diez años, casi once. Antes de eso, había sido alguien más, un chico de diecisiete años de nombre Romeo. Pero las imágenes que pasaban ante mis ojos no me parecían ajenas. Al contrario. Sentí como si me estuvieran mostrando recuerdos olvidados, escondidos en algún rincón profundo de mi alma.
En uno de los videos, saltaba la cuerda con mi mamá. Sería una niña de unos siete años. El sol brillaba fuerte y mi madre reía mientras contaba los saltos. De pronto, un calor familiar me recorrió el pecho. Recordé esa tarde. Recordé la risa. Recordé la voz de mi madre diciendo: “¡Vamos, campeona!”
Era un recuerdo vivo, nítido. Aunque en teoría no lo había vivido. Sabía que, en mi otra vida, ese video era distinto. Jugaba con mi papá… ¿al béisbol? ¿al fútbol? No lograba recordarlo con claridad. El recuerdo estaba ahí, pero borroso. Igual que los otros fragmentos de mi mi vida como varón.
Sin embargo, los recuerdos como niña, como Julieta, estaban muy presentes. Tan vívidos como si hubieran sido mi única verdad. Al principio había conservado todos los recuerdos de mi vida anterior. Pero poco a poco se fue desvaneciendo esa claridad. Por ejemplo, al intentar recordar momentos específicos —mi primer beso con una chica, las tardes de fútbol con los amigos, la sensación de usar pantalones y sentirme libre— no lograba acceder a esos recuerdos. Pensaba que era porque en esta nueva realidad nunca habían pasado. Pero ahora el sentimiento era más abrumador: toda mi infancia como niño parecía haberse desdibujado por completo, como si alguien hubiese pasado un trapo húmedo sobre un dibujo con gises.
¿Qué me está pasando?*pensé, mientras en la pantalla seguían pasando imágenes de una niña que yo ya reconocía como yo misma. ¿Dónde quedó Romeo? ¿Dónde quedaron mis recuerdos?
Tragué saliva. Me sentía emocionada, abrumada. Mi mamá me apretó suavemente la mano sin decir nada. A mi lado, Gabriela y Diana me observaban en silencio, con sonrisas brillantes.
En la pantalla, la imagen cambió. Era un retrato reciente: yo vestida con el uniforme escolar, el cabello largo y suelto. Luego otra: yo probándome el vestido lila claro por primera vez, con los ojos encendidos de emoción. El video cerró con un mensaje: “Julieta, verte crecer ha sido el mayor regalo de nuestras vidas. Te amamos. Mamá y Papá.”
El público aplaudió de nuevo. Pero en mi corazón, algo más profundo había comenzado a latir.
Seguí intentando recordar mi vida como hombre, sin éxito. Era como intentar soñar despierta con un rostro que ya no existe. En mi mente, todo estaba envuelto en una bruma. Y justo cuando me esforzaba por atrapar alguno de esos recuerdos perdidos, la voz del presentador me sacó de mis pensamientos:
—¡Ha llegado el momento que todos esperábamos! Los bailes de gala van a comenzar.
Los reflectores se encendieron, la música subió y los acordes del primer vals llenaron el aire. Respiré hondo, me alisé el vestido y avancé con paso firme. Mis chambelanes y yo comenzamos a movernos al ritmo que tantas veces habíamos ensayado. Todo salió perfecto. Las vueltas, las pausas, las miradas cómplices. Cada paso estaba grabado en mi cuerpo.
Pero no era solo eso.
Desde los ensayos, sabía que esos bailes acentuaban mi feminidad. Los chambelanes me tomaban de la cintura y de la mano, me levantaban con delicadeza, me giraban con elegancia. Yo era la dama central, la protagonista, una señorita acompañada por mi escolta personal. La sensación de sentirme rodeada, guiada, admirada… me llenaba de una alegría serena, profunda, como si todo encajara al fin.
Al finalizar cada pieza, los aplausos inundaban el salón. Gritos de emoción, silbidos de cariño, celulares levantados. Sonreía, saludaba discretamente, sentía el corazón hinchado de orgullo. Y en medio de ese torbellino, me preguntaba: ¿Y si aquella otra realidad nunca existió? ¿Y si esta siempre fui yo?
Llegó entonces el último vals. El más íntimo. El más emotivo. En los ensayos, la coreografía culminaba con Gabriel tomándome de la cintura, girándome suavemente, y abrazándome. Pero esta vez, no seguimos el guion.
Cuando nuestras miradas se encontraron, ninguno de los dos dudó. Gabriel me acercó un poco más. Sus manos firmes en mi cintura. Y entonces nos besamos.
Un beso largo, de al menos diez segundos, en medio del salón iluminado. No estaba planeado. Pero no importó.
La música siguió, aunque nosotros dimos la vuelta fuera de tiempo. Aun así, los aplausos fueron abrumadores. El público celebró ese momento como si fuera parte del espectáculo.
Y yo lo supe.
No quería volver atrás. No quería volver a ser hombre. De hecho, comenzaba a dudar si alguna vez lo fui. Tal vez esos recuerdos que creía perdidos no importaban tanto. Porque lo que vivía ahora era tan real, tan mío… que lo demás se sentía como un mal sueño del que por fin había despertado.
Cuando el vals terminó, Gabriel me sostuvo un momento más antes de soltarme. Me miró a los ojos y sonrió. No dijo nada. No hacía falta.
El presentador anunció el siguiente número, pero yo ya estaba en otra parte. En algún lugar dentro de mí donde Julieta era la única que había existido siempre. Y por primera vez, esa idea no me daba miedo.
Me daba paz.























