miércoles, 19 de agosto de 2026

Una mujer casada

 


— ¿Leo? ¿Eres tú de verdad? ¡No mames! ¿Mi exnovio es ahora una mujer guapísima? ¿Qué diablos pasó aquí?

— ¡Ay, hola! Pues verás… andaba ayudando al nuevo vecino, don Roberto, a mudarse a la casa de al lado. El señor estaba con sus muebles pesados, y yo, bien servicial, le quitaba el polvo, le trapeaba el piso y hasta le preparé la cena. Me dijo que sería una excelente ama de casa y que quería una esposa como yo. Me reí porque pensé que era broma… pero no le hizo nada de gracia. Me encerró en su casa y me dio una píldora rosa para "feminizarme".

— ¿Y no te plantaste? ¿No le diste guerra?

— Claro que me resistí, pero fue como pegarle al viento. El tipo es un toro, alto y musculoso, y yo siempre fui delgado y débil. Tú misma me dejaste porque no pude protegerte de esos cabrones que te acosaban, ¿te acuerdas? Y pues las píldoras y sus brebajes especiales hicieron lo suyo: mis músculos de pollo se convirtieron en pura grasa femenina. ¡Ahora soy más débil que la mayoría de las mujeres!

— Pero…

— Pero para una mujer no es vergüenza ser débil, ¿verdad? Eso me lo dice mi esposo todo el tiempo.

— ¿Tu… esposo?

— Sí. Después de la transformación, don Roberto me obligó a casarme con él. Así que ahora soy una mujer casada. Soy la señora de Roberto, Danae. ¿Ves? Hasta nombre nuevo tengo.


lunes, 17 de agosto de 2026

Colegio Especial

 


Mis padres me mandaron a un colegio "especial". Para chicos problemáticos, dijeron.

La primera noche, después de la cena, mw ofrecieron una pastilla rosa. La tome sin sospechar nada. Cuando iba a la cama pude sentir un hormigueo en la piel, aturdimiento, el cuerpo pesado. Me arrastré a la habitación y caí rendido.

Al despertar, algo estaba mal. Algo era... diferente. Fui al baño a hacer pis y mi mano encontró vacío. Nada. Sólo piel suave, un monte tierno donde antes estaba mi orgullo de joven.

Levanté la vista al espejo y una chica me devolvió la mirada. 

Sin contar la piyama que traia puesta, me percate que mi ropa había desaparecido. Sobre la silla, había un uniforme: falda plisada, blusa blanca, medias finas. Me vestí temblando. La falda rozaba mis muslos, se movía con cada paso. Una libertad que nunca imaginé. Odiaba admitirlo... pero me encantaba.

Una nota decía: "Cuando estés vestida, baja".

Bajé. Aún sin asimilarlo. Pensé que era un sueño, un trance.

"Bienvenida, señorita Lucía Márquez", me saludaron.

Me explicaron todo. Los próximos meses recibiría clases: etiqueta, comportamiento, moda. Todo lo necesario para mi nueva vida como mujer. Mi futuro: ser la esposa de un hombre muy rico.

Mis padres me habían convertido en una jovencita de 17 años. Cuerpo nuevo. Vida nueva. Habían encontrado la manera de controlarme al fin.





sábado, 15 de agosto de 2026

Empieza a gustarme




Cuando me transforme en mujer, el día del Gran Cambio, me resistí al cambio. Nunca me dejé crecer el cabello, nunca usé maquillaje, nunca usé ropa femenina. Pero un día me ganó la curiosidad,  ¿cómo se vería un vestido en este cuerpo? Así que fui a la habitación de mi hermana, tomé un vestido negro y me lo probé.  Y me sentí... bonita. Quizá no sea tan malo ser mujer después de todo.







jueves, 13 de agosto de 2026

¿Estas lista?



—¡Guau, nena! Ese uniforme... te queda increíble. —Su voz era una mezcla de asombro y algo más denso, más cargado. 

Yo no llevaba ub uniforme sino lencería con apariencia de una maid en tela negra con encaje blanco.

—Parece que por fin te están saliendo los pechos. ¿Llevas tres años ya desde el Gran Cambio, no? A pesar de todo, yo... yo seguía viendo a mi compa Samuel, Sam. Pero ahora, vestida así... solo puedo verte como una mujer. Como Samanta.

Hizo una pausa, sus ojos recorriendo cada detalle de la tela ajustada. Un silencio incómodo, lleno de latidos, se extendió entre nosotros.

—¿Quién lo iba a decir, eh? —murmuró, acercándose un paso—. Hace unos años eras un chico como yo. Ahora... eres toda una mujer. —Su mirada buscó la mía—. Dime... ¿te vestiste así para mí? ¿Yo te... gusto?

Antes de que pudiera responder, su dedo tocó suavemente el borde de mi body. Me sonroje completa. Él volvió a hablar.

—Porque tú a mí... me encantas. Me encantaría... ser tu primer hombre. —Su respiración se hizo más profunda—. ¿Estás lista para eso, Samanta? ¿Para dar ese paso? ¿Segura de que quieres que sea yo?

Se inclinó, y su aliento caliente rozó mi oreja. Su voz se redujo a un susurro áspero, íntimo. Asentí con pena. Sentí que me faltaba la voz.

—Entonces... ¿por qué no apartamos esta tanguita tan linda y me dejas entrar en ti? Sabes que quieres. Solo dilo... y comenzaré a hacerlo.

Una palabra salió de mi boca y comenzamos a besarnos con pasión.  Ese día me hizo suya por primera vez.




martes, 11 de agosto de 2026

Una buena esposa



“Mamá, me has transformado en mujer y me has comprometido para que me case con Roberto. Lo sé, nunca seré un hombre y no tengo vuelta atrás. Acepté ser una mujer y su esposa. Pero quiero ser una mejor esposa. ¿Cómo hago para complacer a mi marido?”, le pregunté a mi madrastra.




“Entrégate a él, completamente. Ruégale que se corra siempre dentro de ti. Frota su polla a través de sus pantalones cuando estés en público. Usa solo vestidos o faldas con medias, para que pueda entrar en ti cuando quiera, donde quiera que estés. Hazle saber que entiendes que tu cuerpo le pertenece, para hacer con él lo que quiera, cuando quiera, donde quiera. Una buena esposa sabe cuál es su trabajo: existe para obedecer, complacer y adorar a su marido”.




domingo, 9 de agosto de 2026

Plan Divino

 



Crecí bajo el techo de mi padre, el pastor Renato. En esa casa todo estaba medido: él mandaba, mi mamá Sofía obedecía, y yo, Mateo, tenía que seguir sus pasos hacia el púlpito. Mi vida era Biblia, sermones y deber. Un paquete completo.

Pero cuando llegó el Gran Cambio y desperté en cuerpo de mujer, al principio pensé que era un castigo, una prueba divina. Luego entendí que era parte del plan. Dejé el traje y la Biblia de predicador, y mamá me enseñó a ponerme vestidos, a servir, a ser la mujer que "ahora debía ser".

Renato entonces puso sus fichas en Emanuel, un chico devoto y aplicado, para que tomara mi lugar en el ministerio. Al principio me ardía: antes era yo quien recibía sus lecciones, sus miradas de orgullo, sus palmadas en la espalda. Pero Emanuel era tan amable, tan atento… que mi corazón comenzó a latir distinto.

Hoy espero el día en que lo ordenen pastor. Y cuando eso pase, yo estaré a su lado, no como su discípulo, sino como su mujer. Lo seguiré a donde la iglesia nos lleve, seré su apoyo, su refugio, su calma.

Y cumpliré mi rol con dulzura y entrega… en la mesa, en la vida, y también en la cama, con la sumisión que se espera de mí. Porque así es el orden de las cosas, ¿no?

viernes, 7 de agosto de 2026

El vestido



Ajusto el dobladillo de mi vestidito. Mis piernas quedan expuestas al sol de la tarde.

—Muy bien, querida. ¡Aquí estamos contigo vestida de mujer en público por primera vez! ¿No es divertido caminar por la calle, sentir las miradas de todos esos hombres en tu nuevo cuerpo?

Mamá cruza la avenida con una alegría que me parece obscena. Yo llevo dos meses aprendiendo a respirar con este cuerpo nuevo. Desde el Gran Cambio.

—Durante meses te negaste a salir conmigo usando nada femenino —sigue ella—. Pero era inevitable que te mostraramos al mundo como lo que ahora eres... una mujer. Te ves tan linda con ese vestido y tu maquillaje... Y te tengo una sorpresa, querida. Estamos aquí para conocer al hijo de mi mejor amiga.

Me detengo sorprendida.

—¿Qué?

—Es un joven muy guapo, alto y musculoso. ¡Ojalá se gusten y comiencen a salir! Sé que es pronto para hablar de un novio, pero ser la novia en una relación es muy divertido. ¡Te lo juro!

Novia. La palabra me deja helada. Hace dos meses yo era el tipo alto y musculoso, el novio en mi última relación. Hasta que el Gran Cambio me convirtió en mujer...

—Mamá, no dije que estuviera lista.

Pero ella ya camina hacia un chico que se pone de pie. Sus ojos me recorren de arriba abajo.

Y su mirada me sonroja, me empiezo a imaginar en sus brazos. Como su novia,

miércoles, 5 de agosto de 2026

Recuerdos


—Recuerdo cuando era niña y mis pechos empezaron a crecer —dice mi mamá mientras repasa mi párpado con el pincel—. Me sentía tan orgullosa de ir al colegio con mi primer sujetador de entrenamiento. Luego, los chicos empezaron a mirarme… ¡y me sentía tan bien! A los dieciséis ya tenía un cuerpazo. Eso me hizo muy popular. Me invitaban a todos los bailes, podía tener una cita cualquier noche de la semana.

—Pero mamá —respondo con la voz apagada—, tú fuiste chica toda la vida. Yo era un chico hasta hace dos meses, antes del gran cambio. Y no me siento feliz con este cuerpo ni con esta ropa.

Ella quita seriedad a mis palabras con un gesto leve, casi maternalmente cruel:

—Solo tienes que dejarte llevar. Eres una mujer, acéptalo. Tus pechos ya están creciendo. Cuando salgamos, los hombres te mirarán. A medida que sigan desarrollándose, atraerás más y más atención masculina. Serás una chica muy popular. Yo te enseñaré todos los secretos de la feminidad… siempre quise tener una hija.

Bajo la mirada al espejo. El sujetador me aprieta. El lápiz de labios reposa junto a mis dedos, ajeno a mi vértigo. Por dentro, algo sigue sin encajar en esta forma que el gran cambio me impuso.

lunes, 3 de agosto de 2026

Roomies



—¿Puedo ponerme otra cosa, por favor? Me siento ridícula con este atuendo —le digo a mi mejor amigo y mi roomie, aunque en el fondo sé que no es del todo verdad.

—No te ves ridícula, cariño —responde él, con esa sonrisa que me desarma.

—Claro que dirías eso. Tú eres la razón por la que llevo esta porquería. Este vestido es muy corto y estos tacones hacen difícil caminar… —miento. Caminar es fácil ahora. Lo difícil es aceptar que ya no soy el chico que fui.

—Ay, no finjas que no te gusta. Ambos sabemos que te encanta.

Y ahí está la contradicción. Porque sí, me gusta. Pero solo para ocasiones especiales, me repito. Aunque cada día con él es una ocasión especial. El problema es que por dentro todavía soy un hombre. Un hombre al que no le gusta sentirse bonito. O bonita. No sé.

—Mira, Yael —dice León, cambiando de tono—. Ve al dormitorio y ponte tus pantalones viejos. Si te caben, puedes volver a vestirte como quieras. Pero si no…

—¡Eso no es justo! —lo interrumpo—. Sabes que mi ropa ya no me queda bien. El Gran Cambio me volvió pequeña, delicada, con piel suave… y estos senos que no pedí pero que ahora son míos.

León se acerca. Me toma la barbilla con suavidad.

—Además te quedaste sin trabajo. Te dije que podías vivir aquí siempre que siguieras mis indicaciones. Lo tomas o lo dejas. O puedes admitir que te gusta pavonearte en esos vestidos cortos y que te mire…

Trago saliva. Él sabe la verdad antes que yo.

—Sí… supongo que me gusta cómo… me miras cuando estoy así.

—Sé qué más te gusta —susurra, y su mano baja por mi cadera—. ¿Qué tal si vamos al dormitorio y te vuelvo a hacer mía? ¿O vas a fingir que tampoco te gusta?

Mi corazón late rápido. El hombre que fui grita que esto no debería gustarme. Pero mi cuerpo de mujer tiembla por él.

—No… quiero decir… sí, si eso es lo que quieres, podríamos hacerlo —respondo, con la voz rota.

—Oh, por favor —ríe contra mi oreja—. Sé que deseas que esté dentro de ti.

Cierro los ojos. Y por un segundo dejo de pelear conmigo misma.

—Yo… eh… ¡sí! —suspiro—. Si te deseo.

sábado, 1 de agosto de 2026

Genio en la botella

 


Yo nunca quise ser mujer. Pero como hombre… era un fracaso absoluto.

Ninguna chica me miraba. En el colegio, el bullying era constante: "raro", "débil", "marica". Me encerraba en el baño a llorar mientras ellos reían. Mis noches eran a solas con mi mano, imaginando lo que jamás tendría.

Un día, frotando una lámpara polvorienta, apareció un genio. Le pedí ser popular, dejar de ser invisible y dar mi primer beso antes de los 17.

Y todo cambió.

Ahora me llamo Karen. Tengo curvas, labios carnosos y una falda que se me sube sola. Los hombres me devoran con la mirada. Me siguen. Me susurran cosas sucias al oído. Y lo peor… me encanta.

Siento cómo se me humedece la ropa interior cuando me llaman "bonita". Cuando rozan mi cadera "sin querer". Cuando me agarran fuerte por la cintura.

Me gusta ser deseada. Me gusta lo que este cuerpo siente. Lo que promete.

Por primera vez, no soy un fracaso. Soy una mujer caliente, y todos lo saben.

Y todavía no he dado mi primer beso… pero por cómo tiemblo, sé que cuando llegue, no voy a querer parar.

miércoles, 29 de julio de 2026

Seremos familia después de todo

 




—Gracias por venir a mi boda —dijo mi exnovia, abrazándome con calidez—. Pensé que no vendrías... ya sabes, por lo nuestro. Porque estuvimos comprometidos hasta que el Gran Cambio te convirtió en mujer. Y luego... bueno, ya no funcionó. Pero me alegra tanto que sigamos siendo amigas.

Me tomó de las manos, sus ojos brillando.

—Hay otra razón por la que te invité. Mírate —dijo, alejándose un paso para observarme—. Llegaste con ese vestido, esos tacones, ese maquillaje perfecto. Eres toda una chica. Y quería que conocieras a mi primo Enrique.

Señaló discretamente hacia un rincón. Un hombre alto, de hombros anchos y mirada intensa, nos observaba. Al notar que lo mirábamos, bajó la vista, tímido.

—Le gustas mucho —susurró ella—. Pero es un poco tímido para acercarse. Como favor... ¿dirías que sí cuando te invite a salir?

Apretó mis manos.

—Míralo bien. Es fuerte, guapo, inteligente... y tiene una buena posición. Sería un hombre excelente para ti. Por favor, no le digas que no. Te quiere de verdad, de esa forma sincera, y se destrozaría si lo rechazaras.

Inclinó la cabeza, sus ojos suplicantes.

—¿Por favor? ¿Por mí? ¿Empezarías a salir con mi primo?

Su rostro se iluminó con una sonrisa.

—¡Ay, gracias, cariño! —me abrazó fuerte—. Cuando te cases con él... seremos familia después de todo.




lunes, 27 de julio de 2026

Necesitaba sentir a un hombre dentro de mí



No puedo creer que yo, que era un hombre de 24 años, orgulloso de ser un macho, el que con más mujeres se acostaba… ahora esté posando en lencería y medias para dejar que mi novio haga lo que quiera conmigo en mi nuevo cuerpo femenino.

El Gran Cambio me transformó en mujer y mis gustos cambiaron… comenzaron a gustarme los hombres. Durante meses traté de resistirme, pero no pude evitarlo. Quería —no, necesitaba— sentir a un hombre dentro de mí, y que me hiciera suya. Era una necesidad biológica: como hombre me encantaba el sexo y como mujer no parece que sea diferente.

Excepto por una cosa: ahora siento deseos de enamorarme y estar con un solo hombre toda mi vida, que me cuide como su esposa y ser la madre de sus futuros hijos. Supongo que mi mente y mi cuerpo se pusieron de acuerdo, y mi cuerpo ganó.

¡Quiero casarme, ser ama de casa y ser mamá!





sábado, 25 de julio de 2026

5 razones


Al principio, cuando el Gran Cambio me convirtió en esto, lo odié todo: esta piel suave, esta estatura, estas curvas… me sentía una prisionera.

Pero algo cambió. Le tomé el gusto a ser mujer. Y estas son las cinco razones:

1.  Mi reflejo. Ver esa imagen en el espejo —esa mujer— y saber que soy yo. Ya no es un disfraz. Es mi verdad.

2.  La caballerosidad de los hombres. Esa puerta que sostienen, ese "permiso, señorita" en la calle. Un trato dulce que antes, como hombre, nunca conocí.

3.  Sentirme deseable. Saber que una mirada se detiene, que una sonrisa se dirige a mí. Es un poder nuevo y embriagador.

4.  El santuario femenino. Pasar a esos espacios —vestuarios, salones— donde el aire es distinto. Donde pertenezco.

5.  El deseo de los hombres. Y entregarme a ellos. Hay una validación profunda, íntima y poderosa en ser anhelada, en que este cuerpo sea celebrado y poseído. Ahí, en esa intimidad, es donde esta nueva verdad de mi ser se siente más real que nunca.




jueves, 23 de julio de 2026

Lo que siempre fui

 



Cuando abrí los ojos en mi nuevo cuerpo femenino, el día del Gran Cambio, juré que era una pesadilla. Pero pronto me cayó el veinte: tal vez nunca supe ser hombre. Mi viejo siempre brilló por su ausencia, los deportes me daban flojera y eso de "cosas de hombres" nunca fue lo mío. Sí, hay muchos tipos de hombres, pero en ninguno cabía yo: ni rudo, ni directo, ni mucho menos fuerte.

Para rematar, mi cuerpo flaco y chiquito era el blanco perfecto para que mis compañeros me dieran con todo: "pareces nena", decían, no solo por lo físico, sino por mis gestos, mi voz, mis maneras. Yo me lo tomaba a risa, pero por dentro ardía.

Todavía era un niño cuando mis primas me convencieron de ponerme un vestido e ir a una fiesta haciéndome pasar por chica. Y no solo eso: esa noche di mi primer beso… ¡con otro chico! Fue como si algo hiciera clic. Como si al fin me viera al espejo y supiera quién era. Me la pasaba imaginándome con vestido, maquillaje, medias y tacones, y esa imagen me prendía fuego.

Entonces lo entendí todo: nunca fui hombre, solo tenía el cuerpo de uno. Como chico solo recibí burlas y golpes bajos; pero vestido de chica encontré ternura, atención y deseo. Ahora, con cuerpo de mujer, podía usar lo que quisiera sin que nadie me señalara.

Tal vez el Gran Cambio no me transformó. Solo me destapó lo que siempre fui.

lunes, 20 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 60)

 


Este relato es parte de una serie, para ver todos los capítulo haz clic en:

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Capítulo 60: La rueda de la fortuna

Los días del verano seguían pasando como agua en un arroyo, a un paso rápido, firme, constante y seguro. Me estaba divirtiendo mucho trabajando en la farmacia. Kevin estudiaba medicina y me daba pláticas rápida sobre qué medicamentos podía recomendar para molestias leves: alergias estacionales, picaduras de insectos, indigestión, dolores de cabeza tensionales y resfriados comunes. Me explicó los principios activos, las dosis recomendadas y las contraindicaciones. Era fascinante verlo hablar con tanta seguridad, como si ya fuera un médico de verdad.

Una tarde, mientras me daba su clase del día, se detuvo un momento y me miró con seriedad.

—Es probable que las chicas te tengan más confianza a ti para preguntarte estas cosas —dijo—, así que te explicaré qué medicamentos ayudan con las molestias... femeninas.

Y pasó media hora enseñándome qué medicamentos podía usar una chica para los calambres, el dolor premenstrual y las molestias del periodo. Toda esa información me hizo sonrojarme. No podía creer que estuviera hablando de esas cosas conmigo, como si fuera algo normal. Pero no pasó mucho tiempo antes de que una chica me pidiera consejo. Tenía dolores premenstruales y me preguntó si podía recomendarle algo. Le recomendé el medicamento que Kevin me había sugerido y ella pareció satisfecha. Me dio las gracias con una sonrisa y se fue.

—¿Ves? —dijo Kevin, con una sonrisa orgullosa—. Eres una buena farmacéutica.

—Todavía no soy farmacéutica —respondí, sonrojándome.

—Pero lo serás.

...

Antes de que me diera cuenta, ya era domingo. El gran día.

Kevin pasó por mí a las diez de la mañana. Venía en el carro de su mamá. Yo llevaba un short de mezclilla muy cortito y un segundo short de licra negra debajo para evitar accidentes. Un top corto también de color rojo. Mi conjunto me recordaba mucho al del Día de Sadie Hawkins, excepto que la licra me daba más seguridad, y mi pecho también estaba más seguro en mi top, que no era tan diminuto como el de aquel día. Y traía unos tenis y zapatos deportivos en lugar de medias y tacones. Era como una versión cómoda del atuendo de aquel día, aunque no por ello menos sexy.

Mamá insistió en acompañarme para despedirme y para saludar a Kevin. Primero lo miró de arriba abajo.

—Te ves muy guapo —dijo—. Ya veo por qué mi niña está loca por ti.

Obviamente me puse de mil tonos de rojo con ese comentario. Seguramente por eso lo hizo en primer lugar. Kevin se limitó a contestar un tímido "gracias".

—Debes cuidar mucho a mi niña —continuó mamá, con cara severa—. Es mi única hija. No te perdonaré si le pasa algo. Está de más decirte que debes respetarla. No puede quedar embarazada, pero sigue siendo una niña. No la presiones a hacer cosas indecentes.

La cara de Kevin se puso tan roja como la mía.

—Cuídate mucho, Pamela —me dijo mamá, dándome un abrazo breve—. Nos vemos en la noche.

Subí al asiento del copiloto y saludé a Kevin con un beso en los labios.

—¿Estás listo? —me preguntó él.

Solo asentí con la cabeza.

—Entonces vámonos —dijo, y puso en marcha el carro.

...

El parque de diversiones era enorme. Había montañas rusas, norias, carruseles, puestos de juegos y comida por todas partes. La música pop se mezclaba con los gritos de emoción de la gente y el olor a algodón de azúcar y palomitas flotaba en el aire.

Kevin me tomó de la mano y me guió hacia la entrada, donde nos esperaban sus amigos. Eran tres: Leo, Mau y Pablo. Todos ellos eran guapos. Ninguno era tan alto como Kevin ni lucía tan fuerte, pero todos eran varoniles, de sonrisa encantadora y con buen sentido del humor. A su lado estaban sus novias: Valeria, Sofía y Camila.

—¡Kevin! —gritó Leo, dándole una palmada en la espalda—. ¡Llegaste! Y con una chica, para variar.

—Esta es Pamela —dijo Kevin, presentándome con orgullo—. Mi...

Hizo una pausa. No sabía cómo terminar la frase. Pero las chicas no esperaron.

—¡Hola, Pamela! —dijo Valeria, la novia de Leo—. ¡Qué linda eres! Me encanta tu top.

—Gracias —respondí, sintiendo cómo me ruborizaba.

—¿Y cómo se conocieron? —preguntó Sofía, la novia de Mau.

—En la farmacia de mi mamá —respondió Kevin—. Ella trabaja allí.

—¡Qué dulce! —dijo Camila, la novia de Pablo—. Una historia de amor de farmacia.

Las chicas se rieron y yo con ellas. Pero por dentro, me sentía extraño. Todas me trataban como a una chica más. Y ninguna parecía notar nada raro en mí.

...

Caminamos juntos por el parque. Kevin me tomaba de la mano y de vez en cuando me rodeaba la cintura. Sus amigos y sus novias iban delante de nosotros, riendo y bromeando. Subimos a la montaña rusa primero. Yo grité como una niña en las caídas, y Kevin se rió de mí, pero no soltó mi mano en ningún momento. Luego fuimos a los coches de choque. Kevin y yo íbamos juntos y chocamos contra Leo y Valeria una y otra vez, riendo sin parar. Después, jugamos a los juegos de feria. Kevin me ganó un oso de peluche enorme en el juego de las latas.

—Es para ti —dijo, entregándomelo.

—Es precioso —respondí, abrazándolo.

—No tanto como tú.

Me besó en la mejilla y las chicas suspiraron.

...

Cuando llegó la hora de comer, nos sentamos en una mesa grande al aire libre. Pedimos hamburguesas, papas fritas y refrescos. Las chicas se sentaron juntas y los chicos también. Pero Kevin se sentó a mi lado, con una mano en mi pierna debajo de la mesa.

—¿Cómo conociste a Pamela, Kevin? —preguntó Leo, mordiendo su hamburguesa.

—En la farmacia —repitió Kevin—. Pero ya nos conocíamos de antes, en realidad. Mi mamá y su mamá son amigas.

—¿Y no te dio cosa que ella fuera tan joven? —preguntó Mau con una sonrisa pícara.

—Ella es mayor de lo que parece —respondió Kevin, apretando mi pierna.

Las chicas rieron.

—Pensé que te gustaban los chicos, Kevin —dijo Leo, con tono casual.

Me quedé helado. Pero Kevin no se inmutó.

—Yo también pensé que me gustaban los chicos —respondió, mirándome a los ojos—. Hasta que conocí a Pamela.

Las chicas suspiraron de nuevo. Yo me sonrojé hasta las orejas.

—Qué romántico —dijo Valeria—. Ojalá Leo fuera así.

—¡Oye! —protestó Leo—. Yo también soy romántico.

—Cuando te conviene —respondió Valeria, y todos nos reímos.

Después de comer, las chicas decidieron ir al baño juntas.

—¡Pamela, ven con nosotras! —dijo Camila, tomándome de la mano.

No tuve opción. Las seguí al baño de mujeres. Por dentro, estaba aterrorizado. Pero entré, fui a un cubículo, me aseguré de que nadie me viera, y salí para lavarme las manos como si nada.

En el espejo, Valeria se acercó a mí.

—Oye, Pamela —dijo, en voz baja—. ¿No te molesta que Kevin haya estado con chicos en el pasado?

Me quedé en blanco por un segundo. Luego recordé lo que Kevin me había dicho.

—No —respondí, con sinceridad—. Kevin es una persona maravillosa. Y su orientación no cambia en nada el buen hombre que es. Lo quiero por cómo me trata, no por con quién ha estado antes.

Valeria me miró con una sonrisa cálida.

—Eres una buena chica, Pamela —dijo—. Kevin tiene suerte de haber encontrado a alguien como tú.

—Gracias —respondí, sintiendo un nudo en la garganta.

Cuando salimos del baño, los chicos nos esperaban. Kevin me abrazó y me besó en la frente.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Todo bien —respondí.

...

La última atracción del día era la rueda de la fortuna. Subimos en parejas. Leo con Valeria, Mau con Sofía, Pablo con Camila, y Kevin conmigo.

La góndola era pequeña, apenas para dos personas. Kevin se sentó frente a mí y yo me senté frente a él. La ciudad empezaba a iluminarse a medida que subíamos. Las luces de los edificios, los faroles, los coches... todo parecía tan pequeño desde arriba.

—Es hermoso —dije, maravillado.

—Tú eres más hermosa —respondió Kevin.

—¿Por qué no les dijiste a tus amigos que soy un chico? —pregunté, un poco angustiado. — ¿Te avergüenzas de mi?

—Claro que no. Hay dos motivos,  en realidad. Me dijiste que no te gusta que la gente te trate como a un mariquita. Prefieres que te traten como a una chica. Por eso te presenté como Pamela. Y... en realidad a veces no estoy seguro de que seas un chico..,

Pude ver la duda genuina en sus ojos. Y entonces, sucedió.

La luz se fue. Todo el parque quedó a oscuras. Solo se veían las luces lejanas de la ciudad. Sentí un escalofrío de miedo. Kevin me tomó la mano.

—No pasa nada —dijo—. Seguro lo arreglan rápido.

Pasaron unos minutos. No pasaba nada.

—Kevin... —empecé a decir.

—Sabes —me interrumpió, en medio de la oscuridad—, todos piensan que eres una chica. Yo mismo tengo mis dudas. Tienes senos, caderas anchas... si no te hubiera conocido cuando eras un niño, estaría seguro de que eres una chica.

No supe qué responderle.

—No te he pedido que seas mi novia —continuó— porque necesito estar seguro de que eres un chico antes de pedírtelo. A mí me gustan los chicos. No las chicas.

—¿Cómo puedo probarte que soy un chico? —pregunté, con voz dubitativa.

—Déjame tocar tu entrepierna —dijo él, con seguridad.

Agradecí la oscuridad. Así no podría ver lo rojo que me había puesto.

—Está bien —dije—. La licra aplasta mi pene y por eso me veo plana, pero te dejaré sentirlo.

Me desabroché el short y lo bajé con todo y la licra. Volví a sentarme en el asiento. Sentí el frío del metal en mis nalgas. Tomé la mano de Kevin y la guié hacia mi entrepierna.

Estaba seguro de que en la oscuridad y tan alto en el juego, nadie podría vernos. La mano de Kevin sintió mi virilidad, y me di cuenta de que su pulgar era mucho más grande que mi bulto. Sentí vergüenza. "Siempre fue tan pequeño", me pregunté mentalmente.

Kevin comenzó a acariciarme con dos dedos.

—Así que sí eres un chico después de todo, Greg —dijo.

Sus dedos me estimularon unos pocos segundos y sentí una erección. Mi pene diminuto tomó algo más de cuerpo, pero no demasiado. Unos instantes más tarde, un líquido blanco cubría los dedos de Kevin.

—Un niño precoz, al parecer —dijo.

Recordé que cuando Danny intentó hacerme una felación, también me vine en segundos. Por algún motivo, también recordé a Louise, que dijo que mi cosa diminuta nunca podría darle placer a una mujer, pero que mis nalgas podrían llenar de placer a un hombre.

Kevin me sacó de mis pensamientos. Soltó mi entrepierna y comenzó a besarme. Luego se separó de mí y me ofreció sus dedos.

—Límpialos, nena —dijo.

Comencé a lamerlos. Tenían un sabor salado. Me sonrojé al pensar que eso había salido de mí. Pasamos un tiempo así,  juntos, con su mano en mi intimidad.  Abrazados.

La luz volvió. El juego se encendió de nuevo. Me coloqué la ropa lo más rápido que pude mientras Kevin me miraba divertido. Cuando terminé, Kevin me miró a los ojos y tomó mis manos entre las suyas...

—¿Quieres ser mi novio, Greg Parker?