Capítulo 26: Las dos certezas.
Después de cumplir quince, tenía dos certezas. La primera, profunda e inamovible, era que no quería volver a ser hombre. En realidad, ya no sentía que alguna vez lo hubiera sido. Mi vida pasada me parecía un mal sueño, una anécdota ajena, algo borroso y distante. Los recuerdos de Romeo —los pocos que aún conservaba— tenían la textura de una película vista en la infancia: sabía que me habían pasado, pero no lograba sentirme el protagonista.
La segunda certeza, igual de poderosa aunque más secreta, era que quería tener intimidad con Gabriel. Lo necesitaba dentro de mí, tenía esa urgencia y necesidad femenina. Lo tenía claro, no sólo era una mujer, era una mujer enamorada.
Aún recordaba con precisión la sensación de su abrazo en el vestidor: su torso apretado contra la faja que me ceñía, el bulto firme de Gabriel que rozó mi vientre bajo. Ese instante se había quedado tatuado en mi cuerpo como una promesa sin cumplir. Desde entonces, había decidido jugar una carta nueva: una estrategia femenina.
En la escuela comencé a coquetearle de forma sutil, pero constante. Le pedía que me sostuviera las cosas mientras me agachaba a amarrarme las agujetas, cuidando inclinarme lo justo para que él pudiera ver mis curvas. En casa, cuando me visitaba, usaba shorts diminutos y minifaldas que hacían que mi madre me mirara con desaprobación. A mí no me importaba molestar a mi madre; sabía que Gabriel miraba mis piernas. También notaba cómo me elogiaba cada vez más: mi cabello, mis ojos, mi risa, incluso mi cuerpo. Pero nunca avanzaba más allá. Nunca me proponía nada.
—Dile que quieres acostarte con él —me soltó Mariana un día, sin rodeos—. Ya, basta de rodeos.
Me sonrojé tanto que no pude hablar.
—Es que… eso no se dice así nada más —bajé la mirada.
—¿Por? ¿Crees que va a adivinar?
—No lo sé. A las chicas nos da pena dar ese paso, ¿no?
—A veces me desespera que seas tan remilgada —dijo Mariana.
No podía explicárselo. No había forma en que me creyera que yo era una chica que antes fue un chico. Y la única persona que me conocía de mi vida anterior era Gabriel, mi amigo... tenía miedo de dar el primer paso y perder el respeto de mi mejor amigo. A veces, aún lográbamos comportarnos como los amigos que fuimos, a pesar de las rondas de besos constantes. ¿Qué pasaría si era yo quien lo invitaba a cruzar la línea?
...
Pasaron los meses.
Y por fin llegó el cumpleaños de Gabriel.
Le compré una playera con un Pokémon estampado al frente. Fue mi regalo oficial. Comimos con los padres de él, reímos con nerviosismo y nos abrazamos largamente en la puerta. Pero lo importante vino después...
Ya en mi cuarto, encendí la lámpara tenue de mi buró, me solté el cabello y respiré hondo. Busqué en mi celular las fotos que había tomado días atrás. En las fotos usaba mi faja, la misma con la que nos abrazamos en el vestidor; sentada sobre mis talones y cubriendo mi pecho, logré una imagen muy sugerente. En otra, me recostaba de lado con la mirada perdida y los labios entreabiertos. La última foto era la cereza del pastel: dejé de sostener mi pecho con las manos y lo mostré por completo, hice una mirada traviesa y tomé la foto ayudada por el trípode.
Las seleccioné todas. Dudé un segundo. Y las envié.
“Feliz cumpleaños, este es tu otro regalo”, escribí.
Pasaron tres minutos sin respuesta. Luego cinco.
Finalmente, apareció el mensaje:
*Wow.”
Sonreí y me tapé la boca con las manos.
Después, otro mensaje:
“Esas fotos… son increíbles. Creo que tengo que tocarme.”
Temblaba un poco cuando escribí:
“¿Y si me tocas a mí?”
Pasaron casi diez minutos.
Él contestó:
“No sé si sea correcto."
Me quedé mirando esa frase largo rato. Mi dedo sobre la pantalla, sin saber qué escribir. Tenía el corazón latiéndome en los oídos.
Y no respondí. No todavía.
...
Después de ese día, las cosas estuvieron raras entre los dos por un par de semanas. Ambos queríamos hablar sobre nuestros sentimientos y las ganas de intimidad que nos recorrían, pero era un tema demasiado privado para hablarlo en cualquier lugar público, y no encontrábamos la forma.
Un fin de semana, mis papás salieron a una boda. Solo eran dos boletos, por lo que decidieron dejarme sola en casa.
—Puedes invitar a Gabriel, pero quiero que se vaya temprano —dijo mi mamá, como un amigable reproche.
Le escribí a Gabriel:
“Este finde podemos hablar en mi casa.”
Él respondió con un mensaje breve: “Alli estaré.”
Guardé el teléfono y me quedé mirando el techo. En unos días, por fin podríamos aclarar las cosas.
...
Una noche antes del día tan esperado me encontraba dando vueltas en la casa, pensando... pero por mucho que lo pensara, no sabía qué iba a decirle a Gabriel. Si lo invitaba a tomarme, a estar dentro de mí, ya no habría vuelta atrás. Y si no lo hacía, la distancia entre nosotros seguiría creciendo, alimentada por lo que no nos atrevíamos a nombrar.
Soy una mujer me dije frente al espejo esa noche, con el cabello suelto y el rostro lavado. Y quiero que me toque como un hombre toca a una mujer.
La imagen que me devolvía el espejo ya no me resultaba extraña. Yo era Julieta, era una mujer. Y una mujer tiene derecho a desear.
Me fui a la cama con el corazón acelerado, sabiendo que al día siguiente todo cambiaría. Pero ya no me daba miedo.




















