Capítulo 8: El paso del tiempo
Mi esposa pasó quince días más en la hacienda.
Una noche, antes de dormir, le confesé que había aceptado ser la novia de Raúl… y que ya habíamos tenido intimidad por primera vez. Lo dije con las mejillas encendidas. Me temblaba la voz, pero no de miedo. De emoción. Y eso me sorprendió. Porque hacía apenas un par de meses, la idea de estar con un hombre me habría dado asco. Ahora no. Ahora solo quería contarlo.
Ella sonrió con ternura y, entre risas, me pidió detalles. Y se los di. Le hablé de lo especial que había sido la experiencia, de lo poderosa que me sentí en mi vulnerabilidad, de lo distinto —y mejor— que me había parecido el sexo como mujer.
—Ser receptiva, femenina… fue increíble —dije, con una voz suave, como si aún lo estuviera reviviendo.
Y mientras lo decía, me di cuenta de que ya no me daba vergüenza. No sentía humillación. No sentía que estuviera traicionando a mi antiguo yo. Sentía, simplemente, que había descubierto algo que antes no podía ni imaginar. Y que me gustaba. Y que quería más.
Ella me confesó que hacía unas semanas que había comenzado a salir con Juan, nuestro jefe de operaciones en la hacienda, y que sentía que podía haber algo especial entre ellos. Me alegré por ella, porque en el fondo la seguía amando, aunque ahora como se ama a una hermana.
Un par de días después, mi aún esposa llamó a su oficina para confirmar que volvería el día acordado. Yo le ofrecí quedarse en nuestro departamento el tiempo que necesitara. Yo, por mi parte, me quedaría en la hacienda. Tenía pendiente regularizar mi situación: cambiar mis papeles de Iván a Aylin antes de poder volver a ejercer. Además, una vez que acreditaran mi nueva identidad, anularíamos nuestro matrimonio. Raúl, con su fortuna y su red de contactos, me ayudaría si decidía continuar con mi carrera. Aunque, sinceramente, ya estaba considerando algo diferente. Tal vez ejercer cerca del pueblo… o quizá dedicarme a ser ama de casa. Y no lo decía como una resignación. Lo decía con una sonrisa luminosa. Como si me permitiera, por fin, elegir.
Antes, cuando era Iván, jamás habría considerado esa opción. El hogar era para mujeres. Ahora, siendo una de ellas, entendía que también podía ser un lugar de poder. O al menos de paz. Y eso no era menos valioso.
...
Pasaron un par de meses y a veces veía a mi esposa en el pueblo. Venía a visitar a Juan. Parece que las cosas entre ellos dos iban bien. A veces ella pasaba a saludarnos a la hacienda.
Una tarde templada, mientras conversaban bajo los árboles de la hacienda, él le preguntó con delicadeza si realmente se iba a separar de su esposo. Antes de que ella pudiera responder, aparecí con una expresión traviesa en el rostro. Me acerqué, lo saludé y dije algo que incluso a mí misma me sorprendió.
—Claro que se va a separar de él —dije con firmeza—. De hecho, su esposo ya ni siquiera es un "él". Mucho gusto, Juan. Ya me conocías de antes… Soy Iván. Solo que pasaron cosas conmigo... y ahora soy Aylin. Una mujer. Ni ella ni yo somos lesbianas, así que sí: nos vamos a separar. Solo necesito hacer unos trámites para que mi nueva identidad sea un hecho legal y entonces el matrimonio quedará anulado.
Lo dije sin pensar. Y mientras las palabras salían de mi boca, sentí un vértigo extraño. Porque era la primera vez que me presentaba abiertamente como Iván, en este cuerpo, el cuerpo de Aylin. La primera vez que le decía a alguien, sin rodeos, quién era. Y no me tembló la voz. No me sonrojé. Solo me sentí liviana. Como si hubiera soltado un peso que ni siquiera sabía que cargaba.
Juan me miró con incredulidad. Pensó que era una broma. Pero tras algunas preguntas, las piezas comenzaron a encajar. Su rostro pasó de la confusión al asombro.
—Wow —me dijo cuando me retiré.
No supe si eso era bueno o malo. Pero ya no me importaba. Ya no podía seguir escondiéndome. Y aunque todavía me asustaba, también me sentía libre.
…
Unos meses después, le insistí mucho a mi esposa para que pasara su cumpleaños en la hacienda. Mis hermanas y yo le organizamos una fiesta. Invitamos a muchas personas. Juan también estuvo ahí. Yo llegué acompañada de Raúl. Debo admitir que hacíamos una bonita pareja. A Raúl le gustaba tocarme los glúteos cuando sentía que nadie nos veía. Yo solo podía reír en voz baja. No me molestaba. Al contrario. Me gustaba que lo hiciera. La adrenalina de que me tocara en público me excitaba. En un momento, tras decirle que fuera más discreto, mis ojos se encontraron con los de mi exesposa. Me gustó saberme descubierta. Ella solo me sonrió con complicidad. Supongo que pensó en todo lo que habíamos vivido. En cómo empezó esto. En que logró quitarme el machismo… pero que en el proceso también me convirtió en una auténtica mujercita.
Todos la abrazamos con cariño y le dijimos que la extrañábamos, que fuera a pasar unas vacaciones largas a la hacienda con nosotras. Ella prometió que pasaría a vernos más seguido cuando visitara a Juan. Yo le ofrecí quedarse esa noche en la habitación que habíamos compartido tantas veces, pero añadí con una sonrisa pícara que yo dormiría en la casa de Raúl.
Me vio feliz. Enamorada. Plena.
Y yo lo estaba.
Esa noche, mientras me preparaba para irme con Raúl, pasé por mi antigua habitación. Mi esposa ya había acomodado sus cosas y se encontraba sentada en la cama. Me asomé por la puerta.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo bien —respondí.
Y era verdad. Por primera vez en mucho tiempo, todo estaba bien. No tenía que fingir. No tenía que demostrar nada. No tenía que ser el hombre fuerte, ni la mujer sumisa. Solo tenía que ser yo. Aylin. La que había elegido ser.
Me alejé de la puerta y caminé hacia la salida. Raúl me esperaba en el auto. El aire de la noche olía a tierra mojada y a flores. Y yo, con mi vestido puesto y los tacones haciendo clic sobre las piedras del camino, sonreí.
Había tomado la decisión correcta al tomar la segunda pastilla rosa y conservar mi vida de mujer.
Esa noche Raúl me hizo suya como siempre lo hacía. Unos días después me enteré de que mi exesposa y Juan se quedaron en la antigua habitación que compartí con ella, en el último lugar donde tuvimos intimidad. Imaginé que Juan y ella hicieron cosas atrevidas y, lejos de ponerme celosa, me dio risa la idea de que quizá ambas estábamos siendo dominadas por nuestros machos a la misma hora, en el mismo pueblo. Los dos esposos que se habían amado hacía unos pocos años ahora eran dos mujeres enamoradas de sus hombres... la vida a veces está llena de ironías.


















