sábado, 10 de enero de 2026

Disciplina del lápiz labial (46)

 



Capítulo 46. Papá conoce a su niña. 

Louise pidió otra botella de champán y yo empecé a disfrutar. Aceptar la situación me permitió relajarme y, al poco tiempo, ya estaba riendo y pasándolo genial.

—Vamos, princesa, cuéntame de ti —me animó mi madrastra—. No es la primera vez que sales como chica, ¿verdad?

Mi lenguaje corporal me delató y me encontré contándole cosas que jamás habría pensado revelarle a nadie… Quería limitar mis historias a cómo mi madre me obligaba a disfrazarme. Louise era tan comprensiva y se interesaba tanto en escucharme hablar que se me escapó lo del día de Sadie Hawkins. Una cosa llevó a la otra y le conté también que Danny y yo a veces jugábamos a disfrazarnos.

—¡Tienes una amiguita con quien compartir tu secreto! ¿No es dulce?

Asentí.

—No puedes contárselo a mi papá —susurré—. ¡Prométeme que no lo harás!

Mi madrastra soltó una risita.

—No, princesa, no diré ni una palabra. Te lo prometo.

Después de todo el champán, tuve que ir al baño. Louise me acompañó. Me observó con atención mientras me acomodaba las medias y el vestido.

—¡Eres una niña! ¡Te lo juro, Greg, si fueras mío, no te dejaría usar ropa de chico!

Después de arreglarnos el maquillaje, volvimos a nuestra mesa. Louise no dejaba de recorrer el lugar con la mirada.

—¿A quién buscas? —pregunté.

Mi madrastra asintió.

—Ya lo verás.

Miré a mi alrededor, sin saber qué esperar. Había perdido el miedo tras mi encuentro con el hombre bigotudo. Al fin y al cabo, casi no conocía a nadie en este pueblo… casi.

Mi padre estaba, a menos de seis metros de distancia, escudriñando a la multitud. Luego caminó hacia nosotros, con una sonrisa, sus ojos abiertos de alegría mientras se fijaban primero en mi madrastra y luego en mí.

Estábamos de pie junto a la mesa mientras mi papá se acercaba. Parecía tan feliz que no podía creerlo. Le sonrió a Louise y luego a mí. No entendía por qué era tan amable. Sabía que se enojaría al verme vestido de chica. Le devolví la sonrisa y lo saludé con la mano. Él me jaló para saludarme con un beso en la mejilla.

Entonces la cosa se puso fea. Papá le dio a Louise un besito en la mejilla y le susurró algo al oído. Ella rió como una estudiante de secundaria, acariciando su ancho pecho y dejando que la mano de él se posara en su cintura.

Me quedé allí, en silencio, mientras mi padre me miraba de arriba abajo…

—¿Y esta jovencita tan guapa? —canturreó con suavidad—. No creo haber tenido el placer…

Miré fijamente a Louise. No salió ninguna palabra de su boca, ningún consejo, ninguna ocurrencia. Al parecer, estaba solo. Intenté aclararme la garganta mientras papá volvía a hablar.

—¿Y tú eres? —dijo tras un momento de silencio.

Sentí lágrimas de vergüenza.

—¿Louise? —gimoteé.

—Te prometí que no se enteraría por mí, princesa. Dile quién eres.

Lo que pasó después fue un borrón. La sonrisa de mi padre desapareció, reemplazada por una mirada de odio.

—¿Papá? —susurré mientras me flaqueaban las rodillas.

Lo siguiente que supe fue que estaba sentado a la mesa, con mi padre frente a mí. Me miraba fijamente, como si no pudiera creer lo que veía.

Fue el peor momento de mi vida.

—Debería haberlo sabido. Te dejo solo con tu madre y ahora tengo un mariquita por hijo.

Estaba seguro de que me golpearía, pero no lo hizo; solo me arrancó la peluca.

—¿Cómo puedes usar eso? ¿Quieres chupar pollas y dejar que te den por el culo?

Lloré al oír a mi padre hablarme así. Louise soltó una risita.

—¿Tuviste algo que ver con esto? ¡Perra! ¡Lo sabías… y no hiciste nada para impedirlo!

—No había nada que impedir, querido. —Louise me miró y me guiñó un ojo—. Lo único que hice fue dejarlo ser.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Qué demonios significa eso? ¡Nunca dices nada con sentido cuando estás borracha!

Mi madrastra soltó una risita.

—Solo te digo las cosas como son, cariño. Tu precioso hijito es una putita con bragas, le gusta el lápiz labial y coquetear con hombres.

Fue entonces cuando la abofeteó.

—Papá, no… ¡por favor!

—¿En qué estabas pensando? ¡Estúpida… podrías haberlo parado! —La golpeó tan fuerte que me asustó—. ¡Es mi hijo, no uno de esos maricones con los que andas!

—Papá… ¡noooo!

Para entonces, ya habíamos atraído demasiada atención y salimos del restaurante. En el estacionamiento, mi papá me arrastró hasta el auto. Louise parloteaba sobre lo buena niña que era.

—¡No puedo creerlo! ¡Eres mi hijo! ¡No un maldito maricón!!! ¿En qué demonios estabas pensando vistiéndote de puta? ¿Qué te ha hecho tu madre? ¿Al menos tienes tus pelotas? ¿O te las cortó?

—¡Papá, por favor…!

Mi padre me miró fijamente, con los ojos rojos. Hice una mueca cuando levantó la mano. Me estremecí cuando tiró de mi vestido. Lo rompió de la parte de arriba dejando al descubierto mi sostén.

—¿Qué carajo? ¡Incluso tienes tetas!

—Por favor, papi, no te enfades —sollocé—. Se suponía que… no debías saberlo.

—No eres más que un maldito maricón. Mi hijo está muerto para mí. ¡Maldita sea! ¡Malditos los dos se pueden ir al infierno! —Dijo con odio.

Y dicho esto, me metió a rastras en su coche y me llevó de vuelta a casa.

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