jueves, 22 de enero de 2026

La solución

 


Quiero contarles una historia graciosa. Hasta hace unos días yo era Saúl, un chico normalito al que le encantaban los superhéroes, la ciencia ficción y el anime. Desde pequeño fui pésimo para socializar y, de hecho, solo tuve un amigo: Ramón. Éramos como dos clones con lentes; inseparables, mismos gustos… y mismo problema: las chicas ni nos volteaban a ver ni por error.

Un día me quejé con mi hermana mayor y, entre risas, me dijo:
—La solución es fácil: que uno de los dos tome una pastilla rosa y se convierta en la novia del otro.
Y, como si nada, agregó que siempre había querido una hermana y que podía conseguirme la dichosa pastilla si me animaba. Yo me quedé callado. Aunque sonaba a chiste, la idea me pareció… curiosamente práctica. Cuando se lo conté a Ramón, en lugar de reírse, me dijo:
—Pues, no suena tan mala idea.
Y ahí fue cuando la locura comenzó.

Mi hermana me dio la pastilla rosa y, en cuanto la tomé, ¡pum!, me desmayé. Al despertar… bueno, digamos que los “grandes cambios” habían llegado. Tenía curvas donde antes había ángulos rectos, y cada vez que me movía algo rebotaba que antes no existía. Me pasé el primer día mirándome en el espejo como si estuviera viendo un cosplay con presupuesto ilimitado. Mi hermana se moría de risa mientras me enseñaba a caminar sin parecer un robot y a no mirar con sospecha ese par de “nuevos compañeros de viaje” que ahora me seguían a todas partes.

Lo más raro fue ponerme falda por primera vez. Sentía el aire frío en las piernas y la paranoia de que todo el mundo estaba mirando justo donde no debía. Caminaba con las rodillas pegadas como si llevara un secreto nuclear entre ellas. Pero, aunque estaba nerviosa, había algo que me ilusionaba más que nada: la idea de ver a Ramón, de que me reconociera y, quién sabe… tal vez dar mi primer beso.

Un par de semanas después mi hermana me acompañó de compras y elegí un outfit especial para mi primera cita con él. Mientras lo esperaba en el parque, repasaba mentalmente cómo sonreír, cómo hablar con voz dulce y, sobre todo, cómo no tropezarme con los tacones. “Ojalá le guste ahora que soy Sandra”, pensaba, con mariposas en el estómago.

Pasaron quince minutos y Ramón no aparecía. Saqué el celular y lo llamé. Entonces pasó lo más inesperado: escuché su tono de llamada justo detrás de mí. Me giré y vi a una chica muy guapa sosteniendo el teléfono. Contestó y dijo “hola”… y su voz salió por mi bocina. No había lugar a dudas. Ramón también había tomado la pastilla.


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