domingo, 18 de enero de 2026

Me fascinan las faldas

Desde que tenía cinco años, las faldas de mis compañeritas me fascinaban. No era solo el color o los dibujos, sino la forma en que flotaban cuando ellas corrían, como si atraparan un pedazo de viento. Yo me quedaba mirándolas con una mezcla de curiosidad y anhelo que no podía explicar.

Una tarde, creyendo que estaba solo, abrí el cajón de mi mamá y encontré unas pantimedias. Eran suaves como un susurro, tibias al tacto. Me las puse, sintiendo cómo mi piel parecía abrazar la tela. Apenas estaba mirándome en el espejo cuando escuché el ruido de la puerta. Ella estaba ahí, inmóvil, observándome. No gritó. No preguntó. Solo me sostuvo la mirada, como si guardara una respuesta que yo aún no podía entender.

Unos días después, me llamó a su habitación. Sobre la cama había un vestido pequeño, de una prima que ya no lo usaba. Me dijo que lo llevaría como castigo. Me lo colocó con firmeza, esperando que me avergonzara. Pero cuando la tela rozó mi piel y vi mi reflejo, sentí una alegría que me calentó el pecho. No era un castigo. Era un regalo que no se atrevía a nombrar.

El tiempo pasó y ese interés no desapareció. Al cumplir trece años, mi mamá me miró con una mezcla de ternura y resolución.
—No puedes ser un hombre que usa ropa de mujer —dijo, mientras ponía en mi mano una pequeña pastilla rosa.



La tomé, y con ella, dejé de ser Antonio. Desde ese día fui Alexia. Comencé a vivir como siempre había soñado: vestidos cada mañana, medias suaves, el cabello suelto. Y en cada paso sentía que el mundo, por fin, tenía mi forma.

Cuando volví a la secundaria convertida en mujer, todo cambió. Me volví muy popular, más de lo que jamás imaginé. Hice amigas, aprendí a jugar con las miradas, y ahora tengo un novio que me hace sonreír todos los días. La vida, sin duda, se volvió mucho más interesante.

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