De niño siempre sufrí acoso escolar. Era delgado, de huesos finos y con rasgos delicados. Todos me decían que parecía una niña.
Un día, el peor de todos mis bullies, Alan, junto a sus secuaces, me acorralaron en el baño de la escuela. El aire olía a desinfectante agrio y a humedad. Me quitaron el pantalón a la fuerza y me pusieron una falda. La tela era sintética, áspera contra mi piel. Sentí el frío del azulejo en la espalda y un vacío ardiente en el estómago. "Esa falda te queda muy bonita, Ariel; hasta tu nombre es de niña", dijeron mientras se llevaban mi pantalón.
Tuve que permanecer así el resto del día. El roce de la falda contra mis piernas era un recordatorio constante de mi situación. El sudor frío me pegaba la camisa al cuerpo. Lo más humillante fue que, a pesar de mi pelo corto, muchos en los pasillos creyeron que era una niña de verdad. Susurraban. Algunos se reían. Otros solo me miraban con curiosidad. La vergüenza tenía un sabor metálico en mi boca.
...
Unos años después llegó el Gran Cambio. Mi cuerpo se transformó. Ahora soy una mujer biológica aunque sigo siendo joven, ahora soy una señorita... Los recuerdos de aquella falda impuesta han sido reemplazados por la suavidad de las faldas que elijo ponerme libremente.

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