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viernes, 11 de julio de 2025

La decisión (7)



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INDICE. ENAMORADO DE MI MEJOR AMIGA

Capítulo 7: La decisión

La comida estaba en la lumbre, a fuego lento. Nada que preocuparse.

Carolina se miró al espejo por última vez. El vestido rojo le ceñía la cintura con elegancia. Debajo, la lencería hacía juego, no estaba segura de que nadie más la fuera a ver pero quería sentirse hermosa para ella misma y quizá un poco para Paola. Tenía un tampón bien puesto —su ciclo ya no era un misterio— y todo eso que hace meses era impensable, ahora le resultaba natural.

Mientras se maquillaba, pensó en la primera vez que se vio al espejo como mujer. En lo extraño que se sintió al usar un brasier, en lo incómodo que fue caminar con tacones, en el terror de sentir que iba a equivocarse en cada palabra, cada gesto.

Y sin embargo, ahí estaba ahora. Pintándose los labios con la mano firme. Respirando tranquila.

Cuando Paola llegó, vestía también un vestido precioso, suelto y oscuro, con unos labios color vino que hacían juego con sus uñas. Ambas se miraron y sonrieron como si fueran adolescentes con cita.

—Huele delicioso —dijo Paola, abrazándola por la espalda.

—La comida o yo —dijo Carolina, girándose.

—Ambas.

Se saludaron con un beso como lo hacían siempre. Comieron como una pareja feliz. Se rieron. Brindaron con vino. Hablaron de películas, de libros, de un par de chismes del barrio. De todo... menos de lo que realmente ardía en el pecho de Carolina.

Cuando estaban terminando el postre, ella se quedó mirando a Paola en silencio por unos segundos. Tragó saliva.

—Te amo, Paola… —dijo al fin—. Y lamento hacerte esto. Pero necesito saber si tú también me amas.

Paola frunció el ceño, confundida.

Carolina respiró profundo y le contó todo. De nuevo. Pero esta vez lo más importante: que aún podía volver atrás. Que la pastilla que había tomado era temporal. Que había una segunda. Que si la tomaba, el cambio sería definitivo. Para siempre.

Paola no dijo nada. Se levantó, caminó hacia ella… y la besó. Largo. Dulce. Cargado de significado.

Cuando se separaron, Paola le acarició la mejilla con una mano.

—Claro que te amo, Caro. Qué pregunta tan tonta.

—¿Entonces…?

—Quédate como mujer —dijo, con los ojos brillantes—. Y hagamos una vida juntas

Entonces se fundieron en un beso profundo, que las llevó luego a tocarse, Carolina sintió las manos de Paola debajo de su vestido. Después todo fue un torrente de emociones que no paró hasta que ambas estuvieron desnudas en su cama. Después de eso quedaron dormidas y se abrazaron fuerte.

 La segunda pastilla esperaba en su cajón del baño. Ya no era una duda. Era un destino.



Epílogo: Nuestra vida

Cinco años después, Carolina atendía la cafetería con su panza de seis meses de embarazo sobresaliendo debajo de un vestido de maternidad exageradamente femenino. Había flores en su delantal, listones en su cabello y la piel radiante del embarazo.

Nunca se imaginó así. Nunca pensó que ese cuerpo sería suyo. Que esa vida sería la suya. Pero ahí estaba. Vistiéndose como madre, pensándose como esposa, sonriendo con la tranquilidad de quien eligió su propio camino.

Los clientes entraban y salían. Algunos la felicitaban, otros preguntaban por el sexo del bebé. Ella respondía con una sonrisa amplia:

—Es niño. Llega en noviembre.

El pensamiento de educar a un niño le daba algo de nostalgia. Podría enseñarle muchas cosas varoniles que el mismo había aprendido cuando fue Carlos, aunque tal vez a su hijo no le gustaría aprender esas cosas de su mamá. Su mente divagaba con esos temas pero no sentía arrepentimiento de su nueva vida. 

Aún podía moverse y trabajar, sabía que el final del embarazo le pediría descanso y amamantar y cuidar a un recién nacido tampoco sería fácil. Y justo mientras anotaba una orden en la libreta, Paola entró con flores frescas y una expresión entre ternura y reproche.

—¿Otra vez trabajando tanto? Carolina, deberías estar descansando ya.

Carolina se rió, dejando la libreta sobre el mostrador.

—Tienes razón.

Miró hacia la barra y llamó:

—¡Esteban!

El joven se acercó, limpiándose las manos con el delantal.

—¿Sí, jefa?

—Desde mañana eres el gerente de este negocio. Ya no puedo pasar tanto tiempo aquí. Cuídalo como si fuera tuyo.

Esteban se quedó boquiabierto.

—Wow... gracias, jefa. ¡No lo arruinaré!

Carolina se volvió hacia Paola, que la miraba con adoración, y le tomó la mano.

—Desde mañana soy toda tuya… —le dijo, acariciando la panza—. Y de nuestro hijo.

Se besaron en medio del local, entre el aroma del café, los rayos del sol y los murmullos felices de los clientes.

Y así comenzó su nueva vida. No como un experimento. No como una ilusión.

Sino como una mujer. Como madre. Como alguien profundamente amada.

jueves, 10 de julio de 2025

INDICE: ENAMORADO DE MI MEJOR AMIGA L




Carlos que está enamorado de su mejor amiga, Paola, solo hay un problema, ella es lesbiana. Carlos decide tomar una pastilla rosa para tener una oportunidad con ella. Transformado en Carolina descubrirá un nuevo mundo como mujer a la par de que conoce más de cerca a Paola.


Son 7 Partes. Espero que les guste. 


Capítulo 1: Una posibilidad imposible

Capítulo 2: Condiciones temporales

Capítulo 3: El primer paso (en minifalda)

Capítulo 4: Café, vestidos y miradas nuevas 

Capítulo 5: Tacones tequila y un beso esperado

Capítulo 6: Un nuevo comienzo

Capítulo final: La decisión 

miércoles, 9 de julio de 2025

Un Nuevo Comienzo (6)



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INDICE. ENAMORADO DE MI MEJOR AMIGA

Capítulo 6: Domingos, decisiones y una segunda pastilla

Carolina despertó envuelta en sábanas suaves y con el camisón de Paola aún sobre su piel. Por un momento, olvidó quién era, quién había sido. Solo sentía el calor de la mañana, el olor a café recién hecho y algo dulce en el aire.

Se levantó, aún algo adormilada, y caminó descalza hasta la cocina. Allí estaba Paola, también en camisón, revolviendo una mezcla en un bowl mientras tarareaba una canción de los 2000.

—Buenos días, dormilona —dijo sin voltear.

—¿Estás haciendo waffles?

—Tus favoritos. Con chispas de chocolate. Ya te los ganaste.

Carolina sonrió y se acercó por detrás, rodeándola con los brazos, sintiendo cómo encajaban perfectamente. Eran pareja. Lo eran sin necesidad de decirlo. Porque después de aquella noche, los besos comenzaron a aparecer sin previo aviso. En el sofá. En la cocina. Al despedirse. Y también al despertarse juntas, como ese domingo.

Pasaron el día tiradas en el sillón, viendo películas de terror con mantas hasta la nariz, gritando en las escenas predecibles y riéndose de los efectos especiales. Hablaron de todo. De nada. Y entre conversaciones triviales, Paola la tomaba de la mano o le acariciaba el cabello, como si no pudiera evitarlo.

Después de ese día, se volvió común amanecer en la cama de una o de la otra. La rutina se reescribió con caricias matutinas, desayunos compartidos y despedidas con promesa de verse pronto. En esos días, Paola le enseñó a Carolina muchas cosas sobre su nuevo cuerpo. Lo que dolía, lo que no. Cómo moverse con más comodidad. Qué ropa ayudaba a sobrellevar el periodo. Qué tipo de brasier era el adecuado según la ocasión. Y también esos detalles que solo una mujer le puede decir a otra, susurrados con complicidad.

—Tú ya no eres un chico disfrazado —le dijo una tarde, mientras le abotonaba la blusa con una sonrisa torcida—. Eres una mujer completa. Aunque no lo aceptes del todo todavía.

Carolina, a veces, también lo sentía. Su reflejo en el espejo ya no le parecía extraño. Su voz, sus gestos, su forma de caminar… todo empezaba a ser natural. Paola incluso comenzó a llevarle flores por las tardes a la cafetería. A veces un girasol. A veces un ramo pequeño envuelto en periódico. Siempre con una sonrisa cómplice que le derretía el pecho.

Pero había algo que ensombrecía ese paraíso fugaz.

Quedaban quince días.

Quince días para que la pastilla rosa dejara de hacer efecto. Quince días para que todo volviera atrás. Quince días antes de que Carolina dejara de existir… y Carlos volviera a ocupar su lugar.

Ese pensamiento la acompañaba mientras preparaba café, tomaba pedidos, sonreía a los clientes o contaba los billetes al final del turno.

Y justo en medio de una tarde tranquila, mientras Marcos y Esteban limpiaban mesas y Paola no había llegado aún, un cliente inesperado entró a la cafetería: su tío.

Vestía como siempre: pantalones de mezclilla, bata blanca abierta y una libreta llena de garabatos científicos en la mano.

—¿Tienes un minuto? —preguntó, directo.

Carolina asintió, nerviosa. Lo hizo pasar a la trastienda.

—He seguido haciendo pruebas con la fórmula. Mejoras, simulaciones... y encontré algo. Si tomas una segunda dosis antes de que termine el efecto de la primera, el cambio se vuelve permanente. Irreversible. Tu cuerpo no volvería jamás a ser el de Carlos.

Sacó una cajita de su bolsillo. Ahí estaba. Otra pastilla rosa.

Carolina la sostuvo con manos temblorosas. Era tan pequeña. Tan... poderosa.

—No tienes que decidir ahora —le dijo su tío—. Pero si no haces nada, en quince días esto termina.

Y se fue.

Carolina guardó la pastilla en una bolsita que escondió entre los tarros de té. El corazón le latía como si hubiera corrido una maratón. Esa noche apenas pudo dormir.

Dos días después, mientras Paola reía con un café en mano y una rosa en la otra, Carolina la tomó de la mano.

—Necesitamos hablar —dijo con voz suave.

—¿Pasa algo?

—El domingo. Te invito a cenar a mi departamento. Cocinaré para ti… pero hay algo que necesito decirte.

Paola asintió, con una ceja alzada y una sonrisa curiosa.

—¿Tengo que preocuparme?

—No lo sé todavía —respondió Carolina, sincera—. Pero creo que sí.

Y el domingo se acercaba como una marea inevitable.



lunes, 7 de julio de 2025

Tacones, tequila y un beso esperado (5)



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Capítulo 5: Tacones, tequila y un beso esperado

Carolina estaba arrepentida. Muy arrepentida.

Decirle que sí a Paola para ir a bailar había sonado divertido... hasta que pasó toda la tarde en su departamento aprendiendo a caminar con tacones. Cada paso era un nuevo insulto a su equilibrio, y Paola se reía sin piedad mientras la hacía dar vueltas por la sala como si fuera una modelo principiante.

Pero lo peor fue el vestido.

Era corto. Muy corto. Y ajustado. Muy ajustado. Sin tirantes, con escote delantero, escote trasero, escote por todos lados posibles sin llegar a ser vulgar. Los pechos —que la pastilla le había dado con generosidad— estaban bien encajados, pero cada respiro profundo era una amenaza.

—¿Paola, estás segura de que esto no es demasiado? —preguntó Carolina, roja de vergüenza, mirándose en el espejo.

—Es perfecto. Si vas a salir como mujer, vas a hacerlo con todo. Además, ¿no querías vivir esta experiencia al máximo?

Carolina suspiró, resignada. Y entonces Paola se excusó para cambiarse, volvió en unos pocos minutos. Vestía algo igual de breve, con una falda negra de cuero que parecía cosida directamente a su piel y un top que apenas le cubría lo esencial. Se veían… bien juntas. Ridículamente sexys. Peligrosamente bien.

—Ahora no te puedes echar para atrás—dijo Paola, guiñándole un ojo—. Vamos a romper la pista.


Paola la llevó a una disco gay que estaba llena, vibrante de luces y cuerpos en movimiento. En cuanto entraron, Paola tomó a Carolina de la mano y la arrastró directo a la pista. Nadie les preguntó nada. Nadie las juzgó. De hecho, todo el mundo pareció asumir que eran pareja, lo cual resultó ser un alivio para Carolina.

Bailaron como si no hubiera mañana. Rieron, sudaron, bebieron un poco —Paola insistió con un par de shots de tequila— y siguieron bailando hasta que los pies les dolían. Carolina, para su sorpresa, se sintió libre. Ya no era un juego. Estaba viviendo algo real. Con Paola. En otro cuerpo, en otra piel… pero con el mismo corazón.

Más de una vez creyó que Paola iba a besarla. Cuando se acercaban mucho. Cuando los ojos de ella se quedaban un segundo más de lo necesario en sus labios. Pero el momento nunca llegaba.

Hasta que salieron.

La madrugada era fría. Ambas se tambaleaban un poco por los tacones y el alcohol.

—Te paso a dejar a tu apartamento y luego me voy al mío —dijo Carolina, automáticamente, como Carlos lo habría dicho.

Paola la miró como si hubiera dicho una estupidez.

—¿Estás loca? Ya no eres un hombre, Caro. Es muy peligroso que una chica ande sola a esta hora. Te vas a quedar conmigo. Vamos a mi departamento.


Paola entró quitándose los tacones como si fueran grilletes y luego Carolina la imitó apenas pudo reparar en la sensación de alivio de quitarse ese calzado porque luego, sin pudor alguno, Paola se deshizo de su vestido y quedó en ropa interior.

Carolina se quedó congelada. Era una escena de sus sueños más locos… pero ahí, tangible, real, en carne viva.

Paola se puso un camisón corto, suave, y sacó otro del armario.

—Ponte cómoda, nena.

Carolina imitó a Paola y se quitó el vestido enfrente de ella y luego con manos algo temblorosas, se puso el camisón. Paola la miró de arriba abajo, sonriendo.

—Te ves divina.

Carolina no alcanzó a decir nada. Paola se puso de pie, se acercó lentamente… y la besó.

Fue suave. Fue largo. Fue todo lo que Carlos había deseado durante años… pero no lo estaba viviendo como Carlos, sino como Carolina.

Cuando se separaron, Paola le acarició la mejilla y le dijo:

—No sé qué estamos haciendo. Pero me gusta.

Carolina sonrió, con el corazón latiendo como un tambor.

—A mí también.

Ambas se fundieron en un segundo beso. Mucho más apasionado, pensado y atrevido que el primero.

viernes, 4 de julio de 2025

Café, vestidos y miradas nuevas (4)

 


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Capítulo 4: Café, vestidos y miradas nuevas

La vida de Carlos siempre había girado en torno a la pequeña cafetería que le heredaron sus padres. Abría temprano, preparaba café con precisión casi científica y charlaba con los clientes habituales como si fueran viejos amigos. Pero esa rutina sufrió un giro radical cuando llegó por primera vez como Carolina.

Con un vestido amarillo pastel, unos aretes discretos y el cabello recién alaciado —gracias a Paola, por supuesto—, Carolina se plantó frente a la puerta del local con las llaves en mano. Respiró hondo, empujó la puerta y empezó el primer día de su “nueva vida”.

Encendió las luces, revisó la máquina de espresso, acomodó las sillas y puso música suave, tal como lo hacía siempre. Pero esta vez, todo se sentía distinto. El eco de sus pasos con sandalias, el movimiento del vestido al caminar, el perfume floral que llevaba puesto… cada cosa parecía ajena y familiar al mismo tiempo.

Apenas había terminado de colocar los carteles de “abierto” cuando llegaron Marcos y Esteban, los dos empleados que Carlos había contratado meses atrás.

—¿Hola? —dijo Esteban, asomándose con desconfianza—. ¿Buscas a Carlos?

—No exactamente —respondió ella con una sonrisa ensayada—. Soy Carolina, la prima de Carlos. Carlos tuvo que salir de la ciudad por unas semanas y me dejó a cargo del negocio.

Ambos la miraron con cierta sorpresa. Pero tenía las llaves, la cafetería ya estaba abierta, y evidentemente sabía lo que hacía. Eso pareció bastar.

—Ah… bueno, bienvenida entonces, jefa —dijo Marcos, aún medio confundido.

—Si necesitas algo, avísanos —agregó Esteban.

Los primeros días fueron raros. Raros en el modo en que el uniforme habitual de Carlos —camisa suelta y jeans gastados— fue reemplazado por vestidos primaverales con escote moderado pero suficiente como para atraer miradas. Paola tenía mucho que ver en eso.

—Nada de esconderte en ropa holgada —le había dicho mientras revolvía el clóset con emoción peligrosa—. Tienes que abrazar tu figura. ¡Esa cinturita no se va a presumir sola!

Carolina protestó… y luego obedeció.

Con el paso de las semanas, empezó a notar ciertos cambios.

Los clientes aumentaban. Algunos de siempre venían más seguido. Otros nuevos se quedaban más tiempo. Y los hombres, en particular, parecían tener una habilidad misteriosa para “olvidar” algo y regresar a los minutos.

También notó otras cosas: ya no podía cargar las cajas llenas de coca de vidrio. Tampoco podía alcanzar los estantes altos sin tambalearse un poco. Pero para su sorpresa, Marcos y Esteban estaban más atentos que nunca. Le abrían las puertas, cargaban los objetos más pesados y se ofrecían a ayudar en todo.

—No sabes cuánto agradezco su ayuda —les dijo un día mientras acomodaban los vasos.

—Para eso estamos, jefa —le dijo Esteban con una sonrisa algo más amplia de lo habitual.

Y sí… la trataban diferente. Mejor, incluso. Pero diferente.

Paola, por su parte, comenzó a pasarse todas las tardes por la cafetería. Al principio, Carolina pensó que era para supervisarla. Para asegurarse de que cumpliera el “trato” y usara un vestido. Pero con el tiempo, esa idea fue cambiando.

Porque Paola no solo la observaba con atención. A veces la miraba como si la viera por primera vez. Como si algo dentro suyo estuviera reacomodándose. Como si Carolina, a pesar de ser Carlos… no fuera exactamente Carlos.

Una tarde, después de una conversación sin mucha importancia, Paola dejó su taza a medio terminar y soltó, casi sin pensarlo:

—Tengo ganas de bailar. Hace semanas que no salgo. Deberíamos ir a una disco.

Carolina levantó la vista, sorprendida pero encantada.

—¿Nosotras dos?

—Sí. ¿Por qué no? Necesitamos divertirnos. Además, quiero ver si te mueves tan bien como haces el café.

Carolina sonrió, sintiendo ese calorcito que le llegaba a las mejillas cuando Paola la elogiaba.

—Está bien —dijo—. Vamos.

sábado, 7 de junio de 2025

El primer paso (en minifalda) (3)


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Capítulo 3: El primer paso (en minifalda)

Carolina ya empezaba a sospechar que Paola iba a disfrutar demasiado este experimento.

—¿Una minifalda, Paola? —preguntó con ojos de súplica mientras sostenía la diminuta prenda como si fuera radioactiva.

—Sí. Negra, con tablones. Corta pero no vulgar. Combinada con esta playera blanca estampada de Sailor Moon. Femenina pero poderosa. Te va a quedar divina.

—No hay otra opción, ¿verdad?

—Claro que sí —respondió Paola, y por un instante Carolina sintió esperanza—. Puedo buscarte una aún más corta.

Carolina se rindió con un suspiro dramático.

Al menos, Paola le permitió usar unos tenis blancos. Eso sí, solo después de una intensa negociación que incluyó referencias a los derechos humanos y la Declaración Universal del Calzado Cómodo.

Después vino el maquillaje.

—No me quiero ver como un payaso —dijo Carolina mientras Paola sacaba pinceles, esponjitas y una paleta de colores que parecía una caja de acuarelas de artista profesional.

—Tranquila. Hoy vamos con algo suave: base ligera, delineador sencillo y un labial rosa que dice “coqueta, pero misteriosa”.

—¿Y hay uno que diga “no estoy listo para esto”?

Una hora y varios tutoriales de YouTube después, Carolina se miró al espejo.

—Wow —dijo bajito—. ¿Soy yo?

—Eres tú, pero con magia encima —respondió Paola con una sonrisa satisfecha—. Estás lista. Vámonos.

El plan era simple: cine, palomitas, charla. Algo casual. Pero el mundo exterior no lo entendió así.

Desde que salieron, Carolina notó las miradas. Algunas curiosas, otras admirativas, otras demasiado largas para su gusto. Incluso escuchó un par de piropos: uno la llamó “muñeca”, otro algo menos elegante. Paola solo los ignoraba.

—¿Siempre es así? —preguntó Carolina mientras caminaban por la plaza.

—Básicamente. El combo mujer + minifalda viene con ciertas advertencias. Pero no les des poder. Tú camina como si el mundo fuera tuyo.

—Estoy más concentrado en no enseñar los calzones. 

Ya dentro del cine, eligieron una comedia tonta. Carolina se sintió extrañamente bien, sentada al lado de Paola, riéndose juntas como siempre, solo que ahora con otra energía en el aire. Había algo distinto, sí… pero también reconfortante. Por primera vez, no sentía una barrera invisible entre ambos. Estaba con Paola, siendo mirada, tratada, sentida, como una chica.

Al salir, caminaron bajo las luces cálidas del centro comercial, compartiendo una bolsa de dulces como si tuvieran quince años.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Paola.

Carolina pensó un segundo.

—Extrañamente feliz. Incómodo a ratos, pero… feliz. Y un poco libre.

—Es un buen comienzo.

Cuando llegó esa noche a su departamento, se quitó el maquillaje frente al espejo con una sonrisa cansada. Miró su reflejo, despeinada, con las mejillas enrojecidas por el limpiador, y pensó:

"Podría acostumbrarme a esto."

miércoles, 4 de junio de 2025

Condiciones temporales (2)



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Capítulo 2: Condiciones temporales

—¿Carlos? —repitió Paola, todavía con la mascarilla verde en la cara y los ojos abiertos como si hubiese visto a un fantasma... o a una exnovia con nuevo look.

—Carolina, en realidad —corrigió la chica con una sonrisita nerviosa—. Pero sí… soy yo.

Paola no dijo nada más. Solo la agarró del brazo y la metió de inmediato a su habitación.

—¡¿Estás loco?! —le dijo en voz baja como si temiera que las paredes la escucharan—. ¡¿Tomaste esa cosa en serio?! Yo pensé que estabas bromeando.

Carolina se sentó al borde de la cama, con las piernas juntas, algo incómoda con la ropa floja que antes era de su versión masculina.

—No estaba bromeando, Paola. Nunca lo estuve.

Paola se cruzó de brazos. Todavía tenía la mascarilla secándose, lo que hacía que su expresión dramática pareciera aún más exagerada.

—¿Y entonces ahora qué? ¿Querés que salgamos como si nada? ¿Como si cambiar de género fuera solo… ponerte una peluca y ya?

—No. Sé que no es tan simple. Pero lo hice por ti. Yo… quiero al menos besarte una vez. Una oportunidad contigo, haría cualquier cosa para conseguirla.

Eso dejó a Paola callada por unos segundos.

—No sabía que estabas tan enamorado de mí…

—Lo estoy. Pero también entiendo que no puedes salir conmigo así, de un día para otro, justo después de terminar con Jennifer. Sería injusto para ti… y para mí también.

Paola suspiró, se sentó a su lado, y se quitó la mascarilla con una toalla.

—Mirá, ser mujer no es solo tener pechos o cambiar de nombre. Es una forma de moverse, de hablar, de existir. No es algo que se finge. Y no quiero una relación por despecho. Sería lo peor que podríamos hacerle a nuestra amistad.

Carolina asintió. No parecía sorprendida.

—La pastilla… es temporal. Solo dura tres meses. Después de eso, vuelvo a ser Carlos.

Paola levantó una ceja.

—¿Tres meses?

—Tres meses. El tío está intentando hacerla permanente, pero todavía no es estable.

Hubo un silencio. Luego, Paola se levantó de la cama y cruzó los brazos otra vez, esta vez con una expresión más pensativa que alarmada.

—Bien. Entonces te propongo algo.

—¿Algo?

—Durante esos tres meses, vamos a ser amigas. Vos vas a comprometerte en serio a vivir como una mujer. Y yo te voy a enseñar lo básico: outfits, maquillaje, hablar con otras chicas sin sonar como un cavernícola… incluso cosas más personales.

—¿Más personales? —preguntó Carolina, tragando saliva.

—Ya veremos. Pero con una condición: si en algún momento esto se siente raro, si nos hace mal o si me doy cuenta de que lo haces solo por estar conmigo y no por ti. … lo frenamos.

Carolina sonrió con dulzura.

—Trato hecho.

Paola se le acercó, le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja —algo que nunca había hecho con Carlos— y dijo:

—Entonces, bienvenida al lado rosa de la fuerza.

domingo, 1 de junio de 2025

Una posibilidad imposible (1)


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Capítulo 1: Una posibilidad imposible

Carlos estaba convencido de que el universo tenía un sentido del humor bastante cruel. De todos los corazones del mundo, él había ido a enamorarse justamente del que no podía corresponderle: el de su mejor amiga, Paola.

Paola era divertida, sarcástica, fanática del cine de terror, y completamente lesbiana.

Así que Carlos se conformaba con ser el mejor amigo. El hombro donde llorar. El que traía helado cuando Paola terminaba una relación, y el que fingía que no se le partía el alma cada vez que ella decía: “¿te conté de la chica que conocí ayer?”

Esa tarde, el universo se superó. Paola llegó a su departamento con los ojos hinchados, la nariz roja y una bolsa de papas fritas bajo el brazo.

—Jennifer me engañó —soltó apenas cruzó la puerta, sin siquiera saludar.

—¿Qué? ¿Desde cuándo? —Carlos tomó la bolsa de sus manos mientras ella se tiraba en el sillón.

—Desde casi el inicio. Dos años de relación y al parecer ella tenía una “novia alterna” como quien tiene Netflix y Prime al mismo tiempo.

Carlos se sentó a su lado y le pasó una manta.

—No entiendo por qué la gente hace eso… ¿no sería más fácil solo no comprometerse?

—Porque la gente es idiota —Paola hundió la cara en la almohada—. Estoy harta. Me rindo. Me vuelvo monja.

Carlos rió bajito. Luego, por alguna razón —quizá el helado derretido en su estómago o el golpe de valentía más absurdo de su vida—, dijo:

—Yo tengo una idea. Algo loco.

Paola levantó una ceja, sin sacar del todo la cara de la almohada.

—¿Más loco que lo de la vez que intentaste hacer pan en microondas?

—Más o menos al mismo nivel, sí. Escuchá… ¿recordás que mi tío es biólogo experimental?

—Sí, el loco que crió una planta fluorescente que canta canciones de Luis Miguel.

—Ese mismo. Bueno, está probando una píldora… que, si funciona, puede cambiarte de sexo por completo. Genética, hormonas, todo.

Paola lo miró con expresión de “¿cuánto helado comiste, amigo?”

—¿Y para qué me cuentas eso?

Carlos tragó saliva.

—Porque… si yo fuera mujer, ¿me darías una oportunidad?

Hubo un silencio. Largo. Tan largo que Carlos pensó que había cortado la luz y se había apagado el universo entero.

Paola lo miró con ternura y algo de confusión.

—¿Estás diciendo que tomarías esa pastilla solo para estar conmigo?

—Si eso significara que tendría al menos una chance, sí. Lo haría.

Ella sonrió, y esa sonrisa lo mató y lo revivió al mismo tiempo.

—Carlos… si fueras mujer, claro que te daría una oportunidad.

Y con eso, se levantó, le dio un beso en la mejilla y se fue, probablemente pensando que era solo una broma entre amigos raros.

Pero no lo era.


Al día siguiente, a las seis de la tarde, el timbre sonó. Paola, en pijama y con una mascarilla verde en la cara, abrió la puerta.

Frente a ella, había una chica. Llevaba la misma campera que Carlos usaba siempre, pantalones algo grandes, y el cabello corto pero algo más suave. Tenía los mismos ojos, el mismo lunar en la mandíbula… y en su muñeca, una pulsera trenzada azul y negra, idéntica a la que Paola le había regalado a Carlos cuando cumplieron cinco años de amistad.

—¿Paola? —dijo la chica, con una voz ligeramente más aguda pero familiar—. La pastilla funcionó.

Paola abrió los ojos como platos.

—¿Carlos?

—Carolina —corrigió ella, sonriendo con nerviosismo—. Ahora me llamo Carolina.



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Es una nueva forma de contenido en mi blog. Relatos con capítulos breves, les prometo que la mayoría serán breves también en cuánto a número de capítulos. Este, por ejemplo, es de 7 capítulos. Espero que les guste.