Te voy a ser sincera: odio (casi) todo de ser mujer. La forma en que los hombres me devoran con la mirada en la calle. Esta estatura diminuta que ahora tengo. Las caderas que no caben en los jeans de antes. Los pechos que un día no estaban y al siguiente ya pedían paso. Mi voz, que ahora parece un susurro afilado. Y esa maldita sensación de estar hecha de cristal.
Pero hay algo —pequeño, prohibido, delicioso— que me vuelve loca: las faldas cortas. Me encanta cómo se siente el aire en mis muslos. Cómo la tela apenas me cubre.
O mejor dicho… me encanta cómo me mira Fernando cuando las uso. Mi mejor amigo. Ese tipo que antes veía porno conmigo sin atreverse a tocarme. Ahora sus dedos viajan por mis piernas como si conocieran el camino de memoria, y siempre terminan justo donde antes no había nada… y ahora sí. Cuando estamos a solas, claro.
Y esta noche, tal vez, lo deje ir más lejos. Que me quite la falda. Las bragas. Que deje de fantasear y me regrese algo que extraño con cada célula de este nuevo cuerpo: un pene entre las piernas. El suyo.

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