domingo, 11 de enero de 2026

Condena


El sol de la tarde acaricia mi piel mientras espero en el parque. La minifalda blanca deja que el viento juegue con el borde, y la blusa rosa, ceñida y ligera, apenas disimula los latidos que me delatan. No puedo evitar sonreír al pensar en lo diferente que es mi vida desde hace ocho meses.

A veces me cuesta creer cómo empezó todo. Antes era un muchacho lleno de rabia, incapaz de entender un “no”. Cuando Tamara me rechazó, la furia me cegó. Intenté golpearla, y aquello cambió mi destino. Frente al juez, su defensa propuso algo inverosímil: evitar la prisión si aceptaba tomar una píldora rosa y vivir un año como mujer. Un castigo, decían, para enseñarme empatía. Acepté, convencido de que seguiría siendo yo bajo una nueva piel. Qué equivocado estaba.

Los primeros días fueron desconcierto puro. La ropa, las miradas, el peso distinto del mundo. Tenía que tomar alguna clase para socialiAr en mi nuevo rol como parte del arreglo, así que me inscribí en baile. Allí conocí a Jorge.

Jorge... tan dulce, tan atento. Siempre con una broma suave en los labios, siempre mirándome como si yo fuera algo frágil y valioso. Al principio me irritaba; no quería su ternura, no quería su protección. Pero poco a poco comencé a esperarla. Comencé a esperarlo a él.

Un día, se me declaró. Dijo que le gustaba mi forma de moverme, mi sonrisa, la manera en que me mordía el labio cuando estaba nerviosa. No supe qué responder. Recordé el “no” de Tamara, su firmeza. Por primera vez entendí lo que significaba tener el poder de elegir. Le dije que no. Y él lo aceptó con la misma serenidad con la que me había confesado su amor.

Dos meses después, sigo pensando en su mirada. En cómo me trata, en cómo me escucha, en cómo me hace sentir viva. Y hoy... hoy ya no quiero seguir fingiendo que puedo resistirlo.

Me puse la falda más corta que tengo, la blusa que mejor abraza mi cuerpo, y vine al parque con el corazón temblando. Él no sabe nada: ni de la píldora, ni de mo pasado, ni del chico que fui. Solo conoce a la mujer que soy ahora.

Lo veo venir. El sol le da de lleno en la cara y mi respiración se acelera. Cuando llega, me sonríe con esa calma suya que siempre me desarma.
—Te ves hermosa —me dice.
—Gracias —susurro—. Jorge… hay algo que quiero decirte.

Él se sienta junto a mí, curioso. Mis manos tiemblan.
—Aquella vez… cuando dijiste que te gustaba, yo te dije que no. Pero no fue porque no sintiera nada —le confieso—. Fue porque tenía miedo.
Sus ojos se suavizan, y el silencio que nos rodea se vuelve cómplice.
—¿Y ahora? —pregunta.

Respiro hondo.
—Ahora no quiero seguir fingiendo. Si aún sientes lo mismo… quiero ser tu novia.

Jorge se queda quieto por un segundo. Luego sonríe, despacio, como si no quisiera romper el momento.
—Claro que sí —responde.
Y antes de que pueda decir algo más, se inclina hacia mí.

Su beso es cálido, suave, pero también seguro. Me acaricia la mejilla, y siento humedad en mi entrepierna. Siento que existo.

Cuando nos separamos, apoyo la cabeza en su hombro.
No le diré nunca la verdad. No necesito hacerlo.
Porque en el fondo, ya no importa cómo empezó esta historia.

En unos días tengo reunión con los abogados de Tamara y el juez para decidir si seguiré viviendo así o volveré a ser hombre. 
Yo ya decidí vivir mi vida como mujer. 







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