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lunes, 20 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 60)

 


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Capítulo 60: La rueda de la fortuna

Los días del verano seguían pasando como agua en un arroyo, a un paso rápido, firme, constante y seguro. Me estaba divirtiendo mucho trabajando en la farmacia. Kevin estudiaba medicina y me daba pláticas rápida sobre qué medicamentos podía recomendar para molestias leves: alergias estacionales, picaduras de insectos, indigestión, dolores de cabeza tensionales y resfriados comunes. Me explicó los principios activos, las dosis recomendadas y las contraindicaciones. Era fascinante verlo hablar con tanta seguridad, como si ya fuera un médico de verdad.

Una tarde, mientras me daba su clase del día, se detuvo un momento y me miró con seriedad.

—Es probable que las chicas te tengan más confianza a ti para preguntarte estas cosas —dijo—, así que te explicaré qué medicamentos ayudan con las molestias... femeninas.

Y pasó media hora enseñándome qué medicamentos podía usar una chica para los calambres, el dolor premenstrual y las molestias del periodo. Toda esa información me hizo sonrojarme. No podía creer que estuviera hablando de esas cosas conmigo, como si fuera algo normal. Pero no pasó mucho tiempo antes de que una chica me pidiera consejo. Tenía dolores premenstruales y me preguntó si podía recomendarle algo. Le recomendé el medicamento que Kevin me había sugerido y ella pareció satisfecha. Me dio las gracias con una sonrisa y se fue.

—¿Ves? —dijo Kevin, con una sonrisa orgullosa—. Eres una buena farmacéutica.

—Todavía no soy farmacéutica —respondí, sonrojándome.

—Pero lo serás.

...

Antes de que me diera cuenta, ya era domingo. El gran día.

Kevin pasó por mí a las diez de la mañana. Venía en el carro de su mamá. Yo llevaba un short de mezclilla muy cortito y un segundo short de licra negra debajo para evitar accidentes. Un top corto también de color rojo. Mi conjunto me recordaba mucho al del Día de Sadie Hawkins, excepto que la licra me daba más seguridad, y mi pecho también estaba más seguro en mi top, que no era tan diminuto como el de aquel día. Y traía unos tenis y zapatos deportivos en lugar de medias y tacones. Era como una versión cómoda del atuendo de aquel día, aunque no por ello menos sexy.

Mamá insistió en acompañarme para despedirme y para saludar a Kevin. Primero lo miró de arriba abajo.

—Te ves muy guapo —dijo—. Ya veo por qué mi niña está loca por ti.

Obviamente me puse de mil tonos de rojo con ese comentario. Seguramente por eso lo hizo en primer lugar. Kevin se limitó a contestar un tímido "gracias".

—Debes cuidar mucho a mi niña —continuó mamá, con cara severa—. Es mi única hija. No te perdonaré si le pasa algo. Está de más decirte que debes respetarla. No puede quedar embarazada, pero sigue siendo una niña. No la presiones a hacer cosas indecentes.

La cara de Kevin se puso tan roja como la mía.

—Cuídate mucho, Pamela —me dijo mamá, dándome un abrazo breve—. Nos vemos en la noche.

Subí al asiento del copiloto y saludé a Kevin con un beso en los labios.

—¿Estás listo? —me preguntó él.

Solo asentí con la cabeza.

—Entonces vámonos —dijo, y puso en marcha el carro.

...

El parque de diversiones era enorme. Había montañas rusas, norias, carruseles, puestos de juegos y comida por todas partes. La música pop se mezclaba con los gritos de emoción de la gente y el olor a algodón de azúcar y palomitas flotaba en el aire.

Kevin me tomó de la mano y me guió hacia la entrada, donde nos esperaban sus amigos. Eran tres: Leo, Mau y Pablo. Todos ellos eran guapos. Ninguno era tan alto como Kevin ni lucía tan fuerte, pero todos eran varoniles, de sonrisa encantadora y con buen sentido del humor. A su lado estaban sus novias: Valeria, Sofía y Camila.

—¡Kevin! —gritó Leo, dándole una palmada en la espalda—. ¡Llegaste! Y con una chica, para variar.

—Esta es Pamela —dijo Kevin, presentándome con orgullo—. Mi...

Hizo una pausa. No sabía cómo terminar la frase. Pero las chicas no esperaron.

—¡Hola, Pamela! —dijo Valeria, la novia de Leo—. ¡Qué linda eres! Me encanta tu top.

—Gracias —respondí, sintiendo cómo me ruborizaba.

—¿Y cómo se conocieron? —preguntó Sofía, la novia de Mau.

—En la farmacia de mi mamá —respondió Kevin—. Ella trabaja allí.

—¡Qué dulce! —dijo Camila, la novia de Pablo—. Una historia de amor de farmacia.

Las chicas se rieron y yo con ellas. Pero por dentro, me sentía extraño. Todas me trataban como a una chica más. Y ninguna parecía notar nada raro en mí.

...

Caminamos juntos por el parque. Kevin me tomaba de la mano y de vez en cuando me rodeaba la cintura. Sus amigos y sus novias iban delante de nosotros, riendo y bromeando. Subimos a la montaña rusa primero. Yo grité como una niña en las caídas, y Kevin se rió de mí, pero no soltó mi mano en ningún momento. Luego fuimos a los coches de choque. Kevin y yo íbamos juntos y chocamos contra Leo y Valeria una y otra vez, riendo sin parar. Después, jugamos a los juegos de feria. Kevin me ganó un oso de peluche enorme en el juego de las latas.

—Es para ti —dijo, entregándomelo.

—Es precioso —respondí, abrazándolo.

—No tanto como tú.

Me besó en la mejilla y las chicas suspiraron.

...

Cuando llegó la hora de comer, nos sentamos en una mesa grande al aire libre. Pedimos hamburguesas, papas fritas y refrescos. Las chicas se sentaron juntas y los chicos también. Pero Kevin se sentó a mi lado, con una mano en mi pierna debajo de la mesa.

—¿Cómo conociste a Pamela, Kevin? —preguntó Leo, mordiendo su hamburguesa.

—En la farmacia —repitió Kevin—. Pero ya nos conocíamos de antes, en realidad. Mi mamá y su mamá son amigas.

—¿Y no te dio cosa que ella fuera tan joven? —preguntó Mau con una sonrisa pícara.

—Ella es mayor de lo que parece —respondió Kevin, apretando mi pierna.

Las chicas rieron.

—Pensé que te gustaban los chicos, Kevin —dijo Leo, con tono casual.

Me quedé helado. Pero Kevin no se inmutó.

—Yo también pensé que me gustaban los chicos —respondió, mirándome a los ojos—. Hasta que conocí a Pamela.

Las chicas suspiraron de nuevo. Yo me sonrojé hasta las orejas.

—Qué romántico —dijo Valeria—. Ojalá Leo fuera así.

—¡Oye! —protestó Leo—. Yo también soy romántico.

—Cuando te conviene —respondió Valeria, y todos nos reímos.

Después de comer, las chicas decidieron ir al baño juntas.

—¡Pamela, ven con nosotras! —dijo Camila, tomándome de la mano.

No tuve opción. Las seguí al baño de mujeres. Por dentro, estaba aterrorizado. Pero entré, fui a un cubículo, me aseguré de que nadie me viera, y salí para lavarme las manos como si nada.

En el espejo, Valeria se acercó a mí.

—Oye, Pamela —dijo, en voz baja—. ¿No te molesta que Kevin haya estado con chicos en el pasado?

Me quedé en blanco por un segundo. Luego recordé lo que Kevin me había dicho.

—No —respondí, con sinceridad—. Kevin es una persona maravillosa. Y su orientación no cambia en nada el buen hombre que es. Lo quiero por cómo me trata, no por con quién ha estado antes.

Valeria me miró con una sonrisa cálida.

—Eres una buena chica, Pamela —dijo—. Kevin tiene suerte de haber encontrado a alguien como tú.

—Gracias —respondí, sintiendo un nudo en la garganta.

Cuando salimos del baño, los chicos nos esperaban. Kevin me abrazó y me besó en la frente.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Todo bien —respondí.

...

La última atracción del día era la rueda de la fortuna. Subimos en parejas. Leo con Valeria, Mau con Sofía, Pablo con Camila, y Kevin conmigo.

La góndola era pequeña, apenas para dos personas. Kevin se sentó frente a mí y yo me senté frente a él. La ciudad empezaba a iluminarse a medida que subíamos. Las luces de los edificios, los faroles, los coches... todo parecía tan pequeño desde arriba.

—Es hermoso —dije, maravillado.

—Tú eres más hermosa —respondió Kevin.

—¿Por qué no les dijiste a tus amigos que soy un chico? —pregunté, un poco angustiado. — ¿Te avergüenzas de mi?

—Claro que no. Hay dos motivos,  en realidad. Me dijiste que no te gusta que la gente te trate como a un mariquita. Prefieres que te traten como a una chica. Por eso te presenté como Pamela. Y... en realidad a veces no estoy seguro de que seas un chico..,

Pude ver la duda genuina en sus ojos. Y entonces, sucedió.

La luz se fue. Todo el parque quedó a oscuras. Solo se veían las luces lejanas de la ciudad. Sentí un escalofrío de miedo. Kevin me tomó la mano.

—No pasa nada —dijo—. Seguro lo arreglan rápido.

Pasaron unos minutos. No pasaba nada.

—Kevin... —empecé a decir.

—Sabes —me interrumpió, en medio de la oscuridad—, todos piensan que eres una chica. Yo mismo tengo mis dudas. Tienes senos, caderas anchas... si no te hubiera conocido cuando eras un niño, estaría seguro de que eres una chica.

No supe qué responderle.

—No te he pedido que seas mi novia —continuó— porque necesito estar seguro de que eres un chico antes de pedírtelo. A mí me gustan los chicos. No las chicas.

—¿Cómo puedo probarte que soy un chico? —pregunté, con voz dubitativa.

—Déjame tocar tu entrepierna —dijo él, con seguridad.

Agradecí la oscuridad. Así no podría ver lo rojo que me había puesto.

—Está bien —dije—. La licra aplasta mi pene y por eso me veo plana, pero te dejaré sentirlo.

Me desabroché el short y lo bajé con todo y la licra. Volví a sentarme en el asiento. Sentí el frío del metal en mis nalgas. Tomé la mano de Kevin y la guié hacia mi entrepierna.

Estaba seguro de que en la oscuridad y tan alto en el juego, nadie podría vernos. La mano de Kevin sintió mi virilidad, y me di cuenta de que su pulgar era mucho más grande que mi bulto. Sentí vergüenza. "Siempre fue tan pequeño", me pregunté mentalmente.

Kevin comenzó a acariciarme con dos dedos.

—Así que sí eres un chico después de todo, Greg —dijo.

Sus dedos me estimularon unos pocos segundos y sentí una erección. Mi pene diminuto tomó algo más de cuerpo, pero no demasiado. Unos instantes más tarde, un líquido blanco cubría los dedos de Kevin.

—Un niño precoz, al parecer —dijo.

Recordé que cuando Danny intentó hacerme una felación, también me vine en segundos. Por algún motivo, también recordé a Louise, que dijo que mi cosa diminuta nunca podría darle placer a una mujer, pero que mis nalgas podrían llenar de placer a un hombre.

Kevin me sacó de mis pensamientos. Soltó mi entrepierna y comenzó a besarme. Luego se separó de mí y me ofreció sus dedos.

—Límpialos, nena —dijo.

Comencé a lamerlos. Tenían un sabor salado. Me sonrojé al pensar que eso había salido de mí. Pasamos un tiempo así,  juntos, con su mano en mi intimidad.  Abrazados.

La luz volvió. El juego se encendió de nuevo. Me coloqué la ropa lo más rápido que pude mientras Kevin me miraba divertido. Cuando terminé, Kevin me miró a los ojos y tomó mis manos entre las suyas...

—¿Quieres ser mi novio, Greg Parker?

domingo, 19 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (59)



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Capítulo 59: Piyamada

Los días se sucedieron rápidamente. El lunes solo trabajamos Kevin y yo en la farmacia. Rita se había ido de vacaciones a la playa con sus amigas, así que éramos los encargados del negocio. Era lindo estar juntos todo el día aunque estuviéramos trabajando. Las mañanas eran especialmente bonitas: llegar y encontrar a Kevin ya abriendo la tienda, sonreírnos, besarnos antes de que llegara el primer cliente. Platicábamos de todo y de nada, y cada vez que nuestros ojos se encontraban, yo sentía mariposas en el estómago.

Cada día me esmeraba mucho para verme linda para ir al trabajo. Elegía con cuidado mi vestido, me maquillaba con paciencia, me arreglaba el pelo aunque siempre me parecía demasiado corto. Quería que Kevin me viera bonita.

Antes de que me diera cuenta, una semana había pasado y solo faltaba una semana para ir con Kevin al parque de diversiones. No podía pensar en otra cosa. En las montañas rusas, en los juegos, en la emoción de estar a su lado. En cómo sería sentir su mano en la suya mientras subían a la noria. En el beso que seguro me daría al final del día, cuando el sol se pusiera y las luces del parque se encendieran.

Pero esa noche, mamá tenía otros planes.

—Pamela —dijo cuando llegué del trabajo—, Christine y Danielle te han invitado a una piyamada. Ve a bañarte y a arreglarte. A las ocho te llevo.

—¿Una piyamada? —pregunté desconcertado—. ¿Kathy también va a estar?

—Supongo que sí. Son tus amigas, ¿no?

No pude evitar sonreír. La idea de pasar la noche con las chicas, de hablar de cosas de chicas, de hacer cosas de chicas... me llenaba de felicidad.

Subí a mi habitación y encontré un vestido sobre la cama, elegido por mi madre. Era uno de mis favoritos: azul marino, con un estampado de estrellas plateadas. Me lo puse con gusto. Me maquillé con cuidado, me puse mis pendientes favoritos y un poco de perfume. Cuando terminé, me miré al espejo y me gustó lo que vi.

Bajé las escaleras lista para irme, y me encontré con una sorpresa.

Allí, en el recibidor, estaba Dave.

Pero no era Dave. Llevaba un vestido similar al mío, de un tono rosa pálido, con mangas abullonadas y un lazo en la cintura. Su pelo, normalmente despeinado, estaba recogido en dos pequeñas coletas con cintas de colores. Llevaba maquillaje: sombra de ojos, rímel, colorete y unos labios rosa brillante. Y en sus pies, unos tacones bajos que claramente le estaban causando problemas para mantenerse en pie.

Me quedé paralizado.

—¿Qué...? —dije con duda.

Mamá salió de la cocina con una sonrisa radiante.

—Tu hermano fue muy grosero contigo el día de tu cumpleaños —dijo, como si explicara lo más natural del mundo—. Por eso, ahora tu "hermana" debe compensarte por ello. Te llevarás a "Miriam" contigo esta noche. Ella debe portarse como una niña buena, si no quiere volver a usar vestidos.

Miriam. Mi hermano, Dave, ahora era Miriam.

La cara de Dave era de absoluto terror. Tenía los ojos abiertos como platos y las manos temblorosas. Parecía a punto de salir corriendo, pero mamá lo sujetó por el hombro con una firmeza que no admitía réplica.

—Ve con tu hermana, Miriam —dijo con dulzura que daba más miedo que un grito—. Y pórtate bien.

Salimos de casa en silencio. Dave —Miriam, más bien— caminaba con pasos torpes, los tacones haciendo clac-clac contra el pavimento. Cada pocos pasos se tambaleaba y yo tenía que sostenerlo para que no cayera. No dijo una palabra. Ni una queja, ni un insulto. Solo caminaba con la cabeza gacha, las coletas moviéndose de un lado a otro, las manos apretando la falda con fuerza.

...

Cuando llegamos a casa de Christine, las chicas ya estaban allí. Danny abrió la puerta con una sonrisa enorme.

—¡Pamela! —exclamó, abrazándome—. ¡Qué ganas tenía de verte!

Detrás de ella estaban Christine, con su look andrógino y una sonrisa pícara, y Kathy, con un pijama de seda rosa y el pelo suelto.

—Chicas, les presento a mi hermana —dije, señalando a Dave—. Se llama Miriam.

Las tres miraron a Dave, luego a mí, luego a Dave otra vez. Christine fue la primera en entender.

—¿Es... tu hermano? —preguntó, sin ocultar su risa.

—Sí —respondí con una sonrisa—. Mamá decidió que debía aprender a respetar a las mujeres. Así que esta noche es Miriam.

Kathy soltó una carcajada.

—¡No puede ser! ¡Qué bueno! Después de cómo se portó en tu cumpleaños, se lo merece.

Dave enrojeció hasta las orejas. Abrió la boca para decir algo, pero Christine lo interrumpió.

—Bienvenida, Miriam. Pasa, siéntate. Vamos a hacer cosas de chicas.

Dave se sentó en el sofá con rigidez, como si el cojín estuviera lleno de agujas. Kathy y Christine se sentaron a su lado, y Danielle se sentó frente a él. Yo ocupé el lugar que quedaba, observando la escena con una sonrisa que no podía ocultar.

—Miriam —dijo Christine, con una voz dulce y falsa—, ¿te gusta el maquillaje?

Dave negó con la cabeza, pero Christine ya había sacado su neceser.

—Pues vamos a empezar por ahí. Una niña tan bonita merece un maquillaje bien hecho.

Dave intentó protestar, pero no pudo. Christine se sentó a su lado y comenzó a aplicarle sombra de ojos, delineador y un poco más de rímel del que ya llevaba. Dave se quedó quieto, con los puños apretados, soportando en silencio.

—Ahora las uñas —dijo Kathy, sacando un esmalte rosa—. ¿Qué color te gusta, Miriam? ¿Rosa? ¿Rojo? ¿Morado?

—No me importa —murmuró Dave, con voz apenas audible.

Kathy eligió un rosa brillante y comenzó a pintarle las uñas. Dave miraba sus manos con horror, como si no fueran suyas.

Danielle, más comprensiva que las otras dos, se sentó a su lado y le tomó la mano.

—No es tan malo —le susurró—. Yo también soy un chico, ¿sabes? Y mira, estoy aquí, con ellas, y soy feliz. Intenta divertirte esta noche. De todos modos estarás aquí con nosotras hasta la mañana.

Dave la miró con una mezcla de confusión y curiosidad.

—¿Eres un chico? —preguntó.

—Sí —confirmó Danielle—. Y no pasa nada. Solo relájate.

Dave no se relajó, pero al menos dejó de temblar.

Después de las uñas, vino la parte de las revistas. Kathy y Christine trajeron un montón de revistas de moda y empezaron a hojearlas, comentando los vestidos, los peinados, los maquillajes de las modelos. Dave miraba las páginas con expresión de absoluto aburrimiento, pero no dijo nada.

—Miriam —dijo Kathy, señalando un vestido rojo—, ¿crees que este le quedaría bien a Pamela?

Dave lo miró, luego me miró y forzó una sonrisa.

—Sí —dijo, con la voz tensa—. Le quedaría bonito.

Christine soltó una risita.

—¡Qué buena hermana eres, Miriam! ¿Verdad, Pamela?

—La mejor —respondí, disfrutando cada segundo.

Luego vino la parte de las historias de amor. Kathy nos contó sobre un chico mayor con el que salía, al cual yo ya conocía. Era alto, casi tanto como Kevin, pero moreno y, aunque odiaba admitirlo, guapo, de espalda ancha y fuerte. Entendía perfectamente por qué Kathy nunca me consideró para ser su novio. Christine habló de una chica que había conocido en un concierto. Danielle confesó que no se atrevía a confesarle a un chico sobre su doble personalidad. Yo hablé de Kevin —no pude evitar sonreír cuando mencioné su nombre— y todas suspiraron.

—¿Y tú, Miriam? —preguntó Christine, mirando a Dave—. ¿Alguien te gusta?

Dave se puso rojo.

—No —respondió rápido.

—¿Segura? —insistió Christine—. Las chicas de tu edad suelen tener algún crush.

—No tengo ningún crush —dijo Dave, con un hilo de voz.

—Pues tendrás que conseguir uno —dijo Kathy con una sonrisa malvada—. Todas las chicas tienen un crush.

Dave se retorció en el sofá. Parecía a punto de llorar.

Fue entonces cuando Christine tuvo una idea brillante.

—¡Ya sé! —exclamó, levantándose de un salto—. ¡Vamos a hacer un desfile de modas!

Kathy aplaudió emocionada.

—¡Sí! ¡Podemos probarnos los vestidos y las faldas de tu hermana!

Danielle se unió al entusiasmo.

—¡Tenemos un montón de ropa para probarnos! ¡Podemos jugar a ser modelos!

Dave palideció.

—Yo... yo no quiero...

Pero yo ya estaba de pie, ofreciéndole la mano.

—Vamos, Miriam —dije con una sonrisa—. Será divertido.

—No quiero —insistió él, con la voz quebrada.

Me incliné hacia él y bajé la voz para que solo él pudiera oírme.

—Si no participas, se lo diré a mamá. Y ya sabes lo que eso significa.

Dave tragó saliva. Me miró con odio, pero también con miedo. Finalmente, asintió y tomó mi mano.

El desfile comenzó. Kathy salió primero con un vestido rojo brillante, ajustado al cuerpo, que le quedaba espectacular. Dio una vuelta y posó como una modelo de verdad. Christine le siguió con una falda corta y una blusa transparente que dejaba ver su sujetador. Danielle se puso un vestido de lunares que le llegaba a la rodilla y se movió con una gracia natural que sorprendió a todas.

Luego me tocó a mí. Elegí un vestido corto, de color dorado, con un escote que dejaba ver mis hombros. Cuando salí al "escenario" —la alfombra de la sala—, todas silbaron y aplaudieron.

—¡Pamela, eres una diosa! —gritó Kathy.

Me sentí hermosa, aunque era un sentimiento al que aún no me acostumbraba.

Finalmente, fue el turno de Dave.

—¡Miriam! —anunció Christine—. ¡Te toca a ti!

Dave salió arrastrando los pies. Llevaba puesto un vestido de verano, de esos de tirantes finos y falda con vuelo, que le quedaba un poco grande pero que, con los tacones que llevaba, casi le llegaba a la rodilla. Tenía una diadema de flores en la cabeza y sus labios rosa brillaban bajo la luz de la lámpara.

—¡Vamos, Miriam! —dijo Kathy—. ¡Muévete como una modelo!

Dave se quedó paralizado. No sabía qué hacer con las manos. Las movía de un lado a otro, inseguras. Sus pasos eran torpes, mecánicos, como los de un robot averiado.

Me acerqué a él y le susurré al oído.

—Solo relájate. Mueve las caderas. Sonríe.

Dave me miró con pánico, pero intentó hacer lo que decía. Dio unos pasos, moviendo las caderas de forma exagerada, casi cómica. Las chicas estallaron en risas.

—¡Eso es! —gritó Christine—. ¡Así se hace!

Dave se sonrojó aún más, pero siguió caminando. Cuando llegó al final de la alfombra, hizo una pose torpe, con una mano en la cadera y la otra en el aire. Parecía ridículo.

Pero también parecía divertido.

—¡Ahora música! —anunció Danny, que había traído el estéreo de su tía.

Una canción pop llenó la habitación. Todas empezamos a movernos al ritmo, contoneándonos, riendo, disfrutando. Kathy se movía con confianza, Christine con desparpajo, Danielle con una elegancia natural. Yo me dejé llevar por la música, sintiendo cómo el vestido se movía alrededor de mis piernas.

Dave se quedó quieto al principio. Pero Kathy lo agarró de la mano y lo arrastró al centro de la sala.

—¡Baila, Miriam! —le ordenó.

Dave no sabía cómo. Pero poco a poco, imitando los movimientos de las demás, empezó a moverse. Al principio era torpe, descoordinado. Pero la música era pegajosa, y pronto sus caderas comenzaron a balancearse con más soltura. Sus brazos se levantaron. Su cabeza se movió al ritmo.

Y por un momento, solo por un momento, Dave pareció olvidar que era un chico. Pareció olvidar que llevaba un vestido. Pareció olvidar que las demás lo estábamos viendo.

Bailó. Y sonrió.

Christine silbó.

—¡Miriam! ¡Eres toda una diva!

Dave se rió. Una risa genuina, espontánea, que no había escuchado en mucho tiempo.

Christine se acercó a bailar cerca de él, lo tomó por la cintura y juntó su cuerpo un poco al de él.

—Me gustan las chicas —dijo, con una sonrisa pícara—. ¿Sabes? O al menos eso creía... por culpa de tu hermano y tuya... debo admitir que también me gustan los chicos lindos que usan vestidos.

Y entonces le plantó un beso en los labios mientras su mano exploraba su trasero cubierto por las bragas debajo de la falda de Dave. Kathy silbó de emoción y Danny gritó como una niña. Luego todas reímos. Dave estaba rojo. Y yo estaba seguro de que había ensuciado sus bragas después de eso.

Bailamos hasta que nos quedamos sin aliento. Cuando la canción terminó, todas cayeron al suelo, jadeando, riendo sin parar. Kathy se tiró boca arriba en la alfombra, Christine se apoyó en el sofá, Danielle se sentó con las piernas cruzadas y yo me dejé caer al lado de Dave.

—¿Ves? —dije, entre jadeos—. No fue tan horrible, ¿no?

Dave me miró. Sus ojos ya no estaban húmedos, sino brillantes. Su sonrisa era pequeña, pero real. Le había encantado besar a Christine, se le veía en los ojos.

—No —admitió—. No fue tan horrible.

Después de un rato, Christine sacó una bolsa de palomitas y Danny puso una película romántica. Dave se quedó mirando la pantalla con más atención que antes. Ya no parecía tan incómodo. Sus manos ya no apretaban la falda con fuerza.

Yo estaba a su lado. Durante la película, apoyé la cabeza en su hombro y le susurré.

—¿Cómo te sientes, hermanita?

Dave me miró. Sus ojos estaban tranquilos.

—Cansado —dijo—. Pero... bien. Supongo.

Cuando la película terminó, Christine anunció que era hora de dormir. Danny y ella sacaron los sacos de dormir y los extendimos en el suelo de la sala. Kathy y Christine se pusieron en un lado, Danielle en otro, y Dave y yo en el centro.

Las luces se apagaron y la habitación quedó en penumbras. Podía oír la respiración de Dave a mi lado, ya no tan rápida. Más calmada.

—Pamela... —susurró Dave.

—¿Sí?

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por todo. Por reírme de ti. Por llamarte mariquita. Por lo de la fiesta. —Hizo una pausa—. No sabía lo que se sentía.

—¿Y ahora lo sabes?

—Sí. Y es horrible.

Sonreí en la oscuridad.

—No siempre es horrible —dije—. A veces también es agradable.

Dave no respondió. Pero sentí su mano buscar la mía. La apretó suavemente.

—Perdóname, Pamela —dijo—. De verdad.

Apreté su mano de vuelta.

—Te perdono, hermanito.

Y por primera vez en toda nuestra vida, sentí un vínculo con mi hermano.

sábado, 18 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (58)




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Capítulo 58: Flores y promesas

Llegué a la farmacia diez minutos antes de las nueve. Llevaba mi vestido color limón con falda con vuelo y tirantes delgados, el cabello acomodado lo más femenino posible a pesar de lo corto que lo tenía. No podía evitarlo. Genuinamente quería estar bonita para Kevin. No me preguntes cómo pasé de odiar usar ropa de chica y comportarme como Pamela, a querer verme "linda" para un chico. Yo mismo no lo entiendo, pero así es.

Kevin llegó casi al mismo tiempo que yo. Llevaba cargando un ramo de flores en la mano. Sonrió al verme y dijo:

—Eres puntual, Greg. Eso me gusta en un empleado.

Luego pensó un poco en lo que acababa de decir y se corrigió:

—O... ¿prefieres que te diga Pamela?

La duda me descolocó. ¿Qué prefería yo? El hecho de que él supiera que era Greg y aún así me deseara me parecía tan tierno que me derretía por dentro. Pero en este punto no podía negar que Pamela existía dentro de mí. A veces ella era la que tenía el control de toda mi personalidad.

—Está bien si me dices Greg si estamos a solas —contesté con sinceridad—. Si hay más gente, mejor dime Pamela. No me gusta llamar la atención.

Me pidió sostenerle las flores y comenzó a abrir el negocio.

A Rita y a mí nos tomaba unos diez minutos abrir la farmacia: quitar los candados, correr la cortina de metal, abrir la puerta de vidrio. Más que nada porque teníamos que estirarnos mucho para abrir la cortina y porque agacharse con tacones y vestido era incómodo y más tardado que hacerlo con unos vaqueros. A Kevin le tomó tres minutos a lo mucho. Era al menos treinta centímetros más alto que yo y unos veinte más que Rita. Al estar vestido con ropa cómoda, podía agacharse y saltar en segundos, y así logró abrir la farmacia en poco tiempo.

Cuando entramos a la farmacia, me pidió las flores solo para ofrecérmelas de nuevo.

—Son para ti —dijo—. Espero que te gusten.

Sentí mucha felicidad al recibirlas. No entendía por qué... nunca me gustaron ese tipo de cosas. Pero al parecer ahora sí me gustaban.

—Gracias —dije con sinceridad.

Él se acercó a mí y nos dimos un beso apasionado. Pude sentir sus manos en mi cintura, y nuestra diferencia de estatura y complexión me pareció más evidente que nunca. "Tengo el cuerpo de una chica", pensé.

—Te extrañé mucho —dijo él con una sonrisa que me derritió.

—Yo también... —dije con pena.

Y antes de darme cuenta, ya nos estábamos comiendo a besos.

Nos soltamos como pudimos y nos obligamos a poner en funcionamiento el negocio.

Rita llegó unos treinta minutos después. Traía un florero en la mano.

—Para que no se marchiten tus flores en el día —dijo al saludarme.

Me ayudó a poner las flores en agua y el día continuó con la tranquilidad de siempre. Los clientes iban y venían, la mayoría compradores habituales. Unas señoras mayores pidieron sus medicamentos para la presión. Un par de jóvenes entraron a comprar chicles y refrescos, y no pudieron evitar mirarme un par de segundos de más, pero ya estaba acostumbrado. Sonreí, les pregunté si necesitaban algo más, y se fueron con las manos vacías y las mejillas sonrojadas.

Rita se encargaba de la caja registradora mientras yo reponía los estantes. Kevin, que estaba de refuerzo, organizaba el almacén y ayudaba con los pedidos grandes. A veces coincidíamos cerca y platicábamos un poco. Pero en general, solo nos comunicábamos con miradas. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, sentía un cosquilleo en el estómago. Era ridículo. Era maravilloso.

Todos los días nos traían la comida y comíamos en la bodega, de uno en uno, para no dejar el negocio solo. Pero ahora que éramos tres, Rita se ofreció a quedarse cuidando el negocio mientras Kevin y yo comíamos juntos.

Nos sentamos en la pequeña bodega del fondo, sobre unas cajas de cartón que hicieron las veces de sillas. Kevin había traído su propia comida y yo la mía. Pero apenas probé bocado. Estaba demasiado nervioso, demasiado feliz.

—¿Cómo te fueron los exámenes extraordinarios? —pregunté.

—Bien —respondió con una sonrisa—. Aprobé todos. Ya estoy oficialmente de vacaciones.

—Qué bien.

—Y tengo noticias —dijo, con los ojos brillando de emoción—. Ya tengo algunos amigos en mente para presentarle a Daniel y a Christine. Chicos de la universidad, apuestos. Una amigo para Daniel y también una amiga para Christine.

—¿En serio? —me sorprendió que se hubiera tomado el tiempo de pensar en ellos.

—En serio. Y además... —hizo una pausa dramática—, iremos mis amigos de la universidad y yo al parque de diversiones. Todos llevarán a sus novias. Así que me gustaría que vinieras conmigo. Sería en dos semanas. Debes pedirle permiso a tu mamá... si quieres, yo le pido permiso por ti.

—Le pediré permiso —dije con emoción.

Me encantaba ir al parque de diversiones. Cuando mamá y papá vivían juntos, papá y yo íbamos al menos una vez al año. Aunque ya hacía más de cinco años de eso. Recordaba que amaba subirme a las montañas rusas y a los juegos rápidos. Sentir el viento en la cara, la adrenalina corriendo por mis venas, el vértigo de caer en picada... era de las pocas cosas que echaba de menos de mi infancia.

Ahora iría de nuevo. Pero no como Greg, el niño que corría de un juego a otro con los pantalones manchados de pasto. Iría como Pamela, con un atuendo femenino, con maquillaje y sujetador. Y la idea no me aterraba como antes. Al contrario, me parecía emocionante.

—Espero que te dé permiso —dijo Kevin, interrumpiendo mis pensamientos—. Iríamos juntos en el carro de mi mamá, y yo te regresaría a casa, sano y salvo, en la noche. Greg.

Dijo mi nombre con una dulzura que me hizo derretir. Luego se inclinó y me dio otro beso. Suave, cálido, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

La curiosidad me ganó. Tenía que saber.

—Kevin... —empecé, con voz temblorosa—. ¿Qué somos... tú y yo?

Él me miró a los ojos sin dudar un segundo.

—Somos dos enamorados —dijo, con una seguridad que me dejó sin aliento.

Luego agregó, con una sonrisa pícara:

—Espero que pronto seamos novios. Pero te lo tengo que pedir de una forma especial.

No supe qué responder. Solo pude sonreír. Sentí que el corazón se me salía del pecho.

Cuando salimos de la bodega y volví a mi puesto, no pude evitar reflexionar sobre todo lo que había cambiado. Hacía poco más de un año, yo era un chico que odiaba todo lo femenino. Ahora, estaba emocionado porque un chico me había regalado flores, me había besado y me había dicho que éramos dos enamorados. Y lo mejor, o lo peor, de todo: no me importaba. Me gustaba.

Me gustaba que Kevin me viera como su novia. Me gustaba que me llamara "Pamela" delante de los demás. Me gustaba sentir sus manos en mi cintura.  Me gustaba pensar en que, en dos semanas, iríamos juntos al parque de diversiones, que me subiría a las montañas rusas, y que él estaría a mi lado, riéndose conmigo.

Me gustaba mi nueva vida.

Y aunque a veces todavía me costaba aceptarlo, aunque a veces el eco de Greg susurraba en mi cabeza que todo esto estaba mal... no podía negar que era feliz.

Al final de la jornada, mientras recogía mis cosas y me preparaba para volver a casa, miré las flores en el florero. Eran amarillas, como mi vestido. Como el sol.

—¿Te gustaron? —preguntó Kevin desde la puerta.

—Me encantaron —respondí.

Y era verdad. No solo las flores. Todo.

viernes, 17 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 57)



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Capítulo 57: Confidencias

El fin de semana fui a hacer limpieza a casa de los Johnston y de la señora McCuddy, como todas las semanas, por supuesto ataviada con mi uniforme de maid. Luego, el domingo visitamos a los Johnston como todas las semanas. Pude ver a Kevin, pero solo fueron unos minutos, me saludó con un beso apasionado en los labios. Platicó un poco con todas y luego se disculpó y se fue a su habitación a seguir estudiando. Fue un momento breve, pero suficiente para que su beso me durara todo el día.

La semana siguiente se pareció mucho a la anterior. Cada día me sentía más cómodo usando vestidos en público, en la farmacia, acompañado por Rita. Ella me daba todo tipo de consejos femeninos: para los cólicos, para los chicos, sobre la ropa. Sentía que ella me veía por completo como una chica. Me acostumbraba tanto al trabajo que ya podía platicar mientras ordenaba los estantes, e incluso las claves de la registradora ya las conocía de memoria.

Un día, mientras limpiábamos el mostrador, Rita me dijo:

—Si te incomodan las miradas de los chicos, sonríeles y diles "hola, ¿te puedo ayudar en algo?".

Como no había muchas cosas que hacer, apliqué su estrategia. Y funcionaba. La mayoría no sabían qué contestar, balbuceaban algo y se volvían mucho más discretos para mirarme. Rita sonreía cuando me veía aplicar su consejo.

—Sé que no llevas mucho siendo mujer —me dijo—. Tengo mucho que enseñarte, Pam.

Me sonrojé. Pero no me molestó. Al contrario, me gustaba que ella me viera así.

El jueves, casi terminando mi segunda semana trabajando en la farmacia, Rita estaba más callada de lo habitual. Mientras ordenábamos los productos, noté que sus manos se movían más lentas, que su mirada se perdía en el vacío.

—¿Pasa algo? —pregunté.

Rita suspiró. Apoyó los codos en el mostrador y se quedó mirando la puerta un momento.

—Terminé con mi novio de la universidad —dijo, con voz cansada—. Lo hice por teléfono. Pero las últimas semanas que nos vimos, en el campus, discutimos mucho. Las cosas estaban mal desde hacía tiempo.

No supe qué decir. Rita siempre había sido tan alegre, tan segura de sí misma, que verla así me descolocaba.

—¿Qué pasó? —pregunté, con cuidado.

—Me di cuenta de que nunca le gusté de verdad. Solo le gustaba mi cuerpo. —Hizo una pausa, y su voz se quebró ligeramente—. Es lo malo de ser una chica linda, Pam. Muchos chicos te quieren, pero solo de forma superficial. No les interesa conectar contigo a un nivel más profundo. Solo quieren poseerte.

Sus palabras resonaron en mi interior. Pensé en cómo los chicos, e incluso el señor del bigote en el bar, a menudo solo veían mi cuerpo y querían tocarme, como si quisieran usarme. Luego pensé en Kevin. En cómo siempre había sido amable, en cómo reíamos y bromeábamos, en cómo podíamos pasar horas hablando de tonterías y pasarlo bien. Apenas comenzamos a besarnos en mi fiesta de cumpleaños, y sin embargo, él no parecía tener prisa por tocar mi cuerpo.

Me sorprendieron esos pensamientos. Hacía poco más de un año yo compraba revistas de chicas en poca ropa y soñaba con tocarlas. Y ahora me preocupaban los pensamientos de los varones respecto a mi cuerpo. Las cosas habían cambiado tanto que a veces me costaba reconocerme.

Rita me sacó de mis cavilaciones.

—Sabes —dijo, con una voz más suave—, siempre quise una hermana menor. Para hablar de estas cosas.

En mi casa yo era el hermano mayor y luego estaba Dave. Nunca fuimos cercanos. A pesar de vivir juntos y ser ambos varones, peleábamos todo el tiempo. Y cuando comencé a usar vestidos, nuestra relación solo se distanció más. Él siempre parecía dispuesto a burlarse de mí, y usar vestido y tacones no hace a un hombre particularmente amenazador.

Nunca conocí una relación fraternal tan cercana. Pero de alguna manera, Rita se sentía como una hermana mayor, y yo era su hermana pequeña. Y eso me gustaba. Aunque no me atrevía a decirlo en voz alta.

—Aquí estoy para lo que necesites —le dije.

Pude ver unas lágrimas en sus ojos, pero logró contenerlas. Respiró hondo, se secó los ojos con el dorso de la mano y forzó una sonrisa.

—Bueno —dijo, cambiando el tono por completo—. Te tengo una buena noticia.

Su rostro se iluminó. Ya no estaba la tristeza de antes, sino una chispa de emoción.

—Hoy presentó su último examen Kevin —anunció—. Y mañana estará en la farmacia con nosotras.

El corazón me dio un vuelco.

—¿En serio?

—En serio. —Rita se inclinó sobre el mostrador y me miró con complicidad—. Y no dejes que mis malas experiencias con los hombres te desanimen. Sé que Kevin y tú harán una maravillosa pareja.

Sentí que los nervios me comían. Tenía ganas de ver a Kevin, pero no habíamos hablado realmente desde la sesión de besos en mi cumpleaños. ¿Cómo sería? ¿Me pediría que fuera su novia? ¿Me invitaría a salir? ¿Qué haría yo? Como chico nunca tuve una relación, y ahora mi rol sería el de la chica de la relación. No sabía si podría hacerlo.

Rita debió ver mis emociones encontradas.

—Sé que todo esto es nuevo para ti, Pamela —dijo con una sonrisa cálida—. Solo sé tú misma.

—¿Yo misma? —repetí, dudando.

—Sí. Mi hermano sabe que debajo de ese maquillaje y ropa eres Greg, un chico, y no tiene problema con eso. Realmente quiere estar contigo. —Rita se acercó un poco más, bajando la voz—. Es un par de años mayor que tú, y le he conocido algunos novios... quizá hasta haya tenido intimidad con algunos. Pero no dejes que eso te intimide. Ninguno de sus exnovios es tan bonito ni tiene tan buen corazón como tú. Son afortunados de tenerse el uno al otro. Solo déjense llevar.

Hubo un silencio. No supe cómo llenarlo. Pero Rita no había terminado.

—Además —añadió, con una sonrisa pícara—, el hecho de que él ya tenga experiencia puede ser algo bueno. Ya sabe cómo cuidar a un chico en la intimidad. Ya sabes, los chicos no lubrican solos como las chicas. Pero seguro que cuando lleguen a eso, él sabrá guiarte...

No podía creer que Rita hablara sobre mí teniendo relaciones con Kevin. Podría jurar que me puse más rojo que nunca en la vida. El calor me subió desde el cuello hasta las orejas, y tuve que apartar la mirada.

—Rita... —alcancé a decir, con la voz temblorosa.

Ella seguía sonriendo, sin inmutarse.

—Solo pensar en ustedes dos juntos me hace olvidar mis problemas —dijo—. Hacen tan bonita pareja.

Finalmente logré sonreír. Quizá, si era la novia de Kevin, significaba que él en algún momento estaría dentro de mí. Esa idea no me desagradaba. Tenía miedo, sí, pero también curiosidad y excitación al pensar en ello.

—Gracias, Rita —dije en voz baja.

—Para eso están las hermanas mayores —respondió, guiñándome un ojo.

Y por un momento, todo el miedo que sentía se disipó un poco. Mañana vería a Kevin. Y pase lo que pase, al menos sabía que tenía a Rita de mi lado.

jueves, 16 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 56)


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Capítulo 56: Nueva rutina

Los días siguientes fueron más o menos iguales a mi primer día como empleada de la farmacia de los Johnston: despertar, elegir qué vestido ponerme, desayunar con mi mamá y con mi hermano, y luego partir a la farmacia. Mi turno empezaba a las nueve, pero mamá me mandaba temprano y llegaba al menos diez minutos antes. Rita llegaba con las llaves del local y yo la ayudaba a abrir.

Rita me trataba como a otra de sus amigas, lo que me parecía surreal porque apenas hacía un año yo era un chico que odiaba todo lo femenino, y ahora empezaba a encontrarle el gusto. Las mañanas se me pasaban volando entre su conversación.

—¿Te has fijado en ese chico que viene siempre a comprar chicles? —me dijo Rita un día, mientras ordenábamos los perfumes—. El del pelo rizado. Se llama Marcos. A veces me sonríe y se me olvida cómo se cobra.

Me reí

—¿Y por qué no le dices algo?

—¡Qué vergüenza! —exclamó, tapándose la cara con las manos—. Además, las chicas no tomamos la iniciativa. Eso es cosa de chicos.

—¿Y si él tampoco se atreve?

—Entonces nos quedamos los dos mirándonos como tontos hasta el fin del mundo —dijo Rita con una carcajada—. Pero es bonito ilusionarse, ¿no crees, Pam?

Asentí. Sabía de qué hablaba.

Otro día, mientras limpiábamos el mostrador, Rita bajó la voz y se acercó a mí como si fuera a contarme un secreto de estado.

—Te voy a confesar algo, pero no se lo digas a nadie.

—Lo juro —dije, curioso.

—El sábado pasado, como a las 7 de la noche, llegó un chico súper guapo. No era de aquí, seguro estaba de paso. Me pidió una crema para la piel y me hizo tantas preguntas que estuve media hora explicándole tonterías. Al final me pidió mi número.

—¿Y se lo diste?

Rita sonrió con suficiencia.

—Claro que no. Pero me dijo que volvería en una semana. Y voy a estar guapísima el día que venga.

Me reí con ella. Me gustaba que me contara esas cosas. Me hacía sentir como una amiga de verdad, no como un niño raro al que le gustaban los vestidos.

El miércoles, mientras reponía una estantería de vitaminas, escuché la campanilla de la puerta. Me giré para atender y me quedé paralizado un instante.

Era Gary Lowe.

Lo conocía de la clase de literatura, hacía unos meses. Era un chico tranquilo, de los que no llamaban la atención, aunque en ese momento, viéndolo bien, no estaba nada mal. Llevaba una camiseta gris y jeans, y su pelo castaño le caía desordenado sobre la frente.

—Hola —dijo con una sonrisa—. ¿Me das una caja de aspirinas, por favor?

—Claro —respondí, yendo al estante de medicamentos.

Cuando volví con las aspirinas, Gary me miró fijamente. Por un momento pensé que me había reconocido como Greg, pero luego su sonrisa cambió. Era una sonrisa de reconocimiento, sí, pero no del chico que compartía su clase de literatura. Reconoció a la chica que había conocido en aquel banco del parque.

—Tú eres... Pamela, ¿verdad? —preguntó—. La chica que estaba practicando besos...

Sentí que las mejillas se me encendían. Asentí, sin saber muy bien qué decir.

—Sí, soy yo.

Gary apoyó un codo en el mostrador y me miró con curiosidad.

—Oye, y... ¿te sirvió? Digo, la práctica. ¿Pudiste besar bien a tu novio?

Mi mente voló hacia Kevin. Hacia aquel primer beso en mi fiesta de cumpleaños, frente a todos, sin importarme nada. Hacia la forma en que me había abrazado, la forma en que sus labios habían presionado los míos como si me conociera de siempre.

—Sí —respondí, y esta vez la sonrisa me salió de verdad—. Me sirvió mucho.

Gary asintió, interesado.

—¿Y cómo es él? Tu novio, digo.

No pensé. Las palabras salieron solas, como si llevara años hablando de Kevin.

—Es unos años mayor que yo. Juega al fútbol, bueno, jugaba en la preparatoria. Tiene el cuerpo de un atleta, fuerte y musculoso. Es rubio, con los ojos azules casi violetas. Y su sonrisa... su sonrisa es lo mejor que tiene. Cuando me mira, siento que soy la única persona en el mundo.

Me di cuenta de que estaba parloteando como una enamorada. Y lo peor es que no me importó.

Gary me escuchaba con atención, y cuando terminé, silbó bajito.

—Vaya. Parece que te tocó un buen partido.

—Sí —dije, aún sonrojada—. Creo que sí.

Gary pagó sus aspirinas y guardó el cambio en el bolsillo. Antes de irse, se detuvo en la puerta y me lanzó una última mirada, con una sonrisa que no era del todo inocente.

—Oye, Pamela —dijo—. Si alguna vez necesitas volver a practicar besos... ya sabes dónde encontrarme.

Y se fue, dejándome con las mejillas ardiendo y un nudo raro en el estómago.

Dos días después, Gary volvió. Dijo que venía a comprar golosinas, pero yo no era tonto. En los pocos días que llevaba trabajando allí, ya había notado un patrón: los chicos volvían. A veces por cosas sin importancia, a veces por nada. Y yo había empezado a preguntarme por qué.

Al principio pensé que era por Rita, pero ahora consideraba que también volvían para verme a mí. Tienen que entender que Rita era hermosa. Tenía el pelo largo y brillante, una sonrisa que iluminaba la habitación, y un cuerpo que cualquier chico desearía. Hacía apenas un año, yo mismo había estado enamorado de ella. Me gustaba. Me gustaba mucho. Soñaba con besarla, con tomarla de la mano, con que fuera mi novia. ¿Por qué los chicos vendrían a ver a un chico con vestido y maquillaje cuando ella también estaba en el mismo lugar? Y sin embargo me sorprendió descubrir que, al parecer, yo tenía tantos admiradores como Rita.

A veces mis pensamientos volvían a mis antiguos sentimientos por ella. Cómo la veía entonces, con ilusión y deseo. Ahora, en cambio, la veía y sentía otra cosa. La quería, sí, pero como se quiere a una amiga. Una hermana mayor, tal vez. Ya no había esa chispa, esa incomodidad en el pecho cuando se acercaba demasiado. Solo cariño. Solo confianza.

Y me sorprendió darme cuenta de que pensaba en mí mismo en femenino la mayor parte del tiempo. "Estoy sonrojada", pensaba. "Me siento bonita". "Ojalá Kevin me viera ahora". Ya no tenía que hacer el esfuerzo de recordar que debía hablar como chica delante de los demás. Me salía natural.

La sensación del tampón en mi trasero también ayudaba. O estorbaba, según se mirara. Era un recordatorio constante de que mi cuerpo ya no era solo mío. Mamá me había enseñado a ponérmelo "por si acaso", y aunque al principio me pareció una locura, ahora ya ni lo notaba. Bueno, lo notaba, pero me había acostumbrado. Era parte de mi día a día, como ponerme la faja o maquillarme.

En esos momentos, de pie frente al espejo del baño de la farmacia, no podía evitar mirarme y preguntarme: ¿quién soy?

El reflejo que me devolvía el espejo era el de una chica con un vestido azul claro, maquillaje discreto y una diadema que sujetaba mi pelo corto. La chica del espejo tenía los labios ligeramente pintados de rosa, los ojos delineados con suavidad, y una expresión en el rostro que ya no era de miedo. Era de aceptación, quizás. De cansancio. O de rendición.

Definitivamente, no era el reflejo de un chico.

Y sin embargo, allí abajo, escondido bajo la faja y las bragas, seguía teniendo lo que siempre había tenido. Aunque cada vez me costaba más imaginármelo. Aunque cada vez pensaba menos en él.

También me di cuenta de que había hablado de Kevin como si fuera mi novio delante de Gary Lowe. Lo había llamado "mi novio". Y no me había corregido. No había dicho "bueno, aún no somos novios" ni "es solo un amigo". Había asumido que lo era, y se sintió bien.

No podía detenerme mucho en esos pensamientos, porque siempre llegaba otro cliente, o Rita volvía a hablarme de alguno de sus temas. Pero en los ratos libres, mientras limpiaba los estantes o reponía productos, mi mente se iba hacia Kevin.

En una semana viví tantas cosas. Todos me trataban como a una chica. Las señoras me llamaban "señorita" o "niña". Las chicas me pedían consejos sobre maquillaje o higiene femenina. Y los chicos me llamaban "amiga" o "linda" y siempre me miraban las piernas. Al principio me incomodaba, pero con el paso de los días empecé a sentirlo casi normal. Como si fuera una chica más.

En las noches, apenas tocaba la cama, me dormía. Los días eran largos, porque al volver a casa tenía que ayudar a mi mamá con la limpieza y la comida. Pero siempre, justo antes de quedarme dormido, le dedicaba unos pensamientos a Kevin.

Me sorprendía a mí mismo recordando cómo antes fantaseaba con Kathy, o con Rita, o con cualquier chica guapa que viera en la televisión. Esos pensamientos eran cosa del pasado. Ahora, todo mi tiempo libre, todos mis sueños, eran para él.

Rita me había dicho que podía ir a saludarlo. Kevin estaba estudiando en casa para sus exámenes extraordinarios, y su madre no habría tenido problema en que pasara un rato con él. Pero yo no quería interrumpirlo. No quería que pensara que era una chica empalagosa que no lo dejaba concentrarse. Podía esperar unos días. Solo unos días más.

Dos semanas, en realidad. Pero estaba contando cada día, cada hora y cada minuto.

miércoles, 15 de julio de 2026

Disciplina del lapiz labial (Parte 55)


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Capítulo 55: Quinceañera

La noche de mi cumpleaños tuve sueños húmedos. En ellos yo estaba vestido como Pamela, con el cabello largo, tomado de la mano de Kevin. Platicábamos sobre tonterías cuando de pronto comenzaba a besarme. Yo lo dejaba, ya no me escandalizaba besar a otro chico. Luego metía la mano bajo mi falda y comenzaba a frotar mi entrepierna, y yo lo dejaba de nuevo... era como si no tuviera que pedirme permiso, como si yo fuera suya. El sueño fue tan intenso que terminé despertando... excitado. Unos rayos de sol atravesaban el marco de mis ventanas, filtrándose por las cortinas. Mis pensamientos volvieron al presente. Me quité las bragas húmedas y decidí comenzar mi día.

Si llevan tiempo leyéndome, sabrán que mi cumpleaños está al inicio de las vacaciones de verano. Lo que significaba que durante dos meses no volvería a ver nada de Greg. Dos meses viviendo como Pamela a tiempo completo. Hace un año se sentía como la peor de las condenas, pero ahora no parecía tan malo. Solo me preocupaban las cosas que mamá podría estar planeando para mí.

Me apresuré a vestirme. Me puse la faja y el sujetador habituales y un vestido de verano amarillo para el calor. Me puse un maquillaje discreto y me arrepentí de haberme cortado demasiado el cabello. A pesar del cabello corto, no parecía un niño, sino una niña que había experimentado con su pelo. Me veía linda.

Bajé a desayunar. Mamá estaba de buen humor. Dave no sonrió con burla al verme, por primera vez desde que empecé a usar vestidos. Me saludó con voz suave:

—Buenos días, Pamela.

Le contesté con una sonrisa.

—Buenos días, hermanito.

Estaba dispuesto a ser la mejor "hija" para no meterme en problemas.

Desayunamos pan tostado con mermelada y un café. Hablamos sobre lo linda que fue mi fiesta de cumpleaños, de lo linda que me veía, y mi mamá aprovechó para hacer un millón de comentarios sobre lo bien que nos veíamos Kevin y yo juntos.

—Siempre supe que terminarías besándote con un chico guapo, Pamela. No te das crédito, pero estás hecha una muñequita.

Puedo jurar que me puse de mil colores de rojo. Pero por mucho que odiara ese tipo de comentarios, comenzaba a acostumbrarme a ellos. Y peor: pensaba que tenía razón. Me sentía bien en los brazos de Kevin. Mi cumpleaños había sido un éxito y me sentía muy feliz por primera vez desde que empecé a usar vestidos. No perdí mucho tiempo con esos pensamientos. Quería saber qué había planeado mi madre para mí ese verano, así que me aventuré con una pregunta:

—¿Estas vacaciones trabajaré con la señora McCuddy y con los Johnston como su sirvienta?

Mi mamá me miró de reojo y comió otro bocado antes de contestar.

—No, niña, solo les ayudarás los fines de semana en las mañanas, como ahora... pero sí te conseguí un empleo.

Temí lo peor. Mamá era una maestra en el arte de humillarme. Pensé que me haría volverme bailarina erótica o algo peor... pero mi imaginación estaba lejos de la realidad.

—Ayudarás a los Johnston, pero en la farmacia. Renunciaron dos de sus empleados y necesitan apoyo. Además, así podrás convivir más con Rita... —hizo una pausa dramática y luego agregó—: y con Kevin.

Mi mente voló. Parecía una fantasía no tener que trabajar como mucama todas las vacaciones. Pero era obvio que mamá había planeado esto para que yo pasara más tiempo con Kevin. Estaba decidida a acabar con Greg y que solo quedara Pamela. Y yo, honestamente, ya no tenía más fuerzas para luchar contra ella.

Esa misma tarde comencé mi trabajo con los Johnston. Iba con el mismo vestido amarillo que había decidido ponerme en la mañana. Rita me saludó con una sonrisa enorme.

—¡Hola, Pamela! ¡Al fin podremos convivir nosotras dos como es debido! Seremos las mejores amigas, ya lo verás.

Me llevó al mostrador y comenzó a explicarme lo básico. La farmacia no era muy grande, pero tenía de todo: medicamentos, cosméticos, productos de higiene y una pequeña sección de perfumes. Rita me mostró dónde estaban las cosas, cómo usar la caja registradora y cómo atender a los clientes.

—No es nada del otro mundo —dijo—. Lo más difícil es aprender los precios, pero eso viene con la práctica.

Pasé la mayor parte de la tarde organizando estantes. Rita me enseñó a colocar los productos por orden alfabético y a revisar las fechas de caducidad. Era un trabajo aburrido, repetitivo, pero no era pesado. Y lo mejor de todo: nadie se reía de mí. Los clientes que entraban me veían como a una chica linda, tan guapa como Rita, una empleada joven con un vestido amarillo y el pelo corto. Algunos me pedían indicaciones, la mayoría de los hombres posaban sus ojos en mi pecho o en mis piernas, algunos intentaban ser discretos y otros me miraban sin pudor, pero al final solo pagaban y se iban.

—¿Ves? No es tan malo —dijo Rita en un momento, mientras limpiábamos los estantes juntas.

—No —admití—. Es... aburrido, pero no malo.

Rita se rió.

—Bienvenida al mundo laboral, Pam.

Me gustó que me llamara así. Sonaba más íntimo, más amistoso.

En un momento, mientras ordenaba una fila de champús, Rita se acercó con una sonrisa pícara.

—Oye, ¿y qué pasó entre tú y Kevin anoche? ¿Ya son novios?

Sentí que las mejillas se me encendían.

—No lo sé —dije con sinceridad—. Nos besamos, pero no hablamos sobre ser novios ni nada.

—¡No lo puedo creer! —Rita soltó una carcajada—. Estabas muy ocupada besándote con él en el sofá delante de todos. Hablando de eso... ¿cómo fue? ¿Fue tu primer beso con él?

—Sí. Fue nuestro primer beso.

—¿Y cómo fue? —insistió, con los ojos brillando de curiosidad.

Me encogí de hombros, incómodo.

—Fue... bonito. Tierno.

—¡Ay, qué dulce! —exclamó Rita, llevándose las manos al pecho—. Mi hermanito y mi mejor amiga. Esto es como una novela. Excepto porque la novia también es un chico.

—No somos novios —dije rápido.

—Todavía —me corrigió ella, guiñándome un ojo.

Guardé silencio y seguí ordenando los champús. Pero por dentro, las palabras de Rita resonaban. Todavía. Como si fuera solo cuestión de tiempo. Como si fuera inevitable.

Más tarde, mientras barría el suelo del fondo de la tienda, Rita volvió a la carga.

—Kevin no habla de otra cosa, ¿sabes? Desde que te conoció, no para de decir lo bonito que eres, lo bien que te queda la ropa, lo mucho que le gusta estar contigo.

—¿De verdad dice eso? —pregunté sin poder ocultar una sonrisa.

—Te lo juro. Mamá se ríe de él porque dice que está peor que un adolescente enamorado. Aunque en realidad apenas y ha superado la adolescencia.

Me sonrojé aún más. Rita notó mi reacción y soltó otra risita.

—No te preocupes, Pam. Es bueno que le gustes. Te lo mereces. Eres buena persona, aunque a veces te cueste verte a ti misma como te ven los demás.

No supe qué responder. Seguí barriendo en silencio, pero sus palabras se quedaron conmigo el resto de la tarde.

Cuando finalmente terminó mi turno, Rita me dio un abrazo de despedida.

—¿Ves? No fue tan aburrido —dijo.

—Supongo que no —respondí.

—Mañana te enseño a usar la máquina de recibos. Kevin está presentando exámenes extraordinarios y no vendrá hasta dentro de dos semanas. Pero bueno, cuando eso pase me iré a la playa con unas amigas y lo tendrás todo para ti, aquí en la farmacia.

La idea me emocionó. Podría estar todas las tardes con Kevin. En dos semanas...

Salí de la farmacia con una sonrisa en la cara. El sol del atardecer me daba de lleno y sentía el calor en la piel. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de lo que vendría.

viernes, 29 de mayo de 2026

El día más feliz de Pamela (54)

 


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Capítulo 54. El día más feliz de Pamela

Nunca imaginé que besar a Kevin frente a mi madre, y a todos nuestros invitados, pudiera sentirse tan natural. Pero ese día, en mi fiesta de quince, todo fue diferente.

Cuando nuestros labios se separaron aquella primera vez en el sofá, alcancé a ver de reojo a mamá sonriendo desde la puerta del comedor. Estaba ahí, con los brazos cruzados y esa sonrisa de suficiencia que tanto me había molestado antes, pero esa noche parecía una sonrisa de aprobación.

Todos sabían quién era yo ahí. Kathy, Danny, Christine, las amigas de mamá, los vecinos... todos conocían a Pamela. No había máscara que poneme, no había papel que interpretar. Era yo. O al menos, era la versión de mí que había aprendido a ser. Así que, ¿por qué iba a sentir vergüenza de besar a Kevin? ¿Por qué iba a esconder que me gustaba?

Kevin me tomó de la mano y lo guié al comedor, donde el resto de los invitados comían y charlaban. Sus dedos entrelazados con los míos me daban una seguridad que no sabía que necesitaba.

Fue entonces cuando Kathy, Danny y Christine se acercaron a nosotros. Los presenté a todos. Y pronto Kevin estaba rodeado de ellas, haciéndoles preguntas y riéndose de sus respuestas. En un momento Kathy hizo una pregunta que me llenó de nervios.

—Entonces, Kevin —dijo Kathy—, ¿eres el novio de Pamela? ¡Los vimos besándose hace un rato!

Sentí que el refresco se me atoraba en la garganta.

—Llevamos un mes viéndonos —contestó Kevin—, aunque solo en casa de mi mamá, cuando ella y la mamá de Greg... perdón, de Pamela, se ven. Mientras ellas charlan en la cocina, nosotros pasamos un rato juntos en la sala... aunque hasta ahora no hemos tenido una cita de verdad.

Pude ver lágrimas en los ojos de Danny mientras Kevin hablaba. Hasta antes de pelearnos, Danny y yo éramos algo así como novios. Pero nunca me sentí con él como me siento con Kevin. Ambos éramos chicos delicados que teníamos un gusto por los vestidos. Mientras que Kevin era un chico normal, aunque me dolía admitirlo, pero así era; él nunca usaba vestidos, ni tacones ni maquillaje. Si lo vieras por la calle no pensarías que era gay. Además, había pertenecido al equipo de fútbol en la preparatoria, lo que le dio un físico masculino que todas las chicas deseaban. A veces me costaba creer que él sintiera algo por mí.

—Deberías llevarla a un lugar elegante —dijo Christine—. Solo vela esta noche, serías la envidia de todos llegando con ella de tu brazo. Claro, es importante que ella lleve un vestido corto y unos tacones altos.

La sonrisa en su cara y en la de Kathy me hicieron sentir un poco incómodo.

—La verdad me muero por verla en traje de baño —dijo Kevin—. Tiene ese cuerpo tan bonito y femenino. Si no me la hubieran presentado como Greg, nunca hubiera pensado que era un chico...

—Ella fue al Día de Sadie Hawkins en la escuela con un short y un top diminutos —lo interrumpió Kathy—. Se veía preciosa con tan poca ropa, ¡toda una muñequita!

—Tenemos una piscina... —dijo Kevin—. ¿Por qué no hacemos una fiesta acuática en mi casa? Podrían ser ustedes cuatro, chicas, y yo podría invitar a algunos amigos. Solo díganme cómo les gustan los chicos.

—Kevin —dijo Christine con picardía—, ¿que pensarías si te digo que una de nosotras es un chico? Es decir, además de Pamela.

Kevin la miró sorprendido, luego miró a las tres: a Danny que llevaba su vestido azul y estaba sentado con las piernas cruzadas como si fuera la cosa más natural del mundo, a Christine con su pantalón, camisa y chaqueta en un look más andrógino que femenino, y luego a Kathy con su vestido morado y maquillaje perfecto.

—No lo puedo creer —dijo Kevin sin inmutarse—. Entonces una de ustedes es un chico... apostaría que es la que ha estado más callada.

Y volteó a ver a Danny. Danny se sonrojó hasta las orejas.

—¿Es muy obvio que no soy una chica? —preguntó con voz pequeña.

—En absoluto, solo adiviné. Primero pensé en Christine con su look gótico y andrógino, pero su cuerpo parece demasiado femenino para ser un chico... Digo, además de Pamela nunca he conocido a otro chico con el cuerpo tan femenino... —respondió Kevin encogiéndose de hombros—. En mi universidad conozco a varios chicos que también son parte de la comunidad. Algunos se visten de chica, pero ninguno tiene bubis como las de Pamela. 

Danny abrió los ojos como platos. Yo me sonrojé en muchos tonos de rojo.

—¿En la universidad? ¿Y son guapos? — preguntó Danny con interés.

Kevin se rió.

—Algunos lo son. Dime cómo te gustan los chicos, tal vez pueda invitar a un chico soltero y gay a nuestra fiesta en la piscina.

Danny solo se sonrojó, pero Christine tomó la palabra.

—Hace un tiempo estuvo muy enamorado de Greg, así que supongo que le gustan los chicos delgados, bajitos y con un aire femenino.

Danny se puso más rojo que un tomate.

—Creo que conozco a un par así —dijo Kevin, que nunca parecía perder la confianza—. ¿Y quieres que invite a un chico para ti, Christine?

—No me gustan los chicos. Prefiero que mis citas no tengan nada entre las piernas —dijo Christine sin tapujos.

Kevin asintió con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo. Y quizás lo era. Quizás yo llevaba tanto tiempo encerrado en mi propia cabeza que no me había dado cuenta de que afuera había un mundo entero donde la gente simplemente... existía. Sin tantas etiquetas. Sin tantas reglas.

—Bueno —dijo Kevin, mirando a Christine con una sonrisa—, si te gustan las chicas, también conozco a varias que estarían encantadas de conocer a alguien como tú. Veré si puedo llevar a una amiga a la fiesta.

Christine soltó un chillido de emoción.

—¡Me encantaría!

Yo me quedé callado, escuchando, sintiendo cómo el calor de Kevin a mi lado me envolvía por completo. Su mano había vuelto a encontrar la mía, y esta vez no la soltó en toda la noche.

Fue entonces cuando escuché las risas.

No eran risas amables. Eran esas risas de burla. Eran mi hermano pequeño y sus amigos que me señalaban. Dave y sus amigos murmuraban cosas sin dejar de verme. Mi hermano de doce años y sus amigos se burlaban de mí, no tenía duda de ello.

—¿Entonces tu hermana es un hombre? —dijo uno de sus amigos, subiendo demasiado la voz, prácticamente estaba gritando—. ¡Pero se estaba besando con otro chico! ¡Y trae puesto un vestido morado y maquillaje!

—Siempre ha sido un mariquita —gritó Dave, eufórico por la plática con sus amigos.

Dave y los otros tres chicos de su edad soltaron carcajadas estúpidas. Sentí cómo la sangre se me subía a la cara, pero esta vez no era por vergüenza. Era por rabia.

Kevin apretó mi mano. Pero antes de que pudiera decir nada más, mamá ya estaba junto a Dave. Su cara era un poema. No la sonrisa cómplice de antes, sino una mueca de enfado que conocía muy bien.

—Dave Parker —dijo con una voz que helaba la sangre—. Ven aquí ahora mismo.

Mi hermano tragó saliva. Sus amigos se quedaron callados al instante. Sabían que se habían metido donde no debían.

Mamá lo agarró del brazo y lo llevó a un rincón de la sala. No pude escuchar toda la conversación, pero vi cómo Dave bajaba la cabeza y asentía una y otra vez. Al final, mamá señaló hacia mí y él se acercó con pasos torpes.

—Lo siento, Pamela —murmuró sin mirarme a los ojos—. No debí decir eso.

Mamá se acercó también y puso una mano en mi hombro.

—No volverás a faltarle el respeto a tu hermana, jovencito —le dijo a Dave, con una calma que daba más miedo que un grito—. Por ahora es todo, pero no he terminado contigo. Te voy a enseñar a respetar a las mujeres.

Dave asintió y se fue corriendo con sus amigos, que ya no se reían. Mamá me guiñó un ojo y volvió al comedor.

Después de un rato, recuperé el buen ánimo. Kevin y yo bailamos. O más bien, nos mecíamos juntos mientras sonaba música lenta en el equipo de sonido. Él me abrazaba fuerte, con una mano en mi cintura y la otra en mi espalda, acercándome a él como si quisiera que fuéramos una sola persona.

—¿Estás feliz? —me preguntó en un susurro.

—Sí —respondí, y era verdad.

Nos besamos muchas veces esa noche. No sé cuántas. Algunos besos fueron suaves, rápidos, casi de complicidad. Otros fueron más largos, más profundos, como si quisiéramos detener el tiempo. En un momento dado, estábamos sentados en el sofá y su mano se deslizó hasta mi pierna. La acarició sin pudor, desde la rodilla hasta medio muslo, justo donde terminaba el dobladillo de mi vestido.

Me estremecí, pero no me aparté. Al contrario, me acerqué más a él, apoyando mi cabeza en su hombro.

—Eres increíble —murmuró Kevin.

—Tú también —respondí.

Y era cierto. Nunca nadie me había hecho sentir tan querido, tan deseado, tan... normal.

Más tarde, cuando la fiesta era más ruidosa que nunca, llegó Rita con el pastel. Se había retrasado porque su madre la había mandado a hacer un recado, pero llegó justo a tiempo para el momento más especial.

—¡Feliz cumpleaños, Pamela! —exclamó al verme.

Me dio un abrazo y luego miró a Kevin, que seguía a mi lado con el brazo rodeándome la cintura.

—Siempre supe que ustedes dos terminarían juntos —dijo Rita con una sonrisa cómplice—. Son el uno para el otro: el chico apuesto campeón de fútbol y su bella novia con cuerpo de modelo.

Me sonrojé, Rita era la segunda persona que me decía que tenía cuerpo de modelo.

—Rita, por favor...

—¿Qué? Es verdad —insistió ella, riéndose—. Son una pareja de jovencitos muy guapos. Bueno, un jovencito muy guapo y una bella jovencita... se ven muy bien juntos.

Kevin también se sonrojó. Y ese gesto me hizo sentir especial. Desde que me conoció se comportó como si lo que ocurría entre nosotros fuera normal. Y de cierto modo, yo empezaba a pensar que lo era.

Todos cantaron cumpleaños feliz para mí. Sopló las velas sin pedir ningún deseo —las apagué todas, para sorpresa de todos— y luego pasamos el resto de la noche charlando y riendo. Kevin no se separó de mí en ningún momento. Su mano siempre estaba en algún lugar de mi cuerpo: en mi cintura, en mi mano, en mi pierna, en mi espalda. Como si fuera suya. Como si yo fuera su novia.

Y quizás lo era. Quizás desde esa noche, después de tantos besos, empezamos a ser pareja.

Fue uno de los días más felices de mi vida.

jueves, 28 de mayo de 2026

Pamela cumple 15 (53)


Este relato es parte de una serie, para ver todos los capítulo haz clic en:

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Capítulo 52. Pamela cumple 15.

Greg desapareció casi por completo de mi vida. Solo existía en la escuela, en las horas de clase. Por la mañana me quitaba la piyama rosa con encaje y me bañaba, me colocaba unas bragas limpias o una faja, y me ponía el uniforme masculino de la escuela como si fuera un disfraz de chico. Un disfraz de Greg.

Me había acostumbrado a ocultar mis pechos bajo una camisa blanca holgada, a caminar con pasos más largos y desgarbados, pretendiendo caminar como un chico, como si el caminar contoneado que hacía en las tardes con mis tacones no existiera. Era un actor, o tal vez una actriz. Y mi papel era el de un chico normal.

Ese chico que alguna vez fui ahora solo era un alter ego que mostraba a los demás unas pocas horas al día. Al volver de la escuela, Greg desaparecía. Me maquillaba, me arreglaba, me ponía un vestido y volvía a ser yo, Pamela, la hija favorita de mi mamá.

Unas semanas después de nuestra salida al partido de béisbol, mientras comíamos algo en un supermercado, mi mamá me miró con picardía. Esa sonrisa que nunca había significado cosas buenas para mí y que de solo verla sentía terror.

—Falta un mes para tu cumpleaños —me dijo con calma—. El año pasado te organicé tu festejo yo sola, pero considerando que últimamente eres tan buena hija, quizá quieras ayudarme con los preparativos.

De pronto recordé mi fiesta de cumpleaños del año anterior. No tenía ni un mes usando vestidos cuando fui expuesto al escrutinio público con un vestido corto y unos tacones altos frente a las amigas de mi mamá. Lo peor fue que también estuvo presente Rita, mi ex niñera, que era la joven más guapa que conocía y que desde ese día me consideró un niño raro al que le gustaba usar vestidos. Tal vez ahora eso era verdad, pero en ese entonces lo sentí como la humillación máxima. Sin contar que ese día estuve en "mis días" y tuve un tampón metido allí abajo todo el tiempo. Aunque para ser honesto, ese día ya no me parecía tan malo... incluso recordaba haberme divertido un poco.

—¿Entonces, Pamela? ¿Qué quieres para tu fiesta? —me dijo sacándome de mis pensamientos—. En algunas culturas, cuando una señorita cumple quince años se le hace una gran fiesta con bailes y todo. No creo que nos podamos permitir algo así, pero podemos hacer algo divertido.

No supe qué responder, pero lo siguiente que supe es que ya me estaba probando vestidos con vuelo para mi día especial. Mamá hablaba de lo bonita que me veía con cada uno y al verme al espejo me costaba no darle la razón. En el reflejo no había un chico, sino una chica con formas bien definidas: cintura estrecha, senos redondos y trasero abultado. Aún me costaba aceptar que esa era yo. Si no fuera por mi virilidad diminuta bajo mi ropa interior, tal vez incluso yo pensaría que en verdad era una niña.

Elegimos un vestido morado que me quedaba diez centímetros sobre la rodilla. Me gustaba cómo me veía con él, me hacía sentir bonito.

—Me pregunto cómo reaccionará Kevin cuando te vea vestida así —me dijo mientras me veía al espejo con el vestido puesto—. ¿Sabes? Cuando las chicas usamos ropa así para el chico que nos gusta, lo hacemos para que vea nuestro cuerpo... y también para que lo toque. Ese vestido deja expuestas tus piernas y tus senos. Seguro Kevin no podrá dejar de mirarte... ¡pero debes comportarte de forma recatada, niña! Recuerda que la fiesta será en nuestra casa, ¡no dejes que se propase contigo ni que te toque debajo de la ropa!

Dijo la última frase con un tono de regaño, pero era impostado. Sabía que ella quería que yo fuera la novia de Kevin. Aparentemente había llegado a pensar que si me entregaba por completo a mi identidad femenina, nunca volvería a causarle problemas. Y ser la novia de Kevin sería el último clavo en el ataúd de Greg. Ambos sabíamos que después de eso no había forma de que yo volviera a ser un chico.

...

El mes pasó volando. Entre las tareas de las tardes, el gusto adquirido de practicar con el maquillaje, las idas a casa de los Johnston y los pocos momentos que pude estar con Kevin, siempre con nuestras mamás espiándonos en la otra habitación, apenas me di cuenta de que el día había llegado.

La mañana de mi cumpleaños me desperté temprano. Mamá ya estaba en la cocina, con su bata y su café, repasando una lista interminable en la nevera.

—¡Feliz cumpleaños, hija! —me dijo con una sonrisa radiante mientras me daba un abrazo—. ¿Lista para tu gran día?

—Creo que sí —respondí, aunque por dentro temblaba como un flan, el tampón en mi trasero me incomodó como nunca.

Me puse un vestido sencillo de algodón blanco, de esos que usaba para hacer tareas domésticas, cuando no estaba vestido de mucama. Nada demasiado llamativo, pero suficiente para recordarme que hoy no sería el cumpleaños de Greg. Mamá me ató el delantal por detrás y me señaló la lista de cosas por hacer.

—Hoy tú eres la dueña de la casa, señorita. Así que ponte a trabajar.

Y vaya que trabajé.

Coloqué los manteles individuales sobre la mesa del comedor. Eran de encaje blanco, los que mamá guardaba para ocasiones especiales. En el centro puse un jarrón con flores frescas que ella había comprado el día anterior. Luego ayudé con los aperitivos: corté queso en cubitos, coloqué aceitunas en boles pequeños, preparé una bandeja de frutas con fresas y uvas.

—No olvides las servilletas —me recordó mamá mientras yo subía las escaleras con los platos.

Las servilletas eran de papel, pero tenían dibujitos de mariposas rosas y moradas. Todo tenía que ser femenino, todo tenía que ser bonito. La mesa era un derroche de tonos pastel, de detalles delicados. Cualquiera que entrara sabría que estaba en la fiesta de una chica.

—Así se hace, cariño —dijo mamá, asintiendo con aprobación mientras yo colocaba las copas de plástico decoradas con brillantina—. Hoy todo tiene que ser perfecto.

Mamá preparó la comida: pastel de pollo, ensalada de frutas, sándwiches de miga y una enorme torta de chocolate con cobertura de fresa que yo mismo había ayudado a decorar la noche anterior. Mi letra temblorosa había escrito "Feliz Cumpleaños Pamela" con glaseado rosa, y aunque algunas letras me quedaron torcidas, mamá dijo que le daba un toque adorable.

Pasé toda la mañana y parte de la tarde con el delantal puesto, yendo de un lado a otro de la casa con mi vestido blanco y mis zapatillas, y claro, tenía un tampón puesto allí abajo como el año anterior, pero a estas alturas estaba tan acostumbrado que apenas era una molestia. Mis bragas se me subían cada vez que me agachaba para recoger algo del suelo, y la faja me apretaba un poco más de la cuenta por el esfuerzo, haciendo que el tampón se moviera un poco y me causara cosquillas, pero no me quejé. Hoy era mi día. No iba a arruinarlo con lloriqueos.

Cuando empezó a oscurecer, mamá me mandó a arreglarme.

—Vamos, Pamela —dijo, dándome un suave empujón hacia las escaleras—. Date una ducha, ponte tu vestido y bájate hecha una princesa. Los invitados empezarán a llegar en una hora.

Me miré en el espejo del baño después de la ducha, con la toalla envuelta alrededor de mi cuerpo. Mi reflejo ya no me sorprendía como antes. Lo conocía bien: las curvas que se habían acentuado con los meses, la suavidad de mi piel depilada, el rostro que empezaba a perder los rasgos duros de la infancia. Me puse las bragas nuevas —unas de encaje negro que mamá me había regalado la semana pasada—, la faja que me afinaba la cintura y las medias color piel. Sobre la cama me esperaba el vestido morado.

Me lo puse despacio, casi con ceremonia. La tela era suave, ligeramente brillante. El escote dejaba ver mis senos, la falda me quedaba a medio muslo. Cuando me giré frente al espejo, el vuelo se levantó un instante y alcancé a ver la liga que sujetaba mis medias.

—Qué bonita —susurré, y luego me avergoncé de mi comentario.

Mamá entró sin llamar y se quedó en la puerta, sonriendo.

—Eres la chica más guapa que he visto, Pamela —dijo, y su voz sonaba sincera—. Ahora siéntate. Vamos a maquillarte.

Cuando terminamos, me miré de nuevo en el espejo. Sombra morada en los párpados, delineador negro, rímel, colorete y unos labios rosa brillante. La peluca pelirroja estaba peinada con ondas suaves. Me veía como una quinceañera de revista.

Desde abajo empezaron a llegar los primeros ruidos. El timbre. La voz de mamá saludando. Risas de mujeres adultas.

—Baja cuando estés lista, princesa —dijo mamá antes de salir corriendo.

Esperé un momento. Escuché cómo se llenaba la casa de voces conocidas: la Sra. Henderson, la Sra. McCuddy, otras amigas de mamá. Mi hermano pequeño y algunos de sus amigos. Pero entonces oí otra voz, una más cercana a mi edad. Y luego otra.

—¡Hola, señora Parker! —gritó Christine desde el recibidor—. ¿Dónde está la cumpleañera?

Mi corazón se aceleró. Eran ellos... Kathy, Danny, Christine. Chicos de mi edad. Personas que me conocían como Greg. Y que la última vez que los vi les juré que no volvería a usar vestidos. Ahora estaba vestido como una princesa y pensé en la humillación de que ellos me vieran así... sentí ganas de llorar, pero recuperé la compostura.

Respiré hondo, agarré el bolso y bajé las escaleras con cuidado, tacón tras tacón, sintiendo cómo la tela del vestido se movía contra mis piernas.

Cuando llegué abajo, todas las miradas se volvieron hacia mí.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó Kathy, llevándose las manos a la boca.

Christine empezó a aplaudir y Danny, que aunque era un chico, llevaba un vestido azul sencillo mucho menos elaborado que el mío, me miró con los ojos brillantes.

—Estás... estás increíble, Pamela —dijo Danny.

Kathy se acercó y me dio un abrazo.

—La última vez que te vi en el partido estabas guapa, pero hoy... hoy pareces una princesa. En serio —exclamó Christine.

Danny asintió.

—El vestido es precioso. Ese color te queda perfecto. Y tu maquillaje... ¿quién te lo hizo? ¿Tu mamá?

—Sí —respondí, aún sonrojado por tantos halagos—. Ella me dio unos consejos, pero mayormente me maquillé sola, como siempre.

Me sorprendí al hablar de mí mismo en femenino de forma natural. Pero no pensé mucho en ello.

Mamá se acercó con una bandeja de refrescos y sonrió al vernos juntos.

—Me alegra que estén aquí, chicas. Pamela extrañaba mucho a sus amigas.

Los tres se quedaron callados un instante. Luego Kathy me tomó de la mano.

—¿Podemos hablar un momento, princesa? —preguntó con una sonrisa sarcástica.

Recordé cuando esa sonrisa me hacía derretirme. Hacía un año estaba enamorado de ella con locura, quería ser su novio. Claro, todo eso fue antes de quedar atrapado en faldas y tacones... Nos sentamos en el sofá de la sala, los cuatro, ¿o tal vez las cuatro? Kathy, Danny, Christine y yo. Las voces de las mujeres adultas sonaban de fondo, mezcladas con la música suave que mamá había puesto.

—Wow, te ves muy bonita, Greg —empezó Kathy—. La última vez que hablamos juraste que no volverías a usar cosas de chica. Imagina mi sorpresa cuando tu mamá me invitó a celebrar el cumpleaños de Pamela. ¿Qué pasó con el tipo rudo?

Pude sentir cómo mis mejillas se ponían rojas. Recordar mi fracaso de volver a ser un chico era doloroso sin que nadie más me lo echara en cara.

—A mí me da gusto que hayas vuelto a ser Pamela —dijo Danny—. Podemos volver a hacer cosas de chicas como una piyamada ahora que recuperaste la razón.

Christine puso su mano sobre la mía.

—Sería muy divertido hacer eso. Lo importante es que sepas que somos amigas, Pamela. Las cuatro. Pase lo que pase.

Sentí un nudo en la garganta. Parpadeé rápido para que no se me escaparan las lágrimas.

—Lamento haberlos tratado mal a todos —susurré—. Estaba confundido, la visita a mi papá revolvió mi cabeza, pero ahora sé que soy Pamela...

En ese momento sonó el timbre otra vez. Mamá fue a abrir y escuché una voz que conocía bien.

—Señora Parker, ¿puedo pasar?

—Pasa, Kevin —dijo mamá—. Pamela está en la sala con las chicas.

Mi corazón se detuvo. Desde el primer día que me encontré con Kevin, mientras yo usaba una falda, hubo una química entre nosotros. Era obvio que nos gustábamos y nos habíamos abrazado y besado, aunque nunca en los labios. Pero estar vestida así con ropa tan femenina y diminuta, con mi maquillaje perfecto me hacía sentir tan vulnerable. Y eso me gustaba.

Kevin entró con un pequeño paquete envuelto en papel plateado. Llevaba una camisa azul que le hacía juego con los ojos y vaqueros oscuros. Su pelo rubio estaba peinado hacia atrás, y en su rostro había una sonrisa nerviosa.

—Hola —dijo, mirándome fijamente.

Las tres "chicas" se levantaron al unísono, como si con solo ver a Kevin, y mi reacción al estar cerca de él, supieran qué hacer.

—Nosotras vamos a buscar algo de comer —dijo Christine con una picardía mal disimulada—. Ustedes dos... quédense aquí.

Y desaparecieron hacia el comedor.

Kevin se sentó a mi lado en el sofá. Guardó silencio unos segundos, mirando el paquete que tenía en las manos.

—Estás... muy bonita —dijo al final, sin levantar la vista—. Quiero decir, más que otras veces. Hoy estás especialmente bonita.

—Gracias —respondí, sintiendo cómo las mejillas se me encendían—. Este vestido es nuevo.

—No es solo el vestido —levantó la cabeza y me miró a los ojos—. Te ves increíble. 

Su mano encontró la mía sobre el sofá. Sus dedos eran cálidos, un poco temblorosos. Me los apretó suavemente.

—¿Puedo darte tu regalo? —preguntó.

Asentí.

Desenvolví el papel plateado con cuidado. Dentro había una cajita de terciopelo. La abrí con dedos que no dejaban de temblar.

Era un collar. Una cadena fina de plata con un pequeño colgante en forma de corazón.

—Es precioso —dije, sin poder creerlo.

—Es para que no te olvides de mí —dijo Kevin con voz queda—. Aunque espero que no tengas que usarlo mucho para acordarte, Greg.

Me ayudó a ponérmelo. Sus dedos rozaron mi nuca y sentí un escalofrío recorriendo toda mi espalda. Cuando terminó, se quedó mirándome con una expresión que no sabía cómo describir. Era ternura, quizás. O algo más.

—Kevin... —empecé a decir.

—¿Sí?

—Puedes llamarme Pamela, no luzco mucho como un greg.... me gustaría agradecerte tu regalo.

—No tienes que agradecer...

—Pero quiero hacerlo... de esta manera.

Crucé mis manos detrás de su nuca. Su mano se posó suavemente en mi mejilla, apartándome un mechón de la peluca que se había salido de su sitio. Luego incliné la cabeza y acerqué mis labios a los suyos.

El beso fue suave, breve. Pero lo sentí en todo el cuerpo. En las puntas de los dedos, en el estómago, en las rodillas, que por un instante dejaron de sostenerme.

Cuando se apartó, sonreía.

—Feliz cumpleaños, Pamela —susurró.

—Gracias —alcancé a decir con la voz rota—. Ven, te presentaré a mis amigas...

sábado, 7 de marzo de 2026

INDICE. DISCIPLINA DEL LÁPIZ LABIAL.




Crearé esta entrada para que puedan tener una lectura más fácil de la saga de la disciplina del lápiz labial. 


EL NACIMIENTO DE PAMELA

El nacimiento de Pamela incluye los capítulos que explican porque Greg comenzó a usar ropa de niña hasta ser bautizado Pamela y sus primeras aventuras en público.

Capítulo 1: Los primeros años

Capítulo 2: El nuevo sabor del jabón

Capítulo 3: Mentiras rosas

Capítulo 4: Charlas de chicas

Capítulo 5: Mi secreto es descubierto

Capítulo 6: Más cambios

Capítulo 7: Un día muy extraño.

Capítulo 8. Una tarde más extraña

Capítulo 9: Un nuevo régimen


PAMELA LA NIÑA

Los capítulos siguientes hablan de la introducción de Pamela a los rituales femeninos desde su primer limpieza femenina, hasta su primer cumpleaños como chica, su primera cita en vestido, sus primeros sueños húmedos femeninos y su primer trabajo en vestido y tacones.

Capítulo 10: Juegos Secretos

Capítulo 11: Fantasías de una madre y su hija

Capítulo 12: La cumpleañera

Capítulo 13. Fiesta para una debutante

Capítulo 14. Diversión en verano.

Capítulo 15. Atrapado en un bikini..

Capítulo 16: La prueba

Capítulo 17. El Día de Sadie Hawkins

Capítulo 18: La primera cita de Greg

Capítulo 19: Una noche de sorpresas

Capítulo 20: Una novia agradecida

Capítulo 21: Víctima de las circunstancias

Capítulo 22: Dama de Servicio

Capítulo 23: Desventuras en braguitas

Capítulo 24: Pamela, la maid

Capítulo 25: Un nuevo trabajo


DANI, LA AMIGA DE PAMELA

Estos capítulos compilan la historia de cómo Greg/ Pamela conoció a un chico con el mismo gusto por la ropa femenina que él/ ella. Primero comienzan a convivir en la escuela como chicos, pero pronto terminan usando ropa provocativa en público y besando a un chico que iba pasando en el lugar y momento indicado.

Capítulo 26: Un nuevo amigo

Capítulo 27: Intercambiando Secretos

Capítulo 28: Novios o novias

Capítulo 29: Las cosas se complican

Capítulo 30: Pamela Sale a la Luz

Capítulo 31: Que desastre

Capítulo 32: Las chicas se preparan.

Capítulo 33: Noche de chicas

Capítulo 34: Una chica y sus amigas

Capítulo 35: Confesiones

Capítulo 36: Un estado de confusión

Capítulo 37: Atrapado


PAMELA, LA HIJASTRA

Cuando Greg se va de vacaciones con su papá piensa que los días usando vestidos han terminado, al menos por un tiempo. Pero su madrastra, Louise, descubre su secreto rápidamente y lo hace usar vestidos en el cine, en la plaza e incluso en un bar dónde coquetea con un hombre mayor en una de las etapas de aventuras más atrevidas de Pamela.

Capítulo 38: Mamá y Louise

Capítulo 39: La buena hijastra

Capítulo 40: Madrastra e hija

Capítulo 41: Aventuras en el arcade

Capítulo 42: Película para chicos

Capítulo 43: Amigas

Capítulo 44: De vuelta a las andadas

Capítulo 45: El pretendiente

Capítulo 46: Papá conoce a su niña



PAMELA VICTORIOSA

Después de la visita a su padre Greg cree que puede dejar de usar vestidos, sin embargo, nada sale como él esperaba y termina atrapado en faldas de nuevo. Poco después conoce a Kevin y se da cuenta que siente cosas por él ¡cosas de niña! La confusión en él es tanta que decide rendirse a su lado femenino y adoptar la personalidad de Pamela permanentemente.


Capítulo 47: Recuperando el control

Capítulo 48: Dejando ir y dejando entrar

Capítulo 49: Aparece Kevin

Capítulo 50: De Vuelta las Bases

Capítulo 51: Pamela toma su lugar

Capítulo 52: Pamela hace su debut



EPILOGOS

La historia no es original mía, hice un trabajo de traducción y corrección de estilo porque me gusta mucho y quería compartirla con ustedes. Crearé algunos capítulos a forma de epilogo porque creo que la historia se abandonó en un momento muy inadecuado, aún se podía explorar la relación con Kevin a Pamela en una cita doble con Kathy y dos chicos. Y muchos cabos que quedaron sueltos. Espero poder escribir sobre ello pronto y darle un mejor cierre a la historia.

Capítulo 53: En un futuro (espero) no muy lejano