viernes, 29 de mayo de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 54)

 



Capítulo 53. El día más feliz de Pamela

Nunca imaginé que besar a Kevin frente a mi madre, y a todos nuestros invitados, pudiera sentirse tan natural. Pero ese día, en mi fiesta de quince, todo fue diferente.

Cuando nuestros labios se separaron aquella primera vez en el sofá, alcancé a ver de reojo a mamá sonriendo desde la puerta del comedor. Estaba ahí, con los brazos cruzados y esa sonrisa de suficiencia que tanto me había molestado antes, pero esa noche parecía una sonrisa de aprobación.

Todos sabían quién era yo ahí. Kathy, Danny, Christine, las amigas de mamá, los vecinos... todos conocían a Pamela. No había máscara que poneme, no había papel que interpretar. Era yo. O al menos, era la versión de mí que había aprendido a ser. Así que, ¿por qué iba a sentir vergüenza de besar a Kevin? ¿Por qué iba a esconder que me gustaba?

Kevin me tomó de la mano y lo guié al comedor, donde el resto de los invitados comían y charlaban. Sus dedos entrelazados con los míos me daban una seguridad que no sabía que necesitaba.

Fue entonces cuando Kathy, Danny y Christine se acercaron a nosotros. Los presenté a todos. Y pronto Kevin estaba rodeado de ellas, haciéndoles preguntas y riéndose de sus respuestas. En un momento Kathy hizo una pregunta que me llenó de nervios.

—Entonces, Kevin —dijo Kathy—, ¿eres el novio de Pamela? ¡Los vimos besándose hace un rato!

Sentí que el refresco se me atoraba en la garganta.

—Llevamos un mes viéndonos —contestó Kevin—, aunque solo en casa de mi mamá, cuando ella y la mamá de Greg... perdón, de Pamela, se ven. Mientras ellas charlan en la cocina, nosotros pasamos un rato juntos en la sala... aunque hasta ahora no hemos tenido una cita de verdad.

Pude ver lágrimas en los ojos de Danny mientras Kevin hablaba. Hasta antes de pelearnos, Danny y yo éramos algo así como novios. Pero nunca me sentí con él como me siento con Kevin. Ambos éramos chicos delicados que teníamos un gusto por los vestidos. Mientras que Kevin era un chico normal, aunque me dolía admitirlo, pero así era; él nunca usaba vestidos, ni tacones ni maquillaje. Si lo vieras por la calle no pensarías que era gay. Además, había pertenecido al equipo de fútbol en la preparatoria, lo que le dio un físico masculino que todas las chicas deseaban. A veces me costaba creer que él sintiera algo por mí.

—Deberías llevarla a un lugar elegante —dijo Christine—. Solo vela esta noche, serías la envidia de todos llegando con ella de tu brazo. Claro, es importante que ella lleve un vestido corto y unos tacones altos.

La sonrisa en su cara y en la de Kathy me hicieron sentir un poco incómodo.

—La verdad me muero por verla en traje de baño —dijo Kevin—. Tiene ese cuerpo tan bonito y femenino. Si no me la hubieran presentado como Greg, nunca hubiera pensado que era un chico...

—Ella fue al Día de Sadie Hawkins en la escuela con un short y un top diminutos —lo interrumpió Kathy—. Se veía preciosa con tan poca ropa, ¡toda una muñequita!

—Tenemos una piscina... —dijo Kevin—. ¿Por qué no hacemos una fiesta acuática en mi casa? Podrían ser ustedes cuatro, chicas, y yo podría invitar a algunos amigos. Solo díganme cómo les gustan los chicos.

—Kevin —dijo Christine con picardía—, ¿que pensarías si te digo que una de nosotras es un chico? Es decir, además de Pamela.

Kevin la miró sorprendido, luego miró a las tres: a Danny que llevaba su vestido azul y estaba sentado con las piernas cruzadas como si fuera la cosa más natural del mundo, a Christine con su pantalón, camisa y chaqueta en un look más andrógino que femenino, y luego a Kathy con su vestido morado y maquillaje perfecto.

—No lo puedo creer —dijo Kevin sin inmutarse—. Entonces una de ustedes es un chico... apostaría que es la que ha estado más callada.

Y volteó a ver a Danny. Danny se sonrojó hasta las orejas.

—¿Es muy obvio que no soy una chica? —preguntó con voz pequeña.

—En absoluto, solo adiviné. Primero pensé en Christine con su look gótico y andrógino, pero su cuerpo parece demasiado femenino para ser un chico... Digo, además de Pamela nunca he conocido a otro chico con el cuerpo tan femenino... —respondió Kevin encogiéndose de hombros—. En mi universidad conozco a varios chicos que también son parte de la comunidad. Algunos se visten de chica, pero ninguno tiene bubis como las de Pamela. 

Danny abrió los ojos como platos. Yo me sonrojé en muchos tonos de rojo.

—¿En la universidad? ¿Y son guapos? — preguntó Danny con interés.

Kevin se rió.

—Algunos lo son. Dime cómo te gustan los chicos, tal vez pueda invitar a un chico soltero y gay a nuestra fiesta en la piscina.

Danny solo se sonrojó, pero Christine tomó la palabra.

—Hace un tiempo estuvo muy enamorado de Greg, así que supongo que le gustan los chicos delgados, bajitos y con un aire femenino.

Danny se puso más rojo que un tomate.

—Creo que conozco a un par así —dijo Kevin, que nunca parecía perder la confianza—. ¿Y quieres que invite a un chico para ti, Christine?

—No me gustan los chicos. Prefiero que mis citas no tengan nada entre las piernas —dijo Christine sin tapujos.

Kevin asintió con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo. Y quizás lo era. Quizás yo llevaba tanto tiempo encerrado en mi propia cabeza que no me había dado cuenta de que afuera había un mundo entero donde la gente simplemente... existía. Sin tantas etiquetas. Sin tantas reglas.

—Bueno —dijo Kevin, mirando a Christine con una sonrisa—, si te gustan las chicas, también conozco a varias que estarían encantadas de conocer a alguien como tú. Veré si puedo llevar a una amiga a la fiesta.

Christine soltó un chillido de emoción.

—¡Me encantaría!

Yo me quedé callado, escuchando, sintiendo cómo el calor de Kevin a mi lado me envolvía por completo. Su mano había vuelto a encontrar la mía, y esta vez no la soltó en toda la noche.

Fue entonces cuando escuché las risas.

No eran risas amables. Eran esas risas de burla. Eran mi hermano pequeño y sus amigos que me señalaban. Dave y sus amigos murmuraban cosas sin dejar de verme. Mi hermano de doce años y sus amigos se burlaban de mí, no tenía duda de ello.

—¿Entonces tu hermana es un hombre? —dijo uno de sus amigos, subiendo demasiado la voz, prácticamente estaba gritando—. ¡Pero se estaba besando con otro chico! ¡Y trae puesto un vestido morado y maquillaje!

—Siempre ha sido un mariquita —gritó Dave, eufórico por la plática con sus amigos.

Dave y los otros tres chicos de su edad soltaron carcajadas estúpidas. Sentí cómo la sangre se me subía a la cara, pero esta vez no era por vergüenza. Era por rabia.

Kevin apretó mi mano. Pero antes de que pudiera decir nada más, mamá ya estaba junto a Dave. Su cara era un poema. No la sonrisa cómplice de antes, sino una mueca de enfado que conocía muy bien.

—Dave Parker —dijo con una voz que helaba la sangre—. Ven aquí ahora mismo.

Mi hermano tragó saliva. Sus amigos se quedaron callados al instante. Sabían que se habían metido donde no debían.

Mamá lo agarró del brazo y lo llevó a un rincón de la sala. No pude escuchar toda la conversación, pero vi cómo Dave bajaba la cabeza y asentía una y otra vez. Al final, mamá señaló hacia mí y él se acercó con pasos torpes.

—Lo siento, Pamela —murmuró sin mirarme a los ojos—. No debí decir eso.

Mamá se acercó también y puso una mano en mi hombro.

—No volverás a faltarle el respeto a tu hermana, jovencito —le dijo a Dave, con una calma que daba más miedo que un grito—. Por ahora es todo, pero no he terminado contigo. Te voy a enseñar a respetar a las mujeres.

Dave asintió y se fue corriendo con sus amigos, que ya no se reían. Mamá me guiñó un ojo y volvió al comedor.

Después de un rato, recuperé el buen ánimo. Kevin y yo bailamos. O más bien, nos mecíamos juntos mientras sonaba música lenta en el equipo de sonido. Él me abrazaba fuerte, con una mano en mi cintura y la otra en mi espalda, acercándome a él como si quisiera que fuéramos una sola persona.

—¿Estás feliz? —me preguntó en un susurro.

—Sí —respondí, y era verdad.

Nos besamos muchas veces esa noche. No sé cuántas. Algunos besos fueron suaves, rápidos, casi de complicidad. Otros fueron más largos, más profundos, como si quisiéramos detener el tiempo. En un momento dado, estábamos sentados en el sofá y su mano se deslizó hasta mi pierna. La acarició sin pudor, desde la rodilla hasta medio muslo, justo donde terminaba el dobladillo de mi vestido.

Me estremecí, pero no me aparté. Al contrario, me acerqué más a él, apoyando mi cabeza en su hombro.

—Eres increíble —murmuró Kevin.

—Tú también —respondí.

Y era cierto. Nunca nadie me había hecho sentir tan querido, tan deseado, tan... normal.

Más tarde, cuando la fiesta era más ruidosa que nunca, llegó Rita con el pastel. Se había retrasado porque su madre la había mandado a hacer un recado, pero llegó justo a tiempo para el momento más especial.

—¡Feliz cumpleaños, Pamela! —exclamó al verme.

Me dio un abrazo y luego miró a Kevin, que seguía a mi lado con el brazo rodeándome la cintura.

—Siempre supe que ustedes dos terminarían juntos —dijo Rita con una sonrisa cómplice—. Son el uno para el otro: el chico apuesto campeón de fútbol y su bella novia con cuerpo de modelo.

Me sonrojé, Rita era la segunda persona que me decía que tenía cuerpo de modelo.

—Rita, por favor...

—¿Qué? Es verdad —insistió ella, riéndose—. Son una pareja de jovencitos muy guapos. Bueno, un jovencito muy guapo y una bella jovencita... se ven muy bien juntos.

Kevin también se sonrojó. Y ese gesto me hizo sentir especial. Desde que me conoció se comportó como si lo que ocurría entre nosotros fuera normal. Y de cierto modo, yo empezaba a pensar que lo era.

Todos cantaron cumpleaños feliz para mí. Sopló las velas sin pedir ningún deseo —las apagué todas, para sorpresa de todos— y luego pasamos el resto de la noche charlando y riendo. Kevin no se separó de mí en ningún momento. Su mano siempre estaba en algún lugar de mi cuerpo: en mi cintura, en mi mano, en mi pierna, en mi espalda. Como si fuera suya. Como si yo fuera su novia.

Y quizás lo era. Quizás desde esa noche, después de tantos besos, empezamos a ser pareja.

Fue uno de los días más felices de mi vida.

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