Íbamos en el carro de Iván. Él conducía y yo, en el asiento del copiloto, ya sentía el peso de la noche que me esperaba. En el primer semáforo en rojo, su dedo se deslizó sobre la pantalla de su teléfono. Un zumbido instantáneo y húmedo encendió mis entrañas, haciéndome doblar el cuerpo sobre el regazo en un intento desesperado por ahogar un gemido.
Él me observaba, divertido, mientras yo luchaba por respirar, mis nudillos blancos aferrados a la falda blanca.
Repitió la tortura en cada semáforo. "Debes acostumbrarte a la sensación", dijo, su voz un ronroneo de falsa condescendencia. "No puedes ponerte así en el restaurante". Su sonrisa era un látigo de seda.
Luego, su mano abandonó el teléfono y se posó en mi muslo, presionando con una familiaridad que me erizó la piel. Un sonido escapó de mis labios, un quejido breve y avergonzante. Era humillante... y sin embargo, una parte de mí, cada vez más grande, se estremecía ante aquella dominación.
Al llegar al restaurante, una falsa normalidad nos envolvió. Nos sentamos, pedimos la comida y la conversación fluyó con una fragilidad conmovedora.
"Te queda muy bien ese vestido", comentó Iván, su mirada suave por un momento. "Nunca pensé que tendría una cita con mi mejor amigo, ni que... él se vería tan bella".
Sus palabras, ese recordatorio de mi pasado, me desarmaron. Justo en ese momento de vulnerabilidad, el zumbido regresó, un latido eléctrico que se apoderó de mi concentración. Apreté los dientes, forcé una sonrisa y clavé la mirada en la copa de agua, haciendo todo lo posible por disimular la marea de placer que ascendía por mi vientre.
"Eres una golosa, bro", susurró él con una sonrisa de complicidad.
No podía hablar, no podía pensar. Solo sentía, inundada por una vulnerabilidad que era aterradora y excitante a partes iguales.
Cuando el mesero se acercó a lo lejos con nuestro primer plato, Iván, con un movimiento discreto, apagó el vibrador. Suspiré aliviada.
"No te molestaré mientras comes", dijo, tomándome la mano con una ternura inesperada. "No quiero que te ahogues".
Agradecí en silencio el respiro, sabiendo que era solo una tregua. La noche, y su juego, estaban lejos de haber terminado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario