"Yo no lavo platos." "Yo no lavo ropa, ni la voy a doblar." "Eso es trabajo de mujeres." Durante años repetí esas frases como un dogma. Mi mamá, al principio, me rebatía. Luego, suspiraba. Al final, dejó de insistir... hasta ese día.
—Estoy harta —me dijo, con los ojos fijos en mí mientras apilaba los trastes sucios que yo había dejado en la mesa—. Si esto es “trabajo de mujeres”, entonces vas a ser una.
Sacó de su bolsa una cajita rosa. Una píldora. Brillaba. Como una amenaza dulce.
—Si insistes en que esto es cosa de mujeres, entonces necesito que seas una. O ayudas en la casa como corresponde… o te vas.
Pensé que era un chiste. Que exageraba. Pero mamá no bromea con la limpieza.
La tomé. Por orgullo, por desafío, por no saber a dónde ir. La tomé… y desperté con un cuerpo distinto. Pequeño, suave, redondeado. Me miré en el espejo y me dije “esto es temporal”. Pero cuando me puse el delantal, cuando sentí mis caderas moverse al barrer, cuando el aroma del suavizante me siguió todo el día… algo cambió.
No fue solo mi cuerpo. Con el tiempo, mamá me presentó a Luis. El hijo de su mejor amiga. Diez años mayor. Alto. Voz grave. Solo le bastó mirarme una vez para hacerme sonrojar, tienes que pensar que él parecía un hombre varonil y yo llevaba minifalda.
Fue rápido. Demasiado. Pasamos de un café a una cena, de una cena a una caricia, de una caricia a noches que me dejaban sin aliento. Sus embestidas dentro de mí hacían que olvidara que alguna vez fui hombre.
Ahora le lavo la ropa. Doblo sus camisas con cuidado. Y sí, a veces me visto de mucama. Con encaje, liguero y tacones. Dice que me veo adorable así, con el plumero en la mano y sin nada debajo del uniforme.
Y cuando termina de “revisar que todo esté limpio”, me lleva a su cama como recompensa. Yo sonrío. Gimo. Me entrego.
Jamás pensé que diría esto, pero… ser la mujer de alguien es mil veces mejor que ser el hombre que fui.
Definitivamente, fue el mejor cambio de vida.


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