viernes, 1 de mayo de 2026

Una nueva apuesta



Las cosas volvieron a la normalidad... más o menos. Iván y yo habíamos tenido intimidad y habíamos aceptado que nos gustábamos; así que él no tenía problemas en hacerme cumplidos sobre mi apariencia. Incluso algunos muy subidos de tono. Para mí, que había sido su mejor amigo y un hombre hasta hacía cuatro meses, todo eso era profundamente humillante.

Fuera de eso, nos comportábamos como siempre. La siguiente apuesta llegó un par de semanas después de nuestra primera vez en la cama. Después de perder tres apuestas seguidas, un miedo frío se instaló en mí.

—Tengo una nueva apuesta —anunció Iván, con esa sonrisa pícara que me ponía nerviosa.

—No sé... —murmuré, recelosa.

—Es justa. La más justa de todas. Un volado —dijo, sacando una moneda de su bolsillo—. Cara o cruz. Si aciertas, ganas tú y yo cumplo cualquier capricho que se te ocurra. Si fallas... ya sabes. Iremos a cenar y usarás lo que yo elija.

Mi corazón latió con fuerza. Un 50/50. Era mi oportunidad. No había habilidad involucrada, solo suerte pura.

—De acuerdo —acepté, sintiendo un mezcla de ansiedad y esperanza—. Elijo... cara.

Iván lanzó la moneda al aire. Dio vueltas y vueltas, brillando bajo la luz, como si contuviera todo mi destino en su frío metal. Cayó en el dorso de su mano y la tapó con la otra.

La retiró lentamente.

Era cruz.

—Lo siento, bro —dijo, y su tono no sonaba nada arrepentido—. Te tengo una buena noticia: iremos a comer juntos. No te preocupes, yo invito. Pero tendrás que usar lo que yo te diga. Maquillaje, un vestido o una falda, tacones... y la última parte es sorpresa.

Al día siguiente, me acompañó a comprar mi outfit para la cita. Eligió un conjunto blanco que, odiaba admitirlo, me quedaba increíble. Me veía bonita. También me compró maquillaje y me dio un ultimátum: tenía tres días para aprender a aplicármelo.

Finalmente, fuimos por un helado para descansar. Después de probarme tantas cosas, estaba exhausta. Ese día se portó tan dulce conmigo que, de no haber estado comprando todas esas cosas femeninas, habría parecido el "bro" de siempre. Pero sabía que era una fachada. La verdadera humillación llegaría el día en que tuviera que pagar mi deuda. Una deuda sellada por el simple y caprichoso giro de una moneda

No hay comentarios:

Publicar un comentario