Capítulo 21: Casi una princesa
La habitación olía a laca, tela nueva y ansiedad. Sobre la cama, el vestido color lavanda colgaba con elegancia de un gancho de terciopelo, como una promesa suspendida en el aire. Yo lo miraba sin tocarlo, con las piernas cruzadas sobre la colcha, en pijama, el cabello recogido con una pinza.
La puerta se entreabrió con un golpecito suave.
—¿Puedo pasar? —preguntó mi madre, asomando la cabeza.
—Claro, ma.
Entró con una taza de té entre las manos y me la ofreció. Luego se sentó a mi lado, con una sonrisa cansada pero luminosa.
—¿Lista para mañana?
Me encogí de hombros.
—Supongo que sí. Estoy nerviosa.
Referirme a mí misma en femenino ya era natural, poco quedaba en mí del chico de 17 años que fui. Pero estando frente a mi vestido de quince años el adjetivo volvía a intimidarme. Porque no era cualquier vestido. El que usaría para celebrar que me convertía en una mujer.
Mi madre asintió, mirando también la prenda.
—Es normal. Yo también estaba así la noche antes de mis quince. Me acuerdo que no podía dormir, pensaba que todo el mundo me iba a mirar… que todo cambiaría de un día a otro. Y, en parte… así fue.
La miré de reojo.
—¿Crees que de verdad cambian las cosas? ¿Por cumplir años?
Sonrió con dulzura.
—No por los años. Cambian porque una empieza a verse distinto. A veces se siente como si cruzaras una puerta invisible. Se nota desde afuera: los chicos y los hombres te empiezan a ver diferente, pero desde adentro… se siente aún más. Como si dejaras de ser una niña para empezar a ser… mujer.
Bajé la mirada. Esa palabra aún me sacudía un poco. Mujer. Aunque llevaba años viviendo como Julieta, aunque mi cuerpo había cambiado, aunque mis recuerdos de Romeo se habían vuelto borrosos como un sueño lejano, la palabra seguía teniendo un peso que me costaba sostener.
—¿Y eso está bien?
Mi madre me miró con suavidad.
—Es diferente para cada persona. Ser mujer no es usar vestido, ni tener fiesta, ni bailar con un chico. Es algo más profundo. Es aceptar que estás creciendo, que tu cuerpo está adoptando nuevas formas, que estás tomando tus decisiones. No olvides que solo tú vas a poder decir quién eres y cómo te sientes. Ser mujer no es una obligación. Es un descubrimiento.
Apreté la taza entre las manos. Sus palabras me llegaban directo al centro de las dudas que había estado guardando durante meses. Un descubrimiento. Así se había sentido todo esto. Como si hubiera estado desenterrando piezas de mí misma que no sabía que existían.
—A veces tengo miedo de lo que voy descubriendo.
Mi madre me acarició el cabello con lentitud.
—Todas tenemos miedo. No hay manual. Yo lo sigo aprendiendo. Cuando tenía tu edad no quería ser madre. Pero ahora no lo cambiaría por nada. Te amo, hija. Eres una persona increíble, bella y fuerte. Recuerda que lo que sientes te pertenece.
Me quedé en silencio, masticando las palabras como si fueran una fruta nueva, dulce y ácida a la vez. Porque ella no sabía que yo había sido otra persona. No sabía que, en otra vida, mi nombre era Romeo. Pero sus palabras significaban mucho para mí, sin importar si era un chico o una chica.
—¿No crees que exageramos con el atuendo para el baile sexy? —pregunté, buscando un cambio de tema, aunque en realidad la pregunta también era seria.
Mi madre rió bajito.
—Un poco, pero ese body con lentejuelas te cubre todo lo que hay que cubrir y vas a estar en un ambiente seguro.
Hace apenas un par de días habíamos conseguido el atuendo: un body con lentejuelas de color rosa que me cubría bien el pecho y toda la parte frontal del cuerpo, pero que en la espalda dejaba un escote amplio y también dejaba la mitad de mis glúteos sin protección de tela. Al probármelo, sentí miedo. Pero también me sentí extrañamente cómoda. Me imaginé con ese atuendo frente a todos —principalmente frente a Gabriel— y me entraron ganas de modelarlo. Me imaginé con él puesto y supe que los pasos que habíamos ensayado se verían increíbles.
Romeo, el chico que fui, se estaría muriendo de vergüenza, pensé.
Apoyé la cabeza en el hombro de mi madre.
—Gracias por darme esta fiesta.
—Gracias a ti… por ser mi hija.
Y así nos quedamos un rato, en una calma suspendida antes del torbellino. Afuera, la ciudad seguía su ruido, pero dentro del cuarto todo parecía contener la respiración.
Mañana sería otro día. Uno distinto.
...
Ya me había acostumbrado a que el día a día me exigiera más, al menos en cuanto a mi apariencia. Antes, cuando era hombre, bastaban diez minutos para alistarme por las mañanas: una ducha rápida, peinarme con los dedos, ponerme lo primero que encontrara limpio, y otros quince minutos para desayunar. Ahora, cada salida implicaba al menos veinte minutos extra. Entre peinarme con dedicación, elegir ropa que combinara bien, perfumarme, y asegurarme de que todo quedara en su sitio, la rutina se había extendido de manera considerable.
No es que me desagradara; había momentos en que disfrutaba verme al espejo y sentirme bonita. Pero a veces me preguntaba si realmente valía la pena el esfuerzo. Casi siempre, la respuesta era un tibio "apenas vale la pena".
Y eso solo era para el día a día. Las fiestas eran otro nivel.
Había ido a algunas celebraciones familiares desde que era Julieta, y con cada una había descubierto lo que implicaba el ritual femenino de prepararse. Antes, como chico, con ponerme una camisa planchada, unos zapatos decentes y peinarme de lado ya estaba listo. Todo en menos de media hora. Ahora, en cambio, prepararme para una fiesta podía llevarme más de dos horas… y eso si tenía suerte. Había que depilarse con anticipación, ponerse tubos en el cabello la noche anterior, elegir zapatos que combinaran con el vestido, aplicarse maquillaje que resistiera el sudor y los abrazos, y usar una faja que afinara la silueta.
Y sin embargo, nada se comparaba con el día de mis quince.
Desde las diez de la mañana estuve en el salón de belleza, envuelta en capas de toallas, olores dulzones y voces de estilistas que hablaban entre ellas con la misma emoción que si me prepararan para una boda. Me arreglaron el cabello con esmero, me hicieron las uñas de manos y pies, y luego vino el peinado: un recogido con trenzas laterales y mechones sueltos, sujetos con spray y brillos. El maquillaje fue un capítulo aparte: delineador, sombras, base, rubor, iluminador, pestañas postizas y un labial rosa pálido que contrastaba perfectamente con mi vestido lavanda. Al final, me enseñaron cómo retocarme durante la fiesta con un pequeño estuche que debía llevar en la bolsa.
Salí del salón pasadas las dos de la tarde. Me sentía guapa, sí, pero también limitada: las uñas postizas me dificultaban cosas tan simples como abrocharme el vestido o enviar un mensaje. El corset me apretaba las costillas, y los tacones me daban una postura elegante pero artificial. Aun así, al mirarme en el espejo, no pude evitar sonreír. Era como ver a otra chica, una más segura, más luminosa. Tal vez, pensé, era la versión más radiante de mí misma.
Cuando estuve completamente lista, el reloj me avisó que faltaba media hora para llegar a la recepción. Mi madre, previsora, me ofreció un sándwich para que no me desmayara de hambre más tarde. Luché con las uñas, el pan y la servilleta, pero logré terminarlo justo a tiempo. Al salir de mi cuarto, ya me esperaban en la sala mi mamá, dos primas emocionadas y… los chambelanes.
Afuera, una limusina blanca me esperaba con las puertas abiertas. Los chicos llevaban camisas color vino y trajes negros.
Qué guapos se ven, pensé, antes de sonrojarme al notar que, en comparación, yo parecía una princesita sacada de un cuento.
Tragué saliva al ver a Gabriel, quien sonrió con timidez y desvió la mirada como si él también estuviera nervioso. Me obligué a no pensar demasiado en eso. Ya bastante tenía con los tacones, el corset y las pestañas postizas como para sumarle mariposas en el estómago.
Después de una ronda de elogios, mi mamá me sonrió con un brillo nostálgico en los ojos y dijo:
—Apúrate, o llegarás tarde a la recepción.
Respiré hondo. Acomodé mi falda, ajusté mi postura y pensé:
Aquí voy.

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