Antes, Marcos era mi pesadilla. Su risa resonaba en los pasillos antes de propinarme un "calzón chino" que me dejaba la marca de su dedo en la piel y el orgullo. Llegó el Gran Cambio, y el mundo se volvió del revés. Yo desperté con curvas, una voz suave y una confusión absoluta.
Él siguió siendo él, pero su forma de molestarme… cambió. La primera vez que me vio, silbó y dijo: "Nunca te quedó el rol de hombre, te ves mejor así, linda". Sus burlas se tornaron en posesión. "Mañana ven en falda", ordenaba, y yo, inexplicablemente, obedecía.
Ya no me hace un calzón chino para humillarme, sino para marcarme. Su mano rápida tirando de mi ropa interior es un recordatorio eléctrico, un secreto que solo nosotros compartimos. Es para que yo sepa que soy suya, que está por tomarme. Y lo más aterrador no es eso, sino lo mucho que me excita saberlo. El poder que una vez usó para herirme, ahora lo usa para encender un fuego en mí que no me atrevo a apagar.


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