jueves, 7 de mayo de 2026

Mi reflejo


—¡Oh, sí, querida! —exclamó mi madre, y su voz, dulce como la miel, llenó cada rincón de la habitación—. Ahora estás completamente preparada para ser la esposa de Damián.

Sus palabras resonaron en mis oídos como una sentencia. Un sudor frío perló mi nuca bajo el delicado cabello postizo.

—¡Pero mamá! —protesté, y mi propia voz me sonó extraña, demasiado aguda—. ¡Soy un hombre!

Ella esbozó una sonrisa condescendiente, acercándose para ajustar el collar de perlas alrededor de mi cuello. 

—¿Lo eres? —preguntó, y su tono se volvió frío y analítico—. Mira. —Su mano, con uñas perfectas, señaló mi reflejo en el espejo—. ¿De verdad usas bragas, sujetadores y medias de hombre? ¿Esta blusa de seda, esta falda que se adapta a tus nuevas curvas, es de un hombre? 

Cada palabra era un martillazo en mi conciencia. Sentí el suave y traicionero roce de la seda contra mi piel, la presión del sostén bajo la blusa presionando mis pechos, la irreal suavidad de las medias. Mi mente, confusa, luchaba por reconciliar estas sensaciones con la imagen que siempre había tenido de mí mismo.

—¿De verdad usas maquillaje y joyas de hombre? —continuó, implacable—. ¿Los hombres tienen pechos así de redondeados, caderas tan anchas...? —Hizo una pausa dramática, y su mirada bajó deliberadamente—. ¿Debo recordarte que ya no tienes pene?

Un escalofrío me recorrió. Mis propios ojos se dirigieron, casi por voluntad propia, hacia la planicie suave donde antes había... algo. Un vacío físico que de repente se sintió abrumador.

—¿Debo decirte que podrías ser mamá? —añadió, su voz ahora un susurro cargado de intención.

—¿Mamá? —balbuceé, y la palabra me supo a ceniza en la boca. Una ola de náusea y confusión se apoderó de mí—. ¿Yo?

—Por supuesto —afirmó, y una sonrisa triunfal se dibujó en sus labios—. Creo que después de la boda, Damián te hará cumplir con tus deberes de esposa. Todas las noches. —Cada palabra pintaba un futuro que me aterraba—. Hasta que ese vientre estéril florezca y te quedes embarazada. —Se acercó aún más, y su perfume me envolvió como una niebla asfixiante—. ¡Y yo te ayudaré a convertirte en una buena esposa y madre! No te preocupes, cariño.

Su mano se posó en mi hombro, un yugo de seda y autoridad. Ante el espejo, la figura vestida de novia me devolvió una mirada llena de pánico silencioso. Ya no reconocía al que estaba dentro. Solo veía a la futura esposa de Damián. Y el horror era darme cuenta de que ese reflejo era el mío.




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