De pequeño, me encantaban las cosas de niñas. Quería usar tutús, pintalabios, jugar con muñecas, pero cada vez que manifestaba interés venía el sermón de siempre: "A ti deberían gustarte las cosas de niños".
Llegó el Gran Cambio y, con él, el cuerpo que siempre parecía destinado a mi alma. Y ahora hay algo que me resulta tremendamente gracioso: por fin, me gustan las cosas de los niños.
En concreto, sus penes.


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