Hace un año dejé mi pueblo para ir a estudiar a la ciudad. Hace diez meses, ocurrió el Gran Cambio y dejé de ser un hombre. Hoy volví a casa; no he hablado con mi papá más que por mensajes de texto, y él no sabe que ahora soy una mujer. No sé si tendré el valor de contarle lo cómoda que estoy con mi nueva identidad, que el mundo de las mujeres es ahora mi mundo y que incluso tengo novio.
Mientras lo espero, pienso que quizá debí ponerme unos pantalones en lugar de este body con un short tan cortito. El tejido me abraza, resaltando cada curva que el Cambio me regaló —las caderas redondeadas, la cintura que se estrecha— y, aunque me siento poderosa en él, ahora dudo. Noto las miradas furtivas de algunos transeúntes, una mezcla de curiosidad y admiración que antes, como hombre, nunca tuve. Quizá no debí maquillarme. El delineador acentúa mis ojos, el labial define mi sonrisa, y todo eso me hace sentir yo misma, pero también muy expuesta. Él espera ver a su hijo, y aquí estoy yo, convertida en una muñequita bajo la luz del sol.
Unos minutos después, mi teléfono suena. Es mi papá. Contesto. Una voz femenina, suave pero segura, atiende:
—Hijo, soy yo, tu papá. Tengo que contarte algo. Desde hace unos meses soy mujer. Fui transformada por el Gran Cambio.
Veo a mi papá acercarse. Su nuevo cuerpo es elegante y delgado; lleva unos pantalones de mujer que se ajustan con gracia a sus piernas, una blusa sencilla que sugiere más que muestra. Me sorprende verla tan hermosa, con una belleza serena y madura que me quita el aire. Mientras me acerco, noto que no me reconoce: ve a una jovencita, pero no sabe que soy yo.
La saludo. Un abrazo tímido al principio, que pronto se llena de calidez. Con una sonrisa nerviosa y aliviada, le cuento que el Gran Cambio también me transformó. Nos conocemos de nuevo, en estas pieles nuevas. En lugar de padre e hijo, ahora somos madre e hija, y algo profundo y nuevo florece entre nosotras...

No hay comentarios:
Publicar un comentario