miércoles, 20 de mayo de 2026

Hora de la cena


La comida llegó, y con ella, una tregua inesperada. Por un momento, la magia perversa del vibrador se desvaneció y volvimos a ser quienes siempre habíamos sido: dos amigos de toda la vida. La conversación derivó hacia el fútbol, criticando al árbitro del último clásico, y luego, como era inevitable, hacia las mujeres.

"Esa Alexia con la que anduve dos años lo tenía todo", solté, metiéndome de lleno en el personaje del hombre que fui. "Unos senos como melones y un trasero enorme y bien formado... Comí muy bien los dos años que estuve con ella".

Iván sonrió, mordisqueando un trozo de pan. "Tu nuevo cuerpo no le envidia nada. Está bien, no tienes tantas... 'bubis' como ella, pero tu cuerpo es precioso y bien formado".

Sus palabras actuaron como un interruptor. De pronto fui consciente de mi falda ajustada, la seda de mis bragas, los tacones en mis pies y, sobre todo, el zumbido fantasma del aparato en mi interior.... me arrancaron de la ilusión y me devolvieron a mi realidad. Me sonrojé como una tonta, sintiendo el calor subirme desde el escote.

"¿Qué es lo que más te gusta de ser mujer?", preguntó él, cambiando de tema con una naturalidad que era en sí misma una forma de tortura.

La respuesta me salió sin pensar, sincera y cruda. "Todo el placer que este cuerpo es capaz de sentir. Como hombre, jamás sentí tanto placer".

"¿Y cuándo sientes ese placer?", insistió, su mirada fija en la mía. No sentí que valiera la pena mentir. Él ya me tenía en sus manos.

"Me gusta... cuando me sometes", dije, bajando la mirada hacia el mantel.

"Es bueno saberlo", respondió con una sonrisa que era pura malicia contenida.

Terminamos de cenar y pedimos la cuenta. En el aire se olía la tensión sexual entre nosotros. En el auto volvió a activar el vibrador qué lleva a entre las piernas varias veces más. Me sentí ebria de pasión con las sensaciones. 

Finalmente llegamos a mi departamento y cerramos la puerta. Con un movimiento fluido, me cargó y me sentó sobre la mesa de la entrada, me levanto la falda al cargarme y sentí la madera fría contra mis muslos desnudos. Me quitó las bragas y, con una destreza que me dejó sin aliento, retiró el aparato con sus dedos. Sin perder un segundo, se abrió paso y me hizo suya con una fuerza posesiva que me arrancó un grito ahogado.

Lo abracé con fuerza, clavando los dedos en su espalda mientras me movía con él. Cada embestida era un clavo más en el ataúd de mi antigua vida. El hombre que una vez fui se desdibujaba, se empequeñecía, casi desaparecía por completo en el torbellino de sensaciones, rendido ante la mujer que él, con sus juegos y su deseo, estaba moldeando.



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