Capítulo 25 : Sueños y realidades
En mis sueños, estaba de nuevo en el vestidor con Gabriel. Llevaba solo la faja puesta, mi entrepierna estaba protegida, pero mi pecho completamente descubierto. Todo era como la noche anterior, excepto por un detalle: mi cuerpo era masculino. Yo era Romeo.
A pesar de no tener senos, me cubrí instintivamente el pecho con las manos, avergonzado por mi desnudez parcial. Gabriel, en contraste, vestía un traje elegante de gala, impecable, casi inalcanzable. Se veía guapísimo, y al notarlo, me sonrojé. Llevar solo una prenda interior femenina y maquillaje era bastante malo, pero pensar que mi mejor amigo se veía guapo era más de lo que podía procesar. Él parecía seguro, fuerte, guapo… y yo quería estar entre sus brazos. Por más confuso que eso fuera.
Él se acercó, sin decir palabra, y me abrazó con suavidad. Mi piel erizada rozó la tela del saco de él, y por un segundo, ese contacto bastó. Pero luego Gabriel comenzó a tocarme la cintura y las caderas, jugando con el encaje de mi ropa interior. Él tenía el control de la situación y a mí me encantaba, mi erección bajo el encaje lo confirmaba… y mientras me tocaba, nuestras bocas se encontraron.
Fue un beso húmedo, lento, profundo. No sabía si temblaba por el deseo o por la posición vulnerable en la que me encontraba. Mi pecho desnudo tocaba la camisa de Gabriel, mi respiración se aceleraba. Él comenzó a acariciarme las piernas con sus manos grandes y cálidas, subiendo con calma, sin apuro. Yo sentía una mezcla de humillación y diversión, como si aquello fuera un juego prohibido del que no quería escapar.
Me dejaba hacer. Me dejaba tocar. Y por dentro pensaba: esto no debería estar pasando, pero me gusta.
Cuando él estuvo a punto de rozar una zona más íntima en mi entrepierna, de descubrir mi dureza, la voz de mi mamá me sacó del sueño de golpe.
—¡Julieta! Son las dos de la tarde, mi amor. ¡Ya casi es hora de comer!
Abrí los ojos desorientada. Me toqué el pecho para comprobar quién era. Seguía siendo mujer. Era Julieta. La luz entraba a raudales por la ventana y aún tenía el corazón latiendo a mil. Me llevé la mano al pecho, sintiendo cómo palpitaba, y entonces noté la humedad entre mis piernas.
Otra vez, pensé, mientras el sueño se desvanecía dejándome una mezcla de excitación y vergüenza. Sentí un impulso inmediato de tocarme, de seguir lo que el sueño había dejado a medias, pero el segundo grito de mi mamá me sacó de ese estado. Tomé el celular para verificar la hora y, por costumbre, abrí mi calendario menstrual.
—Con razón me siento así —murmuré, mordiéndome el labio.
Estaba ovulando. Y me sentía muy confundida. ¿Qué significaba el sueño? ¿Incluso si volvía a ser hombre seguiría enamorada de Gabriel?
Antes de levantarme, revisé mis mensajes. Uno de Mariana resaltaba entre los demás:
"No abras mi regalo enfrente de tus papás, es un poco atrevido. Me lo puedes agradecer luego."
El texto venía acompañado de una foto del paquete, para que pudiera reconocerlo fácilmente. Fruncí el ceño, intrigada. ¿Qué podría ser "atrevido" en el contexto de una fiesta de quince años? Guardé el teléfono y bajé a comer.
...
La conversación con mis padres fue ligera y llena de risas. Recordamos los momentos más emotivos y divertidos de la fiesta: la cara de mi papá cuando empezó el baile sexy, mi tía llorando en el vals, el momento en que Gustavo casi se tropieza con la falda de Mariana. Mi papá me reprochó cariñosamente el beso que me di con Gabriel al final del vals.
—¡Frente a todos! —dijo fingiendo indignación, aunque sus ojos brillaban de orgullo.
—Ay, déjala, es joven. Así es el amor a esa edad —respondió mi madre, divertida, guiñándome un ojo.
Me sonrojé, pero sonreí. Era extraño escuchar a mi madre hablar con tanta naturalidad de mi "amor". Como si fuera lo más normal del mundo que su hija tuviera un novio. Y supongo que para ella lo era. Para mí también, cada vez más. Mi sueño de esa noche sólo contribuyó a que me sintiera más confundida.
Después de comer, dije que necesitaba salir por medicamento para los cólicos. Me sorprendió lo fácil que me salía esa excusa, tan típicamente femenina, pero en realidad mi misión era otra: asegurarme de guardar bien el regalo de Mariana. Lo encontré escondido entre los demás paquetes, lo tomé con disimulo y al estar de nuevo en mi habitación, le tomé una foto y se la mandé.
"Asegurado. Tengo mucha curiosidad, pero no puedo abrirlo ahora."
Unos minutos después, al volver a la sala, mi mamá me llamó.
—Es hora de abrir los regalos, hija.
Había una montaña de paquetes con papeles brillantes y moños pastel. Me senté en el suelo junto a mis papás, y uno por uno fuimos abriendo los obsequios. Había ropa linda —blusas, faldas, pantalones entallados—, maquillaje, unos Funkos de princesas Disney, productos para el cabello, cremas, libretas decoradas, accesorios, perfumes, y dinero en varios sobres. Nos divertimos mucho intentando recordar quién había dado qué.
En cada regalo, en cada prenda de ropa femenina que desenvolvía, en cada comentario de mi madre sobre "lo bien que te va a quedar esta blusa" o "este color te va a resaltar los ojos", sentía cómo se asentaba algo dentro de mí. Ya no era la sorpresa de recibir cosas de chica. Era la alegría de recibir cosas femeninas y sentirlas mías.
Al terminar, ya entrada la noche, todos estábamos agotados. Subí a mi habitación y me sentía plena. Me desvestí con cuidado y de repente un recuerdo me asaltó: mis amigas ayudándome a cambiarme en el vestidor, entre risas y manos torpes que batallaban con el cierre del vestido, que se atascó por unos segundos. Y cuando por fin me pude quitar el vestido y quedé solo en mi faja, casi desnuda, entró Gabriel, me abrazó y me dijo que lo había hecho increíble.
Ese recuerdo aún me hacía temblar. Más aún después del extraño sueño que había tenido.
Antes de acostarme, me desmaquillé con dedicación, paso a paso, como mi madre me había enseñado. Me puse pijama y estaba a punto de acostarme cuando recordé el último regalo. Lo saqué de su escondite y lo abrí.
No pude creerlo cuando lo vi.
“¿De dónde sacó Mariana algo así?”, pensé, entre sorprendida y divertida. Era un juguete femenino. Pequeño, discreto, pero inconfundible. Me quedé mirándolo un momento, con el rostro ardiendo. Y entonces pensé en mi sueño de la mañana, la situación en la que estuve con Gabriel en el vestidor el día anterior, aunque con mi cuerpo masculino, entonces pude sentir los efectos de la ovulación en mi cuerpo, la humedad entre mis piernas…
Me dispuse a estrenarlo.
La sensación fue mejor de lo que esperaba, mucho mejor que usar mis manos, sin duda. Todo el tiempo estuve pensando en Gabriel, en sus manos, en sus labios, en la forma en que me miró en el vestidor. Experimenté múltiples orgasmos, cada uno más intenso que el anterior, hasta que quedé completamente exhausta.
Al terminar, satisfecha y temblorosa, tomé el celular y le escribí a Mariana: "Muchas gracias, fue un gran regalo."
Luego me dejé caer sobre la cama, todavía en ropa interior, y me quedé profundamente dormida.
Antes de cerrar los ojos, mi mano rozó mis pechos, mis caderas, la suavidad de mi piel. Este cuerpo, que alguna vez me fue ajeno, ahora era mío. Y me gustaba. Me gustaba cómo se veía con la ropa que le ponía. Me gustaba cómo se movía al bailar. Me gustaba cómo Gabriel lo deseaba.
En la penumbra de mi habitación, entre el cansancio y la paz, supe que había dejado de preguntarme quién era. Porque finalmente lo sabía.

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