viernes, 22 de mayo de 2026

La limusina, la foto y la recepción (22)


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Capítulo 22 – La limusina, la foto y la recepción

En la limusina subimos solo yo y mis chambelanes. Todos fueron muy atentos conmigo durante el trayecto: me ofrecieron la mano para ayudarme a subir al auto, me elogiaron, me sonrieron como si fuera la protagonista de una película. El ambiente era festivo y cálido, lleno de risas nerviosas y comentarios sobre lo increíble que me veía.

Me sentía observada, pero no de esa manera incómoda que a veces me perseguía en los pasillos de la escuela. Esta era una mirada distinta: orgullosa, festiva. Como si todos estuvieran de acuerdo en que este era mi momento. Y tal vez lo era.

El primer destino fue el centro de fotografía. El fotógrafo nos acomodó en poses que resaltaban mi feminidad en contraste con mis chambelanes: me rodeaban, me alzaban, me escoltaban. Cada vez que me levantaban en brazos sentía una mezcla de vértigo y emoción. Era extraño ser la más liviana, la más pequeña del grupo, la que necesitaba que la sostuvieran. Pero también, de algún modo, me gustaba.

En medio de una pausa, Agustín comentó al fotógrafo:

—A lo mejor la quinceañera quiere una foto con su novio.

—¿Y quién es el afortunado? —preguntó el fotógrafo.

Todos, sin dudar, señalaron a Gabriel. Él se puso rojo como tomate. Yo también. Reímos bajito y aceptamos. El fotógrafo nos tomó unas cuantas fotos como pareja: una con las manos entrelazadas, otra con él abrazándome por la cintura, y una última en la que nos mirábamos a los ojos.

En esa última foto, sentí que el resto del mundo desapareció. Solo estábamos él y yo, frente a frente, con todo lo que habíamos vivido suspendido en el aire entre nosotros. *

Después vinieron las fotos solo mías, luciendo mi vestido morado claro con orgullo, girando lentamente para que la falda se desplegara como una flor. Terminada la sesión, volvimos a la limusina.

El segundo trayecto fue aún más agradable. Dimos unas vueltas extra solo por disfrutar del paseo. Afuera, la tarde ya se tornaba violeta, y las luces de la ciudad comenzaban a encenderse. A través del vidrio tintado, veía el mundo pasar como si fuera un sueño del que no quisiera despertar.

Media hora después llegamos al salón de fiestas. La recepción ya había comenzado, pero nosotros debíamos esperar a que anunciaran mi entrada. Fue entonces que el celular de Gabriel sonó. Era mi madre.

—Debemos salir nosotros de la limusina ya —informó él con voz segura—. Esperaremos afuera un par de minutos y cuando sea tu turno, me volverán a llamar.

Los chicos salieron del auto, dejándome sola.

En esos breves minutos de soledad, sentí que la vida que había vivido antes, como Romeo, era apenas un recuerdo borroso, como si le hubiera pasado a otra persona. Aquella vida parecía lejana, casi irreal. Lo que tenía ahora —el vestido, la fiesta, las emociones— se sentía más verdadero que nada.

¿Qué pensaría Romeo si me viera ahora?, me pregunté. Pero la respuesta ya no me importaba. Él era un fantasma que habitaba en un rincón cada vez más pequeño de mi memoria. Yo era Julieta. Y esta era mi noche.

Entonces, la puerta se abrió.

Gabriel estaba allí, con la mano extendida para ayudarme a bajar. Acomodar la falda fue complicado, pero lo logré sola, con delicadeza. Al pisar el suelo, mis tacones comenzaron a sonar con el típico clic clac sobre el pavimento. Era un sonido nuevo, pero me producía una extraña sensación de poder y elegancia.

La entrada al salón fue preciosa.

Cuando yo y mis chambelanes cruzamos las puertas, las luces se centraron en nosotros. Inmediatamente comenzó la recepción de regalos: invitados que se acercaban, me elogiaban, me entregaban paquetes envueltos en papeles brillantes y posaban para las fotos. Todos repetían que me veía hermosa, que ya no era una niña. "Ya eres toda una señorita", decían. "Una princesa", murmuraban otros.

Cada palabra me golpeaba con un peso distinto. Señorita. Princesa. Mujer.*Palabras que antes me habrían sonado a condena. Esa noche sonaban a celebración.

Cuando terminó la recepción, sirvieron la comida. Yo estaba sentada al centro de la mesa de honor, rodeada por mis chambelanes, con Gabriel a mi lado. Por fin, después de tantas horas, pudimos hablar con un poco de calma.

Conversamos sobre cosas sin importancia: la comida, las luces, algún detalle divertido del ensayo. Hasta que, de pronto, Gabriel me miró y dijo con voz suave:

—Te ves muy hermosa hoy. Casi no puedo creer que seas mi novia.

Me sonrojé y le sonreí de vuelta.

—Tú también te ves muy guapo. No me imagino siendo novia de nadie más.

Volvimos a las conversaciones ligeras, como si nada se hubiera dicho. Pero ambos sabíamos que ese momento quedaría guardado entre los más especiales.

Minutos después, llamaron a los chambelanes y a la quinceañera para prepararse para los números musicales. Abandonamos la mesa entre risas y bromas nerviosas, rumbo a los vestidores.

...

En los vestidores, mis chambelanes y yo nos separamos. A mí me correspondía el camerino de chicas, donde Gabriela y Diana ya me esperaban con sonrisas cómplices. Ambas llevaban vestidos elegantes, listas para acompañarme en el gran momento, pero también para hacerme compañía en esos minutos previos llenos de nervios.

—¿Necesitas ir al baño? —preguntó Gabriela con tono práctico.

—Un poco… —admití, algo inquieta. Ese vestido era un universo de telas, encajes y estructura. Sabía que no podría con él sola, pero también me angustiaba que las ganas me jugaran una mala pasada justo a mitad del vals.

—Vamos contigo —dijo Diana, como si fuera lo más natural del mundo.

Entre las tres logramos levantar la crinolina y mantener arriba las capas del vestido mientras yo me acomodaba para hacer mis necesidades. El proceso fue lento y un poco caótico, pero lo logramos sin accidentes.

Mientras tanto, sentía un pudor extraño. No era solo por estar en una situación tan íntima frente a mis amigas, sino porque, en el fondo, todavía no me acostumbraba del todo a lo que implicaba ser tratada como una chica. En esos instantes, vulnerable y torpe, sentía que cualquier gesto mío podía parecer falso o ridículo. Como si en cualquier momento pudieran descubrirme.

Si supieran, pensé, que hace unos años yo era un chico. Que nunca imaginé estar en un baño, con un vestido de quince años, mientras mis amigas me sostienen la falda.

Pero no sentí miedo. Solo una ternura extraña por la distancia que había recorrido.

Como si leyera mi pensamiento, Gabriela me dijo con una sonrisa:

—Es el precio de lucir tan hermosa.

Cuando salí del baño, aún con el vestido recogido, mis amigas alcanzaron a ver mis bragas rosas y mis piernas desnudas.

—Incluso en bragas pareces una princesa —bromeó Gabriela, guiñándome un ojo.

Reí, más aliviada.

—Espero verte igual en tu fiesta de quince —respondí, devolviéndole la sonrisa.

Después de acomodar de nuevo el vestido en su sitio, ajustarme bien el corset y asegurarme de que todo estuviera perfecto, apenas tuvimos tiempo de platicar un par de minutos más. El presentador del evento ya estaba anunciando:

—¡Con ustedes, la quinceañera y sus chambelanes!

Sentí un nudo en el estómago. Era ahora o nunca. Me despedí con un apretón de manos de mis amigas y salí al encuentro de mis chambelanes, lista para bailar bajo la mirada de todos… como la princesa que esta noche sí era.

En el umbral de la pista, antes de que las luces se encendieran, Gabriel me buscó con la mirada. Me sonrió. Y yo sonreí de vuelta.

La música empezó. Y dejé de ser la que dudaba, la que recordaba, la que comparaba. Por unos minutos, fui solo Julieta. La quinceañera. La novia. La que había elegido estar ahí.

Y no había nada más que necesitara ser.

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