Capítulo final: El momento más esperado
Llevábamos casi dos horas hablando del tema. La conversación había sido cíclica, como si volviéramos una y otra vez a los mismos puntos sin llegar a una conclusión definitiva.
Yo llevaba una falda corta y un top que acentuaban mi figura, marcando con claridad la feminidad que tanto había aprendido a habitar. Mi ropa era un estamento, estaba convencida de querer ser una mujer y quería tener intimidad con Gabriel. Él, en cambio, vestía un pantalón vaquero y una playera larga, como si su atuendo quisiera quitarle peso a la conversación. Como si vestirse informal pudiera hacer menos real lo que estábamos discutiendo.
El punto de Gabriel era simple, casi dolorosamente simple: sin el tótem, yo seguiría siendo Romeo. Seguiríamos siendo mejores amigos, como siempre. Ya tendríamos más de veinte años y nuestra vida sería... normal. Sin tantas vueltas. Sin tantas preguntas. Las rondas de besos, el noviazgo, las caricias —todo eso no habría ocurrido. Y en su mirada había una sombra de culpa: sentía que había sido él quien cambió a su mejor amigo, incluso si no lo había planeado así.
—Fui yo quien pidió el deseo—dijo, sin mirarme directamente—. Mi tío me hizo la advertencia de que los deseos no salían como lo esperabas pero no me importó...
Negué con la cabeza, con una media sonrisa triste.
—No, Gabriel. Los dos pedimos el deseo. Juntos. Yo también soy responsable de lo que pasó, pude haberme negado. Y aunque no lo entiendas del todo... me alegra. Estoy más feliz que nunca. Me encontré a mí misma, siempre debí ser así. Soy más feliz como mujer de lo que nunca fui como hombre.
Él me miró por fin, en silencio. En sus ojos había algo entre ternura, desconcierto y miedo. Como si todavía no pudiera entender del todo cómo habíamos llegado ahí... pero tampoco quisiera regresar.
...
—Si tenemos relaciones, no habrá marcha atrás —dijo Gabriel, bajando la mirada, con las mejillas encendidas de pena—. Claro que quiero hacerlo… pero si yo hubiera sido el transformado, creo que sería muy humillante. No sé si podríamos volver a vernos a los ojos cuando regreses a ser hombre.
No respondí de inmediato. Respiré hondo. Luego lo miré directo a los ojos, con una convicción que me temblaba pero no se rompía.
—No quiero volver a ser hombre —dije por fin, con voz clara.
Gabriel parpadeó, como si esas palabras lo sorprendieran más de lo que deberían.
—He sido mujer desde los once —continué—. Llevo cuatro años aprendiendo a vivir de esta forma. Me costó, me dolió, me confundí muchas veces… pero aprendí a disfrutarlo. A ser yo. A ser Julieta.
Me detuve un instante, como si me doliera lo que iba a decir a continuación.
—Si tuviera que volver a ser hombre, me costaría mucho adaptarme. No sé si podría. No de nuevo. Casi me volví loca esta primera vez. No creo que podría soportar otro cambio.
En mis ojos brillaban lágrimas contenidas. No por debilidad, sino por todo lo que había atravesado para poder decir eso en voz alta.
Gabriel no dijo nada. Solo se acercó y me abrazó, con suavidad al principio, luego con más fuerza. Como si ese gesto fuera su forma de aceptar todo lo que no sabía cómo poner en palabras.
...
Permanecemos así, en silencio, por varios minutos. Hasta que yo, con el rostro aún húmedo, me separé un poco y, sin decir nada, le di un beso. Un beso largo, intenso, con sabor a decisión y deseo. Un beso que ya no preguntaba nada, porque la respuesta estaba en nuestros cuerpos.
Lo tomé de la mano y lo conduje hacia mi habitación. Caminaba con seguridad, pero también con una ternura nueva, tranquila. El espectáculo que le ofrecían mis piernas desnudas bajo mi falda corta y mis caderas al contonearse, con cada paso, era muy sensual.
—Esto es lo que quiero hacer —dije, con la voz serena pero firme.
Gabriel me miró con un destello de emoción en los ojos. No necesitaba más explicaciones. Se acercó lentamente y comenzó a besarme las piernas, con una delicadeza que hablaba más que cualquier palabra. Debajo de mi falda llevaba la misma faja de aquel día en el vestidor. Al descubrirla, me volteó a ver y yo le respondí con una sonrisa coqueta.
Poco a poco, sin prisas, me fue despojando de mi falda y mi top. El bra se fue después, junto con los temores. De nuevo estábamos como aquel día: yo solo en faja, cubriendo mi pecho con las manos, y él completamente vestido.
Pero esta vez no había confusión. No había culpa. Solo deseo.
Lo que siguió fue una entrega sincera, un descubrimiento mutuo. Por primera vez, nos amamos. Yo nunca había tenido intimidad cuando fui hombre —era mi primera vez en las dos realidades— y la sensación era increíble. Las embestidas de Gabriel me hacían retorcerme de placer. Fueron los minutos más intensos de mi vida. Me sentí femenina a un nivel que antes no había experimentado...
Al final, permanecí recostada junto a él, con el cuerpo liviano y el corazón palpitante. Me sentía plena, como si todo lo vivido antes hubiera sido el camino hacia ese instante. Gabriel tampoco podía ocultar su felicidad. Nos veíamos, simplemente, como dos personas que por fin se habían encontrado del todo.
—Te amo —dije, rompiendo el silencio con una sonrisa pequeña.
—También te amo —respondió él, acariciándome el rostro.
Pasó un momento en calma, antes de que Gabriel hablara de nuevo.
—Si piensas quedarte así… entonces, ¿qué vas a pedir con el deseo?
Giré el rostro y lo miré de reojo, divertida.
—Es un secreto —dije, con picardía—. Lo sabrás en dos años.
Ambos reímos suavemente. Afuera, el día avanzaba sin apuro. Adentro, el mundo era solo de nosotros.
...
Epílogo
Una mujer de treinta y dos años está preparando la cena. Lleva una falda tipo lápiz, una blusa rosa, maquillaje discreto y el cabello recogido en un chongo sencillo. El aroma a comida llena la cocina mientras corta unas verduras con calma. De pronto, siente que alguien la jala de la falda.
—Tengo hambre, mami —dice su hija menor, de siete años, con ojos grandes y brillantes.
Julieta se agacha y la carga con una sonrisa cálida.
—¿Quieres gelatina? —pregunta, dándole un beso en la mejilla.
—¡Sí! —responde la niña, entusiasmada.
La lleva en brazos hasta la mesa, la sienta con cuidado y le sirve un plato de gelatina de fresa. La niña comienza a comer feliz mientras balancea los pies en el aire.
En ese momento, se escucha el sonido de un auto estacionándose. Pocos segundos después, la puerta principal se abre.
—¡Papi! —grita la niña al ver entrar a su padre. Baja corriendo de la silla y se lanza a abrazarlo.
Gabriel la carga en el aire y le da un beso ruidoso en la mejilla. Luego se acerca a Julieta con una sonrisa traviesa.
—Hola, mi amor —dice, sacando una rosa que llevaba escondida tras de sí—. Una flor para mi amada.
Julieta la toma con una ceja levantada y una sonrisa juguetona.
—Siempre has sido un cursi, Gabriel.
—Llevamos diez años casados… así que funciona —responde él, antes de darle un apretón descarado en un glúteo.
Julieta se sonroja por un instante, pero enseguida le da un golpe suave en el brazo.
—¡En frente de la niña, no! —dice, fingiendo estar escandalizada.
—Te amo —susurra él, más suave.
—También te amo —responde ella, con la rosa en la mano y una sonrisa plena.
Y en ese momento, lo supo con certeza: su deseo, ese que pidió junto a Gabriel la segunda vez que tuvieron el tótem en sus manos, se había cumplido.

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