jueves, 28 de mayo de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 53)



Capítulo 52. Pamela cumple 15.

Greg desapareció casi por completo de mi vida. Solo existía en la escuela, en las horas de clase. Por la mañana me quitaba la piyama rosa con encaje y me bañaba, me colocaba unas bragas limpias o una faja, y me ponía el uniforme masculino de la escuela como si fuera un disfraz de chico. Un disfraz de Greg.

Me había acostumbrado a ocultar mis pechos bajo una camisa blanca holgada, a caminar con pasos más largos y desgarbados, pretendiendo caminar como un chico, como si el caminar contoneado que hacía en las tardes con mis tacones no existiera. Era un actor, o tal vez una actriz. Y mi papel era el de un chico normal.

Ese chico que alguna vez fui ahora solo era un alter ego que mostraba a los demás unas pocas horas al día. Al volver de la escuela, Greg desaparecía. Me maquillaba, me arreglaba, me ponía un vestido y volvía a ser yo, Pamela, la hija favorita de mi mamá.

Unas semanas después de nuestra salida al partido de béisbol, mientras comíamos algo en un supermercado, mi mamá me miró con picardía. Esa sonrisa que nunca había significado cosas buenas para mí y que de solo verla sentía terror.

—Falta un mes para tu cumpleaños —me dijo con calma—. El año pasado te organicé tu festejo yo sola, pero considerando que últimamente eres tan buena hija, quizá quieras ayudarme con los preparativos.

De pronto recordé mi fiesta de cumpleaños del año anterior. No tenía ni un mes usando vestidos cuando fui expuesto al escrutinio público con un vestido corto y unos tacones altos frente a las amigas de mi mamá. Lo peor fue que también estuvo presente Rita, mi ex niñera, que era la joven más guapa que conocía y que desde ese día me consideró un niño raro al que le gustaba usar vestidos. Tal vez ahora eso era verdad, pero en ese entonces lo sentí como la humillación máxima. Sin contar que ese día estuve en "mis días" y tuve un tampón metido allí abajo todo el tiempo. Aunque para ser honesto, ese día ya no me parecía tan malo... incluso recordaba haberme divertido un poco.

—¿Entonces, Pamela? ¿Qué quieres para tu fiesta? —me dijo sacándome de mis pensamientos—. En algunas culturas, cuando una señorita cumple quince años se le hace una gran fiesta con bailes y todo. No creo que nos podamos permitir algo así, pero podemos hacer algo divertido.

No supe qué responder, pero lo siguiente que supe es que ya me estaba probando vestidos con vuelo para mi día especial. Mamá hablaba de lo bonita que me veía con cada uno y al verme al espejo me costaba no darle la razón. En el reflejo no había un chico, sino una chica con formas bien definidas: cintura estrecha, senos redondos y trasero abultado. Aún me costaba aceptar que esa era yo. Si no fuera por mi virilidad diminuta bajo mi ropa interior, tal vez incluso yo pensaría que en verdad era una niña.

Elegimos un vestido morado que me quedaba diez centímetros sobre la rodilla. Me gustaba cómo me veía con él, me hacía sentir bonito.

—Me pregunto cómo reaccionará Kevin cuando te vea vestida así —me dijo mientras me veía al espejo con el vestido puesto—. ¿Sabes? Cuando las chicas usamos ropa así para el chico que nos gusta, lo hacemos para que vea nuestro cuerpo... y también para que lo toque. Ese vestido deja expuestas tus piernas y tus senos. Seguro Kevin no podrá dejar de mirarte... ¡pero debes comportarte de forma recatada, niña! Recuerda que la fiesta será en nuestra casa, ¡no dejes que se propase contigo ni que te toque debajo de la ropa!

Dijo la última frase con un tono de regaño, pero era impostado. Sabía que ella quería que yo fuera la novia de Kevin. Aparentemente había llegado a pensar que si me entregaba por completo a mi identidad femenina, nunca volvería a causarle problemas. Y ser la novia de Kevin sería el último clavo en el ataúd de Greg. Ambos sabíamos que después de eso no había forma de que yo volviera a ser un chico.

...

El mes pasó volando. Entre las tareas de las tardes, el gusto adquirido de practicar con el maquillaje, las idas a casa de los Johnston y los pocos momentos que pude estar con Kevin, siempre con nuestras mamás espiándonos en la otra habitación, apenas me di cuenta de que el día había llegado.

La mañana de mi cumpleaños me desperté temprano. Mamá ya estaba en la cocina, con su bata y su café, repasando una lista interminable en la nevera.

—¡Feliz cumpleaños, hija! —me dijo con una sonrisa radiante mientras me daba un abrazo—. ¿Lista para tu gran día?

—Creo que sí —respondí, aunque por dentro temblaba como un flan, el tampón en mi trasero me incomodó como nunca.

Me puse un vestido sencillo de algodón blanco, de esos que usaba para hacer tareas domésticas, cuando no estaba vestido de mucama. Nada demasiado llamativo, pero suficiente para recordarme que hoy no sería el cumpleaños de Greg. Mamá me ató el delantal por detrás y me señaló la lista de cosas por hacer.

—Hoy tú eres la dueña de la casa, señorita. Así que ponte a trabajar.

Y vaya que trabajé.

Coloqué los manteles individuales sobre la mesa del comedor. Eran de encaje blanco, los que mamá guardaba para ocasiones especiales. En el centro puse un jarrón con flores frescas que ella había comprado el día anterior. Luego ayudé con los aperitivos: corté queso en cubitos, coloqué aceitunas en boles pequeños, preparé una bandeja de frutas con fresas y uvas.

—No olvides las servilletas —me recordó mamá mientras yo subía las escaleras con los platos.

Las servilletas eran de papel, pero tenían dibujitos de mariposas rosas y moradas. Todo tenía que ser femenino, todo tenía que ser bonito. La mesa era un derroche de tonos pastel, de detalles delicados. Cualquiera que entrara sabría que estaba en la fiesta de una chica.

—Así se hace, cariño —dijo mamá, asintiendo con aprobación mientras yo colocaba las copas de plástico decoradas con brillantina—. Hoy todo tiene que ser perfecto.

Mamá preparó la comida: pastel de pollo, ensalada de frutas, sándwiches de miga y una enorme torta de chocolate con cobertura de fresa que yo mismo había ayudado a decorar la noche anterior. Mi letra temblorosa había escrito "Feliz Cumpleaños Pamela" con glaseado rosa, y aunque algunas letras me quedaron torcidas, mamá dijo que le daba un toque adorable.

Pasé toda la mañana y parte de la tarde con el delantal puesto, yendo de un lado a otro de la casa con mi vestido blanco y mis zapatillas, y claro, tenía un tampón puesto allí abajo como el año anterior, pero a estas alturas estaba tan acostumbrado que apenas era una molestia. Mis bragas se me subían cada vez que me agachaba para recoger algo del suelo, y la faja me apretaba un poco más de la cuenta por el esfuerzo, haciendo que el tampón se moviera un poco y me causara cosquillas, pero no me quejé. Hoy era mi día. No iba a arruinarlo con lloriqueos.

Cuando empezó a oscurecer, mamá me mandó a arreglarme.

—Vamos, Pamela —dijo, dándome un suave empujón hacia las escaleras—. Date una ducha, ponte tu vestido y bájate hecha una princesa. Los invitados empezarán a llegar en una hora.

Me miré en el espejo del baño después de la ducha, con la toalla envuelta alrededor de mi cuerpo. Mi reflejo ya no me sorprendía como antes. Lo conocía bien: las curvas que se habían acentuado con los meses, la suavidad de mi piel depilada, el rostro que empezaba a perder los rasgos duros de la infancia. Me puse las bragas nuevas —unas de encaje negro que mamá me había regalado la semana pasada—, la faja que me afinaba la cintura y las medias color piel. Sobre la cama me esperaba el vestido morado.

Me lo puse despacio, casi con ceremonia. La tela era suave, ligeramente brillante. El escote dejaba ver mis senos, la falda me quedaba a medio muslo. Cuando me giré frente al espejo, el vuelo se levantó un instante y alcancé a ver la liga que sujetaba mis medias.

—Qué bonita —susurré, y luego me avergoncé de mi comentario.

Mamá entró sin llamar y se quedó en la puerta, sonriendo.

—Eres la chica más guapa que he visto, Pamela —dijo, y su voz sonaba sincera—. Ahora siéntate. Vamos a maquillarte.

Cuando terminamos, me miré de nuevo en el espejo. Sombra morada en los párpados, delineador negro, rímel, colorete y unos labios rosa brillante. La peluca pelirroja estaba peinada con ondas suaves. Me veía como una quinceañera de revista.

Desde abajo empezaron a llegar los primeros ruidos. El timbre. La voz de mamá saludando. Risas de mujeres adultas.

—Baja cuando estés lista, princesa —dijo mamá antes de salir corriendo.

Esperé un momento. Escuché cómo se llenaba la casa de voces conocidas: la Sra. Henderson, la Sra. McCuddy, otras amigas de mamá. Mi hermano pequeño y algunos de sus amigos. Pero entonces oí otra voz, una más cercana a mi edad. Y luego otra.

—¡Hola, señora Parker! —gritó Christine desde el recibidor—. ¿Dónde está la cumpleañera?

Mi corazón se aceleró. Eran ellos... Kathy, Danny, Christine. Chicos de mi edad. Personas que me conocían como Greg. Y que la última vez que los vi les juré que no volvería a usar vestidos. Ahora estaba vestido como una princesa y pensé en la humillación de que ellos me vieran así... sentí ganas de llorar, pero recuperé la compostura.

Respiré hondo, agarré el bolso y bajé las escaleras con cuidado, tacón tras tacón, sintiendo cómo la tela del vestido se movía contra mis piernas.

Cuando llegué abajo, todas las miradas se volvieron hacia mí.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó Kathy, llevándose las manos a la boca.

Christine empezó a aplaudir y Danny, que aunque era un chico, llevaba un vestido azul sencillo mucho menos elaborado que el mío, me miró con los ojos brillantes.

—Estás... estás increíble, Pamela —dijo Danny.

Kathy se acercó y me dio un abrazo.

—La última vez que te vi en el partido estabas guapa, pero hoy... hoy pareces una princesa. En serio —exclamó Christine.

Danny asintió.

—El vestido es precioso. Ese color te queda perfecto. Y tu maquillaje... ¿quién te lo hizo? ¿Tu mamá?

—Sí —respondí, aún sonrojado por tantos halagos—. Ella me dio unos consejos, pero mayormente me maquillé sola, como siempre.

Me sorprendí al hablar de mí mismo en femenino de forma natural. Pero no pensé mucho en ello.

Mamá se acercó con una bandeja de refrescos y sonrió al vernos juntos.

—Me alegra que estén aquí, chicas. Pamela extrañaba mucho a sus amigas.

Los tres se quedaron callados un instante. Luego Kathy me tomó de la mano.

—¿Podemos hablar un momento, princesa? —preguntó con una sonrisa sarcástica.

Recordé cuando esa sonrisa me hacía derretirme. Hacía un año estaba enamorado de ella con locura, quería ser su novio. Claro, todo eso fue antes de quedar atrapado en faldas y tacones... Nos sentamos en el sofá de la sala, los cuatro, ¿o tal vez las cuatro? Kathy, Danny, Christine y yo. Las voces de las mujeres adultas sonaban de fondo, mezcladas con la música suave que mamá había puesto.

—Wow, te ves muy bonita, Greg —empezó Kathy—. La última vez que hablamos juraste que no volverías a usar cosas de chica. Imagina mi sorpresa cuando tu mamá me invitó a celebrar el cumpleaños de Pamela. ¿Qué pasó con el tipo rudo?

Pude sentir cómo mis mejillas se ponían rojas. Recordar mi fracaso de volver a ser un chico era doloroso sin que nadie más me lo echara en cara.

—A mí me da gusto que hayas vuelto a ser Pamela —dijo Danny—. Podemos volver a hacer cosas de chicas como una piyamada ahora que recuperaste la razón.

Christine puso su mano sobre la mía.

—Sería muy divertido hacer eso. Lo importante es que sepas que somos amigas, Pamela. Las cuatro. Pase lo que pase.

Sentí un nudo en la garganta. Parpadeé rápido para que no se me escaparan las lágrimas.

—Lamento haberlos tratado mal a todos —susurré—. Estaba confundido, la visita a mi papá revolvió mi cabeza, pero ahora sé que soy Pamela...

En ese momento sonó el timbre otra vez. Mamá fue a abrir y escuché una voz que conocía bien.

—Señora Parker, ¿puedo pasar?

—Pasa, Kevin —dijo mamá—. Pamela está en la sala con las chicas.

Mi corazón se detuvo. Desde el primer día que me encontré con Kevin, mientras yo usaba una falda, hubo una química entre nosotros. Era obvio que nos gustábamos y nos habíamos abrazado y besado, aunque nunca en los labios. Pero estar vestida así con ropa tan femenina y diminuta, con mi maquillaje perfecto me hacía sentir tan vulnerable. Y eso me gustaba.

Kevin entró con un pequeño paquete envuelto en papel plateado. Llevaba una camisa azul que le hacía juego con los ojos y vaqueros oscuros. Su pelo rubio estaba peinado hacia atrás, y en su rostro había una sonrisa nerviosa.

—Hola —dijo, mirándome fijamente.

Las tres "chicas" se levantaron al unísono, como si con solo ver a Kevin, y mi reacción al estar cerca de él, supieran qué hacer.

—Nosotras vamos a buscar algo de comer —dijo Christine con una picardía mal disimulada—. Ustedes dos... quédense aquí.

Y desaparecieron hacia el comedor.

Kevin se sentó a mi lado en el sofá. Guardó silencio unos segundos, mirando el paquete que tenía en las manos.

—Estás... muy bonita —dijo al final, sin levantar la vista—. Quiero decir, más que otras veces. Hoy estás especialmente bonita.

—Gracias —respondí, sintiendo cómo las mejillas se me encendían—. Este vestido es nuevo.

—No es solo el vestido —levantó la cabeza y me miró a los ojos—. Te ves increíble. 

Su mano encontró la mía sobre el sofá. Sus dedos eran cálidos, un poco temblorosos. Me los apretó suavemente.

—¿Puedo darte tu regalo? —preguntó.

Asentí.

Desenvolví el papel plateado con cuidado. Dentro había una cajita de terciopelo. La abrí con dedos que no dejaban de temblar.

Era un collar. Una cadena fina de plata con un pequeño colgante en forma de corazón.

—Es precioso —dije, sin poder creerlo.

—Es para que no te olvides de mí —dijo Kevin con voz queda—. Aunque espero que no tengas que usarlo mucho para acordarte, Greg.

Me ayudó a ponérmelo. Sus dedos rozaron mi nuca y sentí un escalofrío recorriendo toda mi espalda. Cuando terminó, se quedó mirándome con una expresión que no sabía cómo describir. Era ternura, quizás. O algo más.

—Kevin... —empecé a decir.

—¿Sí?

—Puedes llamarme Pamela, no luzco mucho como un greg.... me gustaría agradecerte tu regalo.

—No tienes que agradecer...

—Pero quiero hacerlo... de esta manera.

Crucé mis manos detrás de su nuca. Su mano se posó suavemente en mi mejilla, apartándome un mechón de la peluca que se había salido de su sitio. Luego incliné la cabeza y acerqué mis labios a los suyos.

El beso fue suave, breve. Pero lo sentí en todo el cuerpo. En las puntas de los dedos, en el estómago, en las rodillas, que por un instante dejaron de sostenerme.

Cuando se apartó, sonreía.

—Feliz cumpleaños, Pamela —susurró.

—Gracias —alcancé a decir con la voz rota—. Ven, te presentaré a mis amigas...

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