jueves, 16 de julio de 2026

Disciplina del lápiz labial (Parte 56)




Capítulo 56: Nueva rutina

Los días siguientes fueron más o menos iguales a mi primer día como empleada de la farmacia de los Johnston: despertar, elegir qué vestido ponerme, desayunar con mi mamá y con mi hermano, y luego partir a la farmacia. Mi turno empezaba a las nueve, pero mamá me mandaba temprano y llegaba al menos diez minutos antes. Rita llegaba con las llaves del local y yo la ayudaba a abrir.

Rita me trataba como a otra de sus amigas, lo que me parecía surreal porque apenas hacía un año yo era un chico que odiaba todo lo femenino, y ahora empezaba a encontrarle el gusto. Las mañanas se me pasaban volando entre su conversación.

—¿Te has fijado en ese chico que viene siempre a comprar chicles? —me dijo Rita un día, mientras ordenábamos los perfumes—. El del pelo rizado. Se llama Marcos. A veces me sonríe y se me olvida cómo se cobra.

Me reí

—¿Y por qué no le dices algo?

—¡Qué vergüenza! —exclamó, tapándose la cara con las manos—. Además, las chicas no tomamos la iniciativa. Eso es cosa de chicos.

—¿Y si él tampoco se atreve?

—Entonces nos quedamos los dos mirándonos como tontos hasta el fin del mundo —dijo Rita con una carcajada—. Pero es bonito ilusionarse, ¿no crees, Pam?

Asentí. Sabía de qué hablaba.

Otro día, mientras limpiábamos el mostrador, Rita bajó la voz y se acercó a mí como si fuera a contarme un secreto de estado.

—Te voy a confesar algo, pero no se lo digas a nadie.

—Lo juro —dije, curioso.

—El sábado pasado, como a las 7 de la noche, llegó un chico súper guapo. No era de aquí, seguro estaba de paso. Me pidió una crema para la piel y me hizo tantas preguntas que estuve media hora explicándole tonterías. Al final me pidió mi número.

—¿Y se lo diste?

Rita sonrió con suficiencia.

—Claro que no. Pero me dijo que volvería en una semana. Y voy a estar guapísima el día que venga.

Me reí con ella. Me gustaba que me contara esas cosas. Me hacía sentir como una amiga de verdad, no como un niño raro al que le gustaban los vestidos.

El miércoles, mientras reponía una estantería de vitaminas, escuché la campanilla de la puerta. Me giré para atender y me quedé paralizado un instante.

Era Gary Lowe.

Lo conocía de la clase de literatura, hacía unos meses. Era un chico tranquilo, de los que no llamaban la atención, aunque en ese momento, viéndolo bien, no estaba nada mal. Llevaba una camiseta gris y jeans, y su pelo castaño le caía desordenado sobre la frente.

—Hola —dijo con una sonrisa—. ¿Me das una caja de aspirinas, por favor?

—Claro —respondí, yendo al estante de medicamentos.

Cuando volví con las aspirinas, Gary me miró fijamente. Por un momento pensé que me había reconocido como Greg, pero luego su sonrisa cambió. Era una sonrisa de reconocimiento, sí, pero no del chico que compartía su clase de literatura. Reconoció a la chica que había conocido en aquel banco del parque.

—Tú eres... Pamela, ¿verdad? —preguntó—. La chica que estaba practicando besos...

Sentí que las mejillas se me encendían. Asentí, sin saber muy bien qué decir.

—Sí, soy yo.

Gary apoyó un codo en el mostrador y me miró con curiosidad.

—Oye, y... ¿te sirvió? Digo, la práctica. ¿Pudiste besar bien a tu novio?

Mi mente voló hacia Kevin. Hacia aquel primer beso en mi fiesta de cumpleaños, frente a todos, sin importarme nada. Hacia la forma en que me había abrazado, la forma en que sus labios habían presionado los míos como si me conociera de siempre.

—Sí —respondí, y esta vez la sonrisa me salió de verdad—. Me sirvió mucho.

Gary asintió, interesado.

—¿Y cómo es él? Tu novio, digo.

No pensé. Las palabras salieron solas, como si llevara años hablando de Kevin.

—Es unos años mayor que yo. Juega al fútbol, bueno, jugaba en la preparatoria. Tiene el cuerpo de un atleta, fuerte y musculoso. Es rubio, con los ojos azules casi violetas. Y su sonrisa... su sonrisa es lo mejor que tiene. Cuando me mira, siento que soy la única persona en el mundo.

Me di cuenta de que estaba parloteando como una enamorada. Y lo peor es que no me importó.

Gary me escuchaba con atención, y cuando terminé, silbó bajito.

—Vaya. Parece que te tocó un buen partido.

—Sí —dije, aún sonrojada—. Creo que sí.

Gary pagó sus aspirinas y guardó el cambio en el bolsillo. Antes de irse, se detuvo en la puerta y me lanzó una última mirada, con una sonrisa que no era del todo inocente.

—Oye, Pamela —dijo—. Si alguna vez necesitas volver a practicar besos... ya sabes dónde encontrarme.

Y se fue, dejándome con las mejillas ardiendo y un nudo raro en el estómago.

Dos días después, Gary volvió. Dijo que venía a comprar golosinas, pero yo no era tonto. En los pocos días que llevaba trabajando allí, ya había notado un patrón: los chicos volvían. A veces por cosas sin importancia, a veces por nada. Y yo había empezado a preguntarme por qué.

Al principio pensé que era por Rita, pero ahora consideraba que también volvían para verme a mí. Tienen que entender que Rita era hermosa. Tenía el pelo largo y brillante, una sonrisa que iluminaba la habitación, y un cuerpo que cualquier chico desearía. Hacía apenas un año, yo mismo había estado enamorado de ella. Me gustaba. Me gustaba mucho. Soñaba con besarla, con tomarla de la mano, con que fuera mi novia. ¿Por qué los chicos vendrían a ver a un chico con vestido y maquillaje cuando ella también estaba en el mismo lugar? Y sin embargo me sorprendió descubrir que, al parecer, yo tenía tantos admiradores como Rita.

A veces mis pensamientos volvían a mis antiguos sentimientos por ella. Cómo la veía entonces, con ilusión y deseo. Ahora, en cambio, la veía y sentía otra cosa. La quería, sí, pero como se quiere a una amiga. Una hermana mayor, tal vez. Ya no había esa chispa, esa incomodidad en el pecho cuando se acercaba demasiado. Solo cariño. Solo confianza.

Y me sorprendió darme cuenta de que pensaba en mí mismo en femenino la mayor parte del tiempo. "Estoy sonrojada", pensaba. "Me siento bonita". "Ojalá Kevin me viera ahora". Ya no tenía que hacer el esfuerzo de recordar que debía hablar como chica delante de los demás. Me salía natural.

La sensación del tampón en mi trasero también ayudaba. O estorbaba, según se mirara. Era un recordatorio constante de que mi cuerpo ya no era solo mío. Mamá me había enseñado a ponérmelo "por si acaso", y aunque al principio me pareció una locura, ahora ya ni lo notaba. Bueno, lo notaba, pero me había acostumbrado. Era parte de mi día a día, como ponerme la faja o maquillarme.

En esos momentos, de pie frente al espejo del baño de la farmacia, no podía evitar mirarme y preguntarme: ¿quién soy?

El reflejo que me devolvía el espejo era el de una chica con un vestido azul claro, maquillaje discreto y una diadema que sujetaba mi pelo corto. La chica del espejo tenía los labios ligeramente pintados de rosa, los ojos delineados con suavidad, y una expresión en el rostro que ya no era de miedo. Era de aceptación, quizás. De cansancio. O de rendición.

Definitivamente, no era el reflejo de un chico.

Y sin embargo, allí abajo, escondido bajo la faja y las bragas, seguía teniendo lo que siempre había tenido. Aunque cada vez me costaba más imaginármelo. Aunque cada vez pensaba menos en él.

También me di cuenta de que había hablado de Kevin como si fuera mi novio delante de Gary Lowe. Lo había llamado "mi novio". Y no me había corregido. No había dicho "bueno, aún no somos novios" ni "es solo un amigo". Había asumido que lo era, y se sintió bien.

No podía detenerme mucho en esos pensamientos, porque siempre llegaba otro cliente, o Rita volvía a hablarme de alguno de sus temas. Pero en los ratos libres, mientras limpiaba los estantes o reponía productos, mi mente se iba hacia Kevin.

En una semana viví tantas cosas. Todos me trataban como a una chica. Las señoras me llamaban "señorita" o "niña". Las chicas me pedían consejos sobre maquillaje o higiene femenina. Y los chicos me llamaban "amiga" o "linda" y siempre me miraban las piernas. Al principio me incomodaba, pero con el paso de los días empecé a sentirlo casi normal. Como si fuera una chica más.

En las noches, apenas tocaba la cama, me dormía. Los días eran largos, porque al volver a casa tenía que ayudar a mi mamá con la limpieza y la comida. Pero siempre, justo antes de quedarme dormido, le dedicaba unos pensamientos a Kevin.

Me sorprendía a mí mismo recordando cómo antes fantaseaba con Kathy, o con Rita, o con cualquier chica guapa que viera en la televisión. Esos pensamientos eran cosa del pasado. Ahora, todo mi tiempo libre, todos mis sueños, eran para él.

Rita me había dicho que podía ir a saludarlo. Kevin estaba estudiando en casa para sus exámenes extraordinarios, y su madre no habría tenido problema en que pasara un rato con él. Pero yo no quería interrumpirlo. No quería que pensara que era una chica empalagosa que no lo dejaba concentrarse. Podía esperar unos días. Solo unos días más.

Dos semanas, en realidad. Pero estaba contando cada día, cada hora y cada minuto.

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