Al principio, cuando el Gran Cambio me convirtió en esto, lo odié todo: esta piel suave, esta estatura, estas curvas… me sentía una prisionera.
Pero algo cambió. Le tomé el gusto a ser mujer. Y estas son las cinco razones:
1. Mi reflejo. Ver esa imagen en el espejo —esa mujer— y saber que soy yo. Ya no es un disfraz. Es mi verdad.
2. La caballerosidad de los hombres. Esa puerta que sostienen, ese "permiso, señorita" en la calle. Un trato dulce que antes, como hombre, nunca conocí.
3. Sentirme deseable. Saber que una mirada se detiene, que una sonrisa se dirige a mí. Es un poder nuevo y embriagador.
4. El santuario femenino. Pasar a esos espacios —vestuarios, salones— donde el aire es distinto. Donde pertenezco.
5. El deseo de los hombres. Y entregarme a ellos. Hay una validación profunda, íntima y poderosa en ser anhelada, en que este cuerpo sea celebrado y poseído. Ahí, en esa intimidad, es donde esta nueva verdad de mi ser se siente más real que nunca.


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