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Capítulo 58: Flores y promesas
Llegué a la farmacia diez minutos antes de las nueve. Llevaba mi vestido color limón con falda con vuelo y tirantes delgados, el cabello acomodado lo más femenino posible a pesar de lo corto que lo tenía. No podía evitarlo. Genuinamente quería estar bonita para Kevin. No me preguntes cómo pasé de odiar usar ropa de chica y comportarme como Pamela, a querer verme "linda" para un chico. Yo mismo no lo entiendo, pero así es.
Kevin llegó casi al mismo tiempo que yo. Llevaba cargando un ramo de flores en la mano. Sonrió al verme y dijo:
—Eres puntual, Greg. Eso me gusta en un empleado.
Luego pensó un poco en lo que acababa de decir y se corrigió:
—O... ¿prefieres que te diga Pamela?
La duda me descolocó. ¿Qué prefería yo? El hecho de que él supiera que era Greg y aún así me deseara me parecía tan tierno que me derretía por dentro. Pero en este punto no podía negar que Pamela existía dentro de mí. A veces ella era la que tenía el control de toda mi personalidad.
—Está bien si me dices Greg si estamos a solas —contesté con sinceridad—. Si hay más gente, mejor dime Pamela. No me gusta llamar la atención.
Me pidió sostenerle las flores y comenzó a abrir el negocio.
A Rita y a mí nos tomaba unos diez minutos abrir la farmacia: quitar los candados, correr la cortina de metal, abrir la puerta de vidrio. Más que nada porque teníamos que estirarnos mucho para abrir la cortina y porque agacharse con tacones y vestido era incómodo y más tardado que hacerlo con unos vaqueros. A Kevin le tomó tres minutos a lo mucho. Era al menos treinta centímetros más alto que yo y unos veinte más que Rita. Al estar vestido con ropa cómoda, podía agacharse y saltar en segundos, y así logró abrir la farmacia en poco tiempo.
Cuando entramos a la farmacia, me pidió las flores solo para ofrecérmelas de nuevo.
—Son para ti —dijo—. Espero que te gusten.
Sentí mucha felicidad al recibirlas. No entendía por qué... nunca me gustaron ese tipo de cosas. Pero al parecer ahora sí me gustaban.
—Gracias —dije con sinceridad.
Él se acercó a mí y nos dimos un beso apasionado. Pude sentir sus manos en mi cintura, y nuestra diferencia de estatura y complexión me pareció más evidente que nunca. "Tengo el cuerpo de una chica", pensé.
—Te extrañé mucho —dijo él con una sonrisa que me derritió.
—Yo también... —dije con pena.
Y antes de darme cuenta, ya nos estábamos comiendo a besos.
Nos soltamos como pudimos y nos obligamos a poner en funcionamiento el negocio.
Rita llegó unos treinta minutos después. Traía un florero en la mano.
—Para que no se marchiten tus flores en el día —dijo al saludarme.
Me ayudó a poner las flores en agua y el día continuó con la tranquilidad de siempre. Los clientes iban y venían, la mayoría compradores habituales. Unas señoras mayores pidieron sus medicamentos para la presión. Un par de jóvenes entraron a comprar chicles y refrescos, y no pudieron evitar mirarme un par de segundos de más, pero ya estaba acostumbrado. Sonreí, les pregunté si necesitaban algo más, y se fueron con las manos vacías y las mejillas sonrojadas.
Rita se encargaba de la caja registradora mientras yo reponía los estantes. Kevin, que estaba de refuerzo, organizaba el almacén y ayudaba con los pedidos grandes. A veces coincidíamos cerca y platicábamos un poco. Pero en general, solo nos comunicábamos con miradas. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, sentía un cosquilleo en el estómago. Era ridículo. Era maravilloso.
Todos los días nos traían la comida y comíamos en la bodega, de uno en uno, para no dejar el negocio solo. Pero ahora que éramos tres, Rita se ofreció a quedarse cuidando el negocio mientras Kevin y yo comíamos juntos.
Nos sentamos en la pequeña bodega del fondo, sobre unas cajas de cartón que hicieron las veces de sillas. Kevin había traído su propia comida y yo la mía. Pero apenas probé bocado. Estaba demasiado nervioso, demasiado feliz.
—¿Cómo te fueron los exámenes extraordinarios? —pregunté.
—Bien —respondió con una sonrisa—. Aprobé todos. Ya estoy oficialmente de vacaciones.
—Qué bien.
—Y tengo noticias —dijo, con los ojos brillando de emoción—. Ya tengo algunos amigos en mente para presentarle a Daniel y a Christine. Chicos de la universidad, apuestos. Una amigo para Daniel y también una amiga para Christine.
—¿En serio? —me sorprendió que se hubiera tomado el tiempo de pensar en ellos.
—En serio. Y además... —hizo una pausa dramática—, iremos mis amigos de la universidad y yo al parque de diversiones. Todos llevarán a sus novias. Así que me gustaría que vinieras conmigo. Sería en dos semanas. Debes pedirle permiso a tu mamá... si quieres, yo le pido permiso por ti.
—Le pediré permiso —dije con emoción.
Me encantaba ir al parque de diversiones. Cuando mamá y papá vivían juntos, papá y yo íbamos al menos una vez al año. Aunque ya hacía más de cinco años de eso. Recordaba que amaba subirme a las montañas rusas y a los juegos rápidos. Sentir el viento en la cara, la adrenalina corriendo por mis venas, el vértigo de caer en picada... era de las pocas cosas que echaba de menos de mi infancia.
Ahora iría de nuevo. Pero no como Greg, el niño que corría de un juego a otro con los pantalones manchados de pasto. Iría como Pamela, con un atuendo femenino, con maquillaje y sujetador. Y la idea no me aterraba como antes. Al contrario, me parecía emocionante.
—Espero que te dé permiso —dijo Kevin, interrumpiendo mis pensamientos—. Iríamos juntos en el carro de mi mamá, y yo te regresaría a casa, sano y salvo, en la noche. Greg.
Dijo mi nombre con una dulzura que me hizo derretir. Luego se inclinó y me dio otro beso. Suave, cálido, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
La curiosidad me ganó. Tenía que saber.
—Kevin... —empecé, con voz temblorosa—. ¿Qué somos... tú y yo?
Él me miró a los ojos sin dudar un segundo.
—Somos dos enamorados —dijo, con una seguridad que me dejó sin aliento.
Luego agregó, con una sonrisa pícara:
—Espero que pronto seamos novios. Pero te lo tengo que pedir de una forma especial.
No supe qué responder. Solo pude sonreír. Sentí que el corazón se me salía del pecho.
Cuando salimos de la bodega y volví a mi puesto, no pude evitar reflexionar sobre todo lo que había cambiado. Hacía poco más de un año, yo era un chico que odiaba todo lo femenino. Ahora, estaba emocionado porque un chico me había regalado flores, me había besado y me había dicho que éramos dos enamorados. Y lo mejor, o lo peor, de todo: no me importaba. Me gustaba.
Me gustaba que Kevin me viera como su novia. Me gustaba que me llamara "Pamela" delante de los demás. Me gustaba sentir sus manos en mi cintura. Me gustaba pensar en que, en dos semanas, iríamos juntos al parque de diversiones, que me subiría a las montañas rusas, y que él estaría a mi lado, riéndose conmigo.
Me gustaba mi nueva vida.
Y aunque a veces todavía me costaba aceptarlo, aunque a veces el eco de Greg susurraba en mi cabeza que todo esto estaba mal... no podía negar que era feliz.
Al final de la jornada, mientras recogía mis cosas y me preparaba para volver a casa, miré las flores en el florero. Eran amarillas, como mi vestido. Como el sol.
—¿Te gustaron? —preguntó Kevin desde la puerta.
—Me encantaron —respondí.
Y era verdad. No solo las flores. Todo.
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