Capítulo 5 – Cumpleaños de princesa
Me quedé paralizada cuando vi a mi mamá entrar a la habitación con un vestido rosa en las manos. Rosa. Completamente rosa. Con mangas abullonadas, un lazo enorme en la cintura y una falda que parecía sacada de un cuento de hadas. Ella lo extendió frente a mí con una sonrisa ilusionada, como si me estuviera mostrando el tesoro más preciado del mundo.
—Es tu primer regalo de cumpleaños, princesa —dijo.
Debí haber puesto cara de terror, porque mi mamá frunció el ceño y preguntó con cierta duda:
—¿No te gustó?
—No es eso… es que olvidé que era mi cumpleaños —respondí, esforzándome por ocultar el rechazo que me provocaba la prenda más femenina que había visto en mi vida.
*¿Esto es lo que soy ahora? ¿Alguien que usa vestidos rosas con lazos?*
—Me encanta, mamá —mentí, para no herirla.
Minutos después, ya con el vestido puesto, mi madre anunció con entusiasmo:
—Ven, con un atuendo tan bonito tengo que maquillarte un poco y peinarte.
Pasé la siguiente media hora sentada, aburrida, mientras mi madre me producía con esmero. Sentía sus dedos enredándose en mi cabello, el tirón suave de las trenzas, el roce de las brochas en mis mejillas. Cada toque era un recordatorio de mi nueva realidad. Al terminar, me giró hacia el espejo y el resultado fue desgarrador.
En el reflejo había una niña coqueta y hermosa, con dos trenzas que la hacían ver aún más infantil. Mis mejillas tenían un rubor suave, mis labios brillaban ligeramente. Parecía salida de un cuento. No podía creer que esa imagen fuera realmente yo. No podía creer que esa niña del espejo, con su vestido de princesa y su mirada ingenua, fuera la misma persona que hace unos meses era un chico de diecisiete años jugando videojuegos con Gabriel.
Esperaba que nadie me viera así. Sobre todo, me aterraba la idea de que Gabriel me viera. Él sabía quién era en realidad, y que me viera de esta forma sería… humillante. Lo peor es que una parte de mí, una parte diminuta y rebelde, pensaba que el vestido no era tan feo. Que el color rosado no era tan malo. Y esa parte me daba más miedo que el propio vestido.
El cuerpo infantil de niñas y niños no es tan diferente, y a veces no me sentía tan lejana de quien había sido. Mi estatura era prácticamente la misma, y mis facciones, similares. Lo que realmente me recordaba mi nueva situación eran la falda escolar, el cabello largo y los peinados marcadamente femeninos. Bueno, también la ausencia de mi amiguito en mi entrepierna, pero intentaba no pensar mucho en eso... Pero ese día, con aquel vestido de princesa, no cabía duda: ya no era un niño. Ya no quedaba nada de Romeo.
Mientras veía a mis padres decorar la casa con globos rosas, manteles de princesas y centros de mesa con coronas, pensé: *Sin duda estoy vestida para la ocasión.* Recordé que, en mi otra realidad, mi fiesta de once años había sido de superhéroes. Había globos azules y rojos, un pastel con la cara de Batman, y en vez de un vestido, mi mamá me regaló un disfraz de Spiderman. Me lo puse en cuanto abrí el paquete y no me lo quité en toda la tarde.
Sentí una punzada de envidia por el niño que fui. Por el niño que podía correr sin preocuparse por mostrar las bragas, que podía sentarse con las piernas abiertas sin que nadie le dijera nada, que podía ser él mismo sin tener que fingir.
Cerca de las dos de la tarde llegaron Mariana y sus amigas, además de otras niñas del salón. Todas llevaban vestidos, aunque ninguno tan elaborado como el mío. Mariana me abrazó en cuanto me vio.
—¡Qué bonito vestido! —exclamó, y las demás asintieron.
Sonreí, agradecida de que el rubor en mis mejillas pudiera confundirse con el maquillaje.
Jugamos a las escondidas y a las atrapadas por toda la casa. Al principio me sentía torpe con el vestido, consciente de cada movimiento, de cómo la falda volaba cuando corría. Pero poco a poco, entre risas y gritos, fui olvidándome. Luego mi papá anunció que había un brincolín en el patio.
—¡Sí! —gritaron todas, saliendo corriendo.
—No se preocupen por mostrar los calzones, niñas —dijo mi mamá riendo—. No invitamos a ningún niño para que puedan saltar sin problemas.
Luego, le dirigió una sonrisa a mi papá:
—Ve adentro, amor. Las niñas van a jugar.
Mi papá asintió y desapareció dentro de la casa. Yo me quedé quieta un momento, procesando. No hay niños. Solo niñas. Así podemos saltar sin preocuparnos. Era lógico, pero también era un recordatorio de que yo ya no pertenecía al grupo de los niños. Que mi lugar ahora era este: con las niñas, en el brincolín, con el vestido vuelto loco por los saltos.
Pasamos la siguiente hora saltando, gritando y riendo sobre el brincolín. Noté que más de una vez las bragas de mis amigas quedaban al descubierto, y estaba segura de que las mías también. Pero no importaba. Nadie nos miraba. Nadie iba a burlarse.
Todas somos niñas, pensé. Y por un momento, solo por un momento, eso no me pareció tan malo.
Después comimos hamburguesas y pastel. Me senté en el suelo con las demás, compartiendo papas fritas y riendo de cosas sin importancia. Mariana se sentó a mi lado y me pasó un pedazo de pastel.
—Feliz cumpleaños, Julieta —dijo.
—Gracias —respondí, y sonreí de verdad.
Al final, mi cumpleaños como niña no había estado tan mal.
Ya al atardecer, cuando todas las invitadas se habían ido y solo quedábamos mis padres y yo, mi mamá me acarició el cabello con ternura. El gesto era el mismo de siempre, el mismo calor en la mano, la misma suavidad. Pero ahora lo hacía con una niña, no con un niño.
—El próximo año cumplirás doce, princesa. Seguramente este fue tu último cumpleaños tan infantil. Espero no haber exagerado con el vestido.
Recordé que, en la otra realidad, mi madre me había dicho algo muy similar… solo que esa vez se disculpaba por el disfraz de Spiderman, no por un vestido. Y me había llamado "hijo" en lugar de "princesa".
Comprendí entonces que lo importante seguía intacto. El amor de mis padres era el mismo, aunque me trataran distinto. Aunque usaran palabras diferentes. Aunque me vieran como una niña.
Y, aunque me costara admitirlo, la fiesta no había sido tan terrible. Recordé cómo corría tras mis amigas, cómo reíamos mientras saltábamos juntas, con los vestidos flotando en el aire… y no pude evitar sonreír.
Algo en mi interior estaba cambiando. Mi mente comenzaba a ajustarse, a soltar poco a poco los vestigios de los diecisiete años que alguna vez tuve. Por primera vez, me sentí más cerca de ser esa niña que todos veían. No era que hubiera dejado de extrañar a Romeo, no era que hubiera aceptado del todo mi nueva realidad. Pero por un momento, solo por un momento, dejé de luchar contra ella.
Me miré al espejo una última vez antes de quitarme el vestido. La niña de las trenzas y el rubor me devolvió la mirada. Ya no me resultaba tan extraña.
Yo me se sentía, al fin, como una niña.

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