Capítulo 6 – Distancias y descubrimientos
Los meses siguientes transcurrieron con cierta monotonía. Terminamos el curso escolar y comenzó el siguiente: mi último año en la primaria. Once años, casi doce, y cada día me levantaba en un cuerpo que aún me costaba reconocer como mío.
Gabriel ya no me visitaba con tanta frecuencia. Al principio eran una vez por semana, luego cada quince días, después tenía suerte si me venía a ver una vez al mes.
—Debe estar jugando con los otros chicos —pensaba, intentando no darle importancia.
En esa etapa de mi vida anterior, mi vida como chico, ambos nos habíamos unido al equipo de fútbol de la escuela y habíamos participado en torneos regionales. Incluso llegamos a quedar en segundo lugar en el intercolegial. Lo recordaba con claridad: la emoción de los partidos, la camaradería en el vestuario, las bromas después de cada encuentro. Al parecer, Gabriel estaba reviviendo esa parte de su infancia casi igual que antes. Pero para mí, todo era diferente.
Yo pasaba las tardes en casa de Mariana o recibiéndola en la mía. Jugábamos baloncesto, veíamos películas, intercambiábamos secretos. Era una vida tranquila, pero distinta a la que había conocido como niño. A veces, cuando Mariana se dormía en las pijamadas y yo me quedaba despierta mirando el techo, pensaba en cómo sería estar en el equipo de fútbol ahora. En cuánto quería correr detrás de un balón en lugar de estar atrapada en la vida de una niña.
Cuando Gabriel me visitaba, me contaba todas sus aventuras. Llegaba con su uniforme deportivo aún puesto, el cabello sudado, los ojos brillantes de emoción. Con la experiencia acumulada de haber sido un chico de diecisiete años, decía haber adquirido una claridad táctica que le permitió destacar en los partidos. Incluso ganaron el torneo regional.
—Y entonces metí el gol de la victoria —contó, entusiasmado, gesticulando con las manos—. El portero se lanzó para un lado, yo leí su movimiento, y simplemente la puse en el otro. ¡Fue increíble, Julieta! Igual que en el partido que jugamos contra la escuela de San Miguel, ¿recuerdas?
Lo escuché en silencio, asintiendo de vez en cuando. Pero por dentro hervía. Cada palabra suya era un recordatorio de lo que había perdido. De lo que él todavía tenía y yo no.
No pude más.
—Para ti todo es fácil —espeté de pronto, cortando su relato—. Volviste a ser un niño y puedes corregir tus errores con la experiencia que tenemos… mientras yo estoy atrapada en faldas todo el puto día, en una escuela donde ya ni siquiera hablo con los chicos porque para ellos soy una niña más. Afuera también, casi solo me relaciono con niñas. ¡Todo es diferente para mí! ¿No te das cuenta?
Gabriel abrió la boca para intentar decir algo, pero lo interrumpí. Sentía las lágrimas quemarme los ojos, la garganta cerrada por la rabia y la frustración acumulada durante meses.
—Vete. Por favor. No quiero verte.
Él me miró un momento, con esa expresión herida que solo había visto en su cara un par de veces en toda nuestra amistad. Luego asintió, dio media vuelta y se fue sin decir palabra.
No volvimos a hablar durante los siguientes meses.
Al principio me sentí aliviada. Ya no tenía que fingir que me alegraba por sus éxitos, ya no tenía que escuchar sus historias de fútbol mientras yo me pudría en casa. Pero pronto el alivio se convirtió en un vacío incómodo. Sabía que había sido un error. Sin Gabriel, no tendría acceso al tótem cuando cumpliera diecisiete, y eso significaba la posibilidad real de vivir como mujer el resto de mi vida.
Pero mi orgullo podía más. No quería disculparme. No quería darle el gusto de verme rota.
La relación entre nosotros quedó suspendida, flotando en un silencio tenso que ninguno de los dos se atrevía a romper.
Un día, llegaron unos enfermeros a la escuela. Recuerdo haberlos visto entrar por la puerta principal mientras estábamos en clase de matemáticas. Hablaron brevemente con el director, y luego dieron instrucciones a los maestros.
Separaron a los alumnos por sexo.
—Todas las niñas, al auditorio con las enfermeras —anunció el profe Hugo—. Los niños se quedan aquí conmigo.
Sentí un nudo en el estómago mientras me levantaba de mi pupitre. Sabía lo que venía. En mi vida anterior, había tenido esa misma charla, pero del otro lado. Había sido de los que se quedaban en el salón, había sido parte de los chicos.
Ahora yo era una de las niñas.
Caminé hacia el auditorio con las demás, sintiendo el roce de la falda contra mis piernas, el peso de mi cabello en la nuca. Mariana caminaba a mi lado, nerviosa.
—¿De qué crees que hablarán? —susurró.
—No sé —mentí.
En el auditorio, nos sentaron en filas, todas las niñas de quinto y sexto grado. Una enfermera subió al estrado y comenzó a hablar. Primero fue una introducción general sobre la pubertad, sobre los cambios que experimentaríamos. Luego vino lo difícil.
—Vamos a hablarles sobre salud reproductiva, enfermedades de transmisión sexual y autoexploración —dijo la enfermera, y sentí que el mundo se ralentizaba.
Me sentí abrumada. Sabía que mi cuerpo estaba cambiando. En los últimos meses lo había notado: mis pechos comenzaban a crecer, pequeños brotes que dolían al rozarse con la ropa. Mis caderas se ensanchaban, apenas perceptiblemente, pero lo suficiente para notarlo en el espejo cuando me miraba de perfil. Cada cambio era un recordatorio de que este cuerpo seguía su curso, de que no era solo una cáscara vacía que pudiera ignorar.
Escuchar esa charla fue, simplemente, atroz.
La enfermera proyectaba imágenes en una pantalla, explicaba con términos clínicos lo que ocurría en nuestros cuerpos. Habló de la menstruación, de los cambios hormonales, de cómo nuestros ovarios comenzarían a liberar óvulos. Yo conocía toda esa información, la había aprendido en biología cuando tenía quince años. Pero escucharla ahora, sabiendo que se aplicaba a mí, a mi cuerpo, era completamente diferente.
Volví en mí justo cuando comenzaban a hablar de embarazo y de cómo ocurría. La enfermera explicaba con todo detalle el proceso de fecundación, y sentí que mis mejillas ardían. Me ruboricé hasta las orejas, mirando fijamente mis manos sobre el regazo, intentando no escuchar.
Nunca me acostaré con un chico, pensé, espantada. La sola idea me revolvía el estómago.
Y sin embargo…
A veces, en los últimos días, me sorprendía mirando a Gabriel en los pocos momentos que coincidíamos. En la escuela, cuando nuestros grupos se cruzaban en los pasillos. En el barrio, cuando lo veía jugar fútbol con los otros chicos. Justificaba esas miradas pensando que lo hacía solo por el tótem, por la esperanza de recuperar mi antiguo cuerpo. Me decía a mí misma que solo lo observaba para asegurarme de que seguía siendo el mismo, de que no olvidaba nuestro plan.
Pero en el fondo sabía que había algo más.
Sentía mariposas en el estómago cuando lo veía. Conocía esa sensación. La había experimentado antes, a esta misma edad, cuando tuve mi primer crush. Había sido con Diana, una de las niñas del salón, la de cabello rizado y sonrisa fácil. Recordaba esas mariposas, la forma en que buscaba su mirada, el cosquilleo cuando se sentaba cerca de mí.
Esto era igual. Pero no era con Diana. Era con Gabriel. Con mi mejor amigo.
Una idea me cruzó la mente como un relámpago, iluminando todo lo que había estado negando durante meses:
No importa lo que haga. El tótem terminará su trabajo. Y yo… terminaré enamorándome de Gabriel. Y él se enamorará de mí. Seremos novios, tal vez nos casemos, incluso puede que le dé hijos.
La idea me aterró, pero no tanto como debería. A una parte de mí, a una parte que crecía cada día, le parecía una idea agradable. Y eso era aún peor.
Salí del auditorio sintiéndome vacía. Las demás niñas cuchicheaban entre ellas, algunas sonrojadas, otras riendo nerviosas. Mariana me tomó del brazo.
—¿Estás bien? Te pusiste muy roja.
—Sí, solo… tengo calor —mentí.
Pero no era calor. Era el terror de descubrir que, tal vez, el deseo no necesitaba magia para cumplirse. Que tal vez, sin darme cuenta, ya estaba en camino de enamorarme de Gabriel. Y que esa posibilidad, esa puta posibilidad, era lo más humillante de todo.
Porque yo era Romeo. Y Romeo no se enamoraría de un chico. No se enamoraría de su mejor amigo.

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