Capítulo 2: Julieta, la niña
En la calle, en público, la falda a cuadros, la camisa de algodón blanca, las calcetas hasta las rodillas y la diadema que estaba usando me hacían sentir muy apenada. Apenas ayer era un chico de diecisiete años normal y hoy era una niña de diez años arreglada como una muñequita. En lugar de los zapatos con agujetas que recordaba, ahora llevaba unos con broches enormes y una pequeña hebilla en forma de flor. Todo en mi apariencia era muy femenino.
Cada paso que daba fuera de casa me recordaba mi nueva condición. Sentía la brisa matutina acariciarme las piernas desnudas, un cosquilleo constante que no podía ignorar. Antes, con mis jeans o pantalones de uniforme, el viento solo me rozaba la ropa. Ahora lo sentía directo sobre la piel, como un recordatorio permanente de que llevaba una falda. De que era una niña. Me ruboricé al cruzar la esquina. No podía creer que realmente estaba en el exterior vestida así, que la gente me viera, que mis vecinos me saludaran como si nada. Para ellos siempre había sido Julieta. Para mí, esta era la primera vez que salía a la calle siendo una niña, y cada mirada me atravesaba como una aguja.
Cuando llegué a la escuela, me senté en mi vieja silla. La misma donde había pasado incontables horas en tercero de primaria. Todo me parecía un déjà vu constante. Sin embargo, al mirar mis piernas cubiertas solo por la falda, pensé que no era exactamente un déjà vu: sí, había pasado un año entero en ese pupitre, pero siempre con pantalones. Ahora, cada pequeño detalle se sentía… diferente. La madera del asiento contra la parte trasera de mis muslos. La forma en que tenía que juntar las piernas para no mostrar nada. Ese gesto tan natural en las niñas, y que yo tenía que aprender por instinto de supervivencia. Ajusté la falda inconscientemente, tirando del borde hacia abajo, y me odié un poco por hacerlo.
Gabriel llegó poco después y se sentó en la silla junto a la suya. Junto a la mía.
—Este es el lugar de mi mejor amigo, Romeo —dijo el niño de diez años, frunciendo el ceño. No me reconocía. Claro que no. Para él, yo era una extraña.
Abrí la boca para responder, para decirle "soy yo, imbécil", pero el maestro entró al salón saludando.
—¡Buenos días, niños!
—¡Buenos días, profesor! —contestamos todos con esa cantinela infantil que antes repetía sin pensar. Ahora me sentía ridículo.
—Ayer nos quedamos en divisiones con dos dígitos, pero antes de que se me olvide, voy a pasar lista —dijo el profe Hugo, el mismo de siempre, el que había sido nuestro maestro hacía siete años.
Fue nombrando a cada alumno como todos los días. Nombres que recordaba, caras que reconocía. Todos mis compañeros de tercero, los mismos con los que jugaba fútbol en el recreo. Me pregunté si ellos también me recordarían, si en esta línea de tiempo yo había sido su amiga, o si solo me veían como una niña más en el salón.
—Santiago Vázquez Julieta —dijo el profesor.
—Presente —respondí, casi por inercia.
El nombre completo me sonó a condena. Santiago Vázquez, mi apellido, el de mi familia. Pero antepuesto, como si fuera el segundo. Y Julieta, como si siempre hubiera sido así. Me presenté con una voz que no era mía, y sentí las piernas desnudas rozarse bajo el pupitre.
Gabriel giró lentamente la cabeza. Lo vi procesar. Conocía bien esos apellidos. Había estado en mi casa cientos de veces. Sabía cómo me llamaba. Era imposible no atar cabos.
...
Durante el recreo, nos alejamos de los demás y nos sentamos en la jardinera detrás del edificio, donde solíamos escondernos para hablar de cosas de "mayores" cuando éramos niños. El mismo lugar, siete años después, pero éramos nosotros otra vez. Bueno, yo era otra.
—¿En verdad eres tú? —preguntó Gabriel, aún incrédulo, mirándome como si fuera un fantasma.
—Claro que soy yo, tonto —dije, y noté con horror que mis labios hicieron un puchero involuntario. Un gesto que mis nuevos músculos faciales habían ejecutado solos. Me sonrojé de inmediato. ¿Desde cuándo hacía pucheros? ¿Era algo que mi cuerpo hacía ahora por defecto?
Gabriel no pareció notarlo, o no le dio importancia.
—¿Y por qué estás usando una falda? —insistió el niño, señalando mi uniforme.
—¡Porque soy una niña! ¿No lo ves? —respondí, y el ardor en mis mejillas aumentó—. Ese estúpido hechizo no solo nos regresó en el tiempo… también me convirtió en esto.
—Entonces… —dudó—. ¿Se supone que nos vamos a enamorar?
Ambos hicimos un sonoro "¡Iuuuugh!" al mismo tiempo, y luego nos miramos, asqueados y divertidos. Pero por dentro, yo solo estaba asqueado. Por dentro, yo era Romeo y la idea de enamorarme de mi mejor amigo me revolvía el estómago. Aunque una parte diminuta de mí, la que ahora estaba atrapada en este cuerpo de niña, sintió algo que no quise reconocer.
—Claro que no —dije firme—. Iremos a tu casa, buscaremos el estúpido tótem y desharemos esto.
Gabriel bajó la mirada. Jugueteó con una piedrita entre los dedos.
—No podemos. Mi tío no encontrará el tótem hasta dentro de más de cinco años… y recién me lo dará cuando cumpla diecisiete.
La revelación me cayó como un balde de agua fría. Sentí que el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Siete años. Tendría que vivir así… como una niña… durante siete años.
Miré mis piernas. La falda se había levantado un poco al sentarme y pude ver más piel de la que quería. La bajé rápidamente, sonrojada. Gabriel también me estaba viendo las piernas y eso me hizo sonrojar aún más. Lo peor es que tendría que vivir siete años usando esto. Siete años con bragas en lugar de calzoncillos. Siete años respondiendo al nombre de Julieta. Siete años sin poder mear de pie, sin poder quitarme la camisa en la calle cuando hace calor, sin poder ser yo.
Lo peor no era el tiempo. Lo peor era que nadie lo sabría. Que para todos, yo sería una niña. Entonces recordé que el deseo que pedimos decía que ambos nos enamoraríamos al pasar el tiempo y sentí un terror recorrer mi espalda. Dejé de pensar en eso de inmediato.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Gabriel.
Apreté los dientes. Sobre mis piernas desnudas, una hormiga caminaba lentamente. La sacudí con asco.
—Sobrevivir, supongo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario