miércoles, 11 de marzo de 2026

El totem (1)


Capítulo 1 – El tótem

Conocí a Gabriel cuando teníamos diez años, después de que nos castigaran por pintar las paredes del salón con plumón indeleble. Ese día él sacó el plumón de su mochila y comenzó a rayar una pared; sin mediar palabra, me pasó el marcador y continué su dibujo. Fue una conexión instantánea, casi espiritual. Antes de terminar nuestra obra, la maestra llegó al salón y nos llevó a la dirección. Desde entonces fuimos inseparables. Tareas, videojuegos, escaparnos de las reuniones familiares. Nos entendíamos sin palabras, con esa conexión que crees que durará para siempre. Yo era Romeo, él era Gabriel, y así estaba bien.

Cuando Gabriel cumplió diecisiete, su tío Álvaro —arqueólogo, excéntrico, siempre con regalos raros— le mandó un paquete. Un tótem pequeño, tallado en madera oscura, con dos caras enfrentadas y alas diminutas en la espalda. Incluía una nota:

"Esto es más que un souvenir de la Sierra del Tigre. Es un artefacto mágico. Según la leyenda, si dos personas sinceras piden el mismo deseo al mismo tiempo, este se cumple... aunque no siempre de la manera esperada. Feliz cumpleaños, sobrino."

Gabriel me lo mostró riéndose, y yo me reí con él.

—¿Y qué vas a pedir? —pregunté—. ¿Una novia que te dure más de un mes?

Me miró de un modo que no supe interpretar entonces. Nostalgia, quizá.

—He estado pensando… Las novias que he tenido, no sé, todo se siente forzado. Me gustaría salir con alguien que haya sido mi amiga desde siempre, con quien realmente tenga cosas en común.

—No tienes ninguna amiga —señalé, burlón—. ¿De verdad crees que esa cosa funciona?

—Tal vez… Lo que quiero decir es que, si hubiera tenido una mejor amiga desde niño, alguien con quien compartiera todo… tal vez sí podría enamorarme. Alguien que me conociera de verdad, que fuera parte de mi historia.

Lo miré fijo.

—Suena a película cursi.

—Se necesitan dos para pedir el deseo. ¿Me ayudarías? Solo por diversión.

Me encogí de hombros.

—¿Qué rayos? Hagámoslo.

Sostuvimos el tótem juntos, cerramos los ojos y dijimos al unísono: *"Deseamos que Gabriel haya tenido una mejor amiga desde niño… y que se enamoren al crecer".*

Nada pasó. Ni luces, ni truenos, ni música épica. Solo el ventilador y el crujido de la silla.

—Bueno, fue divertido —dije—. ¿Vamos por una pizza?

...

Cuando desperté al día siguiente, supe que algo estaba mal.

Mi cuarto ya no era azul. Era verde limón. Verde puto limón, brillante, chillón. Mi cama era más pequeña. Mis manos también. Me senté de golpe, respirando rápido.

La PlayStation seguía ahí, pero los discos estaban ordenados en una caja decorada con pegatinas de gatitos. Gatitos. Yo nunca tuve pegatinas de gatitos.

Miré a mi alrededor. Todo me resultaba familiar pero ajeno, como si estuviera en la casa de un primo lejano. Hasta que caí en la cuenta: era mi habitación. La que tenía cuando tenía diez años, aunque estaba algo cambiada. ¿El deseo había funcionado? ¿El tiempo había vuelto atrás? ¿Gabriel conocería a una niña y serían amigos para luego ser pareja?

Me levanté de un salto. Mis piernas eran delgadas, ridículamente delgadas. El espejo junto a la puerta no estaba ahí antes —yo nunca tuve un espejo en mi cuarto a esa edad—, pero ahora sí. Y cuando me miré…

Por un segundo pensé que había vuelto en el tiempo, que había vuelto a ser un niño. Pero no. Tenía mi cara infantil, sí, los mismos ojos grandes y oscuros, el rostro todavía redondeado por la infancia. Pero mi cabello era largo. Largo y en dos trenzas estúpidas que me caían sobre los hombros. Miré hacia abajo. Pijama rosada, estampada con Kero-chans de Sakura Cardcaptor. Nada que ver con mi pijama naranja de Gokú, la que usaba a esa edad. No pude evitar deslizar mi mano hacia mi entrepierna. No había nada. Mi amiguito había desaparecido. Yo era una niña. No solo había perdido siete años, también había cambiado de género.

—¿Qué demonios…?

Y entonces lo entendí. El deseo. El tótem. La advertencia de *"no siempre de la manera esperada"*.

No había vuelto a ser un niño. Había retrocedido en el tiempo, sí, pero todo había cambiado. Había vuelto en el tiempo y me había convertido en una niña.

—¡Julieta! —gritó mi mamá desde la cocina—. ¡Se te hace tarde para la escuela! ¡Apúrate y cámbiate!

Julieta. Me llamó Julieta. Como si siempre me hubiera llamado así. Como si Romeo nunca hubiera existido.

Bajé al desayuno en piloto automático. Tomé mi uniforme escolar del clóset: era el uniforme femenino, tendría que usar una falda. Sentir mis piernas desnudas y usar bragas era bastante malo, pero no podía hacer nada al respecto. Bajé a desayunar y mi mamá me sirvió hot cakes con forma de corazón y un jugo rosa de fresa con pajilla en espiral. Todo rosa, todo empalagoso, todo diseñado para una niña…

—¿Dormiste bien, hija? —preguntó con esa dulzura que antes me parecía normal.

Asentí. ¿Qué más podía hacer?

—Sí, mamá. Solo estoy un poco adormilada.

Mi voz sonaba aguda, infantil. Femenina. Cada palabra que salía de mi boca me recordaba que esto no era un sueño. Mi mamá me hablaba como si siempre hubiera sido así, como si no hubiera nada extraño en que su hijo de diecisiete años hubiera desaparecido y en su lugar hubiera una niña de diez con trenzas y pijama de gatitos. Porque en esta realidad, en esta línea de tiempo nueva, yo siempre había sido Julieta. Siempre había sido su hija.

Y según el deseo, según aquella estupidez que ayudé a pedir, yo estaba destinada a ser la mejor amiga que Gabriel había tenido desde niño. La que compartía todo con él. La que lo conocía de verdad. La que se enamoraría de él al crecer.

Me quedé mirando los hot cakes en forma de corazón y sentí algo retorcerse en mi estómago. Algo que no era solo miedo o confusión.

Era humillación.

Porque yo era Romeo. Yo era el que se tiraba de cabeza desde los columpios para impresionar a los otros niños. El que jugaba al fútbol como ningún otro chico. El que podía mear de pie sin pensarlo dos veces. Y ahora estaba aquí, con trenzas y pijama de niña, desayunando corazones de masa frita mientras mi madre me llamaba "hija" con naturalidad absoluta. Todo lo que me hacía sentir yo, todo lo que era, había sido borrado de un plumazo. Y lo peor era que nadie lo notaba. Nadie lo notaría nunca.

Mordí un hot cake. Sabía dulce. Demasiado dulce.

Tragué el bocado con esfuerzo. Sabía que sería un día largo.

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