Capítulo 4 – Nuevos lazos
Las semanas siguientes fueron, en general, parecidas entre sí. Gabriel comenzó a integrarse cada vez más con el viejo grupo de amigos que antes fue de ambos. Los veía en el recreo desde lejos, corriendo detrás del balón, riendo con esas bromas que antes compartíamos. A veces nuestros ojos se encontraban y él me dedicaba una sonrisa rápida, como pidiendo disculpas, antes de volver al juego. Yo sonreía de vuelta, fingiendo que no me importaba.
Pero sí me importaba. Me importaba mucho.
Yo, en cambio, apenas intercambié palabras con quienes, en mi otra vida, en mi vida de chico, habían sido mis mejores amigos. Ya no compartíamos los mismos juegos… ni el mismo género. Cuando me cruzaba con ellos en los pasillos, apenas me dirigían la mirada. Para ellos, yo era solo una niña más. Una desconocida. El mismo niño que había sido su amigo durante años había sido borrado de su memoria, reemplazado por esta versión femenina que no les interesaba.
En cambio, comencé a hacerme cercana a algunas niñas del salón. Entre ellas, Mariana, con quien rápidamente formé un vínculo especial. Me había invitado un par de veces a jugar a su casa, a solo unas calles de distancia. Mariana tenía un aro de baloncesto en la pared del patio, y pasábamos horas lanzando tiros, riendo y sudando bajo el sol.
Descubrí que el baloncesto podía ser tan emocionante como el fútbol. Me gustaba sentir el peso del balón en las manos, el golpe sordo contra el tablero, la satisfacción de encestar. Por momentos, cuando corría y saltaba, casi olvidaba que ahora era una niña. Pero siempre, al detenerme, sentía el roce de mi cabello contra mis hombros o la ausencia de volumen en mi entrepierna. Recordaba que antes podía quitarme la camisa cuando hacía calor; aunque yo aún no tenía senos, no estaba bien visto que una niña anduviera con el torso desnudo. Otra libertad que había perdido.
A veces, después del juego, Mariana sacaba sus muñecas o insistía en ver una película de princesas. Al principio me resistía. Me parecían ridículas, aburridas, tan alejadas de lo que realmente me gustaba. Pero con el tiempo terminé cediendo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era lo que hacían las niñas. Y yo, incluso si no quería, era una niña ahora.
Entre risas y voces fingidas, fuimos construyendo un mundo propio. Una tarde, mientras vestíamos muñecas y tomábamos limonada, pensé:
Tener una mejor amiga es muy diferente a tener un mejor amigo.
Y no sabía si eso era bueno o malo. Por un lado, había algo reconfortante en esa intimidad nueva, en las confidencias susurradas, en la forma en que Mariana me tomaba de la mano sin pensarlo dos veces. Por otro lado, ada gesto de complicidad femenina me recordaba lo lejos que estaba de quien solía ser.
—¿Qué pasa entre tú y Gabriel? —preguntó Mariana, con tono casual mientras ajustaba un vestido diminuto a su muñeca.
—¿Eh? Nada. Es mi amigo. ¿Por qué?
—Mi mamá habló con la tuya. Dijo que él te visita al menos una vez por semana. Y que le parece que eres muy pequeña para tener novio.
Escupí parte de mi bebida. Sentí el líquido frío resbalar por mi barbilla y el calor subirme a las mejillas. Me ardía la cara, y no solo por la vergüenza, sino por lo absurdo de la situación. Apenas hace unos meses yo era un chico de diecisiete años, y ahora estaba aquí, con una amiga de diez, negando tener novio como si fuera algo ofensivo.
—¿¡Qué!? ¡No es mi novio! Solo jugamos videojuegos.
Mariana sonrió con esa sonrisa cómplice que las niñas parecen aprender por ósmosis.
—Bueno… si te visita tanto, a lo mejor le gustas.
—No es eso —dije, y noté que mi voz temblaba ligeramente—. Es complicado. Además, creo que a él todavía no le gustan las niñas. Y a mí… no me gustan los niños.
Lo dije sin pensar demasiado, pero con una sinceridad que me sorprendió. Mariana asintió como si entendiera, aunque era imposible que entendiera. Nadie podía entenderlo. Ni siquiera yo entendía del todo lo que acababa de decir.
Mientras el lazo con Mariana se fortalecía, también comencé a notar cómo Gabriel se volvía inseparable de Marco. Los veía en el recreo, siempre juntos, compartiendo chistes, jugando fútbol, haciendo ese saludo especial con las manos que antes era nuestro. El que inventamos cuando teníamos once años y jurábamos que solo nosotros lo sabíamos hacer. Ahora lo hacía con Marco.
Una parte de mí se sintió traicionada. Otra, profundamente celosa. Pero reprimí ambas emociones. Gabriel era el único que conocía la verdad sobre mi identidad, y también el único que tendría acceso al tótem en el futuro. No podía permitirme alejarlo. Así que fingía que no me molestaba verlo tan cercano a Marco. Sonreía cuando me contaba de sus aventuras juntos, asentía cuando mencionaba lo buen amigo que era. Pero cada vez que Gabriel me visitaba los fines de semana, me costaba más mantener la sonrisa. Me costaba más no preguntarle si prefería pasar el rato con Marco en lugar de conmigo.
Así pasaron los primeros seis meses viviendo como una niña. Entre juegos de muñecas, películas de princesas y canastas en el patio, entre consolas compartidas y secretos callados, fui navegando mi nueva vida con una mezcla de aceptación y esperanza. A veces, cuando estaba sola en mi habitación, me miraba al espejo y trataba de encontrar al chico que fui, a Romeo. Pero cada día era más difícil. Cada día, la niña del reflejo me resultaba menos extraña.
Y eso, quizá, era lo más humillante de todo.
Que empezaba a acostumbrarme.

No hay comentarios:
Publicar un comentario