Una sonrisa compasiva se dibujó en sus labios mientras sus ojos recorrían mi figura con una mezcla de ternura y exasperación.
"Cariño, lo sé... Te compraste ese traje para ver si aún quedaba un rastro de aquel hombre que alguna vez fuiste." Su voz era una caricia baja y firme. Se acercó, y sus dedos rozaron la seda de la corbata que me ahogaba. "Pero han pasado seis años desde el Gran Cambio. Mira lo que eres." Su mano se posó en mi cadera, marcando la curva que el pantalón pretendía en vano ocultar. "Esta tela no esconde estas caderas... ni esta camisa puede disimular lo que llevas entre las piernas." Su aliento era cálido en mi oído. "Incluso ahora, con tu traje, juntas las piernas con esa elegancia que te nace de dentro. Y los tacones... fueron un detalle delicioso."
Una suave risa, no de burla, sino de triunfo íntimo, escapó de su pecho.
"Ya hemos jugado bastante. Ahora, déjame recordarte quién es tu marido."
Dijo mientras me tomaba con fuerza, me bajó el pantalón y me subió la camisa para tomarme con fuerza con cada embestida me fui dando cuenta que un traje no cambiaba quién soy ahora. Soy una mujer y estoy aquí para ser dominada por mi hombre.

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