Yo siempre fui un chico. Me gustaba mi rol de género, mi lugar en el mundo. A pesar de nunca haber tenido novia, nunca contemple convertirme en mujer hasta que mi hermana me lo sugirió. "Si tantas ganas tienes de tener una relación deberías tomar una pastilla rosa y volverte la novia de tu único amigo, hermanito" me dijo.
Decidí hacerlo, quería besar unos labios antes de cumplir 20. Cuando la transformación se completó, el desconcierto fue absoluto. Miré con extrañeza mis nuevas curvas, la suavidad de mi piel, la fragilidad aparente. Aprendí a usar vestidos y maquillaje con torpeza, resistiéndome a cada paso.
Unos dias después descubrí que mi mejor amigo siempre deseo ser mujer y tomó una píldora rosa el mismo día que yo. Aunque eso fue algo bueno, no pudimos ser pareja pero como amigas aprendimos juntas los secretos de la feminidad. Y, con el tiempo, ocurrió algo inesperado. La delicadeza que antes desconocía y me asustaba se volvió ,o virtud. Descubrí el poder de una sonrisa, la elegancia sutil de un movimiento, la confianza que nace de sentirse deseada. La sumisión, que imaginé como una derrota, se reveló como una elección gratificante. Las miradas que te persiguen al usar medias y una falda.
Ahora, fascinada por este nuevo yo, anhelo con alegría mi destino. Seré la esposa más dulce y devota para un hombre verdaderamente fuerte. Encontré, en el rol que tanto temí, una felicidad que nunca como hombre pude siquiera imaginar. Es, sin duda, lo mejor para mí.
Parte 3: Lo mejor para mí (Actual)

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