miércoles, 11 de febrero de 2026

El rugido final (11)



Capítulo 11: El rugido final

El rugido de los motores llenaba el aire en el circuito de París. El cielo estaba despejado, como si supiera que algo importante iba a ocurrir. Adriana estaba en su monoplaza, en la línea de salida, con las manos firmes en el volante, pero su mente no podía evitar recordar la gala.

El beso.

Había sido intenso, inesperado… y muy real. Después, ambos se habían disculpado. “Somos rivales”, había dicho Antonio con una sonrisa incómoda. “Eso no debió pasar.” Ella había asentido, aunque no sabía si lo creía del todo.

Y como para recordarle en qué mundo estaba, Stuart se había acercado minutos antes de que arrancaran motores, con esa sonrisa arrogante que nunca se quitaba.

—Al menos cuando te retires podrás ser porrista de Antonio —dijo, fingiendo compasión—. Apuesto a que te verías linda con tres hijos. Acepta que este no es un deporte de mujeres.

Adriana no respondió. No iba a darle ese gusto.

Tampoco Antonio se acercó esta vez. No hubo sonrisa, ni saludo, ni palabras de aliento. Solo miradas cruzadas en la distancia. Todo estaba en juego. Nadie podía permitirse distracciones.

Antes de salir al pit, Marshal se le había acercado y le dijo algo que se le quedó grabado:

—Tengo tres hijas, Adriana. Sé que los sentimientos de las mujeres son más complejos que los de los hombres. Ahora también te veo como una cuarta hija… pero en esta pista, no eres una mujer. Eres un piloto. Acomódate el tampón y sal a competir.

Una mezcla de ternura y determinación se apoderó de ella. Eso era justo lo que necesitaba escuchar.

Y ahora estaba allí, con el pulso acelerado, el cuerpo tenso, pero la mente enfocada.

Las luces del semáforo descendieron. Cinco… cuatro… tres…

Dos.

Uno.

¡Arrancaron!

Desde la primera curva, la carrera fue brutal. Cada metro de asfalto era una batalla. Antonio y Stuart se turnaban para intentar superarla, rozando sus ruedas, presionando en cada recta, desafiando cada frenada.

Pero Adriana ya no era solo rápida. Era estratégica. Paciente. Feroz cuando debía. Y en la vuelta 22, aprovechó una pequeña distracción de Stuart y lanzó una maniobra arriesgada por el exterior de la chicane. Fue al límite. El auto casi pierde adherencia… pero no lo hizo.

Pasó al frente.

Y no pensaba ceder ese lugar.

Las últimas vueltas fueron un duelo de nervios. Stuart atacó con todo. Antonio también. Pero ella resistió. Cada curva, cada adelantamiento frustrado, cada rugido de motor la empujaba más allá de sus límites.

Y entonces, la recta final.

La bandera a cuadros ondeaba.

Adriana cruzó la meta primera. Medio segundo después lo hizo Antonio. Stuart, tercero.

¡Tercero!

La tabla de posiciones se actualizó casi de inmediato. La suma era clara. La ganadora del Tour, la campeona del campeonato… era Adriana.

Dejó caer la cabeza sobre el volante, cerró los ojos y por un segundo no escuchó nada. Solo su respiración. Solo el latido de su corazón.

Lo había hecho.

Contra las expectativas.

Contra los prejuicios.

Contra su propio cuerpo.

Y lo había logrado.

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