Capítulo 6: Semáforo en Rojo
Adriana estaba de nuevo en la pista.
Los motores rugían como bestias impacientes. El calor del asfalto subía como vapor, ondulando el aire sobre la parrilla de salida. Todo estaba igual, y sin embargo, todo era distinto.
Sentada en su monoplaza, casco en mano, sentía las miradas como cuchillos. No había necesidad de escucharlos para saber lo que murmuraban. Que si estaba ahí por capricho. Que si no aguantaría. Que si era solo cuestión de tiempo para que colapsara bajo presión. El rumor no era más fuerte que el rugido de los V6, pero era más persistente. Más íntimo. Se colaba bajo la piel como una aguja fina.
Adriana cerró los ojos un instante, buscando silencio.
Entonces, sin pensarlo, empezó a mirar alrededor.
No estaba buscando nada. O al menos, eso creía. Los otros pilotos se acomodaban en sus autos, los mecánicos hacían los últimos ajustes. Todo seguía la rutina habitual de cada domingo. Todo… salvo la mirada que encontró entre el casco y el parabrisas de la parrilla número dos.
Antonio Garfield.
Levantó una mano, con naturalidad, y le saludó con la palma abierta.
Adriana dudó solo un instante antes de devolver el gesto con una sonrisa leve, automática.
Y luego, apenas lo hizo, se preguntó:
¿Por qué hice eso?
No había razón. No se saludaban antes de cada carrera. Nunca lo habían hecho antes. Era estúpido. ¿O no lo era?
Sintió el rubor subirle por el cuello y se apresuró a colocarse el casco.
"Concéntrate", se dijo.
Pero las revoluciones de su mente estaban más descontroladas que las del motor.
Cuando las luces rojas del semáforo comenzaron a encenderse, una a una, su respiración se acompasó con los latidos del corazón.
Cinco luces encendidas.
Silencio.
Y luego…
¡Apagón!
La largada fue limpia. Su auto respondió con fiereza. Las primeras vueltas se sintieron como un reencuentro. Estaba de vuelta. Tal vez no como antes, pero sí de otra forma. Ya no era un tiburón, implacable, agresivo, devorando curvas y rivales.
Ahora era otra cosa.
Se sentía como una mantarraya: elegante, precisa, veloz sin ser brutal. Se deslizaba por el circuito, tomaba las curvas con una gracia inesperada. Donde antes atacaba con fuerza, ahora respondía con fluidez. No era peor. Era distinto.
Y eso le bastaba.
Durante gran parte de la carrera, lideró con autoridad. Stuart y Antonio le seguían de cerca, pero no podían alcanzarla. Cada adelantamiento que intentaban era contenido con frialdad. Cada intento de presión era devuelto con un ritmo constante, medido.
Pero en la última vuelta, sus neumáticos comenzaron a decaer. La precisión que había sido su aliada se volvió vulnerabilidad. En la curva 9, Stuart encontró un hueco y pasó por dentro. Apenas unos segundos después, en la recta final, Antonio aprovechó el rebufo y la superó en la frenada.
Tercero.
Adriana cruzó la línea de meta aún con las manos firmes sobre el volante, pero los dientes apretados.
Tercero.
Pero mejor que séptimo, pensó.
Al salir del auto, saludó al equipo con una media sonrisa. Marshal le levantó el pulgar con gesto serio, como reconociendo que estaba avanzando. Al revisar la tabla general, vio que seguía en primer lugar, pero su ventaja había disminuido. Ya no era la intocable del campeonato. Ahora era la perseguida.
Y, por alguna razón, eso la motivó más.

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